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Viaje de ida

Memorias políticas, 1977-2007

Viaje de ida

Memorias políticas, 1977-2007

Ricard Pérez Casado

Universitat de València

© Ricard Pérez Casado, 2013

© De esta edición: Universitat de València, 2013

Publicacions de la Universitat de València

Arts Gràfiques, 13 - 46010 València

Diseño de la cubierta: Inmaculada Mesa

Ilustración de cubierta: Ricard Pérez Casado (2013). Fotografía de Miguel Lorenzo

Corrección y maquetación: Communico, C. B.

ISBN: 978-84-370-9341-3

Edición digital

A Albina Casado, mi madre

A Júlia, Ricard; a Marta y Vera

A Ricardo Pérez, mi padre, y a Josep Pérez, mi hermano

A mi ciudad, València

Índice

Agradecimientos

1. Introducción. El porqué de unas memorias políticas, 1977-2007

2. Una vida valenciana en la segunda mitad del siglo XX. Apuntes biográficos personales y profesionales

3. Diez años y un prólogo. El Consejo Preautonómico del País Valenciano y el Ayuntamiento de València

El punto de partida

Pensar la ciudad, haciéndola

Liberar obstáculos

La modernización de una vieja Administración

Una estrategia económica para la crisis, sin respuesta

La ruptura urbanística, la estrategia metropolitana y la ciudad nueva

La cultura y el Mediterráneo

Fiesta e identidad

El 23-F de 1981 y la estatua de Franco

De sucesos varios, eventos y catástrofes

La transición democrática de la Administración local y el nuevo municipalismo: la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP)

4. Partido y gobierno. Una experiencia a la valenciana no tan diferente, y una dimisión

5. Mostar y los Balcanes (1996)

6. Diputado a Cortes Generales (2000-2004)

La Copa del América (2005-2007)

La Caja de Ahorros de Valencia, Bancaja, y la Fundación Bancaja (hasta 2009)

8. València desde la distancia comprometida

9. El retorno de la política

Anexo documental

Discurso toma de posesión como alcalde. 5 de octubre de 1979

Acuerdo del Pleno del Ayuntamiento de València. 24 de febrero de 1981

Interrogatorio en el Juzgado Especial Togado de Instrucción 3.ª Región Militar. 15 de marzo de 1981

Discurso sobre el estado de la ciudad. 28 de julio de 1988

Carta a Joan Lerma. 9 de septiembre de 1988

Carta manuscrita a Lerma

Entrevista Miguel Ángel Villena. El País, 18 de septiembre de 1988

Cartas y testimonios dimisión. 30 de diciembre de 1988

Texto dimisión y comparecencia ante los periodistas. 30 de diciembre de 1988

Acuerdo Mostar. 25 de mayo de 1996, en inglés, «croata» y «bosníaco»

Proposición No de Ley sobre Mauthausen. 19 de octubre de 2000

Texto de la orden de Hitler sobre Prisioneros Rojos Españoles. 25 de septiembre de 1940

Proposición No de Ley sobre Guerrilleros. 21 de febrero de 2001

Siglas

Índice onomástico

Agradecimientos

Este libro tiene, como todos, un autor, en este caso yo mismo. La autoría intelectual es sin embargo coral. No podría entenderse de otro modo, pues son centenares, o más, los hombres y las mujeres que han hecho posible su redacción, que no otra cosa son estas memorias y los apuntes autobiográficos que contienen.

Hombres y mujeres en muchedumbre o en solitario que me han sostenido en las convicciones, en la amistad y la cercanía o en la discrepancia y el alejamiento. La coralidad tiene además el sentido de aliviar la timidez del autor, que algunos pudieron confundir, a lo largo de mi acción política pública, con la altanería o el desdén. Ni lo uno ni lo otro, si acaso una cierta ironía que es defensa ante la expresión de los sentimientos de cercanía y afecto, que deben ser administrados siempre con prudencia y más cuando de actuación pública se trata.

