Buch lesen: "Las grietas del control"

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Esther Díaz

Las grietas del control. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Biblos, 2013.

E-Book.

ISBN 978-987-691-167-2

1. Filosofía.

CDD 190

© Esther Díaz, 2010

www.estherdiaz.com.ar

© Edi­to­rial Bi­blos, 2010

Pa­sa­je Jo­sé M. Giuf­fra 318, C1064ADD Bue­nos Ai­res

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He­cho el de­pó­si­to que dis­po­ne la Ley 11.723

No se per­mi­te la re­pro­duc­ción par­cial o to­tal, el al­ma­ce­na­mien­to, el al­qui­ler, la trans­mi­sión o la trans­for­ma­ción de es­te li­bro, en cual­quier for­ma o por cual­quier me­dio, sea elec­tró­ni­co o me­cá­ni­co, me­dian­te fo­to­co­pias, di­gi­ta­li­za­ción u otros mé­to­dos, sin el per­mi­so pre­vio y es­cri­to del edi­tor. Su in­frac­ción es­tá pe­na­da por las le­yes 11.723 y 25.446.

Prólogo

En el comienzo fue el control

Hace un par de años estaba abocada al estudio de los procedimientos de control en diversos ámbitos de la sociedad y la cultura. Me interesaba acechar las circunstancias que posibilitaron el pasaje del dispositivo de vigilancia al de control. Ambos dispositivos se basan en la supervisión minuciosa de conductas individuales o grupales y habitualmente se utilizan como sinónimos, pero en tanto categorías de análisis, se diferencian en que la vigilancia se ejerce en espacios cerrados y se limita a posibilidades humanas (observación, escucha, acechanza), mientras que el control se expande a cielo abierto e incorpora tecnologías digitales (cámaras, chips, radares). El control es la exacerbación de la vigilancia.

Sobre esa argamasa pensaba sostener mi libro. Pero en 2008, con el estallido de la burbuja financiera, asistí azorada al desgarro del poder económico que envolvía el mundo y que, en poco tiempo, recompensó a los especuladores y permitió el naufragio de gran parte de la población mundial. Cientos de miles de millones de dólares para el sistema financiero, nada para quienes perdieron sus trabajos o sus casas, y sólo unos pocos miles para preservar la agricultura global. Aunque no necesariamente para producir alimentos, ya que buena parte de ese capital se invirtió en transgénicos generadores de combustibles. Frente a este dislate, todo lo acontecido se podría reducir a un enunciado: hablemos del descontrol.

Fue en ese momento cuando di un giro de timón. El derrotero sigue siendo el mismo. Pero de ahí en más comencé a deconstruir el control tratando de atisbar sus rajaduras, sus grietas, sus imprecisos bordes. Encontré fisuras vergonzantes y otras liberadoras. Descontroles destructivos y otros creativos.

Así pues, el hilo conductor de este libro es un péndulo que oscila entre el control y el descontrol. Al ritmo de ese vaivén paseo por cuatro territorios diferentes: lo ciudadano, la técnica, los placeres y el arte en relación con el pensamiento. Reflexiono también sobre las contradicciones de la biopolítica. Lo que me apasiona de estas indagaciones es constatar que los estremecimientos que movilizan los grandes temas reaparecen en las singularidades, no porque lo micro refleje lo macro sino porque ambos son atravesados por las mismas intensidades epocales.

Comienzo recorriendo countries y villas miserias. Establezco relaciones entre dos galaxias diferentes que se aúnan en su condición de gueto. Exclusiones, inseguridades, vandalismo, privilegios de la abundancia, indefensión de la carencia. Me subo a un tren suburbano y choco con la discriminación llevada a extremos alarmantes. Escucho las voces de la farándula y de algunos políticos sobre la inseguridad y trato de mostrar la falacia de la tolerancia cero.

En segundo lugar, me enfrento a excelencias técnicas modernas y posmodernas publicitadas como benefactoras de la humanidad, pero descubro la parodia de la forma de vida experimental, el sexismo, la segregación y la manipulación deshumanizante de la ciencia, los cadáveres que respiran en las salas de terapia intensiva y los híbridos entre naturaleza y máquina de la biotecnología. Pareciera que estamos asistiendo a una vuelta de tuerca de la evolución en la que los seres humanos devenimos cosa, máquina, texto. Señales para ser leídas en clave poshumana.

