Buch lesen: "La nación de las bestias. Leyenda de fuego y plomo"



NOTA
DE LA AUTORA

Las fórmulas y símbolos utilizados en esta historia están inspirados en tradiciones ocultistas reales, pero muchos de ellos han sido modificados en favor de la trama. El pueblo de Stonefall y sus alrededores son ficticios, en cambio, Valley of the Gods, Monument Valley y el resto de la topografía de este libro son reales. La diversidad cultural y étnica, así como los acontecimientos históricos, también están inspirados en tradiciones, lugares y sucesos verídicos, pero no representan mis creencias ni reflejan las de ninguna persona en particular; ésta es una obra de ficción.
Que la dualidad nos una para siempre.
Bienvenidos de nuevo a nuestra Nación.
A mis Atrapasueños: el de Utah, el de Madrid y todos los esparcidos por el continente americano. Esto es para ustedes.

PRÓLOGO
(El libro rojo de Laurele Elisse)

Es muy difícil aprender a caminar. Cuando sentimos el dolor de nuestros huesos al abrirse, escuchamos nuestras articulaciones crujir y percibimos el inevitable vértigo en el estómago al tratar de elevarnos sobre nuestros pies, llegamos a tener la sensación de que nuestro cuerpo es demasiado pesado y, perdida en algún punto de nuestra memoria, nos queda la nostalgia de cuando gatear nos era suficiente.
Pero todo esto lo olvidamos al ponernos en pie, al entender que podemos ser como nuestros padres; que podemos erguirnos y deambular en dos patas, como ellos. Nos volvemos conscientes de que dejamos de ser bestias cuadrúpedas y, tras pasar por tanto sufrimiento, comenzamos a caminar sobre la tierra.
Asimilamos la idea de que todo aquel duro proceso es algo natural, de que ese dolor es sólo el grito de la adaptación del humano hacia la civilización. Pero lo único que hacemos, en realidad, es crecer, envejecer y morir sin saber que aquel peso que nos empuja hacia el suelo no es más que la desesperada raíz invisible que nos ataba a nuestro origen salvaje, a la conexión que teníamos con la tierra desde tiempos inmemoriales. Y nosotros, torpes e ilusos, ignorábamos que a cada paso con el que aprendíamos a erguirnos, negábamos nuestra naturaleza primigenia.
Lo olvidamos. Olvidamos que nacemos siendo bestias, seres desnudos que gimen y lloran, que sienten hambre y frío, tan parte de la tierra como cualquier otro animal. Olvidamos que somos humildes e indefensos. Olvidamos nuestro instinto y nos volvemos… humanos.
Pero hay seres que no estamos destinados a olvidar.
Criaturas cuya humanidad no ha podido corrompernos y que, sin saberlo, llevamos la semilla de las bestias palpitando debajo de nuestra piel, a la espera del momento adecuado para resucitar tal como somos.
Hay quienes pertenecemos a una raza de seres que guardan la certeza de que nuestra fuerza proviene de aquella primigenia brutalidad, que la inteligencia nace del más antiguo instinto y que, por lo tanto, somos capaces de ser al tiempo humanos y bestias.
Todo eso a ojos de nuestra propia raza de tierra, estrellas y sangre, es la más grande de las virtudes: la bendición dada por una madre de ríos, árboles, cielos y montañas.
Alguna vez, en un rincón escondido de Nueva Orleans, yo me sentí bendecido. Me sentí un hijo de tierra, estrellas y sangre; miembro de una verdadera familia, tan antigua y poderosa que los lazos que nos unían superaban cualquier lógica, natural o impuesta, habida y por haber. Y sentí que, al fin, mi existencia tenía un sentido, y una verdad.
Me sentí un errante.
Una criatura mística, mezcla de hombre y bestia, capaz de mirar los abismos de frente, de escuchar a los muertos y de susurrar entre las estrellas. Un ser de colmillos y astas, con el corazón palpitante de un hombre.
Pero de la forma más dolorosa posible tuve que despertar de ese sueño efímero, cuando todos los tipos de amor se manifestaron en mí gracias a aquellos errantes que conocí en esa ciudad sepultada por la niebla, para después ser poseído por un monstruo incomprensible. Entonces pude por fin entender que estaba maldito y, por ello, destinado a condenar todo lo que estuviera a mi alrededor. Tuve que entender que debía, una vez más, quedarme solo.
