Buch lesen: "Cuentos escogidos"

Sholem Aleijem
Cuentos escogidos
Selección y traducción del ídish
de Eliahu Toker

| Scholem-AleijemCuentos escogidos : selección y traducción del ídish de Eliahu Toker . - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book.ISBN 978-987-599-377-81. Literatura Idish. 2. Cuentos.CDD 892.5 |
©Libros del Zorzal, 2009
Buenos Aires, Argentina
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Índice
La chaplinesca sonrisa de Sholem Aleijem
Eliahu Toker | 17
Del libro Pequeñas personitas con pequeñas ambiciones
La ciudad de las pequeñas personitas | 18
Dreyfus en Kasrílevke | 26
Si yo fuese Rothschild | 32
Añorando volver a casa | 37
El gran alboroto con las pequeñas personitas | 47
El rebe Reb Ióizifl | 47
Adán Primero con Eva en el paraíso | 51
El rebe Reb Ióizifl disfruta de una feliz ancianidad | 54
Berl-Aizik | 57
Del libro Cuentos para chicos judíos
Cuenta maravillas de América | 57
El violín | 63
El reloj | 85
Metushelaj, Matusalén | 94
Ramillete de Flores | 106
Poemas en prosa | 106
Acerca del Monte Sinaí | 106
El Muro de los Lamentos | 108
Avreiml | 109
El reparto | 111
El tesoro | 112
Ester | 114
Del libro De Kasrílevke
Cantar de los Cantares | 122
Del libro Celebrando las festividades
Sin novedades (Fragmento) | 141
Del libro Pobres y alegres
El alemán | 145
Personajes que desaparecen | 156
La gente se amiga | 156
Una breve introducción | 156
Noiej-Volf, el matarife | 156
Gonte, el melamed, el maestro de primeras letras | 158
Guetse-gubernator | 160
Del libro Relatos ferroviarios
La ciento una | 164
El Haragán | 175
¡Mala suerte! | 190
Tercera clase | 195
Del libro Monólogos
Una tortilla de huevos de ricachones | 202
Médicos | 205
Del libro Volviendo de la feria
La filosa lengua de una madrastra | 209
Notas | 213
Con respeto....
Por tradicion...
En su memoria...
Nuestro homenaje a:
Hela Kitaigorodsky de Szturmak (1914-2000) Z”L
Isaac Szturmak (1910-2001) Z”L
Sus Hijas H. y R.
La chaplinesca sonrisa de Sholem Aleijem
¿Qué tienen de particular las obras de este gran escritor, de un autor devenido en clásico, como Sholem Aleijem? La seducción de sus textos reside en la multiplicidad de sus interpretaciones; en que cada nueva lectura ilumina nuevos rincones en textos que crecen con el lector.
Sholem Aleijem ocupa en la literatura judía y en la universal el lugar de un gran humorista; y existe una notable diferencia entre comicidad y humorismo. Según el Diccionario de la Real Academia Española, comicidad alude a ‘quien divierte’, mientras que humorismo refiere a un ‘modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando su lado risueño o ridículo’. Esto último es lo que hace Sholem Aleijem al provocar, más que carcajadas, una sonrisa agridulce, chaplinesca.
Según un viejo cuento, un hombre que tras sufrir un grave accidente yace vendado de pies a cabeza, teniendo apenas libres los ojos y la boca; cuando recibe la visita de un amigo que le pregunta cómo se siente, responde: “Sólo me duele cuando me río”. Un humorista, frente a esa dramática realidad, respondería lo contrario: “Sólo me duele cuando no me río”. Es el caso de Sholem Aleijem, quien describe desde adentro la dramática, y por momentos trágica, existencia del pobrerío judío de Europa Oriental a fines del siglo xix y principios del siglo xx, con textos literarios mitigados por un afectuoso humor, hecho de tierna complicidad con sus criaturas. Sus relatos, novelas y dramas no escamotean las penurias, las miserias ni las alegrías de esos luftmentchn, de esos habitantes del aire, gente sin oficio ni porvenir encerrada por el régimen zarista en una “zona de residencia” de la que no pueden moverse.
