Buch lesen: "Diario de un MIR. Aventuras y desventuras de un médico con vocación"

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Editado por HarperCollins Ibérica, S. A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
Diario de un MIR. Aventuras y desventuras de un médico con vocación
© 2022, Pau Mateo Ramos
© 2022, para esta edición HarperCollins Ibérica, S. A.
Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.
Diseño de cubierta: Rudesindo de la Fuente – Diseñográfico
Ilustración de cubierta: Luis Doyague
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
ISBN: 978-84-9139-742-7

A mi padre, Ferrán, y a mi madre, Isabel, por ser los pilares en los que me apoyo siempre. Gracias a ellos he conseguido ser lo que soy.
A mi hermana, Cristina, por ser mi confidente y amiga; palabra honesta y fuente de inspiración que me ha ayudado en el camino.
A Ginevra, por ser mi faro en la tormenta, mi brújula cuando estoy perdido, mi red de seguridad cuando me caigo y la mano que me empuja a salir de mi zona de confort.
Y a las leonas y los leones, que hacéis que todo el contenido que comparto en internet merezca la pena. Sin vosotros este libro no hubiese sido posible.
Prólogo
Cuando Pau le robó al Mediterráneo un tenue beso de ceniza, empezó su nuevo camino por la vida. Él aún no lo sabía, pero el futuro le iba a deparar muchas sorpresas.
A lo largo de este pequeño recorrido por rincones de su vida, seguro que te podrás ver identificado. Pau nos traslada al viaje que es su día a día. La vida, como él mismo dice, no está llena solo de alegrías, pero ya que estamos en este mundo ¿por qué no vivirla apasionadamente?
En todo lo que hace, Pau pone mucha pasión. Esta fue la primera palabra que me vino a la mente después de leer el libro que tienes entre las manos. Él siente con pasión, debate con pasión, trabaja con pasión y vive con pasión.
Cada capítulo es una parada del trayecto que nos invita a recorrer. Pensarás que te lleva de la mano y sentirás haber estado a su lado cuando vivió cada momento. ¡Es un seductor!
Vas a descubrir un paseo zigzagueante, lleno de anécdotas y de situaciones que, vistas con la perspectiva que nos da el tiempo, te pueden hacer sonreír. Pero este libro está lleno, sobre todo, de guiños a la vida.
Es un viaje hacia el interior de nosotros mismos. Donde podremos descubrir aspectos y matices que nos habían pasado desapercibidos. No importa el destino. ¿Quién lo conoce? Importan los viajes que hacemos en la vida y Pau, a pesar de su corta edad, nos ayuda a recorrerlos. Os animo a subir a bordo.
No os defraudará.
Como padre, reconozco en este diario al Pau valiente y luchador que ha perseguido sus sueños y que seguro lo seguirá haciendo.
Deseo que disfrutéis de este libro tanto como yo. Merece la pena el viaje.
Ferrán Mateo
Capítulo 1
Yo quería ser basurero

Julio de 2009.
«Estimado señor Pau Mateo, sentimos informarle de que no ha sido aceptado en la [inserta aquí el nombre de cualquier facultad de Medicina de cualquier universidad pública española] y por lo tanto pasa usted a la lista de espera».
Ese fue mi primer encuentro directo con la medicina. Pero ¡eh! ¿Dónde he dejado mis modales? Haré contigo como hago con mis pacientes. Buenos días, soy el doctor Mateo y seré su médico hoy. Aunque, honestamente, me parece bastante impersonal. Ya que has decidido comprar mi libro y leer las cosas que tengo que contarte creo que lo más correcto es que nos tuteemos, o por lo menos yo voy a hacerlo, así que espero que pienses en mí como Pau. Lo que tienes ahora mismo en las manos es un amalgama de historias, anécdotas, algo de biografía personal y mucha logorrea (algo que, sinceramente, me define) para que podamos pasar unas cuantas mañanas, tardes, noches o trayectos en transporte público entretenidos. Así que, abróchate el cinturón porque vienen curvas.
