Buch lesen: "¡Arroja la bomba!"

Schriftart:

Contents

1  ExLibris

2  Portada

3  Creditos

4  Dedicatoria

5  Preliminares

6  CAPITULO I

7  CAPITULO II

8  CAPITULO III

9  CAPITULO IV

10  CAPITULO V

11  MIL CLAVELES COLORADOS

12  Intro

13  Simon Radowitzky

14  El culmine

15  La verdadera historia de Simplicio de la Fuente

16  La Encarnacion

17  Titta Ruffo

18  El gato anarquista

19  El nuevo tunel del simplon

20  Silveyra

21  Los primeros claveles

22  El petiso de la furca

23  Krishnamurti

24  La carta a Carlitos

25  Claudio Martinez Paiva

26  El soperazo

27  Don Hipolito

28  Kurt Wilckens

29  Severino y los ministros

Landmarks

1  Cover




Escales, Vanina

¡Arroja la bomba! Salvadora Medina Onrubia y el feminismo anarco / Vanina Escales; Salvadora Medina Onrubia - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Marea, 2019.

Libro digital, EPUB - (Historia urgente / Constanza Brunet; 73)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8303-16-1

1. Biografía. 2. Anarquismo. 3. Feminismo. I. Título.

CDD 920


Edición: Constanza Brunet

Coordinación: Florencia Jibaja Albarez

Corrección: Marisa Corgatelli

Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez

Imagen de tapa: Intervención de una fotografía de Salvadora Medina Onrubia (circa 1915),

del archivo personal de Emma Barrandeguy.

© 2019 Vanina Escales

© 2019 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371–1511

marea@editorialmarea.com.ar

www.editorialmarea.com.ar

Los textos reunidos bajo el título Mil claveles colorados, cuya autora es Salvadora Medina Onrubia, han sido reproducidos con autorización escrita de Helvio Botana Hayashi.

ISBN 978-987-8303-16-1

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.

Impreso en Argentina – Printed in Argentina.

A la memoria de Emma Barrandeguy,

América Scarfó y Osvaldo Bayer.

A Helvio Botana Hayashi.

PRELIMINARES

Si aparece en este libro la primera persona es porque Salvadora y yo tenemos una historia de muchos años. Estaba leyendo Severino di Giovanni. El idealista de la violencia y quise conocer a América Scarfó en el mismo instante. América, “Fina”, decía “no” después del “hola” y solía rechazar cualquier intento de entrevista. Tenía casi noventa años y elegía con quién quería hablar; no le encontraba sentido a hacerlo con quienes no hablaran su mismo código. A mí me dijo que sí. Hablábamos sobre ella, sobre Salvadora y un día le pareció bien darme un consejo: “Yo tenía un lema para los hombres: tenían que ser compañeros, tenían que ser inteligentes y tenían que ser muy buen mozos”. Con la voz de América empecé a escribir a Salvadora y a tratar de unir datos dispersos y en apariencia contradictorios.1

“Amo llamarme así. Además, ¿de qué otra manera podría yo llamarme?”, escribió Salvadora en El vaso intacto. La versión femenina del Salvador: “Los nombres tienen color… El mío es de un rojo obscuro y brilla demasiado”. Nació a finales del siglo xix y escribió desde mediados de 1910 hasta la década de 1930. Outsider del campo canónico de la literatura, fue moderna por fuera del Grupo Sur y de izquierda al margen de Claridad. Cercana a Alfonsina Storni, tampoco fue popular como ella. Sin embargo, esta marginalidad algo buscada, pose de protagonista, le permitió captar los relieves de su época, mostrar los límites de las vanguardias estéticas y expandir por nuevos hilos la trama de la cultura: ese es su desliz. Poemas con travestis, cuentos con viejas aborteras. Si solo es posible hablar con nuestra época, con el tiempo que las palabras nos dicen en común, Salvadora ensayó también una soledad anacrónica e hizo sonar palabras que se escucharon tiempo después, como las de Las descentradas. Hablamos hoy de ellas, Salvadora y su obra, olvidadas por más de cincuenta años.

Las obras de teatro fueron escritas mientras hacía periodismo no solo en el diario Crítica “sino en otros más pequeños y más violentos”. “Hablaba al pueblo, luchaba con él, lo acompañaba y apoyaba en su cruzada por lo que más tarde conquistó”, dijo en un momento de su vida.

