Buch lesen: "Tiempos de superclásicos"

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TIEMPOS DE SUPERCLÁSICOS Autor: Roberto Rabi González Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-224153230, 56-224153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Diseño y diagramación: Sergio Cruz Foto de portada: gentileza de diario El Mercurio Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: octubre de 2020. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 2020-A-8846 ISBN: Nº 9789563384918 ISBN Digital: Nº 9789563384925

«La esencia de cualquier jugador que nace en Universidad de Chile es ganarle a Colo-Colo. Desde pequeños nos enseñan que puedes perder con cualquier equipo, salvo contra ellos».

Johnny Herrera

Para Sayen y Marcela,

auténticas joyas azules.

ESTO ES GRANDE, ES LO MÁS GRANDE

«Cuánta importancia se le da a todo principio. La primera vez que se piensa algo, la primera vez que se hace algo, el primer día de trabajo, la primera noche con alguien, tienen algo de trágico, agotador».

Clara Sánchez

Campos de Sports, 1935

Los estadios de fútbol hoy se construyen de norte a sur, no solo porque así lo prescribe la Fifa, sino por una razón práctica: evitar la incidencia del golpe de la luz solar en la vista de los jugadores. Campos de Sports, no seguía tal lógica, como varios otros estadios chilenos en aquel tiempo. Y uno que otro partido se definió por la arbitrariedad del astro rey. Vamos a hablar de uno de ellos.

Santiago era una ciudad pobre, la gran depresión había golpeado a nuestro país y el fútbol no era la excepción. No se trataba aún de un deporte masivo y popular. Tampoco era una excentricidad de extranjeros, sino una actividad social que concentraba por sobre todo la atención de quienes estaban vinculados a cada uno de los clubes. Por otra parte, comenzaba a predominar el fútbol rentado; el amateurismo, valorado y defendido en un comienzo, iba quedando atrás. El profesionalismo era ahora el paradigma, el lenguaje del futuro.

En 1934 la Asociación de Football de Santiago, AFS, había dividido sus clubes en dos secciones: una profesional y la otra amateur. La liga profesional era la estrella y los equipos indispensables eran: Magallanes, el patrón del fútbol patrio durante aquella época; Audax Italiano, un club de ciclistas que había evolucionado hasta convertirse en un titán del balompié santiaguino; y Colo-Colo, un cuadro cuyo punto de partida fue la inclaudicable voluntad de algunos próceres, personajes que, disconformes en Magallanes, habían decidido dar un paso al costado y hacer historia.

La U, por otra parte, era un equipo cien por ciento universitario. Para los laicos, 1935 fue un año decisivo en lo institucional, pero también en lo estrictamente deportivo. Los estudiantes de la Universidad Católica —que cinco años atrás se habían sumado al Universitario de Deportes— decidieron independizarse y formar el club deportivo de la UC. El equipo laico, que entonces llevaba algún tiempo empleando pantalón blanco, camiseta y medias azuladas (de una tonalidad bastante clara, más bien cian), no podía tener mejor nombre: después de varias denominaciones experimentales había pasado a llamarse, desde hacía un año, derechamente Universidad de Chile, igual que la casa de estudios. En materia de emblemas, el chuncho del Náutico había regresado al pecho de los universitarios. Luego de las disputas legales entre sus creadores, el estrigiforme, para nada sobrio símbolo de sapiencia, contrastaba con el nombre del equipo albo, escrito dentro de un listón negro que poco adornaba la camiseta del Mapuche.