Aquí procuro reconocer, singularizándolos, a algunos de los responsables de que este texto vea la luz. Un texto elaborado de modo intermitente, según permitían las circunstancias del de pane lucrando, a lo largo de los años 2009 y 2010. El primero de esos «responsables» es Josep Sorribes Monrabal, académico y tenaz ciudadano comprometido en medio de la silenciosa grey. Me refiero a él en numerosas ocasiones, ya que casi me acusó de lesa ciudadanía si no dejaba testimonio escrito de mi vida pública. Como por su parte hiciera Rafael Aracil, asimismo académico y lector de una primera versión del manuscrito. El ánimo conminatorio a veces, amable siempre, alejó algunas dudas acerca de la validez de los contenidos y de la propia oportunidad de la redacción del texto, y más de darlo al público. Las observaciones precisas y la pulcritud de sucesivas opiniones y reflexiones contribuyeron a que el mismo autor reflexionara a su vez sobre la confección del relato.

La proximidad y la tenacidad de Sorribes, junto con las precisiones de Aracil, constituyen un testimonio de amistad impagable.

Y no hay dos sin tres; siempre hay un siguiente que se agrega a la coralidad que cité al principio. Sin llegar a tales extremos, sumo a otros contribuyentes al ejercicio de reconstrucción de la memoria. Vicente Blasco Infante acotó algunos hechos desde su remoto, en el tiempo, puesto de secretario del alcalde de València y aportó sus medios para la reproducción y custodia del primer manuscrito. Evarist Caselles Monjo y su gente hicieron posible una primera edición, base de las ulteriores e imprescindible para las correcciones sucesivas. Y Núria Sapiña Cortés, mi ejemplar secretaria en tiempos pasados, fue capaz de descifrar mi aparentemente ordenada caligrafía y convertirla en texto legible de ordenador. Todos amigos, como los profesores mencionados, y tolerantes con el autor y sus iras breves.

La consulta de hechos he de agradecérsela a Juan Llanes Calvet, en quien se unen al hecho de ocuparse de mi secretaria en el Ayuntamiento de València la amistad y lealtad cultivadas a lo largo de los años.

Poner en orden un archivo de tantos avatares y que además ha sufrido los desórdenes de varios traslados no es tarea fácil. En este punto la ayuda de Marta Juste ha sido valiosa, aunque no hemos podido con todo. Pese a ello, y con la selección documental acordada con Sorribes, la curiosidad lectora tendrá, confío, cumplida satisfacción.

La inexactitud y el olvido, voluntario o involuntario, han sido colaboradores útiles, en especial cuando una y otro venían de los media. La mentira goebbelsiana, tan extendida como una pandemia, ha contribuido, sin proponérselo, a mi indignación primero y a proporcionar su bálsamo después mediante la precisión testimonial y documentada. No lo siento por ellos, cuya inanidad e insidia desprecio.

Un ejercicio intermitente y a la vez dilatado en el tiempo, siempre circunscrito a los periodos vacacionales, tiene sus perjudicados, víctimas acostumbradas a lo largo de los años a las ausencias o retraimientos del autor. Júlia Blasco Estellés y Ricard Pérez Blasco, y desde el 2008 Vera Pérez Juste, no han tenido siempre a su lado a su compañero, padre y abuelo.

La lista se alarga a mis convecinos y amigos de Alcalá de la Selva, en cuyo entorno de Las Majadas he podido disponer de la tranquilidad casi siempre y de la amabilidad en todo caso.

El capítulo de «responsabilidades» se amplía a Joan Romero, catedrático y amigo, que entendió que este relato tenía o podía tener su acomodo en un ámbito académico, y a Gustau Muñoz, que lo acogió de inmediato en Publicacions de la Universitat de València y se ocupó del siempre tedioso ejercicio de la edición con el rigor al que acostumbra.

Por supuesto, los errores y las opiniones, así como la totalidad del texto, son de mi responsabilidad.

Alcalá de la Selva (Teruel), València, 25 de octubre de 2010; y julio de 2011 y 2012

1
Introducción.
El porqué de unas memorias políticas, 1977-2007

«¿Cuentas toda la verdad?». Con este incrédulo interrogante me interpeló Teresa Blasco Estellés, mi cuñada. «Todo cuanto relato es verdad», fue mi respuesta.

