Buch lesen: "Argentina Impotencia"

Alejandro Rozitchner
Argentina Impotencia
De la producción de crisis
a la producción de país

| Rozitchner, AlejandroArgentina impotencia : de la producción de crisis a la producción de país . - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book.ISBN 978-987-599-371-61. Política Argentina. 2. Ensayo. I. Título.CDD 320.982 |
Fotografía de tapa: Pablo Galarza
Diseño: Ixgal
© Libros del Zorzal, 2002
Buenos Aires, Argentina
Libros del Zorzal
Printed in Argentina
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a Marcos Koremblit
Índice
1. Nuestro logro, el desastre | 7
2. Hay que pensar de nuevo | 10
3. Nietzsche o la realidad del poder | 16
4. Nuestro derecho a quejarnos | 23
5, Alrededor de San Martín | 27
6. Construir poder | 38
7. Osho y la celebración | 41
8. La anticrítica o la crítica de la crítica | 48
9. Bataille y el principio de la pérdida | 53
10. Deseo y melodrama | 62
11. No todo lo que pasa es malo | 72
12. La plasticidad del mundo | 75
13. Proyectos, ambición y osadía | 85
14. El individuo, eje de la reconstrucción | 92
Bibliografía y agradecimientos | 94
Interesado lector: el tema de este libro –nuestra crisis y su posible superación– es lo bastante complejo como para que el trabajo de pensarlo sea hecho en común. Algunas de las ideas expuestas están logradas, otras son puntos de vista que hay que procesar. En el puchero donde se cocina el país hay que meter muchas manos.
1.
Nuestro logro, el desastre
¿Y si nuestra delicadísima situación nacional no fuera una caída sino un logro? ¿Si algo nuestro, muy argentino, se estuviera satisfaciendo en este momento de desastre? ¿Es posible que suceda algo tan extraño?
No, no queremos salir de la crisis, es mentira. Decimos que nos gustaría ser un país que funcione, pero es falso, sentimos una poderosa atracción por el desastre. Hemos trabajado duramente para lograr esta sensación de abismo que hoy nos tiene hipnotizados. Durante años pusimos moneditas de angustia, escepticismo, crítica, pasividad y desconfianza en la alcancía del fracaso y por fin lo hemos conseguido: la crisis es nuestra criatura, nuestro bebé, estamos en la gloria.
Estamos realizando el ideal del tango, cumplimos con el destino fijado por nuestra miserable filosofía espontánea, esa que dice que la vida es dolor, que no se puede confiar en nadie, que ve canallez en todas las intenciones y en todos los actos, la que cree que el desencuentro es una verdad más grande que el amor, o que el mejor amor es el que no se da, el que pudo haber sido, y para la que el amor realizado es fastidio y decepción. No tenemos reparos en sentir que todo es mentira siempre, que el mundo es esencialmente engaño e ilusión; cualquier versión más esperanzada nos parece tonta o ingenua, y defendemos estas posiciones miserables como si fueran nuestra tabla de salvación. Estamos enamorados de la piedra que nos hunde, tal vez porque sentimos que hundirnos es justicia, porque no somos capaces de sentir que querer vivir es valioso y posible, porque no aceptamos la imagen de un sujeto feliz sin sentir que se trata de un egoísta o un imbécil y, en cambio, el sufriente, el caído, el decepcionado, nos parece una persona superior, meritoria. Por creerlo, producimos desgracia.
No basta con mostrarse preocupados, no sirve, tras nuestra preocupación aparente se lee entre líneas la satisfacción del fracaso, un cierto ardor de rara felicidad causada por todo lo que sale mal. Vivimos en el dominio de una fe invertida: tené confianza, vas a fracasar. No te preocupes, todo va a salir mal. El único desenlace que nos convence, la verdad última de todas las cosas, es para nosotros la frustración, la caída. Estamos hechizados por un destino triste. Fracasar nos resulta tranquilizador, significa darles la razón a los mayores, a los medios de comunicación, al sentido común, a los “inteligentes” (que saben decir de mil maneras sutiles cómo no va a andar nada de lo que se intente, pero no saben jamás decir cómo lograr algo valioso). Fracasar es adherir a una verdad trascendental que queremos más en la medida en que más nos haga sentir su rigor espantoso. Somos un país sadomasoquista, que goza sufriendo, que se realiza no pudiendo, y esto no es una operación del “poder”. El mismo “poder” es una construcción nuestra, en gran parte imaginaria, con la que nos gusta justificar nuestra dudosa impotencia, la cómoda pasividad de los que se creen gloriosos y buenos por el mero hecho de ser débiles y no querer dejar de serlo.
