Buch lesen: "Familia, derecho y religión"

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FAMILIA, DERECHO Y RELIGIÓN

FRANCISCO ANTONIO CEBRIÁN Y VALDA (1734-1820)

Ramon Aznar i Garcia

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA


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© Del texto: Ramon Aznar i Garcia, 2008

© De esta edición: Universitat de València, 2008

Coordinación editorial: Maite Simón

Fotocomposición y maquetación: Inmaculada Mesa

Cubierta:

Imagen: Posesión del Convto de S. Miguel de S. Felipe (1814), de Vicente López

Reial Monestir de Santa Maria del Puig. Colección del Museo San Pío V de Valencia

Fotografía: Juan Hernando Serra

Diseño: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: Communico, C.B.

ISBN: 978-84-370-6979-1

Depósito legal: V-2158-2008

Diseño y maquetación de ePub: produccioneditorial.com

A Pilar

El historiador tiene siempre ante sí individuos insertos en grupos, grupos en los que se produce la acción de los individuos. Sin darse cuenta de cómo esa interacción se constituye, sin desentrañar la relación dialéctica entre individuo y comunidad, el historiador no puede comprender nada de lo que contempla.

J. A. MARAVALL

Índice

PORTADA

Portada interior

Créditos

Dedicatoria

Índice

INTRODUCCIÓN

FONDOS CONSULTADOS

I. LA FAMILIA CEBRIÁN

AL SERVICIO DE LOS AUSTRIAS

EN LAS FILAS BORBÓNICAS

II. EN LA UNIVERSIDAD DE VALENCIA

ESTUDIANTE Y CATEDRÁTICO DE INSTITUTA

RECTOR DE LA UNIVERSIDAD

III. CANÓNIGO DE LA CATEDRAL DE VALENCIA

IV. OBISPO DE ORIHUELA

LA GUERRA DEL FRANCÉS

EL DICTAMEN A LAS CORTES

LOS AÑOS DE CÁDIZ

V. PATRIARCA DE INDIAS Y CARDENAL

APÉNDICES

INTRODUCCIÓN

Una biografía no tiene por qué referirse a una persona importante1 y puede, en cambio, presentarnos un rastro vital del que apenas se conserva el recuerdo. Éste es uno de esos casos. Tras su muerte, la memoria de Francisco Antonio Cebrián y Valda quedó en buena medida cancelada; seguramente, porque sostuvo un orden político impugnado, o porque, siendo universitario, dejó una corta producción escrita; también, debido al auge de ciertos modos de hacer historia.2 Pero el historiador trabaja donde habita el olvido y, por razón de oficio, sabe que la palabra puede reunir lo disperso, aclarar lo confuso y devolver el sentido. Poco importa el aura de éxito –o la sombra de mediocridad– que envuelva al personaje estudiado. De lo que se trata es de atinar en el afán de comprensión, de hacer inteligible aquello que antes no lo era.

El presente estudio se enmarca en lo que se ha dado en llamar crisis del Antiguo Régimen. En los dominios del rey católico, la contemporaneidad iba a estrenarse trabajosamente en abierto conflicto con la noción de persona vigente durante siglos; nuevos valores, nuevas ideas fueron transformando lentamente la relación del hombre con su medio. Una antropología extraña –por individualista y utilitaria– se hacía presente en Europa e iba a plantear una redefinición de todas las esferas de la vida en común: la religión, la familia, la política, el derecho... En este punto de confluencia entre dos océanos culturales hubieron de navegar quienes vivieron en el tránsito del siglo XVIII al XIX. De aquí nace la dificultad de pensar adecuadamente sus conductas y sus contextos.3Y es que, como se sabe, la correcta interpretación de las palabras y los actos del pasado constituye el núcleo del quehacer del historiador, quien no debe olvidar que sus categorías hermenéuticas no son universales, ni permanentes, sino relativas y transitorias.

