Buch lesen: "¿Para qué molestarnos en hacer oír nuestras voces?"

Schriftart:

Índice

Cubierta

Índice

Portada

Copyright

Dedicatoria

Prefacio y agradecimientos

Introducción. Una reconsideración de la participación política

1. Teorías de la participación de los votantes. Una revisión y un nuevo enfoque

Una revisión de las teorías de la concurrencia a las urnas

La teoría de la abstención costosa de la concurrencia a las urnas

El papel de las emociones

Resumen: la teoría de la abstención costosa

2. Una puesta a prueba de la teoría de la abstención electoral costosa

Pruebas observacionales acerca de los diferenciales de utilidad y la competitividad

Pruebas de nuestros experimentos en encuestas

Resumen

Anexo I

3. Teorías de la participación en protestas. Una revisión y un nuevo enfoque

Reclamos y recursos como prerrequisitos de la movilización

Movimientos contra regímenes autoritarios

Movimientos sociales en la era digital

La teoría de la abstención costosa de la participación en protestas

Resumen

4. Una puesta a prueba de la teoría de la abstención costosa de la participación en protestas

Reseña de las protestas en tres países

El efecto movilizador de B

El efecto movilizador de N

El efecto movilizador de R

Resumen

Anexo II

5. Los orígenes emocionales de la acción colectiva

Desempleo y concurrencia a las urnas en los Estados Unidos

Represión y protesta en Turquía

Resumen

Anexo III

Conclusiones. Críticas, ampliaciones y la teoría democrática

El poder explicativo de la abstención costosa

Respuestas a los escépticos

La decisión de a quién votar

Las elecciones y protestas como instrumentos de la democracia

Bibliografía

Selim Erdem Aytaç

Susan Stokes

¿PARA QUÉ MOLESTARNOS EN HACER OÍR NUESTRAS VOCES?

Las razones que nos llevan a participar en elecciones y protestas

Traducción de

Horacio Pons


Aytaç, Selim Erdem

¿Para qué molestarnos en hacer oír nuestras voces? / Selim Erdem Aytaç, Susan Stokes.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2021.

Libro digital, EPUB.- (Sociología y Política)

Archivo Digital: descarga

Traducción de Horacio Pons // ISBN 978-987-801-076-2

1. Democracia. 2.Derechos civiles. 3.Participación ciudadana. I. Stokes, Susan. II. Pons, Horacio, trad.

CDD 323.01

Título original: Why Bother? Rethinking Participation in Elections and Protests (Cambridge University Press, 2019)

© 2021, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Diseño de portada: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: mayo de 2021

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-076-2

Para mi familia

Erdem

Para Lewyn y Arlo, futuros participantes

Susan

Prefacio y agradecimientos

Cuando los científicos sociales tratan de explicar por qué la gente se molesta en participar en política, a menudo recurren a un sistema de costos y beneficios. Si los beneficios de acudir a las urnas o salir a la calle son superiores a los costos, la gente actúa; si los costos son superiores a los beneficios, se queda en su casa. A primera vista, la formulación parece razonable, si bien un poco vaga.

Pero el enfoque basado en los costos y los beneficios conduce a varias paradojas y anomalías. Una es la predicción, ampliamente explorada por los investigadores, de que casi nadie votaría en elecciones masivas, generales. Otras anomalías han pasado relativamente inadvertidas, pero también son problemáticas. El enfoque de costos y beneficios da a entender que las decisiones de participación de la gente tienen escasa relación con lo mucho o poco que le interese el resultado de la acción colectiva en la que considera la posibilidad de tomar parte. Una persona piensa que el cielo se desplomará si gana el candidato equivocado o la protesta fracasa, mientras que otra no ve nada importante en juego, sea cual fuere el resultado. Según las trayectorias registradas, la primera será más propensa a participar que la segunda.

