Buch lesen: "Cuando atrapas un tigre"

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Para Halmoni:

Deseo un collar para ti


Puedo volverme invisible.

Es un súper poder, o al menos un poder secreto. Pero no es como en las películas y no soy una superhéroe, de modo que ni lo piensen. Los héroes son los protagonistas que realizan las grandes hazañas. Yo simplemente… desaparezco.

Verán, yo no sabía en un principio que poseía esa magia. Sólo sabía que los profesores olvidaban mi nombre, y que los otros niños no me invitaban a jugar. Y una vez, al final del cuarto grado, un chico de mi clase me miró con la cara arrugada y me dijo: ¿De dónde saliste? No me parece haberte visto aquí.

Antes odiaba ser invisible. Pero ahora lo comprendo: es porque soy mágica.

Sam, mi hermana mayor, dice que no es un verdadero poder súper secreto: que simplemente se llama timidez. Pero Sam suele ser muy dura.

Y la verdad es que mi poder puede ser muy útil. Por ejemplo, cuando mamá y Sam pelean. Por ejemplo, en este preciso momento.

Me envuelvo en una capa de invisibilidad y apoyo mi frente contra la ventana del asiento trasero, observando las gotas de lluvia que se deslizan por el costado de nuestra vieja camioneta.

—Deberías detener el auto —le dice Sam a mamá.

Aunque de hecho se lo dice a su teléfono, porque no ha levantado los ojos. Está sentada en el asiento del acompañante con los pies apoyados en la guantera, las rodillas contra el pecho, el cuerpo entero enfocado en la pantalla del celular.

Mamá suelta un suspiro.

—Ay, por favor, no es necesario que paremos. No es más que una llovizna —dice. Pero aumenta un poco la velocidad de los limpiaparabrisas y hunde el freno hasta que empezamos a rodar a velocidad de lombriz.

La lluvia comenzó en cuanto entramos al Estado de Washington y, de hecho, arrecia en el momento en que nuestro auto pasa muy lento frente a una señal pintada a mano que anuncia BIENVENIDO A SUNBEAM.

Bienvenido al pueblo de la abuela, un pueblo de lluvia incesante, su nombre como una burla.

Sam chasquea sus labios pintados de negro. “K”.

Eso es todo. Tan sólo una letra.

Pulsa una y otra vez la pantalla, enviando burbujas de palabras y emoticones a todos sus amigos en California.

Me pregunto qué dirá en esos mensajes. A veces, cuando me lo permito, imagino que me está escribiendo a mí.

—Sam, ¿al menos podrías tratar de tener una buena actitud? —mamá se ajusta las gafas con excesiva fuerza, como si acabaran de insultarla y se tratara de algo personal.

—¿Cómo puedes siquiera pedirme eso? —Sam levanta la vista de su celular, por fin, para lanzarle a mamá una mirada cargada de furia.

Así comienza siempre. Las peleas entre ellas son ruidosas y explosivas. Hasta que las dos terminan quemadas.

Es más seguro quedarme callada. Presiono la punta de mi dedo contra la ventana salpicada por la lluvia y trazo una línea entre las gotas, como si estuviera conectando los puntos. Los párpados me pesan. Estoy tan acostumbrada a las peleas que es casi como escuchar una canción de cuna.

—Pero, bueno, ¿te das cuenta de que básicamente eres la peor madre de todas, verdad? Y que esto no está nada, pero nada bien.

—Sam —dice mamá, todo su cuerpo rígido: la espalda tiesa, cada uno de sus músculos en tensión.

Contengo el aliento y pienso invisibleinvisibleinvisible.

—No, en serio —continúa Sam—. Tan sólo porque decides de buenas a primeras que quieres pasar más tiempo con Halmoni, no tenías por qué acabar con todo y obligarnos a cambiar de vida por completo. Yo tenía planes para este verano… Claro que eso a ti no te importa. Ni siquiera nos advertiste con tiempo que nos íbamos a mudar a casa de la abuela.