Si queremos pensar y entender y si queremos, mejor aun, revertir esta costumbre que nos arrastra al fondo del río de la vida, tenemos que invertir las ecuaciones que damos generalmente por ciertas. No es que estemos mal porque el país no funciona, es que el país no funciona porque estamos mal. No es que seamos escépticos porque la realidad nacional es muy difícil, es que la realidad nacional es muy difícil porque somos activos militantes del escepticismo, enamorados del fracaso. No es que estemos angustiados porque hay crisis, es que de tanto estar angustiados, de tanto apostar a la angustia como verdad de la vida, sólo sabemos engendrar crisis. No es cierto que la Argentina no produzca nada: producimos crisis y desastres. Y lo peor: parece que nos gusta, que nos gusta más que cualquier cosa, ya que no dejamos de hacerlo, ni queremos creer siquiera que para nosotros es posible vivir de otra manera.
No pensamos para inventar salidas, ni para entender. La angustia que simula pensar en nosotros busca escarbar más profundamente en el pozo para lograr un vacío que nos genere un vértigo mayor. Una falsa noción de inteligencia nos paraliza: guiados por el temor o por quién sabe qué perversión humana usamos a la conciencia para promover reparos, temores, objeciones, quejas, decepciones, análisis tremendistas que siempre tienen una razón aterradora para lograr un shock de angustia. Todas cosas que nos dan apariencia de personas nobles y preocupadas, pero que no logran nada más que redoblar la crisis. No sabríamos qué hacer con un país que mejorara, con un gobierno que pudiera algo, con una perspectiva de avance: por eso nos cuesta tanto lograrlo. Construimos imaginariamente y de manera constante el mal frente al que después nos gusta resignarnos. No estamos dispuestos a lograr ningún éxito en nuestra vida social que nos distraiga del gran fracaso que cocinamos con devoción diariamente. La crisis es nuestra religión, nuestro club, nuestro vicio.
Tal vez no sea así, o al menos no del todo. Esta visión invertida, sin embargo, expone algunas verdades que a nuestro sensato pensamiento habitual se le escapan. Es evidente que nuestra lucidez y nuestra inteligencia tienen que ser reconsideradas, ya que no tienen demasiados logros que exhibir. A no ser que nuestro paradójico logro sea la crisis. ¿Será?
2. Hay que pensar de nuevo
También el pensamiento está en un corralito. Sus barrotes son: miedo, angustia, pasividad, reproche, visión miserable de la vida, idealismo alucinado y debilidad. Es un corralito peligroso, porque pasa inadvertido. Creemos estar pensando, entendiendo, viendo los problemas a la cara, sin realmente hacerlo. La crisis hace evidente que algo se nos escapa, que nuestro pensamiento, tanto como nuestra acción, no logra dar con una versión suficiente del país, con una que sea productiva y nos permita proyectarnos en una sociedad con vida, deseo y futuro. Hay que pensar de nuevo, salir del corralito mental, volver a mirar, hacerlo con otras ideas. Es probable que tengamos una noción muy desenfocada de qué es la vida, de qué cosas son posibles y cuáles no, de cuáles son las formas en las que se construye una realidad deseada. Las realidades se construyen, no vienen dadas. Una comunidad que no logra ser productora de su plenitud termina en cambio produciendo su fracaso.
