Buch lesen: "La última sonrisa en Sunder City (versión española)"
LA ÚLTIMA SONRISA EN SUNDER CITY
Luke Arnold
Traducción: Federico Cristante

“La construcción meticulosa del mundo, y la historia de fondo altamente detallada, así como el elenco de personajes auténticos y memorables, son fortalezas indiscutibles del libro de Luke Arnold. Es la primera entrega de una serie que podría ser el hijo ilegítimo de Terry Pratchett y Dashiell Hammett”.
—Kirkus.
“Un mundo conocido pero diferente, que combina la crudeza de Chinatown con el encanto de Harry Potter. Es el inicio de una serie que tendrá lectores que regresarán por más”.
—Publishers Weekly.
“Un debut impresionante que muestra un talento e imaginación increíbles. Fetch es un antihéroe que investiga la desaparición de un profesor, que parece algo sencillo, pero con cada paso, se ve envuelto en una compleja red de engaño, corrupción y violencia”.
—The Nerd Daily.
“Es una excelente novela noir de fantasía urbana. Su protagonista nos debería resultar desagradable y poco interesante, sin embargo no podemos evitar entenderlo y quererlo. A través de sus ojos descubrimos Sunder City y a sus ciudadanos, que necesitan encontrar su lugar en este nuevo mundo ‘sin magia’ ”.
—Lucila Quintana, editora.
Título original: The Last Smile in Sunder City
Edición original: Orbit, un sello de Little, Brown Book Group
© 2019 Luke Arnold
© 2019 Orbit, un sello de Little, Brown Book Group
© 2021 Trini Vergara Ediciones
www.trinivergaraediciones.com
© 2021 Gamon Fantasy
www.gamonfantasy.com
España · México · Argentina
ISBN: 978-84-18711-07-7
Índice de contenido
Portadilla
Citas elogiosas
Legales
La Última Sonrisa en Sunder City
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Capítulo Diecisiete
Capítulo Dieciocho
Capítulo Diecinueve
Capítulo Veinte
Capítulo Veintiuno
Capítulo Veintidós
Capítulo Veintitrés
Capítulo Veinticuatro
Capítulo Veinticinco
Capítulo Veintiséis
Capítulo Veintisiete
Capítulo Veintiocho
Capítulo Veintinueve
Capítulo Treinta
Capítulo Treinta y uno
Capítulo Treinta y dos
Capítulo Treinta y tres
Capítulo Treinta y cuatro
Nuestros autores y libros en Gamon
Luke Arnold
Sinopsis
Gamon
Para papá, que me dejó en las manos de Tolkien, Chandler y muchas otras clases de magia.
Capítulo Uno
—Haz algo bueno —me había dicho ella.
Bueno, lo había intentado, ¿no? Cada uno de los casos de mi carrera había sido agotador y, a la larga, un sinsentido. Como cuando la señora Habbot me contrató para encontrar a su perro perdido. Dos semanas de trabajo, tres huesos rotos, y la vieja se murió antes de que yo pudiera cobrarle, lo que dejó a mi cargo un caniche ciego e incontinente durante dos meses. El tiempo suficiente para que yo me encariñase con el condenado perrito antes de que él también estirara la pata.
Que en paz descanses, Pompo.
Luego tuve mi efímero período como guardaespaldas de Aaron King. Me pagó hasta el último céntimo, acabé sin un solo moratón en todo el cuerpo, pero escuchar a ese ricachón vanidoso quejarse de su herencia hizo que el empleo se transformara en cuatro días y medio de un sufrimiento insoportable. Todavía me estoy quitando con pinzas sus quejas de los oídos.
Después de una sucesión de trabajos igual de inútiles, estaba en mi despacho, medio dormido, tres cuartas partes borracho y cien por cien desprovisto de café. Eso, casi, era suficiente. El café. Suficiente motivo para interrumpir para siempre todo ese estúpido juego. Me levanté de mi mesa y abrí la puerta.
