Buch lesen: "El nuevo soñador"

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Bernardo Olivera

EL NUEVO SOÑADOR

JOSÉ DE SANTA MARÍA

Índice de contenido

Portadilla

Introducción

Movidos por el amor

Primer acercamiento

José el Artesano

Nombre y familia

Oficio

Esposo de la Virgen

Matrimonio virginal

Institución matrimonial judía

Mundo de los sentimientos

Costumbres nupciales

Unión de José y María

Varón y mujer

Posición rabínica ante la mujer

Concepción que Jesús tenía de la mujer

Naturaleza del amor

El Sí de José

Enamorados...

Amor de esposos

Amistad conyugal

Virginidad y fecundidad

Atisbos de una nueva realidad

“No conozco varón”

Don de Dios: conservarse virgen

Virginidad de José

Matrimonio virginal y amistad conyugal

Padre de Jesús

Texto y mensaje mateano

Los datos de Lucas

Datos elaborados por la teología

Paternidad de la Alianza

Sin más, “padre de Jesús”

Fenómeno de la paternidad

Mutuo reconocimiento

Patrono de los agonizantes

La pascua de José

José vive su pascua

José ante la muerte

Testamento de José

Buscando el fundamento histórico

Segundo acercamiento

Metodología

Exégesis científica

Exégesis deráshica

Teología y exégesis

Suposición y conjetura

Textos bíblicos josefinos

Estudio de los datos

La persona

Hijo de David

Tékton

Sadik

Los lugares

La aldea

La sinagoga de Nazaret

El rollo de Isaías

Galilea

Séforis

Esposo

Dones del Espíritu

Rito matrimonial

Célibe

Mateo 19:12

Lucas 1:34

Padre

Paternidad virginal-matrimonial

Paternidad ¿divina?

Responsabilidad educadora

Paternidad silenciosa

Concluyendo

Magisterio papal

Conclusión

Bibliografía

Olivera, Bernardo

El nuevo soñador : José de Santa María / Bernardo Olivera. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Talita kum Ediciones, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-4043-26-9

1. Biblia. 2. Religión Católica. 3. Judaísmo. I. Título.

CDD 220.04

© Talita Kum Ediciones, Buenos Aires, 2020

www.talitakumediciones.com.ar

editorial@talitakumediciones.com.ar

Primera edición papel/digital, marzo de 2020

ISBN: 978-987-4043-26-9

Diseño: Talita Kum Ediciones

Imagen de tapa: Icono “San José” de Sergio Rivero, ocso

Hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Reservados todos los derechos.

Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, incluido el diseño de tapa e imágenes interiores, por ningún medio de grabación electrónica o física sin la previa autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas por la ley.

Digitalización: Proyecto451

INTRODUCCIÓN

Este librito salda una deuda de gratitud que tengo con el Patriarca San José. Para ser honestos, los beneficios que recibimos de San José son impagables, tanto por su inmenso número cuanto por la humildad con que actúa, sin darse casi a conocer, por eso intentaré hacerlo conocer y amarlo un poco más. Antes de comenzar, aunque no estoy a su altura, deseo hacer mías estas palabras de Santa Teresa de Ávila:

No me acuerdo hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo; de los peligros que me ha librado así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo por experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre –siendo ayo– le podía mandar, así en el Cielo hace cuanto pide. (1)

No es la primera vez que escribo o hablo sobre San José. Recuerdo la primera vez que escribí sobre él: me encontraba en la mitad de la vida, estaba interesado en José y me intrigaba el amor; fue un enfoque de tipo antropológico y utilicé el género literario epistolar. La segunda ocasión fue diferente pues necesitaba fundar la revelación cristiana en la historia y recurrí a la ayuda de otras disciplinas; un libro que cayó por providencia en mis manos me ofreció numerosas claves interesantes; debo reconocer que las charlas que di en ese entonces suscitaron genuino interés.

Ahora recopilaré y añadiré algo a todo aquello. La Sagrada Escritura, la tradición, los teólogos y el Magisterio me ayudarán en el proyecto. He buscado un fundamento bíblico, un apoyo en el Magisterio, una cierta racionalidad teológica y una actualización antropológica que es importante pues si Jesucristo, Verbo Encarnado, revela al hombre el misterio del hombre, no hemos de olvidar que José, “Padre” de Jesucristo, educó a su hijo y cooperó en su maduración humana. También consulté las tradiciones orales y escritas del pueblo de la Primera Alianza. Confieso de antemano que algunas de mis afirmaciones son improbables (no se pueden probar), pero las considero verosímiles (pueden ser verdaderas).

