Buch lesen: "Bajo el cielo de noviembre"

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BAJO EL CIELO

DE NOVIEMBRE


BAJO EL CIELO DE NOVIEMBRE

© Zaira J. Gullón

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico de La Calle

Iª edición

© Editorial La Calle, 2022.

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artística o científica.

ISBN: 978-84-16164-79-0

ZAIRA J. GULLÓN


BAJO EL CIELO

DE NOVIEMBRE


Editorial La Calle

ANTEQUERA 2022

Entre las cosas hay una de la que no se arrepiente

nadie en la tierra. Esa cosa es haber sido valiente.

Jorge Luis Borges

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Agradecimientos

Sobre La Autora

PRÓLOGO


Suena la alarma del móvil y pierdo la cuenta de las veces que lo ha hecho. Siempre que me encuentro inmersa en un estado productivo de creatividad hay algo que lo interrumpe y, en este caso, es la quedada de los jueves a las ocho en el Strambotic con mis amigos. Debería saltármela y continuar escribiendo si quiero finalizar la novela que empecé hace ya años. Hacer algo bien por una vez en la vida, pero igual… Igual me viene bien una cerveza fresquita y ver la sonrisa de Aura. «¿Qué coño estoy diciendo?», me recrimino ante unos pensamientos que cada vez vienen a mí con más frecuencia.

Desde que Raquel se fue a vivir a Londres hace ya seis meses, dejándome a mí y a nuestra relación en un limbo extraño, los pensamientos acerca de Aura vienen a mi mente en borbotones incontrolables y me dejan contrariada y con una lucha continua que me desgasta por momentos.

«Vale, tienes que olvidarte del tema. No puede ser. Es imposible y lo sabes», me digo a modo de mantra para mantenerme fuerte y no pensar más de la cuenta.

Por fin encuentro el móvil, cojo las llaves y la chaqueta y me dispongo a salir y «¡bingo!». No había otro momento. Tan oportuna como siempre, Raquel, mi actual pareja. La mujer que hace seis meses se fue a Londres a trabajar tras aceptar un papel en una serie de la que ni siquiera me habló hasta que no estaba haciendo las maletas para irse. Con pocas ganas acepto la videollamada. Siento que de alguna forma se lo debo.

—¡Cariño, pero qué guapa estás! ¡Cuánto te he echado de menos!

—¡Hola, preciosa! Si hablamos ayer… —le digo, tratando de sonar lo más convincente posible.

Está guapa, de eso no hay duda, y se la ve feliz, pero lo cierto es que ahora mismo preferiría estar de camino a esa cerveza bien fresquita que me espera con mis amigos. Aun así, me quedo poniendo la mejor de mis sonrisas y haciendo alarde de mis pésimos recursos como actriz para hacer que todo resulte normal. Me siento como una mierda, quiero decirle que esto no es lo que quiero, que me falta algo y que cuando las cosas hay que forzarlas es un claro síntoma de que algo no anda bien. Creo que ambas lo sabemos y, aun así, por alguna razón, nos conformamos. Pero soy cobarde y me quedo, le sonrío y finjo que todo está de puta madre. Ella sonríe, se la ve feliz y yo vivo sumida en este estado de conformidad que cada día me asfixia más. Han pasado seis meses desde que se fue, desde que me mintió, o como prefiere decir ella, me evitó información para no tomar decisiones equivocadas basadas en mi opinión. Yo lo llamo ser egoísta. Sin más. Dijo que sería algo pasajero, que sería un par de meses los que estaría fuera y ya va camino de los seis y sumando. En el fondo creo que no me importa. Creo que la distancia puede ser una fiel aliada para terminar dejando esta relación que hace tiempo dejó de tener sentido.

«¿Cómo demonios he dejado que la situación llegue hasta este punto?».

Veo cómo sus labios se mueven mientras me está contando algo acerca de sus compañeros y los proyectos que lleva entre manos. Muy lejos de todo, me encuentro pensando que no puedo culparla, en el fondo sé que la responsable soy yo.

«¿En qué momento decidí conformarme?».

—Y entonces, ¿qué opinas, cariño? —Su voz me llega como un eco lejano.

—¡Genial, sí! Me alegro mucho por ti —le digo con la esperanza de que mi respuesta pueda encajar en algo de todo lo que me ha contado, aunque por su cara de pocos amigos sé que se ha dado cuenta de que no le he estado prestando atención.

