Buch lesen: "El Tiempo de la revuelta"

Schriftart:

Siglo XXI / Filosofía y pensamiento

Donatella Di Cesare

El tiempo de la revuelta

Traducción: Juan González-Castelao


Marginada por la reflexión, presentada por los medios de comunicación como un evento caótico y escurridizo, la revuelta es un tema candente en el escenario global. Aunque se encienda, se apague, se vuelva a propagar, la revuelta no es un evento efímero, sino que es una transición anárquica que se produce en el proceso de liberación de la arquitectura política. A través de la revuelta podemos vislumbrar lo que sucede «afuera», más allá del orden estatocéntrico, en torno a las protegidas fronteras del espacio público; podemos abrir brechas, cuestionar el statu quo, denunciar la injusticia, cuestionar «lo dado».

En este elogio de la revuelta, Donatella Di Cesare aborda sus diversos aspectos políticos y filosóficos, ofrece una interpretación política de la máscara, del ocultar el rostro para mostrarse un sujeto, y el desafío que supone para el Estado y la economía desencarnada. La prestigiosa filósofa revela en El tiempo de la revuelta las enormes asimetrías sociales, pone al descubierto la disparidad de fuerzas que configuran los límites de la polis, denuncia la vigilancia planetaria y se pregunta por los fenómenos «afuera» del Estado, por la revolución perdida y por la resistencia.

Donatella Di Cesare, catedrática de Filosofía teorética en la Università «La Sapienza» di Roma, es una de las pensadoras más relevantes de Europa en la actualidad. Muy activa en los debates públicos, colabora con distintos medios de comunicación, como L’Espresso o il manifesto. Entre sus últimos libros publicados cabe mencionar Extranjeros residentes. Una filosofía de la migración (2020) que recibió el premio Pozzale Luigi Russo, Sulla vocazione politica della filosofía (2018), Tortura (2018) y Heidegger y los judíos (2016).

En Siglo XXI de España contamos con su ¿Virus soberano? La asfixia capitalista (2020).

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

Título original: Il tempo della rivolta

© Bollati Boringhieri editore, Torino, 2020

© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2021

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.sigloxxieditores.com

ISBN: 978-84-323-2019-4

Mi esperanza es el último respiro […].

Mi vuelo es la revuelta,

mi cielo el abismo de mañana.

Heiner Müller, Der glücklose Engel [El ángel desafortunado]

I. EL DERECHO A LA RESPIRACIÓN

La revuelta irrumpe en todo el mundo. Se enciende, se apaga; vuelve a propagarse. Atraviesa fronteras, sacude naciones, agita continentes. Un vistazo al mapa de sus estallidos repentinos, de sus movimientos imponderables, certifica su intermitencia en el accidentado paisaje político del nuevo siglo. La extensión va acompañada de intensidad. La topografía dibuja un escenario en el que la confrontación se convierte en conflicto, desacuerdo, lucha abierta. Las protestas se extienden con rapidez, los actos de desobediencia se multiplican, los enfrentamientos se intensifican. Es el tiempo de la revuelta.

Aunque el fuego parece efímero y el evento fugaz, no puede considerarse la revuelta como una coyuntura efímera. En sus alternancias es un fenómeno global que promete ser duradero. Ni siquiera la pandemia ha podido detenerlo. Mientras muchos se preguntaban ya por la polis desaparecida, por el espacio público perdido, ha resurgido la revuelta, abrumadora e incontenible, desde Buenos Aires hasta Hong Kong, desde Río de Janeiro hasta Beirut, desde Londres hasta Bangkok. La mecha de una nueva deflagración se encendió en Minneapolis. I can’t breath, las últimas palabras de George Floyd, pronunciadas mientras su verdugo seguía asfixiándole, han adquirido un valor emblemático por una coincidencia no casual, revelada por el secreto sincronismo de la Historia. Esa terrible muerte no fue el resultado del virus, que le deja a uno sin respiración, sino la obra de un abuso racista perpetrado con técnica policial.

