Buch lesen: "Desaparecidos y desaparecidas en la Argentina contemporánea"

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Introducción

1. ¿Cuándo desaparece una mujer?

Hermanas

Sustracción

Putas

Trafic

Familia

Baldío

Raje

2. La burocracia que no supo aprender

Desidia

Ceremonia

Fluorescencia

Yema

Orilla

3. Las nuevas imágenes de la guerra

Pozo

Apagón

Paz

Niño

Enemigo

Tatuado

4. Los poderes desaparecedores del presente

Aparición

Agradecimientos

Bibliografía y fuentes

Libros

Artículos, capítulos de libros y ponencias

Informes

Tesis

Documentales

Ximena Tordini

DESAPARECIDOS Y DESAPARECIDAS EN LA ARGENTINA CONTEMPORÁNEA

Quiénes son, qué pasó con ellos y por qué la justicia y el Estado deberían despabilarse


Tordini, Ximena

Desaparecidos y desaparecidas en la Argentina contemporánea / Ximena Tordini.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2021.

Libro digital, EPUB.- (Singular)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-801-110-3

1. Desaparecidos. 2. Ausencia por Desaparición Forzada. 3. Democracia. I. Título.

CDD 323

© 2021, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Diseño de portada: María Cecilia Cabrera y M. R.

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: octubre de 2021

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-110-3

Introducción

Toda la esencia, si se puede usar esa palabra, de un fantasma es que tiene una presencia real y exige lo que le corresponde: tu atención.

Avery F. Gordon, Ghostly Matters. Haunting and the Sociological Imagination, 2008

Una persona desaparece. El tiempo secuencial se desintegra, la cadencia de la espera inicia un ciclo que nadie sabe cuánto durará. Una de las coordenadas que organiza a los grupos humanos se diluye: la respuesta a la pregunta sobre si alguien pertenece al mundo de los vivos o al de los muertos es, ahora, imprecisa.

Las desapariciones masivas recorren la historia: las guerras, los genocidios, la naturaleza provocaron la muerte de millones y, en el acto, les vedaron los rituales comunitarios de despedida. Aun cuando las investigaciones hayan reconstruido muchos de esos acontecimientos –dónde y cómo murieron los navegantes y los soldados, la forma específica de los exterminios, el comportamiento de los tsunamis–, algo permanece desconocido: cómo terminó cada una de esas vidas, dónde se mezcló con la tierra, el agua, el fuego, el aire.

Las desapariciones individuales siempre estuvieron ahí. Sus causas no residen en grandes acontecimientos; de repente, los hilos que forman una vida bordan una ausencia que se percibe inexplicable. Hubo elección, instituciones, costumbre, geopolítica o azar. La existencia de quienes permanecen se trastoca por completo: buscan, investigan, reclaman, aguardan. Algunas de las personas reaparecen, otras no. Algunas eligieron perderse, huir, abandonar, quebrar el pacto de la genealogía a cualquier precio. Otras murieron y nadie las ayudó a encontrarse con los suyos. Unas veces son olvidadas. Otras, se convierten en misterios magnéticos, o en pancartas, en banderas, en íconos, en libros.

En la Argentina, hay desapariciones anteriores a las de los años setenta del siglo XX. Enigmáticas, como la de Marta Stutz, una niña de 9 años que en 1938 salió de su casa para ir a comprar una revista Billiken y nunca regresó, pero todavía retorna en crónicas, obras de teatro y trabajos académicos. Políticas, como las de los anarquistas Joaquín Penina, fusilado y enterrado en una tumba anónima, y Miguel Arcángel Roscigna, Andrés Vázquez Paredes y Fernando Malvicini, fusilados y arrojados al Río de la Plata durante la dictadura de José F. Uriburu, casi como un prólogo a los crímenes que se cometerían cuatro décadas después.

Pero, como sabemos, en nuestro país tenemos un antes y un después. En el tiempo que siguió a la aniquilación estatal de los perseguidos, decir “desaparecido” equivale a evocar un crimen extremo. Durante décadas, una labor minuciosa se propuso sacar a esas personas del mundo de indeterminación al que fueron arrojadas para traerlas a este, donde anotamos a quienes mueren en un formulario, una lápida, un relato familiar, un libro de historia. Sin embargo, hay algo que parece desbordar lo clasificable, permanecer en la atmósfera y resistir la normalización. Lo que queda se nombra con metáforas. Las del cuerpo: heridas, cicatrices, fracturas. Las de lo fantástico: presencias, espectros, fantasmas.