Lo cierto es que no tengo ni idea de cómo he llegado a este punto. Igual tiene razón Salva y tengo alguna que otra tara emocional que es imposible solucionar. Aunque siendo honesta, creo que mi problema tiene mucho más que ver con el miedo a asumir riesgos y tomar las cosas que quiero de verdad, al menos, es lo que mi terapeuta Rosa dice, cosa que me alivia en cierto modo ya que, según ella, no soy un caso perdido como en el fondo me siento.

—Mira Laia, creo que no te pido mucho cuando solo pretendo que me prestes atención veinte minutos al día, que es lo que tenemos para vernos.

«Vale, ¿de dónde ha venido eso?», me digo a mí misma.

—Tienes razón. No me pides mucho, aunque menos te pedí yo cuando te supliqué que, por favor, fueras sincera y no me mintieses. Quizás, si hubieses tenido el pequeño detalle de decirme que te ibas a trabajar a Londres, no tendríamos ahora este problema de tener solo veinte minutos al día cuando tú decides para poder hablar.

Para colmo, por si fuera poca la tensión ya del momento, Salva no para de enviarme WhatsApp preguntándome que dónde narices estoy. ¿No entiende que si no contesto es porque no puedo? A veces este hombre tiene la sensibilidad en el culo.

—¡Eres una puta egoísta! —me suelta Raquel, llena de rabia.

«Hasta aquí hemos llegado».

El poco autocontrol que me quedaba se va a la mierda con este ataque.

—¿Que yo soy una egoísta? —exploto—. Aquí la única que mira su puto ombligo sin importar las consecuencias eres tú. Todo tiene que girar en torno a lo que tú quieres. Todo tiene que hacerse como tú quieres y siempre hay que entenderte porque tus razones son las únicas válidas. Te pedí una cosa, una sola cosa, Raquel —cojo aire—: que no me mintieses. Y aun así, y pese a todo, decido quedarme cuando lo que tendría que haber hecho es irme hace tiempo —le suelto del tirón cortando la llamada.

Noto que la rabia me está consumiendo por dentro y va ganando un terreno que no le quiero permitir.

«Vale, ¿qué te diría Rosa en este momento?», me digo tratando de imaginar la cara de mi terapeuta. «Muy bien. Cierra los ojos y respira. Cuenta hasta diez y déjalo salir. Con cada inspiración, deshazte de esa rabia que te atormenta».

El dichoso ejercicio me ha servido en más de una ocasión para no terminar en serios problemas. Sigo contando, y es la cara de Aura la que se aparece dejándome estática y con frustración acumulada. Llego al diez, el número mágico de respiraciones para no terminar mareada y salgo por la puerta.

«Necesito ver a Aura», digo en alto mientras cruzo el portal y Manuel, el vecino del quinto, me mira con cara de no entender nada. Me declaro oficialmente una adicta a su sonrisa. ¡Qué coño, a toda ella! La claridad de esta necesidad y, sobre todo, el hecho de asumir esta verdad absoluta, me deja atontada como cuando estás en la playa tranquilamente tumbada y una pelota te golpea en toda la cara, así me siento ahora mismo.

Sin saber de dónde ha venido el golpe. Me quedo justo en la esquina del Strambotic parada sin saber qué hacer. Empiezo a sudar y los nervios se apoderan de mi estómago. «¿Cuándo ha sido la última vez que he comido?». Seguro que tiene algo que ver con esto que siento. Sabiendo que me estoy mintiendo como una bellaca, decido utilizar una de mis muchas capas y dejar tanta introspección para otro momento.

1


Me adentro en el Strambotic hecha un manojo de nervios bien disimulados. Me dirijo a la barra a saludar a Lola, la dueña del bar. Desde que descubrimos este rincón bohemio, han sido infinitas las horas que hemos pasado entre conciertos y noches de micro abierto tratando de arreglar el mundo.

—¿Lo de siempre, niña? —me dice mientras hace malabares sosteniendo varias copas.

—Qué bien me conoces. —Le guiño el ojo mientras me dirijo a nuestro sitio habitual.

Salva y Laura miran en mi dirección mientras continúan con su conversación. Mi amigo es el primero en dirigirse a mí con una mirada que no termino de entender.

—¡Ey, tú! ¿Todo bien?

—Sí, claro. Todo en su sitio. ¿No lo ves? —Me señalo provocativa mientras doy un fuerte abrazo a Laura.

—¿Y Aura? —pregunto con la esperanza de que esté en el baño y vaya a aparecer en cualquier momento.

—¿No lo sabes? —Me mira con extrañeza—. Resulta que Raúl la llamó en el último minuto para darle una sorpresa de una escapada de fin de semana en la sierra y obviamente aceptó, como bien podrás comprobar —dice con un tono de condescendencia que hace que quiera lanzarle la cerveza que me acaba de traer Lola a la cara.

