Buch lesen: "Oriente"

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Vicente Blasco Ibáñez

Oriente


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664183569

Índice

ORIENTE

CAMINO DE ORIENTE

I La peregrinación cosmopolita

II Aguas y música

III Las mesas verdes

IV La ciudad del refugio

V El lago azul

VI Los osos de Berna

VII El lago y el Concilio

VIII La Atenas germánica

IX El Festival Wágner

X El "Mozarteum"

XI Viena la elegante

XII El subterráneo de los emperadores

XIII ¡Hermoso Danubio azul!...

XIV La ciudad de los magyares

EN ORIENTE

XV Los Balkanes

XVI Los turcos

XVII Constantinopla

XVIII El Gran Puente

XIX Los que pasan por el Gran Puente

XX El Gran Visir

XXI El palacio de la Estrella

XXII El Sélamlik

XXIII Los perros

XXIV Los Derviches Danzantes

XXV El heredero de «Las mil y una noches»

XXVI Santa Sofía

XXVII El Papa griego

XXVIII Turcas y eunucos

XXIX Los derviches aulladores

XXX Libertad religiosa

XXXI Restos de Bizancio

XXXII La Noche de la Fuerza

XXXIII La entrada en Europa


OBRAS DEL MISMO AUTOR
——
En el país del arte (viajes). Cuentos valencianos. La condenada (cuentos). Arroz y tartana (novela). Flor de Mayo (novela). La barraca (novela). Entre naranjos (novela). Sónnica la cortesana (novela). Cañas y barro (novela). La Catedral (novela). El Intruso (novela). La Bodega (novela). La Horda (novela). La maja desnuda (novela). Sangre y arena (novela). Los muertos mandan (novela). Luna Benamor (novela).
ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS


OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR
——
Terres maudites (Traducción de G. Hérelle), París. Fleur de Mai (Traducción de G. Hérelle), París. Boue et Roseaux (Traducción de Maurice Bixio), París. Contes Espagnols (Traducción de G. Menetrier), París. Dans l'ombre de la cathédrale (Traducción de G. Hérelle), París. Terras malditas (Traducción de Napoleão Toscano), Lisboa. A Cathedral (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa. Die Kathedrale (Traducción de Josy Priems), Zurich. Flor de Mayo (Traducción de Josy Priems), Zurich. Erdfluch (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín. Schilf und Schlamm (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín. Der Eindringling (Traducción de J. Broutá), Berlín. De Vloek (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem. Waar Oranjeboomen Bloeien (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdán. Chalupa (Traducción de A. Pikhart), Praga. Marná Chlouba (Traducción de A. Pikhart), Praga. Ah, il pane!... (Traducción de F. Gelormini), Palermo. Hvad en Mand har at gove (Traducción de Johanne Allen), Copenhague. Vinnyi Sklad (Traducción de M. Watson), Petersburgo. Bodega (Traducción de K. G.), Petersburgo. Prokliatac Pole (Traducción de M. Watson), Petersburgo. Sobor (Traducción de M. Watson), Petersburgo. Duoyñoy vistrel (Traducción de M. Watson), Petersburgo. Geleznodorognoy Zaiaz (Traducción de M. Watson), Petersburgo. Naloguiza obnagennaia (Traducción de M. Watson), Petersburgo. Arénes sanglantes (Traducción de G. Hérelle), París. La Horde (Traducción de G. Hérelle), París. A cortezan de Sagunto (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa. O Intruso (Traducción de Carvalho), Lisboa.

Vicente Blasco Ibáñez

ORIENTE

Índice

28.000





F. Sempere y Compañía, Editores
Calle de las Germanías, F S VALENCIA Sucursal: Mesonero Romanos, 42 MADRID

Esta Casa Editorial obtuvo Diploma

de Honor y Medalla de Oro en la Exposición

Regional de Valencia de 1909 y

Gran Premio de Honor en la Internacional

de Buenos Aires de 1910.

Derechos de traducción reservados en todos los países,

incluso Suecia y Noruega.

Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.ª—Valencia

Este libro—algunos de cuyos capítulos aparecieron antes en El Liberal de Madrid, La Nación de Buenos Aires y El Imparcial de México—va dedicado al ilustre periodista

Miguel Moya

claro talento, voluntad enérgica, poderoso reformador de la prensa española.