Este manuscrito —vamos a darle una palabra más mística, porque te aseguro que para mí las líneas que vamos a compartir, yo tecleando y tú leyendo, lo merecen— es una máquina del tiempo. También es una bitácora y una libreta de apuntes de anatomía. Además, es un cuaderno donde apuntar las mnemotécnicas para preparar el examen MIR o un atrapa polvo de estantería. Es todo lo anterior. (El MIR es el examen que los médicos en España tienen que hacer para entrar en la residencia médica para especializarse, por lo tanto cuando uno pasa a ser llamado Médico Interno Residente, MIR).
Como solía decir Jack el Destripador: vamos por partes. Vamos a la parte en la que se empieza a gestar en mí el deseo de ser médico. Imagino que habrás oído a más de uno decir que sabía que quería ser médico desde pequeño, porque sus padres son médicos, porque le gustó de pequeño la serie de televisión Érase una vez el cuerpo humano o porque Anatomía de Grey o House M.D. fueron de sus series de televisión preferidas. Bueno, pues yo ni lo uno ni lo otro. Yo, de pequeño, quería ser basurero. Pero no uno cualquiera, quería ser el basurero que va montado en la parte de atrás del camión y que tiene que cargar los contenedores en un tiempo récord para no entorpecer el tráfico de los coches. Me acuerdo que cuando tenía cuatro años y estaba en casa de mi abuela en Barcelona no me podía ir a dormir hasta que el camión de la basura paraba casi delante de la ventana de mi habitación, descargaba el contenedor y los basureros en un salto acrobático aterrizaban en una pequeña plataforma de metal y se aferraban a una barra que salía del camión de la basura. Ese momento para mí era especial. Entre eso, el calor del verano en Barcelona y el hecho de que la casa de mi abuela estuviera en el primer piso de una calle bastante estrecha hacían de esa escena una orgía de olores que te puedes imaginar. Pero para mí era especial.
Pasados unos años decidí que quería ser químico. Aunque nací en Barcelona, crecí en Logroño, una ciudad increíble en el norte de España, donde he vivido toda la vida. Como capital de La Rioja que es, el vino forma parte de la cultura. De hecho, recuerdo que cuando estábamos en el colegio teníamos un tema en una asignatura que se llamaba Conocimiento del Medio que nos explicaban cómo se hacía el vino. Yo pensé: seré químico y después enólogo. Pero claro, después vino ella.
Y con ella no me refiero a un amor juvenil que desa ta pasiones y que hizo que me olvidara de todo lo demás. Bueno, quizá un poco sí. Ella fue la Biología. Pero no una Biología cualquiera, la Biología Humana. Empezamos a aprender en qué consistía la célula, los diferentes órganos humanos. Recuerdo que mirar por el microscopio unos portaobjetos (ya sabes, esos trocitos de cristal que se ponen en el microscopio), que pertenecían a la colección personal de la madre Celina (una monja que yo pensaba que tenía cien años) me hacía abstraerme de cualquier evento externo. El poder descubrir el mundo microscópico me fascinaba. Cuanto más aprendía sobre el cuerpo humano más crecía mi curiosidad. Estaba naciendo en mí una pasión (espóiler: sigue vigente) que me llevaría a recorrer miles de kilómetros para alcanzar mi sueño. Los otros temas de Biología me interesaban poco, lo que más me gustaba era la Biología Humana. Recuerdo que por aquel entonces apodé al cuerpo humano como la máquina perfecta.