La primera puerta, no. La primera puerta de mi despacho es la que tiene la pequeña ventana de cristal que dice “Fetch Phillips: Hombre a Sueldo” y da a la sala de espera, que da al vestíbulo.
No. Yo abrí la segunda puerta. La que da a un espacio vacío situado a cinco pisos de altura sobre la calle Principal. El dueño anterior había usado esa puerta, pero yo nunca la había atravesado. Aún no, al menos.
El viento de otoño me golpeó las mejillas cuando me paré en el borde y miré hacia abajo, hacia Sunder City. Habían transcurrido seis años desde que todo se había desmoronado. Seis años andando a trompicones con la esperanza de dar con algún modo de compensar todos aquellos estúpidos errores.
¿Por qué demonios habría pensado ella que yo podía representar la más remota diferencia?
Ring.
El teléfono candelabro agitó sus campanillas igual que un mendigo que pide monedas. Me lo quedé mirando, preguntándome si sería más engorroso atenderlo o comérmelo.
Ring.
Ring.
—Diga.
—¿Hablo con el señor Phillips?
—Así es.
—Soy Simon Burbage, director de la Academia Ridgerock. ¿Podría pasar por aquí esta tarde? Necesito su ayuda. —Yo sabía la dirección, pero me la dictó de todas maneras. Nuestra reunión tendría lugar después del horario de las clases, una vez que los alumnos se hubieran ido a sus casas, pero él quería que yo llegase un poco más temprano—. Si es posible, venga a las dos y media. Hay una presentación que podría interesarle.
Acordé ir a la hora indicada y la línea quedó en silencio. El viento volvió a golpearme el rostro. Esta vez permití que el aire frío me entrara en los pulmones, y me sirvió para expulsar la noche. Los párpados se abrieron con aspereza. La sangre comenzó a descongelarse. Me froté la cara con una mano, y la noté rugosa y seca como un trozo de carne salada.
Un cliente. Un caso. Uno que finalmente pudiera tener algún sentido. Cogí mi dinero, mi encendedor, mi puño de acero y mi cuchillo, y cerré la segunda puerta de una patada.

Después de una semana de lluvias se hizo un hueco entre las nubes y, para variar un poco, las calles parecían estar limpias. Tenía la esperanza de que yo también. Se trataba de mi primera oferta laboral en más de dos semanas y necesitaba lograr que se concretara. Llevaba puesto un traje gris remendado, camisa blanca, corbata negra, mi mejor par de botas y el chaquetón azul marino forrado con piel que ya prácticamente formaba parte de mí.
La Academia Ridgerock estaba formada por tres bloques de hormigón de una sola planta protegidos por una alambrada. El edificio más grande estaba decorado con un mural dolorosamente colorido de rostros sonrientes, rayos de sol y estrellas.
Una vigilante de seguridad esperaba con una taza de café y una sonrisa débil como un papel. Tenía ojos listos para mirar al techo con ironía y un amor sin tapujos por el poquito poder que tenía. Cuando me preguntó mi nombre, se lo dije.
—Fetch Phillips. Vengo a ver al director.
Intercambié mi identificación por un gruñido para nada impresionado.
—Salón de actos. Derecho por el camino, puertas rojas a la izquierda.
No era donde había estudiado yo y nunca había estado allí, pero todo el recinto estaba untado con una gruesa capa de nostalgia; el aroma inolvidable a manchas de hierba, mangas sucias de mocos, miedo, confusión y emparedados de mantequilla de cacahuete de la semana anterior.
Las puertas rojas estaban salpicadas de grafitis accidentales causados por pintura para manos rebelde. Las abrí, aguardé unos momentos para acostumbrarme a la oscuridad y entré tan silenciosamente como pude.
El enorme gimnasio hacía las veces de auditorio. Había sillas perfectamente apiladas a un lado, equipo deportivo esparcido en el otro. En el medio, la luz cálida de un proyector atravesaba la oscuridad y hacía resaltar una pantalla blanca y lisa. Las partículas de polvo se arremolinaban sobre un centenar de niños sentados en el suelo a quienes se intentaba mantener en silencio, pero que no dejaban de murmurar entre sí. Me escabullí hacia el fondo, me apoyé contra la pared y me dispuse a esperar lo que fuera que viniese.