Durante el Medievo y la Modernidad, los derechos de la persona no eran de carácter autorreferencial; para gozar de ellos, en modo alguno bastaba con ser, había que pertenecer; hallaban su fundamento no en el individuo, sino en las comunidades en las que éste se insertaba. La religión, la familia, el sexo, el estamento, el gremio o la tierra definían la identidad de los sujetos, quienes por naturaleza –y no en virtud de pacto alguno– vivían en común.4 Ya Aristóteles se había referido a ello y, en parte, su antropología fue acogida por la civilización cristiana. Por otro lado, el buen orden político, a la manera de un cuerpo, se cifraba en la armónica interacción entre sus distintos miembros. La interdependencia y la discriminación sostenían un edificio social que no se cimentaba en nuestros conceptos de libertad e igualdad.5 Desde esta perspectiva, resulta fácil comprender hasta qué punto ha sido necesaria la remisión a los orígenes familiares de Francisco Antonio Cebrián; sólo ubicándolo entre los suyos ha sido posible aproximarse a sus pautas de conducta.6 A lo dicho hay que añadir la dificultad que entraña valorar ponderadamente la vida de un eclesiástico en los años de la Modernidad. Y no sólo por razones de carácter cultural –que son muchas y de enorme calado–, sino también porque no puede obviarse hasta qué punto religión y política se mantenían unidas.7

Por otro lado, la significación historiográfica de un sujeto difícilmente puede trazarse sin una adecuada contextualización. En el caso que nos ocupa, diversas han sido las épocas a las que me he debido referir: la madurez del régimen municipal foral valenciano, la Guerra de Sucesión, la nueva planta borbónica, las consecuencias de la política regalista en los ámbitos eclesiástico y universitario, las guerras napoleónicas, el proceso constituyente de Cádiz y, en fin, la restauración fernandina. La documentación de archivo ha constituido un elemento básico en la factura de estas páginas. Los registros sacramentales o Quinque libri han permitido seguir algunos rastros vitales. Los memoriales genealógicos suscitan desconfianza; no siempre fidedignos, sí corren interesados tras la consecución de gracias y mercedes. Los protocolos notariales han suministrado información de carácter íntimo, privado; de entre todas, ésta ha sido la fuente documental más cercana al umbral de lo cotidiano. Por su parte, las actas de las instituciones (ayuntamiento, universidad o cabildo eclesiástico) muestran cómo acogen dinámicas e intereses no siempre corporativos, sino también familiares. En fin, la documentación burocrática –regia y vaticana– ha resultado indispensable para conocer la carrera de cargos y honores.

La escasez y dispersión de los fondos documentales ha sido el otro gran obstáculo que he debido sortear. Los archivos municipal de Xàtiva y diocesanos de Valencia y Orihuela fueron gravemente dañados en 1707 y 1936. También los procesos de desamortización eclesiástica, impulsados por las autoridades francesas, primero, y liberales, después, afectaron negativamente al patrimonio documental de muchas instituciones religiosas. Por su parte, Cebrián nunca destacó por su afición a la escritura. Además, su pertenencia a diversas corporaciones quedó reflejada en un tipo de documentación árida, al menos, por lo que se refiere a la vida de sus miembros. En auxilio de estos vacíos y a falta de mayores certezas, se presentan las hipótesis, las sugerencias, el afán por envolver los datos de sentido.

* * *

La elección del lienzo que aparece en la portada merece una explicación. En principio, pudiera parecer extraño que, tratándose de una biografía, no se opte por alguno de los retratos que se conservan de Francisco Antonio Cebrián; desde luego, no estamos ante un caso de falta de calidad pictórica: el afamado Vicente López le dedicó cuatro.8 Las razones, pues, son otras y tienen que ver con la opción metodológica adoptada, y la inclusión de la persona en su medio. El título Familia, derecho y religión quiere subrayar, por un lado, la preeminencia de unos órdenes, de unos mecanismos de disciplina social, y, por otro, la secuencia de una vida: desde los orígenes a la profesión religiosa, pasando por la universidad. Sólo después aparece el nombre de la persona y sus años de vida, el subtítulo: Francisco Antonio Cebrián y Valda (1734-1820). Pues bien, lo dicho guarda relación con el lienzo reproducido. El pintor lo rotuló: Posesión del Convto de S. Miguel de S. Felipe. Año 1814. A la izquierda, vemos a dos regidores, vestidos con uniforme de gala; uno de ellos, el que habla –Por Fernando VII– es Pedro de Alcántara Cebrián y Soto, sobrino de nuestro biografiado; la Familia.9 En el centro, tiene lugar una entrega de llaves –traditio–, uno de los modos de adquirir la posesión; el Derecho. A continuación, tres frailes mercedarios y otros dos clérigos; la Religión. Los tres elementos clave de aquella sociedad, de aquella cultura, se manifiestan a las claras en esta lastimada y discreta obra de arte.10 Ellos condicionaron completamente la existencia de nuestro personaje.