La visión que expongo –la que supone que este desastre es nuestra producción y no algo que se nos haya venido encima accidentalmente, pese a nosotros– sugiere una causalidad rara, que a primera vista parece imposible. ¿Acaso quien perdió su trabajo lo hizo porque prefería pasar hambre? Hay muchos casos en los que no es posible señalar la forma en la que una persona produce su infelicidad, y resulta obvio que las circunstancias la colocan en una situación muy difícil de remontar. No se trata de culpar al que no pudo hacer otra cosa, no se trata de culpar a nadie. El mismo proceso de culpar, que cultivamos con ardor, es un uso mal encaminado de nuestra fuerza. Alivia, pero no ayuda. Más importante es en cambio pensar, averiguar, comprender, de qué manera incluso el que se cree al margen de esta producción nacional de crisis, incluso el que más la padece, hizo su aporte en ella. Es el único camino para que podamos desmontar esos mecanismos y hacer otra cosa.
No es tan raro pensar que una crisis sea secreta o inconscientemente deseada. A nivel individual la idea resulta más familiar. Eso es la neurosis, y el psicoanálisis nos enseñó a entenderla: cómo puede uno estar generando justamente lo que no quiere, su situación más temida. El problema es que nuestra crisis es la producción colectiva de una comunidad. El nosotros que es difícil de aceptar o de entender, el que parece inadecuado en las formulaciones que planteo, es el sujeto plural que es necesario convocar, el que debe recrearse y ponerse en juego si queremos lograr otra cosa. Ese “nosotros” es la patria, el país, la nación. ¿Acaso queremos todos lo mismo, participamos todos de igual manera de esta creación de desastres? No, pero sale de nosotros un promedio de acción, en el que se suman las actitudes y producen un sentido. Este nosotros puede resultar extraño pero es inevitable, porque es el que nos va a permitir elaborar una acción comunitaria que tienda hacia el futuro. Puede sonar ingenuo, como ingenua suena a nuestros oídos la forma en la que comunidades nacionales de otros países quieren y sostienen su propio país. No tenemos que confiar más en nuestra forma de entender quiénes son ingenuos y quiénes no, es más que evidente que nuestra comprensión no sirve, que nuestros sentimientos y nuestro ánimo tienen estilos y vicios de los que hay que desprenderse.
¿Puede observarse la crisis como un movimiento del ánimo y captar de esa forma alguna variable fundamental en la producción de crisis que nos preocupa? Lo más sensato sería decir que la crisis es una cosa y el ánimo es otra, que el ánimo es una consecuencia de los hechos vividos. Pero tal vez la construcción de la crisis tenga un componente anímico y algo de nuestra variabilidad emocional, de nuestro cotidiano estar bien o estar mal, contentos o angustiados, tenga una incidencia importante.
Dicho todo esto, ¿por qué utilizar la filosofía, qué necesidad hay de ir tan lejos, para qué llenarse de citas y de nombres? La filosofía es reconocida socialmente como una actividad meritoria aunque no sea muy claro cuál es su aporte. Olvidémonos por un momento de la filosofía y quedémonos con la más modesta noción de “pensamiento”. ¿Cómo tendría que ser un pensamiento para resultar interesante, valioso, fértil? ¿Cómo sería un pensamiento que tuviera algo que decir en este momento nuestro, algo que nos ayudara a salir adelante? Tendría que ser capaz de una gran libertad, tendría que poder tratar con los temas y las ideas sin estar atado a las convenciones que nos duermen, ser capaz de reinvención, tendría que poder encarnar la mirada del que descubre el mundo como si lo viera por vez primera y alimentar una curiosidad natural que nos despierte. Tendría que ser capaz de ver belleza donde la encuentre, tendría que poder utilizar las palabras para generar visiones además de conceptos. Tendría que utilizar a favor de su plan toda la arbitrariedad disponible, entender que la asociación libre es un método de conocimiento del mundo, un método científico de investigación y producción de realidad aun no del todo comprendido y aceptado. Tendría que ser un basquetbolista de la idea, sentir el impulso de tirar al aro del diálogo sus ocurrencias, a ver si anota o no, corriendo el riesgo de fallar, probando. Y tendría sobre todo que distanciarse del sentido común, entendiendo que la forma promedio de comprensión de las cosas está legítimamente bajo sospecha, sobre todo en medio de esta catástrofe alimentada colectivamente.
