Buch lesen: "La Bruja y el Hechicero"
VERÓNICA L. VIGNOLO
La Bruja y el Hechicero

Vignolo, Verónica L.
La Bruja y el Hechicero / Verónica L. Vignolo. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
100 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-87-1347-2
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
¿Crees en la magia?
¿Es algo real?
Magia
Se cree que es la fuerza sobrenatural que nace del hombre; de su deseo; y de su fuego interno.
Una ciencia oculta que está llena de misterio y que combina conjuros, pócimas y hechizos.
Arte de hacer posible lo imposible…
Dícese que, en un tiempo remoto, había un hechicero muy poderoso al que se le atribuía la capacidad de alterar la naturaleza de las cosas y crear resultados que no respondían a la lógica o a la razón. Su conocimiento y poder eran impresionantes...
Y dícese también que un día conoció a una joven y prometedora bruja.
Y que, además, sin poder llegar a predecirlo, caería impresionado por su natural encanto y hermosura.
Ella llegaría a su vida de manera imprevista, y hechizaría sin previo aviso su rebelde y solitario corazón…
Año 1692
Esmeralda y Michael
Eran tiempos duros y la escasez azotaba la época. Se vivían momentos hostiles y de gran violencia, causados por momentos de fuertes conflictos civiles y hambruna. La gente se peleaba por alimentos y recursos.
Mientras tanto crecía paralelamente un importante desarrollo de la magia dentro de la ciudad. Con sólidos antecedentes y fusiones entre tradiciones indígenas prehispánicas y la de los españoles tras su conquista. Proveían a la ciudad de una variedad extensa de ritos y preparados; pócimas y hechizos en búsqueda de soluciones milagrosas para la pobreza, la soledad y el mal de amores, entre los más destacados.
En ese contexto estaba Michael. Él era un hechicero muy prestigioso y de renombre para la época. Sus ojos negros azabache de un oscuro profundo lo marcaban con intensidad y fuego.
Se caracterizaba por su prominente mandíbula huesuda y escalofriante, y una barba que hacía juego con su entrecejo y lo hacía lucir una mirada reacia para el público, escondiendo detrás un alma de feroz contrincante.
Llevaba consigo su daga de plata con dije de ojo de topacio azul que siempre lo acompañaba. Era su amuleto y protección. Además vestía una elegante capa negra con detalles rojos. Unas sutilezas que consideraba genuinas y dignas de un buen mago y por las cuales era también muy fácil reconocerlo.
Por otro lado estaba Esmeralda, una bruja principiante, que vivía en un pueblo cercano a unos 13 km de donde vivía Michael. Ella no era tan conocida como él, todo lo contrario, ya que sus aplicaciones eran puramente caseras y sus conocimientos eran muy básicos.
Esmeralda tenía un hermoso cabello castaño–rojizo, piel blanca y aterciopelada como la de la luna, ojos entre verdes–amarronados junto a una sonrisa simplemente hechizadora.
Conquistaba con su simple presencia y dominaba varias artes de curación, adivinación, telepatía y empatía. Conectaba muy bien y muy rápidamente con las personas y sus emociones.
Su marca personal era un dije de ámbar naranja coñac, que adosaba a su pulsera de perlas blancas y una capa roja que le llegaba hasta la cintura. Era intrépida y curiosa, siempre ávida de aprendizaje.
Podía presentir que este era solo su comienzo dentro de la magia y que tendría un gran potencial.
Todo sonaba bastante prometedor dentro de su mente; pero la verdad era que su realidad pronto cambiaría drásticamente en el momento en que se cruzase y se encontrara con él...
Michael dedicaba casi todo su día a la brujería, estudiando, probando nuevas pociones e ingredientes extraños.
Para él todo problema social era un nuevo reto y, aburrido de las pócimas de amor, quería incursionar en algo más poderoso, que pudiera realmente cambiarles la vida a las personas.
Una mañana mientras estaba trabajando se frustró al darse cuenta de que se había quedado sin su ingrediente estrella: “la flor fresca de lavanda” .Un ingrediente muy presente en todos sus preparados. Sabía que de este modo no le quedaría más remedio que interrumpir todos sus experimentos e ir al campo más cercano en busca de nuevas provisiones.
Como dato para la búsqueda de cada ingrediente que usaba, tenía siempre de referencia a un pueblo no muy lejos de ahí, donde cultivaban diferentes flores y plantas. Y para lo que él necesitaba conocía una estancia cuyo dueño cultivaba, entre otras cosas, grandes espacios con hermosas plantas de lavanda.
Debería caminar para ello entre 10 km y 12 km; pero no le importaba porque sabía que el camino valdría la pena y por ahí, tal vez, encontraría algún otro ingrediente que le sería seguramente de utilidad.
