Buch lesen: "Su última línea"
Глава
Este libro nació de dos preguntas.
La primera: ¿qué pasa cuando la persona a la que amas a través de las páginas un día te abre la puerta? No metafóricamente. Literalmente. Abre la puerta de su apartamento y dice: «Pase. Pero sea breve».
La segunda: ¿qué pasa cuando descubres que no amas al autor, sino al hombre detrás de él? Al que se quita la chaqueta, acaricia a su perro y mira en silencio la ciudad ardiendo. Al que no teme a la oscuridad, sino a lo que hay en ella.
Micaela Arenas llegó a Tokio desde Córdoba, una ciudad donde el sol seca la tierra hasta agrietarla y las mujeres llevan flores en el pelo en lugar de respuestas. No sabía que su amor por las palabras ajenas la llevaría a un mundo donde las palabras matan más que los cuchillos. Donde el nombre es un escudo. Donde el silencio es una confesión. Donde el último pétalo de sakura cae sobre una gota de sangre, y nadie sabe si eso significa el final o el comienzo.
Akira Kurokawa escribía sobre el vacío como si lo conociera de memoria. No sabía que el vacío tiene nombre. Que vive en Argentina, huele a hierbas amargas y lo mira con los ojos de una chica que vino a pedir un autógrafo y encontró la verdad.
Este libro trata de lo que sucede cuando dos vacíos se encuentran y deciden que juntos es más fácil respirar. Aunque el aire huela a gasolina y a crueldad ajena. Aunque alguien ya haya prendido fuego a tu vida y te observe de pie frente a las llamas, sin moverte.
Lean. Y recuerden: algunas cosas son demasiado valiosas para convertirlas en letras. Pero hay una verdad que solo pertenece a dos personas. Y esa verdad no muere. Ni siquiera cuando todo arde.
El Autor
CAPÍTULO 1
Micaela leía el libro de Akira Kurokawa por tercera vez, y eso era extraño, pues los libros que uno lee por tercera vez no suelen llorar contigo, y este lloraba, y Micaela lloraba con él, y las lágrimas caían sobre la página, sobre esa misma página donde el protagonista está de pie en la azotea y mira la ciudad, y piensa que el vacío que lleva dentro no es algo que haya que llenar, sino algo que hay que entender, y Micaela entendía, y ese entendimiento la hacía sentir más ligera y más pesada al mismo tiempo, como ocurre cuando por fin le pones nombre a algo que te duele desde hace mucho, y nombrarlo no cura, pero hace visible el dolor, y un dolor visible se puede sostener en las manos, mientras que uno invisible, no.
Eran las tres de la madrugada. Buenos Aires dormía. Micaela estaba sentada en el sillón junto a la ventana, con una copa de malbec que hacía rato que no bebía, simplemente la sostenía, y el vino en la copa era oscuro como la noche tras el cristal, y Micaela miraba el libro y pensaba que ese hombre, el que había escrito esas líneas, estaba en algún lugar allá lejos, en Japón, y no sabía que ella existía, y no sabía que ella leía su libro por tercera vez, y lloraba, y sostenía una copa de malbec que hacía rato que no bebía, y eso no dolía, sino que parecía correcto, pues hay personas que escriben para ti sin saber que existes, y esa es la forma más honesta de amar: amar a quien no sabe que lo amas, y no espera ese amor, y no lo pide, sino que simplemente escribe, y tú lees, y eso es todo, y eso es suficiente.
El teléfono sonó. Micaela miró la pantalla. Un número desconocido. Podría no contestar. Podría apagarlo. Podría dejar el teléfono sobre la mesa y seguir leyendo, y nadie sabría que no contestó, y eso estaría bien, pues las tres de la madrugada no son hora para llamadas, pero ella contestó. No porque quisiera contestar. Sino porque el teléfono sonó justo ahora, en este minuto, cuando ella leía esa misma página donde el protagonista está en la azotea, y eso no era una coincidencia, y Micaela creía en las coincidencias, no en las que son casuales, sino en las que no lo son, y esta llamada no era casual.
— ¿Señorita Álvarez? —dijo una voz al otro lado. Femenina. Suave. Con acento japonés. — Me llamo Nanami. Soy la secretaria personal del señor Kurokawa. Nos gustaría invitarla a una entrevista. Exclusiva. En Tokio. En una semana. Todos los gastos corren por nuestra cuenta.
Micaela calló. Miró el libro. Esa misma página donde las lágrimas habían dejado marcas. Y pensó: esto no puede ser verdad. Esto es un sueño. Es ese mismo sueño que una tiene cuando lee un libro por tercera vez y llora, y sostiene una copa de malbec que hace rato que no bebe, y sueña que la persona que escribió ese libro la llama, y ella vuela hacia él, y es un sueño, y por la mañana despertará, y todo será como antes, y eso estará bien, pues los sueños existen para mostrar lo que no puede ser.