Vale, me dije a mí mismo. Tengo que dedicarme a algo que entre mucho en contacto con el cuerpo humano. Creo que la verdadera iluminación de que quería ser médico vino cuando mi profesor de Educación Física decidió enseñarnos primeros auxilios y reanimación cardiopulmonar cuando teníamos catorce o quince años. Algo muy vanguardista en esa época y por lo que le estaré eternamente agradecido. Nos enseñaba a reconocer y estabilizar fracturas de huesos grandes, como el fémur, el húmero o la tibia, con palos de plástico. Nos explicaba que si nos encontrásemos en la naturaleza y tuviésemos que realizar una inmovilización deberíamos encontrar palos grandes y resistentes. La idea vanguardista de este profesor, de enseñar primeros auxilios a chavales adolescentes, hizo que unos meses más tarde una alumna un año más pequeña que yo —que ha acabado siendo médico también— le realizase una reanimación cardiopulmonar a una persona que lo necesitaba ¡y le salvó la vida! Si mi memoria no me juega una mala pasada creo que incluso hicimos un examen escrito en el que debíamos explicar cómo pondríamos en práctica lo aprendido en un accidente de coche. Primero velar por la propia seguridad. Segundo proteger la zona del accidente. Tercero designar a alguien para pedir ayuda. Unas pautas que se me han quedado grabadas desde entonces. El examen era escrito —sí, también dábamos teoría en Educación Física— y tuve que pedir un par de folios más para poder escribir todo lo que tenía en la cabeza. Saqué un diez. Nunca antes había sacado un diez en mis años de la ESO (Educación Secundaria Obligatoria). Lo tenía claro, yo tenía que ser médico y, como descubrirás en las líneas por las que navegaremos a continuación, estaba dispuesto a hacer lo que fuera para conseguir mi sueño.

Capítulo 2
Tú no vales para médico

Verás, voy a contarte un secreto muy bien guardado entre los médicos que no se suele hacer público a la población general. La profesión de médico se ha visto envuelta en un aura de respeto, se considera que son personas de gran conocimiento y brillantes. Digamos que es una de las profesiones más antiguas, si no la más antigua. Seguramente habrás oído, o incluso pensado tú mismo, «ah, es médico, seguro que es muy inteligente y sacaba notas muy buenas en el colegio». Pues sorpresa, sorpresa, hay un porcentaje muy alto (un 63 por ciento, pero es un porcentaje que me acabo de inventar) de médicos que no son brillantes en el colegio, ni en Bachillerato. Lo sé, te acaba de entrar un sudor frío por la espalda, se te ha secado la boca y te cuesta pensar con claridad. Espera, si esto te está pasando de verdad pide ayuda, puede ser que estés a punto de sufrir lo que llamamos un síncope vasovagal; vamos, el clásico «se le ha bajado la presión asín, de golpe». Lo mejor será que te tumbes en el suelo, mirando hacia arriba y que alguien te levante las piernas para que queden más altas respecto al corazón, para favorecer así el retorno venoso. De esta forma ayudarás a redistribuir los líquidos por el cuerpo y dejarás de tener esa sensación de mareo.
Mira, ya que me lo preguntas: sí, alguna vez me ha pasado con algún paciente, realmente es algo bastante común. Y sí, ya que insistes voy a contarte una anécdota reciente. No voy a decirte el sexo ni la edad ni el nombre de la persona, porque no son cosas importantes para explicar el caso y porque la privacidad del paciente es una de las cosas más importantes que existen. Tú piensa que cuando las personas acuden a nosotros normalmente es porque tienen algún problema, ya sea orgánico, psicológico o social, y esperan que les atendamos con todos nuestros sentidos y que no emitamos ningún juicio de valor. Es muy fácil juzgar a alguien sin saber la historia que tiene detrás. «Ah, es un borracho y se dedica a jugarse el dinero en el casino del barrio» podría ser una primera lectura. Pero cuando indagas más, cuando te sientas media hora o incluso una hora (siempre que el tiempo y las circunstancias te lo permitan) y te atreves a preguntarle por su vida, descubres que su madre tiene un problema de drogodependencia y que cuando nuestro paciente era pequeño su madre lo prostituía (y ella también) para conseguir dinero para la siguiente dosis que acabaría lentamente con su vida. ¿Ves cómo no hay que juzgar a la primera?