Michael comenzó así su trayecto, que le suponía una prolongada caminata hasta llegar al lugar indicado.
Mientras tanto, por otro lado, estaba Esmeralda en su casa, ayudando en la cocina a su madre y esperando a que su novio Luis la viniera a visitar como de costumbre.
Luis vivía en una casa vecina, pero igualmente estaban a unos 7 km de distancia. Había pocas casas en ese pueblo y todas se encontraban muy distantes unas de otras.
Michael finalmente llegó a su destino y comenzó a recolectar las flores de lavanda salvaje, que perfumaban y pintaban colorida y alegremente los campos rurales.
Griselda era la mamá de Esmeralda, una mujer entrada en años, muy madura y trabajadora. En su juventud había sido siempre muy enérgica; pero con el paso y el peso de los años se agotaba con facilidad. Incluso más de lo normal. Griselda entonces decidió mandar a su hija afuera para que la ayude a entrar la ropa que habían antes lavado a mano por horas en una palangana con jabón. El trabajo había consumido todas sus energías, y Esmeralda no dudó en realizar esta tarea por su madre.
Cuando Esmeralda salió, vio a lo lejos a alguien vestido muy extrañamente con una capa larga y negra.
No sabía si era algo que estuviera imaginando o si esa figura era realmente real. Decidió acercarse, ya que su curiosidad era demasiado fuerte y no podía evitarlo.
Apenas el extraño se percató de su presencia, ambos se miraron, primero con desconfianza, después con una mirada penetrante e inquisidora como para identificarse sin hablar. El silencio y la curiosidad persistían, ninguno de los dos emitía palabra. Hasta que, por fin, Michael se animó y le dijo:
—–Disculpe, señorita, solo estaba de paso buscando algo de lavanda para un té. Sepa disculpar mi atrevimiento. Se la pagaré si así lo desea. Traigo conmigo unas cuantas monedas.
—¿Un té? –preguntó ella–. ¿Acaso tiene usted algún familiar enfermo? –insistió Esmeralda.
—No, es simplemente un dolor pasajero y sé que este ingrediente es muy recomendable para todo tipo de molestias, por eso lo busco.
—Seguramente con una canasta llena tendría para sanar a todo el vecindario –agregó y rio sutilmente–. No es necesario que me pague, aquí crece en abundancia.
Él agradeció con una sonrisa y se marchó al poco tiempo de finalizar la conversación.
Al llegar nuevamente a su casa Michael se puso a reflexionar sobre el impacto que le había generado la aparición de aquella desconocida.
Aquella joven tenía un vestido de color lila suave y de estilo sencillo, pero delicado, que hacía juego impunemente sacándole gran ventaja a la belleza misma de los campos perfumados de lavanda, tan primorosos y delicados. Su pelo ondulado medio rojizo al sol la hacía lucir tan bella y extrañamente poderosa que la había dejado realmente fascinado, y una inquietud en su interior le producía unas inmensas ganas de volver a verla.
Cuando Esmeralda terminó de entrar la ropa y completar sus quehaceres, también permaneció en ella un pensamiento remaneciente, de aquel hombre que había aparecido esa mañana en su campo. Pensaba en el magnetismo que le había generado aquel hombre de rasgos varoniles muy marcados y aspecto delgado, no era más alto que ella, sino de su misma estatura y no lucía para nada forzudo, era todo lo contrario a su novio Luis, que tenía una gran musculatura.
Ella había notado especialmente en este hombre extraño cómo resaltaba su rostro con su mandíbula marcada y su barba negra azabache que le quedaban realmente muy bien. Podía además intuir que detrás de su mirada escondía algo más allá de la anteriormente declarada recolección de lavanda para el té. Tenía muchísima intriga por descubrir cuál era realmente la finalidad de aquel hombre tan misterioso y tan magnético.
Pasó más de una semana sin ningún hecho elocuente, hasta aquel viernes algo nublado y ventoso, donde la madre de Esmeralda le pidió que le consiguiera ingredientes para una receta familiar que ellas preparaban y que le servía de remedio. Esmeralda debería ir hasta el centro del pueblo para conseguirlo.
Emprendió su viaje rápidamente, ya que debería recorrer todo el mercado central para encontrar lo que su madre le había pedido. Una vez ahí, pasaban las horas sin éxito, y sin encontrar lo que necesitaba. Los ingredientes para la medicación eran muy específicos. Su madre sufría de asma y además se encontraba muy debilitada por un par de gripes que había pasado.
Cuando se dio vuelta para ir al último lugar que le quedaba por visitar, se chocó con una persona que tenía detrás.