Desde temprano aplicó a su propia vida esa fórmula de hacerle verónicas al dolor mediante una mirada humorística. A los trece años, luego de perder a su madre en una epidemia de cólera, le tocó en suerte como madrastra una mujer colérica que expresaba en un sabroso ídish su mal genio mediante andanadas de palabrotas y maldiciones de su propia cosecha, tan salvajes y terribles como ingeniosas. El adolescente Sholem Aleijem, en lugar de tomárselo a la tremenda, comenzó a anotar en un cuaderno, ordenadas por riguroso orden alfabético, esas palabrotas y maldiciones. Ese cuaderno fue su primer ensayo literario, el que paradójicamente pasó a formar parte de su última obra, obra autobiográfica, Volviendo de la feria.
“Sholem Aleijem enseñó al pueblo judío a reírse, lo embrujaba con su lengua”, decía el crítico literario Baal Majshoves, y agregaba: “Un pueblo totalmente sumergido en un mar de contradicciones, al leerlo, podía ponerse por un momento fuera de sí mismo y reírse de sus propias desgracias como si fuesen ajenas”. Por su parte, el argentino Máximo Yagupsky escribió en uno de sus ensayos: “Sholem Aleijem, unido al folclore judío, expresó el innato humor de su pueblo, sin ser un bufón literario ni un burlador de costumbres”.
Sus obras reflejan el mundo del autor y el contexto social y político en el que fueron escritas. La moderna literatura ídish, de la que Sholem Aleijem es uno de sus patriarcas, fue posible gracias a dos revolucionarios movimientos ideológicos judíos: el iluminismo1 y el jasidismo2, que en el siglo xviii enfrentaron, desde diferentes perspectivas, a la cerrada, severa y amarga ortodoxia rabínica que se había adueñado del pueblo judío. El iluminismo lo hizo rescatando aspectos seculares del judaísmo y promoviendo su apertura al medio no judío; el jasidismo lo hizo ablandando la rigidez religiosa que asfixiaba al pobrerío judío de Europa Oriental, mostrándole la posibilidad de relacionarse con la divinidad a través de la danza, de la melodía, del misticismo, de la parábola, del cuento y del humor, legitimando al mismo tiempo su lengua vernácula, su íntimo ídish cotidiano.
Precisamente un protagonista no menor de los fascinantes textos de Sholem Aleijem es el singular idioma en que están expresados, este ídish empapado de espontánea sabiduría popular que atraviesa la lengua, y que el agudo oído de Sholem Aleijem reprodujo y enriqueció con su maestría, hasta lograr ser el autor más querido por las masas populares judías.
Acerca de los textos incluidos en estas páginas
La presente antología pretende recorrer algunos de los temas y de los personajes que habitan el mundo y el imaginario de Sholem Aleijem. Las pequeñas personitas con pequeñas ambiciones que viven en estos cuentos apenas ambicionan, es cierto, conseguir el dinero imprescindible para celebrar dignamente el sábado venidero, pero con qué sueña uno de ellos cuando fantasea lo que haría si, de pronto, tuviese la fortuna de un Rotschild. Más allá de no preocuparse ya por la próxima mesa sabática, sus ambiciones se despliegan y se ve creando lugares para alimentar y proteger a todos los indigentes del mundo, judíos y no judíos; yendo luego un poco más lejos todavía, fantasea con usar su fortuna repartiéndola entre pueblos y naciones para terminar con las envidias, los odios y las guerras; y hasta imagina un mundo en el que no existe más el dinero, eliminando totalmente ese factor de enfrentamiento entre las gentes...
La mirada satírica de Sholem Aleijem deja vislumbrar la grandeza moral de muchos de esos judíos pobres pero alegres, atrapados en una pobreza rayana en la miseria, que se aglomeran y luchan a brazo partido por sobrevivir dignamente, trabajando en lo que pueden, estudiando, rezando y discutiendo consigo mismos, con sus vecinos y con un Dios y una sociedad, francamente injustos a menudo. Así, enfrentados con la historia de Dreyfus, esas pequeñas personitas se rebelan al enterarse del resultado del segundo juicio al que ese capitán es sometido, y no aceptan de ninguna manera la posibilidad de que no triunfen la verdad y la justicia.
Sus “Relatos ferroviarios” giran con gracia en derredor de las contradicciones entre la vida de los pequeños villorrios judíos de Europa Oriental y la aparición del entonces último adelanto de la revolución tecnológica, el ferrocarril; planteando tempranamente y con humor la oposición entre el hombre y la máquina, entre el humanismo y la tecnología.