A fines de 2013, un editor me sugirió escribir un libro sobre las desapariciones actuales. En esos años, la ausencia inexplicable e inexplicada de mujeres jóvenes cobraba preeminencia en los asuntos públicos; rodeada de historias atemorizantes, nutría la pantalla televisiva y las flamantes políticas estatales. Empecé por las imágenes de cautiverio que circulaban por todas partes, procesadas por el periodismo policial, que selecciona y organiza las desapariciones; corre tras el enigma y en esa carrera, empujado por la curiosidad de sus adeptos, lo multiplica. Así, cada detalle se transforma en indicio de las fuerzas que nos acechan. Pronto, ese morbo se devora a sí mismo. No queda nada, hasta que la próxima desaparición sea tocada por la vara mágica del interés.

La expresión “desaparecidos de la democracia” se instaló ya desde los primeros años de la posdictadura. Es extraña, muy argentina. Para dejar en claro que no son aquellos desaparecidos, se los marca como propios del régimen político actual. Se intentaba cuantificarlos una y otra vez, se redondean números que resultan mudos a la hora del análisis, se arman listas, se hacen denuncias, se les dedican organismos estatales que redactan nuevas listas, se prometen reformas institucionales. Las cosas serían más fáciles si las desapariciones contemporáneas fueran un fenómeno, un enigma que puede ser develado. O si “la democracia” tuviera el poder explicativo que tiene “la dictadura”: el poder del sujeto causante, el de la intención. Pero no es lo que ocurre.

Este libro cuenta algunas historias de personas que desaparecieron, de otras que, según sabemos, fueron aniquiladas, de algunos misterios, de cómo se construyeron verdades sociales y jurídicas que propongo debatir y cuestionar, de cómo se despliegan los fenómenos que hacen desaparecer a una persona en la Argentina de hoy. A veces habrá responsables, explicaciones, significados. Otras, no, y en cambio habrá preguntas, porque eso que la desaparición instaura –la incertidumbre– persiste.

Me aferré a esa investigación durante años; aunque con el correr del tiempo empecé a pensar que era al revés, que los ausentes me habían capturado. Los algoritmos que gobiernan la parte de la realidad que se nos ilumina aprendieron a mostrarme sus fotos. Algunas evocan las que nos acostumbramos a ver en los recordatorios de aquellos desaparecidos, pero cada vez se les parecen menos: selfies, tomas contrapicadas, imágenes ante el espejo, colores inventados por los filtros de los teléfonos celulares. Todos los días abro Facebook para verlos; es casi lo único que me ofrece esa red. Después de varios años de sostener este hábito, anoté en mi cuaderno que cada mañana acaricio sus rostros con el dedo pulgar de la mano derecha. Algunos están siempre. Una mujer, que supongo de mi edad, busca a su madre desaparecida en Comodoro Rivadavia en 2017. Como tiene muchas fotos y las publica con regularidad, me da la oportunidad de observar a la ausente en la que era su vida cotidiana. Otra mujer, cuya madre tampoco está, administra uno de los grupos de Facebook a los que pertenezco, de transmisiones en tiempo real (o casi) de las desapariciones del presente. La niña perdida en un camping. El hombre nunca más visto en una ciudad costera. Un organismo estatal comienza a compartir imágenes nuevas para mí. Otro hombre, anciano, perdido en la ciudad, quizás también perdido en su propia mente. Una chica de flequillo negrísimo, tijereteado. La veo todos los días al deslizar hacia la izquierda las historias de Instagram.

Dediqué mucho tiempo a armar una lista. Pero la pregunta no era cuántos son, sino qué los explica. Muchos años después, ahora, cuando llega el momento de compartir lo investigado, mi editora me dice que la acumulación de espantos –una historia tras otra tras otra tras otra– puede ser agobiante para quienes lean. Estoy de acuerdo, aunque creía haber sorteado ese problema. Estaba convencida de que no me había dejado manipular por la lista, ni por la manía de leer hasta el cansancio posteos y expedientes para intentar entender qué pudo haber pasado. Hablo con una amiga, con quien compartimos tema de investigación, y ella me dice que, de ser por mí, habría hecho la enciclopedia de los desaparecidos. Tiene razón: habría querido poder contarlos a todxs –cuenta y cuento a la vez–, expresar cómo cada desaparición cambia las leyes de gravedad en el universo donde ocurre.

