Buch lesen: "Mi maravillosa librería"

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LARGO RECORRIDO, 92

Petra Hartlieb

MI MARAVILLOSA LIBRERÍA

TRADUCCIÓN DE MANOLO LAGUILLO

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: octubre de 2015

DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez

MAQUETACIÓN: Grafime

TÍTULO ORIGINAL: Meine wundervolle Buchhandlung

© DuMont Buchverlag, Colonia, 2014

© de la traducción, Manolo Laguillo, 2015

© de esta edición, Editorial Periférica, 2015

Apartado de Correos 293. Cáceres 10001

info@editorialperiferica.com

www.editorialperiferica.com

ISBN: 978-84-18264-44-3

El editor autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

Dedicado a Oliver, mi marido;

al niño grande y a la niña pequeña,

al niño rubio y a su hermana.

Con mi agradecimiento a todos aquellos

sin los que nuestra librería no existiría.

Hemos comprado una librería. En Viena. Escribimos un email con unas cifras, ofreciendo una cantidad que no teníamos, y al cabo de unas semanas llegó la respuesta: acaba usted de comprar una librería. Algo así sólo te pasa en eBay, cuando te dejas arrastrar y pujas más allá de lo que en realidad querías, como cuando a la niña se le antoja muchísimo el Lego de Harry Potter, y entonces vas y escribes esa cantidad y no aparece nadie, maldita sea, que ofrezca más. Y ahora hemos pujado, con un dinero que no tenemos, por una librería que está en una ciudad donde no vivimos. Y la hemos conseguido.

¿Y ahora qué? Pues ahora tenemos que apechugar con el asunto.

«Apechugar» significa que Oliver deja su estupendo y bien remunerado trabajo en una de las mayores editoriales alemanas; que yo me despido de la idea de ejercer la crítica literaria, devuelvo mi acreditación de la emisora de radio y confieso a las chicas del coworking, última moda en el barrio de Schanzen, Hamburgo, que tendrán que buscar otra inquilina; que le explicamos a nuestro hijo de dieciséis años, que es totalmente alemán del norte, y que se acaba de enamorar por primera vez, que nos mudamos a Viena.

Llamamos al amigo que acaba de heredar y le preguntamos si sigue en pie su ofrecimiento de prestarnos una suma elevada. Llamamos a los amigos de Viena y les preguntamos si sigue en pie su ofrecimiento de alojarnos temporalmente. Lo increíble es que todo empezó de una manera absolutamente inofensiva. El verano, estropeado por la lluvia en Hamburgo, se nos estaba haciendo demasiado cuesta arriba, así que nos fuimos a pasar dos semanas a casa de estos amigos vieneses. El plan consistía en holgazanear en el jardín, ir de vez en cuando a bañarnos al Schafbergbad, las terrazas, el vino joven, encontrarse con amigos.

Precisamente una cena con un amigo, comercial de una editorial, lo cambió todo. Novedades y cotilleos sobre la gente del sector, y ay, qué lástima que no viváis en Viena, porque acaba de cerrar una pequeña librería bien situada y con clientela y quieren traspasarla: pagas una cantidad de golpe y luego un alquiler cada mes.

Tras beber unos cuantos spritzs blancos queda por completo claro: una librería de las de antes se convierte en nuestro futuro, al menos en teoría. Nos gusta una librería así, pequeña, en Viena, y cuanto más avanza la noche, tanto más lógico se vuelve todo: ¡ésa es nuestra librería!

A la mañana siguiente nos acordamos oscuramente de la euforia de la velada, de manera que tras haber desayunado no vamos a la piscina.

Sólo verla, sin compromiso. Efectivamente, es lo que han dicho: una librería de los setenta con escaparates de marcos marrones; a través de las lunas sucias se ven vitrinas vacías, dentro reina la oscuridad, en la puerta hay una nota escrita a mano: A partir del 1 de agosto cerramos. Agradecemos a nuestros clientes su fidelidad durante tantos años.

«Es una idea muy loca, pero ¿no podrías averiguar quiénes son los propietarios?» Oliver siempre sabe perfectamente qué resorte tiene que pulsar en mí. Y ya estoy colgada del teléfono y hablo con todos mis conocidos del sector que en esos momentos no están de vacaciones.

Se trataba de una librería tradicional, de las de antes, o al menos lo fue en los años setenta y ochenta. En su última etapa el propietario fue uno de los hijos de la familia, pero ya no se saben más detalles. Logro, por supuesto, contactar por teléfono con el propietario, y dos días más tarde nos citamos para echarle un ojo a la librería, sin compromiso alguno. Es una idea peregrina, pero mirar no cuesta nada. Y así penetramos en un espacio sombrío, abarrotado y estrecho de cuarenta metros cuadrados, con baldas hasta el techo, un suelo sintético sucio, estanterías rotatorias con libros, un fluorescente… y nos parece que está bien. Claro está que la encontramos fea, pero, en líneas generales, la sensación que da es buena. En el cuarto del fondo hay una empinada escalera de caracol de hierro que conduce arriba, a una vivienda que ocupa la totalidad de la primera planta del edificio. Aunque en realidad decir «vivienda» sería exagerar.

–El inmueble se traspasa entero –exclama el propietario.

–Gracias, no nos interesa –respondo yo. Oliver, en cambio, permanece en silencio, le empiezan a brillar los ojos y se pone a medir las habitaciones a grandes zancadas. Un almacén con taquillas para el personal, una mesa grande, cajas de cartón, una báscula, una máquina de franquear, una oficina espaciosa con dos escritorios viejos (que una vez lijados y restaurados podrían colar como vintage), una habitación con la fotocopiadora (un cuarto oscuro), y detrás unas cuantas habitaciones pequeñas más repletas de libros, cajas y material de promoción de varias décadas. Un polvoriento árbol de navidad de plástico sobresale grotescamente tras un montón de cajas de embalaje y libros viejos.

«Una vivienda bonita», oigo que murmura mi marido mientras yo contemplo un hule en el que aún se vislumbran los patrones de nuestra niñez. También unos bestsellers de las manualidades. Callo, no digo nada.

A la cegadora luz del sol, ya en la calle, delante de la librería, todo parece un sueño absurdo y nos quedamos callados.

–¿Y bien? –pregunta mi marido.

–¿A qué te refieres? –pregunto yo.

–¿Qué te parece?

–Espantosa. ¿Y a ti?

–A mí también.

–Pues eso.

Silencio.

–Pero algo se podría hacer.

–Vale, pero la vivienda sí que no funciona, en absoluto.

–¿Por qué no? Sería una vivienda molona y enorme. Mira, en ese cuarto de hacer paquetes podría ir la cocina; en la oficina grande donde están los escritorios, el comedor; y el de la fotocopiadora sería un cuartito para ver la tele. El laboratorio lo convertimos en baño. Y además hay unas cuantas habitaciones pequeñas que serían para dormir y para los niños.

–A ti se te va la olla.

–Sí, es verdad.

Las plácidas vacaciones en la mecedora de estilo hollywoodiense del jardín se han acabado. Quizá podríamos… tal vez deberíamos… qué pasaría si nosotros… Nuestros amigos vieneses nos lo ponen más fácil, pues nos ofrecen que vivamos con ellos mientras no tengamos un hogar propio; así, sin más. Y además está ese viejo amigo (en realidad es un ex mío) y su herencia, que nos ofrece un préstamo a cero interés; también así, sin más.

A mí todo esto me resulta como las famosas figuras imposibles de Escher. Las miras y sabes lo que estás viendo, pero cuando al cabo de un momento las vuelves a mirar, ves exactamente todo lo contrario.

¿Qué necesidad tenemos de hacer cambios? Tengo la suerte de haber conocido al mejor hombre del mundo, de vivir en Hamburgo, una ciudad estupenda. Nuestra vivienda está en una casa de construcción antigua en el barrio de la universidad, y nuestros vecinos son absolutamente encantadores. Nuestra hija pequeña ocupa una de esas escasas, y buscadas, plazas en una guardería de jornada completa, y el mayor va a un buen colegio, donde se encuentra perfectamente integrado. Tengo un trabajo interesante, aunque sea a tiempo parcial, y me queda tiempo para los niños. Por primera vez en mi vida tengo eso que llaman seguridad económica. ¿Y Oliver? Empezó como pequeño librero en una librería de provincias alemana, y a base de trabajar duro es ahora ejecutivo de marketing en una de las editoriales alemanas más importantes. Le gusta su trabajo, su jefe lo apoya y promociona. Tendríamos que estar realmente satisfechos (y lo cierto es que lo estamos), pero… ¿qué tal si hiciéramos algo juntos? ¿Qué tal si construyéramos algo entre los dos, si trabajáramos juntos, si arriesgáramos en algo?

Hacemos cálculos, discutimos, hablamos por teléfono. A cada momento cambiamos de opinión. Vaya idea magnífica. Todo es un delirio. Irrealizable. Nuestro futuro. Nuestra ruina.

¿Cómo se calcula la cantidad de libros que hay que vender para que con los beneficios se pueda, al menos, alimentar una familia de cuatro miembros? Alguien me habla de un comercial que hace mucho tiempo trabajó unos años en esta librería. Lo llamo por teléfono, y él se acuerda vagamente de aquella época.

–Dígame, Günther, ¿se acuerda de lo que facturaban?

–¡Por Dios, si han pasado más de veinticinco años! No tengo ni idea.

–Intente hacer memoria, por favor. Es importante.

–Bueno, vamos a ver, recuerdo que durante las semanas de Navidad, el día en que hacíamos más de cien mil chelines, la jefa descorchaba una botella de champán.

Bien, con esto ya tenemos algo. Una cantidad. La facturación de un día hace más de veinticinco años. Y en otra moneda. A partir de ahí veamos qué se puede facturar durante un año. ¿Que esto es poco serio? Sin duda.

Eres mayor de edad, llevas muchos años fuera de la casa de tus padres, vives en una vivienda propia y por tus propios medios, estás casada y tienes dos hijos. A pesar de todo, tus padres opinan lo que les da la gana sobre tu vida, y aún sigues teniendo la sensación de que te presentas ante ellos con un suspenso o con unos planes de vacaciones disparatados. Y ocurre tal y como me lo había imaginado: reaccionan con espanto e incomprensión.

Mi padre, otrora un ejecutivo del más alto nivel, especializado en la optimización y el saneamiento de empresas, hace en un momento unos cuantos cálculos en una hoja de papel sobre la mesa de la cocina y sacude categóricamente la cabeza.

–¡No podrá prosperar jamás! Estáis locos, no os podéis arriesgar así, pensad en el futuro de vuestros hijos.

Con la misma rotundidad con la que me aconsejó hace unos años que no me mudara a Hamburgo por un hombre, poniéndome por completo en sus manos, advierte a ese mismo hombre del peligro de dejar su empleo seguro y de la locura de arriesgarse a ser autónomo. Una minúscula parte de mí misma había esperado que nos diera algo de dinero, que nos adelantara algo de la herencia; pero, claro, no se le ocurre esa idea, y los días en que yo misma le pedía dinero pertenecen a un pasado lejano.

De vuelta en Hamburgo, el asunto queda lejos. Entretanto nos hemos enterado de que algunas librerías vienesas también se interesan por el «inmueble», y no hay duda de que Hamburgo está más que bien.

Provistos de cantidades suficientes de vino veltliner verde y de pan knödel somos capaces de sobrevivir unas cuantas semanas más al chirimiri hanseático, el adolescente sigue confortablemente con su pubertad, la niña va a la estupenda guardería, Oliver se pone cada mañana el traje y la corbata y progresa, y yo escribo artículo tras artículo, me encuentro de vez en cuando con autores famosos para entrevistarlos y aprendo a pergeñar textos para la radio. Por la tarde está la gimnasia de los niños o el café en el barrio de Schanzen. Y el Mar del Norte y el Báltico están bastante cerca. De manera que todo está bien.

Todo, si no hubiese venido a vernos una conocida de Viena. Una periodista que viene a visitar a unos cuantos colegas de Hamburgo, y que se toma un respiro pasando la velada con nosotros en torno a la mesa de la cocina. Le contamos nuestra «historia de las vacaciones», enseñamos fotos, exponemos ideas. Le explicamos que la librería está en un «procedimiento concursal», y que las posibles ofertas se presentan ante el llamado «administrador concursal».

–¿Y vosotros habéis hecho una oferta?

–No, no la hemos hecho.

–¿Y por qué?

–Porque no funcionaría. Además, tampoco tenemos posibilidad alguna.

–Sois como esos niños pequeños que, cuando ven que al final del juego los otros van ganando, vuelcan el tablero. ¡Cobardicas!

Es tarde cuando la periodista se marcha. Nuestra reserva de vino austríaco ha experimentado un notable descenso. «Deja que hagamos una oferta», dice mi marido, y yo enciendo el ordenador. Escribimos tres frases, y debajo una cantidad que nos hace creer que quizá no sea una utopía poder conseguir el local y lo que hay dentro.

«Realizamos una oferta por el lote número 45.896. Comprende 180 metros de estanterías de madera, 120 metros lineales de libros, una caja registradora, diversas piezas de mobiliario y una furgoneta Citroën C15 del año 1996. Nuestra oferta vence el 30 de septiembre.»

La fecha tiene una razón muy simple. Cuando se abre una librería se necesita que el comienzo mismo coincida lo más posible con la campaña de Navidad, para que entre en caja mucho dinero. Somos ingenuos, pero no tontos.

De nuevo he necesitado más tiempo del debido para escribir un artículo. De nuevo he realizado una entrevista demasiado detallada. Pero es que el ruso berlinés de ojos de color azul relámpago era muy simpático. Como en otras muchas ocasiones me he ido por el lado del cotilleo, y en vez de cinco frases jugosas he acabado con una simpática charla en la grabadora, y a partir de ahí tenía que bricolear un texto de cuatro minutos con sólo tres frases relevantes.

Aún me queda una hora antes de ir a buscar a la niña a la guardería, así que me da tiempo a pasar rápidamente por casa y ver el correo electrónico. Quizá la Österreichischer Rundfunk se ha decidido finalmente a comprar mi artículo sobre las colecciones de libros de los grandes diarios alemanes: en tal caso, ha valido la pena entonces mi conversación con el arrogante editor de ese gran periódico. Ni siquiera me quito los zapatos: me preparo un café y enciendo el ordenador. Por desgracia no hay ningún email de la ORF, pero a cambio hay uno de

Austria, el remitente es un notario.

«Estimada señora Hartlieb: ha recibido usted el remate y ha adquirido el objeto número 45.896 y, por lo tanto, la masa concursal de la empresa XY.

Le ruego que comparezca en la dirección del objeto arriba mencionado (fecha límite: 15 de octubre) con la cantidad de 40.000 euros en efectivo.»

Y así vivo en mis carnes la sensación que produce un ataque de nervios. Intento localizar a mi marido en la oficina.

–Cornelia Meier, buenos días.

–Buenos días, soy Petra Hartlieb, me gustaría hablar con mi marido.

–Está en una reunión con el jefe.

–Es importante, le ruego que me ponga con él. Jamás he sacado a Oliver de una reunión, ni siquiera cuando me puse de parto; entonces esperé con calma a que me llamara él.

–Tienes que venir inmediatamente. Hemos conseguido la librería. ¡Mierda, tenemos una librería!

Esa noche habíamos quedado en que vendrían de visita nuestros mejores amigos. Ella es de Viena, él es alemán. Están a cada cual más resplandeciente, quieren contarnos una novedad. Pero somos nosotros quienes la tenemos.

A nuestros amigos les resulta algo difícil tomar la palabra. Sigo sin creer que todo esto sea cierto, al fin y al cabo nunca recibimos una confirmación a nuestra oferta, ni enviamos una carta certificada, ni firmamos nada, sólo fue un email; eso no puede ser vinculante.

–Sí que lo es. –El padre de una amiga, juez retirado en Viena, me lo había confirmado concisa y rotundamente–. Habéis hecho una oferta, y ésta ha sido aceptada. Ahora tenéis que pagar. Pero a continuación podéis traspasar el negocio.

–Muchas gracias, es lo que pensamos hacer. Oliver mandó esa misma noche un fax a la editorial anunciando su dimisión. Y en algún momento, poco antes de la medianoche, estos dos amigos nos contaron que estaban esperando un bebé.

Oliver se levanta a las seis y se pone en silencio su mejor traje y una corbata. No se le ve nada feliz. Su objetivo es llegar el primero a la oficina y coger del fax su carta de dimisión, antes de que alguien la vea. Es un día especial en la oficina, se celebra que su jefe lleva treinta años en la empresa. Hay discursos, un bufé, se brinda con champán, mi marido no acaba de participar del todo, se pasa el día esperando el momento más adecuado para presentar su dimisión. Cuando por fin se han hecho todos los discursos y la cúpula del grupo empresarial se ha ido y todos están pensando en marcharse, él se cuela en el despacho del presidente.

–Aún nos queda hablar de una cosa.

–¿Presenta usted su dimisión?

–¿Cómo lo sabe?

–¿De qué otra cosa tendría usted que hablar conmigo en un día como hoy?

–Tiene razón.

–¿Quién le ha hecho una oferta? ¿Puedo intentar convencerle de alguna manera para que se quede con nosotros?

–No, no puede. Y nadie me ha hecho ninguna oferta: mi mujer y yo vamos a abrir una librería en Viena.

–Están ustedes completamente locos.

–Sí, lo sé.

–Dígame, ¿cómo puedo ayudarles?

Tras pasar una noche en vela nos aprestamos a dar el paso siguiente: ¿cómo se lo explicamos a los niños? La pequeña no es un problema. Conoce Viena de las vacaciones, es una combinación de padres relajados y filetes empanados, tardes plácidas con los amigos en el jardín, visitas a la piscina y al zoológico. Le contamos que en Viena hay unas heladerías estupendas, que hace mejor tiempo y que pronto viviremos en una librería, donde podrá tener inmediatamente cualquier libro de cuentos que quiera. Y también, por supuesto, todas las casetes de cuentos de Conni que aún no posee.

Estas perspectivas de futuro lamentablemente no impresionan nada al chico de dieciséis años. Es de Hamburgo hasta la médula (su vida es el barrio de Schanzen, las playas del Elba y el FC St. Pauli), sólo conoce Viena desde la perspectiva de un niño de ocho años; o sea, que para él se trata de una ciudad poco interesante. De buen grado, se mudó conmigo de Viena a Hamburgo, ¿vamos ahora a obligarlo a que regrese? De entrada, se repliega y ensimisma, se queda callado, se desespera, probablemente acaba de enamorarse y este traslado le parece totalmente imposible. Me acuerdo muy bien de lo que es tener dieciséis años: lo más importante en el mundo son los amigos, los padres son una pesadez inevitable, útiles porque proporcionan vivienda, dinero y alimentos. La mudanza está para él fuera de toda consideración. Me da muchísima pena. Pero como Oliver tiene medio año de plazo para la dimisión, mientras transcurre ese tiempo seguro que encontramos una solución.

Mira tú por dónde, ahora resulta que somos los propietarios de una librería. ¿Y en qué momento se venden más libros? Efectivamente, en Navidad. Ahora estamos a comienzos de octubre, y sólo faltaría que no pudiésemos abrir la tienda en noviembre. Pero antes hay que resolver unas cuantas menudencias. Por ejemplo, el dinero, que aún nos tienen que prestar, llevarlo a Viena, negociar el contrato y las cuotas mensuales del local y la vivienda, buscar un banco que sin hacer demasiadas preguntas nos dé un crédito para cubrir la masa concursal, buscar una guardería para la niña y un instituto para el chico, gestionar la licencia, vaciar el local (lleno de libros, cosas de oficina y material para embalar), pintar las paredes y los marcos de los escaparates, hacer una nueva instalación eléctrica, diseñar el logotipo, arrancar el suelo de linóleo, etcétera, etcétera. Sólo estamos en la segunda semana de octubre, ¿podremos inaugurar el 4 de noviembre? Bueno, la mudanza a Viena la resolveremos posteriormente, dado que aún no tenemos vivienda.

Qué práctico que la Feria del Libro de Frankfurt sea en octubre, y que tengamos que ir de todas todas. Y como Oliver es el responsable de montar el stand de la editorial para la que aún trabaja, y por lo tanto está superado, soy yo quien se ocupa de nuestro futuro. Al fin y al cabo sólo tengo que hacer unas pocas entrevistas, de manera que aprovecho el tiempo para reunirme con esas personas que uno necesita cuando va a abrir una librería: los jefes de las distribuidoras de Austria y Alemania, los presidentes de las asociaciones de libreros, los jefes de venta de las editoriales más importantes, otros libreros, etcétera. ¿Por qué será que tengo la sensación de que la mayoría de mis interlocutores sonríe compasivamente? «Es realmente valiente lo que usted se propone, y puede llegar a funcionar.» Gracias, tiene que funcionar. No tenemos elección.

Constantemente, a Oliver y a mí se nos ocurren a la vez ideas buenísimas, que nos espetamos mutuamente en breves encuentros en los pasillos de la feria. «¿No necesitaríamos un abogado a la hora de firmar el contrato? ¿Conocemos a alguien que pueda recomendarnos un banco?» Las facturas de teléfono probablemente superen las futuras ganancias, pero así son las cosas.

Tengo una tarjeta mágica llamada «acreditación». Con ella se entra en el centro de prensa, donde están todos mis colegas redactando con muchas ínfulas sus textos sobre la feria. Yo, en cambio, busco el número de un abogado que me representó hace unos años en un litigio laboral; es el único que conozco. Llamo también a la única amiga que tengo relacionada con el comercio y la banca (para algo estudió económicas): ella debería saber de alguien que pueda concedernos un crédito. «Conozco a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien» continúa siendo en Austria el camino habitual, jamás se me ocurriría llamar sin más a la puerta de un banco.

A la vez se hace público, como cada año, el premio Nobel de literatura, que, para susto mío, se concede (precisamente este año) a Elfriede Jelinek. Mis conversaciones con la banca, la abogacía y las cámaras de comercio se ven bruscamente interrumpidas por una llamada de la persona situada por encima de mí en la jerarquía de la emisora: «Tienes que hacer una pieza, eres la única austríaca». ¡Como si eso me capacitase para hacer a bote pronto una pieza radiofónica sobre Jelinek! Me pongo rápidamente a buscar unos cuantos fragmentos con su voz, a gente que tenga algo que decir sobre una austríaca que no se cuenta precisamente entre las más apreciadas del país. Leí algunos de sus libros en otra época.

Y la Feria del Libro de Frankfurt llega a su fin. Oliver supervisa el desmontaje de su stand, yo hago las maletas, y poco antes de la medianoche estamos en la autopista en dirección a Viena. En el maletero están los libros, sin que falte uno, de Jelinek, y un cartel a todo color de tamaño natural con las palabras «Premio Nobel de Literatura». Qué práctico que sus libros se publiquen en la editorial de Oliver. Seremos la primera librería que tenga un escaparate dedicado a Jelinek. Esto, por cierto, no nos acarreará únicamente amigos.

Tenemos que llegar a Viena por la mañana. Estamos citados en un banco al que hemos enviado por fax desde Frankfurt un impresionante plan de negocio. «Eso está hecho», han dicho en el banco. A las seis llegamos a casa de nuestros amigos, Oliver se echa en la cama una hora, nos duchamos, nos ponemos guapos, y a las ocho y media en punto estamos, con ojos de cansancio y un dossier de tapas discretas, frente a una pareja de serios empleados que parecen haber salido directamente de la publicidad de la caja de ahorros para la construcción, con el propósito de tomar decisiones sobre nuestro futuro. Ante ellos, sobre la mesa, está impreso el plan de negocios de nuestra futura empresa, y nosotros rogamos con todas nuestras fuerzas que los empleados bancarios aún no se hayan enterado de que el comercio de libros es un sector sentenciado desde hace muchos años, si no décadas. Hojean entusiasmados las tablas de excel y los diagramas de pastel, mi marido no se ha olvidado de nada, la evolución demográfica del barrio, una estimación de los niveles de ingresos, las librerías de la competencia, el volumen de negocio que cabe esperar en los próximos diez años, etcétera. Me sirvo la tercera taza de café templado, y las palabras me zumban en la cabeza: crédito a bajo interés, ingresos brutos, cuota de cobertura… Me despierto súbitamente al sonar mi móvil. Es nuestro abogado. Indico mediante señas a los presentes que se trata de algo importante, y me levanto de la mesa de reuniones. Por desgracia aún no he abandonado el cuarto cuando se oyen salir del auricular los gritos:

–¡Menudos tipejos! Quizá no deberíamos firmar el contrato de la vivienda, sólo del local. ¿Se piensan que somos imbéciles o qué?

Antes de cerrar silenciosamente la puerta alcanzo a ver cómo se arquean las cejas de la mujer del banco.

–Le ruego que hable más bajo. Estoy en el banco. ¿Puedo llamarle en un rato?

–No, voy a estar todo el día en los juzgados, ya la llamaré yo. Pero no vamos a firmar el contrato de la vivienda. No estamos locos.

–Pero si usted iba a acompañarnos a la reunión donde haremos la entrega del dinero…

–Sí, es verdad. De acuerdo, allí estaré.

Tres cuartos de hora más tarde estamos en la pequeña plaza delante del banco con un crédito de setenta mil euros en el bolsillo. Mi pobre marido, alemán él, oscila entre dos polos, el de una gran alegría y el del desprecio más absoluto:

–Austria es un país muy raro. Me refiero a que hemos entrado ahí dentro, les hemos enseñado unas cuantas hojas de colores, les hemos hablado de nuestra experiencia de años en el sector de los libros, ¡y nos han dado el dinero; así, sin más!

–Sí, porque perciben que somos buenos. Somos una pareja dinámica y exitosa.

Oliver acaricia cuidadosamente con su pulgar una de mis ojeras.

–Vale, mitad dinámica de una pareja de éxito. Y, ahora, nos vamos a dormir.

En la casa de nuestros amigos no hay nadie, los mayores están trabajando, los niños en el parvulario. Nos despojamos de nuestras serias vestimentas, y caemos en el sofá-cama. Oliver mete una mano por debajo de mi camiseta y acaricia sin demasiado entusiasmo mi espalda. «¿Crees que hacemos lo correcto?» Pienso la respuesta, y cuando digo: «Pues no lo sé», él ya se ha dormido.

Tres horas más tarde entramos en la Caja Postal. A Oliver le impresiona el edificio de Otto Wagner, y se queda de pie, estupefacto, en el centro del gran espacio de la sala principal. Mi respeto se relaciona más bien con la suma de dinero que estamos a punto de sacar de mi antigua cuenta, la de cuando estudiaba: cuarenta mil euros, que me pertenecen oficialmente desde hace dos horas, y que ha transferido el heredero y ex novio a una cuenta que desde su creación siempre estuvo en números rojos. ¿Me van a dar esa suma de dinero? ¿No preguntarán, acaso, de dónde ha venido tanto dinero, así, de pronto? ¿No quieren saber lo que voy a hacer con él?

–No es una cantidad tan alta. Hay gente que saca constantemente estas sumas, gente que ni se entera cuando alguien les transfiere a la cuenta medio millón. –De pronto, mi marido se las da de hombre de mundo, aún no lo conocía en este plan.

La cajera le echa una ojeada rápida a mi pasaporte y cuenta, efectivamente sin inmutarse ni lo más mínimo, un fajo de billetes encima del mostrador. Una pequeña bolsa de papel, un recibo, y meto el paquete en mi bolso y me aferro al asa con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Hacer como si no ocurriera nada, como si me pasara la vida yendo por la ciudad con esas cantidades; me vuelvo una y otra vez para mirar hacia atrás, cambio el bolso de mano.

La siguiente estación es la asesoría para jóvenes empresarios de la Cámara de Comercio. Un montón de papeles, folletos impresos a todo color en papel brillante con fotos de personas de buen aspecto y muy arregladas, y una conversación no demasiado informativa sobre la creación de una empresa. No soy capaz de seguir del todo a la señora, al fin y al cabo debo concentrarme en los cuarenta mil euros que hay en mi bolso. El comercio librero en Austria era antes una actividad protegida, los únicos autorizados a abrir un establecimiento propio eran los vendedores de libros y partituras con formación reglada. A partir de una reforma gubernamental de finales de los años noventa cualquiera puede hacerlo; probablemente ni siquiera haga falta saber leer. Esto resulta ser muy práctico: debido a que mi marido es el alemán y yo la austríaca, la licencia profesional debe ir a mi nombre y no al de Oliver, que es librero de formación desde hace veinte años. Yo no soy nada de nada, de manera que me convierto en joven empresaria y solicito una licencia profesional.

Llegamos demasiado pronto a nuestra nueva calle, que bajo la lluvia de octubre presenta un aspecto bastante triste y desolado. Nos quedamos sentados en el coche contemplando los cristales sucios de «nuestra» librería. Me pongo cada vez más nerviosa, y al cabo de un cuarto de hora estoy segura: éste es el mayor error de mi vida. Alguien nos arrebatará el dinero, el contrato es un fraude; o bien todo está correcto pero no vendrá nadie a comprar libros. Como siempre ocurre en estas situaciones, Oliver enmudece a cada segundo, de manera que en algún momento también yo me callo y observo cómo se apean de un coche el propietario y otras dos personas, y desaparecen en el interior del edificio. Quien falta es nuestro abogado.

–Como no venga, yo ahí no entro.

–Viene seguro. Todo irá bien.

Por supuesto que aparece, con un retraso de diez minutos, y es increíble la seguridad que de pronto me proporciona este hombre sudado y descompuesto. Él está aquí, y todo irá bien. Nadie nos va a arrebatar el dinero para, a renglón seguido, desaparecer, en el contrato no hay pegas en letra pequeña. Sólo está el asunto de los clientes que necesitaremos y que él no puede proporcionarnos. El propietario anterior, su abogado, la administradora concursal, nosotros dos y nuestro abogado nos apiñamos en un cuarto estrecho y con olor a moho de la parte trasera. Se firman los contratos, los billetes cambian de mano, nos dan un recibo, todo ocurre muy rápidamente. Acabamos de conseguir una librería.

€9,99
Altersbeschränkung:
0+
Umfang:
190 S. 1 Illustration
ISBN:
9788418264443
Übersetzer:
Rechteinhaber:
Bookwire
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