El énfasis antropológico de este libro es una respuesta a la invitación que hiciera San Pablo VI en su Exhortación Apostólica Marialis Cultus (1974): “En el culto a la Virgen merecen también atenta consideración las adquisiciones seguras y comprobadas de las ciencias humanas” (34), pero está también motivado por la distorsión actual de la concepción de lo humano. El mundo occidental está invadido por una corriente ideológica que, negando la naturaleza y absolutizando la cultura, pretende que nosotros mismos nos hacemos (no nacemos), varones y mujeres. De este modo: negamos al Creador, ignoramos el código binario básico (mujer y varón), multiplicamos las identidades sexuales, destruimos la familia biparental heterosexual... ¡ignoramos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos! Nuestro querido San José es un fiel ejemplo de quien ha escuchado y amado la Palabra de Dios Padre que nos dice: “No separe el hombre lo que Dios ha unido” para acoger y educar a los hijos.

El título de este libro puede despistar, interrogar, sorprender y hasta disgustar a algunos, no creo que a “algunas” les pase lo mismo. De todos modos, merece una explicación. José es el “nuevo” soñador, pues hay otro que lo precede. En efecto, en el libro del Génesis se nos narra la historia de José, hijo de Jacob, a quien Dios se le comunicaba en sueños (Gn.37-50). La tradición cristiana lo asoció muy pronto con “nuestro” José, debido a su virginidad y a sus sueños… José, el esposo de María, estaba también comunicado con Dios en forma onírica; así, el Señor le reveló tres hechos capitales de su vida: tomar a María por esposa, emigrar a Egipto para salvar la vida de Jesús y retornar de Egipto para establecerse en Nazaret (Mt.1-2). De este modo, José protegió a María y a Jesús. Sin su fidelidad a estos sueños, nosotros, como cristianos, no existiríamos.

Comienzo desde el vamos ofreciendo las razones, además del afecto y agradecimiento, que me mueven a poner manos a la obra:

~ Conocer y amar más a Jesús, “hijo de José” (Mt 13:55; Lc 4:22; Jn 6:42).

~ Profundizar el misterio de Jesucristo y de María, esposa virgen de San José (Mt 1:18, 20, 23-25).

~ Acercarnos a él mismo, a José, el santo más grande del cristianismo. Su santidad fue proporcional a su extraordinaria misión y, además, fue él, después de María, quien estuvo más cerca de Cristo. (2)

~ Dado que José se humanizó y personalizó en su relación esponsal con María, y educó a Jesús en una genuina humanidad, según la voluntad original de Dios, deseamos que haga otro tanto con nosotros.

Hay todavía otras dos razones que me mueven a presentarles a este padre y amigo. En primer lugar, crecer en la verdadera devoción a los santos a fin de que Dios sea en ellos y por ellos glorificado. Devoción verdadera que consiste en imitar sus ejemplos, participar en su intimidad y recibir la ayuda de su intercesión. (3)

La segunda razón es de tipo teológico. La formulo así: la “josefología” es una gran ayuda para comprender y profundizar la cristología. El conocimiento de José, “Icono invisible del Padre celestial”, es puerta de acceso incomparable para el conocimiento de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Esto se explica por el hecho de que en la cultura hebrea la figura paterna es primordial en la educación y trasmisión de la fe a la generación siguiente.

Agrego, asimismo, otro doble motivo más personal, ya que el corazón también tiene sus razones. Mis cinco hermanos, hermana incluida, y mi padre se llaman José como segundo nombre, y yo también. La devoción la mamé de mi madrina de bautismo y ella misma se encargó de grabármela como con un sello el último día que la vi en esta vida. Fue en una sala de terapia intensiva; los médicos habían dicho que no había ninguna esperanza; yo se lo comuniqué, ella ya lo sabía. Estaba serena y lúcida, me mostró su brazo izquierdo, en torno a su muñeca tenía el “cordón de san José, patrono de la buena muerte”. Balbuceó: estoy con él. Su Santo la vino a buscar el día de la fiesta del Carmen, su advocación y devoción preferida.

