Buch lesen: "Famulus"

Schriftart:

Romina Paredes (Lima, 1987)

Practicó natación de manera profesional hasta los veintitrés años. Estudió Traducción e Interpretación, realizó un máster en Traducción Audiovisual y se especializa en traducciones sobre equidad de género. Tiene debilidad por las películas serie B y solo usa las redes sociales para ver videos de animalitos. Famulus es su primer libro.

Romina Paredes

Famulus

Famulus

© Romina Paredes, 2019

© Pesopluma, 2020

1ª edición electrónica: abril 2020

Serie Iceberg / Cuento

Diseño de cubierta: James Hart

ISBN: 978-612-4416-14-9

Editado por Pesopluma S.A.C.

Parque Francisco Graña Nº 168, Magdalena del Mar, Lima — Perú

www.pesopluma.net | contacto@pesopluma.net

Este libro no podrá ser reproducido, total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito de la editorial. Reservados todos los derechos de esta edición para el mundo.

Di toda la verdad, pero cuéntala

desde tu visión del mundo

Emily Dickinson

Exhala

1

Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua

John Keats

Libre llegó tarde al entrenamiento.

—Ni se te ocurra. Ni una palabra durante los estiramientos —gritó la entrenadora.

Se aproximó a nosotras cabizbaja y tiró su maletín. Mariposa se comía las uñas. Yo presionaba fuerte el antebrazo contra el codo para soltar el deltoides. Seguimos con los ejercicios en silencio mientras la entrenadora vociferaba sobre la ineptitud de los nadadores del primer grupo. Su cuerpo regordete vibraba con la intensidad de sus gritos.

—¡Ustedes! —nos apuntó con el dedo — ¡Tienen tres minutos para estar en el carril 8!

Mientras nos alistábamos, Libre comentó que se sentía mal. Tenía la cara roja y sus movimientos eran torpes. No parecía ella.

—¿Estás con la regla? —preguntó Pecho.

—No. Me duele la cabeza… Creo que tengo fiebre.

Un delfín adulto puede nadar diez metros por segundo si no percibe alguna amenaza en el océano. A Libre le tomaba veintisiete segundos nadar cincuenta metros. No solo era la más rápida, sino también la que tenía mejor técnica y el biotipo perfecto. Su tronco era pequeño en comparación con sus extremidades, inusualmente largas, como un pez pulmonado gigante en una piscina municipal.

El programa de entrenamiento consistía en realizar ejercicios que elevaran al máximo nuestro consumo de oxígeno: diez series de doscientos metros, con un minuto de descanso.

En la primera serie, Libre no hizo el tiempo que la entrenadora exigía. Mariposa y Pecho se mantuvieron detrás de ella, con una lealtad innata. Yo no aguanté su lentitud; tuve que pasarlas. «Oye, afanosa. No vayas tan rápido, pues. No nos cagues», me dijo Mariposa cuando pasé a su lado, después de la segunda serie. Yo seguí bajando el tiempo. No podía desperdiciar mi energía.

La entrenadora nos controlaba buscando el error, la demora, la milésima de segundo que justificara su violencia. Cogió unas boyas y se las tiró en la cabeza a Libre. Luego le ordenó cambiar de carril y, durante los descansos entre cada serie, la presionaba para que haga la marca.

Sentados en la tribuna, los padres de familia susurraban de costado como colegiales con miedo a una reprimenda. Pertenecían a la generación que vivió la primera final de voleibol y la tercera medalla olímpica del país. Eran los que aplaudieron el rendimiento extraordinario de las chicas y al genio responsable detrás de la hazaña: un hombre que las maltrataba pero era endiosado porque sacaba campeonas.

Cuando terminamos las series, la entrenadora expulsó de la piscina a Libre.

—¡Esta es tu última oportunidad! Te doy tres minutos de descanso, más que suficiente. ¡Mediocre de mierda!

La golpeó con la tabla en la cabeza. Las demás salimos de la piscina y nos quedamos al costado para darle ánimos. Mientras aplaudía a mi amiga, también imaginaba que ella no hacía el tiempo. En el fondo, fantaseaba con ser la campeona absoluta de esa temporada. Un oscuro deseo, casi insoportable, mientras veía cómo la maltrataban.