La U ya disponía de un grupo inolvidable de jugadores: el portero boliviano Aguirre, el mediocampista Luis Tirado, el volante peruano de origen español Antonio Pulido, y los temibles delanteros Exequiel Bolumburu, Guillermo Riera y, su figura principal: Víctor «Cañón» Alonso. El debut en el Nacional Amateur de 1935 —en el que participó la U por ser el Campeón Metropolitano de la AFS— se produjo el 19 de abril de 1935, con un 4x2 ante Talca National en el estadio de Carabineros, para luego encadenar sólidas victorias en Campos de Sports: 4x2 al América de Rancagua, 2x0 al Artilleros de Costa, equipo de Talcahuano y 3x0 sobre Maestranza Central, el club de la factoría de ferrocarriles indisolublemente ligado al pueblo de San Bernardo. El partido que definió el título se jugó el 1 de mayo ante San Enrique de Iquique, club que representaba a la oficina salitrera del mismo nombre y que se adueñó del título tras vencer 3x1. Dicha definición sería atesorada por los nortinos con el nombre de la «Hazaña de San Enrique». Para el club estudiantil, que vendió cara su derrota con un gol de Alonso y una patriada del doctor Aguirre, que contuvo un penal a Arancibia a los 43 minutos, se trató de un adelanto de los tiempos gloriosos que vendrían más tarde.

Los buenos resultados del equipo universitario le permitieron captar el interés de los grandes, y así, se organizó un partido con Colo-Colo, cuadro absolutamente profesional y de gran popularidad en el país, en parte, gracias a su extensa gira internacional de 1927. Colo-Colo, centrado en los encuentros de la División de Honor, había goleado 5x2 a Badminton y enfrentaría al Audax Italiano en los días siguientes, en un verdadero clásico de la época, uno de perros grandes. Sin embargo, el amistoso con Universidad de Chile generó interés. Se jugaría con inmoderadas expectativas un 9 de junio de 1935. Un duelo entre un equipo amateur y otro profesional, tenía, por tal contraste, un condimento adicional que iba más allá de un simple juego amistoso. Era un poquito más que jugar, de un modo u otro, se enfrentaban dos lógicas que por tanto tiempo se habían contrapuesto en el balompié internacional y criollo.

Aquel día, los entusiastas barristas llegaron a las instalaciones que el filántropo José Domingo Cañas había entregado a sociedades benéficas de educación popular que él mismo sostenía; pastos ubicados en el terreno hoy situado en José Domingo Cañas con Campo de Deportes. Entre los casi 1500 espectadores, sin duda un número inusual para la época, estaba Juvenal Hernández, el rector de la Casa de Bello, vestido con un traje claro de lana, muy distinto de los negros que usaba en la semana, y un sombrero alón del mismo tono. «Si Universidad gana, significaría la supremacía del football amateur. Sería una apoteosis», informaba el Diario La Nación que leían los asistentes en aquella jornada.

Los estudiantes de ingeniería y leyes de la Universidad de Chile, tradicionalmente rivales, olvidaron su antagonismo y formaron un bullicioso contingente de más de trecientos fanáticos. A diferencia del resto de los asistentes a los Campos de Sports, formalmente vestidos como era tradición santiaguina en los eventos de día domingo, los estudiantes llevaban camisetas de colores azules, blancas y rojas y metían bulla, cantando: «¡El fútbol universitario le gana al fútbol rentado!».

Como nunca antes concurrieron mujeres. Aquel año se había fundado el MEMCH, el Movimiento Pro Emancipación de la Mujer, y las mujeres ya habían votado por primera vez en las elecciones municipales de abril de ese mismo año. Ese día se hicieron notar en la fanaticada universitaria, entre otras, Hilda Santibáñez Romo, estudiante de ingeniería, activista entusiasta y bulliciosa como pocos. Una líder emblemática.

Algunos dicen haber visto en las graderías a un perro igual a Ulk, el enorme can del presidente Arturo Alessandri. Quienes lo vieron miraron en todas direcciones buscando al mandamás, preguntándose: ¿Será de la Universidad o del Colo-Colo? Si el León de Tarapacá estuvo en el estadio ese día, no quedó registro alguno en la prensa.