* * *

El primer capítulo de este libro cuenta de qué modo, en la primera década de este siglo, la desaparición de algunas mujeres fue construida como un problema público que instauró imágenes de las que aún es muy difícil desprenderse. El segundo se propone desentrañar las ausencias cuyo único responsable es el Estado a través de su burocracia, su desidia y su falta de compromiso con las investigaciones. El tercer capítulo es una crónica de la violencia estatal durante el régimen constitucional, que también pone en discusión la categoría de desaparición forzada. Por último, propongo un mapa de los fenómenos que hacen que una persona pueda desaparecer hoy mismo en la Argentina, y no pretende ser más que un nuevo punto de apertura. La mayor parte de las biografías no fueron narradas. A ellas, a ellos, a quienes sé que debería haber hecho presentes en este libro pero no fui capaz, dedico estas páginas.

1. ¿Cuándo desaparece una mujer?

La persona que amas puede desaparecer.

Charly García, “Los dinosaurios”, 1983

Empezaba a ver que los que buscan a una persona tienen algo, una marca cerca de los ojos, de la boca, la mezcla de dolor, de bronca, de fuerza, de espera, hecha cuerpo. Algo roto, en donde vive el que no vuelve.

Dolores Reyes, Cometierra, 2019

Hermanas

Pedro tiene una muletilla: “¿Cómo decirlo?”. La repite para ayudarse a atravesar lo que vendrá. “¿Cómo decirlo? La cuestión de la desaparición tiene todo este drama de que no sabés. Tenés como una especie de zanahoria de que no… no está la tragedia consumada, por así decirlo, de que tenés la chance, de que podés encontrarla. Por eso muchos seguimos. Entonces no te puedo hablar de un drama, de cuando uno pierde a un ser querido y lo perdió y lo perdió. Incluso al día de hoy, hay una mínima mínima chance”.

Pedro tenía 26 años el 16 de marzo de 2005 cuando su hermana, Florencia Pennacchi, desapareció. La noche anterior, en el departamento que compartían en el barrio de Palermo, Florencia, de 24 años, había organizado una cena de despedida para una chica que se iba de viaje. La foto de ese encuentro está publicada en una página web administrada por sus familiares y amigos. Diez jóvenes ríen mirando a cámara, en el lugar donde debería estar la imagen de Florencia hay una silueta gris, su contorno dibuja un agujero monocromo que cita a otras siluetas, que las arrastra desde el fondo de la historia hasta la superficie luminosa de la pantalla.

El viernes 18 de marzo de 2005, amigos y familiares empezaron a entender que Florencia había desaparecido. La búsqueda ganó espacio en los medios de comunicación y tres semanas después organizaron la primera concentración. “¿Dónde está Florencia?” decía una tela que sus compañeros de carrera levantaron en las escalinatas de la Facultad de Economía de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Ese viernes, Missing Children Argentina (fundada en 1999) y la Red Solidaria (liderada por Juan Carr desde 1995) convocaron a una misa en la catedral de San Isidro y realizaron un acto en la vereda. Pidieron por la aparición de César Báez, de Fernanda Aguirre, de Christian Schaerer y de Florencia. “Queremos que vuelvan a sus casas”, pedía la pancarta principal con gigantografías de sus caras.

Ninguno de los cuatro volvió.

César Baez había desaparecido en enero en San Isidro; tenía 32 años y síntomas de esquizofrenia. Su mamá es Isabel Palacios, protagonista de un hit publicitario de los setenta: era “la extraña de las botas rosas” que tomaba Coca-Cola con sorbete mientras deambulaba por la República de los Niños al ritmo de la canción homónima de La Joven Guardia. Fue modelo, tapa de revistas y caminante de los túneles nocturnos que conectaban política y negocios.

