Buch lesen: "Facundo de Zuviría"

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Índice

PREFACIO

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I

El hogar paterno

Iniciación en la vida pública

Actuación de Zuviría en el cabildo de Salta

CAPÍTULO II

El Congreso de Tucumán El contexto internacional

Declaración de la independencia nacional

Traslado del Congreso de Tucumán a Buenos Aires

El pliego de instrucciones para los nuevos diputados por Salta

Correspondencia de Zuviría con Juan Marcos Zorrilla

La Constitución de 1819

CAPÍTULO III

La Patria Nueva

La Patria Vieja

San Martín designa a Güemes general en jefe del Ejército de Observación

Güemes alista el Ejército de Observación

La oposición salteña apoya al caudillo de Tucumán

El conflicto entre Güemes y Aráoz

CAPÍTULO IV

Campaña libertadora del Perú

Cambios en el escenario político español

CAPÍTULO V

Necessitas caret lege

La Patria Nueva depone a Güemes

Nueva invasión realista

La muerte de Güemes

Los sucesos posteriores a la muerte de Güemes

El armisticio firmado entre Olañeta y la Patria Nueva

Zuviría redactor del armisticio

CAPÍTULO VI

La primera Constitución de Salta

Contribuciones de Zuviría al progreso de Salta

CAPÍTULO VII

La familia de Zuviría

El destierro de Zuviría

El añorado regreso

CAPÍTULO VIII

El pronunciamiento de Urquiza

La batalla de Caseros

El Acuerdo de San Nicolás

Discusión del Acuerdo en el seno de la Junta de Representantes de Salta

La provincia de Buenos Aires se segrega de la Confederación

CAPÍTULO IX

El Congreso Constituyente de Santa Fe

Iconografía de la sesión del 20 de abril de 1853

El solemne acto de aprobación de la carta magna

El legado de Zuviría



Colombo Murúa, PatricioFacundo de Zuviría / Patricio Colombo Murúa. - 1a ed. - Salta :Universidad Católica de Salta. Eucasa ; Salta : Instituto SanFelipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta, 2021.Libro digital, EPUB - (Salta en la historia política y cultural de laArgentina)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-950-623-226-91. Historia Argentina. 2. Historia. I. Título.CDD 982

© 2021, por EUCASA (EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA)

Colección: Salta en la historia política y cultural de la Argentina

Resolución Rectoral: 529/2020

© 2021, por INSTITUTO SAN FELIPE Y SANTIAGO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE SALTA

Diseño interior: Flavio Burstein STEREOTYPO (www.stereotypo.com.ar)

Arte de tapa: D.G. Carolina Ísola (isocaro@hotmail.com)

Domicilio editorial: Campus Universitario Castañares - 4400 Salta, Argentina

Web: www.ucasal.edu.ar/eucasa

Tel./fax: (54-387) 426 8607

e-mail: eucasa@ucasal.edu.ar

Depósito Ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-950-623-226-9

Primera edición en formato digital:

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.

PREFACIO

La educación no es posible sin que se ofrezca al espíritu una imagen del hombre tal como debe ser. (…) Lo fundamental en ella es Kalós, es decir, la belleza en el sentido normativo de la imagen, imagen anhelada, del ideal.

(Werner Jaeger. Paideia: Los ideales de la cultura griega)

La colección denominada Salta en la historia política y cultural de la Argentina, que el Instituto San Felipe y Santiago de Estudios Históricos y la Universidad Católica de Salta han decidido editar en conjunto, responde a un propósito cultural y educativo de gran proyección: presentar un conjunto de obras breves que rescatan del olvido a una pléyade de salteños prominentes, quienes a lo largo del tiempo construyeron una tradición virtuosa y permanente; esta tradición modeló la peculiar forma mentis que caracteriza al hombre salteño orientando su peregrinar hacia el futuro, y además, contribuyó a forjar, en gran medida, la personalidad, los estilos y la singularidad propia de la comunidad provincial.

Los insignes hijos de Salta —hombres y mujeres que actuaron en los tiempos complejos de las guerras por la independencia— abrazaron nobles ideales y sirvieron a su país, aun a costa de sacrificios personales, cuando la patria requirió sus talentos y sus servicios.