Este texto no pretende la exhaustividad, casi siempre inalcanzable, ni se basa en la prolijidad factual que tanto distrae y poco aporta. Contiene, eso sí, hechos y reflexiones sobre estos, y por supuesto opiniones. El lector sabrá discriminar unos y otros.

Estos fragmentos de memoria pueden parecer demasiado locales, y sin duda subjetivamente individuales. Si el lector tiene la paciencia que acompaña a la lectura, comprobará que las reflexiones, opiniones y aun el propio ejemplo local e individual son transferibles a otros lugares y situaciones, a veces por desgracia, como en el caso de los partidos políticos y sus comportamientos internos o el descrédito de la política, que acecha y amenaza al sistema democrático con su procesión de escándalos, incompetencias y corrupción.

La admiración por la habilidad política reducida al cinismo y la ausencia de escrúpulos de algunos políticos, con frecuencia admirados y jaleados por los media, solo traducen la indefensión de una sociedad poco vertebrada y con frecuencia reducida al analfabetismo político, precisamente a causa de estos políticos. La reducción de la política a espectáculo mediático y la sustitución de los valores por un único valor de referencia, el dinero, medida del éxito, han hecho el resto. De ahí al todo vale hay apenas un paso que incluye la vulgaridad, la zafiedad, el insulto y su correlato de desprecio a la inteligencia. Todo ello sin el antídoto de la discusión razonable, de la cultura y de la urbanidad. Nada excepcional para singularizar mi ciudad, aunque las actitudes irresponsables y la voracidad procuren ejemplos lamentablemente singularizadores que avergüenzan la dignidad de todo un colectivo honrado.

El texto, eso sí, resume los aspectos que juzgué más relevantes de una dedicación pública que abarca unos dieciocho años de mi vida: casi diez de ellos en el Ayuntamiento de València, algo más de uno en los Balcanes y el Mediterráneo más conflictivo, cuatro en el Congreso de los Diputados y tres entre el Instituto Europeo del Mediterráneo a tiempo parcial y la Copa del América. Con un compromiso que se despliega desde 1961 hasta hoy, cincuenta años desde la adolescencia.

Cuando miro a mi alrededor compruebo que mi ejercicio de responsabilidades públicas es menor, como reducido frente a los currículos desarrollados por gentes más jóvenes de edad, a partir de 1975-1977. Sobrellevo con benevolencia mi condición de político, que lo soy y fui, en el sentido que algunos adjudican al término. Reclamo, como se verá, mi condición de profesional que ha tenido que ganarse la vida con su trabajo a cambio, al final, de una pensión pública nada opulenta. Con orgullo atiendo a quienes tienen la bondad de dirigirse a mí con muestras de agradecimiento o inquiriendo acerca de sus dudas, zozobras o compromisos en esta época de crisis.

Esta condición, la de político, me enorgullece, pues pese a lo que sucede y a cuanto señalé más arriba acerca del descrédito de la política, esta es una ocupación de lo más digna y generosa. De hecho, he predicado y escrito sobre la necesidad de un retorno a y de la política frente al secuestro de esta, primero por parte de los guerreros neocon de fin de siglo y siempre por la hidra sin cara que ahora llaman mercados. Un resumen de mis ideas al respecto se encuentra en el capítulo 9 de este libro.

Sin duda alguna, esta tenacidad y su correlato de lealtad me han procurado sinsabores e incomprensiones. Mi temprana adscripción al socialismo democrático, a la socialdemocracia y a la libertad, molesta a más de un flojeras de la memoria, cuando no memoricida, ya se trate de prominentes cofrades o de plumíferos enrocados en el rencor. El lector tendrá cumplida cuenta en el relato que sigue. En mi caso, desprovisto de rencores, no hay olvido, porque los hechos, la realidad en el tiempo y la razón son obstinados.