CAMINO DE ORIENTE

Índice

I
La peregrinación cosmopolita

Índice

Recuerdo que en cierta ocasión tuve en mis manos un ejemplar de la Gaceta Imperial de Pekín, y al revolver sus finas hojas de papel de arroz, entre las apretadas columnas de misteriosos caracteres, sólo encontré dos anuncios comprensibles por sus grabados: el que llaman vulgarmente tío del bacalao, ó sea el marinero que lleva á sus espaldas un enorme pez, pregonando las excelencias de la Emulsión Scott, y una botella de largo cuello con la etiqueta «Vichy-État».

Pocas empresas en el mundo habrán hecho la propaganda que la Compañía Arrendataria de las aguas de Vichy.

Circulan por las calles de la pequeña y elegante ciudad francesa los pesados carromatos cargados de cajones, camino de la estación del ferrocarril. Marchan las botellas alineadas en apretadas filas al salir de Vichy, para luego esparcirse como una esperanza de salud. ¿Adonde van?... La fama de su nombre les asegura el dominio del mundo entero. Una botella irá á morir, derramando el líquido gaseoso de sus entrañas, en una aldea obscura de las montañas españolas, y la que cabecea junto á ella no se detendrá hasta llegar á alguna población sueca, cubierta de nieve, vecina al Polo; y la otra irá á Australia; y la de más allá arrojará su burbujeante contenido, bajo el sol del África, en un campamento de europeos, de estómago quebrantado por las escaseces de la colonización.

Y así como el agua de Vichy se esparce por el mundo, para llevar á remotos países sus virtudes curativas, los médicos de toda la tierra por un lado, y la moda por otro, empujan hacia aquí á las gentes más diversas de aspecto y de lengua.

París, con ser la más cosmopolita de las ciudades, por la atracción que ejercen sus placeres y sus elegancias, no ofrece el aspecto mundial que el pequeño Vichy, con sus miles de extranjeros. En las primeras horas de la mañana, la muchedumbre que llena el Parque y se agolpa en torno de las fuentes, hace recordar los muelles de Gibraltar ó ciertos puertos de Asia, que son como encrucijadas marítimas, en los que se tropiezan y confunden todos los pueblos y todas las lenguas.

La gente europea, igual y monótona al primer golpe de vista, muestra su infinita variedad de trajes, gestos y actitudes bajo los paseos cubiertos del Parque. Desfilan los ingleses con la cara impasible bajo su pequeña gorra, moviendo al andar sus anchos calzones cortos sobre las pantorrillas enfundadas en medias escocesas; pasan los alemanes con sombrerillos tiroleses rematados por enhiesta pluma; los españoles y americanos, de corbatas vistosas y conversación á gritos; los italianos, que copian con exagerado servilismo las modas británicas; los franceses, todos con una roseta ó una cinta en la solapa. Las mujeres se exhiben envueltas en velos como odaliscas, con el rostro sombreado por el panamá ó el sombrero enorme, de alas caídas y cargado de flores, copiado de los retratos de los pintores ingleses. Las blusas de encajes transparentan en su trama sutil rosadas desnudeces; las faldas, cortas y blancas, dejan en su revoloteo una estela de perfumes. Confundidos en esta avalancha de tonos uniformes, pasan los egipcios y turcos, de levita clara y elevado fez; los chinos, de túnica azul y bonete negro con rojo botón sobre el trenzado pelo de rata; los malayos, de blancos calzones, con femeniles trenzas arrolladas en torno de su rostro amarillo y simiesco; los persas, vestidos á la europea, pero coronando su bigotuda cara con un gorro de astrakán; dos ó tres rajahs indios, de albas vestiduras, graves, hermosos y perfumados, como sacerdotes de una religión poética que tuviese por deidades á las flores; judíos sórdidos, cubiertos de sedas tan brillantes como sucias, y moros ricos de Argel y Túnez, jeiques de tribu, que ostentan sobre el nítido albornoz la mancha roja de la Legión de Honor y unen á su arrogancia tradicional la satisfacción de hallarse en su propia casa, como súbditos de la República francesa. Y juntos con estas gentes extrañas se muestran los franceses exóticos, los militares venidos de lejanas Francias, los oficiales del ejército colonial, que llegan á reponerse de las fiebres de los pantanos tonkineses, del sol que devora á los hombres en las casas de tierra de Tombouctu, en los puestos avanzados del Sahara ó en las factorías del Senegal y del Congo; spahis y cazadores de África, de teatrales uniformes; marinos y coloniales con traje blanco y casco ligero de lienzo y corcho.