Nos acercamos ahora a la figura de San José. Lo haremos en dos pasos sucesivos. Aunque estos puedan, en algunos casos, superponerse, no se trata de lo mismo. El campo de visión se ahonda y agranda. Así lo espero. Concluiré presentando el aporte del Magisterio papal de los últimos tiempos.

1. Vida, 6:6.

2. Cf. León XIII, Quamquam pluries; Pío XI, Alocución del 19-III-28.

3. Cf. Lumen gentium, 50-51.

MOVIDOS POR EL AMOR


Primer acercamiento

Nos acercamos a San José con todo el respeto que merece su persona, única manera de acercarse a alguien que es, sobre todo, un “tú” para nosotros.

Dado que los vínculos familiares y sociales son tan importantes en la cultura en la que él estuvo encarnado, comenzaremos indagando sobre ellos.

No obstante, lo más importante de sus relaciones reside en su vínculo esponsal con María y paternal con Jesús. Nos detendremos largamente en estas dos relaciones que, además, están íntimamente engarzadas. Fue padre por ser esposo. Su amor conyugal floreció en una paternidad querida por Dios. Esta familia es sagrada pues Dios nace en ella y ayuda a la santificación de las nuestras.

Hay algo más todavía. José es venerado en la piedad católica como “patrono de los agonizantes”. Se comprende que aquél que murió acompañado por Jesús y María, sea invocado como compañero en el momento pascual de nuestro último abandono en las manos del Padre Dios.

José el Artesano

Nombre y familia

Lo primero que intriga de nuestro santo es su nombre. Hay varias etimologías posibles. Me quedo con una: Yosef, en hebreo, es apócope o abreviación de Yosef’el, lo cual significa “que Dios añada”, sobreentendiendo, “otros hijos al que ha de nacer o ha nacido” (Gn 30:24). José es, pues, un nombre que denota agradecimiento y deseo. Podemos pensar que la madre de nuestro santo deseaba tener una numerosa prole, aunque no sabemos cuán grande fue. Sí sabemos que Yosef’el fue padre de muchos, de muchísimos, de todos nosotros; es padre de la Iglesia a causa de su único hijo, Jesús.

Ignoramos quién fue el padre de José, pero obviamente alguien fue. Los evangelistas nos dan dos nombres distintos: Jacob y Helí (Mt 1:16; Lc 3:23). Se han dado muchas explicaciones para armonizar este doble dato, pero para decirles la verdad ninguna me ha terminado de convencer.

Mateo parece haber utilizado para elaborar su genealogía una tradición popular sobre el linaje de David. Lucas se habría servido de alguna lista proveniente de judíos de lengua griega. En ambos casos no parece tratarse de genealogías procedentes de archivos. Tanto uno como otro demuestran mayor preocupación teológica que genealógica. Mateo quiere acentuar que Jesús es hijo de David y de Abraham (Mt 1:1); Lucas, por su parte, subraya la filiación divina del hijo de María, esposa de José (Lc 3:38).

Hay, no obstante, un dato cierto y seguro: José es de la familia del rey David. Pero no soñemos con grandezas; la dinastía davídica había conocido tiempos de gloria, pero en los días de José contaba poco o nada en cuanto tal.

Sabemos todavía algo más. Eusebio de Cesárea, obispo de dicha ciudad al inicio del siglo IV, conserva en su Historia eclesiástica un interesante testimonio de Hegesipo, cristiano oriundo de Palestina y perteneciente a la primera generación después de los apóstoles. Veamos los datos documentados por Eusebio, que, si bien no sobresalió como teólogo, se destacó como historiador:

Celebraron un consejo sobre quién debía ser juzgado digno de suceder a Santiago, y todos, por unanimidad, decidieron que Simón, el hijo de Clopas, era digno del trono de aquella Iglesia por ser primo del Salvador, al menos según se dice, pues Hegesipo refiere que Clopas era hermano de José. (4)

Hegesipo, buen conocedor de las tradiciones familiares de Jesús, nos está diciendo que Simón, hermano de Santiago (Hech 26:17ss.; Gal 1:19), hijo de Clopas, sobrino de san José, fue el segundo obispo de Jerusalén.

Los evangelistas nos dan también testimonio de estos dos sobrinos de José y, quizás, de otros dos más: José y Judas (Mc 6:3; Mt 13:55). Y hasta parecen decirnos que la madre de ellos se llamaba María (Mt 27:56; Mc 15:40; Lc 24:10; Jn 19:25).