—Ya veo. Pensé que era importante que hoy precisamente nos reuniésemos todos. Si no recuerdo mal, tenías algo muy importante que decir que no podía esperar —le digo más brusca de lo que pretendía.

—¿Todo bien, Laia? —me vuelve a preguntar Salva.

Le miro. Y por la forma en que lo hago, sabe que es hora de despertar y dejar de seguir preguntando si todo va bien como si fuera un disco rayado.

—Todo en su sitio, Salva. —Apuro de un trago la cerveza en un intento de ahogar mi mala leche.

—Y bien, ¿a qué se debía tanta prisa e insistencia con la reunión de hoy, Laura? —Trato de reconducir la situación a un tema más seguro.

—¡Saludad a la nueva CEO de Bemol Construcciones! —nos dice a voz en grito, lanzando por los aires parte de su cerveza.

Salva y yo nos quedamos pegados al asiento ante la sorpresa hasta que nos lanzamos a ella llenándola de abrazos y besos como si la vida nos fuera en ello.

—¡Esa es mi chica! —grita Salva mientras la abraza como un oso que envuelve a su presa entre sus garras.

—Te juro que es la mejor noticia que he tenido en el día. Sin duda alguna, merecías este puesto más que nadie. —Trato de arrancar a Salva con bastante esfuerzo de sus brazos.

—Gracias por estar aquí, chicos. Por estar siempre. No se me ocurriría mejor celebración que con vosotros. Aunque nos falte Aura —Esperemos que todo sea por una buena causa—, por nosotros, por nuestra familia —dice Laura con una felicidad contagiosa—. Espero que no tengáis planeado nada para esta noche, porque pretendo quemar Madrid. —Apura lo último que le queda en el vaso, dirigiéndose hacia la salida.

Paramos un taxi poniendo dirección rumbo a Chueca. Sin local decidido, comenzamos nuestra habitual peregrinación por los locales de la zona. Va a ser una larga noche, quiere darlo todo y se le nota. La veo feliz como hace tiempo que no estaba y me alegro. Ha estado sometida a demasiado estrés en estos últimos meses tratando de ganarse el respeto del estirado de su padre. Me alegra que por fin se haya dado cuenta del regalo que tiene por hija. Verla tan feliz hoy me hace un poquito menos miserable. Primero, la discusión con Raquel y la absurda relación sin sentido en la que me encuentro; y segundo, la dichosa escapada romántica.

«¿Por qué siempre soy la última en enterarme de las cosas?».

—¿Bajas o pretendes quedarte toda la noche con el señor dando vueltas? —me dice Laura con esos ojos achinados que se le ponen cada vez que bebe más de la cuenta.

Salgo aturdida del taxi y me siento fuera de lugar. «¿Cómo hemos llegado tan rápido?». Me dirijo como un autómata hacia el interior del primer garito. El volumen de la música y la gran cantidad de gente que hay me agobia por un momento. Además, entre tanta multitud, me resulta bastante complicado encontrar a estos dos. «¿Dónde narices se han metido?». Por fin los veo al fondo del local con chupitos de dios sabe qué en las manos, bailando al ritmo de un reggaeton y no precisamente lento. Me declaro una persona agnóstica, pero si existe algo en la vida que pueda ayudarme a aguantar este nivel de música, lo agradeceré y compensaré eternamente. Restando los minutos que puedan quedar de estar en este sitio, me dirijo a la barra con la intención de hacer más llevadero el estado de miseria en el que me encuentro, así que decido empezar fuerte. Un par de chupitos de Jägger marcan el pistoletazo de salida de la noche. Estoy convencida de que Rosa, mi terapeuta, desaprobaría esta alternativa que decido utilizar como vía de escape. Decido sacar a mi terapeuta de mi regañina mental y termino con el primer Jägger sintiendo cómo deja un rastro de fuego a medida que va bajando por mi esófago.

—¡Que comience la noche!

***

Sorprendentemente las horas transcurren más rápido de lo que me imaginaba. El periplo por todos y cada uno de los bares de Chueca termina animándome. Hacía demasiado tiempo que no salíamos sin aparentemente preocupaciones encima. Estar con ellos siempre me llena de energía aunque no puedo evitar sentirme triste porque falta Aura y esto, aunque finja, no es lo mismo sin ella. La euforia inicial que otorga el alcohol termina por dar paso a una tremenda frustración, al pensar en por qué narices continúo manteniendo una relación que ya no me hace feliz y por qué no puedo sacar a Aura de mi cabeza cuando siempre me ha resultado relativamente fácil.

Beberme hasta el agua de los floreros no está teniendo el resultado que esperaba.