Una niña chilló. Algunos niños se rieron. Luego, un hombre de aspecto tímido, con el pelo canoso y gafas grandes se colocó frente a la luz.
—Calmaos, por favor. La presentación está a punto de comenzar. —Reconocí la voz de la llamada telefónica.
—Sí, señor Burbage —recitaron los niños al unísono.
El director se acercó al reflector y la luz le dibujó líneas gruesas en el rostro. Los alumnos se removieron, emocionados, mientras él extraía un carrete de película de una caja y colocaba la cinta en la rueda dentada del aparato. Los altavoces crepitaron y comenzó a oírse una voz exageradamente articulada.
“El Opus tiene el orgullo de presentar…”.
Me atraganté a mitad de una inhalación. Los del Opus eran mis antiguos empleadores, y no nos habíamos separado de manera muy amistosa. Si eso era lo que Burbage quería que viera, significaba que él sabía algo de mi historia. Eso no me gustó en absoluto.
“… Mi cuerpo y yo: Hacerme adulto después de la Coda”.
Me puse nervioso y comencé a tirar de un hilo suelto de mi manga. La voz en off cambió por la de un locutor masculino que hablaba con ese falso tono amigable que yo suelo asociar con vendedores, estafadores y policías corruptos.
“¡Hola a todos! Estamos aquí para hablar de vuestro cuerpo. No os sintáis incómodos, vuestro cuerpo es algo verdaderamente especial, y es importante que sepáis por qué”.
Uno de los niños emitió un quejido con la intención de generar risas, pero sin éxito. Yo no era el único que estaba nervioso.
“Todos los cuerpos son diferentes, y eso está bien. Ser diferente significa ser especial, y todos somos especiales de un modo que es único para cada uno”.
En la pantalla aparecieron dos niños en forma de caricatura: un niño y una niña. Saludaron a los alumnos de la audiencia como si fueran viejos amigos.
“Puedes tener algo en tu cuerpo que tus amigos no tienen. O quizás ellos tienen algo que tú no. Estas diferencias pueden resultar confusas si no entiendes de dónde surgieron”.
Los pequeños personajes animados le seguían el juego a la voz y se encogían de hombros, confundidos, con signos de interrogación sobre la cabeza. Entonces comenzaron a transformarse.
“Quizá tu amigo tiene dientes puntiagudos”.
El personaje de la niña abrió la boca y reveló unos colmillos afilados.
“Quizá tú tienes muñones en la parte de arriba de la espalda”.
El niño animado se volvió y enseñó dos bultos que emergían de sus omóplatos.
“Podrías estar cubierto de un hermoso pelaje marrón o tener más ojos que tus compañeros. ¿Tienes la piel brillante? ¿Piernas grandes y largas? ¿Quizás, incluso, una cola? Seas lo que seas, o quién seas, eres especial. Y eres así por una razón”.
La imagen cambió a un paisaje: montañas, ríos y llanuras, todos pintados al estilo de un inocente libro de ilustraciones. A pesar de que la película estaba haciendo un gran esfuerzo por ocultarlo, yo sabía muy bien que esa no era una historia feliz.
“Desde el principio de los tiempos, nuestro mundo ha obtenido su poder de una energía natural que llamamos ‘magia’. La magia formaba parte de casi todas las criaturas que habitaban la tierra. Los hechiceros podían utilizarla para lanzar hechizos. Los dragones y los grifos volaban por el aire. Los elfos se mantenían jóvenes y hermosos durante siglos. Cada criatura estaba en sintonía con el espíritu del mundo, y eso la convertía en algo diferente. Especial. Mágico”.
“Pero hace seis años, antes de que algunos de vosotros hubierais nacido, hubo un incidente”.
Tiré tan fuerte del hilo de la manga que terminó saliéndose. Me lo enrollé con fuerza alrededor del dedo.