En definitiva, conocemos ya a un hermano de José: Clopas; a su cuñada María y también a cuatro de sus sobrinos: Santiago, José, Simón y Judas. Estos buenos sobrinos no fueron seguidores de su primo Jesús durante los años de su magisterio público (Mc 6:31-35; Jn 7:7-10); pero después de la pascua forman ya parte de la comunidad cristiana de Jerusalén (Hech 1:14; I Cor 9:5); para estas fechas el tío José ya era difunto.

¿Era José mayor o menor que su hermano Clopas? Si acudimos, una vez más, a las etimologías de los nombres, podremos aventurar una respuesta. Clopas, en hebreo, y su equivalente griego Cleopas, significa: “orgullo del padre”, es decir: primogénito. Con lo cual la pregunta queda respondida. La santa curiosidad puede suscitar otros interrogantes: ¿quién era aquel Cleopas que iba camino de Emaús días después de la muerte de Jesús? (Lc 24:18). Dejo que otro les dé la respuesta.

Oficio

Estamos acostumbrados a decir que José era carpintero. Los evangelios nos lo presentan como tékton (Mt 13:55; Mc 6:3). ¿Qué significa esta palabra en el medio social de san José? ¡Por cierto que no significa arquitecto o técnico o tecnócrata! Todo artesano de la madera, piedra o inclusive metal era considerado un tékton, es decir: carpintero, cantero, albañil, escultor, orfebre..., todo a la vez.

Nos hemos acercado a José, le hemos estrechado la mano, ya conocemos algo sobre su persona, familia y actividades. Pero aún estamos lejos de conocerlo: de la mano tenemos que pasar al corazón. Si queremos acceder al misterio de su intimidad tendremos que conocerlo como esposo de la Virgen, padre de Jesús... y patrono de los agonizantes.

Esposo de la Virgen

Matrimonio virginal

No sabemos, con seguridad, de dónde sacó Mateo sus noticias sobre San José, pero las tiene, y ciertas. En dos oportunidades nos presenta a José como esposo o marido de María (Mt 1:16, 19); y, en otras dos, esta es presentada como esposa o mujer de José (Mt 1:20, 24). Ambos estaban o habían estado desposados o comprometidos entre sí (Mt 1:18). Además, María, nos lo dice indirectamente Mateo, es virgen, concibe virginalmente y permanece virgen (Mt 1:18, 23, 25).

El evangelista Lucas, por su parte, confirma estos datos. José y María están desposados y casados (Lc 1:26; 2:5). Y sobre todo, subraya Lucas, María es virgen y engendra virginalmente (Lc 1:27, 34-35).

¿Qué mensaje intenta comunicar el aparente conflicto de este matrimonio virginal o virginidad matrimonial? Según la providencia divina, Jesús debía ser concebido y nacer de una virgen casada, no de una unión matrimonial, pero sí en un matrimonio. El matrimonio y la virginidad de María y José estaban previstos desde siempre en el sapientísimo plan salvífico de Dios.

Para entender a José como hombre casado, como marido o esposo, hay que ubicarlo en la realidad social, cultural y religiosa de su época y pueblo. Valiéndonos de la Escritura y del Talmud, especialmente de sus tratados rabínicos sobre las prescripciones y el derecho matrimonial, podremos hacernos una idea bastante cabal sobre el matrimonio y la institución matrimonial que conoció y vivió san José.

Institución matrimonial judía

El matrimonio judío constaba de dos momentos claramente diferenciados: los esponsales o desposorios y las bodas o nupcias. Comencemos por el primero.

Los esponsales tenían lugar cuando la joven había cumplido ya los doce años y medio, y el joven andaba alrededor de los veinte. Lo más frecuente y común era desposarse con un miembro del propio clan o familia (Tob 4:12). Las necesarias formalizaciones e iniciativas correspondían al varón o a sus agentes por un lado, y a los padres, hermanos o tutores de la joven por el otro (Kidushim 2, 1). En los tiempos más antiguos el consentimiento de la joven tenía poca importancia (Gn 24:57-58), pero más tardíamente llegó a constituir un requisito imprescindible (Yabamot 13).

