Buch lesen: "El mundo es una idea"
© Judith Adam de Vega, 2014.
© de la presentación, Josep Fontana, 2014.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO027
ISBN: 9788490567715
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
PRESENTACIÓN, POR JOSEP FONTANA
PREFACIO
PRIMERA PARTE. EL SIGLO XX
1. LA GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS
8/11/2008 Quién cambiará a quién
29/8/2009 Una guerra de treinta años (I)
5/9/2009 No todo son clavos (y II)
2. LA GUERRA FRÍA
3/10/2004 De lectura obligada
18/11/2006 Los seis hombres sabios
10/3/2007 El discurso de Truman
7/11/2009 El telón no era de acero (I)
14/11/2009 Tres fríos telegramas (II)
21/11/2009 ¿Quién ganó la guerra fría? (y III)
3. «MOMENTO UNIPOLAR»
12/6/2004 La teoría y la práctica
19/5/2007 Excepcionalismos
17/1/2009 El tercer líder global
SEGUNDA PARTE. LA PRIMERA DÉCADA DEL SIGLO XXI
1. ESTADOS UNIDOS
10/1/2004 La evolución de la guerra
3/7/2004 Woodward o Hersh
20/11/2004 Pragmáticos o guerreros
23/7/2005 Arquitectos de naciones
17/9/2005 El huevo o la gallina
14/1/2006 León o elefante
8/7/2006 La cruzada de la élite
23/12/2006 Un trabajo imposible
2/3/2007 El historiador de Camelot
27/1/2007 Bush no es un zorro
26/1/2008 Es la política, estúpido
9/2/2008 Un choque en casa
20/9/2008 La pesadilla de Galbraith
25/10/2008 El hombre olvidado
22/11/2008 Cómo ordenar el mundo
6/12/2008 Todo empezó en 1898
20/12/2008 Un escenario apolar
28/2/2009 La cuarta D
13/6/2009 Obama es un zorro
19/9/2009 Una idea de Bismarck
31/10/2009 La gran misión
27/12/2009 Año cero
15/5/2010 El mundo es como es
18/6/2011 El deber de proteger
4/9/2010 La gran estrategia (I)
11/9/2010 El gran desastre (y II)
30/10/2010 Las manos invisibles
2. ASIA
18/10/2003 El tigre frente al dragón
17/4/2004 El artículo 9
9/4/2005 Asia tiene dos caras
24/9/2005 Las dos teorías chinas
30/9/2006 La guerra de Charlie
14/10/2006 Un sudoku norcoreano
26/5/2007 La carrera por el siglo
30/6/2007 La liga de las potencias
6/10/2007 Anatomía de un fracaso
23/2/2008 La lección afgana
19/4/2008 No solo es la meditación
15/11/2008 Difusión del poder
14/3/2009 Un Tíbet más chino
4/4/2009 Reforma, no revolución
30/5/2009 Tiananmen es historia
3/10/2009 Una mad no atómica
17/10/2009 La guerra más larga
19/12/2009 Guerra justa, lo justo
16/10/2010 Un mundo sin centro
17/10/2010 El color del gato
19/6/2011 El despertar de los chinos
26/6/2011 Retirada
3. ORIENTE MEDIO
7/5/2005 Religión o historia
3/12/2005 Misión no cumplida
28/1/2006 Nunca digas nunca Hamas
4/2/2006 El síndrome Collins
18/2/2006 Ajedrez o póquer
18/3/2006 La tierra es agua
25/3/2006 El legado de Sharon
20/5/2006 El tiralíneas occidental
9/9/2006 Guatepeor
21/10/2006 Todo empezó en Suez
10/2/2007 Pasado imperfecto
24/2/2007 Por qué un proceso de paz
12/5/2007 ¿Qué ocurrió en 1948?