En el primer intento estuvo a cinco segundos de la marca. La entrenadora la amenazó con no incluirla en la posta. Sumergida, con el agua por encima de la nariz, Libre hacía burbujas y la miraba directo a los ojos. Partía con algo de impulso pero su ritmo se desvanecía a los pocos metros, hasta que tuvo que detenerse por completo.

—Es en serio. Me siento mal.

—¡Vas a nadar esos putos doscientos metros hasta que hagas la marca!

No pudo terminar la tercera serie. Salió de la piscina y, cuando la entrenadora se acercó con una tabla para obligarla a volver, zafó el cuerpo y corrió a los camerinos.

—¡Déjame! No puedo seguir.

—Entonces estás fuera de la posta.

—Vete a la mierda.

2

El miércoles siguiente, mi madre confirmó por teléfono que sí habría entrenamiento. Y me dijo que después de la sesión iríamos al velorio.

—No quiero ir a nadar, mamá.

—¿Cómo que no?

Mi madre se paró frente a mí. Su mirada felina me impedía expresarme.

—No me quiero ahogar.

—¿De qué estás hablando? Mira, hijita, esta es una tragedia, todos lo sabemos. Pero… hay que ver el lado positivo de las cosas.

Tragó saliva y se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Ya no tienes rival en el país. Puedes ganar el continental.

Con más parsimonia de lo normal, me puse la ropa de baño y alisté mi maletín. Mamá parecía titubeante. Aspiraba por la boca como para decir algo pero se desanimaba.

Me asustó ver tanta gente llorando afuera del club. Se tapaban la cara y negaban la situación. Escapé de los lloriqueos de mis compañeros e ingresé a los camerinos. La señora de la limpieza también lloraba. Dijo que tenía una hija de la misma edad. Salí de los camerinos y me senté en las gradas. La entrenadora tomaba los tiempos del grupo de infantiles. En realidad, parecía que solo hacía el ademán de apretar el botón derecho del cronómetro, diciendo cualquier número al azar. Su mirada se perdía en algún punto de la piscina.

Ni Mariposa ni Pecho fueron a entrenar ese día.

3

Siempre sueño que nado en un estanque. Todo parece mejor en el agua.

Libre se puso mal un viernes. Supimos que el sábado seguía con cuarenta grados de fiebre. La internaron el domingo por la noche y administraron antibióticos por vía intravenosa durante dos días. Los padres de familia pensaban que quizás había un virus extraño en la piscina y, como no se tenía un diagnóstico concreto, evitaron cualquier riesgo de contagio. Mi madre, en cambio, no se mostró consternada. Dijo que era momento de superar las adversidades y seguir enfocada en mi meta porque ni Dawn Fraser ni Tracy Caulkins se rendirían. Esa semana casi nadie asistió a los entrenamientos. Solo yo.

Fui a la clínica el miércoles siguiente. Me encontré con los padres de Libre afuera de la habitación. Su madre se golpeaba la cabeza contra la pared.

—Espérame aquí, hija. Voy a conversar con los médicos.

De lejos vi que se tapó la boca con ambas manos. Me acerqué. La puerta de la habitación de Libre estaba entreabierta. Recordé cuando nos burlábamos de sus pies y lo difícil que le era encontrar zapatos talla 41 para los quinceañeros. Ahora sus pies estaban hinchados y dejaban relucir un color verdoso. Sus uñas de un tono azul oscuro.

4

A veces me cuesta respirar cuando estoy fuera del agua.

Apenas llegamos al velatorio quise regresar a casa. Mi mamá rompió en llanto al ver a la madre de Libre. Cada gemido era como un estruendo en sintonía con el latir de mi sien. Traté de ocultar esa inusitada rabia al contemplar la escena y fingí una sonrisa apretando los labios.

