Buch lesen: "Vivir en paz; morir en paz"

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Contenido

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CRÉDITOS

DEDICATORIA

AGRADECIMIENTOS

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

AUDIOS DEL DÍA 23 DE ABRIL DE 2020

CONFERENCIA «LA VIDA DESPUÉS DE LA VIDA»

Quieres morir en paz, ¿verdad? Entonces, ¿ya has aprendido a vivir en paz?

CONFERENCIA «VIDA CONSCIENTE, MUERTE CONSCIENTE»

AUDIOS DEL DÍA 5 DE MAYO DE 2020

EL COLOR

SOBRE LA AUTORA

Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.

Maquetación de interior: Toñi F. Castellón

© de la edición original

2020, Suzanne Powell

© de la presente edición

EDITORIAL SIRIO, S.A.

C/ Rosa de los Vientos, 64

Pol. Ind. El Viso

29006-Málaga

España

www.editorialsirio.com

sirio@editorialsirio.com

I.S.B.N.: 978-84-18000-87-4

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Dedico este libro a mis queridos amigos Emilio y Carmen de Tenerife, con quienes comparto una preciosa amistad, con un gran sentimiento de familia terrenal y cósmica.

Estos nueve años han pasado rápido, pero mi profundo deseo es que sigamos juntos por mucho tiempo en el camino del amor incondicional, cultivando conciencia y esperanza a través de nuestro compromiso de servicio con amor a la humanidad.


AGRADECIMIENTOS

A Patricia Zapico, compañera zen, asistente personal y grandísima amiga por su labor desinteresada y amorosa de transcripción de la mayor parte de los contenidos de este libro.

A mis padres por darme la oportunidad de vivir la experiencia de esta vida física. Hoy, día 16 de mayo de 2020, siguen con vida. Puedo seguir disfrutando de ellos, aunque solo sea por videollamada dadas las circunstancias del confinamiento motivado por el ­COVID-19. Pero cuando se marchen estaré en paz y feliz por su nuevo camino. Me siento muy orgullosa de ser su hija y estoy profunda y eternamente agradecida por todo su amor incondicional.

A mi hija Joanna por acompañarme en la experiencia de ser madre durante estos últimos dieciocho años, la tarea más difícil y más gratificante por todo lo aprendido y superado. La animo a escribir su propio libro.


PRÓLOGO

El día que supe que la muerte no existía tal y como la conocemos, comprendí que se trataba del mejor y mayor secreto guardado del ­mundo.

Mi vida cambió y las ganas de vivirla también. Cuando te enfrentas a la muerte, te abres a la vida y a lo que significa recorrer un camino que no acaba al dejar de respirar. La magnitud de la existencia se muestra ante ti y tus capacidades de mejorar esa existencia también.

Descubres aspectos nunca imaginables y renaces en memorias antes olvidadas.

Cuando conocí a Suzanne yo estaba en fase de pleno despertar.

Su serenidad, confianza absoluta y su compasión por los demás me impulsaron a un camino que se abría ante mí lleno de aprendizaje y nuevos descubrimientos. Mi fortalecimiento como persona y mi perfeccionamiento como médico se fueron afianzando al incorporar a mi vida la meditación diaria y la aplicación del toque zen.

Las certezas cada vez fueron mayores hasta que confirmé lo sospechado, lo intuido y todo lo aprendido cuando mi pareja falleció.

En ese momento Suzanne me tendió la mano y yo la tomé para no caerme.

Tuve que silenciarme y el silencio se transformó en años de recorrido de senderos diferentes, senderos que la vida ha vuelto a unir en un camino único y común de lucha por la verdad y por el despertar de la conciencia.

Gracias Suzanne por abrir caminos.

Gracias Suzanne porque tu Luz haya avivado mi Luz...

22 de mayo de 2020

Natalia Prego Cancelo

Médico de familia

Autora del libro Aceptando el reto de sanar


INTRODUCCIÓN

Las palabras morir y muerte automáticamente suelen causar un impacto de tristeza, misterio, ­miedo, pérdida, impotencia o angustia. Sin embargo, como todos sabemos, morir es ley de vida. Es lo único que tenemos claro en nuestra existencia terrenal. Algún día dejaremos el cuerpo físico para convertirnos en polvo.