Fernanda Aguirre había desaparecido el 25 de julio de 2004, secuestrada cerca de su casa en San Benito, Entre Ríos, cuando tenía 13 años. Miguel Ángel Lencina fue detenido por el hecho y a los pocos días apareció muerto en la celda de la comisaría. Su esposa, Mirta Cháves, fue condenada a diecisiete años de prisión por haber llamado a la familia de Fernanda para pedir un rescate que se pagó. María Inés Cabrol, mamá de Fernanda, murió en 2010 sin saber qué le había ocurrido a su hija. En 2013, cuando se cumplieron nueve años de la desaparición de la niña, su hermana María Emilia declaró: “No podemos decir sí, está viva o sí, está muerta”.[1]

Cristian Schaerer fue secuestrado en septiembre de 2003 en la ciudad de Corrientes. Tenía 21 años. Pese a que se pagó un rescate de 277.000 dólares, no fue liberado. En marzo de 2004, mientras aún se buscaba a Cristian con vida, Axel Blumberg, de 23 años, fue secuestrado y asesinado. Los secuestros extorsivos dieron lugar a una movilización social masiva que, sin redes sociales ni smartphones, recolectó cinco millones de firmas en un petitorio que reclamaba castigos más severos para quienes delinquen. El Estado respondió con reformas que endurecieron las penas. Por el secuestro de Cristian hubo dos juicios, en los cuales se condenó a más de diez personas. Durante el primero, una testigo dijo que lo habían asesinado. El Estado tardó trece años en dar con José Rodolfo Lohrmann, acusado de ser el líder de la banda de secuestradores. Era uno de los “argentinos más buscados”, pero entró y salió del país a su antojo, hasta que por fin emigró a Europa. En noviembre de 2016 fue atrapado por la policía de Portugal, que lo perseguía por robar bancos.

Entonces, ese atardecer de 2005, en la puerta de la catedral de San Isidro, Juan Carr dijo sobre Florencia: “Es inexplicable que todavía no se sepa nada”.[2]

En los primeros días de la desaparición, se pasa de la normalidad al caos. De ir a la facultad o al trabajo o al supermercado a sacar todos los cajones de los muebles. Todo se desparrama, todo se hurga. El derecho a la privacidad de la ausente se esfuma. El tiempo se usa para armar respuestas. Se cree que lo que ocurre es provisorio. Hasta que lo que ocurre deja de ser brumoso y se transforma en una nueva normalidad. Todo eso le pasó a Pedro en los primeros dos días que siguieron a la desaparición de su hermana:

Para empezar, uno no capta qué está pasando. Agotás otras posibilidades, empezás a preguntar a los amigos, empezás a no sé qué, ves qué onda, decís “Flor no está”. Nosotros, los familiares, los amigos, los compañeros de trabajo, los compañeros de facultad no veíamos a Flor metida en algo como para entender que estaba pasando algo grave. Del martes al viernes, ya era todo… Había un grupo de amigos que salió a volantear; uno conocía a alguien, no sé a quién, en la tele. Había una especie de ilusión de que con la tele… que mucho ruido mediático iba a dar fruto.

El ruido mediático dio frutos, sí, pero no los que esperaban los familiares y amigos de Florencia. Cuando se cumplieron tres meses de la desaparición, Jorge Cipolla, el comisario de la Policía Federal Argentina a cargo de la investigación, dijo en una nota publicada en el diario Clarín: “Por suerte, tenemos fuertes indicios de que está con vida. La pista más sólida indica que es probable que esté en el interior, viviendo con alguien –un hombre– y viajando cada tanto a la Capital”.[3] Cipolla también dijo que había que buscar los motivos de la huida en problemas familiares y que no había “ninguna posibilidad” de que se tratara de un secuestro.

El supuesto de que Florencia se hubiera ido por voluntad propia no tenía indicios que lo avalaran. Lo único que había desaparecido junto con ella era su celular: su documento, las tarjetas de crédito y la billetera habían quedado en el departamento. Habían pasado tres meses desde la última conversación de Pedro con Florencia, que, por teléfono, le había preguntado si había habido algún llamado para ella. La cuenta bancaria estaba intacta. Florencia era joven, salía de noche y tomaba alcohol. La madrugada del día en que desapareció pidió un delivery de cerveza, “dato” que alimentó demasiadas historias.