El ejemplo más relevante de esta vocación patriótica lo encarnó MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES, militar que lideró una gesta que puede ser calificada sin exageración como homérica; cumplida en defensa de la patria y de la libertad de América de Sud, comenzó en el momento crítico en que el gobierno de Buenos Aires se hallaba ante el inminente peligro de sucumbir, tras las dramáticas derrotas de los ejércitos argentinos en el Alto Perú. Tal actuación le valió ser considerado por el Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield como uno de los grandes libertadores de América.

La Guerra Gaucha, a su vez, permitió el afloramiento de brillantes talentos guerreros, ciudadanos distinguidos que el desafío histórico convirtió en los «capitanes de Güemes». Entre ellos se destacó especialmente don LUIS BURELA, valiente estanciero que, despojándose de sus intereses personales, se puso a la cabeza de sus gauchos e inauguró en Chicoana la guerra de recursos. Otros lugartenientes de Güemes, fueron: JOSÉ IGNACIO GORRITI, DIONISIO PUCH, BONIFACIO RUIZ DE LOS LLANOS, APOLINARIO SARAVIA, JUAN GALO LEGUIZAMÓN, JUAN ANTONIO ROJAS, JOSÉ IGNACIO SIERRA y JOSÉ ENRIQUE VIDT —un militar francés del ejército de Napoleón—, y entre las heroínas de esta gesta libertadora cabe recordar a MACACHA GÜEMES, quien lideró a las salteñas que sobresalieron por su devoción a la causa de la patria y por su eficacia en las tareas de inteligencia que requería imprescindiblemente la original y vigorosa estrategia güemesiana.

Hubo muchos otros temperamentos heroicos acuñados en la actitud de Salta que actuó como una «firme columna de la libertad», en el momento en que nacía la patria. En rápida revista podemos mencionar a CALIXTO GAUNA, el cabildante elegido por sus pares para viajar a matacaballos a Buenos Aires e informar al gobierno patrio de los manejos realistas del gobernador don Severo Isasi de Isasmendi. Fue también un estrecho colaborador civil de Güemes en el gobierno de la provincia.

El coronel JOSÉ MOLDES fue un relevante precursor del movimiento de Mayo y militar de actuación distinguida en el Ejército del Norte al lado del Gral. Belgrano; integrante de la sociedad secreta de los «Caballeros Racionales» que, junto a otros americanos —como JOSÉ Y FRANCISCO DE GURRUCHAGA (1), Juan Martín de Pueyrredón, Carlos Alvear, José María Zapiola—, tenía el propósito de promover la emancipación de la América hispánica.

Los salteños tuvieron una presencia especialmente activa en el largo trayecto que el país transitó hasta lograr la organización nacional. Entre ellos sobresalen las figuras del Dr. MANUEL ANTONIO DE CASTRO, quien presidió el Congreso Nacional de 1824 y fue el fundador de la Academia Nacional de Jurisprudencia; el Dr. MARIANO BOEDO diputado al Congreso de Tucumán en el que ejerció la vicepresidencia cuando se declaró la Independencia. En el momento de sancionar la Constitución Nacional en 1853, el Dr. FACUNDO DE ZUVIRÍA, reconocido jurista salteño, fue elegido por sus pares en forma unánime para presidir el Congreso General Constituyente.

En el ámbito de la cultura nacional, es notable también la presencia de figuras salteñas de gran jerarquía que realizan un innegable aporte a la identidad y la singularidad genuinamente argentinos con sus estilos diversos. El listado es muy extenso, por esa razón y brevitatis causa solo mencionamos algunos nombres: JUANA MANUELA GORRITI, notable escritora; JUAN CARLOS DÁVALOS, quien dio origen a un fecundo linaje de poetas y artistas; LOLA MORA, la insuperable escultora clásica de trascendencia internacional; BERNARDO FRÍAS y ATILIO CORNEJO, máximos y prolíficos historiadores de Salta; y el Dr. CARLOS IBARGUREN, quien presidió tres Academias Nacionales, fue un escritor y jurista eminente y se desempeñó con especial brillo como Ministro de Instrucción Pública y Justicia del presidente Roque Sáenz Peña.