Poco importa la manipulación a la que ha sido sometida buena parte de mi actividad pública, de modo singular en el caso de mi permanencia en el Ayuntamiento de València, por supuesto sin someterla al escrutinio de la verdad. Pequeñas vacas sagradas de pastoreo provinciano o incluso sin superar los límites del término municipal se han ocupado de escupir sobre los hechos o incluso, tercos, han alcanzado la cota de la miseria borrando mi nombre. Como el personaje de Manuel Rivas parezco a veces O... Alcalde sem nome hasta aspectos grotescos, alguno de los cuales relato en su momento y lugar.

Desde luego, el rebaño pasta y abreva en su mayoría en las instituciones, tan denostadas, y en los media de un país, el mío, el valenciano, que ni esto ha podido evitar, ser un país de propietarios, porque en efecto parecen existir propietarios de los temas y de las circunstancias. Como se citan entre sí, la propagación de los clisés puede alcanzar cierto éxito y sumir al visitante o al ajeno a sus temas en la perplejidad. Los abrevados, inútil aclararlo, son legión y se superponen cual capas geológicas a los sucesivos cambios políticos, en su mayoría desde el PSOE al PP. Los más cobran y callan y unos pocos, desde esta confortable comodidad, reparten créditos de buen hacer o virtud democrática. Todos sienten una pereza bíblica por la hemeroteca, aun por la propia.

En lo que a mí y mi actividad pública se refiere, este texto procura eliminar hasta donde es posible la capa de miseria y mugre con que estos y otros han querido obsequiarme a lo largo de los últimos años.

Debo confesar que conservo unas pocas convicciones basadas en unos pocos valores. El adverbio no mengua la firmeza de unas y otros. Lo he resumido a veces en proposiciones sencillas: nada sin la razón, nada sin la libertad. Lo aprendí de maestros lejanos y bien presentes en las páginas que siguen. La irracionalidad es barbarie y la ausencia de libertad, esclavitud. Una y otra, barbarie y esclavitud, no pueden constituir la base de una sociedad libre y justa. De aquí que sea legítimo siempre aspirar a una sociedad democrática, a una sociedad más igual. En mi caso, como ya anticipara, con mi adscripción al ideario de la socialdemocracia, o el socialismo democrático, desde los años sesenta del pasado siglo. En el marco de lo que conocemos como valores republicanos, de la laicidad a la solidaridad, y de sus sucesivas ampliaciones de derechos universales y de obligaciones de la ciudadanía, desde la mujer protagonista del cambio de siglo al medio ambiente y los derechos de la tierra.

Estas pocas convicciones basadas en unos pocos valores se han convertido en roca granítica a la que no renuncio, y me llevaron a un compromiso permanente con mi ciudad y mi país, como primeros referentes, con su naturaleza y con las generaciones del pasado y del futuro. Un compromiso que permanece incluso cuando la indignación, justificada, empuja a alejarse del limpio discurso de la razón, cuando la lucha contra la miseria cotidiana alcanza los límites del buen sentido.

Un compromiso que tuvo como primer objetivo la democracia, el retorno de las libertades y la aspiración a integrar el país y su ciudadanía en una Europa que asentaba las bases del bienestar para la mayoría en el marco de la libertad. Una Europa necesitada de una España amputada por la dictadura victoriosa sobre la democracia, como subrayaba alguien tan poco sospechoso de izquierdista como el general De Gaulle. En un Mediterráneo acechado por conflictos sucesivos y, sin embargo, como he visto a lo largo de estos años, clave para su solución.

Con este liviano bagaje y algunos pertrechos profesionales me encaminé a la dedicación política, tan amarga en los antecedentes familiares como se verá. Primero en la época sin horizontes, todo optimismo de la voluntad y razonable pesimismo de la realidad. Y más tarde, cuando se reabrió la gran esperanza tanto tiempo aguardada.

Al evocar hechos y situaciones como las que se recogen en este libro me asaltan dos dudas, o mejor dicho, reflexiones, pues los hechos son indubitables. Todo ello a propósito de la recuperación democrática y, en una medida menor, de mi participación en esta a través de mi dedicación pública. La primera observación, por así decirlo, se refiere a la ambición. Una ambición colectiva, por supuesto, pero que también afecta al autor. Todo, y ya, vino a ser la consigna. Sostengo que esto no fue acaso prudente, dado el contexto del que se partía, y que tal consigna pudo ser caldo de cultivo de un cierto desencanto cuando los objetivos y su cumplimiento se dilataban en el tiempo.