Poco después, las otras llamadas que hizo con su celular la mañana del 16 de marzo y la declaración de un muchacho con quien había salido algunas veces permitieron reconstruir que Florencia consumía cocaína y que al menos una vez había ido a comprarla a una discoteca llamada Confusión, en la esquina de Scalabrini Ortiz y Costa Rica. Este nuevo dato infló la imagen de una chica que “andaba en algo raro”, pero no sirvió para agilizar la investigación judicial. La fiscalía demoró un año en tomar declaración al dueño de un celular con el que Florencia se había comunicado cincuenta veces en una semana. El hombre no negó el contacto, pero no lo siguieron investigando. En los diez años siguientes la fiscalía no pudo averiguar si en Confusión ocurría algo que explicara qué había pasado con Florencia.

Como muchas otras personas que atravesaron circunstancias semejantes, Pedro Pennacchi piensa que la historia de su familia se convirtió en una pila de papeles que dependen de los movimientos de las capas tectónicas de la burocracia. La búsqueda de Florencia generó un activismo intenso: recitales, charlas, volanteadas, manifestaciones, mucha presencia en los medios de Buenos Aires y Neuquén, la provincia donde nacieron los hermanos. “Toda esta cosa, lamentablemente, ¿para qué sirve? Para que la justicia te dé bola. Si no se motoriza una presión social, incluso hoy los jueces no hacen nada. Es lo que decide que una carpeta esté apilada arriba de la otra”, dice Pedro ahora, cuando la historia de Florencia apenas se hace visible en el aniversario del día en que sus conocidos la vieron por última vez.

Con el tiempo, Pedro comenzó a contactarse con otras familias que buscan. En 2015 se acercó a una organización que se presentó en sociedad ese año, en coincidencia con el décimo aniversario de la desaparición de Florencia: Madres Víctimas de Trata, en el barrio porteño de Constitución. Dice que “la parte activa de las búsquedas siempre son los familiares, de la mejor o de la peor manera que les sale. Ir a preguntar todos los días a la comisaría, ir a preguntar todos los días a la fiscalía, ir uno, aportar ideas”. Dice que fue a buscar a su hermana a lugares lejanos e insólitos siguiendo datos que resultaron falsos. Dice que “lo peor de todo es que uno, en cierto momento, tiene una especie de fe institucional. Uno iba y pedía escritos, incluso llegamos a pedir un habeas corpus. Uno decía ‘bueno, los que saben buscar personas son ellos, no nosotros’”.

Dice que esa falta de certeza sobre qué pasó con Florencia Penacchi es también una falta de certeza sobre qué hay que hacer cuando se busca a alguien: “Yo, con el fracaso que ha sido esto de no poder encontrarla, me he quedado con la postura de que hagan lo que sientan con el corazón que hay que hacer, porque no hay garantías. Una persona más emocional te diría: ‘Andá, subite arriba de un auto a preguntar por todos lados, poné plata, comprá testigos, lo que quieras’. Otra persona con otra cabeza te diría: ‘Trabajá con las instituciones, hacé todo bien’. Pero ninguna de las dos estrategias ha funcionado: está el padre de esta otra chica que se murió buscándola”.

* * *

En el invierno de 2011, Héctor Romero trabajaba como repartidor de alimentos entre los pequeños almacenes de los pueblos cercanos a Salta capital. A las 16.30 hs del 8 de julio se convirtió en una de las últimas personas que vieron a María Cash. Ella hacía dedo en la ruta nacional 34, a pocos metros de las casillas de peaje de Cabeza de Buey. Romero paró. Antes de pedirle transporte, María le pidió agua. Él no tenía, ella se subió a la camioneta. Unos kilómetros más adelante, pidió bajar en un punto donde había varios camiones detenidos. En la foto de esa zona que tomó el satélite de Google Maps se ve el asfalto dividido por líneas blancas, árboles, caminos de tierra irregulares y, al borde de la ruta, un resplandor: la luz del sol reflejada en cientos de botellas de plástico cargadas de agua que los creyentes amontonan para honrar a la Difunta Correa, la mujer que murió de sed con su bebé en brazos y que la cultura popular convirtió en santa. A partir de allí, el rastro de María Cash se pierde entre rutas provinciales y datos incongruentes.