Los “Cuentos para niños judíos”, que son en realidad cuentos con niños judíos, están protagonizados por estas pequeñísimas personitas sometidas al encierro del villorrio judío y víctimas, a menudo, de su fanatismo religioso. Sin embargo, en la voz de Sholem Aleijem, esos cuentos de chicos judíos se disfrutan como golosinas agridulces en una primera lectura, pero en cuanto uno se detiene un poco más descubre, nítidamente reflejada en el trasfondo, la época y la sociedad entera en la que ese chico está inscripto, con sus bellezas, fantasías y miserias.
“Si quieren escucharlo, chicos, voy a contarles un cuento”, dice Sholem Aleijem, y uno imagina un invisible auditorio infantil, los curiosos ojos abiertos de par en par, los oídos tensos, todo el cuerpo listo para reír, estirándose expectante hacia esa imagen sencilla y querida. Y desde las páginas de sus libros se alza la voz de Sholem Aleijem contando un cuento.
Una compacta atmósfera pueblerina, humana, sacudida por la agridulce y chaplinesca risa judía que se burla de sus propios pesares y angustias, en un ídish colorido, salpicado de apodos y de juegos de palabras se tiende sobre el auditorio y lo envuelve con un par de brazos familiares, íntimos, cálidos. Es la abigarrada calle judía, vista a través de ingenuos, fantasiosos e inteligentes ojos de niño: alegres, pícaros y sufridos. En sus cuentos con chicos judíos se cruzan también la maldad y la ternura. Así, en las tristes peripecias y los injustos infortunios de un caballito judío, sentimos derramarse sobre sus huesos y sus carnes siglos de dolor humano y, en particular, las seculares injusticias y los permanentes pesares de un pueblo judío que sobre la piel de un humilde e indefenso animal se muestran en toda su injusta barbarie.
Estas páginas traslucen de paso el tsar baleijaim, la piedad judía por toda criatura viviente. No es que no haya cazadores judíos, pero son una rareza. “Matar un pájaro, placer de no judíos” reza un dicho popular ídish.
Y siguiendo con los cuentos con niños judíos, volvemos la página y un chico se sienta a nuestro lado y nos cuenta, con ingenuidad y gracia espontáneas, qué pasó cuando el reloj de su casa dio trece campanadas o sus aventuras persiguiendo a escondidas un violín. La fantasía enciende los ojos y pone una sonrisa en sus labios; el aire se llena de alegría, movimiento y color, y Sholem Aleijem ríe con nosotros. Es el descabellado y onírico mundo de Marc Chagall, salpicado de rasgos, gestos y figuras del fantástico gueto, visto por una imaginación infantil asombrosamente sensible. También el amor está presente en esos cuentos con chicos judíos, un amor maduro en “Avreiml” y, en “Ester”, un trágico amor juvenil frustrado por las impunes picardías de un chico dueño de un particular sentido moral, que tras hacer las mayores barbaridades, lo lleva a afirmar “yo no soy de esos”...
La ironía, que atraviesa de una u otra forma todos los cuentos de Sholem Aleijem, impera por ejemplo en la sutil venganza de “El alemán” por las triquiñuelas de un judío para ganarse unos rublos. De otra manera se despliega esa ironía respecto de una pobreza envidiosa en “Una tortilla de huevos de ricachones”. La ironía testimonial de Sholem Aleijem brilla de manera especial en esa carta de un sastre de Kasrílevke a un sastre amigo radicado en la América del Norte. A lo largo de ese texto titulado irónicamente “Sin novedades”, se deslizan todos los aspectos de la turbulenta vida judía de comienzos del siglo xx en una Rusia atravesada por los pogroms y por la violencia posrevolucionaria de 1905.
Siguiendo con las ironías sholemaleijemianas, este es un pequeño texto suyo acerca de la libertad:
Si uno no tiene medios de vida, tiene la libertad de morirse de hambre. Si uno está desocupado, tiene la libertad de golpearse la cabeza contra la pared. Si uno se rompe una pierna, tiene la libertad de andar con muletas. Si uno se casa y no tiene para mantener a su mujer, tiene la libertad de mendigar de puerta en puerta. Si uno se muere, tiene la libertad de ser enterrado.