El agua turbia y burbujeante que salta en las fuentes, bajo una gran cúpula de cristal, es la que realiza el milagro de reunir gentes tan diversas y de origen tan lejano en esta pequeña ciudad del centro de Francia, que hace menos de tres siglos dió á conocer la pluma de Mad. Sévigné.

Nada hay nuevo en el mundo. Lo mismo que la gente viene ahora á las estaciones termales de las que es reina Vichy, iba hace tres mil años, con un fin religioso y de curación al mismo tiempo, á pequeñas ciudades de Grecia, famosas por sus aguas y sus profetisas, buscando á la vez la salud del cuerpo y la certeza del porvenir.

No hay aquí ninguna Pitonisa que, montada en un trípode sobre la fuente de la Grand Grille ó de los Celestinos, profetice nuestra vida futura; pero diarios y prospectos anuncian la presencia en Vichy de acreditadas profesoras de cartomancia y magia, venidas de París para rasgar los sombríos misterios de lo futuro, á razón de veinte francos por consulta.

No se encuentra una Friné que se muestre desnuda en medio del Parque, como la irresistible cortesana griega, despojándose de sus velos ante los peregrinos enfermos de Delfos para alegrar su miseria con la regia limosna de la exhibición de sus gracias; pero las Frinés vestidas son legión; se cuentan á centenares: unas hablan francés, otras español, otras ruso; son ortodoxas, heterodoxas, hebreas ó simplemente impías; las hay rubias, morenas, amarillas y hasta negras, y repitiendo á puerta cerrada la suerte de la bella ateniense, ahorran para la campaña de invierno en París ó Marsella, Argel ó Madrid.

Los graves sacerdotes, majestuosos y sibilinos, de este moderno santuario de la salud universal, son los médicos. Ochenta y cuatro he contado en la lista que figura por todos lados, en las esquinas, en los programas de los conciertos, en las cartas de cafés y restaurants, y hasta en las paredes de los mingitorios, para recordar á todas horas al olvidadizo viajero que estos imponentes personajes son los verdaderos soberanos de Vichy, y no debe nadie beber una gota de agua sin previa consulta.

Siendo á modo de grandes sacerdotes, inútil es decir que ocupan las mejores casas de la ciudad, lujosos hoteles, sonrientes villas rodeadas de flores, cuyos salones de espera están siempre llenos de clientes.

Con las aguas de Vichy no se puede jugar. Los graves hombres de la ciencia hablan de ellas como si fuesen terribles venenos. Cada vez que hay que aumentar la dosis en un sorbo, conviene consultarles previamente, con un luis de oro en la mano. Causa admiración la sabiduría, el tino con que estos respetables arúspices de la ciencia combinan la toma de las aguas de las diversas fuentes, armonizando unas con otras.

—Un vaso de la Grand Grille á tal hora; luego uno de Celestinos á tal otra. Más adelante variaremos y serán Chomet y Hôpital. Sobre todo, nada de prisas. La curación debe seguir su marcha.

¡Nada de prisas!... Lo mismo que los graves doctores piensan los hoteleros de Vichy, los dueños de cafés, los empresarios de teatros, hasta las Frinés del Parque, y esta unanimidad de pareceres convence al viajero, que no sabe cómo agradecer el interés que todos muestran por retenerle á su lado.

En torno de las fuentes, los bebedores de agua, apurando lentamente sus vasos, se preguntan á veces por sus dolencias. Uno tiene enfermo el hígado, otro la garganta, el de más allá sufre diabetes; una señora calla y enrojece, pensando en la tristeza de los árboles, que mueven sus copas sin llegar nunca á dar fruto... ¡Y todos beben lo mismo!

La humanidad, que desprecia la salud mientras la posee, guarda su fe más ciega para los que la consuelan y entretienen en la gran cobardía de la dolencia.