Bueno, volvamos al paciente X del que te iba a hablar. Persona joven que venía por un dolor lumbar desde hacía unos meses que no conseguía controlar con medicación habitual; pesaba poco (unos cincuenta kilos) y se le había olvidado decirme que no había desayunado ni comido aquel día. Como vi que con Paracetamol no conseguía calmar el dolor decidí subir un peldaño en la escala analgésica y probé con el siguiente peldaño en cuanto a efectividad, lo que denominamos opioides menores. Cada cuerpo es un templo, por lo que cada uno tolera de manera diferente las medicinas. El paciente al principio se mostraba algo reacio a la idea de iniciar la terapia en vena pero al final tras explicarle las diferentes posibilidades terapéuticas aceptó. Al cabo de cinco minutos nos llamó la persona que le acompañaba diciendo que no se encontraba demasiado bien.
Cuando le miré a la cara —mirando a la cara de las personas puedes entender y diagnosticar muchas más cosas de las que piensas— vi que tenía un color amarillo verdoso que no me gustaba nada. Lo tumbamos en una camilla, medimos presión sanguínea, pulso y temperatura y miramos si estaba sudado o no y si respiraba bien, y procedimos a bajar la cabeza y poner las piernas más altas que el corazón, como decía al principio. Si te toca esta pregunta en el Trivial o quieres fardar delante de tus amigos o quieres dejar boquiabierto al médico de urgencias, esta postura se llama posición Trendelemburg. Aunque, cuidado porque hay nuevas guías que dicen que con tumbar al paciente boca arriba sería más que suficiente.
Perdóname. Me enrollo más que una persiana. Muchas veces los médicos tenemos este problema. Cuando empezamos a hablar de medicina nos podemos tirar horas. Muchas veces cuando salimos a tomar algo con amigos no médicos nos miran con cara de «¿otra vez?», y tienen toda la razón. Así que, si te encuentras con algún amigo médico y sabes que en el grupo hay otro, sepárales o déjales aislados. Lo digo por tu bien. Te ahorrarás horas de palabras raras que no tienen mucho sentido. Aunque también podrías preguntarles alguna anécdota divertida, interesante, pero, sobre todo, y te lo digo como médico y amigo, no le plantees dudas médicas sobre ti.
Cuando le preguntas a un amigo médico «oye, me duele el dedo, ¿qué podría ser?» le estás pidiendo que diagnostique. Además, podría ser cualquier cosa. Desde un tirón muscular a un tumor de los huesos, por lo que muchas veces no es tan sencillo llegar a una respuesta correcta. De la misma manera que no se te ocurriría pedirle a tu amigo el panadero —un día, tomando una cerveza— que subiera a casa a preparar un pan, ya que sería pedirle que trabajara a deshoras, no nos lo pidas a nosotros. No nos importará resolver una duda puntual o dos. Muchos amigos médicos no te lo dicen a la cara por miedo a ofenderte: estar recibiendo preguntas todos los días sobre la salud es un poco coñazo.
Volvamos al tema del capítulo. Como iba diciendo, el 63 por ciento de los médicos no fuimos brillantes en el colegio. De hecho mi nota de acceso a la universidad fue un 6,9 sobre 10. No era una mala nota, pero por aquel entonces no era suficiente para entrar en Medicina. Tampoco fue una sorpresa, yo ya lo veía venir.
En primero de Bachillerato, cuando tenía dieciséis años, sufrí de depresión y bastante ansiedad. No es algo que utilizo como excusa, pero me costó mucho concentrarme en los estudios. Tengo que reconocer que plasmar en un libro mi episodio de depresión y ansiedad me da algo de vértigo.