Otro supuesto del enfoque de costos y beneficios es que la escalada en el costo de la participación siempre debería tener como consecuencia una reducción en la cantidad de personas participantes. En realidad, no es inusual que la participación no se modifique e incluso que crezca con un incremento de los costos de participación. Mientras ponemos punto final a este libro, dos acontecimientos recientes nos recuerdan esa anomalía. En los primeros días de 2018, los manifestantes se lanzaron a las calles de Mashhad, la segunda ciudad más poblada de Irán. La reacción con que se los enfrentó fue de una previsible brutalidad. Sin embargo, el incremento de los costos de participación no provocó una rápida contención de los manifestantes; por el contrario, las protestas se extendieron a muchas otras ciudades iraníes. Esta dinámica no es inusual. Mostramos en varios escenarios que el aluvión de protestas no es una mera deriva de la brutalidad policial, sino que suele ser causado por esta.

Algunas semanas antes y a medio mundo de distancia, se produjo un hecho tal vez tan sorprendente como las extendidas protestas en el Irán autoritario: un demócrata conquistó una banca en el Senado de los Estados Unidos en representación de Alabama. Una de las razones de su victoria fue que los afroamericanos concurrieron en gran cantidad a las urnas. Alabama es uno de los varios estados sureños que en los últimos años han promulgado estrictas leyes para controlar la identidad de los votantes. En muchos sectores se considera que dichas leyes constituyen un esfuerzo para eliminar la participación electoral de los votantes afroamericanos. Sin embargo, en la elección senatorial de 2017 el índice de concurrencia de votantes negros a las urnas fue más alto que el registrado entre los votantes blancos.

¿Por qué los afroamericanos de Alabama fueron a votar en mayor cantidad en un momento en que los costos del voto, tanto en dinero y tiempo como en trastornos, se habían elevado? Según algunos politólogos, una movilización electoral más intensa contrarrestó los efectos desalentadores de las leyes de identidad de los votantes: la concurrencia a las urnas fue más alta a pesar de dichas leyes.[1] Esta interpretación tiene, sin duda, mucho de cierto. Pero una activista comprometida con las iniciativas para incitar a votar en las comunidades negras de Alabama sugirió otra explicación. A juicio de LaTosha Brown, las leyes de identidad de los votantes tienen en sí mismas un impacto movilizador. “Histórica y tradicionalmente ha habido una fuerte voz de resistencia a las [medidas] antidemocráticas.” En otras palabras, la concurrencia de los afroamericanos a las urnas experimentó un súbito crecimiento no a pesar de esas leyes, sino debido a ellas.

Escribimos este libro en procura de encontrar una teoría que convirtiera esos hechos –que son anomalías en las explicaciones basadas en los costos y los beneficios– en predicciones.

Muchas personas nos ayudaron a desarrollar las ideas y llevar a cabo la investigación presentadas en este libro. Nuestra mayor deuda es con sus coautores. Luis Schiumerini participó con nosotros en nuestro estudio de los movimientos sociales y fue coautor de artículos que utilizamos en los capítulos 4 y 5. Eli Rau trabajó a nuestro lado en investigaciones sobre el desempleo y la concurrencia a las urnas, de las que nos valemos en el capítulo 5. También tenemos una deuda con nuestros excelentes asistentes de investigación. Melis Laebens y Gülay Türkmen-Dervişoğlu nos ayudaron a estudiar el levantamiento del parque Taksim Gezi, en Turquía. Leónid Peisajin y Anastasia Rosóvskaia hicieron entrevistas en Kiev sobre las protestas de Euromaidán, en Ucrania. Simge Andı, Ezgi Elçi, Fatih Erol y Firuze Simay Sezgin aportaron su ayuda en materia de reseñas de la literatura y los gráficos del libro. Maria Tyrberg nos ayudó a navegar los datos de los Estudios de las Elecciones Nacionales Suecas; Nedim Barut prestó su asistencia en la implementación de nuestra encuesta de Estambul, tratada en el capítulo 5.