Y ya he estado solo el tiempo suficiente para comprender tres cosas a la perfección.
La primera, y la más útil: para llegar al plano medio hay que cruzar una puerta, una ventana, un puente, un arco, una grieta o una cueva. Algo que marque una diferencia entre el aquí y el allá, el interior y el exterior… un vínculo. Vínculo que después de mucho tiempo, y gracias a una lengua maldita que repta en el fondo de mi garganta, he aprendido a sentir y manipular. Pero no todo vínculo puede ser un portal, no toda puerta o ventana pueden llevarte al plano medio y, de dónde vienen, cómo se han formado o por qué están allí, aún es un profundo misterio para mí.
La segunda revelación, y la más inquietante: no soy más un errante, o al menos no uno normal. Los errantes son uno con su ancestro, una entidad conformada por dos partes, una armonía extraordinaria de la naturaleza. Pero yo tengo a un monstruo dentro de mí, uno que vive en medio de mis huesos, que se alimenta de mis miedos, bebe de mis furias y que, a pesar de haber aprendido a empujar sus cientos de voces detrás de mis oídos, aún es capaz de despertarme en plena noche, mientras grita desde el abismo de mi locura, de mi propia bestialidad.
Finalmente, la tercera certeza, y la más peligrosa: hay algo, un ente que clama por mi cabeza. Una criatura a la que he bautizado “Mara”,* la cual, incluso dos años antes de mi nacimiento, ha estado planeando mi muerte. Un ser que, si pudo comprar a un Loa, tendrá el poder suficiente para manipular a muchas criaturas más que no descansarán hasta aniquilarme.
Pero, sobre todo, es algo que me obligó a dar la espalda a todo lo que amaba.
Porque en aquella monstruosa noche en la cabaña de Muata sólo bastó un chasquido, un crujido que resonaba en la oscuridad, para saber que debía marcharme de Nueva Orleans; para comprender por fin que ese algo, poderoso e imparable, acechaba en las sombras decidido a hacerme pedazos.
Así que, herido y con el corazón destrozado, tomé un dinero que no era mío y me marché a través del plano medio a sabiendas de que nada ni nadie serían capaces de encontrarme. De que mi familia jamás podría siquiera adivinar qué había ocurrido en esa habitación vacía.
Porque si tres errantes habían sido asesinados para alcanzarme, permanecer al lado de mi familia con la esperanza de que sólo la suerte nos mantendría vivos, no hubiera sido más que un acto egoísta de mi parte.
Después de esa noche, todos los misterios de mi vida dejaron de asustarme, porque encontré cosas mucho peores que la más horrible de mis pesadillas; cosas que hoy veo ocultas, no en la penumbra, sino en mi espantosa soledad, y en la culpa que ahora cargo sobre los hombros. Pero, así como una bestia herida bate sus garras a diestra y siniestra cuando yace boca arriba, el miedo se ha vuelto mi gran aliado. Me ha hecho resistente, fuerte, hábil… peligroso.
Por ello, en el momento en el que mi Mara decida por fin dar la cara, estaré esperándolo, dispuesto a enfrentarlo. Y con la terrible certeza de que el monstruo de hueso será lo único que podrá ayudarme a detenerlo. Al menos hasta que encuentre la forma de deshacerme de él también.
Tal vez así pueda tener la oportunidad de algún día volver a casa.
** En la religión budista, Mara es tanto un espíritu maligno que intentó impedir la iluminación del Buda Shakyamuni como la denominación general que se le otorga a los demonios personales.



CAPÍTULO I
I. NIGREDO


Miedo.
Hacía tantos, tantos años que no percibíamos con tal intensidad la deliciosa sensación del miedo, ese frío nauseabundo que se expande bajo la piel de nuestra víctima al percatarse de nuestra abominable proximidad.
Oh, para nosotros no hay sensación en este mundo que estimule más nuestra maldad que el miedo. Y ella… Ella siente más miedo que nunca.
“Alannah”, la llamamos con nuestra sola voz, que si bien se ha recuperado un poco con la benevolencia de la lluvia de esta noche, aún es un eco frágil y vacío entre las gotas tibias que caen despacio sobre nuestra sola cabeza.