Salvadora Medina Onrubia es una contraseña rara de la historia no evidente de la literatura argentina. Es, al mismo tiempo, una ineludible para leer las décadas de 1920 y 1930, su moral privada y su política pública. También, es la feminista libertaria con sello de iconoclasta, que tiene problemas con la autoridad, venga de donde venga.

¿Por qué alguien desaparece? Casi todos sus libros quedaron durante décadas en primeras ediciones, con lecturas esporádicas de la crítica literaria. Pasó a formar parte de la historia como un dato secundario de biografías salientes: abuela de Copi, esposa de Natalio Botana, amiga de Alfonsina Storni, de Simón Radowitzky, de Severino Di Giovanni y de América Scarfó. Tuvo un modo singular de ser anarquista porque quiso que las mujeres pudiéramos votar, fue también teósofa y espiritista. Sin embargo, ninguno de esos términos hace justicia a su modo personal de habitarlos.

Este libro creció prestando oído a la resonancia de las palabras de Salvadora e hizo sus derivas siguiendo las conversaciones que lo alimentan con Emma Barrandeguy, América Scarfó, Gloria Machado Botana, Alejandro Storni, “la China” Botana, Osvaldo Bayer y Helvio “Papo” Botana Hayashi, mi amigo extraordinario. Sus contemporáneos ya no viven. Muchos la recordaron para esta historia de montajes sobre los rumores de datos dispersos que sigue sus huellas literarias y los pliegues de su biografía.

Escribo en soledad, pero no sola. Este libro se fue escribiendo a través de las conversaciones con amigas y amigos, los comentarios al paso, los datos que alguien recordaba, los diálogos con otros libros, las horas de hemeroteca, los archivos que los compañeros y compañeras de la Federación Libertaria Argentina, del Ateneo Anarquista de Constitución y de la Biblioteca José Ingenieros custodian. Debo mucho a la amistad y las conversaciones con María Moreno y Marcos Zangrandi. Sus lecturas fueron muchas veces mi “ponle la cola al burro”, para no decir mi Virgilio y sumar solemnidad a aquellos diálogos. Mabel Bellucci fue una presencia permanente en estos años, no solo por su memoria de archivista, sino por su extenso trabajo de investigación sobre las anarquistas. Algunas imágenes son producto de telepatía y chat con Fede Schmucler y de la sensibilidad de Diego Fidalgo. El libro también tiene horas de teléfono con Marsha Gall, Rodrigo Álvarez, Esteban Garelli, Luz Azcona, Gabriela García Cedro, detallistas al borde del diagnóstico, como Juan Carlos Pujalte y Martín Santos. Mucho de Christian y Simón Ferrer, la comunidad ingobernable. Agradezco la lectura generosa y la trayectoria enorme de Nora Domínguez y el entusiasmo de las editoras Constanza Brunet y Florencia Jibaja Albarez. El feminismo popular, horizontal y expansivo que construimos en Ni Una Menos se siente en el subtexto, en el hilado. Mis amigas y compañeras de Latfem, como mis amigues y compañeres del CELS, con su disposición para el análisis político y el trabajo sobre la memoria son todo y más. Qué sería de nosotres sin la cortesía de las palabras que nos hacen. Agradezco en especial a Agustina Paz Frontera y María Florencia Alcaraz, por estar siempre con la lapicera y el megáfono listos. A todes elles, gracias.

1 Este libro es un capítulo más de la memoria feminista. Sin embargo, para facilitar la lectura no incluye recursos del lenguaje inclusivo como “@” o “x”.

CAPÍTULO I

El 17 de octubre de 1945, desde las barriadas trabajadoras, miles de voluntades se sumaron en procesión laica hacia Plaza de Mayo para pedir la liberación de Juan Domingo Perón. Cuatro días antes el diario Crítica, dirigido por Salvadora Medina Onrubia, había titulado “Perón ya no constituye un peligro para el país”.

Desde Berisso, Lanús, Quilmes, desde Lugano y Flores avanzaron sobre la capital del país al grito de “es el pueblo”. Los sacos pasaron a las manos, los botones de las camisas se deprendieron de sus ojales, los brazos se vieron descubiertos como algunos pechos mojados por el calor y la agitación de la felicidad política.

Crítica tituló “Grupos aislados que no representan al auténtico proletariado argentino tratan de intimidar a la población” y la edición se repartió en las esquinas. Adentro del diario comenzaron las corridas. Mientras algunos cargaban revólveres, Salvadora, la única con la habilidad manual y el conocimiento técnico, comenzó a armar bombas molotov con botellitas de nafta y mechas embebidas en petróleo. Y esperaron.