Las dos partes implicadas tenían muchas cosas que conversar: los esponsales implicaban un verdadero contrato comercial, no exento, por lo mismo, de discusiones y regateos (Cf. Cant 8:8-14). Nos cuesta ver a José en estos negocios, más aun estando María de por medio, pero la realidad ha de haber sido así, diferente a lo que solemos imaginar. En concreto se trataba de estipular:

~ Cómo repartir los gastos de la fiesta de bodas, que por cierto no eran poca cosa, todo lo contrario.

~ Cuánto tenía que pagar el joven al padre de la joven, como compra o compensación por su futura esposa (Gen 34:12; Ex 22:16; I Sam 18:28).

~ Qué bienes propios poseía eventualmente la joven, sea por herencia o compensación, recibidos después de los doce años de edad.

~ Dote que debía entregar el padre a la hija; esta dote y los bienes propios de la desposada eran usufructuados por el marido, pero devueltos en caso de separación o muerte.

~ Prenda o bienes reservados a la desposada en caso de viudez o de repudio; en caso que la esposa fuera repudiada por notoria mala conducta, esta prenda no le era entregada.

Los desposorios quedaban sellados y cerrados en cuanto se llegaba a un acuerdo sobre los puntos recién indicados. El padre de la joven podía rubricarlo con alguna fórmula, tal como: Hoy, tú, serás mi yerno (I Sam 18:21).

Pero lo que ahora me interesa destacar son las consecuencias legales de este contrato esposa. Señalo las principales; no perdamos de vista a José y María.

~ El joven se convertía en señor, dueño o amo de la joven (Gn 18:12; I Ped 3:6); y, en cuanto futuro padre de familia, comenzaba a tener ya todos los poderes en su mano, era un déspota doméstico (Mt 10:25).

~ La joven, en consecuencia, era propiedad del joven; con el contrato, este se hacía dueño de aquélla (Gn 18:21; Ex 20:17; Dt 5:2; 21:13; 24:1, Kidushim 5b).

~ La Torá no prohibía las relaciones sexuales entre desposados, pero para el Talmud eran inaceptables; no obstante eran frecuentes en Judea, aunque no en Galilea.

~ En caso de infidelidad, la joven era considerada adúltera (Dt 22:22-25); y en caso de muerte del joven, era considerada viuda y sometida a la ley del levirato.

~ La posible separación, decidida siempre por el varón, exigía la entrega de una nota o acta de divorcio o repudio (Dt 24:1-4), quedando así la joven libre para un nuevo desposorio.

~ El joven podía anular cualquier voto hecho previamente por la joven (Núm 30:7-9; Nedarim 10, 1).

~ La joven estaba obligada a obedecer a su señor y dueño, y esta obediencia era considerada como un deber religioso. (5)

Por todo lo dicho es fácil comprender por qué Filón de Alejandría, judío del siglo I de la era cristiana, afirma: Los esponsales tienen la misma fuerza que las bodas, y los jóvenes son ya marido y mujer, esposo y esposa. (6)

Mundo de los sentimientos

De lo arriba expuesto se podría concluir que el amor no tenía ninguna importancia en el matrimonio hebreo, pero la verdad no es así, ¡bastaría leer el Cantar de los Cantares! El enamoramiento de Jacob por Raquel le hizo trabajar siete años para adquirirla y estos se pasaron como si fueran una semana (Gn 29:15-21; Cf. 24:67). Son bien conocidas las proezas de David para que le entregaran como mujer a Mikal, quien estaba enamoradísima de él (I Sam 18:20-30; Cf. II Sam 3:15-16). En las recomendaciones que hace un padre a su hijo en el libro de los Proverbios leemos lo siguiente:

Gózate en la mujer de tu mocedad, cierva amable, graciosa gacela; embriagante en todo tiempo sus amores, su amor te apasione para siempre (Prov 5:18-19; Cf. Ectes 9:9).

Por lo demás, no faltaban posibilidades de encuentro. El pozo de agua era el lugar típico (Gn 24:10-14). Pero en el Talmud, Simeón ben Gamaliel nos ofrece otro dato más interesante:

No había día festivo para Israel como el 15 de Ab y el día del perdón. Durante ellos, las hijas de Jerusalén salían con vestidos blancos, prestados, para que no se avergonzaran las que no los tenían... Y las hijas de Jerusalén salían y danzaban en las viñas. ¿Y qué decían? “Joven, levanta tus ojos y mira lo que escoges, no dirijas tus ojos a la belleza, dirige tus ojos a la familia.” El que no tenga mujer, que vaya allí a las fiestas (Taanit 4, 8).