* * *

El presente estudio no se hubiese concluido sin el apoyo del departamento universitario y del proyecto de investigación de los que formo parte.11 Tampoco, sin las facilidades procuradas por mis compañeros de área de conocimiento. En Valencia, pude trabajar cómodamente gracias a la gentileza del director del Departamento de Derecho Financiero e Historia del Derecho. Los responsables de los diversos archivos y centros de estudio frecuentados siempre se han mostrado diligentes. En fin, la edición de estas páginas ha de agradecerse al Servei de Publicacions de la Universitat de València y al Centro de Estudios Borgianos de Xàtiva.

FONDOS CONSULTADOS


ACD Archivo del Congreso de los Diputados
ACO Archivo de la Catedral de Orihuela
ACV Archivo de la Catedral de Valencia
ADV Archivo Diocesano de Valencia
AGP Archivo General del Palacio Real
AHCX Archivo Histórico de la Colegiata de Xàtiva
AHPM Archivo Histórico de Protocolos de Madrid
AHN Archivo Histórico Nacional
AHO Archivo Histórico de Orihuela
AMV Archivo Municipal de Valencia
AMX Archivo Municipal de Xàtiva
ARV Archivo del Reino de Valencia
ASV Archivo Secreto Vaticano
AUV Archivo de la Universidad de Valencia
BCV Biblioteca de la Catedral de Valencia
BHUV Biblioteca Histórica de la Universidad de Valencia
BV Biblioteca Valenciana
RABASC Real Academia de Bellas Artes de San Carlos

1 E. La Parra López: «La biografía de una persona importante», Estudis. Revista de Historia Moderna 30 (2004), pp. 57-72.

2 F. Dosse: La apuesta biográfica: escribir una vida, Valencia, 2007.

3 P. Grossi: El orden jurídico medieval, Madrid, 1996 y M. Fioravanti (ed.): El Estado moderno en Europa. Instituciones y derecho, Madrid, 2004.

4 B. Clavero: «Hispanus Fiscus, Persona Ficta. Concepción del sujeto político en el Ius Commune moderno», Quaderni Fiorentini per la Storia del Pensiero Giuridico Moderno 11/12-I (1982), pp. 95-167; del mismo autor: «Historia y antropología. Por una epistemología del derecho moderno», en J. Cerdá y P. Salvador (eds.): I seminario de historia del derecho y derecho privado. Nuevas técnicas de investigación, Barcelona, 1985, pp. 9-35. También, A. M. Hespanha: Cultura jurídica europea. Síntesis de un milenio; edición a cargo de A. Serrano González, Madrid, 2002, pp. 59 y ss.

5 B. Clavero: Antidora. Antropología católica de la economía moderna [=Quaderni Fiorentini per la Storia del Pensiero Giuridico Moderno 39 (1991)], en especial, pp. 199 y ss.

6 J. A. Maravall: Menéndez Pidal y la historia del pensamiento, Madrid, 1960, p. 112.

7 B. Clavero: «Del pensamiento jurídico en el estudio de la historia (A propósito de Antonio Manuel Hespanha, História das Instituçôes. Epoca medieval e moderna, Coimbra, Livraria Almedina, 1982, 569 pp.)», Quaderni Fiorentini per la Storia del Pensiero Giuridico Moderno 13 (1984), pp. 561-577; del mismo autor: «De la religión en el derecho historia mediante», Quaderni Fiorentini per la Storia del Pensiero Giuridico Moderno 15 (1986), pp. 531-549.

8 J. L. Díez: Vicente López (1772-1850), 2 vols., Madrid, 1999, II, pp. 132-133.

9 Pese a que la documentación municipal no lo dice expresamente, así cabe pensarlo. Pedro de Alcántara Cebrián era regidor de la clase de nobles; pertenecía al cabildo con anterioridad al otro comisionado –Enrique Ribera–; además, la influencia política adquirida por su tío hacía de él el hombre idóneo para encargos de este tipo. Véase M.ª P. Hernando Serra y R. Aznar i Garcia: Xàtiva durant la Guerra del Francés, 1808-1814, Xàtiva, 2002, p. 88.