Cuando los cuerpos obreros estaban sobre la avenida de Mayo, frente a la puerta de Crítica, los tiradores estaban escondidos, en alerta, vigilando desde los balcones y las ventanas. Se escuchó un disparo y luego decenas. No es claro si el fuego inicial partió desde la calle o desde el edificio. Las botellitas encendidas comenzaron a caer como luciérnagas humeantes. Las corridas buscaban llegar a la plaza, el centro gravitacional que marca el pulso de este país, escenario de júbilo y bombardeos, de alegrías oprobiosas y reivindicaciones justas. Plaza de Mayo: el cielo cívico custodiado por una pirámide. Pero en la avanzada, un muchacho quedó tirado con un balazo en la cabeza frente a Crítica. Era Darwin Ángel Passaponti, un adolescente nacionalista que con diecisiete años se convirtió en el primer mártir del peronismo.

Salvadora y algunos empleados corrieron a la terraza. Las puertas del edificio quedaron aseguradas. Si en ellas se hubiera abierto una fisura, el fuego de la calle, la furia de los desclasados, habría teñido de humo el interior de la elegante construcción art decó.Ni el vestido, ni los tacos impidieron que Salvadora,de 51 años, saltara por los techos hasta encontrar un edificio por el que bajar sin peligro hacia Rivadavia. Se fue a su casa, donde vivía con un gato montés, a preparar la cena con los periodistas que la acompañaban.

Al día siguiente, como todos los días, fue para el diario. Quería recorrerlo para ver los restos del combate. En su despacho, que Natalio Botana ya no ocupaba porque había muerto hacía unos años, vio el plomo de una munición incrustado en la pared, diez centímetros arriba de su sillón. “La Vieja” se empezó a reír. El pedazo de metal parecía un dije. Logró sacarlo con un abrecartas y lo llevó al joyero para que se lo engarzara en una pulsera.1 Fue la transmutación ya no del plomo en oro, sino de la bala en ornamento, del peligro en el cuerpo; trofeo político.

Anclada su memoria en obreros anarquistas y socialistas, había leído como pasajera la conversión de los dos últimos años hacia una fidelidad permanente del movimiento obrero al incipiente peronismo. De lo contrario, no hubiera titulado con desdén indubitable que esos trabajadores en mangas de camisa, cansados de caminar, pero con la voluntad de la conquista no eran “auténticos”. No porque Salvadora defendiera posiciones de ricos oligarcas, sino porque vivió el ascenso de Perón como una rivalidad personal con Crítica: se disputaban la representación del pueblo.

Salvadora, que podría haber acompañado desde Crítica a Perón, nunca se pensó asociada sino encabezando. Creyó que el destino se dibujaba en el nombre y que Salvadora era para un protagónico. Y en ese punto de su vida, en su momento de mayor poder, comenzó su caída.

El Aleph gualeyo

Salvadora no es platense, La Plata como lugar de nacimiento el 23 de marzo de 1894 es solo un dato accidental. Criada en Gualeguay, si bien no tuvo patria, situó en Entre Ríos el lugar de sus memorias de infancia. Hasta ese momento, su único recuerdo de la vida en Buenos Aires fue la expulsión de la escuela por negarse a besar el anillo de un obispo. Los padres, Ildefonso Medina y Teresa Onrubia, la bautizaron Salvadora Carmen y a su hermana tres años menor, Carmen Eloísa. A las dos las llamaban por su primer nombre. Ildefonso era entrerriano, pero vivía en La Plata cuando conoció y se casó con Teresa. No es claro qué hacía.

Georgina Botana, la hija menor de Salvadora, murió en 2015 en Francia. Encontré su número en la guía telefónica parisina. “Hola, China, te llamo desde la Argentina, quiero hablar sobre tu madre”, le dije. Si con “madre” había saldado los rencores, con la “Argentina”, no. “Ay, Argentina, ¿qué querés saber?”. “En este momento tengo una pregunta muy chica, ¿qué hacía tu abuelo?”. La risa y la voz elegante de actriz de cine: “Creo que el padre de la Vieja era arquitecto, de los que estuvieron en el proyecto de construcción de La Plata”.2 Ningún registro tiene su nombre. Murió cuando sus hijas eran muy chicas y Teresa hizo las valijas para ir a Gualeguay, de donde era Ildefonso y quedaba familia.