Penetro luego en espacios habitados por el deseo y lacerados por la enfermedad. Navego por el devenir histórico del sida. El horror, los antídotos, los cócteles de drogas y la mutación gótica del flagelo que, a treinta años de su irrupción, se convierte en canto de sirenas para iniciados. Me asomo al mundo adolescente y contemplo anorexias, obesidades, embarazos y borracheras. Observo cómo las leyes biológicas y jurídicas se tornan imperativos morales y persigo la difusa línea que separa la prevención de la domesticación, la libertad del riesgo, la inmunización del veneno.

Finalmente me solazo con sonidos que supieron esquivar los códigos heredados de los conservatorios. La música del siglo XX y su apertura creativa surgió casi en la misma época en que la filosofía nietzscheana rompía los muros de la academia y liberaba expresiones que no son dramáticas, ni dialécticas, ni apolíneas, sino trágicas, tensionales y dionisíacas. Lenguajes musicales y filosóficos que atraviesan sus propios límites, huérfanos de sentidos más allá de ellos mismos. Intérpretes que devienen imperceptibles, filosofías no edificantes y musicalidades insignificantes.

Autores, alumnos, colegas y amigos que nutrieron este libro, reciban mi agradecimiento. También Mónica Urrestarazu por su estímulo, sus sugerencias y el cuidado de mi escritura, y Mario Margulis por su generosidad intelectual y el apoyo que me brindó para elπ primer capítulo.

En el comienzo fue el control, en el trayecto el caos. En el final, la aspiración de que los ojos que ahora le dan vida a estas páginas las sigan reinventando.

E. D.

Ciudades

1. De la vigilancia al control

La escena es paradisíaca. Sus protagonistas parecen ángeles solazándose entre el verdor y las flores. Revolotean mariposas. Gorjean los pájaros. El espejo de agua de la piscina destella en una tarde que se arrastra entre mansiones y arboledas. “Juguemos a las visitas”, propone una nena dispuesta a repartir los roles, “seremos hombres, mujeres y mucamas”, indica. La madre, sentada en una reposera, levanta la vista del catálogo que está hojeando y aclara que “mucamas” entra en la categoría “mujeres”, con decir hombres y mujeres es suficiente. Pero esto no se condice con el imaginario de los pequeños niños-country. Finalmente juegan a ser hombres, mujeres y mucamas. Una aclaración lingüística no puede revertir años y años de prácticas sociales. Las diferencias entre los habitantes del barrio y quienes vienen de afuera para servirlos son tan marcadas que las mucamas, en el imaginario infantil, han perdido su condición de mujeres; son simplemente mucamas.

Veamos otra escena. En ella los protagonistas no lucen como seres de estampita. Revolotean moscas. El rodar de los trenes estremece las casillas de chapa y cartón. En una estrecha esquina hay barro y excrementos. Un grupo de preadolescentes aburridos –y mal alimentados– cabecea sus desencantos imaginando diversiones posibles. Conocen a unos chicos “de afuera” con los que suelen jugar a la pelota, pero a esta hora ya no se puede porque la mamá de esos chicos les exige que a las seis de la tarde estén en su casa. En cambio sus propias madres están trabajando o tienen tantos hijos que se desdibujan las normas. Algunos no conocen a sus padres, otros no los tienen en cuenta. Al colegio dejaron de ir. Todo es incierto y aburrido. Si se alejan corren riesgos, aunque “adentro” tampoco están a salvo: peleas, razzias, abusos, paco. En cierto modo han perdido su condición de niños; son villeros.

En las poblaciones actuales los diversos estratos sociales se entremezclan en calles, negocios, colegios, oficinas, medios de transporte, centros y periferias. Pero se polarizan en sus extremos. Hay barrios cerrados en su opulencia y barrios cerrados en su carencia. Las diferencias entre ambos son más que obvias. Escuelas bilingües, impunidad y lujo por un lado; falta de escolarización, criminalización e indigencia por el otro. Los condominios de propietarios suelen ser vecinos de los asentamientos de usurpadores y las canchas de golf a veces lindan con los potreros. Estas vecindades crispan los nervios de los poderosos: no vasta con amurallar, también hay que vigilar y controlar.