En uno de los momentos más dramáticos del siglo XX, cuando se desató la Primera Guerra Mundial, la República Argentina contó con la conducción sabia y firme del Dr. VICTORINO DE LA PLAZA —un distinguido hijo de Salta—. Este estadista afrontó decisiones complejas en un escenario bélico mundial lleno de asechanzas e incertidumbres y decidió mantener la neutralidad argentina a ultranza ante las naciones participantes en el conflicto.

Esta posición fue continuada por el presidente Hipólito Yrigoyen quien, siguiendo el ideario pacifista de don Victorino, al término de la guerra pidió un trato justo para los vencidos luego de proclamar: «Los hombres son sagrados para los hombres y los pueblos son sagrados para los pueblos».

En esa época de esplendor argentino, don INDALECIO GÓMEZ —otro notable político salteño— fue el alma y nervio que hizo posible la sanción de la célebre «Ley Sáenz Peña», que permitiría al país alcanzar el desideratum de la democracia plena.

El testimonio de estas vidas virtuosas nos permite afirmar que los pueblos solo cumplen su misión histórica cuando quienes los conducen poseen un temple sereno y enérgico, una acrisolada moral, una gran vocación de servicio, un claro programa prospectivo y una gran fe en el destino de su patria.

Los editores

Salta, febrero de 2021

1- José de Gurruchaga presidió en sus inicios la sociedad secreta de los «Caballeros Racionales» de Cádiz; Francisco de Gurruchaga fue diputado por Salta en la Asamblea del Año XIII. Él aportó el dinero y su experiencia de marino para crear la primera escuadra de guerra argentina.


INTRODUCCIÓN

Pueblos, sed virtuosos y seréis libres

(Sócrates en Platón) (2)

Facundo Zuviría es un prócer civil arquetípico por sus virtudes cristianas y su generoso patriotismo. Jurista recibido con honores como doctor en ambos Derechos en la Universidad de Córdoba, casa de altos estudios que dio al país una pléyade de hombres ilustres por su saber, por su calidad humana y por las acrisoladas virtudes que poseían.

Zuviría es un lúcido testigo de las páginas más gloriosas de la gesta güemesiana que apoya, desde el principio, de forma decidida. Su actuación se extiende desde ese período hasta el fin de la guerra de la independencia argentina.

Él es quien redacta el armisticio con el general realista Olañeta que pone fin a la devastadora guerra que Salta afrontaba en una absoluta soledad contra las numerosas invasiones que realizaron las fuerzas armadas del rey Fernando VII sobre el territorio del norte argentino, después de un conflicto sangriento que comenzó en 1810 con la brillante victoria de Suipacha obtenida especialmente por obra y gracia de Güemes y su legión salteña, y que duró hasta 1821. Este proceso bélico demostró —por la ceguera y los errores de los gobiernos porteños— que las armas de la patria no podían sostenerse en el Alto Perú y —gracias a Güemes— que las fuerzas del rey resultaban inexorablemente batidas en Salta.

Los romanos decían potestae terra finitur ubi finitur armorum vis, es decir que la potestad —la soberanía— sobre la tierra termina donde no puede sostenerla la fuerza de las armas. A esta conclusión debieron arribar los patriotas y también los realistas que obviamente habían sufrido grandes descalabros en esta interminable catástrofe bélica.

El armisticio en realidad se transformó en un instrumento de paz. Zuviría redactó la primera Constitución de Salta que brindó a la provincia una institucionalidad duradera.

Finalmente, cabe señalar el destacado rol que cumplió Zuviría como presidente del Congreso General Constituyente que aprobó la Constitución de 1853 que, con sus modificaciones, está vigente en la República Argentina.


Para llevar mi nombre entre las gentes.

Escudo de la familia Zuviría.

2- Frase que Zuviría estampa en la «Introducción» a su obra cumbre El principio religioso como elemento político, social y doméstico.

