Buch lesen: "La caída de Porthos Embilea"

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Parte 1

En tierras de Or

El domador llamado Olfud observó al hombre en la colina y supo que debía ir tras él. A su alrededor, otros domadores y los soldados de la Casa de Or combatían contra los hombres de las montañas del norte.

Junto al hombre en la colina, un caballo sin ojos bufaba mientras golpeaba la hierba con la pezuña de su pata izquierda. Cuando observó al domador cabalgar hacia él, el hombre subió a su caballo, le susurró una frase y éste giró y trotó en dirección contraria, colina abajo, a través de la pradera que separaba la colina del bosque. Era una antigua floresta de viejos árboles cuyas ramas sin hojas se extendían igual que venas petrificadas.

Olfud subió la colina a toda prisa. Desde arriba, observó al jinete que se alejaba. Hubiera podido volver, pero su instinto lo empujó tras él. El domador avanzó a través de la pradera. Mientras, el hombre que huía volvió a susurrar algo a su caballo y éste se detuvo en medio de los árboles, al inicio del bosque. Bajó del animal y observó al domador que se acercaba. Olfud hizo girar su látigo. El viento se arremolinó en su punta volviéndose un tornado diminuto. Cuando estuvo frente al hombre, hizo que el caballo dejara de correr. La bestia bufó, agitada, nerviosa.

—Otros como yo han caminado antes por aquí —anunció el hombre—. Eso dice la tierra, y el polvo no miente, domador.

Olfud hizo girar su látigo con mayor rapidez. El tornado creció hasta convertirse en un viento fuerte del doble de su tamaño.

—La oscuridad se cierne sobre ti —dijo Olfud—. Te he visto, hombre de la colina, y eras la muerte misma. La estrella oscura sobre la tierra de los muertos.

—Anrú, ése es mi nombre. Y así puedes llamarme, si lo deseas.

El domador espoleó al caballo con sus piernas y éste avanzó al galope, internándose en el bosque tras Anrú.

—Imprudente —susurró Anrú para sí.

Anrú levantó su cayado y susurró unas palabras que explotaron en la cabeza del domador, que no alcanzó a comprender qué ocurría. El día se oscureció para Olfud y pronto le costó distinguir a su contrincante, que se convirtió en una silueta. Las ramas de los árboles se alargaron hasta transformarse en látigos que disiparon el tornado que había creado. El aire trajo un grito. Parecía el de un hombre que acababa de ser atravesado por una espada. Olfud, confundido, miró a su izquierda, pero no pudo ver nada. Otros gritos sonaron a su alrededor, parecían venir de todas partes, hasta que los sintió dentro de sí y comprendió que era él mismo quien gritaba. De pronto, sintió el golpe de una de las ramas en la frente y cayó. Aturdido, advirtió que se acercaba una silueta. Sus pasos sonaban tan pesados como los de un gigante descomunal.

—Dime, domador, ¿acaso no sabes que jamás debes enfrentar a un mago en el bosque?

Olfud trató de hacer girar otra vez su látigo, pero Anrú asestó un golpe con su cayado que cortó de un tajo su mano derecha. El domador ni siquiera sintió dolor. Contempló el látigo sobre la hierba como algo ajeno.

—Hace siglos que nadie había visto a uno de ustedes, un poderoso e invencible domador de tornados. Y aquí estoy, junto a uno de ellos. Debo admitir que me siento privilegiado, domador.

—¿Quién eres? —preguntó Olfud.

—Te lo he dicho, Anrú es mi nombre, y para ti, el destructor del viento, un mago de la oscuridad más allá de la niebla, alguien a quien jamás debiste enfrentar.

Anrú tomó con su mano el cuello de Olfud, incapaz de mostrar oposición alguna.

No muy lejos de ese lugar, otro domador, Balfalás Atzú, escuchó un lamento en la brisa. Balfalás hizo girar a su caballo y corrió sin pensar en busca de lo que oía. Un presentimiento se había vuelto una sombra dentro de sí.