De pronto apareció la respiración en todo su significado existencial y político. I can’t breath se ha convertido en himno de las revueltas, acusación contra la prevaricación y, a la vez, denuncia de ese sistema de asfixia que roba el aliento[1]. En el vórtice compulsivo del capital, esa espiral catastrófica que ha hecho de la respiración un privilegio para unos pocos, lo que pasa a un primer plano es la angustia de los explotados, de quienes tienen que plegarse al paso acelerado sin pausa alguna, de los más vulnerables confinados en la angustia opresiva. I can’t breath se ha convertido así en el lema que reivindica el derecho a respirar, es decir, el derecho político a existir.

Pero ese asesinato es parte de una larga serie de abusos perpetrados por las fuerzas de orden público, de formas similares y que a menudo se recogen bajo la expresión «exceso de fuerza». La idea generalizada es que la policía recurre a un uso legítimo de la violencia para responder a una violencia previa. En la acción de control, llevada a cabo con fines pacificadores, sería inevi­table un fallo, un movimiento exagerado. Las discriminaciones puntuales parecen ser anomalías inevitables, disfunciones en el seno de un sistema que, por lo demás, es correcto y que gira en torno a la piedra angular de la igualdad. Sin embargo, ¿es realmente así o la disfunción es sistemática y deja entrever el funcionamiento de una institución oscura?

Si el abuso de la policía despierta una indignación desaforada, es porque no parece un simple accidente, sino un gesto revelador, la punta que sobresale del iceberg formado por un sistema de violencia que se apoya en la discriminación: por un lado los negros y por otro los blancos; por un lado los pobres y por otro los ricos, y así sucesivamente. No se trata de un uso anómalo, sino un dispositivo pensado para definir el orden político. La policía traza límites, elige, discrimina, admite las personas al centro del área dibujada o las rechaza y empuja hacia los márgenes. En este sentido, parece engañosa esa perspectiva economicista que solo ve en la tarea de la policía una normalización dirigida a aumentar la riqueza de unos pocos[2]. El problema de la policía pertenece más bien a la economía del espacio público, porque ahí se decide el derecho a pertenecer y a comparecer: quién está autorizado a acceder, a moverse libremente, a sentirse como en casa, y, en cambio, a quién se identifica, se intimida, se devuelve a la invisibilidad, si no se le encierra además en la cárcel. Es innegable el uso segregador que hace la policía del poder, un modo de fortalecer, con mayor o menor brutalidad en sus formas, la supremacía de algunos –pero ¿esto no es ya racismo, xenofobia de Estado?– y agudizar las diferencias haciéndolas más transparentes.

Esto no significa que la policía sea ilegal: más bien, está autorizada legalmente para desempeñar funciones extralegales. No se limita a administrar la ley, sino que establece sus límites cada vez que actúa. Walter Benjamin habló del «rasgo ignominioso» de esta institución que se sitúa en el ámbito ambiguo en el que se esfuma la separación entre violencia que fundamenta la ley y la violencia que sostiene la ley[3]. De ahí, sin embargo, su extraterritorialidad jurídica que la convierte en una excepción incluso en la lógica del poder institucional. En resumen: la policía tiene el monopolio de la violencia interpretativa, porque redefine las normas de su propia acción y, apelando a la seguridad, aumenta su control de la vida de las personas. Su soberanía violenta es tan escurridiza como fantasmal.

Precisamente por eso las violencias de la policía no son anomalías, sino que revelan más bien el oscuro trasfondo de esta institución. Son como instantáneas que captan a la policía mientras conquista el espacio, gana poder sobre los cuerpos, examina y experimenta una nueva legalidad, redefine los límites de lo posible. Si esas escenas despiertan confusión, si parecen tan ignominiosas, es porque son el indicio de un poder autoritario, la prueba de la innegable existencia de un Estado policial en el Estado de derecho.