CAPÍTULO I
El hogar paterno

José Facundo de Zuviría nació en Salta el 26 de noviembre de 1794 (3) —según consta en su partida de nacimiento. Su padre fue el coronel navarro Agustín Zuviría Marticorena (4) «cuya belleza física fue célebre». Se afirma que «jugando en la barra cierto día con el que fue enseguida Fernando VII, mostró tal fuerza, que el príncipe, encantado y aficionado que era a aquel ejercicio, lo hizo noble. Vino de capitán a América, alcanzando en la carrera el grado de teniente coronel». Su madre fue doña Feliciana Castellanos de la Cerda y Plazaola Saravia, distinguida dama salteña conocida por su gran piedad religiosa y por provenir de un antiguo linaje castellano vinculado estrechamente a la selecta y reducida aristocracia virreinal.

Desde su más tierna infancia, Facundo dio claras muestras de ser poseedor de una especial singularidad. Pasado un período de tiempo que excedía generosamente los términos normales para la adquisición del lenguaje hablado, el pequeño no lograba articular una sola palabra.

La familia, expectante, por un lapso prolongado no tuvo el simple y habitual placer de escuchar los balbuceos preparatorios, ni los habituales sonidos onomatopéyicos que emiten los niños pequeños y que suelen encantar a padres y parientes. A su madre le fue negado el simple deleite de oír el balbuceo de sus primeras palabras, ocasión en la que habría podido conocer el timbre de la voz del pequeño Facundo.

Ella, hondamente preocupada, había consultado este extraño caso con el médico de cabecera de la familia, con los más reconocidos pedagogos del medio y finalmente con su hermano —a la vez padrino de Facundo— que era un sabio sacerdote.

Pero en aquellos tiempos y en la muy noble y leal ciudad de Salta, efectivamente, no había nadie que pudiese ayudarla a identificar la etiología del mal evanescente que parecía afectar a su amado hijo y menos quien pudiese prescribir un tratamiento para lograr la remisión de su enigmática enfermedad.

Después de estos tenaces pero frustrados intentos de esclarecer y remover este morbo, ella finalmente hizo su propio diagnóstico y decidió que se trataba de un impedimento espiritual. Era una rémora que podía ser curada por un remedio que los místicos consideraban infalible para solucionar los problemas del alma: la oración.

Terminada la ronda de consultas, doña Feliciana fue a la Catedral de Salta y arrodillada a los pies de la imagen del Señor del Milagro, formuló ante el Cristo crucificado una promesa solemne que incluía, además de las consabidas oraciones y misas a su cargo, una contrapartida que debía cumplir el niño mudo. En efecto, debía vestir el severo hábito franciscano hasta que, merced a la solicitada intercesión divina, el niño saliese de su estado contemplativo y le fuese concedido el don de la palabra.

Los temores de doña Feliciana se desvanecieron con el transcurso del tiempo; cuando el pequeño cumplió los siete años de edad, comenzó de pronto a hablar correctamente y con un dominio del lenguaje que resultó sorprendente para su edad. A partir de entonces, este niño peculiar, convertido luego en un brillante adolescente, se volverá paulatina y progresivamente un desenvuelto e infatigable conversador.

En la etapa de su escolaridad desarrollará sus capacidades de expresión oral hasta convertirse en un ameno interlocutor y luego en uno de los oradores más destacados de su generación. Años después, Benjamín Villafañe —toda una celebridad de su tiempo— lo recordará en una carta que le remite a Félix Frías —en los tiempos que este compartía con don Facundo el doloroso exilio político en Bolivia. Villafañe escribe: «He tratado al Sr. Zuviría; es un hombre que habla mucho; es como yo me lo había imaginado y como Ud. me lo pintó en una de sus cartas».

Una esmerada educación

Facundo quedó huérfano a los diez años y su tío, el canónigo Castellanos, se hizo cargo de su educación. Cuando cumplió los doce años de edad, lo envió a la ciudad de Córdoba, donde ingresó becado en el prestigioso y tradicional Colegio de Monserrat fundado en 1687.

Esta institución escolar había sido fundada merced a una generosa donación de más de 37.500 pesos, realizada a fines del siglo XVII por el presbítero Dr. Ignacio Duarte y Quirós, que incluía la estancia de Caroya, donde pasaban sus vacaciones los estudiantes y algunos docentes y directivos del colegio.