En la Modernidad madura las comunidades occidentales se regían por la vigilancia con el objetivo de castigar a los infractores, es decir, a quienes no se avenían a la normalidad. Se trataba de sociedades disciplinarias. Para mediados del siglo XX se intensificó el panoptismo de modo que la cantidad devino calidad. Surgieron entonces las sociedades de control, cuyo objetivo no se limita al posible castigo del otro, se hace extensivo a la seguridad propia. Dominar la potencial peligrosidad era uno de los objetivos del encierro como práctica instituida por los aparatos de poder. En los siglos XVII y XVIII se encerraba a los anormales para sacarlos de la vía pública y tenerlos vigilados. En nuestro tiempo existe autoencierro de personas y de familias con alto poder adquisitivo y de otras que carecen de ese poder: unas lo hacen para controlar su entorno y optimizar el placer de la existencia, las otras simplemente para sobrevivir.

Vigilancia y control pueden considerarse sinónimos, pero técnicamente se diferencian. La vigilancia, tal como la analiza Michel Foucault en Vigilar y castigar (publicado en francés en 1975), se produce de modo local y preferiblemente bajo techo. El control, en cambio, es global y se expande a cielo abierto. El control posmoderno es el paroxismo de la vigilancia moderna: cámaras en shoppings, bancos, aeropuertos, pero también en veredas, estadios, autopistas. El control se extiende incluso al campo virtual. Redes sociales, localización de teléfonos, grabaciones remotas, copias de claves electrónicas, acopio de información, registros de datos personales, de hábitos, de conductas, de deudas. Las técnicas de control circulan por la red urbana monitoreando el tiempo y el espacio de la población. Para dar sólo un ejemplo: las zonas públicas por excelencia, las plazas, ahora tienen rejas, horarios de visita y, en algunos casos, cámaras y cabinas de supervisión.

En la década de 1980, Gilles Deleuze señaló que se estaban consolidando las sociedades de control (Deleuze, 2006), que difieren de las disciplinarias estudiadas por Foucault. En aquellas regía una tecnología específica de la vigilancia, el encierro y el panóptico; y se aplicaba en cárceles, hospitales, escuelas, talleres, cuarteles. Ahora se trata de un control continuo e instantáneo, intensificado por tecnología sofisticada que traspasa el régimen del asilo. La sociedad disciplinaria ha desembocado en una sociedad de la pantalla: computadoras, televisores, teléfonos celulares, radares, sofisticados diagnósticos médicos, aparatos de medición, detectores de metales. En suma, la realidad examinada por monitores.

En un régimen de control la vigilancia se torna omnipresente. Su tecnología es informática, de alta fidelidad, aunque paradójicamente la optimización aumenta también el riesgo: contaminación, sabotaje, virus, piratería, alteración de la información. Las mismas herramientas que se utilizan para el control, se reconvierten posibilitando el descontrol.

Los encierros modernos imponían paradigmas a los que los sujetos debían amoldarse. Los controles posmodernos, en cambio, se van modulando según los movimientos de los sujetos y siguen sus desplazamientos mediante grabadores, chips, helicópteros, satélites. No obstante, la posibilidad de revertirlos, hackearlos o adulterarlos mediante el mismo tipo de tecnología implica nuevos riesgos.

Ahora bien, tanto el asilo moderno como el control contemporáneo son imposiciones forzosas, en cambio los encierros habitacionales de la actualidad no son impuestos, o su “forzocidad” responde a otros motivos. Son buscados por quienes los habitan por placer y seguridad en los countries, o por necesidad y carencia en las villas. Se puede detectar planificación del control interno en unos, sometimiento interno y externo en los otros.