Vértigo porque hay muchas personas (la gran mayoría) que no conocen ese episodio de mi vida. Vértigo por el qué dirán. Vértigo porque no es algo de lo que solemos hablar. Pero, ¿sabes qué? Me voy a atrever. Creo que se debería hablar más de la salud mental. No nos da vergüenza hablar de unas anginas o unas hemorroides, pero parece que hablar de ansiedad, bipolaridad, trastorno de personalidad, esquizofrenia es como hablar de Voldemort (referencia a Harry Potter por si no lo has leído). Se tendría que hablar más de esto.
Bueno, pues, mi depresión y ansiedad mezcladas con mi grupo de música, la big band a la que pertenecía y que mi pasión era el skate hicieron un combo poco favorable para que académicamente fuera brillante. En el primer curso de Bachillerato teníamos cuatro evaluaciones. Yo, hasta entonces, creo recordar que nunca había suspendido ninguna evaluación en la ESO. O si había suspendido algo lo había recuperado en la sesión extraordinaria. Nunca me había quedado nada para septiembre. No fui un estudiante sobresaliente, pero tampoco suspendía. Creo que mi don, o mi maldición, es que me costaba poco aprender los temas, lo que hacía que me relajara y empezara a estudiar más tarde, y claro, me pillaba el toro la mayoría de las veces.
Total, que tras recuperar las asignaturas y acabar primero de Bachillerato con una media de 6,3, sabía que mi sueño de estudiar Medicina empezaba a alejarse. Necesitaba hacer un segundo de Bachillerato de 10 para tener algún tipo de posibilidad.
En septiembre de 2008 empecé a estudiar más fuerte, estaba más centrado, seguía con mi grupo de música y seguía en terapia con mi psiquiatra, lo que me ayudó a estar mejor psicológicamente y concentrarme más en el estudio. Mi media tras la primera evaluación fue de 7, no iba a poder conseguirlo.
Recuerdo la charla que tuve con mi tutor sobre mis posibles salidas profesionales. Me dijo: «No vales para médico, deberías hacerte crítico de música o algo parecido». Fue una bofetada psicológica brutal. Había empezado el curso esforzándome mucho más de lo que había hecho hasta entonces, estaba renunciando a muchas cosas por quedarme estudiando y la persona que tenía que ayudarme a decidir mi futuro me decía que la medicina no era para mí. Lo peor es que estoy seguro de que conoces a alguien al que le ha pasado lo mismo. Quizá te ha pasado a ti, te han dicho alguna vez que no vales para hacer algo. Déjame que te diga algo: es una gilipollez en toda regla.
De hecho, no deberías permitir que nada ni nadie te ponga límites para intentar conseguir lo que quieras ser en tu vida. ¿Quieres conseguirlo? Tienes que luchar por ello, tienes que desearlo, tienes que sudar y es posible que fracases inicialmente, pero al final merecerá la pena.
Acabé suplicando a todos los profesores que me dejaran repetir los exámenes de final de curso para subir nota. Llegué a subir un punto en todas las asignaturas, con lo que conseguí acabar segundo de Bachillerato con un 7,75 sobre 10 y una nota final de 7, que después haría media con la PAU (EBAU creo que se llama ahora) para acceder a las carreras universitarias.
No quiero hacerte un espóiler, aunque ya sabes que soy médico, así que quiero contarte el segundo encuentro que tuve con mi tutor de segundo de Bachillerato hace aproximadamente un año y medio cuando estuve un tiempo viviendo en casa de mis padres y trabajando como médico de una mutua.
Me lo encontré un día por la calle y la conversación fue algo así:
—¡Hola, [nombre del tutor], cuánto tiempo!
–¡Hola, Pau! ¿Qué tal, cómo estás?
–Yo bien, ¿y tú?
–Bien, bien, por el colegio todo bien. Tú ¿qué tal? ¿A qué te dedicas? ¿Qué fue de tu vida al final?
–Pues mira [dejo unos segundos de suspense, para disfrutar del momento aún más] al final hice Medicina y soy médico, de hecho trabajo aquí cerca, a dos calles.
–Ah… cuánto me alegro.