Doña Teresa se convirtió pronto en uno de los pilares gualeyos. Española, antes de llegar a la Argentina vivía en un pueblo muy chico cerca de Cádiz.Tenía que casarse con un marino llamado Benito Pantoja, pero lo dejó plantado en el altar para escaparse con un circo y probar el nomadismo como écuyère, algo que la familia argentina descubrió tras su muerte. Amiga de la madre del escritor Carlos Mastronardi, “era una especie de Séneca a marchas forzadas”, “instantánea en la respuesta, aunque de amable modo, desconcertaba a quienes creían tener la verdad en el bolsillo”.3 Si alguien necesitaba una inyección, Teresa la aplicaba.Si alguien estaba en desgracia y necesitaba pedir al banco una moratoria, Teresa acompañaba y se encargaba de explicar. Todas las cuestiones que preocupaban a quienes conocía las hacía propias.

Mastronardi la recuerda lúcida y valiente, como movida por “cierto individualismo, a la vez altanero y estoico, que la dotaba de fuerzas para salir inmune de todos los embates”.4 Si se llevaba mal con Salvadora se debía a que no eran opuestas sino dos imanes del mismo polo, con una voluntad a la que la realidad debía rendirse. “Así, corrido el tiempo, optó por ser maestra rural en un caserío próximo a Gualeguay antes que seguir a un pariente rico que vivía en Buenos Aires, cuyas invitaciones declinó porque ‘prefería ser cabeza de ratón y no cola de león’”.5

Salvadora era compañera de escuela de un muchacho flaco que dibujaba, Juan Ortiz, a quien años después conoceríamos con una L. de Laurentino entre nombre y apellido. Aunque Juan L. era un año menor, en el pueblo chico agrupaban a los niños sin tanto rigor en el aula. Los compañeros se peleaban para guardarse sus bocetos. “Cesáreo Quirós vio los dibujos de Ortiz. Y bien sabía Quirós que cualquier pibe de cara sucia que en la escuela traza cinco rayas puede llevar escondido un artista futuro”, escribió Salvadora.6

Llegué un sábado a Gualeguay. La biblioteca que había juntado a Juan L., Salvadora, Amaro Villanueva y Carlos Mastronardi, lleva ahora el nombre de este último. Allí escribieron, se leyeron, formaron una comunidad intelectual siendo muy jóvenes. Permanece como era en aquel momento: la madera oscura de los anaqueles, el pasillo alzado con más estantes, las cortinas de madera que dan a la calle y el sol que subraya los lomos de los libros. El margen, la periferia, ese lugar no es solo un punto geográfico sino uno ético y estético. Lejos de los círculos oficiales de la literatura, del mundo comercial que edifica éxitos, Buenos Aires fue una tentación, pero también un camino de ida y vuelta.

También leían o comentaban libros en la puerta de la casa de Juan L. o, años más adelante, cuando Salvadora ya no vivía ahí, en el círculo de “Amigos de la revolución soviética”, que había fundado Juan L.y que también integraba Juan José Manauta. Allí iba Emma Barrandeguy “con sus grandes ojos buenos a flor de su iluminada cara buena”.7 Pronto organizaron la agrupación Claridad pero, según Emma, sin descuidar la literatura. Habían adherido al grupo Boedo, que editaba la revista Claridad.8 Siempre tenían material nuevo para discutir. Habían hablado con un camarero del ferrocarril y él era quien hacía de correo desde Buenos Aires.

Salvadora era pelirroja, muy hermosa. Trabajaba como maestra en la escuela de Carbó, donde daba clases Teresa. Tenía diecisiete años cuando conoció a un joven político de Paraná que estudiaba para ser abogado y le llevaba siete años, Enrique Pérez Colman. Si ya Salvadora se sentía anarquista, cuidar la virginidad como si fuera un tesoro –¿guardado para quién?– no era un problema, pero más acá de la ideología, estaba enamorada. Y tras el romance, la plusvalía amorosa: se quedó embarazada.

Enrique no estaba casado, pero decidió no decirle nada y tener el hijo sola. Si el pueblo chico sobrevive, a falta de entretenimiento, gracias al tejido simbólico de las habladurías, nadie se atrevió a meterse con la hija de Teresa, al menos no abiertamente. La vergüenza de la soltería es un problema de los otros, no propio, asunto que Emma Barrandeguy entendió cuando escuchó a sus tías decir “Señoras no, son otra cosa”. Salvadora tenía casi dieciocho años cuando nació Carlos, “Pitón”, el 20 de febrero de 1912.