Con el sol alto en el cielo, comenzó a rodar la pelota. Víctor «Cañón» Alonso sentía una desesperada urgencia por mostrar el juego y la determinación que los llevó a ese momento y lugar. Recordó por un momento sus días de trabajo en los aserraderos de Punta Arenas, un entorno modesto, mínimo. Quiso volar más alto y decidió venir a estudiar leyes en Santiago. Había llegado a la capital con una pierna quebrada y pese a tener todo en contra, su voluntad pudo más y, tras un pololeo con el rugby, su derecha inmisericorde —que le hizo ganar el apodo de Cañón—, se transformaría en la principal arma al defender la camiseta de su universidad.

Se sentía realmente orgulloso de su proceso, de lo que formaba parte. Necesitaba corroborarlo ese día. Corría de un lugar a otro de la cancha, se desordenaba, les quitaba la pelota a sus propios compañeros. Jugó recio. Una pelota surcó los aires, sobrevolando el área de castigo de los blancos cuando llevaban media hora jugando; sin dudarlo, el Cañón superó a todos sus marcadores y con un impresionante cabezazo, a una de aquellas pelotas pesadas y duras de ese entonces, convirtió el gol de la apertura. El primer gol de lo que años más tarde sería llamado «el superclásico». Fue azul. Volaron las gorras en las graderías, la felicidad y los abrazos de la parcialidad del chuncho no tenían en cuenta que faltaba mucho partido. Juvenal Hernández, corbata incólume y gomina en el pelo, decano de leyes y luego rector de la casa de Bello, que había sido, además, profesor de Cañón, se acercó a la orilla de la cancha. Alonso recién podía sacarse de encima a sus compañeros tras la desacostumbrada celebración. Se miraron, quizás ambos pensaron en decirse muchas cosas en tan breves instantes, pero no articularon frase coherente alguna. El rector, a varios metros de distancia, le gritó: «Esto recién comienza, Alonso». Se refería al partido de aquel día. Pero sin saberlo, anticipaba lo que sería el destino del match: transformarse en un evento multitudinario y trascendental.

Los albos aprovecharon la desconcentración de los azules, a quienes la ansiedad los superó, y dieron vuelta el partido con doblete de Luis Carvallo. Pero cuando estaban por regresar a las duchas para el intermedio reglamentario, Cañón volvió a anotar, con su pierna favorita. Los parciales estudiantiles nuevamente estallaron en júbilo. Alonso besó su camiseta intensamente azul por la transpiración, la misma que al inicio se veía casi celeste y que él lavaba una y otra vez a mano, y buscó al rector que abría sus brazos a la distancia con una sonrisa amplia y le gritó: «Esto es grande, rector, es lo más grande».

Sorrel, un alma en pena extraviada en la cancha durante el primer tiempo, se acercó al árbitro apenas pitó el descanso para reprocharle su desconcentración a causa de los gritos. El referí, tras cavilar unos instantes, incapaz de contradecir a la figura del Colo-Colo, se acercó al bullanguero grupo universitario, exigiendo a viva voz que no molestaran al equipo rival. Hilda Santibáñez corrió a encararlo y le dijo que no tenía ningún derecho a reclamar de ellos sobriedad aquella tarde festiva y menos como emisario de un jugador colocolino. Como consecuencia del entredicho, durante el segundo tiempo la parcialidad estudiantil abuchearía a Sorrel cada vez que tocara el balón.

En la segunda etapa, los blancos dominaron el juego. La U entregó todo en la cancha, pero tenía al frente a un adversario muy superior. Y el sol en los ojos. A cinco minutos del final, el empate, más que digno, parecía justo y definitivo. Pero una pelota loba en el área estudiantil no pudo ser controlada como mandan los cánones. El estudiante de medicina Hermógenes «Chino» Murúa se encandiló con la luz del sol. Se tropezó, cayó y al ponerse de pie, aún cegado, un pelotazo de un jugador blanco pasó rozando su brazo y muy lejos del arco. El drástico Roberto Aguirre cobró penal. No quedó claro si Murúa habría tocado la pelota en el suelo o frente al remate del rival. No hubo repetición. Menos Var. El árbitro tocó su mano derecha con la izquierda, luego de haber soplado el silbato con vehemencia, y la suerte estaba echada. Murúa sintió que le brotaban las lágrimas. Pero Cañón se le acercó y repitió su arenga. «No te preocupes por un accidente, Chino. Mira dónde estamos. Esto es grande, es lo más grande».