La segunda hace referencia a una expresión anglosajona que me resulta familiar y más al recordar propuestas y acciones de gobierno que impulsé en mi ciudad, o en dedicaciones ulteriores en la Administración de la Unión Europea en Mostar (EUAM, en su sigla inglesa) o en el Congreso de los Diputados. Dice así: to soon, to later. La segunda parte la desdeño, pues no dejaría de ser lamento de lo que pudo haber sido y no fue, al decir de los boleros. El demasiado pronto sí me ha dado mucho que pensar respecto de las propuestas políticas cuando llevan aparejadas decisiones de gobierno, y a ello se une la ambición de cambio.

La política de seguimiento de encuestas de opinión, con ser una herramienta imprescindible en la era comunicacional, conduce sin embargo, o bien a la inacción –ya caerá la manzana–, o bien a seguir la volubilidad de una opinión sometida al bombardeo mediático más interesado que neutral.

Me incliné siempre por las propuestas ambiciosas aunque a veces fueran prematuras y no siempre entendidas, ni siquiera por quienes eran mis cofrades de organización política o de gobierno. El tiempo me dio la razón, en este caso sí, un poco tarde, y no me evitó en su momento más de un disgusto que se refleja en las páginas que siguen. Retenga este aspecto el lector cuando repase hechos y avatares que se relatan a propósito de mi alcaldía de València, o de la estructura del Estado de las autonomías, la memoria histórica o el papel de la Unión Europea en el Mediterráneo o los Balcanes.

Lo que sigue en este capítulo es una sucinta explicación del porqué de unos fragmentos de memorias políticas acotados en una dimensión temporal, la que media entre las elecciones generales del 15 de junio de 1977 –las primeras democráticas después de las del 16 de febrero de 1936– y finales de octubre del 2007, momento en que acabaron mis dedicaciones públicas.

En todo caso, ha sido un camino de ida, pues a diferencia de la irónica expresión de Juan de Mairena, nunca estuve de vuelta sin haber ido antes a alguna parte.

La atención a y por la política se inicia en la adolescencia. Sin mucho mérito por lo que respecta a la precocidad: víctima de una guerra civil y de la prolongada posguerra dictatorial, pertenecí a un segmento familiar nada dado al olvido y muy dado a razonar, las más de las veces de modo vehemente y en casa, sobre las causas y consecuencias de una derrota total.

En estas páginas me he limitado a un lapso de tiempo, el que se inicia con mi adhesión al PSOE y concluye con el término de mi mandato como comisionado del Gobierno para la celebración de la XXXII Copa del América. O lo que es lo mismo, comprende la totalidad de mi trayectoria política pública, vinculada a las administraciones por así decir.

Estos treinta años no han sido un continuo sin interrupciones. En 1978/1979 hubo una primera pausa, breve, acaso producto de alguna indecisión inicial respecto a la militancia y ante una dedicación que se me antojaba ardua, y que podría alterar la placidez familiar y una independencia que me era vital.

Hechos y circunstancias y una voluntad derivada de la pasión política, por lo público, me convencieron del camino elegido en 1979. Una década más tarde volví por donde solía, a la calle, cuando dimití de alcalde de mi ciudad, València.

Antes de penetrar en los contenidos de este volumen, buenos amigos lectores me hicieron ver la necesidad de explicar y dar a conocer mis actividades al margen o fuera de la dedicación pública. Lo que se explicitará en el siguiente capítulo es una especie de apuntes biográficos sometidos a la brevedad que exige mi propósito inicial, precisamente la actividad pública. Tal vez ello contribuya a una mejor comprensión por parte de los lectores menos amigos, o así lo espero yo mismo.

Cuanto se dice y cuenta, pues, en el cuerpo de lo escrito se refiere a hechos, experiencias y acontecimientos que me han sucedido en el desempeño de tareas públicas, las más de las veces con la satisfacción adicional de haberlas ejercido como electo, esto es, a partir del refrendo popular democrático. Algún amigo suele decir, entre bromas y veras, que nunca perdí unas elecciones para las que fuera propuesto... ¡incluso en el seno de la organización partidaria!