Cabe a Sholem Aleijem ostentar, en toda su profundidad, esa característica que Romain Rolland descubrió en el judío: “Los judíos –dice en “Juan Cristobal”– tienen sus defectos, pero tienen una gran cualidad, acaso la primera de todas: son verdaderamente humanos y nada humano les es ajeno; se interesan por todo lo que vive”. A Sholem Aleijem le cuadran totalmente esas palabras. ¿Quién trasvasó a la literatura, con tanta ternura y tan afectuoso humor, casi sin tocarlo, sino con su genio, ese tesoro de vida y de humanidad que animó, sin que ellos mismos lo sospecharan, la diaria, mísera, existencia de esos judíos que poblaban los villorrios de la Europa Oriental? ¿Quién logró, como Sholem Aleijem, verter ese pintoresquismo cálido y vital en el molde de la literatura, sin que durante la operación se evaporaran o se enfriaran su espontaneidad, su sabor?
Algunos datos biográficos de Sholem Aleijem
A 150 años de su nacimiento y a más de 90 de su muerte, Sholem Aleijem es alguien que está más vivo que nunca. Con el nombre de Sholem Rabinovich nació en 1859, en un pueblito de Ucrania, Pereiaslav, pero pasó su infancia en un villorrio vecino, Voronka, cuyas características inmortalizó con ternura en su mítica Kasrílevke, la de los judíos pobres y alegres. Hijo de un maskil, un iluminista, comenzó escribiendo en ruso y en hebreo, pero en 1880 tomó la polémica decisión de volcarse al ídish, esa “jerga” popular, escondiéndose tras un seudónimo, “Sholem Aleijem” (‘la paz sea con ustedes’), que se volvería el sello distintivo de un testigo literario inteligente y afectuosamente irónico de la vida y los personajes de los pueblitos judíos de Europa Oriental a caballo, entre los siglos xix y xx. Esos pueblitos y esos personajes, borrados por el paso del tiempo y sus tremendas desdichas, siguen andando en las páginas de sus libros, hablando, lamentando las injusticias y riendo con una envidiable vitalidad.
Al principio resultaba difícil explicar quién era ese fulgurante autor de tan rápida acogida entre las masas judías. “Escritor ruso de lengua ídish” lo definían algunos, y para presentarlo ante quienes no sabían ídish lo denominaban “el Mark Twain judío”, “el Dickens judío” o, en Rusia, “el Gogol judío”; pero como sostenía el crítico A. B. Kahan, “ninguna de estas comparaciones era justa. La más difundida era la que lo equiparaba a Mark Twain, pero el humor de Twain es caricaturesco, mientras que el de Sholem Aleijem es un retrato realista, fiel, verídico y, si produce una sonrisa, es una sonrisa triste, reflejo de un trozo de vida, sin exageración alguna”.
En el transcurso de una vida agitada, Sholem Aleijem realizó estudios bíblicos y a los 21 años ya era rabino. Mantuvo un intenso intercambio epistolar no sólo con escritores judíos sino también con Gorki y Tolstoi. Entusiasmado con el naciente movimiento sionista, en 1888 se unió a un grupo de “Amantes de Sión”; en 1890 participó del primer encuentro del Comité de Odesa por Palestina y en 1907 estuvo como delegado en el octavo Congreso Sionista que tuvo lugar en La Haya. También publicó una cantidad de opúsculos sionistas. Curiosamente, tras su muerte, determinados textos de Sholem Aleijem se editaron en la Unión Soviética, en varios millones de ejemplares, aprovechando su popularidad y escondiendo prolijamente su pasado sionista. Si bien existe en sus escritos un perseverante compromiso con el pobrerío, él distaba mucho de ser un “internacionalista proletario”.
Algunas de las obras más conocidas de Sholem Aleijem son Tobías el lechero –que con el título Violinista en el tejado pasó al cine y al teatro–, Motl Peisi, el hijo del cantor, Menajem Mendl y Estrellas errantes; además de sus colecciones de cuentos y obras dramáticas. A lo largo de una vida no demasiado extensa, Sholem Aleijem dio a luz más de cuarenta volúmenes de novelas, cuentos y obras de teatro, y fue considerado, con Méndele Moijer Sforim e Itsjok Léibush Péretz uno de los tres grandes clásicos de la moderna literatura judía en lengua ídish.
Falleció en 1916, a los 57 años, en Nueva York.
Contaba Máximo Yagupsky que al llegar a las colonias agrícolas judías argentinas la noticia de su fallecimiento, un cantor litúrgico entonó en su honor una plegaria especial en ídish y la concluyó diciendo: “Sholem Aleijem fue un mensajero de la paz”.