“Había una especie que no estaba conectada con la magia del planeta: los humanos. Ellos tenían envidia del poder que veían a su alrededor, y trataron de cambiar las cosas”.
Un dolor familiar me provocó una punzada en la parte izquierda del pecho, así que hurgué en los bolsillos de mi chaqueta en busca de mi medicina: un paquete de Clayfield Heavies. Los Clayfields son la versión producida en masa de un analgésico que se ha utilizado por estos lares durante siglos. En esencia, son porciones de corteza del árbol de recus recortados al tamaño de un mondadientes. Me metí una ramita fina entre los dientes y la mordí. La proyección continuó.
“Para remediar su inferioridad natural, los humanos construyeron máquinas. Inventaron una gran variedad de armas, herramientas y dispositivos extraños, pero no fue suficiente. Ellos sabían que sus máquinas nunca serían tan poderosas como las criaturas mágicas que los rodeaban”.
“Entonces los humanos oyeron una leyenda que hablaba de una montaña sagrada donde el río mágico del interior del planeta subía hasta la superficie; un portal que llevaba directamente al corazón del mundo. Este antiguo mito les dio una idea”.
La imagen cambió a la de un ejército de soldados furiosos que blandían espadas y antorchas, y empujaban una perforadora gigante.
“Buscando capturar la magia natural del planeta para ellos, el Ejército humano invadió la montaña y derrotó a sus protectores. Entonces, con la esperanza de utilizar el poder del río para sus propósitos, introdujeron sus máquinas directamente en el alma de nuestro mundo”.
La sencilla animación comenzó a representar los eventos que hoy se conocen como la “Coda”.
Los niños observaron en silencio mientras el ejército caricaturesco movía sus fuerzas hacia la montaña. En la pantalla, parecía tan simple como deslizar una pieza de ajedrez por el tablero. No oyeron los gritos. No olieron los incendios. No vieron la sangre derramada. Los cadáveres.
No me vieron a mí.
“El Ejército humano envió sus máquinas al interior de la montaña, pero cuando intentaron utilizar el poder del río, sucedió algo mucho más terrible. El reluciente río de magia cambió de niebla a cristal sólido. Se congeló. El corazón del mundo dejó de latir y todas las criaturas mágicas sintieron el cambio”.
Yo tenía gusto a bilis en la boca.
“Los dragones cayeron del cielo en picado. Los elfos envejecieron siglos en cuestión de segundos. Los cuerpos de los hombres lobo se volvieron inestables y quedaron deformes. Las criaturas del mundo quedaron vacías de magia. Todos nosotros. Y ha permanecido así desde entonces”.
En la oscuridad, vi que se volvían algunas cabezas. Varios cuerpecitos diminutos se examinaban a sí mismos y luego se giraban para inspeccionar a sus vecinos. Ahora todo su mundo estaba cubierto por un manto de tristeza que los demás habíamos estado viendo durante los últimos seis años.
“Todavía puedes lucir la grandeza de lo que una vez fuiste. Alas, colmillos, garras y colas son los dones que te dio el gran río. Dan testimonio de tus ancestros y no son nada por lo que avergonzarse”.
Mordí demasiado fuerte el Clayfield y se partió por la mitad. En algún lado de la multitud, un niño lloraba.
“Recuerda: puede que no seas mágico, pero todavía eres… especial”.
La película terminó de salir del proyector y giró con fuerza en la rueda, golpeteando con violencia varias veces, hasta que finalmente se detuvo. Burbage encendió las luces, pero los niños permanecieron silenciosos como tumbas.
—Gracias por vuestra atención. Si tenéis alguna pregunta sobre vuestro cuerpo, vuestra especie o la vida antes de la Coda, vuestros padres y maestros estarán encantados de responderlas en detalle.
Mientras Burbage finalizaba la presentación, hice todo lo posible por hundirme en la pared que tenía detrás de mí. Un río de sudor se me había instalado en la frente, y me lo limpié con un pañuelo viejo. Cuando levanté la mirada, me examinaban unos ojos inquisitivos.