En todas estas ocupaciones, de 1977 al 2007, lo hice siempre como militante socialista, aunque solo en dos casos, mis misiones en Mostar y en el proyecto Medbridge, no fuera esta circunstancia la fundamental para los encargos que recibí.

Digo esto porque a lo largo de mi vida, la pública y la privada, mucho más extensa, me ha sido dado contemplar numerosos casos de travestismo político. E incluso comprobar que estos cambios podían ser saludados como ejemplar habilidad de sus actores.

La lealtad a las convicciones, pocas con el paso del tiempo pero más firmes si cabe, me acompaña desde el inicio de la vocación política. Y la lealtad a la organización, algo que en mí sucede a las convicciones. En ambos casos se añade otra lealtad que recorre toda mi vida hasta hoy: la que deriva de mi confianza en las personas y que he procurado traducir con mis amigos y amigas.

Estas memorias, más o menos fragmentarias, recogen pues los hechos y circunstancias vividos por el autor en el desempeño de sus funciones y tareas públicas. Me empujaba a escribir este relato un doble acicate: yo mismo, para poner en algún orden disciplinado por el método recuerdos y vivencias, aciertos y errores que ocuparon una buena porción del tiempo de mi vida, y en segundo lugar, pero no menos importante, dar testimonio de ello antes de que se extingan los testigos.

Para el primero de los acicates, el personal y más íntimo, no era menester dar a conocer el balance que uno mismo hace de su vida, ni pública ni privada. Esto va con uno mismo, como la ciudad, y nada ni nadie puede arrebatársela.

Por su parte, el segundo, el testimonio público, tiene una naturaleza más compleja acaso para mí. Una formación en parte de historiador me impelía, incluso con el aguijonazo de maestros y colegas, a dejar testimonio escrito y en su caso documentado. Se quejan, y yo me he quejado, de la tradición ágrafa de una gran mayoría de los políticos de la Transición democrática a esta parte. De manera más intensa este reproche o carencia se prodiga en mi territorio natal, València, y su comunidad autónoma.

A estas consideraciones, ciertas unas y otras en lo que concierne a los acicates para emprender la tarea de escribir acerca de los recuerdos de uno mismo, a estas consideraciones digo, se añadían otras no menores. Al menos para las preocupaciones constantes del autor. El término memoricidio, creo que acuñado por Juan Goytisolo, se cierne como una enfermedad contagiosa en su manifestación como desmemoria. Esta, al cabo, es el síntoma, y acecha a propios y extraños, con mayor o menor intensidad, según el grado de afección que desea o tolera el paciente. Porque a diferencia de otras pestes, en el memoricidio interviene la voluntad, mientras que la desmemoria tiene curación, aunque los pacientes no siempre acepten la terapia: leer, escuchar, documentarse.

Es cierto que la banalización de la política, el aturdimiento de la corriente/torrente informativa y la manipulación de todo ello no contribuyen a la claridad del mensaje, al acercamiento a los hechos tal como se produjeron. De ello hay abundante cosecha en las páginas que siguen.

No oculto también que en mi caso, como por desgracia en tantos otros, la manipulación memoricida ha sido reiterada, persistente y con frecuencia insidiosa. O esperpéntica, como se verá. Y no solo, como pudiera pensar el lector honesto, por parte de los adversarios políticos y sus corifeos mediáticos. Estos solo tienen que recurrir, en los más de los casos, a mis propios conmilitones y a su desmemoria. Tengo el testimonio de un encumbrado periodista cuyo director de medio le prohibió mentar mi nombre, aunque ello los llevara a hacer el ridículo. Más o menos decía: «El ministro (con nombre) respondió que el Proyecto de Parque Central no era más que una ocurrencia». ¿Ocurrencia, de quién? A este respecto, aún recuerdo la tarde en que reuní en mi despacho de alcalde al director de la Oficina del Plan, Alejandro Escribano, y a mi colaborador por entonces González Móstoles, y decidí, contra la opinión del primero, incluir en el PGOU en redacción la gran mancha verde. «Una generación y lo conseguiremos, si no se propone nunca lo tendremos, aunque se conocen las objeciones de Renfe, del Estado, y la amenaza de los expropiados que reclamen sus propiedades». De perlas así me he podido fabricar un collar de varias vueltas al que hago referencia a lo largo y ancho de este relato.