Frente a la pelota, a once pasos de la línea de gol, Enrique «Tigre» Sorrel no perdonó.

EL SUEÑO DE RENÉ PACHECO

(In Memoriam)

Es 1959, Colo-Colo ha ganado siete veces el campeonato nacional; Audax y Magallanes cuatro; Everton, Unión Española y Universidad Católica dos. La U forma parte del heterogéneo grupo de clubes que una vez fueron campeones, una sola. Los otros son Santiago Morning, Green Cross, Palestino y Santiago Wanderers. Aunque los porteños reclaman —y reclamarán por siempre— que deberíamos considerar sus dos títulos obtenidos en la Liga Porteña. En los años cuarenta esa Liga, reconocida por la Federación de Fútbol de Chile, contaba con jugadores profesionales y equipos de tres ciudades, lo que importaba una mayor jerarquía que la restringida competencia nacional santiaguina, que en esa época solo comprendía a clubes de una parte de la capital.

Sin embargo, el Club Deportivo de la Universidad de Chile es bastante más que sus formaciones, las que han logrado un par de campañas vistosas además del título de 1940; es decir, es mucho más que sus logros, que son mínimos. Salvo los últimos años, el equipo suele terminar los certámenes de la mitad de la tabla hacia abajo. Pero tiene una afición numerosa, de identificación laica y férreamente unida a la tradición de la universidad. Una parcialidad fiel y muchos proyectos centrados en el trabajo de enanos, que se viene desarrollando hace varios años en las inferiores del fútbol estudiantil, y que ha logrado ya un puñado de jugadores excepcionales, varios de ellos con puestos fijos en la selección. Pero, sobre todo, lo que busca este trabajo es que todos los futbolistas de la U se transformen en hombres íntegros. La señora Fresia, la asistente social, buscó y acompañó a chicos talentosos que sin su ayuda y la de la Universidad no habrían tenido ninguna posibilidad en el mundo del fútbol. En el Campeonato Nacional de 1959, la U ha mostrado todo su potencial, en particular en la última parte de la competencia: ha ganado diez de sus últimos once partidos; los últimos a Universidad Católica, Colo-Colo y Unión Española.

Es noviembre de 1959, hace unos meses han comenzado a transmitir los primeros canales de televisión, pero la radio es «el» medio de comunicación, y a través de ella los chilenos se informan y escuchan los partidos del Campeonato Nacional, que por esos días llega a su etapa final. Universidad de Chile junto a Colo-Colo han terminado empatados en la cúspide de la tabla de posiciones, ambos con 38 puntos. Es necesario el desempate.

La gran final se juega la noche del once de noviembre en el Estadio Nacional, repleto hasta las banderas. La U salta a la cancha con Luis Eyzaguirre, el Pluto Contreras y Sergio Navarro, encargados de hacer el trabajo sucio; con Hugo Núñez y Alfonso Sepúlveda en el medio juego y una delantera de lujo conformada por Braulio Musso, Ernesto Álvarez, Carlos Campos, Leonel Sánchez y Osvaldo Díaz; el entrenador es Luis «Zorro» Álamos, y el que camina con movimientos exagerados hacia el arco sur, vistiendo, a diferencia de sus compañeros, una casaquilla clara, es el arquero René Pacheco. Está nervioso, piensa en todo lo que hay en juego y no puede sacarse ese enorme peso de encima. La tremenda presión de saber que el conjunto azul, su familia, está a punto de lograr una hazaña y que los héroes, sus compañeros, sus hermanos, no son más que un grupo de chiquillos. Es un conjunto plagado de revelaciones. A pesar de la inexperiencia, con tesón, disciplina y amor por la camiseta, han ido paso a paso articulando una epopeya bajo las instrucciones de su mentor, Luis Alberto Álamos Luque. Tal vez hay hombres tanto o más talentosos en otros cuadros, quizás algunos puedan mostrar un fútbol más atildado; pero son sin duda sus compañeros los que han mostrado más hambre y merecen ser campeones. Y como siempre todo dependerá de él, del arquero. Patea suavemente el vertical derecho y murmura algo parecido a una oración; luego camina sobre la línea de gol mientras continúa con su plegaria en dirección al izquierdo y, una vez ahí, repite el sagrado ritual. Resta el toque de la suerte al travesaño, pero en ese momento el árbitro argentino José Luis Pradaude, con un pitazo escandaloso, declara inaugurado el partido. Ya no es tiempo de cábalas.