Poco después, desde la cima de la colina, Balfalás observó a su amigo Olfud, a merced de su atacante.

—¡Olfud! —gritó Balfalás, desesperado. Y lo hizo una y otra vez mientras avanzaba en dirección al bosque.

Anrú golpeó a Olfud con su cayado y le destrozó la mano izquierda.

—Buen hombre, eres sólo un buen hombre —dijo Anrú. Olfud ni siquiera se quejó por el dolor.

—Vendrá uno después de mí, uno y cien como yo. La luz del Gran Árbol está conmigo —dijo Olfud con un hilo de voz.

De pronto, la mano del mago se volvió pesada como un hacha de piedra.

—Es posible, domador. Pero estaré esperándolos, y no podrán contra mí y los míos —anunció Anrú. Sus palabras desprendían una calma que hizo que Olfud se sintiera perdido—. Y ahora, domador, puedes entrar en la sombra.

Anrú golpeó el cuello del domador, y éste emitió un gemido apagado. Golpeó una segunda vez, una tercera, rompiéndolo, y siguió golpeándolo con su puño, destrozándolo contra el suelo.

—Qué manera tan miserable de morir, domador, como un animal de la llanura —susurró Anrú para sí, mientras escuchaba los gritos de Balfalás.

Balfalás apresuró su caballo, pero poco antes de entrar en el bosque, se detuvo de súbito. El mago oscuro se incorporó. Tenía las manos llenas de sangre.

Balfalás lanzó su látigo, pero el tornado cayó sobre el cuerpo de Olfud, como una especie de bolsa de viento, y lo atrajo hacia sí, sacándolo de la sombra del bosque. Anrú sintió el viento frío a sus pies y una sonrisa se dibujó en su rostro.

—Ya habrá tiempo, señor del viento del este —dijo Anrú.

Balfalás tomó el cuerpo de su amigo y lo montó sobre la grupa de su caballo. La brisa trajo a él las palabras de Anrú, y se dijo, en un murmullo que apenas salió de su boca: “Ya habrá tiempo, mago del país de la niebla”.

Balfalás se alejó, mientras Anrú se perdía a través de la oscuridad del bosque.


Parte 2

El regreso del frío

1

El primer recuerdo de Lobías Rumin era el de su abuelo sentado en la proa de un pequeño barco, su mano llena de lunares y, al frente, una luz que caía en el mar, la del Faro de Édasen, en Porthos Embilea.

—El gran faro alumbra otra vez —había dicho su abuelo—. Édasen, como la espada luminosa de los tiempos de Thun, el viejo domador.

Lobías recordaba aquella escena, la silueta de su abuelo, sus palabras. Cuando pensaba en ella, tenía la sensación de que antes de aquel instante había estado dormido, que la visión del faro lo había despertado a la vida y que, sin duda, aquél era su primer recuerdo.

Esa noche, cenaron en una fonda. Lobías recordaba una enorme olla sobre el fuego, la voz de su abuelo, tan animado con la sopa, el olor del pescado que emanaba de ella, otros hombres y mujeres yendo de un lado a otro o sentados a la mesa.

Más tarde, esa misma noche, su abuelo lo llevó a caminar por unas colinas cercanas. En algún momento se tendieron allí, bajo el cielo, y, casi de inmediato, pudieron observar una estrella fugaz.

—Pide un deseo, Lobías —dijo el abuelo—. Estoy seguro de que podemos tener suerte esta noche. ¿Sabes que con las estrellas fugaces hay que tener suerte dos veces?

—No sé nada de eso, abuelo —dijo el niño.