Eran de un verde brumoso con pupilas pequeñísimas: élficos. Jóvenes. El rostro era viejo, sin embargo. La piel élfica no tiene elasticidad. Ya no. Las bolsas que tenía ese niño debajo de los ojos eran dignas de una década de insomnio, pero él no podría contar más de cinco años. Tenía el pelo blanco, sin vida, y su cuerpo diminuto estaba todo torcido. No adoptó una expresión real, tan solo me miró el alma.
Y lo juro.
Lo supo.
Capítulo Dos
Esperé en la salita que daba a la oficina del director sentado en un banquito que me dejaba las rodillas a la altura del pecho. Burbage estaba dentro, detrás de una puerta de cristal, hablando por teléfono. Yo no podía distinguir todo lo que decía, pero daba la impresión de estar a la defensiva. Supuse que alguien, probablemente algún otro miembro del personal, no estaba muy contento con su presentación. Al menos yo no era el único.
—Sí, sí, señora Stanton, debe de haber sido bastante chocante para él. Es cierto que es un niño muy sensible. Quizá compartir con sus compañeros la experiencia de comprender todo esto sea justo lo que necesita para que estén más unidos... Sí, un sentimiento de conexión, exacto.
Me arremangué la manga izquierda y me froté la muñeca. Tenía cuatro anillos negros tatuados en el antebrazo, como brazaletes planos, que abarcaban desde la base de la mano hasta el codo: una línea continua, un diseño con detalles, un sello militar y un código de barras.
A veces los sentía como si me escocieran. Lo cual era imposible. Me los habían hecho hacía años, por lo que el dolor del tatuaje en sí había desaparecido hacía rato. Era la vergüenza de lo que representaban lo que seguía volviendo a hurtadillas.
De pronto se abrió la puerta del despacho. Dejé caer el brazo para que la manga volviera a su sitio, pero no fui lo suficientemente rápido. Burbage vio bien mi tatuaje y se quedó de pie en la entrada de su oficina con una sonrisa cómplice.
—Señor Phillips, entre, por favor.
El despacho del director estaba encajado en la esquina trasera del edificio, oculto de la luz del sol de la tarde. Una biblioteca bien surtida y un globo terráqueo polvoriento flanqueaban su escritorio, que estaba atestado de papeles, servilletas usadas y montones de libros de texto muy gastados. En el rincón había una lámpara verde que iluminaba la estancia como si nos estuviera haciendo un favor.
Burbage estaba tan desaliñado que hasta yo me di cuenta. Pantalones color café y una camisa azul pálido con chorreras y sin corbata. Su cabello, despeinado, nacía a medio camino de la parte de atrás de su cabeza redonda, y le llegaba a los hombros. Se sentó en un sillón de cuero que había a un lado del escritorio. Yo elegí la silla que estaba enfrente e hice todo lo posible por mantener la espalda bien erguida.
Comenzó limpiando las gafas. Se las quitó y las colocó sobre el escritorio, frente a él. Entonces extrajo un paño de un blanco inmaculado del bolsillo de la camisa. Volvió a coger las gafas, las sostuvo a la luz y masajeó suavemente los cristales con la punta de los dedos. Fue mientras frotaba las gafas cuando me fijé en sus manos. Evidentemente, la idea era que yo me fijara en ellas. Ese era el objetivo de toda esta exhibición.
Cuando estuvo seguro de que yo había comprendido su pequeña representación, volvió a ponerse las gafas, apoyó las palmas de las manos sobre el escritorio y golpeteó la madera con los dedos. Cuatro en cada mano. Sin pulgares.
—¿Está familiarizado con el ditárum? —preguntó.
—¿Estoy aquí para recibir una clase?
—Tan solo me estoy asegurando de que no la necesite. Me han dicho que usted ha vivido muchas vidas, señor Phillips. Que tiene mucha más experiencia de la que su edad sugeriría. Quisiera estar seguro de que su reputación es merecida.
No me gusta pasar por el aro, pero tenía demasiada urgencia por el dinero que podía haber en el otro lado.