—¡Mil disculpas! No lo vi –dijo de inmediato ella.
Cuando levantó la mirada lo reconoció automáticamente. Era él, el mismo extraño del campo.
—¡Hola, qué maravillosa coincidencia! –saludó cordialmente Michael.
—Sí, la verdad, qué extraño, ¿no?
—¿Qué te trae por el mercado? Estás lejos de tu casa, tiene que ser algo importante –preguntó Michael.
—Sí, mi madre necesita ingredientes para un medicamento casero familiar y no logro conseguirlo.
—¿Qué medicamento necesitas preparar? Por ahí pueda ayudarte. Tengo muchas cosas en mi casa.
—Ella toma un medicamento a base de ruda, cúrcuma, ginkgo biloba y jengibre, pero me faltan casi todos los ingredientes y no puedo prepararlo.
—¡Sencillo! –dijo y sonrió–. Tengo todo lo que necesitas, ven y con gusto te los daré, ya que me has permitido cosechar lo que buscaba la otra vez.
Esmeralda dudaba y desconfiaba muchísimo en su interior. Igualmente sabía que muchas opciones no tenía, ya que eran ingredientes escasos en aquel lugar, y tenía su magia y valentía para protegerse ante cualquier inconveniente. Así que asistió ante la amabilidad de aquel extraño y lo acompañó en la búsqueda de lo que necesitaba.
—Antes que nada, ¿cómo te llamas? –indagó ella–. Nunca te pregunté tu nombre.
—Michael. Un gusto, señorita –respondió con alegría–. ¿Y tú?
—Esmeralda. Un gusto igual –ambos asintieron.
Michael le llevaba fácil más de diez años a ella, aunque como lucía un aspecto más joven por ahí no era tan fácil descifrarlo. Ella tendría unos veintitantos y él rondaba los cuarenta.
Cuando Esmeralda entró lentamente a la casa de Michael, descubrió para su fascinación un sinfín de frascos de todos los tamaños y colores; sales; especias; olores desconocidos que envolvían y deslumbraban sus sentidos por completo. Totalmente maravillada no podía creer lo que estaba viendo.
—Eres mago –dedujo y afirmó audazmente ella.
—Hechicero más propiamente dicho –respondió Michael.
—¡Veo! Estás en el rubro de la magia también. Yo estoy estudiando algunas cosas del tema; pero no creo saber ni un tercio de lo que sabes tú –agregó entusiasmada.
Michael sonrió con confianza y comenzó a mostrarle algunos de sus hechizos más simples y pociones.
Las horas pasaron como agua y cuando Esmeralda quiso percatarse ya estaba oscureciendo.
Horrorizada del paso del tiempo, no dudó un instante en emprender la retirada; saludó a Michael de inmediato y le agradeció por facilitarle los ingredientes que necesitaba y le explicó que su madre se preocuparía, no podía demorarse ni un minuto más y se marchó prácticamente corriendo.
Michael no tuvo opción, lamentaba mucho su partida; ya que habían sido horas muy amenas las que habían compartido y charlado de temas muy apasionantes para él. Era una grata compañía que rompía los esquemas de su habitual soledad.
Pasaron un par de semanas, después de ese día, y el interés y preocupación por saber algo sobre Esmeralda ya se volvía irrefrenable e imparable en él. No lo pensó más, y se puso de inmediato en movimiento con destino a los campos donde vivía aquella muchacha castaña pelirroja tan encantadora.
Llegó después de una hora y veinte minutos de caminata rápida a la casa de ella. Se asomó cautelosamente, por la parte de atrás, donde había una pequeña ventana.
Cuando vio hacia el interior de la casa se dio cuenta de que esa ventana daba a la cocina, y allí mismo estaban Esmeralda, junto a una mujer canosa y mayor que debía ser su madre, y un hombre corpulento joven que no conocía. “Qué físico tan trabajado y musculoso. ¿Sería ese el tipo de hombre que le gustaba a Esmeralda?”, pensaba Michael con un dejo de tristeza.
Él solo quería hablar, aunque sea unos segundos, pero no sabía cómo lo lograría. Igual su ingenio y astucia estaban a la hora del día, seguramente algo se le ocurriría. Y tendría que ser rápido.
La noche anterior le había escrito una nota, invitándola para que venga a pasar un día más a su morada y poder compartir con ella unos descubrimientos nuevos que había estado practicando para sorprenderla y cubrir la curiosidad mística que tenía su principiante amiga.
Aun así, no sabía cómo dársela sin que lo viera.
Permaneció unos instantes pensando y volvió a arrimarse a la ventana para que lo viera; pero Esmeralda se encontraba de espaldas a la ventana hablando y parecía con pocas ganas y desinteresada de lo que le decía el joven castaño fornido.