Es la noche del once de noviembre de 1959 y los primeros minutos son de estudio, en la cancha del Nacional el ambiente es pesadísimo. Pacheco ha soñado la noche anterior con un triunfo dos a uno, con goles de Álvarez y Leonel; con antorchas y llanto, con una multitud cantando extasiada «seeer un romántico viajero», armonía vibrante que llena cada rincón del coliseo ñuñoíno: hombres, mujeres, niños y ancianos. Todos los que llevan bien puesto en su pecho el fuego de la U roja, entonan las míticas estrofas que aquel grupo de estudiantes de arquitectura de la Universidad de Chile, años atrás, y mientras viajaban con destino a Antofagasta a bordo del Reina del Pacífico, inspirados por algún sabroso y alcohólico brebaje, le regalaron al pueblo azul. Pacheco ha visto en el sueño a sus compañeros, los nuevos campeones, se abrazan y luego llevan en andas al Zorro Álamos hasta el túnel de salida. Algunos entregan sus camisetas a los hinchas que invaden la cancha, abrazan a todos los desconocidos que, con sonrisa de triunfo y ojos vidriosos, demuestran ser parte de una celebración imperecedera. Al despertar, Pacheco ha sentido una sensación agridulce: entusiasmo y nerviosismo a la vez, y lamenta que todo hubiese sido solo un sueño, pero el fútbol siempre regala la posibilidad de transformar los sueños en realidad.

¡Atención! Colo-Colo viene en busca de la apertura de la cuenta, remata Jorge Toro y casi convierte. Mientras revisa la distribución de los hombres en el campo para poner de nuevo el balón en juego, Pacheco intuye que sus compañeros y rivales se dan cuenta de lo nervioso y errático que está. Minutos después, lo vuelve a poner a prueba Mario Moreno, nuevamente sin fortuna. Algo no anda bien, el ambiente tiene una densidad extraña, casi irreal, colores demasiado pálidos para la noche santiaguina, las siluetas de los jugadores le parecen transparencias. Él se siente raro, pesado, muy lento. Pero en su mente solo manda una idea: ganar. Entonces llega el turno de Hernán Rodríguez, quien se despacha un potente remate que Pacheco puede ver con nitidez; el tiempo se detiene mientras el balón borda el espacio con una trayectoria ondulante en dirección al larguero. Es palo. No, no lo es, la pelota entra. Colo-Colo se pone en ventaja, mientras Pacheco, de rodillas, mira desconsolado la gruesa costura y los cortes irregulares del esférico color café oscuro que allá lejos besa las redes.

El sueño de Pacheco aún puede ser verdad, solo faltan los dos goles, pero el tiempo pasa y los rivales se mantienen en ventaja. El nerviosismo cunde en las huestes azules. Eyzaguirre ya no sube por el carril derecho, y comienza a mostrarse impreciso en la marca. Musso corre desesperado de un lado a otro sin lógica ni intención. Campos, agobiado, hace pucheros de tanto perder la pelota frente a la soberbia defensa alba integrada por Caupolicán Peña, Fernando Navarro e Isaac Carrasco. No ha podido finiquitar ninguno de los centros que Leonel Sánchez le ha enviado, hasta la saciedad. Innumerables centros, unos mejores que otros. Cuando restan dos minutos para el fin, Leonel falla insospechadamente solo frente a Escuti que sí ha tenido una noche memorable. En la jugada siguiente Moreno convierte el segundo gol y definitivo, tras eludir a Pacheco y darle un toque suave a la redondita, para luego salir corriendo desaforado a abrazar a sus compañeros. Cabizbajo, el golero estudiantil, va a buscar la pelota al fondo del arco, masticando más convencido que nunca la afirmación que lo inquietaba al comienzo del juego: siempre el destino del fútbol depende del arquero. Colo-Colo logra su octava estrella y Pacheco comienza a vivir su infierno personal.