Lo único que debe ocupar nuestra mente al respecto es cómo va a ser ese momento, y el mayor ­deseo de cada uno es morir en paz, durmiendo o despidiéndose rodeado de las personas a las que ama, sin experimentar sufrimiento físico. Para lograr eso, es ­preciso prepararse a lo largo de la vida cultivando una vibración de paz interior, a pesar de las circunstancias que se presentan en el proceso de vivir en un mundo lleno de desafíos y conflictos salpicados de momentos de felicidad.

Entender la vida como un continuo viaje de aprendizajes en el que buscamos el equilibrio en el día a día, sabiendo que otros que han elegido compartir el mismo camino están haciendo exactamente lo mismo. Tratando cada uno de hacerlo lo mejor posible según su nivel de conciencia. De ahí comprendemos que todo se limita a pura adaptación y armonización de los unos con los otros para que el conjunto alcance la mejor evolución posible y en beneficio de todos.

Obviamente, nadie dijo que fuera fácil. Según tu vibración en vida, así será tu vibración al partir de este plano. Lo importante es entregarse en cuerpo y alma para hacerlo lo mejor que puedes y sabes en cada momento, y cultivar esa paz de espíritu, para que cuando llegue tu hora puedas decir: «Lo he hecho lo mejor que he podido y he aprovechado al máximo esta oportunidad de vivir una experiencia física siendo un ser espiritual». La clave para lograr esa paz es tener siempre presente la fórmula PERDONAR, OLVIDAR y ACEPTAR. Claramente, la idea es aplicarla primero a uno mismo y luego a los demás.

El objetivo de este libro es aportar esa paz y las herramientas necesarias para recorrer de forma consciente ese camino hacia la muerte. Los ­conocimientos aportados se basan en mi propia experiencia física y en la sabiduría acumulada a lo largo de mi proceso de búsqueda interior. Incluyo los audios transcritos en dos días de conexión intensa, durante el tiempo de confinamiento global motivado por el COVID-19 (exactamente, los días 23 de abril y 5 de mayo de 2020). El resto del contenido está extraído de conferencias que di años atrás en congresos relacionados con la muerte y la conciencia.

El mensaje más importante que quiero transmitir a los que estáis a punto de iros de este mundo, y por si acaso no llegáis a terminar de leer el libro completo, es el siguiente: cuando exhales por última vez e inicies tu camino hacia la Luz, NO MIRES ATRÁS; MIRA SIEMPRE HACIA DELANTE. Serás guiado en cada instante y sentirás una inmensa felicidad y un AMOR que te envolverá para llevarte de vuelta a casa, donde te unirás de nuevo con los tuyos. No tengas miedo y déjate llevar. Has nacido para morir, pero la huella que dejas en el corazón de los que se quedan es la que se imprime en el libro de tu vida eterna. A partir de la llegada a tu destino, empezará un nuevo capítulo. Disfruta del viaje.


AUDIOS DEL DÍA
23 DE ABRIL DE 2020

Hoy es jueves, 23 de abril de 2020, el día de Sant Jordi en Cataluña, que se celebra como el día del libro y la rosa. Siendo escritora, supongo que el día del libro debería tener una importancia especial para mí, y más todavía si además es el día de la rosa, ya que es la flor que más me gusta. Más allá de su simbolismo, tiene un significado especial para mí, pues me une a la que fue una de las personas más importantes de mi existencia, mi maestro y quien mejor me comprendió en esta vida. Antes de su muerte, me dijo: «Aunque yo no esté aquí, te haré llegar rosas rojas y rosas blancas para que sepas que siempre estaré a tu lado». Curiosamente, en prácticamente todos los cursos zen de una manera u otra siempre me ha llegado esa rosa, ya sea como flor natural o artificial (hecha de tela o papel, o dibujada...). Y en todos los casos, en el momento en que la he recibido he sentido su presencia.

La rosa también simboliza el amor, el amor eterno. Recuerdo la vez en que me dijo: «Cuando yo ya no esté aquí, cuando te llegue el amor verdadero, será con una rosa. Si alguien te entrega una rosa como símbolo de su amor, tiene que tener espinas; si no tiene espinas como la vida misma, significa que esa persona no es a la que corresponde estar como pareja en tu vida». Ahí me dejó el dato, para que estuviese atenta a ese pequeño detalle. En el día de hoy, en Cataluña, los hombres regalan rosas a la novia, a la mujer, a la madre, a personas a las que aman de verdad. De hecho, se ha convertido en una fiesta bastante comercial. Y yo me pregunto cuántas de esas rosas tendrán espinas.