Agradecemos el apoyo institucional de las Universidades de Koç y Yale. Zeynep Gürhan-Canlı, decano de la Facultad de Ciencias Administrativas y Economía de Koç, e Ian Shapiro, director del MacMillan Center for International and Area Studies de Yale, nos brindaron apoyo y aliento, por lo cual estamos muy agradecidos. El MacMillan Center es la sede del Yale Program on Democracy (YPD, Programa Yale sobre la Democracia). En talleres de este programa, recibimos invalorables consejos de Kate Baldwin, Ana de la O, Germán Feierherd, Hélène Landemore, Adria Lawrence, Virginia Oliveros, David Rueda, Inga Saikkonen, Milan Svolik y Tariq Thachil. También queremos expresar nuestro agradecimiento a Steven Wilkinson, director del Departamento de Ciencias Políticas de Yale, por su apoyo y su amistad. Sue Stokes pasó un año en la Russell Sage Foundation, donde sus “compañeros becarios” hicieron útiles aportes. Sue está especialmente agradecida con Elizabeth Cohen, Mona Lynch, Phil Cook y Tom Palfrey, así como con Sheldon Danziger, Suzanne Nichols y el personal de la fundación.

Recibimos una enorme retroalimentación de varios otros investigadores: Mark Beissinger, Ali Çarkoğlu, Andy Eggers, Tim Feddersen, Miriam Golden, Greg Huber, Edgar Kaiser, Özge Kemahlıoğlu, Timur Kuran, Jodi LaPorte, Margaret Levi, Doug McAdam, Ezequiel González Ocantos, Karl-Dieter Opp, Henrik Oscarsson, Shmulik Nili, Tom Palfrey, Steve Pincus, Hari Ramesh, Bryn Rosenfeld, David Rueda, Andy Sabl, Anastasia Shesterinina, Jazmín Sierra, Nick Valentino y Elisabeth Wood. También queremos reconocer y agradecer a los participantes de seminarios en Yale, la Universidad de Essex, la Universidad Sabancı, la Universidad Koç, la Universidad de Princeton, la Universidad Northwestern, la Universidad de Nueva York, la Universidad de Maryland, la Universidad Boğaziçi, la Universidad de Rochester, la Universidad Texas A&M, la Universidad Bahçeşehir, la Universidad de Georgetown, la Universidad de Chicago y la Universidad de Gotemburgo.

Robert Dreesen, nuestro editor en Cambridge University Press, nos alentó y manejó el proyecto a través del proceso de revisión con gran eficiencia y generosidad. Le estamos muy agradecidos, así como a dos revisores anónimos y a Kathleen Thelen y Erik Wibbels, editores de la colección “Comparative Politics”. Agradecemos asimismo a Jackie Grant y Robert Judkins, de Cambridge University Press, y a Anya Hastwell, por su asistencia con el manuscrito.

Por su ayuda en la producción de la versión castellana de nuestro libro, agradecemos a Ana Galdeano de Siglo XXI Editores, y a Horacio Pons por su excelente traducción.

Erdem agradece a su esposa, Büke, por su amor, su aliento y, en especial, por su paciencia mientras él dedicaba varias noches a conversar con Sue sobre el proyecto, Skype mediante. Debemos el título a una sugerencia hecha por Jan King en una cena que Sue disfrutó con ella, Tony King y Steve Pincus. Sue agradece a Jan por su sucinta frase. Extrañamos a Tony.

[1] El politólogo Eitan Hersh le dijo a The New York Times: “Es complicado evaluar esas leyes. Alabama era un lugar donde había muchas actividades de campaña, y cuando estas se intensifican, hay una gran cantidad de iniciativas de movilización” (Blinder y Wines, 2017).

Introducción

Una reconsideración de la participación política

Es difícil exagerar lo que está en juego en la participación popular en elecciones y protestas. Si la concurrencia a las urnas hubiera sido mayor en ciertos lugares de Míchigan, Pensilvania y Wisconsin el 8 de noviembre de 2016, Hillary Clinton podría haberse convertido en la cuadragésima quinta presidente de los Estados Unidos. Si la concurrencia hubiese crecido un poco entre los votantes jóvenes británicos el 23 de junio de 2016, el Reino Unido tal vez habría decidido permanecer en la Unión Europea. Si en el invierno europeo de 2013-2014 no se hubiera desatado una ola de protestas en Kiev, el gobierno de Víktor Yanukóvich quizá habría podido permanecer en el poder en vez de caer, tal como sucedió en febrero de 2014 y, en ese caso, Rusia no habría invadido Crimea ni habría estallado la guerra en el este de Ucrania. Los cambios en el nivel de participación popular pueden modificar la historia mundial.