—Ditárum: la técnica utilizada por los hechiceros para controlar la magia.
—Correcto. —Levantó la mano derecha—. Utilizando los cuatro dedos para crear patrones intrincados específicos, podíamos abrir pequeños portales de los que emergía magia pura. Los grandes maestros del ditárum (y déjeme decirle que había solo un puñado) eran coronados como Lumrama. ¿Lo sabía?
Negué con la cabeza.
—No. —Sonrió de una manera que me desconcertó—. Me imagino que no. Los Lumrama eran hechiceros que habían logrado tal grado de habilidad que podían servirse de la hechicería para cualquier tipo de ejercicio. Desde ataques en el campo de batalla hasta las tareas más insignificantes de la vida cotidiana. Con solo cuatro dedos, podían hacer cualquier cosa que necesitaran. Y para demostrarlo…
¡BLAM! Estampó la mano contra el escritorio. Supongo que quería que yo me estremeciera. Lo desilusioné.
—Para demostrarlo —repitió—, los Lumrama se amputaban los pulgares. Los pulgares son herramientas toscas, primitivas. Extirparlos era prueba de que habíamos ascendido del nivel básico de la existencia y nos habíamos apartado de nuestros primos mortales. El viejo apuntó con sus manos mutiladas en mi dirección y movió los dedos, riéndose como si fuera un chiste genial.
—Bueno, qué sorpresa nos llevamos.
Burbage se inclinó hacia atrás en su asiento y me inspeccionó. Tuve la esperanza de que finalmente comenzáramos a hablar de lo que me había llevado allí.
—Entonces, ¿usted es un “Hombre a sueldo”?
—Así es.
—¿Por qué no se presenta directamente como detective?
—Tengo miedo de que eso me haga parecer inteligente.
El director arrugó la nariz. No sabía si estaba intentando ser gracioso; y mucho menos si lo había conseguido.
—¿Cuál es su relación con el departamento de policía?
—Tenemos conexiones, pero son tan escasas como puedo permitírmelo. Cuando vienen a llamar a mi puerta, tengo que atenderlos, pero la protección y la privacidad de mis clientes tienen prioridad. Hay líneas que no puedo cruzar, pero las aparto tan lejos como puedo.
—Bien, bien —murmuró—. No es que haya nada ilegal de lo que preocuparse, pero este es un asunto delicado y el departamento de policía es un recipiente que tiene muchas filtraciones.
—Eso no se lo voy a discutir.
Sonrió. Le gustaba sonreír.
—Ha desaparecido un miembro del personal. El profesor Rye. Enseña historia y literatura.
Burbage deslizó una carpeta sobre la mesa. Dentro había una reseña de tres páginas sobre Edmund Albert Rye: empleado de jornada completa, un metro noventa y seis de estatura, trescientos años de edad…
—¿Dejan que un vampiro dé clases a niños?
—Señor Phillips, no sé cuánto sabe usted de la Raza de Sangre, pero han recorrido un largo camino desde aquellas crónicas de terror de la historia antigua. Hace más de doscientos años, formaron la Liga de los vampiros, un sindicato de los no-muertos que juró proteger, y no cazar, a los seres más débiles de este mundo. Solo tenían permitido alimentarse a través de donantes de sangre voluntarios o de aquellos condenados a muerte por la ley. Exceptuando algún renegado ocasional, considero a la Raza de Sangre la especie más noble que haya surgido jamás del gran río.
—Disculpe mi ignorancia. Nunca me he cruzado con uno. ¿Cómo les está yendo, después de la Coda?
Mi ingenuidad pareció complacerlo. No cabía duda de que Burbage era un hombre que disfrutaba impartiendo conocimientos al ignorante.
—La población vampírica ha sufrido tanto como cualquier otra criatura del planeta, si no más. La conexión mágica a la que accedían drenando la sangre de otros se ha cortado. Ya no obtienen la fuerza vital mágica que antes aseguraba su supervivencia. En pocas palabras, están muriendo. Lenta y dolorosamente. Marchitándose, convirtiéndose en polvo como cadáveres al sol.