7/7/2007 El complejo de Sèvres
22/9/2007 El eje del mal menor
27/10/2007 Una carta de 118 palabras
17/11/2007 Qué territorios por qué paz
10/5/2008 Guerra o expulsión
4/10/2008 Bush quiso ser Napoleón
29/11/2008 Los tres deseos
13/12/2008 Regreso a oriente medio
14/2/2009 El enemigo del enemigo
16/5/2009 Misterio en un enigma
27/6/2009 Mosadeq fue el primero
26/9/2009 La dote y la novia
23/1/2010 El tiralíneas de Churchill
29/5/2010 Cero problemas
26/6/2010 El olor a petróleo (I)
3/7/2010 La sed de petróleo (II)
10/7/2010 La ley del petróleo (y III)
31/7/2010 El origen del desastre
27/11/2010 El dilema del autócrata
23/1/2011 Vecino autócrata
5/2/2011 Miedo a la calle
12/2/2011 Como en 1952
19/2/2011 Americanos en la costa
26/2/2011 Después de la revuelta
27/2/2011 Fracaso
1/4/2011 Una lección de diplomacia
7/5/2011 Antes muerto que vivo
11/6/2011 Erdogan se mide con Atatürk
17/9/2011 Con Mubarak vivían mejor
24/9/2011 Resolución 181
4. AMÉRICA LATINA
10/12/2005 Los bolsillos llenos
6/5/2006 Los blancos pierden gas
1/7/2006 Américas latinas por hacer
2/12/2006 «Queremos promesas»
19/1/2008 «Me llaman chamán»
27/9/2008 La rebelión del revés
16/1/2010 Independencias
2/10/2010 Retrato de la globalización
18/12/2010 El estado por hacer
5. ÁFRICA
12/7/2003 El divorcio del jefe Fernández
9/7/2005 La mano del hombre
24/6/2006 Somalia como fracaso
3/3/2007 La primera globalización
3/1/2009 Mujer blanca 24.596
7/2/2009 Cómo se hizo Mugabe
18/4/2009 El milagro sudafricano
6. RUSIA
18/9/2004 LOS CICLOS RUSOS
17/12/2005 El Zar, el ex y el gasoducto
24/5/2008 Putin neoimperial
30/8/2008 Rusia no es Plutón
11/7/2009 Gas sin derechos
9/1/2010 Un mundo gris
21/11/2010 Rusólogos en Plutón
7. UNIÓN EUROPEA
1/5/2004 Una potencia blanda
19/2/2005 ¿Qué es ser europeo?
8/4/2006 De Colbert a Sarkozy
27/5/2006 Cicatrices de la historia
14/4/2007 El cajón del populismo
21/4/2007 Las vueltas de la historia
14/7/2007 El fin de la integración
5/4/2008 1968
3/5/2008 Utopía europea
16/7/2011 El papel de las finanzas
7/8/2011 Deudas
NOTAS
PRESENTACIÓN
por
JOSEP FONTANA
Quienes trabajamos en el terreno de la historia del tiempo reciente sabemos cuán valioso resulta para nosotros la labor de los periodistas que se especializan en el estudio de la política internacional. Más allá de la realidad puntual de los acontecimientos, ellos son quienes nos transmiten unas experiencias vividas sobre el terreno, que tienen un extraordinario valor, puesto que nos ayudan a contextualizar los hechos y a evitar las manipulaciones a las que los someten con frecuencia los portavoces políticos.
Xavier Batalla, que ha publicado libros sobre las guerras de Iraq y de Afganistán, ha ido un paso más allá para ofrecernos una reflexión global sobre el mundo actual, a la luz de sus experiencias de cronista de la segunda mitad del siglo XX. En este último libro, en el que parte de la convicción de que «todos los órdenes mundiales han sido creados mediante la guerra», se pregunta cuál es en realidad el «nuevo orden» surgido de la guerra fría, lo que exige desvelar las ideas sobre las que se está construyendo.
«El mundo es una idea», nos dice, pero una idea que está generalmente asociada a algún poder, y que puede conducir a una utopía o a una distopía. Para averiguar las ideas que sirven de base a esta primera parte del siglo XXI, Batalla inicia un largo y documentado recorrido por la historia del pensamiento político que ha legitimado las interpretaciones del mundo, desde Tucídides hasta el Fukuyama del «fin de la historia» (y hago esta precisión porque Fukuyama ha dado tantas vueltas desde entonces que resulta difícil saber cómo definirlo hoy), y por las políticas asociadas a este pensamiento.