Sin embargo, para explicar por qué la concurrencia a las urnas sube o baja y los movimientos estallan o se desinflan, los científicos sociales –y hasta cierto punto, las campañas y los activistas– se apoyan en teorías e ideas insuficientes. Algunas dependen de supuestos que toman poco en cuenta la psicología humana. Otras omiten predecir regularidades que observamos en todo el mundo.

La elección presidencial estadounidense de 2016 y sus secuelas ilustran con claridad esas deficiencias. La campaña se distinguió por un lenguaje duro contra los musulmanes y los inmigrantes mexicanos. En esos momentos, muchos ciudadanos musulmanes que no se habían molestado en registrarse para votar lo hicieron, y muchos inmigrantes mexicanos iniciaron los trámites para adquirir la ciudadanía estadounidense (Pogash, 2016; Gonzalez-Barrera, 2017). Una explicación natural es que la cruda retórica de campaña enojó e infundió miedo a integrantes de esos grupos, que vieron entonces la importancia crucial que la elección venidera tenía para ellos. Durante décadas, “muchos musulmanes no veían demasiada diferencia entre los partidos”, explicó un hombre que participaba de una campaña de empadronamiento en una mezquita de Oakland, California. Una mujer que acababa de retirar seis formularios de empadronamiento, para ella y para integrantes de su familia, dijo: “Esta es la votación más importante de nuestras vidas” (Pogash, 2016).

En enero de 2017, un día después de la asunción presidencial de Donald J. Trump, se produjo la protesta más grande en la historia de los Estados Unidos. Entre 3.200.000 y 5.200.000 personas participaron en manifestaciones en más de 650 ciudades de todo el país (Chenoweth y Pressman, 2017). Aunque promocionadas como la Marcha de las Mujeres, muchos hombres tomaron parte en ellas y, a juzgar por los carteles y las consignas, lo que impulsaba a muchos a salir a la calle eran la ira y la repugnancia contenidas frente al tono y el contenido de la campaña de Trump, así como la consternación ante su victoria.

Sin embargo, las teorías que prevalecen en las ciencias sociales acerca de la participación política rechazarían estas explicaciones de la concurrencia de la gente a las urnas y de los motivos de su protesta. La idea de que lo que impulsa a los individuos a participar en una acción colectiva es su impresión de que hay mucho en juego para ellos (o a mantenerse apartados cuando estiman que se juega poco) no tiene fácil cabida en los marcos predominantes. Más aún, el miedo, la ira y otras emociones son fundamentalmente ignoradas. Las principales teorías se esfuerzan por entender la dinámica que parece funcionar de manera tan evidente en la mezquita de Oakland o en las calles de Washington DC, Nueva York y otras ciudades. Los ciudadanos que antes veían poca diferencia entre los partidos y sus programas se habían mantenido al margen de las urnas. Pero mostraron mayor disposición a votar cuando comenzaron a percibir una diferencia real y a sentir que les importaba mucho más cuál sería el candidato ganador y cuál el perdedor. Los manifestantes estaban irritados con el presidente entrante y temían las probables políticas de su administración. Por ende, se sentían dispuestos a hacerse cargo de los costos y riesgos de lanzarse a las calles.