Además, coincide con que este 23 de abril estamos en el día cuarenta de la cuarentena del confinamiento; y, por definición, cuarentena hace referencia a cuarenta días. Llevo estos treinta y nueve días, hasta el día de hoy cuando son casi las once de la mañana, pensando: «¿Por qué no aprovecho para escribir un libro? Estoy confinada en casa con mi hija de dieciocho años, y tengo todo el tiempo del mundo». De hecho, necesitaba ese tiempo para empezar a escribir una nueva obra. De manera que hablé con mi editorial para poner en marcha este proyecto.

Sabía que tenía que escribir sobre la muerte, pero de alguna manera sentía que no era el momento. Porque mis ocho libros anteriores surgieron prácticamente de la nada, por inspiración, a partir de sentirlo. Me limité a encajar las piezas de las circunstancias de mi vida, sentir una llamada y los libros fueron «cayendo solos», por su propio peso, sin proponérmelo, sin hacer más que simplemente sentirlo. Esto no estaba ocurriendo en esta ocasión; en estos días de cuarentena, en ningún momento he sentido esa llamada, hasta hoy. Y no porque sea el día del libro; de hecho, esta pieza ha encajado a posteriori. En realidad, es casi mágico, que en el día cuarenta de la cuarentena sienta que acaba una etapa y empieza otra.

Hoy mismo, una amiga me ha enviado por ­Whatsapp un listado de películas. He repasado los títulos y me he dado cuenta de que he visto la mayoría; entonces he ido directamente al final de la lista y he clicado, al azar, en uno de los enlaces. Me ha salido el típico mensaje de YouTube de que ese contenido no estaba disponible; entonces he hecho clic en el enlace inmediatamente anterior, y esta vez sí que se ha abierto el vídeo. El título, Salvado por la luz, me ha gustado. Además, he visto el nombre de Raymond Moody al principio, y mi corazón ha dado un brinco; para mí, ha sido como una señal.

Conocí a Raymond Moody, autor de La vida después de la vida, en un congreso en Punta Cana (República Dominicana), hace años, ocasión en que pude estar con él. Anteriormente, había estado cerca de él en un congreso que se había celebrado en España, pero no pudimos hablar: conseguí que me firmase su libro, un viejo ejemplar en inglés que yo tenía, bastante gastado; pero fue un favor que le pedí a alguien de la organización, por lo que no coincidimos personalmente.

Ha sido mientras he estado viendo esta película, que acabo de terminar hace unos minutos, que he sentido que ha llegado el momento de que empiece a escribir mi libro sobre la muerte.

El título, Vivir en paz, morir en paz, lo había pensado hace ya muchos meses. Pero había ido posponiendo la escritura a causa de mis muchas actividades y de mis tareas como madre. He estado muy ocupada con los cursos zen, mis viajes y la organización del equipo de colaboradores que viaja conmigo y que me apoya en nuestra Fundación Zen, Servicio con Amor. Además, y no menos importante, pensaba que para plasmar los contenidos con la debida conciencia y el oportuno sentimiento, quizás lo mejor era que empezase a escribir a partir de la muerte de un familiar mío.

En este momento, tengo a mis padres confinados solos en su casa. Tienen ochenta y dos años y su estado de salud es frágil. Mi madre tiene demencia, cáncer de pulmón, problemas relacionados con enfermedades autoinmunes, y una movilidad reducida. Mi padre conserva la mente muy lúcida, pero tiene problemas de movilidad a causa del estado de sus piernas y su espalda; y se añade a sus dificultades el hecho de que su esposa no le reconoce como pareja.

Me entristece no poder estar con ellos y acompañarlos. Durante esta cuarentena, los servicios sociales se acercan para darles su medicación y bañarlos; y mis hermanos hacen lo que pueden, según lo que está permitido por la ley en estos momentos de aislamiento. La distancia y el hecho de no poder desplazarme hasta ellos me ha hecho reflexionar: ¿y si se muere alguno de los dos y no puedo estar ahí? ¿Y si no puedo ir a su funeral? ¿Y si no puedo darles ese beso de adiós? Me emociono al pensar que quizá no los vuelva a ver.