En eso tiene razón Sam. Mamá sólo nos dijo hace dos semanas que nos marchábamos de California, del todo. Yo también voy a extrañar nuestro lugar. Voy a echar de menos mi escuela, el sol y las playas de arena: tan diferentes de la costa de Sunbeam, llena de peñascos.

Pero estoy haciendo todo lo posible por no pensar en ello.

—Pensé que debían pasar más tiempo con la abuela. Pensé que era algo que disfrutaban —las palabras de mamá salen entrecortadas. La lluvia ha arreciado y eso le hace perder la concentración. Sus dedos aprietan con tanta fuerza el volante que se ponen pálidos. A ninguna de las tres nos gusta viajar en auto con este clima, menos aún desde la muerte de papá.

Centro toda mi atención en el volante y cierro los ojos un poquito, enviando vibraciones de protección con la mente, como me enseñó Halmoni.

—Vaya manera de esquivar el tema —dice Sam, tirando del único mechón blanco en su cabello negro. Todavía está enojada, pero ya con menos ímpetu—. Claro que me gusta pasar tiempo con Halmoni. Sólo que no aquí. No quiero estar aquí.

Halmoni siempre nos visitaba en California. No hemos estado en Sunbeam desde que yo tenía siete años.

Clavo la mirada en el parabrisas. El paisaje que pasa frente a nosotras es sereno. Casas de piedra gris, césped verde, restaurantes grises, bosque verde. Los colores de Sunbeam se mezclan unos con otros: gris, verde, gris, verde y luego naranja, negro.

Me enderezo un poco, tratando de encontrarle sentido a los nuevos colores.

Hay una criatura tendida en la carretera delante de nosotros.

Es un gato gigantesco, con la cabeza apoyada en las garras.

¡No! No es sólo un gato gigante. Es un tigre.

Cuando nos acercamos el tigre levanta la cabeza. Debe haber escapado de un circo o de un zoológico o algo así. Y debe estar herido. ¿Por qué otra razón estaría tirado aquí, en medio de la lluvia?

Una especie de miedo instintivo se retuerce en mi estómago y me siento mareada. Pero no importa. Si un animal está herido, tenemos que hacer algo.

—Mamá —digo, interrumpiendo su pelea con Sam e inclinándome hacia delante—. Me parece que… mmm… allí…

Ahora que estamos más cerca, veo que el tigre no parece herido. Bosteza, dejando al descubierto dientes afilados y demasiado blancos. Y luego se incorpora, una garra, una pata, una pierna a la vez.

—Chicas —dice mamá, con la voz tensa, cansada. Su molestia con Sam rara vez se extiende hasta mí, pero después de conducir durante ocho horas, ya no puede contenerse—. Ustedes dos. Por favor. Necesito concentrarme en la carretera por un rato.

Me muerdo el interior de la mejilla. Esto no tiene sentido. Mamá tiene que haber visto el gato gigante. Pero tal vez esté demasiado distraída con Sam.

—Mamá —murmuro, esperando que ella pise a fondo el freno. No lo hace.

A veces, el problema con mi invisibilidad es que tarda un poco en deshacerse. Lleva un poco de tiempo para que las personas me vean y me oigan y me escuchen.

Éste no es como ningún tigre que yo haya visto en un zoológico. Es enorme, tan grande como nuestro auto. El color naranja de su pelaje resplandece, y el negro es tan oscuro como una noche sin luna.

Este tigre pertenece a una de las historias de Halmoni.

Me inclino hacia delante hasta que el cinturón de seguridad me lastima la piel. Sam y mamá siguen discutiendo, por la razón que sea. Pero sus palabras se convierten en un zumbido lejano porque únicamente me concentro en…

El gato enorme levanta su enorme cabeza y me mira. Me ve.

El tigre alza una ceja, como si me desafiara a hacer algo.

Mi voz se atora en la garganta y las palabras se tropiezan unas con otras. Salen vacilantes.

—Mamá… para.

Mamá está ocupada hablando con Sam, de modo que grito más fuerte:

—PARA.