Pero la chica no mira hacia atrás, ni a nosotros, ni hacia el coche desvencijado que ha dejado muy lejos, porque la bestia que cree que ha venido a enfrentar está delante de ella; una casa erigida con fuego y ladrillo, y repleta de profundas entrañas de concreto, con un alma tan antigua, tan violenta y monstruosa, que nos llena de regocijo saberla despierta.
Veinte años. Veinte años hemos aguardado su regreso. Veinte años después de haber sido devueltos del plano medio y los recuerdos, porque el Cacique de los Muertos, el Gran Señor de la Niebla, ha roto su trato.
Pero lo que es inmortal no hace tratos.
Lo que es inmortal no dará ninguna oportunidad.
El bosque que permanece a nuestras espaldas cruje sus dientes de madera y le suplica a la joven que vuelva. Que dé media vuelta y se aleje de este lugar besado por el abismo, pero Alannah es incapaz de moverse. Sus pies pálidos y enfangados están sembrados en la tierra y sus brazos, rígidos contra sus abultados senos.
“Alannah, Alannah“, volvemos a llamarla, pero ella es tan inútil, tan carente de talentos que no es capaz de escuchar nuestro susurro.
No importa cuántas veces haya intentado hacer magia en el pasado, porque sin ancestro y sin protección, la contemplasombras está débil y horrorizada, tanto que su vejiga punza, ansiosa por vaciarse. Y la casa frente a ella lo sabe.
De su boca de metal emana un aliento fétido de magia siniestra, magia de blancos forjada con una mezcla ancestral de sangre y sulfuro; un seno de maldad que expele fuego y ceniza.
Su matriz está cálida y expectante, su olor a quemado infecta el aire, sus miles de ojos miran hacia Alannah, hacia su cabellera anaranjada, larga y empapada como una cascada de lava sobre sus hombros raquíticos.
Y a pesar de su delgadez, de la desesperada hambruna a la que la errante se ha sometido para tratar de matar el más grande error que ha cometido en su vida, su hermosura pareciera ser la única cualidad de su estirpe que aún es capaz de portar.
Pero la belleza resulta indiferente ante un monstruo inconmovible, una criatura creada para devorar, triturar y transmutar todo lo que se atreva a deambular dentro de sus paredes.
Y Alannah debe ser transmutada.
De pronto, la contemplasombras las oye. Escucha las docenas de voces que la llaman desde la podrida garganta de la casa, esas voces femeninas, angustiadas y suplicantes que no le han permitido dormir incontables noches.
Ella siempre quiso creer que todo lo que había vivido a lo largo de estos meses eran alucinaciones. Que todo este concierto espectral era sólo un estrago de la locura que hizo crecer dentro de sí por tantos años de ignorar sus dones.
Pero ahora que se da cuenta de la verdad es incapaz de lidiar con ella.
—¿Qué es lo que quieren de mí? —pregunta con la boca seca. El sabor de sus lágrimas se mezcla con la lluvia y el sofocante ardor de los ladrillos.
Un repentino dolor, tan natural como abominable, la estruja; sus dedos se contraen en su vientre para soportarlo, aun a sabiendas de que es inevitable.
“Estás sola. Tan… sola.”
Murmuramos sin compasión. Y aunque no puede escucharnos, la fantasmagórica vibración de nuestra voz termina por destrozar su última pizca de valentía.
Alannah se orina. Después llora y gimotea, aterrada; ella sabe que esto la supera. Sabe que es indigna de su estirpe y de los errantes. Quiere volver a casa. Quiere refugiarse en la calidez de los brazos que la han acogido en sus noches de pesadillas. Quiere regresar al sitio donde, por primera vez en su vida, ha sido amada, y pretender que esto no ocurrió. Que nunca vio a esos fantasmas en la oscuridad de su habitación. Que jamás llegó a percibir su horripilante olor a quemado ni a ver sus vientres abiertos como labios rojos en la noche.
Oh, Alannah. La pobre y loca Alannah. Si tan sólo supieras que el demonio al que deberías temer no está dentro de esa caverna de ladrillos, sino aquí afuera, contigo.
Porque tú serás nuestra.
Basta un murmullo de nuestros labios podridos, un revolotear de nuestros espíritus, para que el silencio lo devore todo. Los árboles ya no se agitan contra el viento. El agua deja de fluir contra la ropa de la chica y su temor no le permite darse cuenta de que el único sonido que puede escucharse ahora es el de su corazón agitado.