A este respecto las violencias, si bien ponen de manifiesto la esencia de la policía, sacan a relucir la arquitectura política, que capta y destierra, incluye y excluye, y en la que, en definitiva, está ya siempre latente la discriminación. De pronto salen a la luz las fronteras de la democracia inmunitaria, en la que la defensa reservada para algunos –los amparados, los protegidos, aquellos que no pueden ser tocados– se niega a los demás –los rechazados, los expuestos, reducidos a cuerpos intrusivos y superfluos–, de los que al final es posible deshacerse. El coronavirus ha hecho que la inmunización sea aún más exclusiva para quienes están dentro y la exposición implacable para quienes están afuera. La policía revela la inmunopolítica en el espacio público.

La revuelta no es una respuesta casual. Sería un error considerarla simplemente una explosión de ira, una reacción torpe ante la asfixia inminente. Las escenas que se han repetido en calles y plazas, a pesar de la pandemia, son una respuesta directa a la acción de la policía, una forma de recuperar la calle, devolver la presencia a los excluidos, defender los derechos de los indeseables.

De este modo vuelve a aflorar la estrecha relación entre la revuelta y el espacio público. La confirmación adicional proviene de aquellas protestas que, especialmente en las ciudades estadounidenses, han puesto las estatuas en el punto de mira. Polémicamente estigmatizados como movimientos iconoclastas, vistos más de cerca representan la necesidad no solo de reocupar el paisaje urbano, sino también de rearticular su memoria. La lucha se proyecta sobre ese pasado celebrado en los monumentos erigidos a generales confederados, traficantes de esclavos, reyes genocidas, arquitectos de la supremacía blanca, propagandistas del colonialismo fascista. ¿Por qué seguir viviendo rodeados de estas estatuas en una atmósfera sofocante? Si está mal borrar el pasado, no lo es menos reificarlo. Ante el honor y la gloria otorgados a los verdugos y opresores urge hacer valer la mirada de los vencidos. Se perfila así un choque en relación con los derechos y la memoria.

La pandemia ha exacerbado un proceso en marcha, ha agudizado una tensión ya latente en la disciplina de los cuerpos, la militarización del espacio público y las peleas que manifiestan disensión, niegan la división, interrumpen la arquitectura del orden. La policía preventiva de las relaciones, ese blindaje reglamentado que alcanza su cúspide en la abolición del contacto con el otro, posible enemigo, foco de contagio, es ya continuamente la norma y sello de la democracia inmunitaria en la que se aleja el peligro de la masa viva e incontrolable, el peligro de la comunidad abierta, el fantasma de la revuelta.

El espacio público está disciplinado y controlado desde hace tiempo. El derecho a manifestarse ya no es obvio: las marchas, mítines y sentadas deben ser autorizadas. No es casualidad que los lugares de las nuevas revueltas, cada vez más nómadas y transitorias, se hayan multiplicado mucho más allá de la calle, desde zonas de mar abierto, pasando por espacios transfronterizos, hasta la descentralización de internet. De ahí el recurso a gestos creativos, formas inéditas y la capacidad de reinterpretar incluso las medidas de bioseguridad, como sucedió con las máscarillas higiénicas utilizadas como símbolo de una invisibilidad exhibida, de un anonimato reivindicado abiertamente. El uso político sublima el inmunológico.

Por lo tanto, es necesario preguntarse si es posible una política más allá de ese espacio público, reglamentado y custodiado, en el que, incluso antes de que lo ocupase el virus soberano, se había vuelto difícil actuar. Para responder tenemos que replantear el dispositivo del espacio público echando un vistazo a esa alterpolítica anárquica que se prepara con las nuevas revueltas.

[1] Cfr. D. Di Cesare, Virus sovrano? L’asfissia capitalistica, Turín, Bollati Boringhieri, 2020 [ed. cast.: ¿Virus soberano?, trad. J. González-Castelao, Madrid, Siglo XXI de España, 2020].

[2] También Foucault se inclina por esta perspectiva. Cfr. M. Foucault, «Omnes et singulatim. Verso una critica della ragione política», en Biopolitica e Liberalismo. Detti e scritti su potere ed etica 1975-1984, ed. de O. Marzocca, Milán, Medusa, 2001, pp. 109-146.