–…
Verás, no le guardo ningún rencor, de verdad. Mi idea con este capítulo era mostrar que no hay que tomar como dogma lo que diga una persona a la que admiras o que está por encima de ti. Ni siquiera si lo digo yo. El dueño de tu futuro eres tú, eres tú quien decide hasta dónde vas a ser capaz de llegar.
Aunque, desafortunadamente, el esfuerzo no siempre conlleva una recompensa, por lo menos no una inmediata. Ya que si consiguiésemos todo a la primera quizá dejaría de tener tanto valor para nosotros, ¿no?

Capítulo 3
El maletín

El trabajo de médico, o mejor dicho, la profesión de médico trae muchas cosas buenas y otras no tanto. Digamos que es una especie de maleta que poco a poco vas deshaciendo. Muchos pensarán que el maletín o cabás te lo entregan el primer día de universidad, pero la realidad es que el maletín te lo entregan el primer día que decides ser médico.
El día en el que se te mete en la cabeza, o entre ceja y ceja como me gusta decir a mí, que vas a ser médico y que nada te lo va a impedir, llama al timbre una persona de la agrupación médica mundial y te da un maletín. Aquí no hay gente predestinada a ser médico ni gente que no puede serlo, no. Aquí lo que se pone en marcha es tu vocación. La vocación de ser médico, el deseo de ayudar a los demás, la necesidad de renunciar a vida social para aprender cómo ser la mejor opción que tengan tus pacientes, son algunos de los requisitos para poder ser médico.
Las instrucciones del maletín son claras: es como un botiquín de los que utilizamos cuando vamos en las ambulancias y tiene muchos compartimentos. Cada bolsillo tiene una etiqueta muy clara y viene definida por una etapa en tu nueva vida como médico. Tienes un bolsillo marcado con «abrir cuando estés seguro de que quieres ser médico» y otro marcado con «abrir cuando entres en Medicina». Hay bolsillos de todos los tamaños y colores. De hecho, por lo que he podido hablar con mis compañeros son todos más o menos iguales. Es verdad que algunos de los maletines de mis colegas son más pequeños, otros son más grandes. El mío digamos que es un tamaño medio tirando a grande. Pesa, pero se puede llevar.
El día que renuncié a estudiar Química para después hacer una segunda carrera de Enología y me decanté por Medicina, llamaron a la puerta. Esa tarde estaba solo en casa. Mis padres trabajaban y mi hermana estaba entrenando a tenis. Abrí la puerta y no vi a nadie. Miré hacia todos los lados y solo cuando decidí mirar hacia abajo encontré el maletín. Tenía aspecto de ser técnico, con reflectantes por todos los lados pero también tenía pinta de ser algo vintage. Como si ya hubiese pertenecido a algún galeno antes que a mí. Encima del mismo había una nota donde estaba escrito «Para el futuro doctor Mateo». Claro, mi corazón empezó a acelerarse (una taquicardia, pero de las normales, de las que te suceden cuando estás emocionado) y empecé a sudar un poco. Lo recogí, cerré la puerta y subí corriendo a mi habitación. Lo dejé en mitad de la alfombra y me quedé mirándolo incrédulo.
¿Qué tengo que hacer ahora con esto?
Por detrás, la nota decía, una letra pequeña de máquina de escribir: «Abrir solo si se está 100 por ciento seguro de querer ser médico». No tardé ni cinco segundos en decidirlo. «Adelante», me dije a mí mismo. Y empecé a abrir la cremallera superior. El maletín olía a neopreno pero también a tienda de segunda mano. Como si la tienda de deportes estuviera justo al lado de una tienda de ropa usada y esos olores se entremezclaran. No tenía ningún tipo de descosido ni roto pero por la parte trasera y abajo tenía un par de parches como si lo hubieran reparado en algún momento de su vida anterior.
