Buch lesen: "El cuerpo no es una disculpa"

Título original: The Body Is Not An Apology
First published by Berrett-Koehler Publishers, Inc.,
San Francisco, ca, usa. All Rights Reserved.
© Sonya Renee Taylor, 2018
© De la traducción del inglés: Begoña Martínez Pagán
© Editorial Melusina, s.l.
www.melusina.com
Diseño de cubierta: Irene Morris / Morris Design
Reservados todos los derechos de esta edición.
Primera edición digital: mayo de 2020
Fotocomposición: Sergi Puyol
eisbn: 978-84-15373-87-2
Para Terry Lyn Hines (1959-2012)
Mi primer y más duradero ejemplo
del poder del amor radical.
La barriga de mi madre
El pan de su cintura, una hogaza
que yo amasaba con esas palmas de ocho años
sudadas de jugar. Mi hermano y yo nos maravillábamos
de los surcos y caballones. De cómo su ombligo se hacía cumbre.
De cómo su barriga parecía una nuez. De cómo una vez fuimos semillas
y habitábamos dentro. Nos reíamos, mi hermano y yo,
cuando ella se tumbaba en el sofá,
se levantaba la camiseta y dejaba que su barriga se extendiese como masa de pastel en un molde.
Era un premio, como lamer el dulce de las varillas de la batidora en los cumpleaños.
La ondulación de la barriga de mi madre no era
una vergüenza que escondiera de sus hijos.
Ella sabía que habíamos salido de ahí. Su barriga era un regalo
que seguíamos compartiendo entre nosotros.
Era tanto de ella, de su cuerpo,
como nuestra por haberlo hecho nuevo,
diferente. Su cuerpo era un altar de carne
construido en nuestro recuerdo, por nosotros, para nosotros.
Lo que queda de la barriga de mi madre
habita un recipiente para cenizas que guardo en un armario.
De vez en cuando abro la caja,
paso la mano por los finos cristales con palmas
que una vez tuvieron ocho años. Siento los surcos y caballones
que ya no se encumbran sino que se escurren entre los dedos.
Gránulos que hoy son mucho más sal
que azúcar. Y aún así, todavía me maravillo
ante lo que un día fue su cuerpo. Incluso en esta forma digo
«yo salí de esto».
contenido
Prólogo
1. Cómo hacer que el autoamor sea radical qué es y qué no es autoamor radical ¿por qué el cuerpo? ¿por qué debe ser radical? ¿por qué nos hemos estado disculpando? ¿y si dejásemos de hacerlo? las tres paces
2. Vergüenza, culpa y disculpa: pasado y presente ¿cuándo aprendimos a odiarlos? historias del origen de la vergüenza sexual los medios de comunicación importan comprar para ser «suficiente» un gobierno para, por y sobre los cuerpos llamémoslo por su nombre: terrorismo corporal
3. Cómo construir una práctica de autoamor radical en la era del odio cómo crear un mapa para salir de la vergüenza y llegar al autoamor radical pensar, ser, hacer los cuatro pilares de la práctica
4. El amor ordena un nuevo camino un mundo para todos los cuerpos es un mundo para nuestros cuerpos hablar francés y el sesgo implícito cómo vencer al terrorismo corporal desde dentro cambiar los corazones acuerdos que no piden perdón
5. Tu caja de herramientas de autoamor radical no eres un automóvil diez herramientas para el autoamor radical
Conclusión
Agradecimientos
Prólogo
Mucho antes de que fuera una empresa de medios digitales y educativos, o un movimiento de autoamor radical con cientos de miles de seguidores en nuestra web y en nuestras redes sociales, antes de que a nadie le interesara escribir sobre nosotros en la prensa o entrevistarme en la televisión, antes de que la gente empezara a mandarme fotos de sus cuerpos con mis palabras tatuadas en la espalda, en los antebrazos y en los hombros (lo cual nunca deja de ser genial y raro), antes de todo eso, hubo una palabra… Bueno, unas palabras. Esas palabras fueron «tu cuerpo no es una disculpa». Corría el verano de 2010 y estaba en una habitación de hotel en Knoxville, Tennessee. Mi equipo y yo nos estábamos preparando para una noche de torneo en el Southern Fried Poetry Slam. Un slam es una competición de poesía en vivo. Puede hacerse por equipos o individualmente, y cada participante tiene tres minutos en el escenario para compartir lo que a menudo es una poesía profundamente íntima, personal y política; a continuación, cinco jueces seleccionados al azar de entre la audiencia les ponen nota a los poemas, en una escala que va de 0,0 a 10,0. Es un juego ensordecedor que lleva el refinado arte de la poesía a las masas de los bares, clubes, cafeterías y a todo Estados Unidos en las competiciones del National Poetry Slam. El slam de poesía es tan ridículo como bello; es todo lo torpe y glorioso que tiene el poder de la palabra. El slam es un lugar en el que la gente inadaptada, marginada y ensimismada toma el escenario y los embelesados oídos de la audiencia, aunque sea durante solo tres minutos.