Después de dar el pésame me senté en una esquina alejada. Me di cuenta de que la única adolescente vestida de negro era yo. Todos iban de blanco y, gracias a ese detalle, noté que el ataúd también era blanco. La cara me ardía. Apoyé los codos en mis muslos y miré al piso.

Pecho y Mariposa se sentaron a mi lado. Ambas tenían la cara irritada por el llanto.

—¿Y? ¿Ya viste el ataúd? —preguntó Pecho.

—No, todavía. ¿Vamos?

—¡No! No hay forma, chicas. La imagen no se nos va a borrar de la cabeza. Aparte, eso que está allí no es ella —dijo Mariposa frotándose los párpados.

Al ver su cuerpo aguanté la respiración. Llevaba puestas todas las medallas que ganó durante sus quince años de vida. Una corona de rosas y un camisón blanco dejaban traslucir una ropa de baño Speedo. Sus manos, entrelazadas, reposaban sobre su vientre. Su cara estaba abultada y su piel lucía sombras verdosas. Distinguí la ausencia del brillo de su cabello y del rojo natural de sus labios. Por un momento pensé que estaba en la piscina, viéndola a través de mis lentes de natación empañados, porque veía todo opaco. Pero la quietud de su cuerpo me confirmó que ambas estábamos en la superficie.

La entrenadora, desde la puerta del velatorio, se aseguraba de despedir a todos los miembros del club: «Tú, ¿por qué no viniste hoy?». «Eh… ¿me escuchaste? Por si acaso, lunes entrenamiento a las ocho de la mañana, como siempre».

Ya era de noche cuando subimos al taxi. Mi mamá dijo que los resultados de la necropsia demorarían por lo menos una semana, mientras se retocaba el maquillaje.

—No es por ser malhablada, hijita, pero para mí que le dieron alguna sustancia para incrementar su rendimiento y esto afectó su sistema nervioso. Es más, una de las mamás me contó que a Libre le hacían transfusiones de sangre antes de las competencias. Esa familia es demasiado competitiva.

5

Las incesantes lágrimas de los asistentes, un ecosistema de agua salada. Poco a poco el llanto se entrecorta. El aire desplaza al agua. Los pechos cobran vida en una sinfonía de paz. El mío, inerte.

En el entierro observé a la entrenadora todo el tiempo. Nunca había visto otra emoción en ella aparte de la furia. Su rostro estaba tenso, como es habitual, pero ahora las gotas de agua no descendían por las venas hinchadas de su frente, sino de sus ojos.

La semana siguiente dio un discurso a los nadadores del club.

—Bueno, como ustedes saben, es una lástima lo sucedido con Libre. Ella no estaba cumpliendo con el programa...

—Cállate, imbécil —pensé, pero mi voz se adelantó.

Todos voltearon. La entrenadora apretó los dientes. Me ignoró y prosiguió. Al final de la reunión nos dijo a Pecho, Mariposa y a mí que haríamos un programa especial porque, como no teníamos rivales en el país, era mejor entrenar para el campeonato continental.

Esos tres meses me parecieron una eternidad. Durante los entrenamientos no lograba superar las punzadas en el bazo. Mis brazadas no tenían agarre. A veces sentía que algo me jalaba hacia el fondo de la piscina y, por momentos, me hundía. Mientras que los demás nadadores continuaban generando esas ondas que dan vida a la piscina, la gravedad de mi ritmo cardiaco bajo el agua me paralizaba. Me detenía temblando. Los gritos de la entrenadora retumbaban en mis oídos tapados. Apoyada en el andarivel intentaba recuperar el aire, temiendo que el ruido de mi corazón me atrape de nuevo.

Ya no disfrutaba del aislamiento que encontraba en la piscina. La soledad que me oxigenaba y potenciaba mis brazos y piernas cuando recordaba que llegar a la meta solo dependía de mí.

Die kostenlose Leseprobe ist beendet.

€5,49
Altersbeschränkung:
0+
Umfang:
60 S. 1 Illustration
ISBN:
9786124416149
Verleger:
Rechteinhaber:
Bookwire
Download-Format:
Vierte Buch in der Serie "Iceberg"
Alle Bücher der Serie