El primer paso para dilucidar el pensamiento que domina en el presente consiste en distinguir lo que son las ideas básicas que fundamentan la política, del simple ruido de propaganda, tópicos y prejuicios que se destina a atraer los votos. Las elecciones norteamericanas de 2012 nos dieron una buena muestra de la superficialidad de lo que puede llegar a difundirse para este fin.
El aquelarre en que se convirtieron los debates para elegir el candidato republicano a las elecciones presidenciales de 2012 tuvo como protagonistas a personajes que superaban las viejas historias de hombres como Ronald Reagan, quien, a la vuelta de un viaje a América Central, les contó a los periodistas su sorprendente descubrimiento de que «aquello eran diferentes países», lo que no fue obstáculo para que se esforzase en destruir tres o cuatro de ellos; o como el vicepresidente Dan Quayle, que parecía ostentar hasta ahora el récord de la estupidez, por su incapacidad para deletrear la palabra «patata».
La relativamente reciente cosecha supera, sin embargo, todos los antecedentes, lo que ha llevado a James Marshall Crotty a preguntarse en Forbes: «¿Cómo puede un país con el mayor PIB del mundo, y con un sistema absurdamente complejo para regularlo todo [...] permitir que figuren en su escena nacional hombres y mujeres de un intelecto tan evidentemente inferior?».1
Hubo candidatos republicanos menores, como Michele Bachmann, quien estaba convencida de que había que seguir luchando contra «la URSS», y que afirmaba que las escuelas públicas eran «antros de iniquidad en que se enseñaba a los niños a usar condones, respetar la diversidad religiosa y poner en duda la superioridad moral norteamericana». También hubo otros que estaban condenados a abandonar, como Newt Gingrich, que llegó a contar con el mecenazgo del magnate del juego Sheldon Adelson. Sin embargo, destacaron sobre todas las demás las declaraciones que hacían en público los dos candidatos con más posibilidades de triunfo. Rick Santorum suprimiría las universidades, «donde el 62% de los estudiantes pierden la fe». Mitt Romney, que creía que Rusia (por lo menos ya se había enterado de que la URSS había desaparecido) seguía siendo el principal enemigo geopolítico de Estados Unidos, denunció a Barack Obama en un artículo publicado el 29 de marzo de 2012 en Foreign Policy, por «reducir nuestra fuerza naval y aérea por debajo de los números ya demasiado bajos de la actualidad», pese a que el gasto militar norteamericano es superior al de todos los demás países del planeta sumados (es, en concreto, cinco veces superior al de la segunda potencia militar actual, que es China).2 Por suerte sabemos que todas estas afirmaciones no se correspondían con lo que realmente pensaban, sino que se trataba, como dijo Lloyd Grove, del «paquete cuidadosamente calibrado de temas que les han preparado sus asesores». Porque, concluyó Grove, «ha pasado mucho tiempo desde que a un candidato presidencial se le permitía actuar como un ser humano normal».3
Para descubrir las ideas realmente válidas es mejor acudir al tipo de planteamientos que se usan desde el Gobierno para justificar la política. «Toda política exterior que se precie dice tener buenas intenciones», escribe Batalla. Más allá de esta proclamación destinada al público, lo que hay es la certeza de que quienes la enuncian tienen «intenciones». Lo más difícil es descubrir cuáles son, y si son realmente «buenas» (o en todo caso, para quién lo son).
Batalla dedica mucha atención a lo que Henry Kissinger dice en sus libros; pero no debería sobrevalorar este «autorretrato» intelectual. El Kissinger real, que no es tampoco el que Hitchens malinterpretó con evidencias dudosas, lo vemos reflejado en los documentos que ponen de manifiesto su conducta política, de los que disponemos en una extraordinaria abundancia: los 2.100 memcoms (resúmenes de conversaciones) digitalizados por el National Security Archive, que suman 28.386 páginas, y los miles de telcons (transcripciones de conversaciones telefónicas) a los que hoy tenemos acceso.