Fue la noche más negra de la vida de René Pacheco, en el momento decisivo de su carrera, su club, pletórico de ilusiones, había perdido por su culpa y el fútbol no le daría nunca más una revancha. Al día siguiente La Nación titulará: «Colo-Colo otra vez campeón», y en la bajada del encabezado: «Los pupilos de Flavio Costa se impusieron claramente a la U». El Mercurio, un poco menos escueto: «Colo-Colo logra un nuevo campeonato en vibrante definición»; el matutino, con muy poco espacio disponible para referirse a la buena campaña de los azules, destacará los errores y la falta de jerarquía de los hombres de la U en la gran definición. Especialmente del arquero.

Al comenzar la temporada 1960, Leonel Sánchez y Sergio Navarro fichan por Colo-Colo. Carlos Contreras y Luis Eyzaguirre por Universidad Católica, que comienza a armar un plantel portentoso, uno que le permita lograr de una buena vez su tercer campeonato. René Pacheco entrega la titularidad a Manuel Astorga, y así, desde la banca contempla a la distancia la gloria de sus excompañeros; los primeros con la camiseta blanca del Cacique, en 1960 y luego a los otros, a los que se suma Hugo Lepe, con la casaquilla de la franja (un plantel increíble con Alberto Fouillioux, Sergio Valdés, Hugo Rivera, Paco Molina, Pluto Contreras, Luis Eyzaguirre y Hugo Lepe), monarcas indiscutidos del balompié chileno el 61 y el 62. Ha llegado el momento de retirarse de las canchas, arrastrando por el suelo el lamentable sueño inconcluso de antorchas y gloria.

Universidad Católica gana además los campeonatos del 65, 66 y 67. Colo-Colo los del 59, 60, 63, 64 y 69. Ambos equipos son la base de la selección que obtiene el tercer lugar del mundial jugado en suelo propio, en la que brilla uno solo que en el medio local viste de azul: Jaime Ramírez Banda. El partido entre blancos y cruzados se transforma en un clásico. Clásico a rabiar, el más importante del fútbol patrio y uno de los imprescindibles del fútbol mundial. Un clásico de estilos, pero sobre todo político y social. Se reparten los campeonatos durante los años sesenta y luego la rivalidad se refuerza en los setenta. Los únicos que consiguen arrebatarle un título a los grandes son Everton y Unión; uno cada uno. El fútbol nacional se transforma en un monopolio de los dos portentos y el clásico universitario queda empantanado en el sótano de la historia. La U, el romántico viajero, comienza una dolorosa marcha sin destino, sin más que ocaso en el horizonte.

La Universidad de Chile y su club deportivo son desmantelados por la dictadura militar y lo poco que queda del club es arrojado por la borda. La U desciende en 1973 y tras un conmovedor esfuerzo logra ascender el 74. No tiene figuras, ni seleccionados; no tiene un estilo de juego determinado. Su barra es pequeña, integrada por un centenar de hinchas fanáticos, pero cada vez más viejos. Aquella Universidad de Chile no seduce a las nuevas generaciones. Como parte de un diseño refundacional la U comienza a usar una camiseta a franjas verticales azules y blancas e intenta reforzar un convenio con la Municipalidad de Conchalí, que había adquirido el estadio que antaño empleara la UC en lo que más tarde será la comuna de Independencia (los Cruzados construyeron con los dineros un coloso para cincuenta mil personas en San Carlos de Apoquindo). Así, el Chuncho pretende cultivar una localía especial, hacerse fuerte en el barrio de Independencia. Solamente en aquel suburbio, los ahora listados, tienen una cantidad significativa de incondicionales; menos que Unión Española, que se hace respetar en Santa Laura, pero suficientes para armar un clásico de barrio de cierto brillo al enfrentar a los hispanos. Pero el evento se produce apenas un par de veces y en la medida en que los resultados deportivos no mejoran, la U vuelve a descender en 1975 y esta vez sin retorno.