Todo calla por el chasquido de nuestra magia.
Y, finalmente, nuestras cenizas se unen, se regeneran y se alargan bajo la lluvia. Nuestro cuello se abre paso entre las copas de los árboles. Nuestras fauces se parten, crujen y se dilatan hasta que nos sangran las encías, ansiosas por poner carne entre nuestros dientes.
Nuestra esencia de magia negra se desprende como una marea y alcanza el frenético pulso de la errante. Las náuseas la ahogan y, por fin, Alannah mira hacia acá.
Pero ya es demasiado tarde.
Nos lanzamos contra su cuello y lo constreñimos con tanta fuerza que ni un suave alarido alcanza a escapar de su garganta. Nuestros huesos se enroscan y saborean su piel empapada; una vuelta, una torcedura apenas y las vértebras de la contemplasombras se encajan en las nuestras hasta hacerse pedazos.
Su carne blanda revienta, y la sangre baña nuestro pellejo como lo haría un manantial.
Alannah se desploma, inerte, contra el suelo. Sus ojos vacíos contemplan nuestro cuerpo, traído de vuelta a la vida a base de cenizas, lluvia y recuerdos.
El agua vuelve a cantar sobre la tierra. El viento susurra de nuevo entre los árboles.
Nuestra columna vertebral se desliza desde las entrañas del bosque. Despacio, la enredamos en el tobillo de la chica mientras las voces que yacen dentro de la casa de ladrillos gritan, lloran y se retuercen al ver que su única esperanza es arrastrada hacia la oscuridad.

CAPÍTULO 2
REINO DE ÓXIDO

El silencio se vuelve un susurro y comienza a silbar con más fuerza a medida que el viento, cargado de polvo y arena, se arrastra hacia aquí. Como una mano gigante e invisible, golpea el costado del solitario restaurante de carretera y hace vibrar tanto el cristal de las vetanas como las destartaladas paredes de aluminio.
Ante la ráfaga, el único mesero alza el mentón para ver cómo se sacuden los muros, más curioso que atemorizado ante la furia de la corriente. Cuando el viento amaina, sólo deja un asfixiante olor a tierra seca que entra de lleno por mi nariz.
La luz anaranjada que se cuela por las persianas, el zumbido de la radio sobre la barra, el rechinar de los grasientos ventiladores en el techo, el olor de la parrilla de hamburguesas… todo me provoca una repentina nostalgia, como si me hubiese perdido en algún lejano punto del pasado.
Ante el sofocante calor, intento abanicarme con la postal en mi mano cubierta por un guante color marrón, pero al ver que el paisaje impreso ya está casi desvaído, decido meterla en el bolsillo de mi parka de verano.
Tarareo una canción en hindi y saco un cigarro, dispuesto a transformar en humo la melancolía. Los huesos expuestos rumian debajo de mi guante, ansiosos por sentir el calor de las cenizas.
Pero antes siquiera de que pueda buscar el encendedor, escucho un siseo frente a mí.
Alzo la barbilla hacia mi acompañante invisible, sentado al otro lado de la mesa; tiene el rostro tenso como un ladrillo y sus hambrientas cuencas vacías prestas sobre mi cigarrillo. Sonrío y alargo el brazo hacia él.
—¿Quieres? —ofrezco.
Barón Samedi ni siquiera mueve los labios; tan sólo me mira en silencio como un espectador ausente mientras se llena, poco a poco, de una ira impotente que soy capaz de sentir en la punta de la lengua.
Letras pequeñas de un mal contrato, si me lo preguntan.
—Sí. Eso creí —sentencio con una risa ronca mientras llevo el filtro a la boca.
De reojo, me percato de que el mesero arruga el entrecejo, desconcertado al escucharme hablar solo. Acostumbrado a que la gente me tome por un loco, me limito a aspirar una nube de humo caliente y a girar el rostro con indiferencia hacia la ventana.
Y es entonces, justo cuando un placer nauseabundo se anida en medio de mis pulmones, que el fastidioso ruido de la radio se detiene de pronto. Alzo una ceja y miro al mesero, cuyos ojos perplejos yacen sobre mi cigarro.