—Pues te contaré —agregó el anciano—. La primera consiste en lograr ver una estrella fugaz, como nosotros ahora. Pero la segunda consiste en que nadie más que tú la haya visto. Si es así, el deseo que pidas se cumplirá. Si alguien más en este mundo o en cualquier otro mundo, ha observado la misma estrella, no sucederá nada. Pero si has tenido la suerte de ser el único, entonces no importa lo enorme o extraño que pueda ser tu deseo, se cumplirá. Y es seguro que hemos tenido esa suerte ahora, Lobías. Así que piensa en algo bueno. Yo también lo haré.

Lobías no pidió nada, no comprendió lo que su abuelo le quería decir, pese a ello, nunca olvidó su revelación sobre las estrellas fugaces. Años más tarde, mientras se encontraba tendido en una colina, ya no en Porthos Embilea, sino en los territorios de la Casa de Or, Lobías observó una estrella fugaz y pensó en su abuelo. Deseaba tanto que hubiera presenciado lo sucedido, la batalla, lo que había sido capaz de hacer. Estaba seguro de que aquel hombre hubiera encontrado una explicación para él. Así que eres un lector, le hubiera dicho. Pero Lobías se encontraba solo en la oscuridad, como lo había estado desde hacía mucho tiempo.

La madrugada era fría, gris. En los árboles se acumulaba la escarcha. En la brisa flotaba un olor pestilente a carne chamuscada. De los campos que lo rodeaban, llegaba el brillo de las hogueras y las voces de las mujeres que dedicaban oraciones a los caídos. Una sombra llegó desde atrás y lo sobrepasó. Lobías giró el cuello para encontrar a By.

—Mi madre quiere verte —anunció By.

—¿Es necesario ahora, By? Apenas amanece.

—Esto no ha acabado, Rumin —siguió By—. Hemos ganado una batalla, pero algo más siniestro se cierne en el horizonte. Por todas partes se oyen voces que anuncian que todo esto sólo acaba de empezar. Debemos estar preparados.

Lobías asintió, moviendo la cabeza. Se puso de pie y se limpió la frente con el dorso de la mano.

—Vamos, entonces. Si hay que seguir, mejor hacerlo de inmediato.

2

En una pequeña habitación, Syma, señora de la Casa de Or, se encontraba parada junto a la ventana. Observaba el amanecer cuando entró Furth, cuyos pasos resonaron en la madera del suelo. La señora sintió llegar al guerrero, que se detuvo detrás de ella, pero no le dirigió la mirada durante un largo minuto, atrapada por la visión de unas mujeres con ropa de luto que atravesaban el campo de batalla llorando y entonando antiguas oraciones por los caídos. Era una docena de mujeres que caminaban muy juntas derramando sus lágrimas sobre la tierra. Vestían de negro o de gris, ropajes largos y capuchas. La señora Syma descubrió con sorpresa un rastro de nieve sobre las colinas, pues estaba segura de que no había caído ninguna nevada.

—¿Cómo te encuentras, Furth? —preguntó, sin dejar de mirar a través de la ventana.

—No tengo ni un rasguño, señora.

—Es bueno escuchar eso, guardián —dijo la señora Syma, girando el cuello para mirar al guerrero—. Ha habido una muerte inesperada en la batalla.

—Lo sé, señora —dijo Furth—. Yo mismo he visto el cuerpo del domador. Ninguno de nosotros sabe cómo ha sido posible.

—Hay voces por todas partes, Furth —siguió Syma—. Desde Munizás hasta las colinas Etholias, se dice que un mago ha caminado por estas tierras y envenenado la mente de pueblos enteros. Un presagio del mal, buen Furth. Alguien poderoso, oscuro y maligno, capaz de asesinar a un domador como si se tratara de un polluelo. Los bosques están infestados con su sombra.

—¿Debemos temer, señora?

—Debemos ser precavidos, Furth. Una magia antigua y oscura se cierne sobre estas tierras. El viento enfermo hace temblar las ramas de los árboles.

—Son malos presagios, señora —dijo Furth y la señora de la Casa de Or giró para observar la mancha blanca en las colinas. Cuando lo hizo, la piel de sus brazos se erizó.