[3] Cfr. W. Benjamin, «Per la critica della violenza», en Opere complete I. Scritti 1906-1922, ed. de R. Tiedemann y H. Schweppenhäuser, ed. it. de E. Ganni, trad. de R. Solmi, Turín, Einaudi, 2008, p. 476 [ed. cast.: «Para una crítica de la violencia», en W. Benjamin, Para una crítica de la violencia y otros ensayos, Iluminaciones IV, Madrid, Taurus, 1998].

II. LA CONSTELACIÓN DE LAS REVUELTAS

Lo que llama la atención de las revueltas actuales es su gran fragmentación; parece difícil incluso llegar a una visión de conjunto. Así como es patente su extensión mundial, ¿será igualmente patente que se trate del mismo fenómeno? ¿No será algo forzado usar el mismo nombre para indicar situaciones dispares? Sobre todo porque, a diferencia de los movimientos del pasado, no es fácil sacar a relucir una aspiración común. Si los insurgentes de 1848 aspiraban a la libertad y la república, si a los revolucionarios de 1917 les guiaba el ideal del comunismo del siglo xx, si quienes tomaron las calles en las décadas de los sesenta y los setenta pensaban que pronto iba a ser posible otro mundo, ¿qué es lo que une los disturbios del siglo xxi?

Se puede insistir en desemejanzas, en métodos e intenciones discordantes: algunas revueltas son episódicas, otras recurrentes, algunas parecen tímidamente esbozadas, otras abiertamente subversivas. Pero una particularización de las revueltas que se niegue a considerarlas como articulaciones de un movimiento global acaba a priori por avalar la defensa del statu quo: todo estaría bien –y solo surgirían aquí y allá algunos problemas marginales.

Con el fin de indicar los complicados vínculos entre las revueltas, las afinidades móviles, los movimientos discontinuos, las correspondencias imponderables, tal vez sea apropiado hablar de constelación. En el cielo nocturno se juntan de repente estrellas distantes, chispas dispersas, antes ocultas a la vista. En su disposición inédita adquieren valor incluso las estrellas menores, mientras destaca una pertenencia mutua de otro modo oculta. Carece de una conexión casual, una dirección lineal e incluso la apariencia de un comienzo. La constelación está sin arché, es anárquica y subversiva, resultado fluido de una movilización repentina que ha arrancado su homogeneidad de la oscuridad. En esa simultaneidad inesperada, las luces individuales se intensifican, se iluminan entre sí, parecen converger en un punto focal. Entonces la coyuntura parece ser una prefiguración alegórica. No es de extrañar que Benjamin utilizara la imagen de la constelación para hacer implosionar las arquitecturas monumentales de los ganadores: es la forma de recuperar lo que ha sido eliminado, desacreditado, ridiculizado. Lo que no ha sido elevado a la dignidad de la Historia rompe el flujo del devenir. Sin embargo, igual que se apagan las estrellas, volviendo al espacio impenetrable, también las revueltas pueden disolverse en las profundidades abismales de la Historia. Esa detención fulmínea, casi una conflagración simultánea, es el aquí y ahora de los eventos actuales que podría escaparse sin una lectura oportuna. Urge, por tanto, una mirada nocturna al cielo de la Historia que retenga las revueltas, las traiga a la memoria y las redima en su carga disolutiva y salvífica.

Intentar redescubrir los rasgos comunes de las revueltas que constelan el universo contemporáneo, sin perder de vista su inclinación local, significa aceptar un doble desafío. El primero consiste en buscar, si no el hilo rojo, al menos la cuerda subyacente, cuya unidad está garantizada por el traslape y entrelazamiento de muchas fibras. El segundo consiste en centrar la atención en la dinámica revolucionaria, en la que la revuelta ocupa un lugar tan importante como enigmático[1].