Finalmente mamá me presta atención. Con las cejas fruncidas, me mira por el espejo retrovisor.

—¿Lily? ¿Qué pasa?

No detiene el auto. Seguimos avanzando.

Más cerca…

Más cerca…

Y no puedo respirar porque estamos demasiado cerca del tigre.

Escucho un ruido sordo y cierro los ojos con fuerza. El interior de mi cabeza retumba como un martillo. Me zumban los oídos. Tuvimos que haber atropellado el tigre.

Pero seguimos avanzando.

Cuando abro los ojos, veo a Sam con los brazos cruzados sobre el pecho, el celular a sus pies.

—Murió —anuncia.

Mi pulso se siente como una bestia salvaje mientras examino la carretera, buscando los horrores que no quiero ver.

Nada.

Mamá aprieta la mandíbula.

—Sam, por favor, no tires tu teléfono caro al suelo.

Las miro fijamente, confundida. ¿Y si el ruido sordo fue sólo su celular al golpear el suelo?

Me doy la vuelta para buscar al tigre, pero lo único que veo es lluvia y carretera. El tigre desapareció.

—¿Lily? —dice mamá, reduciendo la velocidad un poco más—. ¿Te estás sintiendo indispuesta? ¿Necesitas que me detenga?

Reviso la carretera una vez más, pero nada.

—No, no te preocupes —le digo.

Sonríe, aliviada. No soy una persona difícil. Facilito las cosas.

—Aguanta un poquito más. Pronto estaremos en casa de Halmoni —me dice.

Asiento con la cabeza, tratando de actuar con normalidad. De actuar casualmente. Aunque mi corazón esté brincando desaforado, no puedo contarle a mamá sobre esto. Me preguntaría si estoy deshidratada, si tengo fiebre.

Y tal vez sí tengo fiebre. Presiono la palma de la mano contra la frente, pero no estoy segura. Supongo que es posible que me esté enfermando. O tal vez sólo me quedé dormida un momento.

De veras, no es posible que haya visto a un tigre gigante aparecer en medio de la carretera… y desaparecer así nada más.

Sacudo la cabeza. Ya sea que el tigre fuese real o que lo haya soñado o que me esté volviendo loca, necesito contarle a Halmoni. Ella me escuchará. Ella me ayudará.

Ella sabrá qué hacer.


Todas las historias de Halmoni comienzan de la misma manera, con la versión coreana de “érase una vez, hace mucho tiempo”:

Hace mucho, mucho tiempo, cuando el tigre caminaba como un hombre…

En nuestra casa en California, en las semanas anteriores a las visitas de Halmoni, Sam y yo nos susurrábamos una a la otra esas palabras. Cada vez que yo las escuchaba, sentía un escalofrío.

Contábamos los días hasta la llegada de nuestra halmoni, hasta esa primera noche, cuando corríamos a la habitación de invitados y nos acurrucábamos en la cama con ella, una a cada lado, como un par de sujeta libros.

—Halmoni —le decía yo en un susurro—, ¿nos cuentas una historia?

Sonreía, atrayéndonos a sus brazos y a su imaginación.

—¿Cuál historia?

La respuesta era siempre la misma. Nuestra historia favorita.

—La de Unya —decía Sam. Hermana mayor.

—Y Eggi —agregaba yo—. Hermana menor. La historia del tigre.

Esa historia siempre se sentía especial, como si un secreto centelleara debajo de las palabras.

—Atrápenlo —nos decía, y entonces Sam y yo extendíamos las manos en el aire, apretando los puños como si estuviéramos agarrando las estrellas.

Es una de esas cosas de Halmoni, pretender que hay historias escondidas en las estrellas.

Esperaba unos instantes, dejando que los segundos se hincharan, y Sam y yo podíamos oír los latidos del corazón, ansiosas de que empezara la historia. Luego, la abuela tomaba un respiro hondo y nos contaba sobre el tigre.