Costumbres nupciales

Las bodas tenían lugar un año después de los esponsales si la joven era virgen, o treinta días después si era viuda o repudiada (Ketubot 5, 2). Por motivos muy prácticos, se efectuaban el día miércoles, pues el jueves se reunía el tribunal de justicia local, y de este modo se podía juzgar sin demora las posibles quejas de algún esposo en caso de no haber hallado virgen a su esposa (Ketubot 1, 1).

En la víspera del día señalado, el esposo, acompañado de sus amigos, iba a buscar a su esposa a la casa de sus padres para llevarla a su casa propia o a la de su familia (Cant 3:6-11; 8:5; Mt 25:1, 5-6, 10; Jn 3:29; Apoc 21:2). Ella lo esperaba, bañada, perfumada y enjoyada como nunca (Is 61:10; Jer 2:32; Ef. 5:25-27); y, escoltada de sus amigas doncellas, era entregada por sus padres o tutores con palabras de bendición (Gn 24:60; Tob 10:11-13).

Al llegar a la casa del esposo, los padres de este solían pronunciar bendiciones, a las que los asistentes se unían, haciendo votos por la felicidad y fecundidad de la unión (Rut 4:11-12; Tob 11:17). Nadie, durante las bodas de José y María, pudo medir el alcance infinito de esas bendiciones.

La fiesta de bodas solía durar siete días, y a veces más, transcurridos entre bailes, juegos comida y bebida (Jc 14:12; Tob 8:19-20). Los esposos, ubicados bajo un dosel, que por la noche se convertía en alcoba, recibían cumplidos y cantos de amor que les dirigían los comensales (Joel 2:16; Sal 19-6; Cantar).

Por lo general, el matrimonio se consumaba en la alcoba previamente preparada; la esposa debía cuidar de cumplir con la prescripción que indicaba la ley para tales circunstancias (Dt 22:13-21).

Unión de José y María

De todo esto que acabamos de ver, acerca de la institución matrimonial judía, se desprenden muchas conclusiones. Ellas nos permitirán conocer mejor a nuestros José y María. Señalo dos, estoy seguro que cualquier lector diligente deducirá varias otras.

José, desde el momento en que sella su contrato esponsal, no solo es el marido de María, sino también su dueño y señor. María se había convertido en su mujer y su posesión, a partir de ese momento era María de José, por no decir simplemente: era de José. Y según la legislación vigente, cualquier compromiso, promesa o voto que María pudiera haber contraído o hecho, quedaba supeditado al beneplácito de José. Ya veremos las consecuencias de todo esto cuando hablemos de la virginidad de María.

Según los relatos evangélicos (Mt 1:18, 20, 24; Lc 1:27), María concibe del Espíritu Santo después de los esponsales y antes de las bodas; es decir, durante el año que mediaba entre uno y otro. María ya no se pertenecía a sí misma. Su asentimiento al misterio de la encarnación presuponía el Sí de José, su señor. María asintió por los dos. La que dijo Sí, es María de José. San José coparticipa con María, desde el mismo comienzo, en la obra cristiana de la salvación del mundo.

Varón y mujer

La sociedad y cultura hebreas, lo acabamos de ver, eran de signo patriarcal. La mujer ocupaba un lugar secundario y subordinado; su relación con el varón era de dependencia.

No obstante, en el judaísmo antiguo, algunas mujeres sobresalieron tanto en el ámbito familiar cuanto social. Baste recordar a Miriam, hermana de Moisés; Débora, la profetisa mujer de Lapidot; Judit, viuda de Manasés; Ester, huérfana, sobrina de Mardoqueo y que llegó a ser esposa del rey Asuero; Sara, mujer de Abraham; Rebeca, hija de Betuel y esposa de Isaac; Raquel, hija de Labán, hermana de Lía y esposa queridísima de Jacob.

Además de estas presencias significativas, encontramos otros signos que señalan la dignidad de la mujer. Ella es el símbolo elegido para representar la sabiduría divina (Prov 8:22-31; Sab 6:10, 21). Se hace un ponderado elogio de la diligencia femenina (Prov 31:10-31; Eclo 26:1-4). Y, sobre todo, la esposa del Cantar no vacila decir, en plano de igualdad: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado... Yo soy para mi amado y mi amado es para mí” (Cant 2:16; 6:3).