Me toma menos de un segundo comprender que, una vez más, lo he prendido sin necesidad del encendedor.
El Señor del Sabbath se ríe de mi descuido con un sonido irritante y gangoso que retumba en las paredes de su boca vacía. Pero su sonrisa se transforma en una mueca de dolor cuando, de un solo movimiento, aplasto el cigarro sobre el dorso de su mano.
El Loa contrae su extremidad y aprieta los labios hasta volverlos una línea siseante mientras yo arrojo una generosa cantidad de billetes de un dólar sobre la mesa, justo donde el cigarro ha dejado su rastro de ceniza.
Me levanto y me largo a zancadas del restaurante, con el aún más estupefacto semblante del mesero sobre mi espalda. Echo a andar sobre el polvoroso suelo en dirección al motel detrás del negocio, con la mirada furibunda de Samedi siguiéndome desde la ventana.
A medio camino me detengo para prender otro cigarro y contemplar los últimos rayos de luz del atardecer. Esta vez procuro usar encendedor.
La brisa caliente y polvorienta de finales de julio me abrasa la piel, y la nostalgia vuelve a surgir cuando contemplo cómo el sol se acuna entre las montañas del sur de Utah, pintando todo de matices anaranjados y rojos.
Aunque, vamos, aquí casi todo es rojo, sea cual sea la posición del sol.
El paisaje desértico de esta parte del país está formado por largas praderas de matorrales secos y opacos, pelusas espinosas que brotan de la calvicie árida de la tierra. A mi alrededor hay montañas, hoodoos* y mesetas gigantescas de piedra erosionada, cuyos pies están repletos de rocas y arena que se ha deslizado con el paso de los siglos, como si montones de escombros reposaran a las faldas de los gigantes.
Frente al restaurante hay una gasolinera y la solitaria carretera estatal 95, una cicatriz de asfalto que separa el inhóspito horizonte rojo del estereotipado lugar en el que pienso quedarme esta noche: un parador mugriento en medio de la nada en el que ni loco te pararías si vinieras solo, situado a un lado del camino como un pueblo fantasma, revestido de una crujiente piel de óxido y letreros de Coca-Cola que han de ser tan viejos como el café que sirven aquí.
Cuando el sol se oculta por fin, guardo la colilla en el bolsillo y me dirijo al cuarto de motel. El decrépito edificio de un solo piso me recibe con el rugido de su vieja cañería.
Saco la llave y entro en la habitación; me muevo en la oscuridad apenas atenuada por la blanca luz del pórtico. Enciendo la lámpara del buró junto a la cama y desvío la mirada hacia la puerta del baño, la cual yace desatornillada y tendida en el suelo.
Tal cual la dejé antes de ir a cenar.
Miro mi enorme mochila para acampar sobre un sillón y, aunque todo parece estar en su lugar, reviso la puerta de nuevo, de arriba abajo.
A pesar de que soy el único inquilino que alberga el motel ahora, no puedo evitar sentir que este sitio aún no está vacío del todo.
Arrojo mi desordenada trenza hacia atrás y me acuesto en la rígida cama. La tentación de retirar el guante se vuelve persistente, pero en vez de ceder a ella, cierro los ojos y me permito escuchar el techo quejarse, la gotera del lavabo escupir sobre la porcelana y el viento del exterior golpear el cristal con su aliento. Hace calor, los huesos me duelen y necesito dormir con desesperación… pero tras unos cuantos minutos no puedo ni respirar con tranquilidad.
Siento que he olvidado algo.
Escucho que tocan la puerta.
—¿Quién es? —pregunto con somnolencia, pero nadie responde.
Desganado, separo la espalda de la cama y me levanto. Al abrir, me encuentro con el anochecer recostado sobre la carretera, acompañado de una estremecedora quietud. Giro la cabeza hacia un lado y hacia el otro sin lograr distinguir nada ni a nadie.
Pero en cuanto cierro la puerta y doy un paso rumbo a la cama, llaman de nuevo.
Arrugo el entrecejo y miro atrás, irritado por el insistente golpeteo. Me acerco a la ventana y descorro un poco la cortina para asomarme, pero no hay nadie, muy a pesar de que aún escucho el llamado.
—Un momento… —susurro a la par que me percato de algo inusual: el sonido no es hueco como la madera, sino algo chirriante. Vidrioso.