10 El lienzo pertenece al Museo San Pío V de Valencia y se encuentra depositado en el Monasterio de Santa María del Puig. Ha sido analizado por M. González Baldoví: «La devolució del Convent de Sant Miquel als mercedaris després de la Guerra de la Independència», en Ecce-Homo, Xàtiva, 1998, pp. 97-99.

11 La consulta de los fondos del Archivio Segreto Vaticano fue posible gracias a dos es tancias de investigación –en julio de 2006 y septiembre de 2007– financiadas por el Departamento de Derecho Penal, Procesal e Historia del Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid. Así mismo, la consulta de los fondos del Archivo de la Catedral de Orihuela contó con una ayuda del proyecto de investigación «Doctrinas y ciencia en las universidades españolas en relación con América y Europa (siglos XVI a XX)», SEJ 2005-07366.

I. LA FAMILIA CEBRIÁN

AL SERVICIO DE LOS AUSTRIAS

Ya a comienzos del siglo XVII, los miembros de este linaje pertenecían al restringido círculo de gobernantes de Xàtiva. En 1602, Gaspar Cebriá tenía la consideración de ciudadano, estatus al que sólo podían acceder los cabeza de casa con una posición económica desahogada.1 Pocos años después, en 1607, logró ser designado jurado, y se incorporó al consell secret, órgano de gobierno de la ciudad.2En los principales municipios de la Corona de Aragón, a estos oficios se accedía a través de la insaculación.3

La riqueza y el poder político tenían su soporte en la tierra. Gaspar Cebriá debió de poseer propiedades en las inmediaciones de la ermita del Puig de Xàtiva. Aquel año fue clavario de la romería que afluía hasta la capilla.4 También sus hijos Gaspar y Miquel se contaron entre los jurados de la ciudad.

Miquel Cebriá se unió en matrimonio a Maria Malferit (†1658),5 doncella perteneciente a una de las principales familias de Xàtiva.6 Del matrimonio nacieron Joan Baptista, Magdalena y Jeroni.7 Miquel falleció en 1626 e instituyó a su hijo Jeroni como heredero –probablemente, debido a la muerte del primogénito.8

Jeroni Cebriá Malferit (1616-1675) fue jurado al igual que su padre. Con-trajo matrimonio en 1638 con Àngela Aparici Martí (1614-1639)9 y en 1640 con Clara Belloch Borja (1621-1704).10 Ambas eran hijas de caballeros asentados en Xàtiva. Jeroni Cebriá y Clara Belloch tuvieron varios hijos: Gaspar, Gaudencio, Jeroni, Miquel Jeroni y Silveria.11 Todos ellos formaron parte de la elite local.12

La percepción de pensiones censales constituyó una de sus fuentes de ingresos.13 La tierra y las instituciones generaban riqueza. La ciudad lo incluyó en 1657 en la terna que trienalmente enviaba a la corte para cubrir el oficio de racional.14 El monarca debía designar al nuevo responsable de la supervisión de las cuentas municipales y, en esta ocasión, optó por él.15 Tras permanecer durante dos trienios estrechamente vinculado a las finanzas municipales, en 1667, adquirió 28 hanegadas de huerta en la vega de Xàtiva.16 La Corona le había confiado el oficio que más interesaba. Ya no sólo la ciudad le atribuía responsabilidades. Poco antes de fallecer, Jeroni otorgó testamento ante Joan Vega.17

En la persona de Gaspar Cebriá Belloch (1647-1707) el patrimonio político y económico del linaje gozaba ya de notable solidez.18 Todavía joven participó en un certamen literario organizado por un hijo del marqués de Montortal.19 En 1672 se desposó con Restituta Roca Ferriol20 y, tras enviudar, contrajo segundas nupcias con Elena Cebriá Berenguer. De sus dos matrimonios nacieron varios hijos: Francisco José, Pedro, Félix, Gaspar, Isabel, Clara y Ángela.21

En 1678, Gaspar Cebriá fue nombrado sustituto y, dos años después, racional.22 También desempeñó los oficios de jurado y justicia. Esta tradición de gobierno tuvo su cenit en 1687, cuando el Consejo de Aragón acordó armarle caballero, concederle el título de noble y el privilegio militar de voto en cortes.23 Tenía cuarenta años. En un contexto político de guerras contra Francia, Cebriá, estando al cargo de las rentas municipales, había servido diligentemente a la Corona. La ciudad había sufragado cuarenta hombres que sirvieron en el ejército de Carlos II.24 En 1689 Xàtiva obtuvo el uso del dosel y el tratamiento de señoría.