En rigor, desde un punto de vista teórico, muchos científicos sociales consideran desconcertante la participación política, aunque el desconcierto está menos difundido entre los observadores legos. A menudo, nosotros mismos entablamos conversaciones incómodas y hasta graciosas con nuestros amigos, parientes y estudiantes para tratar de explicarles por qué es sorprendente que voten y se comprometan en otras formas de participación masiva. “Debería desconcertarte”, explicamos con paciencia, “el hecho de que la gente se moleste en participar, dado que sus acciones no van a modificar el resultado y ellos mismos van a beneficiarse (o a perjudicarse) de igual manera, ya sea que participen o no”. “Pero no te preocupes”, nos apresuramos a agregar, “¡podemos explicar ese extraño comportamiento!”. Si votan, tal vez estén expresando su identificación partidaria, pero ¿a quién se la expresan? ¿Y qué pasa si no simpatizan con partidos políticos? Otra posibilidad es que obedezcan una norma democrática que indica que tienen el deber de participar. Si protestan, quizá formen parte de una red social que valora el activismo y hace que los apáticos se avergüencen. Pero ¿qué pasa si su mente no evoca las imágenes de la bandera nacional en cada jornada electoral? ¿Y qué si a veces rechazan la sutil presión de los amigos que los inducen a concurrir a la manifestación, pero en otras oportunidades sí deciden participar? ¿Por qué en algunas ocasiones las normas o el impulso de autoexpresión política empiezan a hacer efecto y la presión social es eficaz para motivar la acción colectiva, pero en otras ocasiones no?

“Bueno”, responden los científicos sociales, “tal vez algunas elecciones o movimientos simplemente no les parezcan importantes”. “Pero, espera”, contraargumenta el interlocutor, “acabas de recordarme que mis acciones individuales no modificarán los resultados. Así que, al parecer, no tengo una razón concreta para participar, aunque me importe mucho”.

El factor que cambia de una elección a otra y de pequeñas manifestaciones a levantamientos de masas tal vez radique, entonces, en los obstáculos puestos en el camino de los potenciales participantes: el grado de dificultad existente para empadronarse o la probabilidad de que un manifestante tenga un desagradable encuentro con los garrotes y los carros hidrantes de la policía. Estas disuasiones pueden concebirse como costos de participación y sin duda marcan una diferencia en los índices de participación. Dichos costos, que son variables, a menudo constituyen el recurso “apto para todo servicio” que usan los científicos sociales cuando quieren explicar por qué la concurrencia a las urnas sube o baja o por qué una pequeña manifestación deriva, o no, en una protesta masiva.

Sin embargo, si los costos de participación constituyeran la totalidad de la historia, nunca esperaríamos verlos en alza al mismo tiempo que crece la participación.

Si la participación creciera y decreciera en función de su costo –cuánto tiempo, dinero y planificación insume y cuánto riesgo entraña–, por supuesto las barreras legales a la presencia de los votantes deberían reducir la concurrencia a las urnas. Pero la realidad nos dice otra cosa. En los Estados Unidos, las leyes tendientes a dificultar el voto de ciertos grupos, como los afroamericanos, sin duda han sido eficaces durante varias décadas. Pero las investigaciones (reseñadas en el capítulo 1) demuestran que las recientes leyes para controlar la identidad de los votantes han sido relativamente ineficaces. Incluso si estas leyes desalientan la concurrencia a los lugares de votación, también pueden constituir una oportunidad para que los dirigentes movilicen e impulsen a esos grupos determinados.

También en las protestas los costos de participación se elevan claramente cuando los manifestantes se enfrentan a tácticas policiales duras: aerosoles de pimienta y gases lacrimógenos, balas de goma, garrotazos a granel. Sin embargo, en el mundo entero la represión suele tener el efecto contrario al previsto. No es infrecuente que las tácticas policiales duras conviertan pequeños mítines en levantamientos masivos. Al parecer, sucede algo que es más complejo que el aumento y la caída de los costos de participación.

La teoría que desarrollamos en este libro se concentra en la interacción entre los costos de participación y lo que llamamos “costos de abstención”. Representan una carga: los primeros, para el bolsillo y los planes de la gente; los segundos, para su equilibrio psíquico y su tranquilidad. Concentrarse exclusivamente en el primer tipo de costos es contar solo la mitad de la historia. La participación está determinada por el efecto neto de los costos de participación y de abstención.