***

Laura borracha es un espectáculo digno de ver. No sé en qué momento ha sucedido, pero sin ser consciente de ello, veo que está en medio de un círculo, rodeada por un grupo de personas que la jalean mientras baila sin ninguna clase de vergüenza ni control. No tengo claro si Salva está tratando de ligar o disculpándose por alguna de sus meteduras de pata, teniendo en cuenta la cara de la pobre chica que no sabe dónde meterse; y yo, como buena mujer de barra que soy, observo apoyada con una Mahou en la mano el espectáculo ante mis ojos. Disfruto del panorama mientras veo cómo una rubia de las que hay en el grupo se acerca hasta mi lado.

—¿Disfrutando del espectáculo? —me dice en tono juguetón.

—¿Perdona?

—La chica. Te la estás comiendo con los ojos. ¿Ya le has entrado? ¿O estáis juntas? —Sus gruesos labios me resultan tentadores en la corta distancia que nos separa.

Si mis intuiciones no están demasiado equivocadas, creo que la pregunta tiene que ver más conmigo que con Laura.

—¿Lo preguntas por algo en especial? —Sonrío divertida—. Si quieres, te la puedo presentar.

—Estaría más interesada si te presentas tú. Soy Elena, por cierto —me dice sonriendo.

—Laia. —Le doy dos castos besos—. ¿Te apetece una cerveza?

—Me apeteces más tú —afirma, directa al grano, mientras avanza un poco más hacia mí.

—Vaya, no te andas con rodeos, ¿eh? —Le sonrío mientras detengo su avance—. Mentiría si te dijese que no me apeteces, pero, estoy en una relación, o algo así. Es complicado. —Sonrío ante la grandilocuencia de mis palabras.

—Una lástima, desde luego. —Se lleva la mano dramáticamente al corazón en un gesto que consigue arrancarme una sonrisa—. En ese caso, te acepto esa cerveza que proponías. —Se sitúa a mi lado.

—Así que dime, ¿piensas pasarte toda la noche sin menear ese cuerpazo que tienes? —Me repasa con la mirada de arriba a abajo.

—Exacto. Yo no bailo. Tengo los dos pies izquierdos.

—¡Perfecto! Soy la chica indicada para cambiar eso. —Elena me arrastra hacia la multitud sudorosa que sigue bailando alguna clase de canción latina.

—¡Yo no bailo, soy una fiel mujer de barra! —le digo, gritando como si me estuviesen llevando al matadero.

—Pues entonces, es hora de probar algo distinto. Soy la persona indicada para alejarte del drama. Te prometo que para cuando termine la noche, vas a estar tan sumamente agotada que no te van a quedar fuerzas para seguir lamentándote. —Se aferra fuerte a mi mano arrastrándome entre la gente.

La noche transcurre entre más cervezas de las que puedo recordar, demasiado reggaeton que asimilar y un nuevo grupo de amigos que sabe dios de dónde los ha sacado Laura.

—Déjame tu teléfono, corre —me dice Elena.

—¿Por qué tanta prisa? —Le entrego el teléfono mientras las luces del último local se encienden para dar por finalizada una noche que se me ha terminado haciendo corta.

—Por esto mismo. —Me enseña su nombre grabado en mi agenda—. Para cuando quieras echarte unos bailes. —Continúa con esa sonrisa permanente que parece inagotable.

Salimos del local cual ovejas de un rebaño en busca de nuestros respectivos amigos. Tras unos cuantos codazos y pisotones, logramos salir fuera y encontramos a nuestros respectivos grupos envueltos en una risa floja bastante contagiosa.

—¡Por fin te vemos el pelo, Elenita! Sí que has estado entretenida. ¿Te vienes o te quedas? —le dice un melenudo que supongo que debe de ser de su grupo de amigos.

—Adelantaos que enseguida voy. —Da por finalizada la conversación volviéndose hacia mí.

—¿Sabes que tienes un don innato para el baile, no? —Me mira divertida mientras se muerde el labio.

—Y tú sabes que sé ver cuando alguien me está vacilando, ¿no? Gracias por lo de esta noche. —La abrazo de una forma casi instintiva que se siente realmente bien.

—A ti por dejarte arrastrar al lado oscuro. Has sido toda una sorpresa. Si necesitas salir de tanto drama, solo avísame, ya sabes dónde encontrarme —me dice mientras me besa en la comisura de los labios y me deja parada con una sonrisa de tonta mientras la veo cómo sale detrás de sus amigos.

—¿Terminó su majestad de ser cortejada? ¿O queda alguna dama a la que tengamos que esperar? Yo te juro que no sé cómo lo haces. Debería darte vergüenza —me suelta Salva mientras emprende el camino con falsa indignación.