Así como la vigilancia se transmuta en control en función de un orden supuestamente previsible, el orden a su vez puede convertirse en caos por la gravitación de los acontecimientos. Los sujetos se adormecen en garantías hipotéticas y, sin darse cuenta, se exponen a inesperados descontroles. A comienzo de 2008, el sistema financiero estadounidense semejaba una fuente inagotable de recursos. La forma de vida entronizada por un desmesurado sistema de préstamos aseguraba la rentabilidad y actuaba como cielo protector para los agentes del consumo. Sin embargo, de ese paraíso controlado por el crédito surgió una crisis globalizada que desató el caos, ¿qué ocurrió con los controles? Quizá por fin quedó claro el verdadero efecto de la mano invisible del mercado.

Bernard Madoff, el ex banquero de inversiones estadounidense condenado a ciento cincuenta años de prisión por lo que se considera la mayor estafa de la historia, en 2009 dio detalles del desatino fiscal que posibilitó su maniobra. Aseguró que durante años esperó que las autoridades de supervisión de control financiero, la Securities and Exchange Commission (sec), destapasen su sistema de fraude piramidal. Sin embargo, a pesar de que los inspectores lo visitaban asiduamente, no pudieron detectar el monstruo financiero inventado por Madoff. Los sesenta y cinco mil millones de dólares invertidos sin garantías reales causaron pérdidas a ahorristas de todo el mundo y crisis generalizada. Eso ocurría a la vista de propios y ajenos: ni el mismo estafador podía creer que le permitieran hacer lo que hacía.

Las crisis globales, sumadas a las locales, influyeron en las tendencias a la encerrona habitacional. La costumbre de mudarse a condominios vallados había comenzado antes del derrumbe financiero, pero la ruptura de la burbuja inmobiliaria intensificó la compulsión al aislamiento y el sálvese quien pueda.

Los barrios cerrados albergan residencias señoriales y homogéneas. Además de las viviendas individuales, cuentan con espacios comunes para actividades sociales, deportivas y administrativas. En un principio funcionaban como lugares de esparcimiento y descanso esporádicos pero, a partir de los vaivenes del poder adquisitivo y del incremento de la inseguridad, varias casas de countries se fueron convirtiendo en vivienda única. Permanecen las de fin de semana, pero avanzan las utilizadas como domicilio estable.

Estos consorcios de nivel económico medio-alto y alto se aíslan del resto de la sociedad y se custodian con guardias privados. Sus habitantes subsisten en una especie de minoría de edad civil autoimpuesta. Deben estar vigilados las veinticuatro horas. Son variantes del country y de los barrios cerrados los clubes de campo, las chacras, las ciudades privadas y las torres-fortaleza levantadas en plena ciudad.

Una de las características más destacadas de estos enclaves –y la más apreciada por sus moradores– es justamente la seguridad. El centinela es un rasgo distintivo de los lujosos guetos contemporáneos; pero no se sale indemne de esa convivencia opresora. La presencia de cuidadores armados incide intensamente sobre la privacidad de los vecinos. Los propietarios insisten machaconamente sobre las ventajas de contar con su propio microsistema policíaco, aunque sufren sus consecuencias, no sólo por la información que los guardias manejan sobre las costumbres de sus empleadores (información que en cualquier momento se les vuelve en contra) sino también por la peculiar relación que se establece entre vigiladores y vigilados. Valgan como ejemplos dos hechos: uno, la obligación de que los residentes rindan cuenta al equipo de seguridad si entran con visitas o si salen con bultos y, otro, el apelativo con el que los vecinos se refieren a los guardias cuando éstos no están presentes: copycopts, un término que podría traducirse como “policía de imitación” o “policía falso”.

El propio domicilio se convierte así en cárcel, o en copyprison. La seguridad personal y de toda la familia está en manos de esos seres a los que se contrata para que vigilen y por quienes, a poco de andar, se termina vigilado. La acción de controlar siempre es acechada por la irrupción del descontrol, porque ¿quién controla a quienes controlan?, ¿se puede clausurar la circulación de la información?, ¿existe una red de seguridad tan densa que no se agriete en algún resquicio?, ¿cómo garantizar la fidelidad de quien no gana en un año lo que muchos de sus patrones disfrutan en un día?

El guardia pertenece a estratos sociales de escasos recursos, estratos despreciados y temidos por los dueños de los countries. Se da por descontado que únicamente de esos sectores surgen los delincuentes. De hecho, el “Gordo” Valor, ladrón famoso por sus tropelías, fugas y atracos, ha sido acusado de asaltar casas de countries en connivencia con militares retirados y vigiladores de esos mismos countries.