Mi compromiso, como he comentado, fue temprano y permanece en lo que respecta a las gentes, sus preocupaciones, su bienestar y felicidad, su destino junto a la naturaleza y los seres vivos que nos acompañan. No he seguido, y a estas alturas de vida no seguiré, la única consigna de ser «en la juventud radical, en la madurez conservador». Es estúpida, significa ser de derechas siempre. Eso sí, radical cada vez más, para ser conservador de un patrimonio de convicciones e ideas que ayuden siempre a hacer del mundo, del territorio y de la ciudad un lugar más habitable, más amable, más humano.

Todo esto es lo que me llevó a compromisos sucesivos, una parte de los cuales se incluyen en este libro. Unos compromisos que siempre tuvieron su fundamento en las convicciones y nunca en los intereses, menos aún en los míos. Con mis maestros, a los que citaré oportunamente, estas convicciones no han sido otras que la libertad, el oxígeno de la política y la vida social, la democracia y el socialismo como marco y herramienta para la sociedad. Y todo ello en el escenario real y nada abstracto de la ciudad y el país, el espacio urbano y el territorio. Es decir, una dedicación tenaz y continua a los demás que la fortuna ha querido que me acompañe hasta hoy mismo.

Con el consejo y la enseñanza de mis maestros he procurado siempre actuar con honestidad, y desde luego con libertad. No de otro modo he conseguido la tranquilidad y la felicidad para mí, para los míos y para todos aquellos a quienes iba dirigido mi esfuerzo público. Y esta guía es la que preside y orienta la redacción de este relato.

El sentido de este texto, de memorias no exhaustivas, no es otro que contribuir, en los más de los casos, a esclarecer hechos y puntualizar algunas ignorancias que he visto prodigarse a lo largo de estos treinta años. Desde un observatorio que no es necesario aclarar que es individual y personal.

Ignorancias con frecuencia intencionadas e interesadas que se unen a la epidemia del memoricidio y a la desmemoria, mucho más extendida de lo que nuestros conocimientos e instrumentos permiten para poder atajarla. Ni siquiera, y es un ejemplo, los periodistas consultan su hemeroteca, que ya es decir.

Para la convención del género memoralístico, el texto que sigue plantea algunos inconvenientes. Aunque lo he supeditado al corsé cronológico con la secuencia de ocupaciones públicas, me he permitido algunos saltos temporales para mejor ilustrar las circunstancias que me llevaron a sostener esta o aquella opinión, esta o aquella acción. El lector sabrá disculpar más de una reiteración o el tedio de la precisión cronológica igualmente reiterada.

Con ser este un inconveniente, puede existir uno mayor. Y de mayor riesgo para el autor. Es el caso de la aportación de reflexiones tanto del pasado como del presente acerca de cuestiones políticas, por supuesto, pero también de naturaleza profesional y de otra índole. En estos casos, la reflexión gira en torno a los temas que me han ocupado a lo largo de más años que el periodo aquí acotado.

Creo, sin embargo, que las ventajas superan los inconvenientes, en la medida en que opiniones y reflexiones pueden contribuir a entender mejor algunas acciones y a veces hechos que se contienen en la narración.

El riesgo puede ser la distracción, pero tampoco estas memorias son un diario ni una colección meramente factual. Tienen, como no podía ser de otro modo, un contenido subjetivo, individual, que puede mitigar estos elementos de reflexión de carácter más objetivo que no neutral, por supuesto.

Acaso esta circunstancia aleje un tanto el carácter meramente testimonial pero puede que en beneficio del lector; no lo sé.

Como el hecho de situar a personajes, y a las personas que he visto de cerca, en sus grandezas y en las pequeñas miserias que a todos nos acompañan. Se deslizan sus perfiles en cada una de las páginas que conviene a la narración.

€14,99