Mi mandíbula se tensa cuando miro hacia el baño, porque aquel llamado no proviene de la puerta, sino del espejo.
La lámpara del buró parpadea hasta apagarse y me deja sumido en un tenebroso claroscuro, donde las sombras de la habitación luchan por erizarme la piel.
Muy despacio, me acerco al baño mientras aquel golpeteo se vuelve cada vez más insistente. Contemplo mi rostro reflejado en el espejo, el cual se sacude a medida que lo que sea que esté del otro lado empieza a arremeter con más fuerza. Me detengo en el umbral del baño con la mirada clavada en el cristal.
Detrás de mí, a través del reflejo y la oscuridad del cuarto, la realidad se tuerce. Las paredes están despellejadas y ennegrecidas, las cortinas desgarradas y llenas de mugre… Y, sobre el colchón destrozado y embadurnado de sangre seca, una silueta negra me observa desde la cama.
Crac.
El espejo se quiebra desde la esquina y arroja una grieta que me parte el rostro de lado a lado. Mi cara en el cristal se contorsiona en una mueca abominable y, por fin, un escalofrío domina mi espalda.
Mi reflejo me sonríe.
Un grito detrás de mí retumba por toda la habitación, a la vez que la luz de la lámpara vuelve a encenderse; doy media vuelta y aprieto los dientes.
Laurele está sentada en el borde de la cama, y me mira con los ojos desorbitados y con las venas tan hinchadas que parecen a punto de reventar. Está desnuda y con la entrepierna cubierta de costras de sangre, igual que la última vez que la vi.
Despacio, levanta su dedo índice hacia mí.
—Monstruo… —susurra.
Cierro los ojos con fuerza, pero me veo obligado a abrirlos de nuevo al escuchar un fuerte gemido.
La bruja ha desaparecido para dejar en su lugar a una mujer completamente diferente: también es negra, pero muy joven y tiene las mejillas empapadas de lágrimas, mientras que por su vestido celeste se asoma una abundante mancha roja que brota de entre sus muslos.
—Tanpri, mèt mwen!! —¡Mi señor, por favor!, grita en un tosco haitiano, pero al mirarme un instante más, contrae los brazos y comienza a chillar a todo pulmón—. Enposteur! Enposteur!
Cruzo el cuarto a zancadas y aferro mis dedos enguantados a su brazo. La arrebato de la cama, por lo que ella gime confundida y se retuerce bajo mi furioso agarre mientras la arrastro hacia el baño.
—Mwen te di ou dè milye fwa! —bramo, también en haitiano—. Mwen pa Baron Samedi!
¡Se los he dicho miles de veces! ¡Yo no soy Barón Samedi!
Arrojo al fantasma hacia el espejo. Las negras manos de los sirvientes del Señor del Sabbath surgen del vidrio como serpientes para atrapar a la mujer entre sus garras; la jalan con fuerza hasta hacerla entrar en el portal. Ella desaparece casi al instante mientras escupe detrás de sí un estremecedor grito de terror.
Con pesadez, dejo caer mis codos sobre el borde del lavabo. El sudor se aglomera en mi frente mientras miro hacia la puerta de madera, tendida en el piso como una tabla inútil.
Carajo.
Sabía que la sensación de que algo me observaba no había desaparecido del todo, aun después de quitar esa porquería.
Furioso, estampo el puño de mi mano izquierda, la que no llevo enguantada, contra lo que queda del espejo, una y otra vez, hasta reducirlo a trizas sobre el lavabo. Mi piel se desgarra y el dolor me hace sisear, pero lo dejo latir como una advertencia. Para recordar que por más cansado, débil o enfermo que esté, nunca debo bajar la guardia, porque no haber detectado cuál era el verdadero portal al plano medio de esta habitación pudo haberme costado la vida.
Le echo una mirada anhelante a la cama, dispuesto a arrastrarme hacia ella si hace falta. Pero antes de que pueda dar un paso, un nuevo golpear de nudillos, ahora sí contra la puerta de la habitación, me hace susurrar un “carajo”.
—¿Está todo bien, jovencito?
No es más que el mesero del restaurante quien, junto con el viejo y malhumorado encargado, parecen ser el único personal de este mugriento motel.