Antes de indagar en las teorías de la participación, es importante destacar que nuestro estudio también tiene consecuencias prácticas. En lo referido a la concurrencia a las urnas, en décadas recientes académicos y equipos de campaña han coincidido alrededor de una agenda vinculada a la necesidad de “salir a votar” [“Get-out-the-vote”]: iniciativas conjuntas para entender e incrementar la participación electoral. Uno de los ejes de esa actividad ha consistido en buscar la mejor y más eficaz manera de transmitir mensajes movilizadores a los potenciales votantes. Esto nos enseña, por ejemplo, que los recursos marginales deben emplearse en salir a solicitar el voto cara a cara en vez de apelar a llamadas automáticas. También, con experimentos de campo, hemos aprendido cómo puede desplegarse la presión social para llevar a la gente a los lugares de votación. Ese trabajo echa una potente luz sobre un motivador emocional: la vergüenza.

Es mucho menor el trabajo que los investigadores del “Sal a votar” han centrado en el contenido de los mensajes que deben transmitirse a los potenciales participantes, aunque, como es obvio, los organizadores de campañas comprobaron largo tiempo atrás que los grupos focales y otras técnicas de evaluación de mensajes son de gran valor. Lo que veremos es que el último tipo de iniciativa no es en modo alguno inútil. El mensaje importa y, como demostraremos en este libro, importa en especial por su facultad de suscitar respuestas emocionales que atraen a las personas a la acción colectiva. Esas respuestas emocionales van bastante más allá de la vergüenza e incluyen la ira y la indignación moral, el entusiasmo y, en algunos escenarios, la angustia.

De igual manera, entender bien la teoría acerca de la participación en protestas tiene relevancia práctica. Un ejemplo serían los efectos de la violencia en las protestas, ya sea que la ejerzan la policía y las autoridades o los participantes movilizados. Habida cuenta de que a ambos lados les preocupa la opinión pública más general, les resultará útil que se perciba que cualquier hecho de violencia producido ha sido obra del bando contrario, mientras que ellos no han dejado de comportarse pacíficamente.[2] Una pasividad disciplinada, mientras los demás bandos se inclinan por tácticas hostiles, no solo cosechará más apoyo externo, sino posiblemente atraiga a mayor cantidad de participantes. En los Estados Unidos, al comienzo del gobierno de Trump, los conservadores de varios cuerpos legislativos de los estados propusieron proteger de sanciones legales a los conductores que pudieran llegar a herir a manifestantes, si estos desarrollaban su protesta en calles o autopistas. Nuestro estudio indica que esas leyes serían contraproducentes desde el punto de vista de quienes las proponen: existe igual probabilidad de que ahuyenten a los manifestantes como de que generen apoyo a las protestas.

Limitaciones de las teorías actuales

Las limitaciones de las teorías de la participación política masiva no han evitado que los científicos sociales recopilen datos y elaboren sofisticadas descripciones de los tipos de personas que participan y no participan, y tampoco han impedido que expliquen la participación, en el sentido de hacer predicciones certeras acerca de quiénes participarán y en qué tipo de acción. Pero como en el caso de los físicos que observaban la caída de los cuerpos a tierra antes de la revolución newtoniana, nuestra falta de teorías adecuadas torna elusiva una comprensión más profunda y lleva a interpretaciones cuestionables de las observaciones que hacemos.

Una de las interpretaciones destacadas, aunque problemática, es que la teoría de la elección racional explica bien la participación masiva. En lo referido a la votación, el problema se despliega en dos importantes estudios empíricos sobre la concurrencia a las urnas en los Estados Unidos, publicados con unos veinte años de diferencia: Mobilization, Participation, and Democracy in America, de Steven Rosenstone y John Mark Hansen (1993), y Who Votes Now?, de Jan Leighley y Jonathan Nagler (2014). Los autores de uno y otro libro intentaron meter a presión –a nuestro juicio con no demasiado éxito– sus hallazgos en la caja de la elección racional. Rosenstone y Hansen señalaron que la gente carece de incentivos individuales para votar o buscar información relevante respecto de la política, tareas onerosas que pueden dejarse en manos de otros. A su entender, “librado [el público] a sus propios recursos […], su intervención en el proceso político se frustraría debido a dos difíciles problemas: las paradojas de la participación y la ignorancia racional” (Rosenstone y Hansen, 1993: 6). Según sostienen los autores, esos obstáculos se superan mediante los partidos políticos y las campañas, que racionalmente hacen un esfuerzo por llevar a la gente a las sedes de votación. De modo que la motivación de votar es extrínseca al individuo: este no se involucrará a menos que los partidos o las campañas políticas lo inciten a hacerlo. Por extensión, los manifestantes no saldrían a las calles sin el acicate de los activistas.