Pedro Frías dice: «El muchacho salteño llega en un buen momento» porque «el Deán Funes se hará cargo pronto de la enseñanza del Monserrat y de la universidad».

En efecto, en 1807 el deán Gregorio Funes, un destacado ex alumno de ambas instituciones, fue designado como Director del prestigioso Colegio Mayor de la Universidad de Córdoba en el que estudiaba Zuviría.

Funes era un sabio sacerdote y poseía un espíritu progresista y una inteligencia cultivada y abierta a las ciencias modernas. Además de sus titulaciones cordobesas, se había recibido de Bachiller en Derecho Civil en la Universidad de Alcalá y obtuvo la matrícula para ejercer la abogacía en Madrid, título que agregaba un gran bagaje intelectual y científico a los estudios clásicos atesorados por él, que había realizado previamente en la Universidad de Córdoba.

En 1808 se nombró al deán Funes como Rector de la Universidad de Córdoba. En ese cargo le tocó ejecutar la Real Cédula que otorgaba a esta casa de altos estudios el rango, los privilegios y prerrogativas de una universidad mayor, jerarquía que tenían las universidades de Europa y las más prestigiosas de América.


El tradicional Colegio de Monserrat de Córdoba donde se educó Facundo de Zuviría.

De forma inmediata Funes imprimió a la enseñanza que impartía esta institución educativa una orientación de sesgo definidamente moderno. «Sumó el francés —idioma que era la lengua franca en el siglo XIX— al latín y la aritmética a la lógica. El compás empieza a alternar con el silogismo»—continúa describiendo Frías en la obra citada. La ciencia moderna comenzó a asomar junto a la sólida formación intelectual que aseguraba la ratio studiorum jesuítica, que la tradicional universidad no había abandonado radicalmente a pesar de los diversos avatares sufridos por la institución educativa.

Desde la conducción de la universidad, Funes hizo sentir en forma inmediata la impronta de su espíritu, abierto a las corrientes de las ideas imperantes en Europa. Esos nuevos ámbitos del saber incluían, con la debida prudencia, el estudio de los filósofos de la Enciclopedia y de los pensadores más gravitantes de su tiempo. El esfuerzo pecuniario de incorporación de las nuevas materias de estudio y la bibliografía de apoyo fue solventado con fondos provenientes de su propio peculio, mientras preparaba las nuevas currículas educativas para su aprobación.

Si mis deseos se realizan —escribe el deán Funes— no dirán los que cursan en estas aulas que he abusado de su juventud y de su paciencia, haciéndolos aprender aquellas cosas, de que no se pueden hacer uso en ningún estado de la vida.

Funes fue ese gran Maestro que tenía muy claro el fin de la enseñanza: formar personas capaces de alcanzar la plenitud humana y de forjar en ellas una personalidad virtuosa y recia que les permita afrontar la responsabilidad de construir su propia vida y realizar su proyecto vocacional.

Cuando sobrevino la Revolución de Mayo Funes fue elegido diputado por Córdoba ante la Junta Grande de Gobierno. A pesar de las grandes responsabilidades que debió afrontar en virtud de ese cargo político y que cumplió con gran valor cívico, no abandonó su tarea de concluir la iniciada empresa de reformar la universidad cordobesa. En efecto, trabajó intensamente en la modificación de los planes educativos vigentes y presentó el nuevo esquema el 4 de marzo de 1813.

Las reformas curriculares propuestas reconocían un espacio al pensamiento enciclopedista del siglo XVIII —se refería en sus fundamentos a la dupla de «las luces de la razón y la religión propagados por la enseñanza pública», que debían ser las palancas de un progreso victorioso y sostenido— y se reducía significativamente el rigorismo escolástico ligado a la cosmovisión tomista.

En esos claustros renovados del Colegio Monserrat y posteriormente en la Universidad de Córdoba se formó el joven Zuviría, quien había tenido acceso a las obras de los autores clásicos griegos y romanos, cuya lectura le provocaban una especial fruición. Pero también frecuentó los textos iluministas de Diderot, Jean Le Rond d’Alembert, Voltaire, Juan Jacobo Rousseau, Montesquieu y las obras de la pléyade de pensadores que prepararon la gran eclosión de las revoluciones americana y francesa.