—Necesito pedirte que acompañes a Ballaby, Furth. A Ballaby y al chico llamado Rumin. Tienen un largo camino por recorrer y deben ser invisibles.

—Eso es difícil con alguien como ella, señora.

—Lo sé, conozco a mi hija, pero confío en ti. No puedo encomendar esta misión a nadie más.

—¿Adónde debo acompañarlos?

—Dime, Furth, ¿lo viste? ¿Viste al chico leyendo el antiguo libro?

—¿Vuelven acaso al árbol? —quiso saber Furth.

—Es lo que deben hacer, sí.

—Sí, lo vi —dijo Furth—. Y By también lo vio. Y juraría que el chico no comprende la importancia de lo sucedido.

—Eso es evidente, pero dime, ¿su voz era distinta? ¿Cambiaba de alguna manera al leer el libro?

—No podría decirlo, señora. Pero fue extraño.

—¿Qué fue extraño?

—Cuando leía, el viento sopló, o eso creí, y me sentí flotar en un estanque de agua tibia, como si mis pies se elevaran del suelo, o todo mi cuerpo. Y me sentí liviano.

—Como si la realidad fuera otra —susurró la señora Syma.

—Quizá, pero no sé explicarlo con estas palabras —confesó Furth.

—Lo que el joven Lobías leyó era el lenguaje del inicio del mundo, Furth. Cada palabra estaba llena de poder. No hay ninguna cosa más antigua, salvo las piedras y el mismo árbol y el mar y el aire invisible que nos rodea y está dentro de nosotros. Porque ésa es la lengua de la creación del mundo como lo conocemos. ¿Quién la creo? No lo sabemos ahora y no lo sabremos nunca. Pero es así.

—Si me lo permite, quiero decir que no parece un chico especial, señora.

—No tiene que parecerlo, sólo tiene que serlo.

—Si mi misión es llevarlos de vuelta al árbol, lo haré, mi señora —dijo Furth.

—Buen Furth, viejo amigo, asesino implacable, lo sé, sabes que lo sé. La guerra se extiende por las tierras del este y el oeste. Debemos estar atentos. La oscuridad avanza sobre todo como un fuego sombrío. Sólo en ti confiaría, mi terrible amigo.

Furth hizo una reverencia y salió dejando sola a la señora.

3

Un olor indefinible emanaba de dos ollas sobre el fuego, situadas en una esquina del patio interior del recinto. Una mujer llamó a Lóriga con la mano y ésta se acercó. Sobre una mesa había una docena de cuencos y cucharas. La mujer sirvió el contenido de una de las ollas en dos de los cuencos y se los entregó a Lóriga.

—¿Te gusta la miel? —preguntó la mujer.

Lóriga asintió.

—Mucho…

—Ésta es de abejas Hanú —explicó la mujer, mientras tomaba un tarro con miel y metía su cuchara de madera, para luego servirla en cada uno de los cuencos—. Sé que tu esposo está lastimado, así que le pondré doble ración.

Era una mujer mayor, casi anciana. Tenía el cabello recogido con un pañuelo azul. Vestía una falda de tela gruesa, sin zapatos ni sandalias. Bajo el revuelo de la falda asomaban unos dedos rugosos y gruesos, sucios, aunque no malolientes, o al menos no se lo parecieron a Lóriga. La mujer sonreía con amabilidad.

—¿Qué es? —preguntó Lóriga.

—Magia —respondió la mujer—. Magia en forma de trigo, avena y miel, también contiene uvas trituradas. ¿No es lo mejor que has comido?

—Seguro lo será —dijo Lóriga con una sonrisa.

—Ahora lleva a tu marido este potaje, seguro que está hambriento.