Al abrir el maletín encontré muchísimos compartimentos. Algunos muy pequeños, otros muy grandes: «abrir en tu primer día de Medicina», «abrir en tu graduación de Medicina», «abrir en tu último día como médico». Mi corazón iba a mil. Bueno, a mil no, que si no estaría en urgencias. Ya me entendéis.
Estuve un rato sin abrir ninguna cremallera (algunas iban hasta con candado como para asegurarse de que se iban abriendo a su debido tiempo, sin prisas, cada cosa cuando fuese necesario).
Ya os he dicho que había renunciado a ser químico para ser médico. En esos momentos estaba en casa estudiando para la selectividad. Entonces en España el examen para entrar en la universidad se llamaba Prueba de Acceso a la Universidad (PAU) y siempre hacía bromas malas con mi nombre y con ese examen. Es más, aún las hago.
Total, que con una inspiración profunda decidí abrir el bolsillo. Para mi sorpresa solo había un sobre con una carta dentro, escrita a mano, con letra de médico. Nada más. ¿Toda la parafernalia para una simple carta? Me quedé chafado. Tiré la carta encima de la cama y dije «bueno, ya vale». Estoy perdiendo mucho tiempo con este maletín y tengo que seguir estudiando para la selectividad. Así que lo cerré, lo metí debajo de la cama y yo me senté en mi silla para seguir estudiando Historia.
Tengo que reconocer que esa tarde no fue demasiado productiva. No hacía más que pensar en el maletín, en quién me lo habría enviado, en quién había dicho que quería ser médico. Era un secreto que solo sabían mis padres y hermana, ni tan siquiera mis amigos más cercanos lo sabían. Me preguntaba que de quién habría sido ese maletín y que por qué lo tenía yo. Me fastidiaba pensar que solo había recibido una carta, además escrita a mano.
Seguí leyendo y repasando Historia todo lo que pude, cené con mis padres y hermana y volví a estudiar media hora más. La selectividad empezaba la semana siguiente por lo que podía permitirme una media hora de lectura del libro de aventuras que tenía empezado en ese momento.
Cuando ya estaba tumbado en la cama, con los dientes lavados y habiendo dado las buenas noches a mi familia, me puse a leer. Desde siempre me han gustado los libros de fantasía. Creo que conseguía empatizar muy bien con el protagonista y me sentía uno más dentro de la historia. Sentía sus derrotas y celebraba sus victorias. Aún recuerdo con mucho cariño cuando tenía unos catorce años y mi padre entraba en mi habitación a las dos de la madrugada para decirme que me fuera a dormir inmediatamente porque al día siguiente tenía clase. No podía parar de leer. De alguna manera, la persona que me hizo llegar la bolsa sabía esto. Porque, ¿adivinas qué me encontré en la siguiente página del libro a modo de marcapáginas? El sobre.
Todo empezaba a ser muy raro. Parecía que no me quedaba más remedio que leer esa carta. Pero yo quería evitarlo. Quería evitarlo porque aunque estaba seguro de querer ser médico toda la escena de la mochila me ponía los pelos de punta. Sabía que una vez abriera ese sobre ya no habría marcha atrás.
Me senté en la cama, estaba nervioso. ¿Qué hago? ¿Se lo digo a mis padres? Seguramente me dirán que me lo estoy imaginando, que será alguna historia sacada de mis libros. ¿Se lo digo a mi hermana pequeña? No quería asustarla.
Inspiración. Espiración. Inspiración. Espiración. Inspiración profunda y abrí el sobre. Despegué el lacre con cuidado, ya que no quería romperlo. Venía marcado con un sello. En el sello se podía distinguir una vara con una serpiente enrollada. Esto lo he visto antes, pensé. Corrí a por la enciclopedia de mis padres y lo busqué. ¡Lo sabía! ¡Es la vara de Asclepio! Pero, espera un momento, Asclepio es el dios griego de la medicina, ¿no? ¿Los romanos no lo llamaban Esculapio? ¿Tiene algo que ver que mi anterior colegio se llame Escolapias o es todo una coincidencia muy extraña?