Es verdad que este cúmulo de documentos es demasiado amplio como para que un investigador pueda consultarlos cómodamente; pero los volúmenes que nos ofrecen hoy una selección de los textos más interesantes de estos fondos documentales, al igual que los ya publicados sobre las cintas que grabaron las conversaciones de Kennedy, Johnson o Nixon, nos permiten una nueva vía de aproximación al conocimiento de la forma en que se llega a la toma de decisiones políticas, que raras veces es la que los propios políticos afirman para legitimarlas (como lo hacen, por ejemplo, en sus «Diarios», obviamente autocensurados, tal como se puede ver en los de Carter y Reagan).
La importancia de esta fuente reside en que por primera vez nos permite conocer los errores de percepción, las informaciones falseadas o los temores injustificados en que se basaron decisiones que, con frecuencia, tuvieron como consecuencia que se sacrificasen inútil e injustificadamente millares de vidas humanas.
Interpretada de este modo, toda la guerra fría, con sus millones de muertos, habría sido un tremendo error. Lo que ocurre es que hay en ella una dimensión más profunda, que corre desde los planteamientos reservados de Kennan a Truman, hasta el pensamiento «neocon» que Batalla recoge del Defense Planning Guidance de 1992 y del Rebuilding America’s Defenses: Strategy, Forces and Resources for a New Century del año 2000. Me refiero, claro está, a la voluntad de mantener una supremacía indiscutida y «desanimar a las naciones avanzadas de cualquier intento de desafiar nuestro liderazgo o de aspirar a un liderazgo regional».
En este terreno, que podríamos llamar «más profundo», no parece que sea enteramente justa la afirmación de que «todo ha cambiado en el escenario internacional en el siglo XXI». Por lo menos así parecen sugerirlo las preocupaciones actuales de los militares norteamericanos, como las del teniente coronel Andrew Krepinevich, director del CSBA (Center for Strategic and Budgetary Assessments), un think tank dedicado a la política de defensa, quien sostiene que lo que Estados Unidos debe decidir ahora es si va a competir o no con China por el control del Pacífico occidental. Si renuncia, habrá de admitir un cambio sustancial en el equilibrio militar mundial; si acepta, «la cuestión es cómo competir con eficacia». De hecho ya hace tiempo que algunos militares se vienen quejando de que las actividades en el Golfo y la guerra de Afganistán les estén privando de los recursos necesarios para esta tarea.4
De este mismo think tank surgió un texto que defendía el nuevo concepto estratégico de «AirSea battle», que se completó en 2009 y apareció desarrollado en 2010 en un extenso documento que contaba como autores con un equipo dirigido por el capitán de la armada Jan van Tol, experto en planificación estratégica. Su finalidad es la de perseverar en los objetivos planteados desde comienzos de la guerra fría, con el fin de impedir el ascenso de cualquier competidor que pueda desafiar la supremacía mundial de Estados Unidos, lo cual exige, en primer lugar, mantener el control de las rutas terrestres, marítimas y aéreas, que son las arterias del comercio internacional.5
Van Tol asegura que el objetivo de esta estrategia, que implica el uso conjunto de fuerzas aéreas y navales, no es la guerra, pero en su estudio se desarrollan planes para interceptar el comercio con China, confiscando en alta mar los cargamentos de las embarcaciones, en operaciones en las que se especula, sin embargo, con la posibilidad de hacer frente a una posible respuesta armada china, a lo que podría responder la presencia de tropas estadounidenses en Australia.
Si añadimos a ello la evidencia de que los dirigentes chinos creen hoy por su parte que ha llegado el momento de asumir su papel en el mundo, y que es Estados Unidos quien se encuentra en «el lado equivocado de la historia»,6 podría resultar que el futuro se pareciese demasiado al pasado —Kissinger no duda en seguir usando para la actualidad el concepto de «guerra fría»— y que lo que debería preocuparnos no es precisamente el cúmulo de dislates que puede soltar un político estadounidense.