Lóriga agradeció la comida y volvió donde se encontraba Nu, quien no había pasado una buena noche. Había tenido pesadillas. Dos veces la misma, como una continuación de la otra. En los últimos días había soñado tres veces que se encontraba en Ralicia, o en su casa o en una fonda sin gente o en la biblioteca, cuando advertía que de una ventana emergía una cabeza o varias de ellas, inexpresivas, de ojos oscuros, sin pupilas. Eran siempre lo mismo: sombras que gritaban y lo perseguían arrastrándose veloces por el suelo. Nu corría para intentar escapar, pero las manos de sus perseguidores lo alcanzaban y lo tomaban de los talones para hacerlo caer. Pese a los malos presagios que creía que vaticinaban estos sueños, no se lo contó a Lóriga. No quería causarle ninguna preocupación más. Cuando ésta le preguntó por qué no podía dormir, Nu le aseguró que era porque le dolía la pierna, aunque cada vez menos.

—¿Ha ocurrido algo? ¿Hay noticias? —preguntó Nu.

—Ha llegado un emisario con noticias de la Casa de Or —respondió Lóriga, mientras entregaba el cuenco a Nu.

—¿Y qué ha dicho?

—Deberías comerlo de inmediato, te hará bien —dijo Lóriga, y Nu tomó la cuchara y lo probó. El sabor dulce de la miel le pareció delicioso, pero no tenía ánimo para reconocerlo.

—Hubo una batalla —siguió Lóriga—. Y todo ese griterío que escuchaste antes es porque el emisario ha dicho que, en el peor momento, cuando se creía que la Casa de Or caería, llegó desde las colinas del norte un grupo de domadores de tornados. Y fueron ellos los que acabaron con el ejército agresor.

—Domadores de tornados —exclamó Nu, tan sorprendido como emocionado.

—Eso mismo. Eso dijo. Todos están muy exaltados por la noticia.

—Vaya, nuestro Lobías tenía razón.

—Pero no es sólo eso, Nu. Han dicho que un lector del Árbol de Homa los despertó. Hablaron de un extranjero, alguien cuyo nombre no existe en ningún idioma conocido. Escuché a una mujer que dijo que su nombre era el sonido del viento, algo tan antiguo como la tierra misma.

—¿Lobías Rumin?

—Para nosotros sólo es un chico, pero para estas personas se ha convertido en una especie de leyenda venida del pasado.

—¿Quién lo diría? El vendedor de leche.

—El destino es extraño —admitió Lóriga, y en su cabeza apareció la escena de la primera vez que observó a Lobías, flaco y temeroso y, a la vez, molesto por los visitantes inesperados en el establo de su tío Doménico—. Muy extraño, Nu.

Ambos dieron cuenta del contenido de los cuencos, mientras Lóriga contaba cada detalle de lo que había escuchado.

4

El mago tenía por nombre Anrú y no poseía edad. Su capa desprendía el olor del bosque de donde provenía. Sus manos olían a fuego, a ceniza, pero de su cabello emanaba el olor de las ovejas y, sin embargo, no era desagradable. A esa hora del día, vestía con una túnica manchada por el fango o restos de hierba o manchas de la sangre de un domador de tornados.

Bajó de su caballo y entró en la cabaña, donde encontró a tres mujeres que meditaban sentadas en el piso. De un cuenco brotaba un humo sin aroma. Las tres tenían los ojos cerrados y sólo los abrieron cuando la sombra del anciano las cubrió como lo hace una nube gigantesca de lluvia sobre una ciudad.

—¿Están aquí, padre? —preguntó una de las mujeres. No era su hija. Ni lo eran las otras, pero desde que Anrú se había convertido en su maestro, siendo unas chiquillas, cada una de ellas aprendió a llamarle de esa forma.

—Así es, Lida. He visto lo que nadie había visto desde hace varios siglos —dijo Anrú.

—¿Has visto domadores, padre? —preguntó otra.

—Así es, Trihsia —continuó Anrú, mientras tomaba un cuenco y se acercaba a la olla—, he visto domadores de tornados combatir para defender la Casa de Or.