II
Aguas y música

Índice

El sol de las primeras horas de la tarde, filtrándose al través del follaje del Parque de Vichy, extiende un manto temblón de harapos de sombra y retazos de luz sobre la muchedumbre sentada en sillas de hierro, en torno del kiosco de la música. La orquesta, acompañada de lejos por las bocinas de los automóviles que pasan veloces, por el vocerío de los vendedores de periódicos que pregonan las últimas hojas llegadas de París, y por los gritos de los cocheros que invitan á pintorescas excursiones por las riberas del Allier, puebla el espacio con los lamentos de las ondinas del Rhin, llorando el mágico tesoro arrebatado por el maligno Nibelungo, con el melancólico adiós de Lohengrin al alejarse de Elsa, ó con la romántica Canción de la Estrella que entona Wolfram, el grave trovador, contemplando el astro del atardecer.

Vichy es la ciudad de la música. Los viajeros que ocupan los hoteles inmediatos al Parque, despiertan, apenas comenzada la mañana, arrullados por el primer concierto del día. El Sigur, de Reyer, lanza sus bélicos apóstrofes, ó la Thais, de Massenet, se entrega á su mística meditación, arrepintiéndose de sus desórdenes de cortesana, mientras el viajero se viste y se lava y va á beber el primer vaso del día en la fuente de la Grand Grille. Luego, á las once, empieza otro concierto en el café de la Restauración, con aditamento de cantantes, y á éste sigue el grande de la tarde, en pleno Parque, que dura hasta las cinco, sin que entre las piezas existan otros intermedios que brevísimos instantes de descanso, como si la orquesta se avergonzase de su inacción y Vichy no pudiese vivir sin una melodía interminable vibrando en su ambiente. Y á las siete, después de la comida, empiezan á la vez, para durar hasta media noche, tres grandes conciertos en los tres casinos importantes, á más de una representación de ópera en el Gran Teatro y los innumerables concertistas que actúan en los cafés y music-halls.

Parece como que todos los instrumentistas de Francia vengan á Vichy, durante la temporada termal, para entretener el ocio del público cosmopolita, que digiere las famosas aguas al arrullo de las orquestas. Toda la música del mundo es devorada por el enorme consumo melódico de esta población, que llaman orgullosamente los franceses la Reine des Villes d'Eaux. Desde el Fuego encantado, de Wágner, hasta la Jota Aragonesa y la Marcha Real, la música de todos los tiempos y de todos los países halaga los oídos de la muchedumbre extranjera, tropel de aves de paso que llena Vichy durante algunas semanas; y tan pronto suenan las graves notas de una composición de Bach, como se desarrollan picarescos y juguetones los cantos del género chico español, y se contonea chulescamente el diabólico tango, haciendo murmurar á los graves señores condecorados: Ollé, ollé! y moverse los pies de las señoras, que exclaman: Comme c'est joli!

Música y aguas á todo pasto. ¿Y los enfermos?... Los enfermos no se ven en ninguna parte. Á Vichy se viene á descansar. Además, la mayor parte de las enfermedades que curan estas aguas son de «larga espera»: males de estómago, diabetes, etc., y los dolientes no se diferencian, en su aspecto exterior ni en su gesto, de los sanos. De vez en cuando se ve un señor que, escuchando el concierto, deposita un pie hinchado, enorme, elefantíaco, sobre la silla que tiene delante; pero las bandas de franela y la pantufla son lo único que revela su enfermedad al contrastar con el otro pie calzado de charol. Pasan algunas señoras sentadas en sillones de ruedas, de los que tiran mozos de cordel; pero van pintadas y compuestas como las demás mujeres, con tal estiramiento elegante en su enfermedad y tal respeto de sí mismas, que hacen pensar si en Vichy morirá la gente vistiendo traje de soirée al arrullo del último vals de moda.

En los bailes del Gran Casino se ven jóvenes con muletas, ó muchachas que cojean ligeramente, esforzándose por ocultar la flojedad de sus huesos, triste herencia de las diversiones de sus progenitores; pero el frac de los unos y las toilettes escotadas de las otras, parecen borrar la gravedad de sus dolencias, y todos sonríen, con un deseo vehemente de divertirse. Cuando suena la orquesta, el que puede bailar, baila, y el que se ve imposibilitado de hacer esto, se mete en la sala de juego.