Xavier Batalla tiene toda la razón. Para entender el mundo en que vivimos no basta con seguir día a día los acontecimientos, sino que necesitamos desentrañar las ideas que los explican. Una tarea compleja y difícil, a la que deben seguir ayudándonos informadores de su categoría.
J. F.
PREFACIO
Todos los órdenes mundiales han sido creados mediante la guerra. A cada conflagración le seguiría una ambiciosa iniciativa diplomática con el propósito de evitar que la historia se repita. El primer acto de contrición en el siglo XX fue la Sociedad de Naciones, creada bajo los auspicios del presidente estadounidense Woodrow Wilson, un idealista. Pero el Senado norteamericano se refugió en el aislacionismo y Alemania, derrotada, fue excluida, como Rusia. Una Sociedad de Naciones sin tres de los grandes no tenía posibilidades, y fracasó. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) intentó mejorar el invento multilateral. Nació impulsada por la coalición vencedora en la Segunda Guerra Mundial, con una cincuentena de países, y los objetivos que se fijó fueron ambiciosos: eliminar las causas de la guerra, la tiranía y la injusticia. Pero la guerra fría enterró los ideales que siguen haciendo de la ONU el símbolo de la inalcanzable salud moral del mundo.
Ahora, en la segunda década del siglo XXI ya han sonado tambores de guerra a propósito de Siria, Corea del Norte y el controvertido plan nuclear que tiene Irán en su mente. Estados Unidos simbolizó un final bélico con la arriada de su bandera en Bagdad el 15 de diciembre de 2011. El mundo continúa esperando la iniciativa que evite que la historia se repita.
Cuando terminó la primera guerra del Golfo (1990-1991), George H. W. Bush recuperó la retórica de Wilson y, por tercera vez en el siglo XX, un presidente estadounidense anunció un nuevo orden. Y este orden, según Bush, debería caracterizarse «por el gobierno de la ley más que por el recurso a la fuerza», pero la historia se repitió con Bush hijo, primero, legalmente, en Afganistán, y después, ilegalmente, en Iraq.
Bush creyó tener dos grandes ideas para establecer unilateralmente un nuevo orden, pero su guerra global contra el terrorismo no ha creado nada, incapaz de reorganizar el mundo. Fred Kaplan, autor de How a Few Grand Ideas Wrecked American Power (2008), sostiene que Bush fracasó por dos razones. Primero, porque los neoconservadores tuvieron la idea de que el mundo había cambiado después del 11 de septiembre de 2001, cuando, en realidad, el mundo —el poder y la guerra— sigue funcionando igual que antes. Y segundo, porque Washington actuó con el convencimiento de que, una vez en la posguerra fría, tenía tanto poder que podía actuar unilateralmente. Estas dos ideas fijas, que no grandes, demostraron que Bush, en opinión de Kaplan, fue ingenuo, impulsivo y tozudo, convencido de que su rectitud moral le podía ahorrar el conocimiento de la historia.
El mundo es una idea. Mejor dicho: es una idea sobre cómo funciona o debería funcionar. Si tuviéramos que hacer caso a Gengis Kan, la cosa estaría clara. Para el líder de los mongoles, el placer más dulce de la vida era «cazar y vencer a los enemigos, apoderarse de sus bienes, dejar a sus esposas llorando y gimiendo, montar su caballo castrado [y] servirse del cuerpo de sus esposas como camisón y ayuda».7 En cambio, para los contrarios a la guerra, la paz es el estado normal de las sociedades. El mundo es una idea, pero, según quién la tenga, esta puede ser una utopía o una distopía. Si la utopía es la búsqueda de un ideal imposible, la distopía es un lugar sin esperanzas.
John Keegan, celebrado autor de la Historia de la guerra, ¿qué es la guerra?, un agnóstico en la materia, dice que «las civilizaciones deben su nacimiento a los guerreros y sus culturas nutren a los guerreros que las defienden».8 Robert D. Kaplan, realista, no parece mal encaminado cuando dice que «uno debe tener siempre presente que las ideas importan, para bien o para mal, y reducir el mundo simplemente a luchas de poder equivale a hacer un uso cínico de Maquiavelo. No obstante, algunos académicos e intelectuales van demasiado lejos en la dirección opuesta: tratan de reducirlo todo simplemente a ideas y descuidan el poder».9 Y los idealistas en las relaciones internacionales fueron los filósofos de la Ilustración.