Antes de que dejara Gualeguay, a fines de 1913, había ensayado en El diario de Gualeguay sus primeras colaboraciones, pero ya pensaba en Buenos Aires y en “ganarse la vida” escribiendo. Enviaba desde el pueblo cuentos a Fray Mocho, que en 1918 fueron recopilados en El libro humilde y doliente.9 Se trata de postales de la miseria tomadas en los días en que fue maestra. Es un libro de juventud en el que se describe –con promesa de realidad– la vida de los niños de Gualeguay, sucios, malos, sufridos, de una pobreza expresionista y muda, en la que Salvadora busca las claves para transformar esa sensibilidad en un código de revolución social.

Ya instalada en Buenos Aires, anunció en Fray Mocho la llegada de Juan, de forma literal y espiritual “a caballo, a pie, a nado y en bote”; la fragilidad del muchacho flaco no desmiente su tenacidad ni voluntad. “Vencerá –dice la amiga–. He aquí un muchacho criollo, valeroso y temerario, que sintiéndose artista y queriendo triunfar, abandona Entre Ríos, su provincia natal, y sin más patrimonio que una delirante fe en sí mismo, se viene a Buenos Aires a vivir… ¿A vivir de qué? A vivir, ¡qué ironía!, de sus dibujos y de su poesía”.10 “Se llama Juan Ortiz. Es un muchacho triste, está solo, pero es de los que llegan”.11 Para Juan L., Salvadora fue la “hermana mayor”, la de “fuego santo”, la que cuida y no olvida.

Periodismo y performance política

Cuando dejó Gualeguay atrás, estaba decidida a no volver. “Ansié gloria, luz y ruido, / y volé a la ciudad… y como todas / llegué a la luz y me quemé las alas”,12 escribió en pose modernista, con corte de pelo á la garçón y Pitón que ya caminaba. Tenía un rostro que abría el paso, pero todavía se peinaba las cejas con saliva. Aunque leída, era pueblerina y pobre, y eso se le notaba en la ropa. El “básico” convierte en uniforme digno la falta de financiación: camisa, corbatín y falda, o el little black dress antes de Chanel.

Llegó a Buenos Aires con un plan: trabajar como periodista. En la estación de Retiro la estaba esperando su amiga Manena Vargas; tomaron las valijas y se fueron a Balvanera, a la casa donde vivía con sus padres: Julián de Vargas era redactor en la revista PBT. Dejó a Pitón instalado y al otro día fue a pedir trabajo al diario más importante del anarquismo en la Argentina La Protesta, en Cangallo (hoy Perón) 2559, a cuatro cuadras de la plaza Miserere.

El diario era un caos. En noviembre habían justificado el atentado contra Ramón Falcón y cayó la policía a desarmar todo. Quienes estaban en ese momento adentro fueron a parar a la Penitenciaría Nacional, trabajaran o no en el diario. Con forcejeos y a punta de pistola pararon las máquinas que imprimían el diario del 15 de noviembre de 1913 e hicieron despedir a los operarios. Expulsaron a todos los empleados de la administración y de la expedición, cerraron las puertas por afuera, embadurnaron el frente con la clausura y dejaron de florero a dos vigilantes en la vereda para que nadie se acercara. A algunos detenidos los fueron soltando con los días, pero no a su director, Teodoro Antillí, ni a su administrador, Apolinario Barrera.

Bautista V. Mansilla se quedó a cargo de rearmar el boliche, después de levantar la clausura. En eso estaba cuando Salvadora se presentó a golpear las puertas del salario. Traía consigo una obra de teatro, Almafuerte,13 con la Ley de Residencia como telón de fondo, que estrenó antes de publicar con su firma en La Protesta el poema “Imitación de Ada Negri”,14 una mirada de la miseria argentina, eco de la italiana.