Además, el rey concedió el privilegio militar a los ciudadanos de mano mayor insaculados.25 La ciudad se veía agraciada «en atención a su antigüedad, nobleza y servicios, en especial al que acababa de hacer de veinte mil pesos duros».26 De este modo, buena parte de la corporación municipal accedió a la nobleza. Al igual que sucedió en Valencia y Alicante, el monarca otorgaba honores en detrimento de libertades.27 Por entonces, Gaspar Cebriá era el racional, oficio que al año siguiente cubrió su hermano Gaudencio.28 En cuestiones económicas, continuó dedicándose al préstamo y a la compraventa.29 Falleció en marzo de 1707 y fue sepultado en la iglesia colegial, privilegio tan sólo al alcance de los principales linajes.30 Ese mismo mes, el archiduque Carlos de Habsburgo abandonaba Valencia.

EN LAS FILAS BORBÓNICAS

La vida de Francisco José Cebriá Roca (1674-1735) estuvo marcada por el ocaso del régimen foral. Se casó en 1691 con Rosa Antonia Salvador Sanz de Vallés, hija de Antoni Salvador (†1680), quien había desempeñado el oficio de lugarteniente del baile de Xàtiva.31 Ambas familias compartían, pues, una tradición de manejo de las rentas municipales y regias. Además, los Cebriá proseguían con su entronque con la nobleza local. Como era de esperar, los esponsales tuvieron claras resonancias patrimoniales.32 En los años previos a la Guerra de Sucesión, Francisco administró el hospital mayor de Xàtiva.33 Por entonces, parte de sus ingresos procedía del cobro de pensiones censales.34 Los esposos tuvieron cuatro hijos: Antonio, Inés, Bernarda y Restituta.

La contienda dinástica puso al círculo familiar del lado de la causa borbónica, partido que siguió la mayor parte de la nobleza valenciana.35 Con la entrada de las tropas austracistas en Xàtiva, a finales de 1705, comenzó una etapa de represalias.336Don Gaspar Cebriá fue confinado en el castillo; antes había presenciado el saqueo de su casa; a punto estuvo de ser ajusticiado. Al parecer, «era voz pública que Basset quería mandar dar garrote por afecto a S. M. (...) diciendo que había de acabar la familia de los Cebrianes de Játiva».37 También fueron encarcelados Pere Belloch,38 Pascual Fenollet39 y José y Félix Cebriá;40 Josep Pelegero, jurado en cap, fue conducido preso a Valencia, mientras que Francisco José Cebriá y Juan Ortiz lograron huir y acompañaron a las tropas borbónicas.41 Por su parte, Rosa Antonia Salvador Sanz de Vallés era pariente de Bruno Salcedo, caballero de Montesa y destacado felipista; pero también de un eminente austracista como Joan Jacint Tárrega, quien tal vez los protegió.42 Sea como fuere, lo cierto es que ningún miembro del clan padeció la pena capital.

Tras un cruento asedio borbónico, Xàtiva capituló el 6 de junio de 1707. Días después, el monarca decretó su incendio. A consecuencia del desastre, la ciudad fue momentáneamente abandonada.43 Antes de partir, los frailes del Convento de San Julián –demolido en la primavera de 1706– entregaron a Francisco José la imagen del Cristo del Carmen.44 Su padre había fallecido, él era el primogénito y había acompañado a las tropas vencedoras. Pocos días después, también abandonó la ciudad.


Cristo del Carmen. Ayuntamiento de Xàtiva.