Vichy se divierte: los enfermos malhumorados, que alborotan en sus casas y llevan á mal traer á los suyos, sonríen aquí, y á las seis de la tarde visten su traje de ceremonia. Venir á tomar estas aguas sin traer un smoking en la maleta equivale á un sacrilegio.

Hay que descansar, y aunque una gran parte de los que llegan á Vichy son favoritos de la fortuna, que no conocen la rudeza del trabajo, descansan y descansan, bebiendo dos vasos de agua por día y charlando durante el curso de tres ó cuatro conciertos diarios.

Las buenas relaciones entre Francia y España, su acción común en Marruecos, han influído para dar mayor boga á nuestra música. Los mismos compositores de segundo orden, que hace algunos años escribían danzas rusas y melodías moscovitas en honor de la Doble Alianza, producen ahora la Marche des gitanos, la Marche des Aficionados y otras obras de no menos color, con fragmentos de la Marcha Real en sordina, repiqueteo de castañuelas, tintineo de triángulo y golpes de pandero.

La música del género chico, tangos dislocantes, pasacalles alegres, dúos de ligera pasión y jotas alborozadas, al alternar con las obras de los maestros más famosos, alcanza un éxito que no consiguen éstos muchas veces.

Yo respeto y admiro el llamado género chico. De sus libretos, dramas comprimidos ó sainetes coloristas, apenas si me acuerdo una semana después de haberlos visto. Pero la música de esas obras es una de las manifestaciones artísticas más respetables y más grandes de la España actual. Se ha hablado mucho de la necesidad de una ópera española. ¿Para qué? España ya tiene su música, que no puede ser más suya. Á los pueblos no hay que forzarlos para que produzcan artísticamente en determinada dirección, sino aceptar lo que den espontáneamente y celebrarlo, siempre que tenga una individualidad marcada.

El ilustre maestro Bretón se ha pasado gran parte de su vida batallando y penando por crear y afirmar la ópera española. Yo he viajado por varios países de Europa sin oir en ninguna parte fragmentos de sus óperas, que pudiéramos llamar solemnes ó grandes, y en cambio, he escuchado y he visto aplaudir en Francia y en Italia La verbena de la Paloma, y la he oído canturrear á gentes de los Estados Unidos.

En Nápoles (país de los concursos de romanzas, que cada año da al mundo una canción de moda) los músicos callejeros y las orquestas de los cafés no tienen otra música amada que la de Caballero, Chapí, Chueca y otros españoles.

En Venecia, la de las serenatas románticas, he visto las góndolas cargadas de cantores y orladas de luces, navegar por el Gran Canal, bajo las ventanas de los hoteles, poblando el silencio de la noche con la «Marcha de los marineritos» de La Gran Vía.

Cada país debe alegrarse por lo que tiene, sin detenerse á desentrañar y aquilatar su mérito, pues peor es no poseer nada y no despertar la atención más allá de las fronteras.

La fama de hermosura y gracia de la mujer española la sostienen hoy, desde París á San Petersburgo, todas esas muchachas que, con apodos más ó menos extraños, bailan ó cantan «cosas de la tierra». Sólo cuando aparece en la escena un mantón con flecos y un pavero ladeado sobre un moño con claveles se acuerda el gran público de que existe España. Cuando las orquestas acarician los nervios de la muchedumbre con la música fácil, alegre y bizarra del llamado género chico, se enteran en Europa de que existe un arte español y de que en la Península nos dedicamos á algo más que á matar toros.

Á muchos les parecerá un sacrilegio lo que voy á decir, pero no por esto es menos cierto. La música de La Gran Vía la tocan más en el mundo y es más conocida que la de El anillo del Nibelungo. Ya sabemos que Chueca no es Wágner. Pero la inmensa mayoría de los que escuchan conciertos en el extranjero, aunque fingen por snobismo una admiración de personas correctas hacia las obras consagradas, prefieren en su interior el «Caballero de Gracia» á todos los caballeros del Santo Graal.

€1,99
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0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
16 Januar 2025
Umfang:
281 S. 2 Illustrationen
ISBN:
4057664183569
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Bookwire
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