— ¿Señorita Álvarez? ¿Me oye? —preguntó Nanami.
— Sí —dijo Micaela. Y su voz tembló, y no intentó esconderlo. — Oigo. Vendré.
Colgó. Miró el libro. La copa de malbec. La ventana, detrás de la cual Buenos Aires dormía. Y pensó: aquí termina. Aquí termina esa vida que fue. Y comienza la que será. Y cómo será esa nueva vida, ella no lo sabía. Y no quería saberlo. Pues saber significa temer, y temer significa no ir, y ella quería ir. Quería volar. Quería ver al hombre que escribió las líneas que ella lee por tercera vez y llora. Y ese deseo era más grande que el miedo. Más grande que la duda. Más grande que todo lo que pudiera detenerla. Y Micaela se levantó. Fue a hacer la maleta. Y el libro quedó en el sillón. Abierto. En esa misma página. Y las lágrimas sobre ella se habían secado. Y eso estaba bien.
Fin del Capítulo 1.
CAPÍTULO 2
El avión volaba sobre el océano, y Micaela miraba por la ventanilla, y abajo estaba el agua, infinita, gris, viva, y en esa inmensidad había algo que le recordaba el libro de Akira Kurokawa, ese vacío del que él escribía, y que no era una ausencia sino un espacio, y Micaela pensaba que aquí estaba ella, volando a través de ese espacio, a través de ese vacío, y el vacío no asustaba, sino que sostenía, como el agua sostiene a un barco, y eso era extraño, pues el vacío suele asustar, y este sostenía, y Micaela no sabía qué hacer con ese saber, y no quería saberlo, simplemente estaba sentada mirando por la ventanilla, y sostenía en las manos el libro, ese mismo, con las esquinas dobladas, y ese libro era lo único que había estado con ella todo este tiempo, y en Buenos Aires, y en el avión, y estaría en Tokio, y eso estaba bien, pues hay cosas que no se abandonan, y ese libro era una de esas cosas.
Tokio la recibió con lluvia. No un aguacero. Una lluvia fina, suave, como esa lluvia que hay en los libros cuando el protagonista llega a un lugar nuevo y todo empieza de nuevo, y Micaela salió del avión y aspiró, y el aire estaba húmedo, y olía a algo cuyo nombre no sabía, pero que era familiar, como es familiar el olor de la casa, que no puedes nombrar pero reconoces al instante, y ese olor era el olor del lugar donde eres tú, y Micaela no sabía si era ella aquí, pero sentía que podía serlo, y ese «puede ser» era más que la certeza, pues la certeza es lo que sabes, y «puede ser» es lo que esperas, y la esperanza era más fuerte.
Kenji estaba en la salida. De traje negro. Sin paraguas. La lluvia caía sobre sus hombros, y él no lo notaba, o lo notaba pero no quería notarlo, y esa era esa misma cualidad que Micaela aprendería a reconocer más tarde: no la ausencia de sentimientos, sino la habilidad de no mostrarlos, y esa habilidad no era frialdad, sino protección, y la protección no era necesaria contra los demás, sino contra sí mismo, y Kenji se protegía de lo que sentía, y eso se notaba, si sabías cómo mirar, y Micaela sabía, pues había leído libros, y los libros te enseñan a mirar.
— Señorita Álvarez —dijo Kenji. E hizo una reverencia. No profunda. Suficiente. Como se hace una reverencia a alguien a quien respetas pero no conoces. — Soy Kenji. Seguridad personal del señor Kurokawa. Por aquí, por favor.
La llevó hacia el coche. Micaela caminaba a su lado. Y pensaba: aquí está. El hombre que está entre mí y Akira Kurokawa. Entre mí y quien escribió las líneas que leo por tercera vez y lloro. Y este hombre no sabe que leo esas líneas. Y no sabe que lloro. Y no sabe que crucé el océano por esas líneas. Y eso estaba bien. Pues hay cosas que no necesitas saber para estar cerca.
El coche recorría Tokio. Micaela miraba por la ventana. La ciudad era enorme. Viva. Respirando. Y en esa ciudad estaba la casa de Akira Kurokawa, y en esa casa estaba él, y él escribía libros, y ella los leía, y ahora ella iba hacia él, y eso no era un sueño, era verdad, y la verdad era más extraña que el sueño, pues en el sueño sabes que es un sueño, y en la verdad no sabes que es verdad hasta que la tocas, y Micaela quería tocar. Quería ver. Quería oír. Y ese querer era más grande que todo lo que había antes.
Fin del Capítulo 2.