Los atenienses inventaron la democracia, que fue destruida por Esparta (el físico David Deutsch afirma que no somos inmortales porque Atenas perdió en el Peloponeso). Los chinos inventaron la burocracia. Los judíos inventaron la «monarquía limitada», ya que solo Dios podía tener el poder supremo. Los romanos inventaron los contrapesos de poder. Y los europeos inventaron, además, los parlamentos, como el sistema europeo de equilibrio de poder surgido en el siglo XVII, de la guerra de los Treinta Años. Entonces se creía que el mundo era uno de los dos cielos: como Dios gobernaba el cielo, un emperador gobernaría el mundo secular y un papa la Iglesia universal. Pero este nuevo término sirvió luego para definir una política de equilibrio de poder: la expresión Realpolitik reemplazó al término francés raison d’État. En Mobsters10 se dice: «Agallas y cerebro. Teniendo eso no necesitan ejército». Michael Karbelnikoff le hace decir al actor F. Murray Abraham en su película: «Hace cien años, Austria estaba gobernada por un príncipe llamado Metternich. Austria era débil y sus vecinos fuertes, pero Metternich era un viejo zorro frío y calculador. Si uno de los países se volvía demasiado fuerte, organizaba una alianza contra él. Eso llevaba a Europa al borde de la guerra y entonces todos se lo agradecían cuando impedía que estallara la contienda». «Entonces, apenas tenía ejército», replica uno de los gánsteres. «Sin embargo —contesta F. Murray Abraham—, tenía a Europa cogida por los huevos».11 Todos entendieron que así es como funciona la Mafia.
Egipcios, sumerios, chinos, asirios, griegos, indios y romanos se hicieron con esclavos a los que obligaron a trabajar en la construcción de murallas para protegerse de los extranjeros. Los habitantes de Jericó construyeron una muralla para proteger su ciudad, como hicieron los chinos con la mayor barrera entre su imperio y los que consideraban extraños; las fortificaciones se convirtieron en la especialidad italiana y, como pasó siglos después, también lo hicieron soviéticos e israelíes.
Nuestros antepasados, como afirma William R. Polk,12 lidiaron con el problema que representa el extranjero, o el bárbaro, con muchas ideas: desde el aislacionismo hasta el colonialismo; desde el comercio hasta el imperialismo; desde la diplomacia hasta el espionaje (Heródoto13 consideró que la primera misión de espionaje de la historia fue la que Jerjes despachó a Grecia desde Asia); desde la liberación hasta la esclavitud, y desde la actividad misionera hasta la exterminación. Cuando Cicerón dejó escrito en el siglo I a. C. que «todos los cimientos de la comunidad humana» estaban amenazados por tratar a los extranjeros peor que a los ciudadanos romanos, ya estableció la base de la sociedad internacional.14 Cicerón, como Aristóteles, fue un idealista que se basaba en valores morales.
«La guerra es tan antigua como la humanidad, pero la paz es una invención moderna», escribió el jurista sir Henry Maine a mediados del siglo XIX. Y Michael Howard ha escrito que «la paz inventada por los pensadores de la Ilustración, un orden internacional en el cual la guerra no desempeña ningún papel, ha sido una aspiración común entre los visionarios a lo largo de la historia, pero, por sorprendente que parezca, tan solo hace un par de siglos que se ha convertido en un verdadero objetivo y aspiración para los líderes políticos».15 Pero sigue siendo una aspiración.
La sociedad global tiene nuevas ideas y desafíos, particularmente desde el final de la guerra fría. Entre los nuevos factores están el experimento sin precedentes de la Unión Europea, las emergentes economías —la venganza de la descolonización—, la creciente influencia de las fuerzas no gubernamentales en la política exterior de un Estado, las innovaciones de globalización del comercio y de las comunicaciones, y de las demandas de las voces, previamente ignoradas, de las mujeres y las minorías. Por eso, el análisis de las relaciones internacionales deberá basarse en la conjunción de las diferentes teorías capaces de entender el mundo. En realidad, la humanidad sigue estando dividida entre quienes creen que la paz debe ser preservada y quienes creen que todavía debe ser alcanzada.