El problema es que el tigre de sus historias era un depredador terrible y engañoso. Pero el tigre en la carretera no tenía ese aspecto. No creo que quisiera comerme, aunque sí creo que quería… algo.

No tengo tiempo de averiguarlo, porque ya pasó la zona de avistamiento de tigres y ahora atravesamos lentamente Sunbeam. Por fin llegamos a la casa de Halmoni. Es una cabaña pequeña, en las afueras del pueblo, en la cima de una colina, frente a la biblioteca, rodeada de bosques.

Mamá enfila el auto hacia el largo camino de entrada y avanzamos sobre la crujiente grava hasta llegar a lo alto.

Después de estacionar, apoya la cabeza en el volante y suelta un hondo suspiro; da la impresión que se fuera a quedar dormida allí mismo. Luego toma aire y se endereza.

—Bien —dice, enganchando su brazo alrededor del reposacabezas, girando para mirarnos a las dos a la vez. Se pone una sonrisa en el rostro, tratando de mostrarse alegre, de borrar todos los altercados y todo el estrés del viaje.

—Malas noticias: dejé los paraguas en California —sonríe, como si fuera algo muy gracioso, para echarse a reír a carcajadas—. Así que vamos a tener que hacer un sprint hasta la puerta de la casa.

Me quedo mirando la casa de Halmoni, asombrada. Es el tipo de lugar que simplemente parece mágico, encaramado en lo alto, con hiedra de color casi negro reptando a lo largo de las paredes de ladrillo descolorido, ventanas que parpadean con la luz y, por supuesto, para llegar a la puerta de entrada hay un millón de escaleras, poco más o menos.

Ni el menor parecido con nuestro apartamento en California, de color blanco vainilla, en un edificio nuevo. Con ascensor.

—¿Quieres que subamos corriendo todas esas escaleras en medio de la lluvia? —pregunta Sam, con un tono de espanto que uno podría pensar que mamá le pidió que se bañara en un pozo de baba de caracol.

Mamá finge otra sonrisa.

—¿Qué importa un poquito de lluvia? ¿Cierto, Lily?

Mi respuesta sería sencilla: Sí, cierto. Quiero entrar en la casa y preguntarle a Halmoni sobre el tigre. Pero en nuestra familia no existen las preguntas sencillas. Esto es una trampa. Me está pidiendo que tome partido entre ella y Sam.

Me encojo de hombros.

Mamá no me deja escapar tan fácilmente.

—¿Cierto, Lily? —su sonrisa vacila, como si estuviera en peligro de hacerse añicos. Hay bolsas debajo de sus ojos y un profundo pliegue entre las cejas.

Éste no es el aspecto normal de mamá. Por lo general, es tan esmerada, todo en el lugar correcto, todo en orden.

—Cierto —digo.

Sam hace una mueca como si yo le acabara de propinar una patada.

—Muy bien, esto zanja el asunto —dice mamá con alivio, colocando una mano en la manija de la puerta—. En sus marcas, listas…

Abre la puerta de golpe, sale de un brinco, cierra de un portazo y echa a correr. De inmediato, queda empapada. No está subiendo nada rápido, pero está haciendo un gran esfuerzo: los puños que suben y bajan, los hombros encorvados, la cabeza inclinada hacia delante como si fuera un toro a punto de embestir la casa de su madre.

—¡Qué ridícula se ve! —dice Sam.

Y no es sólo un comentario malvado de Sam. Es la verdad.

Sin ninguna razón aparente, mamá está moviendo los brazos como un molinillo, y en ese momento me echo a reír. Luego Sam también ríe y entonces nos miramos. Por un instante somos hermanas, burlándonos de las vergüenzas que nos hace pasar mamá.

Quisiera tomar este instante y estirarlo hasta el infinito

Pero Sam se da media vuelta, levanta su celular y su cargador, y los mete entre el sostén para protegerlos.

—No queda más remedio que correr —dice.

Quisiera decirle Quédate, pero en lugar de ello asiento y salimos a toda prisa del auto.