Su contacto con estas ideas avanzadas abrió su inteligencia a la concepción democrática y republicana. Estas lecturas no afectaron su firme ortodoxia católica. En efecto, iluminado por sus convicciones religiosas, consagró parte de su vida a propagar la fe cristiana y transmitir sus principios al pueblo como el mejor recaudo para su progreso moral y su perfección ciudadana (5).

En el momento en que Facundo de Zuviría se matriculaba en el convictorio de Nuestra Señora de Monserrat, esta institución aseguraba la continuidad entre el nivel educativo propedéutico y la universidad, articulando el tránsito entre el nivel medio y el universitario en una planificada trayectoria formativa que permitía a sus egresados adquirir una renovada y perdurable plenitud académica.

El Colegio de Monserrat y la Universidad de Córdoba fueron el alma mater studiorum de Facundo Zuviría y de una gran pléyade de universitarios que se desempeñaron como grandes figuras políticas durante el momento fundacional de la Argentina. En tiempos posteriores, los egresados de esta universidad honraron y sirvieron al país con su sapiencia y su gran idoneidad profesional, tanto los que consagraron su vida al servicio público como los que optaron por desempeñar su actividad en el ámbito privado.

Simplemente y a modo de ejemplo, se puede señalar el caso del Dr. don Dalmacio Vélez Sarsfield que en su tiempo fue uno de los más prominentes juristas de América del Sur y al mismo tiempo, uno de los más destacados hombres públicos argentinos de su tiempo.

El Dr. David Saravia Castro recoge el valioso testimonio de Gregorio Baigorri —rector de la Universidad de Córdoba— sobre el sobresaliente desempeño intelectual y la irreprochable conducta de Zuviría en esa casa de altos estudios.

Hemos sido testigos —dijo Baigorri— del brillante desarrollo de sus facultades intelectuales y manera de ser, asidua contracción y rápidos progresos en la ciencia, de la dulzura y exquisita sensibilidad de su carácter y de la viveza de su imaginación. La humildad, obediencia y respeto hacia sus superiores le llevaba a extremos. Cualidades tan bellas, conducta tan plausible, pronto le merecieron el amor de sus compañeros, catedráticos y superiores, y con especialidad el del inmortal deán doctor Gregorio Funes, en cuya estimación, joven alguno merecía el lugar de Zuviría (6).

Baigorri también recuerda vívidamente las excepcionales condiciones literarias de Zuviría y las testimonia así: «Nos ha cabido el placer de presidir en la calidad de Rector y Cancelario de la Universidad algunos brillantes actos literarios de este excepcional joven».

Esta vocación por la creación literaria, Zuviría la asumió con alegría y como algo que sería constante a lo largo de su vida. En sus inicios él desarrolló esta actividad casi exclusivamente para su goce personal, pero con el andar del tiempo se convirtió en uno de sus recursos intelectuales más valiosos, especialmente durante las peripecias y soledades de su largo destierro en Bolivia.

Otro rasgo espiritual que caracterizó claramente la personalidad de Zuviría fue su devoción profunda, su piedad cristiana practicada sin beneficio de inventario y que se expresó en sus hábitos religiosos cumplidos regularmente y sin ostentación. Baigorri dice, refiriéndose a la faceta religiosa del joven estudiante salteño:

Durante los tres años de sus estudios universitarios, libró la dirección de su conciencia a un virtuoso eclesiástico; y fuese por mandato de este o por voluntad suya, Zuviría frecuentó semanalmente los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía.

El 8 de diciembre de 1810 el joven Zuviría accedió al grado de Maestro en Artes. El 13 de diciembre de 1812 obtuvo el Doctorado en ambos Derechos. Sin demora, retornó —muy bien formado intelectualmente— a sus amados lares salteños poco tiempo después de la decisiva victoria de Salta, lograda por el general don Manuel Belgrano el 20 de febrero de 1813 sobre el ejército realista conducido por don Pío Tristán.

€5,99
Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
19 März 2025
Umfang:
135 S. 10 Illustrationen
ISBN:
9789506232269
Rechteinhaber:
Bookwire
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