Pero, a pesar de todo, los señores confían en sus guardias. Mejor dicho, subsisten en la paradoja de recelar de ellos al mismo tiempo que están supeditados. Los centinelas son los primeros sospechosos de violaciones, asesinatos o robos en los countries. Sin embargo, el resto del personal de servicio se encuentra bajo la égida de los guardianes. La presión que los copycopts perciben de sus empleadores se transmuta en la opresión que ellos ejercen sobre el resto del personal. El peso real y simbólico de las armas les otorga cierta superioridad sobre sus pares en otros tipos de servicios.

El dilema de los amos reside en la necesidad de contar con personas subordinadas con las que terminan compartiendo gran parte de la privacidad. Las empleadas domésticas manipulan la ropa interior de señoras, señores, niños y visitantes de fin de semana. Encuentran preservativos entre las sábanas. Escuchan conversaciones telefónicas. Asisten a reyertas familiares. Saben a qué hora y con quién entra y sale cada miembro de la familia.

Con las mucamas se establece una relación de exposición de la intimidad más estrecha que con los vigiladores, situación que no las salva de ser controladas por ellos. Cada salida del trabajo viene acompaña por la cotidiana humillación de ser revisadas por hombres armados, y no siempre en los mejores términos. Esa especie de pago de peaje revela un mayor grado de sujeción de parte de las servidoras, que no sólo dependen de sus patrones sino también de los guardias. A tal punto que algunas propietarias, para demostrar que sienten afecto por sus subordinadas, las eximen simbólicamente de su condición servil, por ejemplo cuando les advierten a los guardias que traten bien a sus empleadas ya que no las consideras mucamas, o las liberan de usar uniforme excepto cuando hay visitas (no vaya a ser cosa que éstas piensen que la asistenta es de la familia o que no cuentan con servicio doméstico), o cuando el tratamiento amigable conlleva una explotación oculta: “¿Podés quedarte media horita más para cuidar al nene?”, tal como se lo pedirían gratuitamente a una amiga, pero que en el caso de personal pago implica no abonar las horas extras.

Hasta principios de 1990 el gran acicate para la decisión de mudarse al country fue el contacto con la naturaleza, la vida sana y la libertad (encerrada) de los niños, y sólo en segundo plano se citaba la seguridad. Pero con el descontrol en la distribución de la riqueza y el deterioro de las condiciones de vida de gran parte de la población irrumpieron la miseria y la alarmante sensación de inseguridad. Para dimensionar este fenómeno no debería olvidarse la funcionalidad de la inseguridad para el fortalecimiento de los grupos económicos y políticos que lucran con el miedo de la población. La misma sociedad que genera desocupación pretende desentenderse de sus consecuencias forzosas. Marx ya había señalado que el “ejército de los desocupados” resulta operativo para los explotadores, pues los obreros, ante el peligro de pasar a ser miembros de ese ejército, se disciplinan y aceptan salarios miserables. Actualmente la desocupación masiva sigue siendo beneficiosa para la economía de los empleadores, con el agregado de que también es operativa para justificar la represión. Los expulsados del sistema descienden a la categoría de “vagos” y el camino más expeditivo para librarse de ellos es aplicar mano dura y tolerancia cero. Pero como es obvio que el aumento de la represión no soluciona el problema de la inseguridad, quienes tienen mucho que perder prefieren aislarse de los riesgos sociales y convivir con sus pares. Se incrementan así los emprendimientos inmobiliarios de clausura, que se diversifican en su materialidad aunque comparten rasgos de identidad. Arquitecturas, paisajes, rituales, códigos, fobias, vestimenta, valoraciones. La vista aérea de una ciudad privada es el sueño de los racionalistas llevado a la urbanización; un plano de racionalidad aplicada: la naturaleza y la comunidad con corsé.