Entonces he llegado a la conclusión de que para escribir este libro quizá no hace falta que viva la experiencia de esa despedida, de ese último beso, de su muerte, de su funeral. Ahora que todavía los tengo con vida, tal vez sea el momento, aunque sea por videollamada, de seguir diciéndoles: gracias por haberme traído a este mundo. Gracias por ser mis ­padres. Gracias por haberme educado y criado como mejor habéis sabido. Gracias por perdonarme todos mis errores. Gracias por vuestra paciencia. Gracias por vuestra tolerancia. Gracias por todo vuestro amor incondicional. Gracias por tantos esfuerzos. Gracias por estar ahí para escucharme. Gracias por las horas que habéis pasado conmigo ayudándome con mis estudios y por haber soportado nuestras peleas entre hermanos. Gracias por darnos lo mejor que hemos tenido, que ha sido una familia unida, nutrida desde el amor. Gracias por tantos recuerdos; por esas poquitas vacaciones que hemos podido disfrutar juntos como familia, debido a una escasa economía.

Gracias por toda la entrega de mi madre, que pasó años encerrada cuidando del hogar, como ama de casa y madre de cuatro hijos, en medio de muchas dificultades, y habiendo dejado su exitosa vida en Londres con un fantástico empleo en un banco, para casarse por amor con mi padre e irse a vivir a un pueblo irlandés de veinte mil habitantes. Mi padre era seminarista, porque quería ser cura y trabajaba temporalmente en una fábrica para ganar dinero y pagarse el seminario. Por una de esas causalidades de la vida, un amigo le presentó a mi madre y saltaron las chispas del amor.

La economía era tan escasa que mi padre escribía a mi madre sobre papel higiénico; era un papel duro, mate por un lado y brillante por el otro. Era lo único de lo que disponía para escribirle cartas de amor y poemas desde la distancia, para mantener encendida la llama de su corazón.

Me imagino esas circunstancias... Quizá yo sea una romántica de la vieja escuela. Me encanta dejar volar mi imaginación recreando la llegada de esas cartas al buzón de mi madre y ella leyendo con tanta ilusión las palabras románticas que transmitía mi padre sobre el papel higiénico.

Mi madre era protestante y se introdujo en una familia de creencias católicas muy estrictas. Eran los tiempos de la Guerra Fría, muy conflictivos en el terreno político. Tuvo muchas dificultades para encajar en la sociedad irlandesa y para ser aceptada por la familia de su marido; con este fin, y también porque así lo sentía, adoptó la costumbre de ir a misa. Sin embargo, le incomodaba escuchar las homilías en las que se hablaba mal de Inglaterra. Finalmente, decidió dejar de asistir, y limitarse a cuidar de su familia como buena esposa y amorosa madre. Fue una mujer muy valiente y siento que aún lo es, a pesar de su demencia.

Con el tiempo, por ser tan maravillosa como es, mi madre fue aceptada por toda la familia de mi padre y por los vecinos; se ganó el corazón de todo el mundo. Ha sido una mujer extraordinaria, siempre ­conciliadora, siempre apoyando, siempre a punto para echar una mano, siempre dispuesta a escuchar los problemas de los demás y ofrecer sus sabios consejos. Incluso se apuntó como voluntaria en el teléfono de la esperanza, donde iba a pasar una noche cada semana, sacrificando su propio sueño, para estar al otro lado del teléfono escuchando a personas que quizá tenían la intención de suicidarse. Hasta en eso la admiro. Y luego, al día siguiente, sin haber dormido, reanudaba las tareas del hogar. Siempre pienso en lo difícil que era la supervivencia en aquella época; por ejemplo, aún no había lavadoras en las casas. Además, en Irlanda las familias siempre han sido muy numerosas. Mi madre fue, y sigue siendo en el momento de escribir estas líneas, una luchadora y una gran superviviente. Realmente, la considero una mujer digna de admiración.