Verter Sholem Aleijem al español
Pedro Henriquez Ureña acuñó la idea de que “cada generación debe traducir su Homero”, afirmación que Octavio Paz redondeó escribiendo que “cada generación debe traducir y releer sus clásicos, para echar los imprescindibles cimientos de la casa de cada pueblo”.
Pese a ser ya un viejo ciudadano de las angustias y placeres de esa apasionante tarea imposible del equilibrista que lleva y trae palabras de una lengua a otra, y pese a mis largos años vertiendo al español, en especial del ídish, textos poéticos; pese a todo eso o tal vez por eso mismo, me cortó el aliento la invitación a sacar a Sholem Aleijem de su propia lengua y verterlo al español, o transcrearlo en español, para utilizar esta hermosa expresión del poeta y traductor brasileño Haroldo de Campos. Es así que necesité tomarme un tiempo para decidir si aceptaba o no el desafío.
La fluida prosa de Sholem Aleijem no puede llamar a engaño. Su aparente sencillez es el resultado de una maestría embebida en el líquido amniótico de la lengua ídish. Ya aprendí yo que quien saca un poema o un texto de prosa poética de su idioma original para trasvasarlo a otro idioma tiene que ser consciente de que se dispone a construir un nuevo texto, diferente del original, y el desafío consiste en que conserve viva, en su nueva forma, aquella chispa mágica que conmueve y que encanta, es decir, el alma misma del texto original. Traducir poemas en prosa, y los textos de Sholem Aleijem lo son, constituye una labor creativa casi equiparable a la de escribirlos y, a menudo, una más compleja todavía.
Es que cuando uno saca un texto del idioma en que fue escrito para verterlo a otro, sabe que durante el trasiego van a perderse, inevitablemente, algunos de los elementos propios del original. Eso implica elegir qué es lo que se está dispuesto a perder, y qué no, en el curso de ese pasaje. Pensando en los textos de un Sholem Aleijem, dotados de una gracia íntimamente asociada a esa maravilla popular que es la lengua ídish, el desafío consiste en encontrar el modo de que no se evaporen en el idioma huésped, en este caso el español, la lógica, la tensión y la gracia del original. Una buena versión de un texto debería sonar en su nuevo idioma tan natural como si hubiese sido escrito originalmente en él, sin ese “ruido” que caracteriza a los textos traducidos. Aquí cabe aquella famosa recomendación de Oscar Wilde que decía: “Hay que trabajar tanto un texto literario hasta que parezca no haber costado ningún trabajo”.
Lo cierto es que decidí temerariamente aceptar el desafío de encarar la traducción, la transcreación, al español de una selección de textos de Sholem Aleijem, equiparando esta tarea, con sus diferencias, a aquella otra que yo conozco bastante más: la de traducir poesía. Alguna vez, también al encarar esas traducciones, me decía a mí mismo que uno sólo tiene el derecho de meter las manos en la sangre viva de la obra literaria de un creador y arrancarla de su lengua original para trasplantarla a otra lengua, si está guiado por el amor, por un amor inteligente y respetuoso, por aquel amor que cuida y que elige al objeto amado precisamente por ser como es, y no para hacerlo a la propia imagen y semejanza. Esta puede ser la fórmula para lograr una buena versión de un texto de prosa poética, siempre que se le sumen generosas raciones de sensibilidad, de oficio y, sobre todo, de trabajo. A sabiendas siempre de que, por mejor que sea la propia versión, seguirá siendo inferior al original.
El desafío de verter de ese sabroso ídish al español una selección de cuentos de Sholem Aleijem significaba encarar un enorme riesgo. Un gran poeta hebreo, Jaim Najman Bialik, decía: “Leer un texto literario en una traducción es como besar a la amada a través de un velo”. O sea que mientras el lector no domine la lengua original, la tarea del traductor es volver ese velo lo más tenue y transparente posible, para que ese lector no se quede sin besar a la amada, aunque sea a través de un velo.
La amada, el amado en este caso, es el gran Sholem Aleijem, y el premio consiste en disfrutar el mágico encanto de sus cuentos.