Por más anarquista que fuera E. Marchini, el cronista de La Protesta que fue a cubrir el estreno, tropezó con la tentación de llamar “niña” a Salvadora, de casi veinte, como si el valor fuera la falta de sexualidad y esta última, pureza: “La contrapropaganda de toda la prensa conservadora había lanzado a todos los vientos su clamor de bestia herida, llena de prejuicios y convencionalismos, contra la obra revolucionaria de la delicada niña entrerriana”. A pesar de la mufa, encontró el Teatro Apolo lleno, “la prensa burguesa ha sufrido una saludable derrota”.15

Además de cubrir el estreno de Almafuerte, Marchini tenía que anunciar a los lectores de La Protesta el advenimiento de la nueva virgen roja americana. Virgen, a la madre de Pitón, los compañeros que hablaban del amor libre.

La crítica se ejerce como cortejando, es un soliloquio verbal que rodea a la vestal como quien baila el vals: “La admiración es una bondad, y yo, como Salvadora, quiero más bien ser bueno, porque solo los buenos pueden amar, y los que aman son fuertes, son los poseedores del Ideal que engrandece y regenera”, escribió sin pudor Santiago Locascio en el prólogo de Almafuerte.16 Él también notó sus “lampos virginales” y que “la artista es apenas una niña”, dos imágenes que a esa altura ya son un lugar común de aquella crítica que, para no ver la obra, mira a la autora. El cortejo de ave del paraíso sigue: “Salvadora es una estrella que aparece por arte mágico en el horripilante horizonte de tinieblas que nos cubre. […] Haced que el beso de la dulce poetisa sea eterno, porque él endulzará vuestra vida y alimentará noblemente el fruto de vuestros amores”.

Es llamativo que Santiago Locascio no hiciera referencia no ya a la obra sino a la Ley de Residencia, su drama central, al menos por impulso autobiográfico: se la aplicaron a él en 1902. Fue uno de los primeros elegidos por el gobierno de Roca para encallar de vuelta a Europa después de que el Congreso aprobara el proyecto que Miguel Cané tenía en carpeta desde 1899, y que el 23 de noviembre de 1902 se convirtió en la Ley 4144.

Tras las rejas, Teodoro Antillí se las arreglaba para sacar las columnas que escribía para el diario. Una, “Desplazamiento”, estuvo “originada en la lectura de ‘La columna de fuego’, de Alberto Ghiraldo y ‘Almafuerte’, de Salvadora Medina Onrubia”, “una nueva compañera de nuestros dolores, nuestras luchas y nuestras ideas”. Con un entusiasmo a prueba de prisiones dice: “Nada falta, pues, ni nueva y siempre continuada actividad, ni nuevos y valiosos prosélitos. ¿Quién duda del porvenir en estos momentos?”.17

Cuando se estrenó Almafuerte, el diario Crítica estaba en la calle hacía cuatro meses. Edmundo Guibourg tenía 21 años, uno más que Salvadora, y todavía no era un crítico ni un autor consagrado, pero era ácido y fue a ver la obra para “buscarle fallas”. Cuando leyó lo que “Pucho” había publicado, su padre lo mandó a llamar: “Cometiste un grave error”. Guibourg no sabía que el padre le seguía la carrera.

–¿Qué error?

–Anoche estrenó una obra una muchacha y es la primera que escribe. Vos no tenés en cuenta que es una nouvelle ni nada de eso y la tratás como si fuera una veterana defectuosa que está llena de prejuicios.

Guibourg la fue a buscar para pedirle disculpas y se hicieron amigos, porque no daba para romance. “Salíamos a tomar café con leche en una lechería de Corrientes, entre Callao y Riobamba”18 y, aunque no estaba seguro, creía ser él quien la llevó a Crítica y la presentó con Natalio.

En la redacción de La Protesta, mientras tanto, se ocupaban de las acciones del comité “Contra las leyes de represión y por la libertad de los presos”. Pidieron un lugar en la Casa Suiza para el 27 de enero.19 Locascio, “hombre sublime y ridículo, con su levita impecable, su barba asiria y su larga melena”20 compartió escenario con Salvadora, que fue como la autora de Almafuerte, y con Mansilla.

Salvadora no improvisó, había preparado su discurso.

Primero su legitimidad autobiográfica: “…He luchado por llegar a vuestro lado airosamente, pisando prejuicios y despreciando normas”.

Segundo, la conquista: “Quiero y pido y reclamo un puesto de lucha, el puesto que me corresponde por derecho”.

Tercero, la acusación al corto sueño socialista: “Otros se creen positivamente revolucionarios porque gritan al patrón y quieren marcar las horas de su trabajo. Detrás de sus rebeldías de carnaval vemos que todo es egoísmo, utilitarismo bajo y grosero. Su inteligencia solo les permite aspirar a cosas de la tierra y toda su enjundia la emplean en conseguirse un poco de comodidad material. Nosotros no”.