En mi familia, siempre hemos dicho que mi madre ha sido como Mary Poppins: una mujer de ojos azules, rubia, sonriente y guapísima; alguien de una belleza extraordinaria; una conquistadora. Su única desventaja en el pueblo era su acento londinense correctísimo, asociado a una clase social alta. Y en un pueblo como Newry, en Irlanda del Norte, en aquellos tiempos tener ese acento no iba exactamente a tu favor. El Ejército inglés estaba por todas las esquinas, con sus furgonetas y sus tanques. En el pueblo vivimos siempre en medio de una gran tensión hasta que llegó el alto el fuego. Si tenías acento inglés, lo peor que podías hacer en los comercios era abrir la boca. Mi madre se había ganado el respeto, el cariño y la admiración de quienes atendían las tiendas que frecuentábamos, por lo que no tenía problemas en esos lugares; otra cosa era si entraba a comprar en sitios en los que no la conocían o si debía tratar con desconocidos.

En cuanto a mi padre, se hizo profesor de secundaria y fue un profesional maravilloso, respetado y admirado por sus alumnos, algunos de los cuales, aún hoy, le escriben en Facebook. Es una persona muy conocida en el pueblo, y para mí ha sido siempre un icono; quería ser como él. Era profesor a todas horas, también en casa: nos inculcó, a los hijos, una disciplina fuerte y severa para hacer de nosotros buenas personas y buenos ciudadanos; y se esforzó por darnos lo mejor o, al menos, lo que él sentía que era lo mejor para nosotros. Las palabras suyas que más me marcaron fueron estas: «Sé lo que quieras en esta vida, pero no seas profesora». Él tenía muchas esperanzas de que yo pudiese hacer lo que él no hizo: quería que fuese médica, veterinaria, dentista...; en definitiva, que tuviese una profesión de las que se consideran, a su modo de ver, «importantes». Sus expectativas eran muy altas, pero cada uno ha venido a este mundo a hacer lo que tiene que hacer, y es el corazón el que lo dicta. Por lo tanto, si bien yo, por una parte, quería estar a la altura de esas expectativas, por otra, sabía que tenía que seguir mi propio camino y ser feliz. No podía limitarme a vivir para cumplir los deseos de mis padres y hacerles felices de esta manera. Quizá por eso, a los veinte años, yo ya tenía las miras puestas en otros horizontes, lejos del pueblo.

En cualquier caso, mi padre amplió mucho mi visión del mundo con sus historias. ¡Cuánto hemos compartido en las caminatas por el bosque en las que paseábamos a todos los perros que hemos tenido en la familia! Siempre ha tenido un sentido del humor muy agudo, jugando con las palabras con gran agilidad mental. También le encantaba usar palabras sofisticadas, y hacernos pensar; nos desafiaba con este fin. Recuerdo a mi padre sentado con el periódico y los crucigramas; nos reunía a su alrededor y nos retaba para resolverlos. Había dos versiones de crucigramas, los simples y los complicados. Él nos incitaba a pensar.

Me encantaba ir a ver las obras musicales que mi padre producía en la escuela de secundaria en la que fue profesor la mayor parte de su vida; tenía un gran ingenio y talento como productor. No tenía ningún reparo en elegir grandes títulos, como por ejemplo Oliver Twist o Sonrisas y lágrimas. Era admirable su talento y dedicación para poner en escena estas obras, sin escatimar esfuerzos e incluso aportando su tiempo libre. Recuerdo las caras felices de los padres, profesores y la gente del pueblo y alrededores que acudían a verlas. No tengo la menor duda de que las mejores obras de teatro y musicales que he visto en el pueblo han sido producidas por él. La impronta que me dejó mi padre como profesor y productor fue muy grande, y la evidencia de ello es que, ya en España, acabé trabajando como profesora de inglés, música y teatro. En aquel entonces, la enseñanza primaria era conocida como EGB, y la secundaria estaba constituida por el BUP y el COU; fui profesora en ambos ciclos y tuve la oportunidad de poner en práctica mucho de lo que había observado y admirado en mi padre.

Ha dejado una gran huella, una huella que ahora yo sigo para hacer mi obra en este mundo, gracias a lo que he observado y vivido en mi niñez y juventud a través de la unidad familiar. Por esta razón, quiero expresar desde estas páginas todo mi reconocimiento hacia ambos. A mi madre, que ha sido una persona muy caritativa, bondadosa, conciliadora, pacífica y tranquila, capaz de decir siempre las palabras perfectas para calmar el corazón y la mente de los demás; y hacia mi padre, que ha sido un gran luchador que siempre trajo a la familia lo que necesitaba para comer, a veces en cantidades muy justas, y que supo mantenernos unidos a pesar de las grandes adversidades que vivimos en aquellos tiempos. Los dos han dejado una gran huella en mí.