Fue en una cama de hotel en esta ciudad, preparándome para este extraño juego, donde pronuncié por primera vez las palabras: «tu cuerpo no es una disculpa». Mi equipo era un caleidoscopio de cuerpos e identidades. Éramos un microcosmos de un mundo en el que me gustaría vivir. Éramos negros, blancos, del sudeste asiático. Con y sin discapacidad. Éramos gay, hetero, bi y queer. Lo que llevamos a Knoxville aquel año fueron historias sobre vivir en nuestros cuerpos con todos sus complejos entramados. Éramos personas complicadas y honestas las unas con las otras, y por eso acabé teniendo una conversación con mi compañera de equipo Natasha, que tenía treinta y pocos años, vivía con parálisis cerebral y tenía miedo de haberse quedado embarazada. Natasha me dijo que su potencial embarazo era con toda probabilidad fruto de un lío sin pretensiones. Para Natasha, toda su vida estaba en el aire, pero tenía clarísimo que no quería tener un bebé, y mucho menos con esa persona. Una de mis muchas reencarnaciones laborales del pasado fue proveedora de servicios de salud sexual y salud pública. Este pasado me labró fama de preguntarle a la gente por sus prácticas de sexo seguro, de regalar condones y ofrecer estrategias de salud sexual enfocadas a la reducción del daño. Por instinto le pregunté a Natasha por qué había elegido no usar condones con este compañero sexual esporádico, una persona con la que no tenía interés en procrear. Ni Natasha ni yo sabíamos que mi pregunta sincera y su sincera respuesta serían el catalizador de un movimiento. Natasha me habló de su verdad:
—Mi discapacidad hace que las relaciones sexuales sean ya de por sí difíciles, por las posturas y demás. No sentí que estuviera bien además montar un número por lo de usar condón.
Puede ser fácil refugiarnos en el silencio cuando oímos la verdad de alguien y nos golpea en una parte profunda de nuestra humanidad, de nuestras propias vergüenzas ocultas. Nos cuesta sostener las verdades de otros porque en muy raras ocasiones hemos experimentado que sostengan nuestras propias verdades. Brené Brown, investigadora social y experta en vulnerabilidad y vergüenza, afirma que «si compartimos nuestra historia con alguien que responde con empatía y comprensión, la vergüenza no puede sobrevivir».1 Yo entendí la verdad que Natasha estaba compartiendo. Sus palabras me punzaron en un vientre dolorido de conocimiento, dentro de mi propio cuerpo. Todo mi ser resonó. Me vi transportada a todas aquellas veces que había regalado mi propio cuerpo como penitencia. Un montaje de recuerdos se proyectó en mi mente, e incluía todas aquellas veces en que le había dicho al mundo «lo siento» por tener este cuerpo equivocado y malo. Fue desde esta profunda cueva de vulnerabilidad que desbordaron estas palabras:
—Natasha, tu cuerpo no es una disculpa. No es algo que le des a alguien para decirle «lo siento por tener discapacidad».
Se echó a llorar, y durante unos minutos solo abracé a mi amiga-que-a-lo-mejor-estaba-embarazada mientras ella contemplaba la plenitud de lo que esas palabras significaban para su vida y su cuerpo. Hay veces en que nuestra sinceridad, vulnerabilidad y empatía inquebrantables crearán un portal transformador, una abertura a una nueva manera de vivir. Entre Natasha y yo se creó un portal así esa noche de verano en Tennessee, porque según esas palabras se me escapaban de los labios, una parte de ellas se quedó atascada dentro de mí. Las palabras que le dije a Natasha en aquella habitación de hotel eran tanto para ella como para mí. También me estaba diciendo a mí misma: «Sonya, tu cuerpo no es una disculpa».