En el caso de una obra como la de Sholem Aleijem, adelgazar ese velo hasta eliminarlo resulta imposible, ya que sus textos toman del ídish en que están escritos, no sólo el sentido de las palabras, sino sus connotaciones y remembranzas más profundas, su mundo de ambigüedades, su olor, sabor, peso, sonido y ritmo. Sus guiños cómplices son con un lector que comparte su mundo, hecho no sólo de refranes y maldiciones populares, sino de citas bíblicas y talmúdicas, interpretadas a su manera por la picardía de sus personajes. ¿Existe alguna manera de traducir esos guiños sholemaleijemianos a palabras que despierten en nuestro idioma el mundo de imágenes y de vivencias de los habitantes de la Kasrílevke universal? Está claro que cada lengua condensa y evoca mundos que se le escapan a quien los mira a través del velo de otra lengua.
Resumiendo, al encarar la traducción de un prestidigitador idiomático como Sholem Aleijem, con su gracia y hondura, uno sabe que siempre va a continuar estando allí ese velo que menciona Bialik, entre el rostro verdadero y el aspirante a besarlo. Pero que quede claro que no fue el traductor quien colocó ese velo que tanto molesta y que tenemos ganas de quitar de un tirón. Mientras el amante no se decida a aprender intensamente el idioma de la amada, debe agradecer al traductor el habérsela acercado lo suficiente como para que apenas un velo los separe; y por haber empeñado todo su oficio, amor y trabajo para volverlo imperceptible. Es lo que me propuse y espero haberlo logrado.
Eliahu Toker
La ciudad de las pequeñas personitas
La ciudad de las pequeñas personitas a la que te llevo, amigo lector, está ubicada justo en el medio del bendito tjum-hamoishev, la única zona donde podían residir los judíos en la Rusia zarista. Allí, en esa famosa ciudad llamada Kasrílevke, se asentaron los judíos unos sobre otros como arenques en un barrilito, cumpliendo el precepto de reproducirse y multiplicarse.
¿Y de dónde proviene ese nombre, Kasrílevke? He aquí de dónde: entre nosotros, un pobre, como es bien sabido, recibe un sinfín de nombres. Puede ser simplemente un pobretón o un pobre indigente o un gran pobre, o un venido a menos, o un pedigüeño, o un desvalido, o un paria, o un menesteroso, o un desdichado, o un mísero pobretón. Y cada uno de esos calificativos se entona con una melodía diferente... Y existe uno más: un kasrilik, que se pronuncia con una entonación muy diferente, algo así como: “¡Oy, oy, oy, así esté libre de un mal de ojo, soy un kasrilik!
Con el término kasrilik ya no se denomina a un simple pobretón, sino a uno que no se avergüenza de su pobreza, por lo contrario, se enorgullece de ella. En nuestro idioma se lo conoce como alguien pobre y alegre.
Metida en un rinconcito bien alejado de todo el mundo que la rodea, esta ciudad, Kasrílevke, permanece perdida en su orfandad y en sus ensoñaciones, embrujada y sumida en sí misma, como si no tuviesen nada que ver con ella el alboroto, el escándalo, la prisa, el vértigo, la excitación, el devorarse los unos a los otros, ni todas las cosas buenas que la gente se esforzó por crear y a las que les inventó nombres como “cultura”, “progreso”, “civilización” y otros hermosos términos por el estilo, ante los cuales una persona normal se quitaría el sombrero con mucho respeto.
¡Pequeñas personitas...! No sólo descreían de los automóviles y de la navegación aérea... Durante mucho tiempo no quisieron oír hablar siquiera de que existiese, ni creían que en algún lugar del mundo funcionase, algo como nuestro viejo y común ferrocarril.
“Fantasías... –decían–, sueños, cosas tan inexistentes como el día de ayer; tan imposibles como una feria en el cielo, como una vaca volando sobre el tejado”.
Pero sucedió que un vecino acomodado de Kasrílevke tuvo que ir a Moscú y al volver juró y rejuró que él mismo había viajado hasta Moscú en tren... Sus conciudadanos lo increparon: “¿Cómo es posible que un judío honorable y acomodado como él jure sosteniendo una mentira tan burda?”. Pero lo cierto es que si un judío acomodado lo juraba y rejuraba, el tren debía de ser una realidad y no una fantasía, un hecho que ya no se podía negar, sobre todo porque el hombre les explicó razonadamente cómo funcionaba y de dónde tomaba el ferrocarril su fuerza. Incluso les dibujó sobre un papel cómo giraban las ruedas y cómo silbaba la chimenea, y cómo el vagón volaba, y cómo los judíos viajaban a Moscú...