Nunca, jamás, había sentido una lluvia como ésta. Es insistente y fría, demasiado fría para julio; todavía no hemos salido del camino de entrada de la casa de la abuela y ya mis zapatos están calados de agua y los jeans se sienten cada vez más pesados.

Sam suelta aullidos mientras corre, y yo también aúllo. Porque esto es divertido y al mismo tiempo terrible. Me arden los ojos por el agua y a duras penas puedo ver; el golpe helado de la lluvia alcanza hasta mis entrañas.

Para cuando llegamos a lo alto de las escaleras —jadeando, chorreando— he exprimido todo el aire de mis pulmones y mi corazón está a punto de estallar.

Mamá nos espera en la puerta de la casa, lo cual es muy amable de su parte, supongo, pero un poco extraño también, porque debería abrirla y entrar.

Sacude la cabeza y frunce el ceño.

—Halmoni no responde —dice—. No está aquí.


—¿Qué quieres decir con que no está aquí? —susurro. Por un momento, siento pánico: el tigre se la comió. Pero me digo que debo guardar la calma.

Mamá suspira.

—No lo sé. No lo sé.

No puedo decir si está preocupada o molesta; la lluvia baja por sus ojos y sus labios, haciendo que sus emociones se vean borrosas. Ojalá supiera cómo se siente para así saber cómo debería sentirme yo.

Sam juguetea con el pomo de cobre de la puerta, tratando de que gire. Pero aquella puerta tozuda permanece cerrada.

—¿Y…? —Sam mira fijamente a mamá, luego a mí. Con su cabello liso y su espeso delineador de ojos que baja en rayas negras por sus mejillas, parece un tigre mojado—. Vamos a tener que esperar aquí. En la lluvia. ¿Por un tiempo indeterminado?

Mamá se limpia las gafas con su camiseta empapada, lo que no es de mucha ayuda.

—No. No lo creo. Esperen un momento —levanta un dedo y enseguida corre hacia un costado de la casa.

—¿Adónde se fue? —le pregunto a Sam. Ahueco las manos sobre la cabeza, tratando de formar un techo protector, pero no sirve de nada—. ¿Y dónde está Halmoni?

Sam no responde. Alcanzamos a ver que mamá se detiene debajo de la ventana de la sala. Le da un golpecito a una esquina del panel, pasa las manos sobre el alféizar, luego un golpe más fuerte justo debajo del cristal.

—Bueno, esto es algo completamente normal —dice Sam, con la voz plena de sarcasmo.

Mamá abre la ventana de un empujón. Nos mira antes de izarse a sí misma y caer cabeza abajo dentro de la casa.

—¡Cielos! —digo en voz muy baja—. Nunca había visto a mamá hacer algo así.

Sam menea la cabeza.

—Cielos es la palabra correcta. Apuesto a que ella hacía esto todo el tiempo cuando era adolescente —me mira como si no pudiera decidir si fruncir el ceño o echarse a reír, y yo sé exactamente cómo se siente, porque imaginar a mamá como una adolescente es ridículo, pero también da un poco de miedo. Es muy extraño pensar en mamá antes de que nosotras existiéramos.

Pero Sam sonríe y mi corazón se relaja.

—Probablemente se escapaba para ir de fiesta con sus amigos.

Asiento. Cuando Sam está contenta, su cara de luna se ilumina y de nuevo parece mi hermana. Me acerco un poco más a ella, pero sólo un poquito, para que no se dé cuenta.

Arruga la nariz y pregunta:

—¿Tú crees que se escapaba para encontrarse con chicos?

—No creo que haya salido con nadie antes de papá —no puedo imaginar a mamá con ningún otro hombre que no sea papá. O, la verdad, no puedo imaginarla con nadie, porque no me quedan recuerdos de mamá y papá juntos.

Me doy cuenta al instante de que fue un error decir eso, porque el brillo en el rostro de Sam se apaga en el acto. Aprieta la mandíbula y mira hacia otro lado.

—Qué ingenua eres —murmura.