Durante días después de mi conversación con Natasha, cada dos por tres las palabras volvían a mí, como una especie de bumerán cósmico. Seguían rebotando como un eco entre las paredes de todas mis heridas ocultas. Cada vez que decía una palabra desdeñosa sobre los hoyuelos de mis muslos, oía «tu cuerpo no es una disculpa, Sonya». Cada vez que marcaba alguna afirmación errónea con un «culpa mía, qué tonta soy», mi propia voz interior me replicaba «tu cuerpo no es una disculpa». Cada vez que mi ojo crítico se centraba como una mira láser en alguna imperfección percibida de mi cuerpo o del de otro ser humano, las palabras llegaban como un mayordomo bien entrenado para recordarme «oye, el cuerpo no es una disculpa». Mi yo poeta sabía que las palabras me exigían ser algo más que una conversación efímera con una amiga. Querían ser algo más que mi propia autoflagelación. Las palabras siempre han tenido sus propios planes. Yo… era solo un vehículo.
Hace poco escuché una conferencia sobre relaciones de la famosa escritora y profesora espiritual Marianne Williamson. En ella se describía el concepto de inteligencia natural. Postulaba lo siguiente: «Una bellota no tiene que decir “mi idea es convertirme en un roble”. La inteligencia natural pretende que cada ser viviente se convierta en la más alta forma de sí mismo, y nos diseña para ello».2
En una sola frase, todo lo que sentía que estaba en mí y no tenía nombre de repente recibió uno. Tenemos un diccionario lleno de términos que describen nuestra interpretación de la inteligencia natural. A veces lo llamamos propósito; otras veces lo llamamos destino. Aunque estoy de acuerdo con el espíritu de esos términos, creo que fracasan a la hora de encapsular la plenitud de lo que ilustra el ejemplo de la bellota de Marianne Williamson. Tanto propósito como destino aluden a un lugar al que quizá, si dedicamos el esfuerzo suficiente, llegaremos algún día. Nos fustigamos con las cosas que debemos hacer para cumplir con nuestro propósito o cumplir con nuestro destino. Al contrario que la idea de propósito, la inteligencia natural no requiere que hagamos nada para llegar a ella. La inteligencia natural nos imbuye con todo lo que necesitamos en este momento concreto para manifestar la más alta forma de nosotros mismos, y no necesitamos averiguar cómo conseguirlo. Llegamos a este planeta con la materia prima ya incluida. De ninguna forma quiero dar a entender que el trabajo que has estado haciendo hasta este momento haya sido inútil. Al contrario, aplaudo cualquier labor que hayas emprendido que te haya traído hasta aquí. Sobrevivir es difícil, joder. Cada uno de nosotros ha pasado toda suerte de traumas, vergüenzas y miedos para llegar hasta donde está ahora mismo, dondequiera que sea eso. Cada día nos despertamos y el planeta está lleno de impedimentos sociales, políticos y económicos que nos roban energía y disminuyen nuestro sentido de la identidad. Por lo tanto, sentimos que conectarnos con esta inteligencia natural a menudo se hace casi imposible. Los humanos nos dificultamos muchísimo los unos a los otros la tarea de ser humanos, pero os lo aseguro, el trabajo que hemos hecho o que haremos no consiste en adquirir alguna forma de ser de la que carezcamos en este momento. El trabajo consiste en derruir las barreras de la injusticia y de la vergüenza que se han erguido en nuestra contra, para que podamos acceder a lo que siempre hemos sido, porque si no se nos obstaculiza acabaremos creciendo, de forma inevitable, hasta llegar al propósito para el que fuimos creados: nuestra versión propia y única de aquel roble.
Yo tengo mi propia denominación para la inteligencia natural. La llamo autoamor radical. El autoamor radical es la fuerza que hizo que las palabras «tu cuerpo no es una disculpa» salieran disparadas de mi boca, como un cañonazo, dirigidas a una amiga pero también atravesando mi propio pecho y a continuación los corazones de cientos de miles de personas en todo el mundo. La mayor llamada que he sentido en mi vida es evangelizar sobre la idea del autoamor radical, entendida como los cimientos que transforman cómo hacemos las paces con nuestros cuerpos, cómo hacemos las paces con los cuerpos de otros, y cómo, al final, cambiamos el mundo. Una aparente coincidencia tras otra ha hecho que me resulte obvio. No sé cuál es tu mayor llamada. Es posible que tú tampoco lo acabes de saber. Eso es perfecto. En este mismo segundo, una bellota temblorosa se precipita de la rama al suelo, sin tener ni idea de por qué. No necesita saberlo para cumplir con esa llamada; solamente necesita que nos quitemos de en medio. El autoamor radical es un motor dentro de ti, y te conduce hacia el momento en el que esa llamada se manifieste. Es el cansancio que sientes cada vez que los susurros del auto-odio, de la vergüenza corporal y de la duda merodean por tu cerebro. Es el impulso obstinado que te llevó a abrir este libro, una acción conducida por una fuerza mucho mayor que la de la voz de la duda, y sin embargo a veces mucho más difícil de oír.
El autoamor radical no es un destino al que estés intentando llegar; es lo que ya eres, y ya está trabajando sin cesar para guiar tu vida. La pregunta es: ¿cómo puedes escucharlo con más claridad y con más frecuencia? ¿Incluso sobre el estruendo de la constante vergüenza corporal? ¿Cómo puedes permitirle que cambie tu relación con tu cuerpo y con tu mundo? ¿Y cómo puede ese cambio expandirse por todo el planeta? En la organización que fundé, The Body Is Not An Apology («El Cuerpo No Es una Disculpa», véase www.TheBodyIsNotAnApology.com) no estamos diciendo nada nuevo. Sin embargo, estamos conectando algunos puntos que creemos que otras personas pueden haber olvidado por el camino. Sabemos que la respuesta siempre ha sido el amor. La pregunta es cómo dejamos de olvidar la respuesta, para poder seguir viviendo nuestras vidas más plenas, más radicalmente impenitentes. Este libro es mi más sincero intento de ayudarnos, a todo el mundo, a responder.
1. B. Brown, Daring Greatly: How the Courage to Be Vulnerable Transforms the Way We Live, Love, Parent, and Lead (London, uk: Penguin, 2012), p. 69.
2. M. Williamson, «The Spiritual Purpose of Relationships» (conferencia, Los Ángeles, California, 3 de enero de 2016).
1. Cómo hacer que el autoamor sea radical
qué es y qué no es autoamor radical
Voy a responder un par de preguntas enseguida, antes de que te sumerjas mucho en este libro y sientas que te han engatusado y embaucado. La primera: «Sonya, ¿este libro va a arreglar mi autoestima?». No. La segunda: «¿Me enseñará este libro a tener confianza en mí?». Pues no. Tercera pregunta, improvisada: «¿Entonces por qué narices estoy leyendo este libro?». Estás leyendo este libro porque tu corazón te está llamando a algo que es exponencialmente más magnánimo y suculento que la autoestima o la autoconfianza. No es que estas cualidades no tengan relación con el autoamor radical: sin embargo, el autoamor radical tiene entidad propia, es una isla verde y exuberante que ofrece un puerto seguro a la autoestima y la autoconfianza. Por desgracia, a menudo esos dos barcos eligen vagar a la deriva por el mar, confiando en que la voluntad o el ego lleven el timón, y en ausencia de esos motores se quedan abandonadas persiguiendo el peligroso espejismo del «algún día». Algo como: «Algún día me sentiré lo bastante bien como para promocionar el guion que escribí». O: «Algún día, cuando tenga confianza en mí, saldré de esta relación tan cutre». La autoestima y la autoconfianza son fugaces, y ambas pueden existir sin autoamor radical, pero las cosas casi nunca salen bien cuando ellas están al mando. Piensa en toda esa gente desagradable que conoces que rezuma arrogancia, personas que seguro que tienen muy buena opinión de sí mismas. Y aunque puedes llamarlas… ejem… gente segura de sí misma (bueno, esa es una de las cosas que puedes decir, sin duda), seguro que la frase «autoamor radical» no les acaba de encajar. Elige a tu dictador favorito, y seguro que pensarás en alguien que lleva bien el tema de la autoconfianza. Al fin y al cabo, tienes que estar convencido de que eres la hostia en verso para cultivar la idea de dominar el planeta entero sin ayuda de nadie. El cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos me parece una persona con una autoconfianza épica. Pero «el Donald» no está luchando con su idea de sí mismo (aunque el resto del mundo esté luchando con su propia idea de quién es). Incluso si conjeturásemos que Trump y otros como él actúan desde una exagerada falta de autoestima y autoconfianza, creo que podríamos estar de acuerdo en que no muchas de sus actitudes o acciones parecen transmitir amor.
Es posible que te preguntes: «Vale, este libro no me ayudará con mi autoestima o mi autoconfianza… Pero, ¿me enseñará al menos autoaceptación?». Mi respuesta corta es: si hago bien mi trabajo, ¡tampoco! No porque la autoaceptación no sea útil, sino porque creo que hay un puerto más allá de la isla de la autoaceptación y quiero que viajemos hasta allí. Piensa en todas esas veces que has «aceptado» algo y has descubierto que no te inspiraba en absoluto. Cuando era niña, mi madre nos hacía a mi hermano y a mí empanadas congeladas para cenar. Era la comida de los días en los que a ella no le apetecía cocinar. A mí me gustaba la corteza, hojaldrada y crujiente. Los trozos de pollo prensado mecánicamente en una salsa del color beis de las tiritas eran soportables. Pero no había nada menos apetitoso que la repugnante mezcla de guisantes, judías verdes y zanahoria que salpicaban cada bocado como tristes estrellas en una galaxia interminable. Sí, me comía aquella odiosa menestra. El hambre hace que aceptes cosas. Aceptaba que mis opciones eran limitadas: entresacar un millón de guisantes diminutos o buscar un trabajo a la madura edad de diez años y apañármelas para alimentarme yo sola. ¿Por qué estoy hablando de empanadas? Porque la autoaceptación es la menestra de verduras dentro de la empanada del autoamor radical. Te mantendrá con vida mientras tus opciones sean limitadas, pero… ¿y si hay vida más allá de las empanadas congeladas?
A menudo, autoaceptación se usa como sinónimo de aquiescencia. Aceptamos las cosas que no podemos cambiar. Aceptamos la muerte porque no tenemos voz ni voto sobre cuándo llega a nuestra puerta, arbitraria e indiferente. Tenemos historias personales de aceptación por aburrimiento. Hemos aceptado trabajos anodinos porque estábamos sin blanca. Hemos aceptado parejas pésimas porque su pésima presencia era mejor que la vacía soledad de su ausencia. Practicamos la autoaceptación cuando nos cansamos del auto-odio, pero no podemos imaginarnos nada más allá de una irrisoria tolerancia hacia nuestra persona. Qué abrigo tan ligero llevamos para este camino tan inhóspito. Angela Davis, la famosa activista y profesora universitaria, dijo: «Ya no acepto las cosas que no puedo cambiar. Ahora voy a cambiar las cosas que no puedo aceptar».3 Podemos cambiar las circunstancias que nos han hecho conformarnos con la autoaceptación. Te aseguro que puedes llevar por el mundo una manta con mejor textura, más gruesa y más acogedora. Hay un reino infinitamente más alucinante. Se llama autoamor radical.
| reflexión radicalNo es que conceptos como autoaceptación y neutralidad corporal carezcan de valor. Cuandote has pasado toda la vida en guerra con tu cuerpo, estos modelos ofrecen una tregua. Pero puedes tener algo más que un alto el fuego. Puedes tener autoamor radical, porque ya eres autoamor radical. |
¿por qué el cuerpo?
Los humanos somos un grupo variado y divergente, con toda clase de creencias, moralidades, valores e ideas. Durante siglos nos ha costado llegar a acuerdos sobre prácticamente cualquier cosa (piensa por ejemplo cuánto tiempo se han debatido temas como la gravedad o si el mundo tiene forma de pizza), pero he aquí una afirmación que no es controvertida en absoluto, en la que creo que hay consenso general: tú, cariño mío, tienes un cuerpo. Y si quieres seguir en esta roca que gira por el espacio, necesitas un cuerpo para hacerlo. Todo el resto de cosas que pensamos que sabemos se pueden debatir. ¿Somos seres espirituales? Depende de a quién le preguntes. ¿Los seres humanos tienen alma? Llevamos peleándonos por eso desde que Aristóteles comparó las almas de los fetos con las de las plantas.4 Pero cuerpos, sí, de eso tenemos. Y dada esta realidad en la que hay tanto consenso, me parece a mí que si alguna vez hubo un lugar en el que la fuerza del autoamor radical podría ser transformadora, el cuerpo es precisamente ese lugar.
Cuando hablamos de los males del mundo —violencia, pobreza, injusticia— no hablamos de conceptos abstractos: hablamos de cosas que les pasan a los cuerpos. Cuando decimos que millones de personas en el mundo se ven afectadas por la epidemia global del hambre, lo que estamos diciendo es que millones de humanos están experimentando el deterioro físico de músculos y otros tejidos debido a la falta de nutrientes en sus cuerpos. Injusticia es una palabra opaca hasta que tengamos la voluntad de debatir su realidad material, como por ejemplo esos tres años que el chico de dieciséis años Kalief Browder pasó apaleado y encerrado en régimen de aislamiento en la prisión de Ryker’s Island, sin que se le llegara a acusar de un solo delito. Su suicidio y el ataque al corazón que sufrió su madre dos años más tarde no son conceptos abstractos: son los resultados de la injusticia cometida sobre dos cuerpos.5 El racismo, el sexismo, el capacitismo, la homofobia, la transfobia, el edadismo y la gordofobia son algoritmos creados por la lucha de los seres humanos para hacer las paces con el cuerpo. Un mundo de autoamor radical es un mundo libre de los sistemas de opresión que hacen difícil y a veces mortal vivir en nuestros propios cuerpos.
Un mundo de autoamor radical es un mundo que funciona para todos los cuerpos. Solo se puede crear un mundo así de dentro hacia fuera. Cómo valoramos y honramos nuestros propios cuerpos tiene efecto en cómo valoramos y honramos los cuerpos de otras personas. Nuestra propia reconexión de autoamor radical es el mapa de algo que el escritor Charles Eisenstein llama: Ese mundo más bello que nuestros corazones saben que es posible.6 Es a través de nuestra propia y transformada relación con nuestros cuerpos como nos convertiremos en los paladines de otros cuerpos de nuestro planeta. Según nos despertamos y nos damos cuenta de que nos han adoctrinado para tener vergüenza corporal, sentimos la inspiración de despertar a otras personas y derrumbar los sistemas que perpetúan la vergüenza corporal y la opresión de todos los cuerpos. Hay un murmullo que cada vez oímos más: nos está diciendo que debemos construir en nuestro interior lo que queremos ver construido en el mundo exterior. Cuando actuamos desde esta verdad a escala global, usando el cuerpo como lente, damos la bienvenida a la oportunidad transformadora que es el autoamor radical: la oportunidad de un mundo más justo, equitativo y compasivo para todos nosotros y nosotras.
Pasar de la vergüenza corporal al autoamor radical es un camino hecho de indagación e introspección. Tendremos que hacernos preguntas difíciles desde un lugar de gracia y fundamento. Examinaremos en equipo qué hemos llegado a creer sobre nosotros mismos, sobre nuestros cuerpos y sobre el mundo en el que vivimos. A veces el camino puede parecer oscuro y de mal agüero, ¡pero no te alteres, amigo o amiga! He puesto algunas farolas por el camino. Las he llamado Preguntas que no piden perdón, y son preguntas que te harás según vas peinando los recovecos de tu vergüenza corporal y desmantelando sus piezas. Las Reflexiones radicales destacarán temas y conceptos clave que querrás recordar según emprendemos este viaje en compañía. Esto no es un examen de matemáticas y no es posible suspender. Ten paciencia contigo mismo o misma, tómate tu tiempo. Como dice mi mejor amiga Maureen Benson: «No llegas tarde».7
¿por qué debe ser radical?
«Vale, Sonya. Lo entiendo. Amarnos a nosotros mismos o a nosotras mismas es importante. ¿Pero por qué tenemos que ser radicales al respecto?». Contestar a esta pregunta es de nuevo separar al autoamor radical de sus volubles primas la autoconfianza y la autoestima, además de su irregular hermana pequeña, la autoaceptación. Requiere que exploremos la definición de la palabra radical. El lenguaje es fluido y está en constante evolución, y a menudo las definiciones de los diccionarios parecen pasadas y con graves deficiencias de matiz. Cómo construimos el lenguaje es una parte enorme de cómo comprendemos y juzgamos los cuerpos. La definición de radical es potente si exploramos su relación con el autoamor. El diccionario define radical como:
1. Que va a la raíz o al origen; fundamental: una diferencia radical.
2. Exhaustiva o extrema, en especial en lo que se refiere a cambios de lo comúnmente aceptado o tradicional: un cambio radical en las políticas de la empresa.
3. Que favorece reformas políticas, económicas o sociales drásticas: ideas radicales; ideólogos radicales y anarquistas.
4. Que forma la base o los cimientos.
5. Que existe de forma inherente en una cosa o persona: defectos radicales del carácter.8
El autoamor radical es más profundo, más amplio y más expansivo que cualquier cosa a la que podamos etiquetar como autoconfianza o autoestima. Es más jugosa que la autoaceptación. Incluir la palabra radical nos ofrece un autoamor que es la raíz o el origen de nuestra relación con nosotros mismos. No hemos empezado la vida en una asociación negativa con nuestros propios cuerpos. Nunca he visto a ningún bebé que se lamente del tamaño de sus muslos, de la estrujabilidad de su barriguita. Las criaturas no llegan al mundo con vergüenza respecto a su raza, género, edad o discapacidad. ¡A los bebés les encantan sus cuerpos! Cada descubrimiento que hacen es sorprendente. ¿Has visto alguna vez a un peque darse cuenta de que tiene pies? ¡No veas la maravilla! Ese es el aspecto que tiene una relación sin obstáculos con nuestros cuerpos. Una vez fuiste así, lo cual quiere decir que hubo una vez en la que tú también pensaste que tu cuerpo era sorprendente. Conectar con ese recuerdo puede parecer tan distante como la estrella más lejana. Puede que no sea un recuerdo al que puedas acceder en absoluto, pero solo saber que hubo un momento en tu historia en el que amaste tu cuerpo puede servir de recordatorio de que la vergüenza corporal es una herencia increíblemente patética. No nos la hemos autorregalado, y nadie nos obliga a guardarla. Llegamos a este planeta hechos de amor.
Basta encender la televisión para recopilar múltiples pruebas de la desesperación con la que nuestra sociedad, nuestro mundo, necesita un tipo extremo de autoamor para contrarrestar el constante bombardeo de vergüenza, discriminación y opresión basada en los cuerpos que nos llueve cada día. La televisión nos muestra realities como The Biggest Loser, que alientan a sus participantes a hacer ejercicios peligrosos e insostenibles y a restringir su ingesta de comida. Al mismo tiempo usan sus cuerpos como carne de cañón para nuestro entretenimiento y para reforzar la noción de que el cuerpo más indeseable que una persona puede tener es un cuerpo gordo. Hay estudios que han demostrado que los programas de noticias estadounidenses a menudo exageran las tasas de delincuencia, lo cual incluye una tendencia a inflar las tasas de delitos cometidos por personas negras, mientras que al mismo tiempo muestran a los sospechosos negros con un enfoque menos favorable que el que usan para sus homólogos blancos.9 Las personas con discapacidad prácticamente no existen en la televisión, a menos que se les exhiba como «porno inspirador». Sus historias a menudo se cuentan de forma que explotan sus discapacidades para la edificación moral del espíritu de las personas sin discapacidad, presentándolas como superhumanos por hacer cosas nada espectaculares, como leer o ir a la compra, o peor, por superar obstáculos que ha colocado la misma sociedad que no reconoce sus cuerpos o que no los acomoda de forma apropiada.10 Por supuesto que necesitamos algo radical para desafiar estos mensajes.
Usar el término radical destaca la realidad consistente en que nuestra sociedad requiere una reforma política, económica y social drástica en las maneras en las que se trata a los cuerpos y a la diferencia corporal. La constitución de los Estados Unidos se escribió para autorizar la opresión gubernamental del cuerpo. Cuando se firmó la Carta de Derechos de los Estados Unidos, eran relativamente pocos los estadounidenses que tenían derecho al voto.11 Entre los excluidos del sufragio se encontraban afroamericanos, nativos americanos, mujeres, hombres blancos con discapacidades y hombres blancos que no poseían tierras. ¿Derecho al voto para la mujer? Nooo. ¿Negros…? Nooo, solo contaban como tres quintos de persona completa. ¿Vas en silla de ruedas? No votas, tesoro. Los prejuicios de raza, género y discapacidad estaban escritos en los documentos de gobernanza de los Estados Unidos.12 Ten en cuenta que el derecho a casarte legalmente con la persona que amas, con independencia del género, solo se aprobó en Estados Unidos en 2015.13 En otros países (como Australia) sigue siendo ilegal.14 En Estados Unidos, el matrimonio igualitario para las parejas del mismo sexo está en pañales desde un punto de vista histórico, y no existe en la mayor parte del mundo. En la actualidad las personas transgénero están luchando en todo Estados Unidos para poder seguir teniendo derecho a usar el cuarto de baño que coincide con su identidad de género.15 Las personas con discapacidad tienen tasas de desempleo más altas con independencia de su nivel educativo.16