Tres años después, en el otoño de 2014, dos pinamarenses que viajaban hacia el Sur por la ruta 152 fueron las últimas personas que vieron vivo a Federico Cash, papá de María. El Renault Clio blanco de Cash y el Peugeot 308 blanco de la familia chocaron a la altura de Puelches, La Pampa. Federico murió en el acto, sobre la ruta. Tenía 70 años. El auto estaba lleno de volantes con la cara de María.

“Si no era por el accidente, no paraba. En cierto sentido, yo por adentro siempre pienso ‘menos mal que le pasó de esa manera’, porque creo que no sufrió, fue repentino. Y fue la manera en que la vida le dijo ‘flaco, pará un segundo, hasta acá llegaste, porque te estás volviendo loco’”, dijo Máximo Cash un año y medio después de la muerte de su padre.

María, de 29 años, había salido en micro desde Retiro, en la ciudad de Buenos Aires, hacia el norte del país. En algún momento del viaje ocurrió algo y dejó de ir en línea recta. Cuando se inició la búsqueda, los testigos y las cámaras de vigilancia la ubicaron en un peaje en una provincia, en una estación de servicio en otra, al costado de una ruta, en la sala de espera de un hospital.

Casi desde un comienzo, Federico Cash empezó a buscar por su cuenta; no creía en los intermediarios. Dejó de trabajar en su fábrica de broches para papeles y financió la búsqueda un poco con sus ahorros, otro poco con aportes de personas solidarias que le prestaban un auto, plata para la nafta o un lugar donde dormir. Atendía el celular a toda hora, anotaba los mensajes recibidos en una planilla, armaba recorridos. Federico y Máximo, el mayor de los cuatro hermanos Cash, persiguieron las posibles huellas de María por decenas de ciudades, pueblos y caseríos. Fueron tras personas que dijeron haberla visto. A algunos lugares llegaron orientados por quienes se autoproclaman videntes. Fueron allí donde alguien les dijo que alguien le había dicho que había una chica que caminaba desorientada.

La travesía de la familia Cash empezó dos días después de que María subiera al micro, cuando sus padres detectaron que algo no estaba bien. En los primeros viajes tomó forma el método: “¿Viste a esta chica? ¿Viste a esta chica? ¿Viste a esta chica?”. Máximo se cita a sí mismo cuando reconstruye el segundo recorrido, en septiembre de 2011: dos semanas buscando en la ruta 34 y alrededores, desde Tartagal hacia el Norte hasta Salvador Mazza y luego hacia el Sur hasta Metán. Siempre haciendo esa pregunta. Cada tanto, alguien decía que tal vez, sí, tal vez la había visto. Así durante tres años. En conversación, Máximo explica:

–El viejo recibía mensajes desde las 8 de la mañana. Así estaba todo el día y haciendo cartas a ministros, a secretarios, haciendo cartas a diputados, a senadores, para que le den apoyo de esta manera, le den apoyo de esta otra, estando atrás de la creación de una agencia federal de búsqueda de personas.

–¿Cómo decidían cuándo ir a chequear un dato y cuándo no?

–Ibas viendo. Si había pasado hacía un año no podías hacer nada. Si tenía tres meses… Íbamos volcando todos los datos en una base de datos, en un Word. En el llamado por ahí te dabas cuenta si le dabas bolilla o no. Si era algo muy llamativo y que tenía ciertas similitudes con María, le dabas seguimiento y se lo pasábamos a gendarmería; otros, si podíamos, los chequeábamos nosotros.

Según un informe del Juzgado Federal nº 2 de Salta, entre el 2 de febrero de 2012 y el 2 de febrero de 2013 se recibieron cincuenta y cuatro informaciones relacionadas con María; treinta y nueve fueron aportadas por Federico Cash y su esposa –y madre de María–, María del Carmen Gallego. Se trataba de personas que decían haberla visto en el Chaco, en Formosa, en Salta, en Entre Ríos.