A menudo nos puede pasar que no valoremos realmente lo que nuestros padres hicieron por nosotros, hasta que nos convertimos en padres. No valoramos su trabajo, su esfuerzo, su entrega, su amor incondicional, hasta que lo experimentamos de primera mano. Como madre, intento dar lo mejor de mí a mi hija para que algún día sea una buena ciudadana y una buena madre que dé lo mejor de sí a sus hijos; y aunque ahora no lo comprenda, confío en que un día se dé cuenta de que todo lo que he hecho por ella, lo he hecho desde el amor incondicional. Espero que un día sepa que todo lo que le he dado y transmitido ha salido de mi conciencia, de mi mejor sentir, a pesar de las adversidades y las circunstancias. También espero que me perdone todos mis errores debidos a mis momentos de inconsciencia, frustración e ignorancia, así como por haber elegido vivir nuestra experiencia como madre e hija sin que haya tenido un padre que le hubiese podido responder cuando yo no he sabido hacerlo. En cualquier caso, si las dos hicimos el pacto de vivir juntas y solas estos dieciocho años, es porque ambas teníamos algo que aprender de esta vivencia como madre e hija, hija y madre.

Hace veinte o veinticinco años, estaba de viaje con mi maestro en Argentina y tuve un sueño en el que me encontraba en un cuarto con él y con dos compañeras. Nos abrió un «baúl del tesoro», el típico que se suele encontrar en los barcos naufragados de piratas, lleno de joyas y monedas. Y nos dijo a las tres: «Elegid, elegid vuestro tesoro, lo que queráis». Vi cómo, inmediatamente, las otras dos mujeres metían las manos en el cofre y se probaban anillos, coronas, cadenas, colgantes, etc., sintiéndose muy felices, como princesas. Yo, observándolas desde cierta distancia, sacudía la cabeza pensando que aquello no me hacía feliz, que no era un verdadero tesoro para mí, que no quería ni necesitaba nada de todo eso.

Así se lo comenté a mi maestro, y acto seguido sacó un pequeño álbum de fotos, en el que solo cabía una foto por página. Fue pasando cada página, y desde la primera hasta la última mostraban fotografías de mis amores, mis novios, mis amados; deteniéndose sobre cada una, me decía: «Si te hubieses quedado con ese, te habría pasado tal o cual cosa». Y veía imágenes de escenas maravillosas, pero también de situaciones horrorosas; incluso vi que uno de esos hombres me habría matado. De hecho, hasta que no terminé de ver todo el álbum no recordé que había tenido tantos amoríos en mi vida.

Finalmente, en la última página había una foto en la que estaba yo sola embarazada de muchos meses; me quedé mirándola y le pregunté al maestro:

–¿Y eso?

Y me respondió:

–Ese es tu tesoro.

Pero me veía sola, sin un compañero a mi lado que fuese a acompañarme en todo el trayecto que tendría por delante como madre de ese bebé. Hasta que no pasó mucho tiempo no lo comprendí, pero en ese sueño él me respondió: «Para que veas que siempre he estado contigo, siempre he estado a tu lado, siempre te he cuidado y te he protegido».

Por lo tanto, mi tesoro era tener a mi hija... Cuando nació, él me dijo: «Cuando yo ya no esté, nunca más vas a estar sola, porque tienes a Joanna. Nunca más vas a estar sola, pero yo siempre voy a estar contigo; siempre te amaré, más allá de esta vida, más allá del tiempo y del espacio, y siempre te haré saber que estoy a tu lado».

Entonces hoy, el día de Sant Jordi, el día del libro y de la rosa, es aquel en el que tengo una revolución en mi corazón que me inspira a iniciar este libro, el cual tenía proyectado pero aparcado pensando que iba a empezarlo a partir de la muerte de uno de mis padres. Así que voy a intentar aprovechar este sentimiento para imprimirlo en la obra, pues sé que quizás ahora es el momento exacto de compartirlo

El protagonista de Salvado por la luz, hacia el final de la película, cuando finalmente ha entendido cuál es su trabajo, la razón por la que ha vuelto a la vida, tiene esta conversación con un amigo justo antes de entrar en una casa para ayudar a una persona a irse:

–¿Qué vienes a hacer aquí exactamente?