Cada condominio privado horizontal o vertical es una singularidad homologable en los sistemas de fuerzas transversales que lo constituye. Una especie de rizoma circula por estos agrupamientos diseminados por diferentes áreas rurales o urbanas. Las torres exclusivas y los countries se asemejan desde su condición de encierro habitacional. Son ambientados por paisajistas y se vive bajo control armado. El fantasma que sobrevuela todas esas escenas en las que se exalta un particularísimo uso del tiempo libre asociado al consumo suntuario es el temor a un afuera peligroso, agresivo, violento. Pero nada inmuniza contra todo. Además, cabe preguntarse, ¿la construcción descontrolada de barrios cerrados no se ha convertido en un proceso de segregación urbana?, ¿la proliferación de agencias de seguridad privada y el aumento notable de alarmas antirrobo no hablan de una sensibilidad social exacerbada?, ¿las rejas no alimentan el aislamiento y la segmentación?, ¿la multiplicación de enclaves ostentosamente privilegiados no incita a la violencia?, ¿la ideología del miedo no es otra forma de legitimar la desigualdad económica?, ¿no es preocupante una sociedad que se esmera más por construir muros divisorios que puentes vinculantes?

2. Los countries y las villas comparten diagrama

En toda comunidad, la producción de identificación reafirma –no sin conflictos– las relaciones de pertenencia grupal. La identidad del encierro se construye desde prácticas e imaginarios colectivos compartidos con familiares y vecinos, en la que se limita al máximo la relación con el exterior, fuente inagotable de desconfianza. El esquema se cumple en la torre, el country, el barrio privado, el asentamiento precario o la villa miseria. Las convivencias urbanas cerradas producen sobrecodificaciones endógenas. Estas comunidades habitacionales desarrollan diagramas de fuerzas similares, independientemente de las condiciones materiales en las que se inscriben.

El diagrama es el mapa simbólico que subyace en ciertas prácticas sociales. Dicho de otra manera, es similar a una superposición de mapas que dibujaran las actitudes con el entorno de sujetos sujetados a prácticas de encierro. Si esos esquemas se trazaran en papel traslúcido y fueran colocados unos encima de otros, se delimitaría una superficie borrosa aunque coincidente. El diagrama es abstracto pero produce efectos, opera sobre los modos de ser y sobre las relaciones. Cada comunidad se regula desde cartografías que se efectivizan en acciones, gestos, discursos. Es una máquina muda y ciega; no obstante, hace ver y hablar. Sostiene los modos de existencia y los discursos de quienes comparten un espacio común. El diagrama opera como soporte inmanente de los acontecimientos, según lo ha descripto Deleuze en “Del archivo al diagrama”.

Inmanente es lo real, lo que somos, nuestras relaciones. Ser es inmanencia. Una línea plana sobre la que se deslizan las palabras, las cosas y el sentido. Las relaciones y valoraciones se disponen y circulan por una especie de armonía preestablecida rodeada de un horizonte de conflictividad. El diagrama funciona como disparador de conductas que, en este caso, son características de comunidades no integradas al resto de la sociedad. Pero hay algo que resulta sorprendente: ¿cómo se explica que, siendo tantas las diferencias entre los encierros poderosos y los desprotegidos, ambos compartan pautas funcionales?

El aire de familia de los dispositivos orgánicos del country y de la villa es como el parecido entre un príncipe y un mendigo emparentados. Se asemejan por pertenecer a grupos relativamente homogéneos que habitan lugares aislados de la sociedad abierta. Estas comunidades manejan códigos vecinales diferentes de los del resto de la población: potencian y promueven la desconfianza del afuera, mantienen una relación ambigua con la policía que, a su vez, los percibe como diferentes.

Cuando surgió la institución policial, en el siglo XVIII, tenía como función vigilar a los menesterosos, sobre todo a quienes merodeaban por los puertos y otros lugares donde se acopiaba mercadería. El disciplinamiento social ensayaba sus primeros pinitos. La vigilancia se relaciona con el examen, por medio del cual se determina la “normalidad” de los sujetos. Este chequeo surge de comparar las conductas humanas con el modelo impuesto por el orden establecido por la burguesía, que engendró a la policía y se consolidó desde el temor a la peligrosidad del otro. Con anterioridad a la creación de las fuerzas policiales, la Justicia operaba sobre el pasado de los sospechosos. Si habían delinquido, se los penalizaba, no sin antes proceder a una indagación de su pasado. Con la vigilancia, por el contrario, se trata del presente. Hay que constatar las actuaciones de los sujetos aquí y ahora en vistas a la seguridad del porvenir, otro tema fetiche de la Modernidad.