CAPÍTULO 3
La casa Kurokawa no era como Micaela la había imaginado. Ella pensaba que sería una casa moderna, con cristal y hormigón, como la de las personas que escriben sobre el vacío y conocen su precio, y era una casa antigua, de madera, con un jardín donde florecían los ciruelos, y una puerta que crujía, y ese crujido era ese sonido que dice: aquí se vive desde hace mucho, y aquí se vivirá mucho más, y Micaela entró por esa puerta y sintió que entraba no en una casa, sino en una historia, y esa historia era más vieja que ella, más vieja que Akira, más vieja que todo lo que ella conocía, y eso no asustaba, sino que parecía correcto, pues hay lugares que no se eligen, sino que se entra en ellos, y Micaela entró.
Kenji la llevó por el jardín. Por el pasillo. Por una habitación que olía a tatami e incienso, y ese olor no era el olor de la casa, sino el olor del tiempo, y el tiempo aquí pasaba de otra manera, no como en Buenos Aires, no como en el avión, sino más lento, más profundo, como el tiempo en los libros, cuando lees y olvidas que hay relojes, y Micaela olvidó, y eso estaba bien.
Akira estaba en la habitación principal. Sobre el tatami. Delante de él había una mesa baja con papel y pluma, y él escribía, y cuando Micaela entró, él levantó la cabeza, y la miró, y en esa mirada había algo que ella no esperaba: no curiosidad, no evaluación, sino reconocimiento, como se reconoce a alguien que has visto en un sueño pero no sabes que has visto, y ese reconocimiento no estaba en los ojos, sino más profundo, en ese lugar donde viven las cosas que no tienen nombre, y Micaela sintió ese reconocimiento, y algo dentro de ella se movió, suavemente, como se mueve una piedra que ha estado mucho tiempo en un lugar, y debajo resulta que hay agua, y el agua fluye, y ese fluir era nuevo, y eso asustaba, y eso era hermoso.
— Señorita Álvarez —dijo Akira. Y su voz era suave, no esa suavidad que se esconde, sino esa que se cuida, y en ese cuidado estaba eso que Micaela reconoció, eso mismo que estaba en sus libros, eso mismo que ella leía por tercera vez y lloraba. — Gracias por venir. Siéntese. ¿Té?
— Sí —dijo Micaela. Y se sentó. Sobre el tatami. De rodillas. Como se sentaba de niña cuando su abuela le enseñaba a beber té, y eso era extraño, pues ella no estaba en Japón, no sabía japonés, no sabía cómo sentarse en el tatami, pero se sentó, y eso estaba bien, pues hay cosas que no necesitas saber para hacer, y sentarse en el tatami era una de esas cosas.
Nanami sirvió el té. Micaela tomó la taza. Bebió un sorbo. El té era amargo, y dulce, y cálido, y en ese sabor había algo que le recordaba el libro, ese vacío del que Akira escribía, y que no era una ausencia sino un espacio, y ese espacio estaba aquí, en esta habitación, en este té, en este silencio que había entre ellos, y Micaela estaba sentada y bebía té, y Akira la miraba, y Kenji estaba junto a la puerta, y todo eso junto era eso que no necesita ser nombrado, no necesita ser explicado, no necesita ser escondido, simplemente estaba, como la respiración, como la luz, como la lluvia tras la ventana, y Micaela respiraba, y eso era todo lo que necesitaba.
— He leído su libro —dijo Micaela. Y su voz tembló, y no intentó esconderlo. — Tres veces. Y lloré. En esa página donde el protagonista está en la azotea. Quería preguntarle: ¿por qué lo escribió así? ¿Por qué el vacío no es algo que hay que llenar, sino algo que hay que entender?
Akira calló. Mucho tiempo. La miraba. Y en ese silencio no había reflexión, sino algo diferente, algo parecido a cuando alguien oye una pregunta que llevaba mucho tiempo queriendo oír, pero temía, y ahora, cuando la oye, no sabe cómo responder, y ese no saber no era un vacío, sino honestidad, y la honestidad era más grande que las palabras.
— No lo sé —dijo Akira al fin. Y era una respuesta honesta. No una evasiva. No coquetería. La verdad. — Lo escribí como lo sentía. Y no sabía por qué. Y aún no lo sé. Quizá usted lo sepa. Quizá usted leyó lo que yo no pude escribir. Quizá usted ve lo que yo no veo.
Y eso fue todo. No una lección. No una explicación. No una respuesta. Simplemente: quizá usted ve lo que yo no veo. Y en esas palabras estaba eso que Micaela no esperaba: no condescendencia, no evaluación, sino una invitación. Una invitación a entrar. No en la casa. En él. En ese lugar donde viven las cosas que no tienen nombre. Y Micaela entró. No enseguida. Sin prisa. Simplemente entró. Y eso fue el comienzo.
Fin del Capítulo 3.
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