Las pequeñas personitas lo escuchaban, o al menos hacían que lo escuchaban, y asentían con las cabezas, pero en el fondo de sus corazones se reían a más no poder diciéndose a sí mismos: “¿Y para qué sirve todo esto? Las ruedas giran, la chimenea silba, el vagón vuela, los judíos viajan a Moscú y después vuelven... ¿Quién necesita todo ese esfuerzo? ¿Dónde está la gracia?”.
Como lo ve, todas esas personitas no son gente amargada ni preocupada. Al contrario, gozan en el mundo la fama de ser grandes creadores de refranes, de ser espíritus divertidos, vitales; pobres, pero muy alegres. Es difícil decir cuál es el motivo de su júbilo. Nada, simplemente: ¡les encanta la vida...! Pruebe preguntarles, por ejemplo, de qué viven; y van a responderle: “¿De qué vivimos? Ya lo ve, ja, ja, se vive”. Lo sorprendente es que, si no se detienen a hablar con usted, corren como ratas envenenadas; este hacia acá, el otro hacia allá, y nunca tienen tiempo. ¿Adónde corren? “¿Adónde corremos? Usted mismo lo ve, ja, ja, corremos con la esperanza de conseguir algo, de ganar, quizá, algún dinero para el sábado”.
Ganar algo para el sábado, ese es el ideal que persiguen. Van a trabajar toda la semana, se fatigan en duras faenas transpirando sangre, masticando tierra, comiendo plagas y bebiendo pestes, con tal de que haya con qué celebrar el sábado. Y lo cierto es que cuando llega el amado, el sagrado sábado, ¡no hay razón para envidiar a Iehupetz, a Odesa, ni siquiera a París! Cuentan, y parece ser cierto, que desde que Kasrílevke es una ciudad, nunca sucedió allí que algún judío pasara hambre un sábado. Porque, ¿cómo podría entenderse que un judío no tenga pescado para el sábado? Y si no tiene pescado, tiene carne; y si no tiene carne, tiene arenques, tiene pan trenzado; y si no tiene pan trenzado tiene pan con cebolla; y si no tiene pan con cebolla se lo pide prestado a su vecino; el sábado siguiente será su vecino quien tome prestado de él. “El mundo es una rueda que gira”, dicen con un refrán y muestran moviendo la mano cómo gira la rueda... A las personitas de Kasrílevke, cuando tienen un refrán a mano, nada se les iguala. Por un buen refrán son capaces, como se dice, de entregarles a su padre y a su madre.
El mundo cuenta de ellos historias que parecen cuentos, pero uno puede asegurar que se trata de hechos reales. Por ejemplo, se cuenta de cierto ciudadano de Kasrílevke que se cansó de pasar hambre en esa ciudad y comenzó a deambular por el mundo en busca de felicidad; así fue que emigró y llegó a París. Seguramente tenía muchísimas ganas de lograr un encuentro con Rothschild; porque, ¿cómo puede un judío estar en París y no verse con Rothschild? Pero había un problema, no lo dejaban acercarse a él. ¿Cuál era la razón? Llevaba puesto un capote harapiento. “¡Qué gente tan astuta! –replicó el judío–. ¿Si yo tuviese un capote sano, para qué diablos vendría a París?”. En resumen, la cosa iba mal. Pero un judío de Kasrílevke no se amilana y se las ingenia. Lo pensó un poco y le dijo al guardia que cuidaba la puerta: “Dile a tu patrón que llegó una persona, que no es un pordiosero, sino un comerciante judío que viene a ofrecerle un artículo que en París no se consigue ni por todo el dinero del mundo”. Al escuchar el mensaje, Rothschild, por curiosidad, ordenó que hicieran pasar al comerciante.
—Sholem Aleijem –lo saludó el judío.
—Aleijem Sholem –le respondió Rothschild–. Tome asiento. ¿De dónde es un judío?
—De Kasrílevke.
—¿Y qué tiene de bueno para decirme?
—¿Qué puedo decirle, señor Rothschild? La historia es la siguiente: se dice entre nosotros que usted tiene, Dios lo libre de un mal de ojo, una posición económica bastante buena, así tuviera yo la mitad, o incluso un tercio, también estaría muy bien; y honores seguramente tampoco le faltan, porque, como se dice, del que tiene dinero se aceptan las opiniones. Pero, ¿qué es lo que le falta? Una sola cosa: la vida eterna. Esto es lo que traje para venderle.