El orden medieval europeo entre los siglos VIII y XV fue producto de una simbiosis perfecta entre los guerreros que garantizaban el orden y el clero que lo legitimaba. Fue entonces cuando se inventó la paz, es decir, la visión de un orden social en el que la guerra había sido abolida: un orden en absoluto resultante de una intervención divina, sino fruto del pensamiento y la razón humana.16 El historiador Carlo M. Cipolla dejó escrito que «el déficit público fue una invención de las ciudades-estado italianas en la Edad Media después de una serie de guerras en que se vio envuelta Florencia».17
Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, resume la historia del mundo occidental en un párrafo de su obra Mundo libre.18 Dice que en las escuelas y universidades estadounidenses ha habido generaciones de estudiantes que han aprendido un relato de la civilización occidental que avanza desde Grecia y Roma, pasando por la expansión del cristianismo en Europa, el Renacimiento, la Reforma, la Ilustración, las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa, el desarrollo del capitalismo, la burguesía y el sufragio universal, hasta las dos guerras mundiales y la guerra fría. Todo empezaría, pues, en Platón, y se habría prolongado hasta la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que ganó la guerra fría sin disparar un solo tiro contra la Unión Soviética, desaparecida en 1991. Pero las ideas son algo distinto de los acontecimientos.
Las ideas son consecuencia, a menudo, de los acontecimientos, aunque también pueden ser su causa. Los regímenes comunistas, por ejemplo, fueron producto, al menos en parte, de la idea de Karl Marx de que la historia terminaría con la victoria del socialismo. En sentido contrario, la idea de Francis Fukuyama de que la historia terminó con el triunfo de la democracia y del libre mercado, fue consecuencia de un acontecimiento, el que puso fin al siglo XX: el fracaso comunista. Fukuyama se inspiró para ello en Hegel y Alexandre Kojève, pensador francés de origen ruso que también tuvo la idea del final de la historia.
George W. Bush tuvo muchas ideas. Cuando era candidato a la presidencia hizo campaña como un político conciliador, pero una vez en la Casa Blanca cambió de idea y abominó del consenso. Empezó prometiendo una política exterior humilde y contraria a la idea de construir naciones, algo que consideraba, al menos en boca de Condoleezza Rice —su secretaria de Estado en su segundo mandato— propio de ingenuos que se mueven más por ideas que por los intereses nacionales. Bush, después de los atentados en Nueva York, Washington y Pensilvania del 11 de septiembre de 2001, se embarcó en la construcción idealista de Afganistán e Iraq. Bush volvió a nacer como idealista. No solo se trataba de derrocar al talibán, sino de construir una democracia en Afganistán. Y después de Afganistán, en Iraq y, finalmente, en todo Oriente Medio. Los neoconservadores, que fueron la fábrica de ideas de Bush, dijeron después que la idea era buena y que lo que falló fueron los acontecimientos. Las ideas importan, aunque no siempre se pueden llevar a la práctica.
Isaiah Berlin sentenció que «Robespierre, José II de Austria o Lenin no consiguieron traducir del todo sus ideas. En general, Bismarck, Lincoln, Lloyd George y Roosevelt sí lo hicieron». ¿Por qué unos logran sus objetivos y otros no? Para Berlin, la diferencia es que los primeros comprenden y los segundos no comprenden la naturaleza del material humano con el que están tratando. «Robespierre, José de Austria y Lenin hicieron todo, o casi todo, lo que era humanamente posible para encontrar la solución adecuada. Leían, estudiaban, discutían, reflexionaban [...] Sin embargo, fracasaron visiblemente y no consiguieron lo que deseaban. Tan solo consiguieron alterar violenta y permanentemente el orden que encontraron y produjeron una situación que ni ellos ni sus enemigos esperaban. Bismarck, Lincoln y Roosevelt lo hicieron», escribió Berlin en El poder de las ideas.19