El año 2014 arrancó con un viaje por la Mesopotamia. Máximo y Patricio, el menor de los cuatro hermanos, partieron en una camioneta prestada por la empresa Fiat y con combustible donado por el Automóvil Club Argentino. Un hombre de nacionalidad uruguaya que decía ser vidente les había dicho que veía a María viva, acostada en una cama de hospital, en un lugar donde había cataratas, aserraderos y tierra colorada. Así llegaron a Misiones para recorrer poblaciones y hacer la pregunta de siempre. Cruzaron a Brasil, pero decidieron volver porque no encontraron nada. En abril, Federico fue a Bariloche a buscar un auto que le había regalado alguien que lo había escuchado en un programa de televisión y a chequear datos que habían quedado registrados pero nunca habían sido confirmados. Y fue entonces cuando murió en la ruta, de regreso a Buenos Aires. Juan Carr dijo: “Fue como un mártir de la búsqueda”.

La causa por la desaparición de María está en un juzgado federal, porque al comienzo primó la idea de que podía haber sido víctima de una red de trata de personas con fines de explotación sexual. La mayor parte de sus fojas están colmadas de mensajes recopilados por la familia y de lo que en el argot policial llaman “avistamientos”: personas que dicen haber visto a la persona buscada. Nada en ese conjunto de plazas, almacenes, colectivos, bares, veras de rutas condujo a encontrar a María. Ella pudo haber estado en todos esos lugares o en ninguno. De eso se trata, de no saber.

La familia Cash piensa que el Poder Judicial no investiga como debería. El juzgado emite informes cada cierto tiempo para mostrar que la falta de resultados no es producto de la mala investigación sino de que la verdad es inasible. En un informe de septiembre de 2016 relató, por ejemplo, que “se la buscó en prostíbulos en el Norte, en San Pedro de Jujuy, también en el Sur, en la Patagonia, en dos localidades. La buscamos ahí porque recibimos un llamado de una persona que había visto a una joven similar a María”.[4] En su último informe, del 8 de julio de 2019, día del aniversario de la desaparición, el juzgado refirió las medidas tomadas en los doce meses anteriores. Muchas de ellas parecen la repetición de otras ocurridas hace tiempo: pedido de aumento de la recompensa, progresión del aspecto físico de María, averiguación del domicilio de quienes viajaron en el mismo micro que ella en julio de 2011.

–Tu papá decía que para él lo peor era sentir que nadie la estaba buscando más que él. ¿Vos dirías eso también?

–Sí, y no solo a María. Nosotros tuvimos la suerte de que el caso, por x motivo –la verdad es que no sé por qué–, se hizo mediático y se sostuvo durante mucho tiempo. Es un nombre. Quizás por los rasgos de María, porque la ves y te llama la atención la sonrisa que tiene, y eso causa algo en la gente. Por qué tuvo repercusión es algo que no sé. Por suerte la tuvo en nuestro caso; pero la cantidad de otras personas que están desaparecidas y no se conoce es infernal.

–Entre todas las hipótesis que hubo en estos años, ¿a vos qué te parece que pasó?

–No. No sabemos. Puede ser que esté perdida mentalmente y no sepa quién es. Puede ser que esté en la casa de unos ancianos que no tienen medios de comunicación y no sepan quién es María. Puede ser que la hayan violado y la hayan matado a los pocos días que desapareció. Puede ser que la haya raptado una red de trata y la tengan laburando, pasándola de un lugar a otro. Puede ser que la hayan hecho laburar y la hayan matado. Puede ser que la hayan sacado del país. Puede ser que la hayan sacado caminando: con las fronteras que tenemos, tan permeables, cualquiera puede salir como quiera. Puede ser que haya muerto por causas naturales, de no comer y no hidratarse. Puede estar caminando. Puede ser que la haya atropellado algún camión porque estaba caminando por la ruta. No. No sabemos.

Cuando se cumplieron diez años de la desaparición de Florencia Penacchi, Nidia Aguilera, su mamá, dijo en un programa de televisión acerca de ella y de otras chicas desaparecidas: “No sabemos qué universo están transitando. No sabemos si están vivas o están muertas. No sabemos qué son”.[5]

[1] “¿Dónde están? El caso de Fernanda Aguirre”, informe televisivo emitido por el canal Todo Noticias, 1º de agosto de 2013.

[2] “Reclamaron en dos manifestaciones por cuatro jóvenes que desaparecieron”, La Nación, 7 de abril de 2005.