La Universidad, la Casa de Bello, abandona desgastada el profesionalismo en sus ramas deportivas, y lo que queda del club de fútbol se fusiona con un emergente cuadro oro y cielo de la Universidad de Concepción. Se le denomina Club Universitario de Chile, y su camiseta listada, esta vez con franjas horizontales, azules y amarillas, nutre de mística a un interesante proyecto. El chuncho en la insignia queda en el olvido, el nuevo escudo conserva la letra U, más redondeada y enmarcada por laureles y otras filigranas intrascendentes. El 7 de enero de 1977 la Asociación Central de Fútbol (ACF) aprueba su incorporación a la Segunda División, junto con otro novedoso experimento denominado Cobreloa, financiado por Codelco, es decir por todos los chilenos. Al Universitario le caen algunas monedas, migajas de los presupuestos de extensión de ambas casas de estudios, platas controladas con celo por los funcionarios de confianza de la junta militar. Ambos equipos luchan por el título de segunda junto a Malleco Unido y Santiago Wanderers. Los Universitarios parecen revivir, su bullanguera barra los acompaña a todos lados, banderas azules y amarillas flamean por doquier. Crean cantos y un nuevo himno, con algunos versos rescatados del Romántico Viajero que identificó hace años a la U. Varios de los bulliciosos integrantes de aquella barra desaparecen ese año sin dejar rastro. Algunos de ellos habían militado en el MIR y participaban activamente de la oposición al régimen. Otros no. Pese a la buena campaña del Universitario y el entusiasmo refundacional, Cobreloa es el elenco promovido ese año a la categoría de honor, luego de imponerse en la liguilla del ascenso, tras derrotar a Malleco Unido, Wanderers y, por cierto, al refrito estudiantil. Los Zorros del desierto intentarán opacar el protagonismo de los dos grandes durante los ochenta y alcanzarán un par de títulos e incluso dos finales de Copa Libertadores.

Pero en nuestro fútbol hay lugar solo para dos protagonistas. El balompié chileno se polariza aún más y en cada detalle de la vida cotidiana las preferencias están asociadas a uno de los gigantes. Si te gusta Tito Fernández, desde luego tu equipo será Colo-Colo; si son Los Quincheros, no cabe duda que será la Católica. Si tomas pipeño, eres albo de corazón y si prefieres el Manquehuito Pop Wine, llevas en el alma el deseo de triunfar por la patria, Dios y la universidad. No hay más alternativas, la rivalidad se transforma en una caricatura grosera y desde el año 1991, salvo el 2001, los únicos campeones son albos y cruzados. Ni el Celtic-Rangers escocés resulta tan excluyente.

Una vez que Chile vuelve a la democracia, con un emblemático hincha de Universitario, Patricio Aylwin, como presidente de la nación, la rivalidad entre Universidad Católica y Colo-Colo se proyecta también en las lides politicopartidistas. Se hace habitual ver en los cierres de campaña presidencial o senatorial a los candidatos de derecha engalanados con centenares de banderas de la franja, así como lienzos con el insigne héroe araucano en los mítines de la izquierda. Paralelamente, Cobreloa decae y ocupa con frecuencia el tercer lugar en los campeonatos nacionales y copas Chile, tanto así, que es conocido a nivel local y sudamericano como el «eterno Chile 3».

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102 S. 4 Illustrationen
ISBN:
9789563384925
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