Posición rabínica ante la mujer

Pero, por otro lado, en el judaísmo tardío, contemporáneo y posterior a Cristo, además de subordinación se puede hablar de denigración y explícito antifeminismo. Bastarán algunos botones de muestra.

El texto más rotundo de Jesús ben Sirac, en su libro del eclesiástico o de la Asamblea, reza así: “Por una mujer comenzó la culpa, por la mujer morimos todos” (25:24). Después de esto se puede esperar cualquier cosa; no nos asombre entonces esto otro que sigue: “¡Cualquier herida, pero no herida del corazón!, ¡Cualquier maldad, pero no maldad de mujer!” (42:14). Pero tengamos paciencia y seamos comprensivos con el hijo de Sirac; quizás su vida familiar y su paternidad no le fueron fáciles; oigámoslo una vez más:

Una hija es para el padre un secreto desvelo; aleja el sueño la inquietud por ella. En su juventud, miedo a que se le pase la edad de casarse; si está casada, miedo a que sea aborrecida. Cuando virgen, no sea mancillada y en la casa paterna quede encinta; cuando casada, a que sea infiel; cohabitando, miedo a que sea estéril... (42:9-10).

El Cohelet o predicador que nos habla en el libro del Eclesiastés, carga otro tanto las tintas. No sabemos cómo le fue en su matrimonio, pero lo podemos adivinar al escucharle decir:

He hallado que la mujer es más amarga que la muerte, porque ella es como una red, su corazón como un lazo y sus brazos como cadenas: el que agrada a Dios se libra de ella, pero el pecador, cae en su trampa... Amarga más que la muerte es la mujer, un hombre (bueno) entre mil hallé, pero mujer (buena) ninguna (7:26, 28).

Ya en los días de Jesús nos encontramos con la sorpresa de sus discípulos al ver a su maestro hablando con una mujer, que, para colmo, era samaritana y mujer de varios varones (Jn 4:27). Hasta en el mismo cristianismo incipiente nos hallamos con normas cuya motivación suena más a racionalización que a razón. La más conocida reza así:

No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio (en la asamblea litúrgica). Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la mujer que, seducida incurrió en la transgresión (I Tim 2:10-14; Cf. I Cor 14:34-35).

Pero quienes se llevan la palma del triunfo son los testimonios rabínicos codificados en el Talmud. Dijo, con gravedad, el rabí Eliezer: “Quien le enseña la Torá a su hija, le enseña el libertinaje (por el mal uso que hará de ella)” (Sota 3, 4). Y otro ilustre desconocido agrega: “Vale más quemar la Torá que transmitirla a las mujeres” (Sota, 3, 4, 19a). Siendo todo esto así, tenía razón el rabino Simeón ben Jochai al afirmar: “Todos se alegran con el nacimiento de un varón, todos se entristecen por el de una niña”. En conclusión, era bueno orar diciendo: “Bendito seas tú, Señor, porque no me has hecho mujer, gentil o esclavo” (Beraká 7, 18).

Queda claro entonces que, en tiempos de Jesús, María y José, la mujer era poco o nada valorada y estaba, además, socialmente discriminada; su relación con el varón se entablaba en desigualdad de condiciones. Las causas de esta situación se reducen a tres:

~ Porque ella personificaba a Eva, con toda la carga peyorativa de seducción y culpabilidad que esto implicaba (Cf. Prov 5:1-4; Eclo 9:1-9).

~ Por los rigurosos preceptos de purificación a que estaba sometida, por su simple condición biológica femenina (Cf. Lev 12:1-6; 15:19-23; Ex 36:17).

~ Por no llevar, diferentemente del varón, algún signo vital de su alianza con Dios (Cf. Gn 17:9-14).

Concepción que Jesús tenía de la mujer

Con este telón de fondo, resalta mejor la originalidad de la enseñanza y actitudes de Jesús respecto a las mujeres. La postura del Maestro quedó sintetizada por él mismo en estas palabras: “En el principio no fue así” (Mt 19:4; Mc 10:6). El comportamiento y palabra de Jesús se ajustaban a los criterios que Dios había querido que reinasen desde el principio. A saber:

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0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
15 November 2024
Umfang:
112 S. 5 Illustrationen
ISBN:
9789874043269
Rechteinhaber:
Bookwire
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