Debería pensar otra estrategia, y por lo que notaba las ventanas de los dormitorios estaban a mucha altura, más de lo que su emoción por comunicarse le permitía improvisar.
Vio una paloma y pensó atarle el mensaje a su pata para que ella lo encontrara; pero las probabilidades de error con este experimento eran muchas.
“¡Al fin y al cabo yo soy brujo! –se dijo a sí mismo–. ¡Y uno de los más reconocidos! Haré un encantamiento y ataré mi mensaje a una flor para que solo ella pueda encontrarlo y leerlo”. Y así lo hizo.
A la mañana siguiente Esmeralda se levantó muy temprano, no había podido dormir bien y fue al jardín a buscar algo de cedrón para hacerse una rica infusión para armonizar su mañana, le esperaban muchas tareas.
Fue allí donde percibió una luz extraña proveniente como de un rosedal amarillo que tenía en el fondo del jardín, uno de los tantos que a su madre le gustaban, que estaba junto a los jazmines. Allí vio la nota encantada atada al tallo de la rosa y por total sorpresa recibió con alegría el mensaje de su amigo brujo.
Obviamente que el mensaje la había dejado perpleja y que tenía muchas, muchísimas, ganas de ir; pero cómo haría para escaparse todo un día de su casa y con qué excusa. Lo pensaba y repensaba. Alguna idea se le tendría que ocurrir.
Y si ese día justo venía su novio a visitarla, ¿cómo justificaría su ausencia? Tenía una tía en el centro, pero no estaba segura de poder contar con su complicidad, ya que eran muy amigas con su madre y no le gustaría engañarla; pero no tenía a nadie más a quien recurrir.
Al día siguiente se decidió y partió de su casa con el pretexto de ir a visitar a su tía, saludarla y ver si precisaba algo y en el camino pensaría cómo hacer para que su tía no se enoje y la ayude…
Llegó a media mañana a la casa de Isabel, su tía, quien la recibió rebosante de alegría por ver a su sobrina después de tanto tiempo.
Pasaron un par de horas conversando y Esmeralda le comentó dulcemente su situación y que quería conocer y aprender más en magia y hechicería. Su tía, al percibir que su sobrina se expresaba con tanto anhelo, accedió a cubrirla con su madre; pero no sin antes darle varias recomendaciones. Aquel hechicero era muy bien conocido por la gente del pueblo y reconocían su gran poder de seducción y encanto.
Arribó por fin a la casa del hechicero con gran entusiasmo, y él la recibió de igual modo y con una buena taza de té, perfectamente lista y necesaria para iniciar sus entusiasmadas charlas donde hablarían de pócimas y combinación de elementos.
Las horas parecían transcurrir como por arte de magia. Y nada más propio y bello que ese encanto secreto de una energía fuerte que emanaba entre ambos, causada por su gran interés y entusiasmo. Los temas de por sí fluían muy naturales.
Llegando ya la tardecita y con un frío particularmente descorazonado que azotaba por el ventanal, él hizo movilizar sus lecturas y estudios hacia el lado de la hoguera que estaba en otra sala cerca de la cocina. Renovaron también la ronda del aromático té de menta y cedrón que había preparado Michael, para continuar con sus estudios y pláticas.
Michael estaba encantado por la mirada dulce de Esmeralda. Esa chispa en sus ojos que marcaban su curiosidad insaciable. Además, le parecía muy inteligente y muy buena aprendiz, ya que tomaba nota de todo y retenía la información rápidamente.
Ella por su parte estaba claramente fascinada con el conocimiento nuevo, que no había nunca practicado en sus preparados. Le resultaban de gran utilidad para su madre, ya que la mayoría eran para calmar la tos o mejorar la salud. Y además su maestro le parecía muy misterioso y elegante, tenía “un no sé qué” que la cautivaba.
Michael miraba como hipnotizado el frondoso y hermoso cabello de Esmeralda que parecía cambiar de intensidad de color junto al brillo del fuego.
Él notaba, también, que a pesar de estar cerca de la hoguera, Esmeralda sufría mucho el frío. Su piel frágil y blanca como la porcelana tiritaba sutilmente a pesar de la calefacción.
Él no dudó en ofrecerle gentilmente su corpulenta y abrigada capa.
Cuando se aproximó Michael para dársela, sus miradas de inmediato se cruzaron en un fuego violento. Algo salvaje y repentino. La lujuria y el deseo se hacían incomprensibles y difíciles de reprimir durante mucho más tiempo. Una batalla campal que quería desatarse.
Die kostenlose Leseprobe ist beendet.