Este pensador es el filósofo. La tradición, los grandes términos, que creíamos caracterizaban a la actividad filosófica, estaban de más. Lo que queda, lo que vale, lo que puede significar hacer filosofía hoy en día tiene que ver con la producción de esta riqueza de pensamiento. Una Facultad de filosofía debería ser un Centro Creativo de Pensamiento, no un Programa de Estudios Repetitivos. Más atrevimiento que seriedad, más realidad que historia, más pensamiento inquieto que estudio minucioso y encerrado.
El sentido de esta defensa de una mayor libertad de pensamiento parte del hecho de que nuestra situación no se explica satisfactoriamente con categorías económicas, ni con una observación política, ni con un relevamiento sociológico. Ésta es una de las consecuencias o regalos de la crisis, la necesidad de una osadía en el manejo de las ideas. Es nuestro deber, si no somos capaces es por causa de nuestras características, y no por la cultura de la globalización. La crisis puede permitirnos, si queremos, terminar con un estilo intelectual en el cual encallan tantos pensamientos, ese narcisismo crítico melodramático que se acompaña siempre de un severo ceño fruncido y de la complacencia en la falta de horizontes. El intelectual progresista, cada vez que se acerca a un fenómeno real, lo observa con una expresión de profundo desencanto, confundiendo su visión cerrada con inteligencia, haciendo gala de una desconfianza que le hace rechazar el mundo en vez de intentar comprenderlo y actuar en él.
Dar lugar a un pensamiento capaz de libertad y ganas de vivir nos lleva a la necesidad de hablar de creatividad. Es ya un lugar común en el constante debate social la idea de que son necesarias ideas nuevas, pero en lo concreto de los hechos la resistencia a pensar las cosas de una forma distinta a como son pensadas habitualmente es enorme. Hay una contradicción llamativa: por un lado se señala la importancia de la creatividad, se llega a ella como el paso faltante, pero al mismo tiempo el vicio de ejercer una y otra vez los mismos trucos de pensamiento deja sin efecto la apelación anterior y paraliza toda voz nueva, como si en realidad el “truco de la creatividad” tuviera que permanecer como una declaración vacía y no fuera más que eso, un truco, la forma de poder seguir decepcionado sin intentar nada que pudiera permitirnos salir de la decepción.
Si intentamos comprender qué hay dentro de la idea de creatividad vemos que ella pide de nosotros algo más que conocimiento. Ella introduce la pregunta: ¿cómo se hace, qué hago, a través de qué recurso o experiencia logro lo que quiero, intervengo en la realidad de manera favorable? Podríamos formular así la pregunta que la creatividad siempre expresa: ¿de qué forma puedo/ podemos vivir de la manera más plena y placentera posible? La creatividad quiere algo e interviene en la realidad tratando de producirlo, pide que seamos capaces de inventar, de dar forma, de ser plenamente activos. A veces la filosofía se pone política y roza ese tipo de planteos, es cierto, pero queda siempre al margen, tal vez porque su efecto de saber se produce más fácilmente en una realidad quieta que en un movimiento en el cual el pensador tiene que ser además protagonista o personaje activo. La filosofía puede a lo sumo enunciar la necesidad del paso a la acción, pero no darlo. La creatividad es en cambio la vía por la cual el pensamiento logra trabajar con las formas concretas del mundo, desarrollar los proyectos, seguir el impulso del deseo. Poner a la filosofía frente a la creatividad es ponerla en un compromiso, como poner a una persona tímida en medio de una fiesta llena de gente alegre. Ponemos a la filosofía en la exigencia de la creatividad y planteamos así la necesidad de hacer surgir ideas nuevas y útiles, de despertar las fuerzas dormidas.