La real orden de reconstrucción se expidió en octubre de ese mismo año. Fue entonces cuando la Corona premió a sus fieles con cargos y honores. La corporación municipal quedó en manos de un reducido grupo familiar. En estos momentos de reconstrucción, primó la fidelidad a Felipe V y el buen conocimiento de los entresijos de la antigua Xàtiva. Francisco José Cebriá, Pedro Belloch, Juan Ortiz y José Cebriá Berenguer obtuvieron, en octubre de 1709, plazas de regidor en el primer ayuntamiento borbónico de San Felipe. Los cuatro se mantendrían en sus cargos más allá del trienio prescrito.445Tras la caída del régimen foral, la preeminencia de estos hombres permanecía intacta. Primero con los Austrias, después con los Borbones, una exigua y compacta nómina de linajes continuó empuñando las riendas de la ciudad.46 Acabada la guerra, Cebriá reanudó sus actividades crediticias.47 Las controversias procesales testimoniaban su condición de censualista.48 Representaba además los intereses económicos de terceros.49 En general, la reconstrucción de la Nueva Colonia de San Felipe debió de resultar propicia para los negocios; más aún en el caso de un regidor.50 También el derecho sucesorio contribuyó a ensanchar el prestigio y los ingresos de la familia. En 1710, tras la muerte de Jacinto Roca Ferrer, marqués de Malferit, devino en poseedor, junto con Gaspar Teixidor (†1726), del vínculo llamado de Sorió.51

Tras dos años de enfermedad, su esposa murió en 1714, pocos meses antes que su hija Inés.52 Al parecer, estas tragedias familiares se vieron agravadas por las desavenencias de los regidores con las autoridades regias, quienes denunciaron la existencia de irregularidades económicas e inmobiliarias.53 Fue entonces cuando colgó la vara de regidor y adquirió la condición de clérigo.54 Probablemente, este cambio de estado se realizó a través de la tercera orden franciscana. Existen varias razones que permiten pensarlo: dicha asociación piadosa tenía por patrono a san Luis rey de Francia, lo que resultaba acorde con su trayectoria política; el fuero eclesiástico podía resultarle útil en caso de litigio con la justicia regia; al no tener que vivir en comunidad, pudo proseguir con sus habituales actividades económicas; en fin, la capilla de los terciarios se alzaba anexa al convento de franciscanos descalzos de la ciudad, con cuyo hábito fue amortajado el cadáver de Cebriá.55

También otros familiares optaron por la vida religiosa: su hermano Félix vistió el hábito de Santo Domingo; años después, su hija Bernarda ingresó en el convento de monjas clarisas de la ciudad, comunidad de la que llegó a empuñar el báculo abacial.56 Y es que matrimonio y celibato representaban el haz y el envés de una misma estrategia; la herencia y el prestigio de la familia debían permanecer a salvo.57 Pese a su cambio de estado, Cebriá nunca desatendió las tareas patrimoniales. Fue prestamista y representó los intereses de su cuñado, el hombre más acaudalado de la ciudad.58 Estos negocios le hicieron comparecer en diversas ocasiones ante los tribunales de Valencia.59 Testó en 1730 y dos años después obtuvo la licencia para fundar un mayorazgo.60 La cohesión y transmisión de sus bienes quedaba así ajustada a las leyes de Castilla. Falleció en mayo de 1735 en su propia casa; sus restos fueron trasladados hasta la sepultura familiar, ante el altar de la Purísima Concepción de la iglesia colegial.


Capilla de la Venerable Orden Tercera. Convento de San Onofre (Xàtiva).