—Sí. Dejé caer algo, eso es todo —respondo con la mayor tranquilidad posible. Abro el grifo y empiezo a arrancar los vidrios que se han quedado incrustados en el dorso de mi mano.
—¿En verdad? Lo escuché gritar hace unos momentos.
—No fue nada. Todo bien, sólo estoy un poco cansado —insisto a la par que aprieto los dientes debido al dolor.
El olor a sangre me sube de forma inevitable hasta la nariz.
—Su nombre es Ezra, ¿cierto?
Comienzo a perder la paciencia cuando el tipo, quien claramente no tiene intenciones de irse, me llama por el nombrecito falso que uso ahora.
—Ajá.
—Eh, bueno, no se veía muy bien hace un momento, ¿en verdad no necesita ayuda?
Alzo una ceja, porque algo en el tono acusador del mesero me dice que no busca ayudarme.
Estoy a punto de negar otra vez, cuando el hombre empieza a forzar el pomo de la puerta.
—¿Qué diablos está…?
—Abra, por favor, me preocupa que…
—¡Por los dioses, ya lárguese! —grito por fin, exasperado de su maldita terquedad.
Después de unos segundos de silencio, escucho que sus pisadas se alejan.
Abro mi mochila y saco una venda de uno de sus compartimentos. Me vendo la mano con torpeza mientras mis ojos recorren una y otra vez los rincones de la habitación para detectar si algo más se mueve en la negrura. Vuelvo a toparme con el desastre que he provocado en el baño, y la simple idea de inventar una excusa me resulta agotadora.
Buscar explicaciones, desplazarme de un lugar a otro, no quedarme demasiado tiempo en espacios cerrados, alejarme lo más posible de puertas y ventanas; toda esta rutina de supervivencia empieza a enloquecerme, todavía más.
No acabo de ahogarme en mi frustración cuando todo mi cuerpo se estremece debido a una nueva oleada de llamados a la puerta, pero esta vez son mucho más urgentes que los anteriores, tanto que parecieran querer echar abajo la madera.
¿Y ahora qué?, me pregunto perturbado al ver las tablas vibrar con violencia.
—¡Abra!
Murmuro un insulto al reconocer la voz del encargado, pero no alcanzo ni a cruzar la estancia cuando una furiosa patada se estrella contra el marco y abre la puerta de par en par.
—¿Pero qué…? —cierro la boca en el acto al ver a un tipo enorme en el dintel, con la nariz arrugada y una larga escopeta en brazos la cual apunta directo hacia mi pecho.
—¿Tu madre no te enseñó a respetar a tus mayores, cabrón?
Detrás del tipo se asoma el larguirucho mesero con gesto nervioso. Estoy a punto de balbucir una excusa, cuando los ojos del encargado se deslizan desde mi cara hasta el interior del cuarto.
—¿Pero qué diablos le has hecho al baño?
Mierda.
El tipo amartilla la escopeta.
—¡Tienes un minuto para largarte de aquí antes de que te llene de plomo! —afianza el arma entre sus manos.
Ante la amenaza, las voces del monstruo de hueso se alzan dentro de mí.
Mi corazón se torna pesado a medida que esos murmullos se vuelven gritos violentos e incitantes, así que cierro los ojos por un efímero segundo y pienso en ojos azules.
Eso basta para que el ruido dentro de mí desaparezca y decida ceder.
Me lanzo hacia mi mochila de viaje y la echo sobre mi espalda. Sus casi veinte kilos de peso me doblan las rodillas, pero paso de largo ante los dos hombres sin darme el placer de dedicarles una mirada desdeñosa.
Abandono el decrépito motel y cruzo el restaurante por un costado para lanzarme al camino de asfalto, apenas iluminado por las luces de la gasolinera.
El polvo se levanta detrás de mis botas, el calor del desierto me abrasa aun en su esplendor nocturno. Estrujo la postal arrugada en mi bolsillo y arrojo la barbilla hacia las estrellas para buscar la Osa Menor entre el mar de constelaciones.
Por suerte, encuentro en su cola el resplandor de la estrella Polaris.
—Sólo ciento ochenta más —susurro—. Ciento ochenta kilómetros más.
** También llamadas “rocas de carpa” o “chimenea de hadas”, son agujas de roca alta y delgada coronadas por piedras más grandes y duras. Los hoodoos tienden a ser descritos como “rocas en forma de tótem”.