¿Por qué están dormidas las fuerzas? El plan del conocimiento es el de captar cómo es el mundo. No es poca cosa, pero es todavía el nivel del análisis. ¿Cómo es la crisis? ¿Qué provocó la crisis? ¿De dónde viene? ¿Cómo se manifiesta el deterioro, hasta dónde llega? La creatividad es otra cosa. De Bono, pensador inglés que es una de las figuras principales del campo de estudio y trabajo llamado creatividad, lo explica así: la creatividad supera el nivel del análisis llevándonos al del diseño. ¿Cómo salimos?, ¿qué hacemos?, ¿qué podemos inventar? No tenemos formación en creatividad. Como disciplina, como campo de estudio, como preocupación intelectual explícita, como intención asumida y afirmada, la creatividad nos resulta desconocida. Filosofía y creatividad son recursos para adoptar una actitud que sea capaz del doble trabajo de ver la crisis a la cara y revelar una fuerza disponible con la cual lograr romper su juego, que es el de creer que la catástrofe es nuestra verdad terminal.
Deben surgir ideas para despertar las fuerzas dormidas, para aprender a pensar de otra manera, para pensar a favor de los proyectos y de un nuevo estilo de vida, para aceptar el mundo y trabajar en él, para ser más osados, más poderosos, más felices, para aprender a ver las cosas como realmente son y hacer algo con ellas. Hay que desarmar el dispositivo automatizado con el cual sentimos desesperanza y fracaso. Hay que lograr una visión del mundo que ayude a la construcción de otro país, de un país que ya aparece en muchas experiencias pero necesita ser fortalecido. Y recordar que pensar sirve para eso. Que no necesariamente la hora de la acción está peleada con la hora del pensamiento. Ambas horas son la misma.
3. Nietzsche o la realidad del poder
¿Para qué Nietzsche? Para poner de relieve el poder como aspecto fundamental de la realidad, para aprender a pensar el entramado social de forma más realista y para concebir uno de los ejes básicos del trabajo de reconstrucción del país: la creación de fuerzas eficaces.
Una de las ideas fundamentales del pensamiento de Nietzsche es la que él llamó voluntad de poder. Para explicarla se basa en su oposición a una versión del sentido de la vida mantenida en su momento por un grupo de biólogos ingleses, según la cual todo lo que vive tiende a sobrevivir, a perseverar en su ser, a durar, a mantenerse. Nietzsche niega este sentido y propone: “Todo lo que vive tiende a dominar, a crecer en poder, todo lo que vive tiende a reinar”. Es a ese principio fundamental de lo vivo a lo que Nietzsche llama voluntad de poder, y sobre el que apoya su concepción de la vida. No sólo actúa éste como principio ordenador de la vida animal o vegetal, de la generalidad de la naturaleza, también lo es de la sociedad humana e incluso de la organización de un cuerpo. El personaje fundamental de la realidad, la unidad mínima, es la fuerza. Todo lo que vive quiere más, cada uno de nosotros, cada fuerza en nosotros mismos, lo que quiere es dominar a las demás, someterlas, avanzar sobre ellas. Esto choca de manera directa con la idea de un equilibrio armónico de la vida (si hay equilibrio es uno logrado en medio de esta lucha) y con la idea de la bondad ligada a la abstención del ejercicio de la voluntad de poder (en el mundo de Nietzsche ni aun los más débiles logran abstenerse de querer reinar, a su modo).