—¿Se terminó la noche? —les pregunto haciendo pucheros con ganas de alargar más la fiesta.

—¡De eso nada! Yo no me acuesto sin zamparme unos buenos churros con chocolate —suelta Laura mientras reprimo una arcada al pensar en el solo hecho de meterme entre pecho y espalda semejante desayuno.

Sentada en la barra del Strambotic, viendo dar vueltas al chocolate, me encuentro en una nebulosa que se me antoja realmente placentera, tanto es el placer y mi absorción, que no me percato realmente de lo que sucede a mi alrededor.

—¿Todo bien, Laia? —pregunta quien todos ya conocemos por su amplio vocabulario.

—¿En serio, Salva? ¿No tienes más repertorio? —le digo algo molesta por haberme sacado de mi ensueño de chocolate.

—Lo digo en serio, Laia. Sabes que puedes hablar conmigo de todo lo que necesites, de cualquier cosa —me dice con cara de preocupación.

Me abalanzo sobre él rodeándolo en un abrazo capaz de cortar la respiración del más fuerte, como si todas las emociones contenidas de repente saliesen con su ofrecimiento.

—Lo sé. Pero aún no estoy preparada para hablar. — Me limpio una lágrima que desciende errante por mi mejilla.

A veces, las palabras no son necesarias para entenderse. Salva y yo nos miramos. Ambos sabemos que las cosas no están bien, que yo no estoy bien, pero por ahora esto es suficiente y todo lo que necesito. Un abrazo en el momento indicado. Un abrazo que sabe que yo no pediré, pero que él siempre estará dispuesto a dar.

—¿Interrumpo alguna clase de terapia de ensalzamiento de la amistad a la que no he sido invitada? —Aparece Laura con cara de pocos amigos mientras mastica un churro lleno de azúcar.

—No digas tonterías. Sabes que ni aun queriendo podríamos dejarte fuera de absolutamente nada —dice Salva tratando de robarle el churro.

—¿Podemos entonces simplemente ir a desayunar, por favor? —Laura agarra un nuevo plato de churros que no tengo idea dónde lo piensa meter.

—Sintiéndolo mucho, voy a tener que pasar del chocolate. Mi padre me acaba de enviar un WhatsApp lleno de emoticonos que no soy capaz de descifrar. Tantas bombas me perturban. No os peleéis por los churros ni deis un espectáculo como la última vez, por favor. Portaos bien —nos dice Salva mientras nos da sendos besos en la coronilla a modo de despedida.

El silencio que precede a la marcha de Salva es algo que me perturba, teniendo en cuenta que Laura no es capaz de estar callada más de dos minutos seguidos.

—Sabes que te quiero, ¿no? —me suelta a bocajarro, apartando los platos de churros hacia un lado.

—Sí —respondo confundida por este repentino cambio.

—Y sabes que no diría nada para hacerte daño ni que me metería en tu vida así porque sí, aunque siempre termine haciéndolo, ¿no? —me sigue preguntando con especial nerviosismo.

—Sí.

—Vale. Porque no quiero volver a perderte. No quiero que vuelvas a entrar en esa espiral autodestructiva como hace años. Casi te perdemos una vez. Es suficiente — me dice con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué dices eso? Sabes que no tienes de qué preocuparte. Dejé atrás todas esas mierdas. Las superé. Estoy limpia. —Trato de deshacerme del nudo que tengo en la garganta.

—Sé que lo estás, pero ambas sabemos que no estás bien. Puedes mentirte todo lo que quieras. A veces, logras ser una gran actriz, pero no te olvides de que una mirada no miente y de que somos amigas desde que teníamos cinco años. Te conozco mejor de lo que imaginas. A mí no me engañas. —Me mira con cara de sabelotodo—. Voy a respetar tu silencio, o al menos voy a intentarlo si es lo que tú quieres, pero no te olvides de que somos amigas y de que estoy aquí para no dejarte caer. —Coge aire, visiblemente nerviosa—. A veces, la carga se hace menos pesada si es compartida. Solo recuerda eso. —Entrelaza sus manos con las mías.

—Gracias por permanecer a pesar de no ponerlo fácil. —Aprieto sus manos sin necesidad de decir nada más.

Permanecemos ajenas a todo el ajetreo que un viernes a las siete de la mañana tiene el Strambotic; ella disfrutando de sus churros y yo con necesidad de ordenar lo que estoy sintiendo.

€4,49
Altersbeschränkung:
0+
Umfang:
242 S. 5 Illustrationen
ISBN:
9788416164790
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Bookwire
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