Cuarto, el camino sufriente de la ascesis anarquista: “Un hombre al decirse anarquista se sella la frente. […] El anarquista, mosquetero del Ensueño, mosquetero del Ideal, mosquetero de la Belleza,generoso, sabe que va al dolor y marcha con la frente bien alta. Sabe que al gritar su idea se separa de los demás hombres, que se hace blanco de cuanto veneno quieran echar en él, de cuanta infamia y maldad conciban los defensores de ese tan decantado orden social. Sin embargo, marcha… Es noble, es valiente. Podrá decirse de alguno que es fanático, pero de ninguno puede decirse que tenga doblez en el alma…”.

Quinto, la idea de destino –tan poéticamente potente, aunque contradictoria con la de voluntad, que es afín al anarquismo–: “Lo soy, porque llevo la justicia y la verdad en la carne y en el alma, porque he nacido anarquista como se nace genio, como se nace imbécil o como se nace rico”.21

¿Por qué Salvadora se acercó al anarquismo? ¿Le propuso mejores sueños? Los revolucionarios del Olimpo anarquista que dejaron escritos no forzaron un sistema riguroso. Ese bello escrúpulo acerca de las explicaciones totalizantes también significa amar las grietas, los devenires minoritarios, sospechar de la seguridad que prometen las autoridades a cambio de resignar determinación. Asumirse anarquista implica al menos la asunción de una propia ingobernabilidad, la defensa de una libertad radical y deslizarse por la realidad sin pilares. El ideal libertario es el único que no quiere obligar a ser aceptado y que afirma, al mismo tiempo, su voluntad de ser. Gozosamente insurreccionales, preferentemente impertinentes, los anarquistas,22 como dice Daniel Barret, “socavan el terreno que pisan y disfrutan”.23 El anarquismo para Salvadora fue un refugio ético para el deseo, amparo para su voluntad, un hogar al que volver. Vamos otra vez: el anarquismo a Salvadora le permitió ejercer su desenfado, desatar su insolencia, despreciar la obsecuencia, sellarse la frente con orgullo de anormal, poder maldecir los sueños cortos y reírse de los sirvientes funcionales. Porque en ella, personalidad y convicción se tejieron juntas.

Gloria Machado Botana estaba estudiando las propiedades de las runas celtas cuando la conocí. Era la única de la familia que seguía los pasos de Salvadora en la investigación del mundo paranormal. Primero nos juntamos en un café cerca de su casa. Entró tan coqueta y de peluquería que yo, tan de jean y cola de caballo, entendí que después de años de negarse, hablar sobre Salvadora merecía una performance a la altura.

Pese a la edad, era adolescente y hacía un juego simpático entre “te cuento y no te cuento”. “Bueno, no me cuentes”, le decía yo, y ella “ay, sí, te cuento”, y bajaba la voz como si nos rodearan servicios. Un día decidió que no podía andar sola sin protección y me esperó con una turmalina negra engarzada para que usara como amuleto contra las energías negativas. Ella y su hermana Mireya “Yunga” eran “sobrinas carnales” de Natalio Botana, y fueron criadas por Salvadora tras la muerte de su madre. Diferente a la de Edmundo Guibourg, Gloria tenía otra historia de cómo se conocieron Salvadora y Natalio.

Salió con Manena Vargas por la tarde a buscar al padre a la revista PBT. La blusa que Manena le había prestado le daba un aire cosmopolita. Estaban en la redacción cuando entró Natalio, que trabajaba ahí después de salir eyectado de otros medios. Consiguió hacerse presentar; él tenía puesta una camisa celeste y se dispuso al galanteo. Salvadora contrapuso un efecto scarface, no le prestó atención. Las chicas se despidieron y se fueron a tomar el tranvía. Primero subió Salvadora y se sentó. Cuando Manena intentó sentarse con ella sintió el empujón de Natalio, que había subido por la otra puerta y ocupó el lugar al lado de Salvadora. En recuerdo de aquella camisa celeste que Natalio tenía puesta cuando se conocieron, en cada aniversario juntos él recibía una camisa de ese color.24

€8,99
Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
15 November 2024
Umfang:
222 S. 5 Illustrationen
ISBN:
9789878303161
Verleger:
Rechteinhaber:
Bookwire
Download-Format: