Buch lesen: "¿Soy solo un cerebro?"

¿Soy
solo
un
cerebro?
Sharon Dirckx

| Editorial CLIE C/ Ferrocarril, 8 08232 VILADECAVALLS (Barcelona) ESPAÑA E-mail: clie@clie.es http://www.clie.es Publicado originalmente en inglés por The Good Book Company, bajo el título Am I just my brain? por Sharon Dirckx. © 2019 por Sharon Dirckx. Traducido y publicado con permiso de The Good Book Company. «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447)». El texto Bíblico ha sido tomado de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. Utilizado con permiso. © 2021 por Editorial CLIE |
¿SOY SOLO UN CEREBRO?
ISBN: 978-84-17620-98-1
eISBN: 978-84-17620-99-8
Teología cristiana
Apologética
Acerca de la autora
La Dra. Sharon Dirckx (se pronuncia “Dirix”) tiene un doctorado en Imagenología cerebral por la Universidad de Cambridge y actualmente trabaja como tutora sénior en el Oxford Centre for Christian Apologetics. Cuenta con más de diez años de experiencia en Imagenología por resonancia magnética funcional (IRMf), habiendo trabajado en el Reino Unido y en Estados Unidos. En este último país realizó investigaciones sobre la adicción de las personas a la cocaína.
Sharon da conferencias en el Reino Unido, Europa y Norteamérica sobre ciencia, teología, “la mente y el alma” y el problema del mal. Recientemente fue oradora en el Veritas Forum de la Universidad de Oxford. Sharon ha aparecido en diversos programas televisivos y radiofónicos de la BBC. Es autora también del galardonado libro sobre el sufrimiento titulado ¿Por qué? Dios, el mal y el sufrimiento personal.
Sharon vive en Oxford con su esposo Conrad y con sus hijos Abby y Ethan.
“¿Que por qué puedes pensar? Porque se activan tus neuronas. Punto y final”. Pero ¿realmente es así? Sharon Dirckx sostiene convincentemente que ese no es el punto y final. La autora compagina su experiencia profesional con la claridad de un docente para explicar que somos más que máquinas. Afirma, además, que la pregunta “¿Soy solo un cerebro?” no va dirigida solo al neurocientífico y al filósofo. Tiene implicaciones que afectan a todas las personas. Ofrece razones de peso por las que deberíamos tomarnos en serio el mensaje cristiano. Este libro proporciona un excelente alimento para la mente, y también para el corazón.
Dr. Pablo Martínez Vila Psiquiatra y escritor
Exponiendo los argumentos con su estilo habitual y ameno, Sharon defiende con firmeza los motivos por los que la respuesta al título de su libro debería ser [alerta de spoiler] “No”. Tanto si estás de acuerdo con sus conclusiones como si no, este viaje sucinto de las cuestiones más candentes de la neurociencia es un resumen útil, claro y conciso de las distintas posturas filosóficas y teológicas y de los datos científicos más actuales.
Dra. Ruth M. Bancewicz The Faraday Institute for Science and Religion, Cambridge, Reino Unido
En este libro fresco, claro y útil, la Dra. Dirckx expone un aspecto esencial de lo que se ha llamado “la conversación más importante de nuestros tiempos”. La libertad, ¿es solo un espejismo? La dignidad humana, ¿es algo más que un tipo de “especismo”? ¿No somos nada más que nuestros cerebros? Las respuestas a estas preguntas nos afectan a todo, y es crucial que las abordemos.
Dr. Os Guinness Escritor y comentarista social
A menudo los libros sobre este tema los escriben expertos en filosofía y pueden resultar difíciles de entender para el lector medio. Este libro está escrito por una neurocientífica, y va destinado a los inexpertos en la materia. El glosario y los diagramas a modo de resumen hacen que este tema tan importante pueda llegar a un mayor número de personas. Esta exposición, que considero muy amena, induce sin embargo a reflexionar, y te la recomiendo sinceramente.
Dr. John V. Priestley, profesor emérito de neurociencia Queen Mary University of London, Reino Unido
¿Somos algo más que los átomos que nos componen? ¿Pueden reducirse los humanos a una masa de materia gris que tenemos entre las orejas? Sharon Dirckx se fundamenta en su trabajo doctoral sobre la ciencia y también en sus años de experiencia como expositora de la fe cristiana, para ayudar al lector a pensar en este asunto crucial. Tanto si eres un cristiano que intenta responder con inteligencia a nuevas preguntas de la neurociencia como si eres alguien que sospecha que la historia secular no es todo lo que hay, ¿Soy solo un cerebro? ayudará a abordar este tema tan fascinante no solo a tu cabeza, sino también a tu corazón, tu mente y todo lo demás que hace de ti quien eres.
Dr. Andy Bannister, conferenciante y escritor Director de The Solas Centre for Public Christianity
Sharon Dirckx ha escrito una introducción excelente al desafiante tema de la consciencia humana. En este libro breve pero excelente ha definido y debatido los temas principales con claridad, haciendo hábilmente que los conceptos difíciles sean más sencillos de entender. El resultado es un caso sólidamente expuesto que sostiene que nuestras mentes son más que solo nuestros cerebros físicos. Examina preguntas que la neurociencia no puede responder, como por qué somos capaces de pensar, y demuestra como esto apunta, en última instancia, a la realidad de un Dios creador. ¡Es muy recomendable!
Dr. Gordon Dandie FRACS Neurocirujano, Sídney, Australia
La Dra. Dirckx está muy cualificada para investigar el asunto que da título a su libro. Ilumina el concepto reduccionista tan extendido que dice que el cerebro es lo mismo que la mente, y demuestra que esto depende más de una filosofía naturalista o materialista presupuesta que de la ciencia auténtica. Este libro va dirigido a la gente con mente abierta, y enriquecerá al lector independientemente de su cosmovisión. Lo recomiendo totalmente.
John C. Lennox Profesor emérito de matemáticas, Universidad de Oxford
Este libro enseña cómo ese abismo perceptible entre Dios y el cerebro no tiene por qué ser un obstáculo: puede ser un indicador. Siéntate a los pies de una experimentada neurocientífica cristiana y descubre cómo.
Steve Adams Autor de The Centre Brain
Índice
Introducción
Glosario
1. ¿De verdad soy solo un cerebro?
2. ¿Está desfasada la creencia en el alma?
3. ¿Somos solo máquinas?
4. ¿Somos algo más que máquinas?
5. El libre albedrío, ¿es solo un espejismo?
6. ¿Estamos programados para creer?
7. La experiencia religiosa, ¿es tan solo actividad cerebral?
8. ¿Por qué puedo pensar?
Bibliografía adicional
Agradecimientos
Para mis padres, Dennis y Pauline. Vuestro amory vuestro respaldo a lo largo de toda una vida sonlos que han hecho posible este libro.
Introducción
Tengo el recuerdo de una ocasión, cuando era muy pequeña, en que estaba sentada junto a una ventana un día de lluvia, mirando cómo las gotas chocaban con el cristal. Como todos los niños normales, me pasaba la mayor parte de mi vida corriendo de un lado para otro, pero en aquel momento concreto estaba quieta, y mi mente tuvo tiempo de vagabundear. Recuerdo que me vino a la mente una serie de preguntas:
¿Por qué puedo pensar?
¿Por qué existo?
¿Por qué soy una persona viva, que respira, consciente, que experimenta la vida?
En realidad no recuerdo de dónde salieron esas preguntas. Tampoco recuerdo qué edad tenía exactamente. Sencillamente, estaban ahí. Surgieron de forma espontánea.
Sé que no soy la primera persona que ha tenido este tipo de “momentos”. Cuando nos detenemos el tiempo suficiente, a la superficie de nuestra consciencia aflora todo tipo de cosas. Los gurús de la concienciación llegan a decirnos incluso que sacar a un primer plano este tipo de consciencia es bueno para nuestra salud. Cuanto más en contacto estemos con nuestra vida interior (como el latido de nuestro corazón, nuestra respiración y las emociones subyacentes) y con nuestro entorno exterior (como el canto de los pájaros a cierta distancia, o un portazo en la habitación de al lado), mejor. La atención consciente parece ser un factor crucial para lo que significa ser un ser humano vivo, que respira.
Pero ¿qué es exactamente un ser humano? ¿Y cómo podemos combinar este tipo de momentos como el que describía antes, con algunas de las narrativas procedentes de las ciencias? ¿Somos solo primates avanzados? ¿Somos máquinas? ¿Somos almas confinadas a un cuerpo? ¿O somos quizá una combinación de estas tres cosas? Encontramos muchas respuestas diferentes. Algunas de las voces más potentes que han respondido a esta pregunta proceden del campo de la neurociencia. Responden diciendo: “Eres tu cerebro. Eres tus neuronas. ¿Que por qué puedes pensar? Porque se activan tus neuronas. Punto y final”.
Francis Crick, codescubridor del ADN y que obtuvo el Premio Nobel conjunto de Fisiología o Medicina en 1962, dijo lo siguiente en su libro La búsqueda científica del alma:
“Tú”, tus alegrías y tus penas, tus recuerdos y tus ambiciones, tu sentido de la identidad personal y del libre albedrío, no sois de hecho más que el comportamiento de una vasta congregación de células nerviosas y de las moléculas asociadas a ellas. Tal como podría haberlo expresado Lewis Carroll: “No eres más que un puñado de neuronas”. Esta hipótesis es tan ajena a las ideas que tiene la mayoría de las personas que viven hoy en día que realmente podemos llamarla revolucionaria.
Cincuenta años más tarde, esta hipótesis no nos parece en absoluto extraña. De hecho, hay muchos que ya ni siquiera la consideran una hipótesis. Según ellos, es la verdad. La única verdad.
¿Tiene razón Crick? ¿De verdad nuestro cerebro explica quiénes somos? La respuesta que le demos a esta pregunta tiene consecuencias muy trascendentales.
Tiene consecuencias para el libre albedrío. Si es nuestro cerebro el que nos conduce, ¿somos realmente libres para tomar decisiones, o simplemente nos impulsan las reacciones químicas presentes en nuestro organismo? Basándonos en esta idea, ¿cómo podemos responsabilizar a alguien de sus actos, sean buenos o malos?
Tiene consecuencias para la robótica. Los robots cada vez suponen un sector más amplio de la fuerza laboral, y ahora se han colado en nuestras casas bajo la forma del Asistente de Google, Alexa y Siri. ¿Seremos capaces algún día de fabricar robots conscientes dotados de una inteligencia plena pero artificial?
Tiene consecuencias para la ética. Si nuestro cerebro nos define, la condición de persona depende de tener un cerebro que funcione correctamente. Pero si esto es verdad, ¿qué estatus debemos conceder a aquellos cuyos cerebros no están plenamente desarrollados, como los bebés prematuros y los recién nacidos? ¿O a aquellas personas cuyos cerebros nunca han funcionado a pleno rendimiento, como los que tienen problemas de aprendizaje? ¿Y qué hay de aquellos individuos cuyos cerebros funcionaron bien en otro tiempo pero que ahora están sumidos en un proceso degenerativo debido a la enfermedad de Alzheimer o a la demencia vascular? De hecho, ninguno de nosotros está exento de esa posibilidad. Una vez sobrepasada la edad de 18 años, incluso una persona sana y en forma empieza a perder células cerebrales a un ritmo alarmante. Con la edad, nuestros cerebros se van deteriorando. ¿Significa esto que nuestra condición como personas también lo hace?
Por último, tiene consecuencias para la religión. Desde que ha salido a la luz el hecho de que el cerebro participa muchísimo en la fe y la experiencia religiosa, ¿puede ya la neurociencia explicar la religión? ¿Es la religión un mero estado mental, limitado a aquellos que gozan de la anatomía correcta?
“¿Soy solo un cerebro?” no es simplemente una pregunta científica. Está vinculada a unas cuestiones de identidad que la ciencia, por sí sola, no puede responder; y para analizar plenamente esta pregunta necesitaremos paradigmas entresacados de la filosofía y de la teología, no solo de la neurociencia.
En esta conversación la mente tiene una importancia especial. ¿Somos algo más que neuronas porque existe lo que llamamos “mente”? No nos limitamos a secretar sustancias químicas cerebrales; también tenemos pensamientos. Y no pensamos con nuestros cerebros, sino con nuestra mente. Pero ¿qué es exactamente la mente, y cómo se relaciona con el cerebro? He aquí el problema. La relación entre la mente y el cerebro es discutible. La ensayista Marilynne Robinson, en su libro Absence of Mind (“Enajenamiento”), interpreta bien esta situación cuando señala que:
Quien controla la definición de mente controla la definición de la propia humanidad.1
La respuesta que le des a la pregunta “¿Soy solo un cerebro?” no va destinada solamente al neurocientífico y al filósofo. Tiene implicaciones que afectan a todas las personas.

1. M. Robinson, Absence of Mind (Yale University Press, 2010), p. 32.
Glosario
Resulta inevitable que un libro sobre este tema incluya muchos términos especializados. He intentado reducir al mínimo la terminología técnica de la biología, pero las palabras que usan los filósofos para describir los conceptos que analizaremos pueden resultar igual de confusas. Espero que la siguiente lista te ayude a asimilar con un poco más de facilidad los pensamientos, las preguntas y las respuestas contenidas en este libro.
Causación descendente: El proceso mediante el cual la mente puede actuar “hacia abajo” sobre el cerebro, produciendo así alteraciones en el mismo.
Compatibilismo: El paradigma que sostiene que el determinismo es cierto pero también compatible con el libre albedrío. Los compatibilistas creen que los humanos están determinados por causas previas pero que también pueden actuar libremente cuando no están siendo coaccionados o cuando no intentan satisfacer sus propios deseos. A esto se le llama también determinismo “blando”.
Consciencia: Propiedad de la mente por medio de la cual llegan a existir nuestros pensamientos, sentimientos, experiencias y deseos subjetivos.
Determinismo: La creencia de que las causas anteriores garantizan un resultado particular. Todo suceso tiene una causa.
Determinismo duro: La creencia de que las causas previas garantizan totalmente un resultado particular, como el que no podría haberse obtenido por otra vía. Dentro de la neurociencia, esto se equipara a la creencia de que el cerebro humano y las decisiones que se originan en él vienen determinados en todos los niveles por causas previas, lo cual descarta la posibilidad de que exista el libre albedrío.
Dualismo sustancial (neurocientífico): La postura que dice que existen dos sustancias distintas que caracterizan la relación entre mente y cerebro: un cerebro físico y una mente no física. La mente puede existir sin el cerebro, pero en los seres humanos ambos interactúan. La mente trasciende al cerebro.
Fisicalismo: El paradigma que afirma que el mundo físico observable es lo único que existe. Para el propósito de este libro, se usa de manera intercambiable con “materialismo”.
Fisicalismo no reduccionista (neurocientífico): La postura que sostiene que el cerebro es el que ha generado la mente. Cuando se reúne un conjunto de elementos constitutivos y alcanzan cierto grado de complejidad, emerge algo nuevo (la mente). La mente es física, pero no puede reducirse solamente a procesos físicos.
Fisicalismo reduccionista (neurocientífico): Paradigma según el cual la mente se puede reducir a procesos físicos en el cerebro. Por consiguiente, la mente por sí misma no existe. La mente es el cerebro.
Incompatibilismo: El paradigma que sostiene que el libre albedrío y el determinismo son incompatibles, que pueden sostener por un igual tanto los deterministas duros como los libertarios, pero por motivos distintos. Los deterministas duros piensan que la naturaleza fija del cerebro descarta la posibilidad del libre albedrío. Los libertarios creen que la voluntad humana está libre de coacciones, y por consiguiente que el cerebro no puede estar determinado en todos los niveles.
Libertarianismo: La postura que sostiene que unos agentes (es decir, individuos) que no están determinados por causas previas pueden tomar decisiones libremente. Este paradigma defiende el libre albedrío humano.
Materialismo: El paradigma que afirma que la materia observable en el espacio y en el tiempo es lo único que existe. Para el propósito de este libro, se usa este término de manera intercambiable con “fisicalismo”.
Mente: La portadora de la vida invisible e interna de la persona, manifiesta bajo la forma de pensamientos, sentimientos, emociones y recuerdos. La mente es la portadora de la consciencia.
Neurocientífico: Científico que estudia el cerebro y sus funciones.
Neurocirujano: Médico que se ha formado en el diagnóstico y la intervención quirúrgica de pacientes con disfunciones del cerebro o del sistema nervioso.
Neurólogo: Médico que se ha formado para diagnosticar y tratar disfunciones del cerebro y del sistema nervioso.
Psicólogo: Profesional no médico que se ha formado para tratar a personas con disfunciones mentales. Un psicólogo no está autorizado para recetar medicación, y es probable que trate a sus pacientes guiándoles en la práctica de ejercicios mentales.
Psiquiatra: Médico que se ha formado para tratar a personas con enfermedades mentales. Un psiquiatra está facultado para recetar medicación como parte del tratamiento de un paciente.
SDAH (Sistema de detección de agentes hipersensible): Sistema que según los científicos cognitivos de la religión está inserto en la mente humana, y es el que permite que absorbamos patrones, señales y otros agentes de nuestro entorno.
1
¿De verdad soy
solo un cerebro?
Nunca olvidaré el día en que vi cómo extraían un cerebro humano a un cadáver. En aquel momento ya estaba muy familiarizada con el cerebro humano, después de pasar años realizando imágenes de él y estudiándolo. Aun así, aquella experiencia fue algo distinto.
Un grupo de nosotros, vestidos todos con batas verdes y calzados con zapatos de plástico azul, estábamos en una sala de disección de una escuela de medicina. La gélida formalidad se adecuaba al aire frío de aquel entorno. El penetrante olor del formaldehído, usado para conservar tejidos humanos, llenaba nuestras fosas nasales. En la mesa, delante de nosotros, yacía el cuerpo de una anciana.
Aquella no era la primera vez que veía un cadáver, pero aquellas circunstancias tenían algo de peculiar. La mujer había donado su cuerpo para la investigación científica. Estábamos allí para estudiar la anatomía del cerebro humano, y la primera fase consistía en ver cómo lo extraían del cuerpo. Nuestro profesor e instructor de anatomía comenzó el proceso. No hubo derramamiento de sangre, porque aquella persona había fallecido hacía algún tiempo, pero sí tuvo que aserrar bastante y, en algún que otro momento, aplicar la fuerza bruta para perforar el cráneo y poner a la vista el cerebro. A pesar de la técnica poco sofisticada, fue una experiencia profundamente aleccionadora y reverente, que manifestaba el respeto más intenso por aquella mujer anónima que había ofrecido su cuerpo para que otros pudieran aprender.
Pocos minutos después ya teníamos el espécimen en su totalidad. Era una masa de agua y grasa, que pesaba solo 1,5 kg. Me puse en “modo de estudio”, dejando de pensar tanto en la persona y más en la anatomía del cerebro. Aun así, era innegable que en la mesa, delante de nosotros, teníamos al mediador de los pensamientos, los anhelos y las experiencias de aquella mujer anónima.
Al tacto, el cerebro humano tiene la consistencia de los champiñones. Sin embargo, misericordiosamente, entre las orejas no cultivas champiñones. No, más bien lo contrario. Este increíble órgano supone solo el 2 % del peso corporal, pero utiliza el 20 % de su energía, a pesar de que está formado por agua en un 75 %. El cerebro humano contiene en torno a 86.000 millones de células cerebrales, llamadas neuronas. Cada una de esas neuronas puede emitir hasta mil impulsos nerviosos por segundo a otras decenas de miles de células, a velocidades de hasta 430 km/h.2 Mientras lees estas palabras, tu cerebro genera suficiente electricidad como para encender una bombilla LED, y a cada minuto que pasa, por tu cabeza circula suficiente sangre como para llenar una botella de vino. El cerebro humano está más desarrollado que el de cualquier otra criatura, aunque el premio al cerebro más grande se lo lleva el cachalote, cuyo cerebro pesa 7,5 kg.
Todo pensamiento, recuerdo, emoción que sientes y toda decisión que tomas pasa por el filtro de eso que llamamos cerebro. Las alteraciones en la química y en la fisiología de nuestro cerebro afectan a nuestra capacidad de pensar. Por ejemplo, solo un pequeño grado de deshidratación puede afectar tremendamente a nuestra capacidad de mantener la atención, a nuestra memoria y a nuestra capacidad de pensar con claridad. Y muchos de nosotros sabemos que la ingesta matutina de cafeína es vital para poner en marcha nuestros procesos intelectuales al principio de cada nuevo día.
Pero ahora también sabemos que los cambios en nuestro pensamiento tienen un impacto sobre el propio cerebro. Los científicos solían pensar que el cerebro era algo fijo y rígido, pero ahora sabemos que es increíblemente “plástico”, en el sentido de que cambia constantemente, formando nuevas conexiones y vías a lo largo de toda la vida de una persona. Los cambios en el cerebro afectan a nuestro pensamiento. Pero nuestro pensamiento, nuestro estilo de vida y nuestros hábitos también inciden en el modo en que crece y se desarrolla nuestro cerebro.