Retiré una foto de la carpeta. Las únicas señales de vida que había en el rostro de Edmund Rye eran los ojos sumamente concentrados que luchaban por salir de sus cuencas. No era mucho más que un fantasma: los orificios nasales cavernosos, el pelo parecido a algodón viejo y la piel que se le estaba descamando.
—¿Cuándo tomaron esta foto?
—Hace dos años. Ha empeorado.
—¿Él estaba en la Liga?
—Por supuesto. Edmund fue un miembro fundador crucial.
—¿Siguen activos?
—Técnicamente, sí. En su estado de debilidad, la Liga ya no puede cumplir con su juramento de protección. Todavía existen, aunque sea solo de nombre.
—¿Cuándo decidió Rye hacerse maestro?
—Hace tres años hice el anuncio de que iba a fundar Ridgerock. Causó bastante conmoción en la prensa. Antes de la Coda, una escuela para especies cruzadas habría sido muy poco factible. Imagínese tratar de obligar a un Enano a asistir a una clase de pociones o poner a gnomos y a ogros en una misma cancha. Habría sido imposible para cualquier niño recibir una educación adecuada. Ahora, gracias a la especie a la que pertenece usted, todos hemos caído al nivel básico. —Me estaba provocando. Decidí no morder el anzuelo—. Edmund vino a verme la semana siguiente. Él sabía que no le quedaban muchos años por delante, y esta escuela era un lugar donde él podría transmitir la sabiduría que había adquirido durante su larga e impresionante vida. Ha servido con lealtad desde el día de su inauguración y es un miembro muy querido del personal.
—Entonces ¿dónde está?
Burbage se encogió de hombros.
—Ha pasado una semana desde la última vez que vino a dar clases. Les hemos dicho a los alumnos que está de baja por asuntos personales. Vive arriba de la biblioteca de la ciudad. He incluido la dirección en su informe, y la bibliotecaria sabe que usted va a ir.
—Todavía no he aceptado el trabajo.
—Lo aceptará. Por eso le pedí que viniera temprano. Sentía curiosidad por saber qué clase de hombre emprendería una carrera como la suya. Ahora lo sé.
—¿Y qué clase de hombre sería ese?
—Uno con sentimiento de culpa.
Observó mi reacción con sus estrechos ojos de sabelotodo. Volví a meter la foto en la carpeta.
—Ya ha pasado una semana. ¿Por qué no acudir a la policía?
Burbage deslizó un sobre por la mesa. Vi el color bronce de los billetes que contenía.
—Por favor, encuentre a mi amigo.
Me puse de pie, cogí el sobre y separé la suma que consideré justa. Era un tercio de lo que me estaba ofreciendo.
—Esto cubrirá hasta el fin de semana. Si no he encontrado algo para entonces, hablaremos de ampliar el contrato. —Me guardé el dinero en el bolsillo, enrollé la carpeta, la metí en el interior del chaquetón y me dirigí hacia la puerta. Entonces me detuve un momento—. Esa película no ha hecho diferencia entre el Ejército humano y el resto de la humanidad. ¿No es un poco irresponsable? Podría ser peligroso para los alumnos humanos.
En la poca luz que había, lo vi dibujar esa sonrisa condescendiente que tan bien le salía.
—Mi estimado amigo —dijo alegremente—, ni se nos ocurriría tener un niño humano aquí.

Cuando salí al exterior, el aire me refrescó el sudor del cuello de la camisa. La vigilante de seguridad me dejó ir sin mediar palabra, y yo tampoco se la pedí. Me dirigí hacia el este por la calle Catorce sin muchas esperanzas respecto de lo que pudiera llegar a descubrir. El profesor Edmund Albert Rye: un hombre cuya expectativa de vida había caducado hacía varios siglos. Dudaba que pudiera volver con algo más que una historia triste.
No me equivocaba. Pero a la historia se le estaban añadiendo elementos que escocían.