Pensar en papá es diferente para Sam que para mí. Ella es lo suficientemente mayor para recordarlo. Sam tenía siete años cuando papá murió en un accidente de automóvil. Yo tenía sólo cuatro.

—Sam… —comienzo a decir, pero no sé cómo terminar la frase.

Antes yo podía hablar con ella. Podía contarle todo. Si esto hubiera sucedido hace un par de años, le habría dicho, ACABO DE VER UN TIGRE EN MEDIO DE LA CARRETERA. Se lo habría gritado porque ya no habría sido capaz de guardarlo sólo para mí.

—Acabo de ver… —lo intento de nuevo. Pero las cerraduras de la puerta me interrumpen desde el otro lado de la casa. Sueltan un cántico mientras mamá las hace girar, las desliza y abre.

—De prisa, de prisa —nos dice a Sam y a mí, como si fuera posible mojarnos más de lo que ya estamos.

Sam y yo entramos, dejando huellas de agua en el vestíbulo, charcos del tamaño de un lago sobre el piso de madera.

La casa de Halmoni parece un recuerdo. La sala y la cocina se aprietan alrededor de una mesa de comedor color púrpura y una chimenea que no funciona. Un viejo reloj de pared repite su tic tac en el rincón más alejado de la sala.

Sobre la repisa de la chimenea, dos leones de piedra abrazan una fotografía de mamá, invitando a que la riqueza entre en su vida. En el otro extremo, una rana cuida una foto en la que estamos Sam y yo, la rana encargada de proteger nuestra felicidad. Y por todas partes —en cestas colgadas del techo, posados en la barra de la cocina, metidos en tazones— hay manojos de hierbas y varillas de incienso, para expulsar la mala energía.

Cuando aspiro con fuerza el olor de la casa, aquella fragancia a trigo negro, fideos, salvia y detergente de lavar ropa, siento un aroma a hogar.

Sam no está tan contenta. Cruza los brazos sobre el pecho y frunce el ceño.

—Mmm —dice—. ¿Y eso qué es?

Sigo la dirección de su mirada. Al otro lado de la sala se encuentran el dormitorio de Halmoni, el baño y dos escaleras: una que sube al dormitorio del ático y otra que baja al sótano. Pero ahora, frente a la puerta que da al sótano, apilados como una barricada, se interponen una torre de cofres coreanos tallados y un montón de cajas de cartón.

Mamá sacude la cabeza.

—Es muy extraño, ¿verdad? ¿Por qué habrá hecho eso? —se muerde la uña y pasea la mirada por el recinto. Por un segundo, alcanzo a detectar en sus ojos una mirada de preocupación.

Mi entusiasmo inicial se desvanece. Aquello es muy raro. Esas cosas no deberían estar allí. Y Halmoni no está en casa.

Algo frío y oscuro se asienta en mi estómago.

—¿Dónde está Halmoni? —pregunto.

Mamá me mira y me habla con suavidad.

—Ah, no te preocupes. Estoy segura de que simplemente está de compras o visitando a sus amigas. Ya sabes cómo es ella —su sonrisa es a la vez triste y esperanzadora—. ¿Te alegras de estar aquí, Lily?

Algo está pasando, algo que mamá no nos dice. Quisiera preguntarle de qué se trata, pero no quiero borrarle la sonrisa, de manera que asiento y guardo silencio.

Mamá está a punto de decir algo más, pero en ese momento un escalofrío me agarra por los hombros y me sacude.

Ella se da cuenta y pestañea un par de veces, como si acabara de acordarse de lo empapadas que estamos todas.

—Ah, claro. Voy a buscar ropa para cambiarnos.

Todas las maletas están en el auto, y ninguna de las tres quiere enfrentarse de nuevo a la lluvia, así que mamá recorre el pasillo y entra en la habitación de Halmoni.

Cuando sale, sus manos están llenas de toallas y camisones de seda, y Sam y yo tomamos los dos que están más arriba. El camisón naranja pálido reluce y entre mis manos cambia de tono como una puesta de sol. Hasta las pijamas de Halmoni son hermosas.