—Entonces, es seguro que hemos perdido la batalla —dijo la tercera, cuyo nombre era Ehta—. ¿Es así, padre?

—Nuestra guerra no es contra la Casa de Or —dijo Anrú, con confianza. Su voz era suave, sin premura, casi leve, lo que inspiraba confianza en sus hijas—. Lo que ha sucedido era lo que esperábamos, así que no podemos estar decepcionados ni temerosos. Lo que ocurrió ayer no tiene la menor importancia, salvo por el hecho de que hemos comprobado que aún están aquí y se hallan preparados para la guerra. Ahora debemos encontrarlos y capturarlos y encerrarlos en la oscuridad.

La cabaña se mantenía tibia gracias al fuego encendido en la chimenea. A un extremo, junto a una ventana, se encontraba una mesa con cuencos repletos de fruta y una olla de té frío. No había camas, pero sí algunas mantas sobre el suelo, en derredor de la chimenea.

—El día es gris —dijo Lida.

—El viento era frío y lleno de malos presagios —añadió Trihsia—. Me ha despertado el graznido del cuervo esta madrugada.

—No hay cuervos en estas tierras, hermana —exclamó Ehta.

—Peor aún —dijo Trihsia—, porque ha sido como les cuento. Lo escuché claramente.

—Los hombres de las montañas avanzaron según lo previsto —siguió contando el anciano Anrú, que bebía el té que se había servido—, pero el látigo hechizó al viento y lo lanzó contra nuestro ejército. Las rimas no mentían. Los pobres montañeses no tuvieron nada que hacer, aunque pelearon con valor.

—Debimos estar allí —dijo Ehta—, debimos enfrentarlos. No tengo miedo de esos miserables.

—No podríamos haber hecho mucho contra ellos —añadió Lida, con voz resignada—, no es ésa la manera de hacerles frente.

—Nunca lo ha sido —concedió Anrú—. Hay otra forma, otro camino. Lo sabemos. Pero hay un hecho aún más inquietante: ha aparecido uno que los ha despertado, un lector del libro del Árbol de Homa. Es lo que se rumora.

—¿Tal cosa puede ser cierta? —preguntó Lida.

—Es lo que se dice —repitió Anrú.

—¿Lo has sentido, maestro? —preguntó Trihsia—. ¿Has escuchado su voz en el viento del norte?

—El viento ha traído palabras extrañas hasta mí —repuso Anrú—. El color del día ha cambiado. Las grandes aves se han escondido en las montañas. Los animales de la sombra han emitido un graznido de terror. Todo eso llegó en la oscuridad de la madrugada. Así que sí. Supongo que es verdad, ha venido uno que no esperábamos, quizás alguien poderoso como el antiguo mago que trajo la niebla al gran valle. No podemos saberlo. Aún no, por eso debemos tener cuidado.

—¿Debemos huir de él, padre? —preguntó Ehta.

—Al contrario, querida Ehta —dijo Anrú—. Lo buscaremos, lo enfrentaremos y acabaremos con él. No vinimos hasta aquí para escondernos en una cabaña en medio del bosque, sino para hallar el antiguo árbol, vinimos para buscar a los domadores, y ahora buscaremos también a ese lector hasta dar con él y exterminarlo. A esta hora, el ejército del señor Mahut debe haber arribado a la orilla de Porthos Embilea, avanzando hacia la reconquista, y no podemos fallarle. No podemos permitir que los domadores vuelvan a luchar contra nuestro ejército.

—No le fallaremos, padre —dijeron Ehta y Trihsia al unísono.

—Te juro que vamos a encontrarlo — aseguró Lida—, yo misma me encargaré de apresar al lector del Gran Árbol donde quiera que se encuentre, y acabaré con él.

€11,99
Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
02 März 2026
Umfang:
254 S. 8 Illustrationen
ISBN:
9786075573717
Rechteinhaber:
Bookwire
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