Dos decenios después, Leighley y Nagler (2014: 122) promovieron “una sistematización de la concurrencia a las urnas basada en los costos y beneficios”. Un hallazgo importante del que informan es que “un individuo será más propenso a votar cuando los candidatos asuman posiciones políticas que den al votante más opciones diferentes” (2014: 124). Sus palabras hacen recordar al ciudadano musulmán estadounidense que de repente ve un mundo de diferencias entre los candidatos demócrata y republicano, a quienes antes veía como Tweedledum y Tweedledee.[3] Pero hay un desajuste en la invocación de los autores a la diferencia en la posición política de los candidatos como un acicate para llevar a los ciudadanos a las urnas. Las explicaciones en términos de costos y beneficios subestiman esas diferencias. Una vez más, el motivo es que, por enorme que sea la diferencia de los beneficios individuales en caso de que gane su candidato preferido, no le resultará tan perceptible que su voto pueda influir en las probabilidades de obtener el resultado deseado. Por consiguiente, Leighley y Nagler tienen que hacer cierto esfuerzo para meter a presión en la caja de los costos y beneficios el efecto de las políticas polarizadas sobre la concurrencia a las urnas. Acuden, entonces, a un trabajo teórico seminal de John Aldrich (1993), quien señaló que los costos de votar suelen ser muy pequeños y que las campañas no tienen dificultades para solventarlos. Cuando los candidatos proponen programas con marcadas diferencias –razonan asimismo Leighley y Nagler–, los partidos invierten más recursos en llevar a la gente a las urnas. De modo que volvemos a dar con personas que responden íntegramente a presiones extrínsecas en favor de la participación. No resulta clara la causa por la cual responden a esos esfuerzos adicionales de los partidos: según los principios de la teoría de la elección racional, no deberían hacerlo. El enfoque de Aldrich, Leighley y Nagler, como el de Rosenstone y Hansen, recurre a los costos de la participación, a pesar de que sus hallazgos apuntan, como factor clave que impulsa a la gente a ir a votar, a los beneficios percibidos que esta prevé obtener si se impone su candidato preferido.

Los científicos sociales que han elaborado explicaciones generales de las causas que motivan las protestas de la gente se han preocupado menos por los problemas clásicos de la acción colectiva. Pero sus exposiciones también tendieron a omitir la elaboración de un modelo que incorporara al mismo tiempo una percepción de los costos y riesgos materiales que enfrentan quienes protestan y las compulsiones sociales, psicológicas y morales que pueden convertir a los ocasionales testigos en participantes. Esperamos convencer al lector de que puede lograrse mucho con un marco general de explicación de la participación que pueda modificarse para encontrar sentido a la decisión de la gente de votar o abstenerse y a su voluntad de protestar o quedarse en casa.

¿Por qué estudiar en conjunto las decisiones de votar y protestar?

Por qué la gente va a votar y por qué participa en protestas son interrogantes que usualmente se estudian por separado. Los politólogos examinan la participación electoral, y los sociólogos y psicólogos sociales, la participación en movimientos. Cualesquiera sean sus motivos, esta división académica del trabajo no debe su origen al hecho de que las decisiones de los potenciales participantes tengan enormes diferencias en uno y otro escenario. Ya se trate de la decisión de votar o de la de manifestar, es posible que se interpongan las restricciones económicas y temporales. Más aún, las dos implican un esfuerzo cognitivo: la persona tiene que hacerse una idea de lo que exigen los manifestantes y resolver si está de acuerdo con sus objetivos, o decidir cuál de los candidatos es honesto o propone políticas que podría apoyar. Los resultados, tanto de las elecciones como de las protestas, redundan en bienes para la comunidad, de modo que, con referencia a esas dos actividades, las personas bien pueden preguntarse: ¿para qué molestarse?