La vida de Antonio Cebrián Salvador (1697-1759) discurrió en el umbral que separaba lo antiguo y lo naciente.61 A los hombres de su generación les correspondió alzar el entramado de la nueva ciudad borbónica. Obtuvo en 1724 el título de regidor del Ayuntamiento de San Felipe.62 Se trataba de un oficio de los llamados «de gracia», otorgados por el rey con carácter vitalicio. Un año después, en la Parroquia de San Martín de Valencia, contrajo matrimonio con Ignacia de Valda Andía (1697-). Emparentaba así con los marqueses de Valparaíso, Villahermosa y Busianos.63 A lo largo de los años, en su actividad como regidor, asumió diversas responsabilidades y formó parte de las comisiones de fiestas, abasto de carnes, acequias...64 San Felipe tenía una afanosa voluntad de enlace con la tradición foral. Éste debió de ser un sentimiento presente en el imaginario colectivo de la época. Antonio Cebrián, por ejemplo, perteneció a la Congregación de nobles, títulos y caballeros de sangre y solar conocido de la ciudad y reino de Valencia. A ella accedían «los cavalleros cuyas familias fueron de los reales estamentos militares en los tiempos de los abolidos fueros y sus descendientes, y los que plenamente an [he]cho constar de su hidalguía».65 De modo análogo, el Ayuntamiento de San Felipe pugnó por mantener los privilegios logrados antaño, entre los que destacaban los derechos señoriales sobre la baronía de Canals. Hasta allí se desplazaba anualmente un regidor, quien recibía, en el presbiterio de la iglesia parroquial, el juramento de los electos. Antonio Cebrián, al menos en dos ocasiones, fue diputado por la corporación municipal para presidir este homenaje.66 Sin duda, el ayuntamiento proyectaba sobre sus componentes la dignidad institucional. A los ojos de la población, no debió de resultar sencilla la distinción entre la persona y el oficio.67 Como todos sus antepasados, miró por el patrimonio familiar. En 1728 arrendaba los derechos dominicales del lugar de Sorió.68 Ese mismo año, el Ayuntamiento de San Felipe estipuló una concordia con sus acreedores. Como ocurría en la mayoría de los consistorios, las deudas censales ahogaban las haciendas. Éstas sólo se podían ir liquidando por medio de acuerdos, rebajas y condonaciones.69 También la ciudad, dedicada a los esfuerzos de reconstrucción, necesitaba concertar el pago de sus débitos; y entre los acreedores se hallaba el vínculo de Sorió, cuyos titulares sellaron en 1742 un acuerdo.70 En su virtud, Cebrián entregó al apoderado de los frailes carmelitas el importe de la pensión censal, que anualmente recibía su convento a cargo del expresado vínculo.71 Él había heredado de su padre otras obligaciones y créditos.72 Además, adquirió el dominio directo de algún predio.73 De su matrimonio nacieron cinco hermanos: José María (1727-1799), Ignacio (1728-1808), Bernardo (1731-),74 Francisco Antonio (1734-1820) y María de las

Nieves (†1795).75 Y llegamos así a la generación de la que formó parte nuestro biografiado. A las alturas de la segunda mitad del siglo XVIII, los Cebrián estaban ya emparentados con los principales linajes asentados en San Felipe: los Fenollet –marqueses de Llanera–, los Roca –marqueses de Malferit–, los Sanguino –barones de Almedíjar– y los Sanz –marqueses de Mascarell–. Además, Ignacia de Valda y Andía era hermana del marqués de Valparaíso, Grande de España.76 Sin duda gracias a esta red de influencias políticas, José María e Ignacio Cebrián lograron en 1757 el hábito de caballeros de Montesa.77

El mayor de los hermanos contrajo matrimonio, en 1754, con Josefa Manuela Soto Marín, natural de Orihuela.78 La pareja tuvo cuatro hijos: Josefa Antonia, Francisca, María Pascuala y Pedro de Alcántara.79 José María dedicó parte de sus tierras al cultivo del arroz.80 A diferencia de sus antepasados, no ocupó plaza alguna en el ayuntamiento de la ciudad. Él formaba parte de la antigua aristocracia local y una plaza de regidor no debía de resultarle demasiado atractiva. Y es que, durante la segunda mitad del siglo XVIII, los ayuntamientos fueron objeto de una serie de reformas impulsadas por la Corona; el intervencionismo regio atemperó el margen de maniobra de los munícipes; en San Felipe, se promulgaron unas ordenanzas.81 El acceso de hombres nuevos al gobierno del municipio, antes en manos de caballeros, ha de insertarse en esta secuencia innovadora. Las plazas de regidor, en el reino de Valencia, comenzaron a ser venales. Seguramente, esta minoración de la autonomía y de la distinción indujo a las antiguas elites a buscar otras vías de expresión política;82 el ingreso en la orden de Montesa –por el que se debía abonar una respetable suma– se ha de situar en estas coordenadas. En 1778, José María casó a su hija mayor con un caballero maestrante de Valencia.83 Al final de sus días, concertaba algunas operaciones inmobiliarias con el cabildo de San Felipe.84 Falleció el 10 de octubre de 1799 y fue inhumado en la sepultura de sus antepasados.85