—Voy a subirle a la calefacción —dice mamá—. Espérenme aquí.

Pero por supuesto, Sam no espera. En cuanto mamá vuelve a entrar a la habitación de la abuela, Sam esquiva cajas y muebles, y sube corriendo a nuestro dormitorio, dejando a su paso charcos de agua.

Salgo detrás de ella, pero me detengo. No quiero ser la Pequeña Eggi que sigue a su unya a todas partes. Pero al final, por supuesto, de todos modos sigo sus pasos.

Arriba, la habitación del ático es crujiente y acogedora, con un techo puntiagudo, un espejo de cuerpo entero con marco de madera y dos camas cubiertas por colchas descoloridas. Cuando Sam y yo vivimos aquí, juntábamos las camas y nos acurrucábamos juntas, intercambiando historias en medio de la oscuridad.

Ahora las camas están en lados opuestos de la habitación, separadas por la amplia ventana.

Sam tira al suelo la ropa mojada, se limpia en la toalla los restos de su maquillaje oscuro y se pone el camisón con lentejuelas negras que eligió. Luego se deja caer en su cama. El colchón la saluda con un gemido, y entonces extiende la mano detrás del marco de la cama para enchufar su celular antes de volverse hacia mí.

—¿Qué estás haciendo aquí? Se suponía que debías esperar abajo.

Sam siempre actúa como si las órdenes de mamá sólo aplicaran para mí, lo cual es molesto, pero ya estoy acostumbrada.

Suspiro y me seco con una toalla antes de ponerme mi propio camisón. La tela suave y cálida me produce un escalofrío que recorre toda la piel, liberando el frío instalado en mis huesos. Aspiro con fuerza, esperando encontrar el aroma a leche que siempre tiene Halmoni, pero sólo me llega un vago olor a jabón.

Sam frunce el ceño, todavía esperando a que yo salga de la habitación, pero en lugar de hacerlo me siento en mi cama.

—¿No te parece que este sitio se siente extraño? —le digo. Paso la mano por la colcha de la cama mientras hablo, teniendo cuidado de no mirarla a la cara—. Con Halmoni desaparecida y todas esas cosas bloqueando el sótano y la vibración del sitio. ¿Como si pasara algo malo?

—En primer lugar, Halmoni no está desaparecida. Simplemente está fuera de casa. No seas tan dramática. En segundo lugar, sí. La vibra es extraña. Pero la casa de Halmoni siempre se siente así —a un costado de Sam su celular se ilumina y comienza a cargarse, como si estuviera desperezándose al despertar de una siesta. Lo levanta y observa cómo empieza a iluminarse, y me presta atención sólo a medias—. ¿Te acuerdas de la última vez que nos mudamos aquí? —me pregunta.

—Más o menos —contesto. Después de la muerte de papá vivimos aquí durante tres años. Yo nací en California, pero mis primeros recuerdos tomaron forma en esta casa.

Sam está examinado velozmente en su celular los remitentes de los mensajes, de manera que no espero que me responda, pero de repente suelta el aparato y levanta la mirada para hablarme.

—Al principio me gustaba estar aquí porque Halmoni nos cuidaba cuando estábamos tristes y ayudó a que mamá saliera adelante. Pero siempre estaba haciendo cosas raras sin explicarle nada a nadie. Halmoni está llena de secretos. Esta casa está llena de secretos.

Me muerdo el labio.

—¿Como cuáles?

Sam pone los ojos en blanco.

—No lo sé. Ése no es el punto. El punto es que estamos aquí en lugar de estar en California y odio este sitio. Odio estar aquí.

Las palabras de Sam son tan hirientes que me lastiman.

—No digas eso.

Tal como lo recuerdo, a Sam y a mí nos encantaba vivir aquí. Estábamos tristes por lo de papá, por supuesto, pero no todo era malo. Las dos nos contábamos historias en la habitación del ático, comíamos pasteles de arroz en la cocina, creábamos mundos imaginarios en el sótano. Estábamos juntas.