Con el ingreso a la sociedad digital se redobla la apuesta. La indagación se superpone al examen. Pues no sólo se opera sobre los antecedentes de los sujetos indagando el pasado sino que se constata también la “normalidad” del presente, se los examina. A la vez se proyecta al futuro, produciendo diagnósticos en función de la información acumulada. Esta metodología, que se extiende globalmente, es específicamente instrumentada en los condominios para decidir, por ejemplo, la admisión de nuevos vecinos.

Existe una manera de “ser vecino” intrínseca de las comunidades cerradas. Unos por elección (y posibilidad) viven en predios dorados, otros por necesidad (y escasez) viven en jaulas de chapas. El acceso prohibido en los enclaves de lujo corre por cuenta de los guardias; en los agrupamientos miserables, de su mala fama. Los que ganaron aseguran su cuantiosa plusvalía, los que perdieron custodian su azarosa super-vivencia. Ambos coinciden en el manejo de códigos diferenciados de los vigentes en las urbanizaciones abiertas.

Existe un vocabulario country así como un vocabulario villero, y los dos dan cuenta de exclusiones. Los habitantes de las burbujas doradas segregan a sus vecinos de extramuros. Los nichos de la pobreza también segregan, pero mientras la discriminación hacia arriba no le hace mella a quien disfruta del poder, la inversa perjudica a quien la sufre. Los autoacuartelados vip aspiran a permanecer en sus residencias; los villeros por el contrario desearían huir de las suyas, aunque quienes han nacido en las villas ya ni sueñan con esa posibilidad. La visión de futuro marca otra de las grandes diferencias: horizontes suntuosos, empresariales y acolchonados para unos; perspectivas modestas, prostibularias o carcelarias para los otros.

Las comisiones de admisión de los condominios rechazan a quienes no pertenecen a su nivel social, económico, cultural y –en algunos casos– étnico y religioso. Los pobladores de nichos sociales preservan su identidad como estandarte. Ser portadores de identidad grupal reafirma la pertenencia sin dejar de abrigar rivalidades internas. Ni la abundancia ni la pobreza garantizan armonía vecinal. El nivel adquisitivo no resguarda de la otredad. En ambas poblaciones se produce el miedo al cuerpo del otro, la fobia por los que no comparten territorio e incluso el resquemor por el vecino.

En los enclaves de viviendas precarias se desconfía de quienes resultan sospechosos de vulnerar el espacio logrado. Y se teme, por sobre todos los temores, a las fuerzas del orden que suelen entrar a sangre y fuego, y siempre terminan llevándose a alguien. Una de las pocas “exterioridades” confiables, en determinadas circunstancias, son los medios masivos.

En el extremo de la opulencia, a pesar de su cuidada segregación, no se está a salvo de convivir con personas que se tornan desagradables, tampoco de ser víctima de ilícitos. Los culpables no necesariamente vienen de afuera. Los emprendimientos exclusivos están siendo cada vez más vulnerados por propios y ajenos: crímenes, robos, violaciones, asaltos a mano armada, vandalismo.

Aquello que los sujetos tienen en común, el extrañamiento que emana de los otros, los hace concentrarse entre presuntos pares. No obstante, cualquiera puede perjudicar a cualquiera. La única alternativa es inmunizarse por anticipado. Resulta evidente que en los barrios privados hay más “vacunas” contra ciertos riesgos que en el resto de la sociedad. Pero siempre lo que inmuniza es del orden del veneno: resguarda pero puede destruir. Los sujetos de comunidades cerradas llegan a ser propiamente tales cuando se rodean por unos límites que los protegen y los aíslan al mismo tiempo. Pues, como establece Roberto Esposito en Immunitas, los miembros de una comunidad se distancian del contacto peligroso que los amenaza, aunque se exponen al posible conflicto con su vecino, al contagio de la relación.

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
15 November 2024
Umfang:
170 S.
ISBN:
9789876911672
Rechteinhaber:
Bookwire
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