Volví corriendo a mi habitación, cerré la puerta sin hacer ruido y empecé a leer.
Estimado Pau, futuro Dr. Mateo, te doy mi más sincera enhorabuena y cálida bienvenida a la profesión más antigua que existe, la medicina.
Soy un compañero tuyo. O mejor dicho, serás un futuro compañero mío. Soy un médico, o como se nos llamaba antiguamente, soy un galeno. No pertenecemos a la misma época médica. Aunque yo aún esté vivo mientras escribo esto, la medicina que yo estudié es muy diferente a la que tú estudiarás. Los avances en nuestra rama del conocimiento son rápidos y para los viejos como yo cada vez es más difícil estar actualizados. Por eso hay un momento en que dejamos de visitar a pacientes. Al cirujano con cierta edad se le retira el bisturí porque su pulso ya no es lo que era, al médico se le retira porque su mente ya no es la misma. Pero, hijo mío, uno nunca deja de ser médico. Esta profesión te envuelve, te atrae y te cambia.
Te ocurrirá que una vez que seas médico y vayas por la calle y alguien esté en dificultad, aunque no estés en tu horario de trabajo, te saldrá de dentro una fuerza para intentar socorrerlo. Amigos y familiares acudirán a ti con dudas sobre su salud y tú te prestarás a ayudarlos con la mejor de tus sonrisas. No te quedarás de lado ante injusticias sociales e intentarás hacer lo que esté en tu mano para ayudar al prójimo.
Eso sí, esta profesión conlleva sus sacrificios. Tu vida social se verá reducida considerablemente, perderás amigos porque no entenderán que tengas que quedarte en casa estudiando o en el hospital trabajando. Pasarás horas y horas entre libros, te frustrarás cuando olvides algún tipo de tratamiento. Recordarás la cara de todos los pacientes que no puedas salvar, pero estará en tu mano acompañarles en su final de vida, ya que como jurarás en el día de tu graduación, comprenderás cuándo ha llegado el momento de una persona y permitirás que mueran con dignidad.
Será duro, no te voy a engañar. Llorarás, sudarás y sufrirás. Pero todo esto se te olvidará con cada sonrisa de un paciente, con cada «gracias doctor, ya no me duele». Con cada diagnóstico hecho a tiempo y con cada vida salvada.
En este maletín encontrarás la sabiduría de todos los médicos que han ejercido esta maravillosa profesión. Todas sus batallas ganadas y todas sus derrotas. Todos sus aprendizajes sobre el trato con el paciente y experiencias personales que te ayudarán a ser un médico mejor. Cuando tengas miedo, cuando estés exhausto, cuando pienses que no puedes más recuerda estas palabras: «No temas, sigue. Tus pacientes te necesitan».
Son las palabras que más me han marcado de todo el maletín. También fueron las palabras que más marcaron a las doscientas generaciones anteriores de médicos que han utilizado ese maletín. Como comprenderás, mi maletín ahora es tuyo. Lo he reparado, tuve un par de problemillas que ya te contaré. Utilízalo como creas, utilízalo como debas. Cuídalo. El maletín de un médico es lo más preciado que tiene. Además de guardar los libros más importantes para tu práctica médica, también podrás guardar en él medicinas, jeringuillas, tu fonendoscopio, todo lo que te ayude a curar a las personas.
Por ahora no te diré mucho más. Todo a su debido tiempo. Poco a poco, despacito y con buena letra.
Quiero compartir contigo la carta que lo empezó todo. Mejor dicho, voy a compartir contigo algunos pedazos de la misma. Los demás los irás descubriendo tú en tu profesión. El título que le puso su descubridor es «Consejos de Esculapio a su hijo». Así es, Pau. El mismísimo Esculapio. Como verás, la medicina fundamentalmente no ha variado tanto en los siglos que han pasado.