–Los ayudo en los últimos cinco minutos. Cuando llega el fin, todo el mundo quiere cinco minutos más; quieren decir cosas que nunca dijeron, quieren sentir cariño una vez más. Yo les doy esos cinco minutos; luego, los dejo ir. ¿Sientes el olor?

–Sí. Huele a... muerte.

–No... Es miedo, el miedo a la muerte. Cuando haga mi trabajo, notarás el olor a rosas.

Siento que, a través de este libro, también tengo que ayudar a las personas a irse en paz. Cuando vayan a morir, tienen que saber que no hay nada que temer, ya que lo que les espera es su hogar en el cielo; volverán a casa. El miedo solo es causado por la propia ignorancia. A la vez, debemos saber que cuando muramos no estaremos solos, pues tenemos derecho a estar acompañados en ese tránsito de vuelta a casa.

Creo que muchas personas han sentido ese olor a rosas u otra flor al recordar con mucho amor a un ser querido fallecido. Por ejemplo, esa abuelita, que utilizaba un perfume de lavanda que asocian con su presencia. Creo que ese olor, ese perfume, esa fragancia, esa belleza es algo que nos transporta como seres humanos.

¡Cuánto simbolismo hay detrás de una rosa o un ramo de rosas! Me maravillo con su textura, su perfección, los colores... Cuando veo una rosa en toda su perfección en un rosal, no me entran ganas de cortarla y apartarla así de su estado natural; sin embargo, cuando alguien me entrega una rosa o un ramo de rosas, siento la ilusión que hay detrás de ese regalo, vinculado al simbolismo de esta flor, y siempre las pongo en mi altar.

Tengo una querida compañera de la enseñanza zen, Maite, que cuando nos preparábamos para impartir un curso siempre me ponía rosas en el escenario, sin que yo lo supiese. Finalmente, descubrí su secreto. Ella sabía lo importantes que eran las rosas para mí para transmitir la enseñanza y canalizar las lecciones del maestro o de quienes querían hablar a través de mí durante esas dos horas de clase. Así que gracias, Maite, por todas tus atenciones. Siempre con tu humildad, tu sonrisa y tu cara de pillina te encogías de hombros y decías: «Bueno, no es nada; para ti, cariño, con todo mi amor».

El gran mensaje de la película Salvado por la luz es que, como seres humanos, somos seres espirituales poderosos, y que lo más importante en esta vida es el amor, sea como sea, y la importancia de despertar al ser humano al amor, porque solo el amor puede cambiar todo.

En el momento de escribir estas líneas, llevamos cuarenta días encerrados en casa confinados, en España, con nuestros familiares. Puede ser una experiencia maravillosa, pero también puede ser que destruya relaciones, ante la frustración, ante el no saber, ante la impotencia, ante la pobreza, y ante la falta de luz natural, de sol, de aire fresco, de contacto con la naturaleza.

¿Cuántos de nosotros estamos en este momento deseando pasear por un parque, sentir la brisa de la primavera, ver a los niños jugar juntos disfrutando con sus inocentes juegos? ¿Cuántos padres querrían ver brincar y saltar a sus hijos y oírles decir «¡Mamá, mira lo que hago!», «¡Papá, ven a jugar conmigo!»? O tal vez esperemos disfrutar de ver cómo corretean nuestras mascotas... De hecho, hoy en día parece que los perros tienen más derechos que los niños; los perros pueden salir con su amo a pasear, pero los niños, encerrados en casa, no tienen este derecho. Espero que a partir de hoy impere el sentido común y los dejen salir porque lo que necesitan es jugar y disfrutar con sus amigos al aire libre. Un niño desarrolla inmunidad a partir de jugar, saltar, moverse, reírse, y, sobre todo, a partir de hacer ejercicio en la naturaleza. ¿Cuántos padres darían lo que fuera para poder disfrutar con sus hijos al aire libre? ¿Cuántos dejarían la corbata, el traje y el ordenador ahora mismo para salir a disfrutar de su familia en un entorno natural? Hasta el confinamiento teníamos esta posibilidad y ahora no la tenemos; no contamos con esta libertad.

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€6,99
Altersbeschränkung:
0+
Umfang:
141 S. 3 Illustrationen
ISBN:
9788418000874
Verleger:
Rechteinhaber:
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