En un parágrafo fundamental, el 259 de Más allá del bien y del mal, Nietzsche desarrolla esta visión con formulaciones muy claras. Dice, por ejemplo: “La vida misma es esencialmente apropiación, ofensa, avasallamiento de lo que es extraño y más débil, opresión, dureza, imposición de formas propias, anexión y al menos en el caso más suave, explotación. ¿Mas para qué emplear siempre esas palabras precisamente, a las cuales se les ha impuesto desde antiguo una intención calumniosa?” Es decir, la serie de palabras con las que este principio fundamental de la voluntad de poder suele ser descripto, dice Nietzsche, arrastra un sentido negativo. Si fuéramos capaces de pensar con mayor pureza, si fuéramos capaces de ver objetivamente este movimiento de poder y de captarlo sencillamente como el movimiento inevitable de la realidad que es, tal vez podríamos comprenderlo de otra manera y las palabras que lo describen en clave “calumniosa” podrían ser reemplazadas por otras más imparciales y descriptivas. Y continúa: “Un cuerpo vivo y no uno moribundo tendrá que ser la encarnada voluntad de poder, querrá crecer, extenderse, atraer a sí, obtener preponderancia, no partiendo de una moralidad o inmoralidad cualquiera, sino porque vive, y porque la vida es cabalmente voluntad de poder”. La aclaración de que este comportamiento no está basado en una concepción moral tiene el sentido de mostrarnos que en la voluntad de poder se trata de un comportamiento inevitable e inocente de las fuerzas y no de algún tipo de creencia u opinión sobre la realidad. Esta descripción es mero relevamiento de hechos y no encierra propuesta o valoración alguna. Sigue diciendo: “En ningún otro punto se resiste más que aquí a ser enseñada la conciencia común de los europeos: hoy se fantasea en todas partes, incluso bajo disfraces científicos, con estados venideros de la sociedad en los cuales el carácter explotador desaparecerá: a mis oídos esto suena como si alguien prometiese una vida que se abstuviese de todas las funciones orgánicas. La ‘explotación’ no forma parte de una sociedad corrompida o imperfecta y primitiva: forma parte de la esencia de lo vivo, como función orgánica fundamental, es una consecuencia de la auténtica voluntad de poder, la cual es cabalmente la voluntad propia de la vida”. Y termina diciendo: “Suponiendo que como teoría esto sea una innovación, como realidad es el hecho primordial de toda historia: ¡seamos, pues, honestos con nosotros hasta este punto!” Tal vez él ha sido el primero en expresarlo, nos dice Nietzsche, tal vez resulta una innovación la posibilidad de pensar esta verdad, pero la realidad siempre se comportó de esta manera, los hechos siempre estuvieron regidos por este principio. Si miramos Animal Planet, History Channel, u otros canales de documentales, no podemos menos de aceptar que asistimos al espectáculo de la vida tal como Nietzsche lo describe. Y también vale para nuestra capacidad de comprensión lo que
Nietzsche señala al aludir a la resistencia que la conciencia común siente a aceptar esta verdad. También nosotros vivimos en la creencia de que lo más positivo es querer superar este estado de cosas y decimos como el personaje del texto de Nietzsche que va a llegar un día en que la explotación desaparecerá, como si pudiera suceder lo que en realidad es evidente que no puede. Vivimos en una incomprensión de estos hechos fundamentales y a partir de ella se produce una serie de consecuencias bastante evidentes, entre las que cabe contar una imagen negativa del poder. Bajo la influencia de ésta no somos capaces de intervenir de manera eficaz en la lucha de fuerzas que el mundo es y no puede dejar de ser, al punto de creer que todo aquel que intenta intervenir en el juego político manifiesta una ilegítima tendencia a querer el poder. Muchos de nuestros líderes consideran más adecuada la renuncia indignada que la batalla y sus logros posibles, produciendo el mismo equívoco absurdo por el cual podemos creer que votar en blanco es una demostración de fuerza o una acción eficaz, cuando no es ninguna de ambas cosas. Esta imagen negativa del poder no nos permite construir el poder que necesitamos para intervenir en la realidad como queremos.
Según Nietzsche, para decirlo brevemente, la raíz de este desconocimiento del principio fundamental de la realidad –al que llama idealización– está en la debilidad, caracterizada como la imposibilidad de ver las cosas como son. No queremos aceptar que la naturaleza que nos atraviesa y de la que formamos parte como cualquier otro animal hace que la lucha de fuerzas sea inevitable. La fuerza individual, la fuerza de un pensamiento o una sensibilidad, se manifiesta en la capacidad de reconocer la realidad. Una religión débil, como lo es para Nietzsche la religión cristiana, no acepta la existencia de la muerte y su realidad, el final de la vida, necesita inventar que hay otra vida tras ésta. No puede ver la realidad, no la soporta. Posiciones más fuertes, como la del conocimiento científico, aceptan los contornos de la materialidad y saben que tras la muerte el individuo desaparece. No lo hace negando la virulencia del fenómeno, sino, por lo contrario, aceptándola. La muerte es un fenómeno terrible, pero real. Es la debilidad la que marca la imposibilidad de reconocer la realidad y nos lleva a la idealización, en la que imaginamos imposibles y nos creemos buenos por ello.