En la información oficial de los medios la revuelta queda relegada al margen. Si pasa la censura, es convertida en espectáculo y exhibida en su oscuridad transgresora. Accede a la pantalla solo cuando lo dictan su gravedad, urgencia o dimensión. Sin embargo, hipervisible y sobreexpuesta, sigue condenada a la insensatez. Desfiles, mítines, multitudes en las calles y –in crescendo– columnas de humo, escaparates rotos, coches y papeleras en llamas. Ya sea en Portland o Bagdad, Atenas o Argel, Santiago o Barcelona, de las imágenes lo que más trasluce es el desorden. Y del desorden se pretende inferir la confusión de un evento caótico y escurridizo. De ahí la escasez de reflexiones sobre el tema de la revuelta que, sin embargo, marca ahora la vida cotidiana.

Si las noticias ofrecen un panorama difuso y sombrío, apoyando la reprimenda pública y favoreciendo la amnesia interpretativa, es porque la revuelta trasciende la lógica de la política institucional. Sin embargo, estar «fuera» no significa ser políticamente irrelevante. De hecho, ahí radica el potencial de la revuelta, que intenta ingresar al espacio público para desafiar la gobernanza política en su propio terreno. No es de extrañar que la versión mediático-institucional la relegue a los márgenes, la reduzca en su alcance, la proscriba del orden del día, la reduzca a un fenómeno fantasmal. La revuelta aparece así como una sombra inquietante que se cierne sobre los límites custodiados de la actualidad oficial.

Por ello es necesario cambiar de perspectiva observando la revuelta no desde dentro, es decir, desde el orden estatocéntrico, sino desde ese «exterior» en el que se sitúa. Igual que la revuelta no es un fenómeno despreciable, no es el residuo de un pasado arcaico, caótico y turbulento, que el progreso, en su linealidad, hubiera refinado y superado. No es anacrónica, sino acrónica, porque surge de una experiencia distinta del tiempo.

Dimensión peculiar del desorden mundial, la revuelta ofrece la clave para interpretar una época cada vez más indescifrable. La explosión de ira no es un rayo caído del cielo como de la nada, sino un síntoma, un recordatorio. Si la revuelta habla del hoy, ¿qué dice? ¿Cómo puede ser, cómo debe interpretarse? Los criterios de la modernidad, que antes quizá hubieran podido ser eficaces, ya no parecen válidos. Las cosmogonías sobre el sentido de la Historia, la dialéctica totalizadora, ya no calan y dejan fuera, insondables e impenetrables, los nuevos antagonismos políticos.

Ligada a estas preguntas está la cuestión de la relación con la política. En general, la revuelta contemporánea está considerada como prepolítica, si no protopolítica, porque es incapaz, ya sea por inmadurez, ya sea por una especie de estadio todavía infantil de la palabra, de formular afirmaciones auténticas y articularse en un proyecto. Sería entonces apolítica, si con ello nos referimos a la dificultad de entrar en el espacio político institucional. Sin embargo, en este sentido, desde el ángulo opuesto podría más bien calificarse de hiperpolítica.

A la postre, la relación de la revuelta contemporánea con la política no solo es provocativa y conflictiva. El espacio político actual está circunscrito por las fronteras del Estado. Todo lo que sucede se observa y juzga dentro de estos límites. La modernidad de los dos últimos siglos ha hecho del Estado el medio indispensable y el fin supremo de toda política. El orden que reina es estatocéntrico. La soberanía indiscutible del Estado sigue siendo el criterio que marca los límites y dibuja el mapa del panorama geopolítico actual. Esto ha producido una separación entre la esfera interna, sometida al poder soberano, y la externa, relegada a la anarquía. Esta afortunada dicotomía ha introducido un juicio de valor entre dentro y afuera, civilización e incivilidad, gobierno e imprudencia, orden y caos. La soberanía del Estado se ha impuesto como única condición del orden, única alternativa a la anarquía, desacreditada como falta de gobierno, confusión que arde en ese afuera ilimitado. La globalización ha empezado a socavar la dicotomía soberanía-anarquía al poner de manifiesto todos los límites de una política anclada en las fronteras tradicionales. Si el epicentro del nuevo desorden global sigue siendo el Estado, el paisaje más allá de la frontera está siendo poblado por otros protagonistas. Fenómenos nuevos, como las migraciones, abren una brecha, nos dejan vislumbrar lo que ocurre afuera, nos empujan a salir de esa dicotomía, asumiendo una perspectiva externa.