Quisiera preguntarle: ¿Te acuerdas?

Pero ella sigue hablando.

—Simplemente no es justo, Lily. Mamá quería vivir cerca de Halmoni, lo cual está muy bien y todo lo que quieras, pero ni siquiera nos preguntó qué pensábamos nosotras. Ni siquiera tuvimos tiempo de despedirnos de la gente. ¿No estás al menos un poquito enfadada?

Para ser sincera sí estoy, quizás, un poquito enfadada. Pero también me siento contenta de estar aquí.

Me aclaro la garganta. Respiro profundamente. Trago saliva.

—Creo que quizá… deberías ser un poco más amable con mamá —las palmas de mis manos empiezan a sudar. Estoy entrando en un terreno peligroso. Por lo general, no confronto a Sam. Somos hermanas, y se supone que las hermanas siempre están del mismo lado.

Sam pone los ojos en blanco.

—¿Lo dices en serio, Lily? No puedo creer que la estés defendiendo.

—Yo solamente… —empiezo a decir y me interrumpo. No puedo quitarme de la cabeza la expresión en el rostro de mamá. Cuando estaba abajo, buscando a Halmoni, parecía tan frágil. No como se supone que deben verse las mamás. No entiendo cómo Sam no se dio cuenta.

—¿Tú solamente qué? —pregunta Sam y me clava la mirada. Al ver que no contesto suelta un suspiro y dice—. Escúpelo de una vez, Lily. No tienes que ser tan misteriosa y tan calladita todo el tiempo. Te estás comportando como una CATYC.

CATYC es la palabra que usa Sam para Chica Asiática Tímida y Callada. Un estereotipo, claro. Sam se esfuerza tanto por no serlo que usa lápiz labial negro y se tiñe un mechón de cabello y dice en voz alta hasta el más pequeño pensamiento que le viene a la mente.

Le digo: Solamente estoy tratando de ayudar. Le pregunto: ¿No te das cuenta de lo mucho que mamá lo está intentando? Le digo: No sé por qué estás tan enojada conmigo.

Pero en realidad no digo nada de eso. Las palabras se me atascan en la garganta. Sam está enojada todo el tiempo, y todo lo que yo digo la hace estallar.

Vuelve a poner los ojos en blanco.

—Da igual. Para ti siempre soy la mala de la película sólo porque digo lo que pienso. No deberías tener tanto miedo de mecer un poco el bote, ¿sabes?

Lo que Sam no se da cuenta es que ya está zarandeando el bote. Si lo hago yo también, se va a volcar. Nos ahogaríamos todas.

Escucho la lluvia que golpea sobre el techo, y paso una mano por la colcha.

—Deberías estar contenta. Te gusta estar con Halmoni —le digo. Al menos creo que eso es verdad. A Sam ya no parece gustarle nada. Excepto su celular, quizá.

Se encoge de hombros.

—Ése no es el punto. El punto es: ¿voy a tener que vivir aquí, sin ningún amigo, sólo con mi madre y mi abuela? Es demasiado.

—Y con tu hermana —le digo, en voz tan baja que a duras penas puedo escucharme a mí misma. Tan tímida como una CATYC—. Yo también estoy aquí.

Sam tiene lista una respuesta hiriente, me doy cuenta. Pero mis palabras la detienen. Sus hombros se relajan.

—Sí —dice.

Es sólo una palabra muy pequeña, pero la pronuncia con delicadeza y entonces mi corazón se despeja y una calidez se extiende por todo mi cuerpo, hasta llegar a los dedos de los pies y las yemas de los dedos de las manos.

—Sí —respondo. En ese momento casi me parece que podría contarle a mi hermana sobre el sueño-espejismo-espíritu del tigre.

Pero en ese instante, en la planta baja, la puerta se abre de golpe. Halmoni está en casa.

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
02 März 2026
Umfang:
252 S. 55 Illustrationen
ISBN:
9786075574264
Rechteinhaber:
Bookwire
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