Este principio de la fuerza también le sirve a Nietzsche para explicar el desarrollo individual. En un capítulo de Zaratustra que se llama “Del camino del creador” nos dice: “¿Tú quieres recorrer el camino de tu tribulación, que es el camino hacia ti mismo? Muéstrame entonces tu derecho y tu fuerza para hacerlo”. El camino de la tribulación es la figura con la que se alude al camino de hacerse a sí mismo. Tribulación es una serie de problemas y la propia tribulación es la serie de problemas necesaria e inevitable que hay en la puesta en juego del propio deseo. No es que uno tenga entonces problemas porque es un idiota o un incapaz, uno tiene problemas porque se está construyendo. No es que nosotros en la Argentina tengamos problemas porque seamos especiales, como si en todas las otras partes del mundo no los hubiera y nosotros fuéramos especialmente incapaces. No. El proceso de vivir es el camino de la tribulación, es el camino de tener problemas. Este camino requiere fuerza, sólo puede ser transitado por el que acepta dar las sucesivas batallas que implica. Quien adopta o padece una posición débil, no puede transitarlo. Si el poder es considerado negativo, si la autoafirmación suena a uso indebido de la fuerza, estamos presos de una moral contraria a la vida. Padecemos de esa forma valores al servicio del “no poder”, y nuestro compromiso vital queda fijado como un compromiso con la debilidad.
Nietzsche se basa también en su idea de la fuerza para explicar la aparición del sentido. En la frase siguiente a la ya citada, en el texto “Del camino del creador”, escribe: “¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho, un primer movimiento, una rueda que se mueve por sí misma? ¿Puedes forzar incluso las estrellas a que giren a tu alrededor?” ¿A qué alude esta imagen de las estrellas girando alrededor de un sujeto? La idea implícita es que el centro del cual depende el sentido de la totalidad es la experiencia de vivir. Es decir, el sentido no está dado por la existencia objetiva, externa, sino que depende de una sensibilidad particular que se vuelve capaz de afirmarse y al hacerlo pone al mundo en torno de su sentido. Para aquel que es capaz de afirmar su experiencia de vivir ésta va a ser una fuente de sentido que va a animar el universo, su existencia total. Es la manifestación de la fuerza personal que recorre el camino de la tribulación la que logra armar un sentido para la vida.
Este mismo principio de la fuerza le sirve también a Nietzsche para explicar su idea de la libertad: “¿Libre te llamas a ti mismo? Quiero oír tu pensamiento dominante y no que has escapado de un yugo. ¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zaratustra! Tus ojos deben anunciarme con claridad, ¿libre para qué?” ¿Qué pensamiento dominante?, ¿escapar de un yugo? Escapar de un yugo es la libertad que concibe la izquierda, por decirlo así, en donde todo el énfasis está puesto en el peso del poder que domina. O la que cultiva la filosofía heavy metal, que produce –como suele decirse– música para hacer enojar a papá y mamá. Según estas visiones es libre quien no está ya bajo el yugo de una voluntad que lo oprime. Nietzsche describe este planteo como la caracterización de un primer momento de la libertad y señala un segundo momento, en el que la libertad implica la posibilidad de hacer uso de un espacio nuevo. Ésa es la diferencia entre ser libre de algo, o ser libre para algo. En ese espacio ganado debe aparecer un proyecto, manifestarse la propia voluntad y operar creativamente. Esta posibilidad de acceder a la libertad, sea del primer tipo, relativa, o del segundo, completa, también depende de la fuerza. El grado de fuerza determinará que una comunidad o un sujeto sean capaces de lo primero o lo segundo. La dimensión de la fuerza es nuevamente la noción clave que permite establecer la diferencia entre posiciones más valiosas que otras.
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