Del mismo modo la revuelta se sitúa más allá de la soberanía, en el espacio abierto al que siempre ha estado relegada a la anarquía. Este espacio abierto debe entenderse no solo como el existente entre una frontera y la otra, sino también como una grieta, una abertura en el escenario interno. La revuelta muestra el Estado desde la ventana de los suburbios, lo muestra a través de los ojos de los que quedan fuera o los que son llamados afuera. Se comprende por qué la política estatal, asistida por el discurso de los medios, aspira a volverla oscura y marginal. De hecho está en juego nada más y nada menos que la reivindicación individual, la demanda contingente.

La revuelta viene a poner en cuestión el Estado, ya sea democrático o despótico, laico o religioso –saca a la luz su violencia, le quita la soberanía–. Característica de las revueltas actuales, inauguradas no por casualidad bajo el lema «¡Que se vayan todos, que no quede ninguno!»[2], es ese desapego entre el poder y el pueblo que, a pesar del esfuerzo del Estado por autolegitimarse –a menudo transmitiendo alarma y presumiendo de seguridad–, parece ahora una brecha definitiva. Las reacciones soberanistas y autoritarias, que surgen de una soberanía incruenta, no afectan a este proceso.

En las calles y plazas la gobernanza política, abstracto ejercicio administrativo, hace alarde de su policía frente a la masa que no ha logrado gobernar. Son los ingobernados[3] los que irrumpen en escena, que se presentan para denunciar que no están representados por las instituciones políticas. No obstante, más allá de la crisis de representación, usada por el populismo para conseguir sus fines, está en juego la propia redefinición del espacio político. Este choque, en sus formas y modalidades heterogéneas, impregna y perturba el panorama internacional. Por eso la revuelta es eminentemente política.

Las reivindicaciones individuales, los motivos accidentales no pueden ofrecer una explicación exhaustiva. El asesinato de un manifestante, una ley que restringe la libertad democrática, una violación impune, la subida de los precios de la gasolina, la subida repentina del precio del billete de metro, el descubrimiento del enésimo caso de corrupción, la transformación de un parque en un centro comercial, la reforma de las pensiones, una represalia del fundamentalismo religioso: son causas particu­lares que, necesarias para analizar el fenómeno, sin embargo no son suficientes para comprenderlo en su complejidad. No hay revuelta que se pueda reducir a una sola causa. Todas surgen de la combinación y el entrelazamiento de diferentes razones, no solo económicas, sino también políticas y existenciales.

La revuelta expresa un desasosiego impreciso, manifiesta un malestar vago pero persistente, revela todas las expectativas frustradas. El desarrollo prometido, el progreso alabado han dejado atrás un mundo en el que se consiente y se apoya el abismo de la desigualdad, la lógica del lucro, el saqueo del futuro, la arrogancia (convertida en espectáculo) de unos pocos frente a la impotencia de la mayoría.

[1] Sobre la exigencia de repensar la dinámica revolucionaria, cfr. E. Hazan y Kamo, Premières mesures révolutionnaires, París, La fabrique, 2013, pp. 8 y ss.; E. Hazan, La dynamique de la révolte, París, La fabrique, 2015, pp. 42 y ss. [ed. cast.: La dinámica de la revuelta: sobre insurrecciones pasadas y otras por venir, trad. de M. Martínez, Barcelona, Virus, 2019].

[2] En castellano en el original [N. del T.].

[3] La autora emplea conscientemente esta palabra, distinta de «desgobernados». La mantenemos para conservar el sentido original del texto [N. del T.].

Genres und Tags

Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
22 Oktober 2025
Umfang:
143 S. 6 Illustrationen
ISBN:
9788432320194
Verleger:
Rechteinhaber:
Bookwire
Download-Format: