Buch lesen: "Autobiografía de un Búfalo Pardo"

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ÓSCAR ZETA ACOSTA, archivo nº 170 617-B del FBI, es una de las figuras más enigmáticas y fascinantes de la historia chicana. Hijo de un indio de las montañas de Durango y de una mujer que podría haber sido cantante de no haberse enamorado del bigotazo de aquel indio que prometió sacarla de las barriadas, Óscar, alias «el Búfalo Pardo», fue víctima del racismo y la discriminación desde muy crío. Explosivo, incontrolable, acomplejado, beligerante, obeso, ya a los ocho años escupió por primera vez sobre la bandera de Estados Unidos. Al menos tres niñas rubias le partieron el corazón (la cara muchas más). Su adolescencia fue una sucesión interminable de peleas con okies, drogas, sexo y alcohol. Luego el ejército, dos años de misionero en Panamá, un intento de suicidio en Nueva Orleáns, psiquiatras, Facultad de Derecho, cárcel en Ciudad Juárez y, para colmo, Hunter S. Thompson paranoico en la barra de un bar de Denver, con quien años más tarde emprendería el mítico «viaje al corazón del Sueño Americano». Fue él y no Thompson el creador de la dieta Gonzo: guacamole, Dos Equis y MDA (tenamfetamina). Siempre fue defensor de la causa chicana, llegó incluso a presentarse a sheriff del condado de L.A. por el Partido Independiente de la Raza Unida, «una plataforma anarquista y apocalíptica»… Nada se sabe del final de su vida: asesinato político o ejecución en manos de unos traficantes. Hay incluso quien aventura que sigue vivo, en una caverna de Oaxaca, organizando la próxima revuelta del Pueblo Cucaracha. Lo último que se supo de él fue que telefoneó a su hijo Marco en mayo del 74 desde Mazatlán, Sinaloa. Antes de colgar le dijo que estaba a punto de subirse a un barco lleno de nieve blanca.

AUTOBIOGRAFÍA

DE UN BÚFALO PARDO

AUTOBIOGRAFÍA

DE UN BÚFALO PARDO

Óscar Zeta Acosta

Traducción de Javier Lucini


Título original:

The autobiography of a brown buffalo

First Vintage Books

July 1989

Primera edición en Dirty Works:

Junio 2016

© Óscar Zeta Acosta 1989

Prólogo © Carlos Velázquez 2016

Introducción © Hunter S. Thompson 1989

Epílogo © Marco Acosta 1989

© 2016 de la traducción: Javier Lucini

© 2016 de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini (una vez más, gracias, Tom)

Diseño y maquetación: Rosa van Wyk y Nacho Reig

Ilustración: Iban Sainz Jaio

ISBN: 978-84-19288-04-2

Producción del ePub: booqlab

Índice

Prólogo Carlos Velázquez

Introducción Hunter S. Thompson

Autobiografía de un búfalo pardo Óscar Zeta Acosta

Epílogo Marco Acosta

Prólogo
Carlos Velázquez
¿Qué hace un libro como este en sus manos?

En Miedo y asco en Las Vegas, el Dr. Gonzo, mitad humano mitad bestia mitológica, vomita escandalosamente. Con tanto estrépito que la sustancia viscosa salta de las páginas hacia tus manos. A lo largo de toda la novela depone todo lo que engulle: cantidades industriales de salmón, gambas, toronjas, cerveza, tequila, lsd, mescalina, coca, marihuana. Es una cabra, un pez que limpia el fondo del mar, una cucaracha. Su paladar no es exquisito ni mundano. Se alimenta de manjares pero también de carroña. Semejante criatura solo pudo ser creación de la mente enferma, retorcida y supurante de lsd de Hunter S. Thompson, pensará todo lector que se acerque a la obra. Un bufalotauro que se liberó de sus cadenas y encontró la salida del laberinto. Que además es un abogado picapleitos de los bajos fondos californianos. La perfecta arma de carne que Hunter puede esgrimir en contra de sus enemigos. Pero esperen un momento. No es ninguna invención.

Hunter S. Thompson se basó en el legendario Óscar Zeta Acosta para confeccionar su también desternillante Dr. Gonzo. Óscar tuvo dos existencias. Mejor dicho tres. Fue escrito por la naturaleza, por Hunter, y por él mismo. Óscar puso el toque escatológico al viaje salvaje al corazón del Sueño Americano. También el toque del psicópata, el del demente y, por qué no, el del cuerdo, en fin, todos los toques. El amor que profesaba Hunter por Óscar era inconmensurable. En su novela lo bautizó como Gonzo. El mismo nombre del estilo periodístico con el que Hunter sacudió la literatura y la política de los de por sí revoltosos años sesenta. Ese ser burdo, caótico, estrafalario, incontrolable («Uno de los prototipos de Dios. Un mutante de alto poder de algún tipo, ni siquiera considerado para ser producido en masa») era para Hunter el producto mejor acabado de su época. Tanto así que lo situó a la altura de su arte. Era uno de sus héroes. ¿Quién dice que los héroes no pueden ser gordos? Si piensa lo contrario, ¿qué hace un libro como este en sus manos?

La impresión que Óscar causó en Hunter fue tan inabarcable como para no ser llevada a los terrenos de la ficción. Hunter lo describió con exageración pero con justicia. Si el Dr. Gonzo era una maldita máquina de vómito es porque el modelo original también lo era. Óscar sufría de úlceras desde los veintiún años. Pero jamás renunció a sus hábitos. «¿Qué valor tiene una vida sin alcohol y sin comida mexicana?», se pregunta al principio de Autobiografía de un Búfalo Pardo, el libro que tiene usted entre las manos. Con un hombre que lucha en el baño por liberarse de la sangre que flota en su estómago como espuma de cerveza. Con esta escena inicia una de las odiseas más extremas, disparatadas, delirantes y paranoicas que haya conocido literatura alguna.

Óscar dialoga con el fantasma de Humphrey Bogart. ¿Les suena conocido? En True Romance, escrita por Tarantino, el protagonista es asesorado por Elvis. Óscar es el pionero paranoide del cine clase b. También discute con la incómoda presencia de su psiquiatra judío, Serbin. A quien achaca el inventar mejores excusas que él. Suena a los Soprano. ¿Un tipo duro que acude al psiquiatra? ¿Un niño de la calle que se recuesta en el diván a contar su infancia sumido en la pobreza de la frontera? Semejante hoja de vida no está hecha para un consultorio (a menos que sea disecada para estudio) ni para los melindrosos meandros de la Sociedad de Ayuda Legal donde Óscar se desempeña abogado. Desesperado, decide huir. Renuncia y emprende un viaje en busca del remedio definitivo que cure las pústulas hirientes que destrozan su interior.

Pero si cree que le ha dado la espalda a todo, se ha equivocado. ¿Qué tienen en común Los Beatles, Bob Dylan, Ginsberg, Kerouac, Joan Baez, el TV Guía? Un hombre: Búfalo Pardo. Que despotrica de los beats porque nunca se tomaron en serio la bebida (aunque Kerouac muriera de cirrosis); odia el Sgt. Pepper… por considerarlo sandeces; profesa una admiración incondicional por Dylan y lo pone horny la Baez. «Soy la única guía televisiva viviente del mundo», proclama, tras sepultarse a sí mismo en la cama a causa de una depre que lo vuelve un experto en programación. Todo pasa por su cosmovisión. «Los diseños de leche cuajada y huevos revueltos bañados con ketchup son dignos de verse, la obra de un genio», así califica su martirio. Este es nuestro hombre. Y su saga un striptease de la mente. «Un hombre debe exponerse por completo, airear todas sus vergüenzas, si pretende acceder a la verdadera gloria», tal es su filosofía. Y acorde a ella no se calla nada.

Óscar fue el outsider más cercano a la ley. Se unió a la Fuerza Aérea y estudió Derecho. Cuando se cansó de trabajar para el gobierno no se alejó de las reglas. Siempre las tuvo a la mano. Para manipularlas a su conveniencia o violarlas. Evangelizador baptista en su juventud, renunció a la fe porque «la religión no casa bien con las drogas duras», sentenció. Esta obra, que como el Periodismo Gonzo y el Nuevo Periodismo, antecede a la no-ficción, conduce a Óscar a través de una senda milenaria. En la que la fuga le permite incluso detenerse un instante en la tumba de Hemingway. Y nunca está de más, levantarse dos o tres causas. Y en su camino también existe el tiempo para la amistad. Y es precisamente la generosidad de los extraños la que rociará con drogas la naturaleza de por sí desquiciante del Búfalo Pardo.

«Hasta el día de hoy nada hay que me la ponga más dura que una lisiada», se sincera. Lo había advertido el viejo Hunter: «just another freak, in the freak kingdom». Pero este freak se construyó a sí mismo. Se dotó de un nombre. De una identidad. El Búfalo Pardo. Como si viviera en una canción de Los Tigres del Norte. Ni mexicano ni gringo. Ni contracultural del todo. No tenía escrúpulos para llevar alcohol a una pacífica marcha hippie donde estaban prohibidas las bebidas embriagantes. El arte de reventar. Eso era el Búfalo Pardo. En sus aventuras desde El Paso, pasando por Panamá, hasta su postulación para sheriff en el condado de California, tema de su segundo novelón, La revuelta del pueblo cucaracha. «La venganza de los mojados», tan anhelada por todos los espaldas mojadas, pachucos, chicanos, cholos e inmigrantes, que Los Lobos la hicieron canción. Por cierto hommies del mismo barrio de Zeta, East l.a.

De destino en destino la promesa de una cura, sea a través de una persona o de una juerga, arrastra a Óscar por Colorado. Donde las armas y las drogas se conjuntaron con el complot. Esa pulsión paranoide a la que era tan afecto Hunter. En Miedo y asco en Las Vegas Raoul Duke, el alter ego de Thompson, aúlla todo el tiempo por temor a pagar todas las cuentas que dejan su compinche y él a su paso. Búfalo arrasa con todas las drogas que encuentra, además siempre pide unos cientos de dólares a préstamo. La generosidad de sus anfitriones no tiene límites. La conjura no deja de pender sobre sus cabezas. Y la conspiración en ocasiones no era producto del cerebro frito por el consumo degenerado de lsd, no, era real.

Óscar, el Búfalo, Zeta, el personaje de ficción, el abogado de la chicaniza, desapareció de la tierra sin dejar rastro. Sin ofrecer ninguna explicación. Su hijo recibió una llamada del soldado Búfalo desde Mazatlán. Fue la última ocasión que su voz se escuchó sobre la tierra. Entonces fue a encontrase con el mito. A sumarse a la tundra espiritual en la que residen Chalino Sánchez, El Señor de los Cielos, Pedro Infante y Robert Johnson. Ah, el olfato del Búfalo Pardo. Esfumarse en el Triángulo Dorado. Su brújula de los problemas interna le indicaba que en aquel terreno se cocinarían cosas importantes. Sinaloa, el territorio donde se inventaría el narcotráfico, donde nacería el Chapo Guzmán, el mayor capo del negocio de la droga a nivel mundial, y donde también surgirían Élmer Mendoza y Julio César Chávez. Eso fue lo que detectó Hunter en él. Ese olfato. Ambos sabían que el big deal se estaban fraguando. Y su nariz se encargó de lo demás.

Pero antes de fundirse con el mito, Óscar realizó un éxodo hacia los orígenes. Un viaje hacia el lenguaje. Salió de California y llegó a Texas. A El Paso, su lugar de nacimiento. Cruzó la frontera. Y se detuvo en Ciudad Juárez. Donde se encontró con su idioma primigenio. Donde atisbó a mujeres de rostros morenos, cabello negro y largo y ojos que no se achantaban ni ante el mismo diablo. «Y todas expresándose en la lengua de mi infancia; esa lengua que dejé de hablar a los siete años, cuando el capitán insistió en que no aprenderíamos inglés hasta que no dejásemos de hablar español; una lengua de vocales suaves y consonantes elásticas, siempre con esas “erres” de tracción rápida para amenazar o engatusar; una lengua para noches de luna bajo tormentas tropicales, para noches estrelladas en desiertos pardos y para hacer declaraciones de guerra en cimas de montañas nevadas; una lengua perfecta hasta en el último detalle para gente que se toma en serio la vida y a la que solo le preocupa la muerte en lo que tiene de alusión al último día de estancia en la tierra».

De su paso por Ciudad Juárez salió renovado. Sí, estuvo borracho perdido por las calles, se acostó con prostitutas generosas y lo metieron a la cárcel. De la que no pudo salir porque no tenía ningún documento que lo acreditara como abogado. El fenómeno del exilio fronterizo a la inversa. En lugar del mexicano en Estados Unidos de ilegal, el moreno sin id al que nadie le cree que sea gringo por mucho que chapucee el inglés. Pero sufrió un satori. Salió transformado en Zeta. El abogado que defendería la causa chicana. Y abandonaría la causa chicana, El Poder Pardo. Más peligroso que los mismísimos Panteras Negras. Para combatir «La batalla de Los Ángeles», como dirían décadas después Rage Against the Machine. Periplo en el que se inspiraría para crear La revuelta del pueblo cucaracha. Porque además de todas sus habilidades, el Búfalo Pardo era escritor. Y qué pedazo de escritor. Afirmó al final de su segunda novela: «voy a escribir mis memorias antes de que me vuelva totalmente loco. O totalmente clandestino». Gracias al lsd que lo hizo antes de evaporarse. En cuanto a lo de volverse clandestino, fue un material que les heredó a los avezados que aseguran que lo vieron con vida en Calcuta o donde les plazca con un arma y un paquete de heroína como despensa para un fin de semana. Esta es la historia de un hombre que en el intento por escapar de sus úlceras fue al encuentro de sí mismo.

Este libro se lo dedico a Neil Herring,

a Simon Rosenthal y a mis hermanas

Annie, Martha y Stella.

AGRADECIMIENTOS

El título se lo robé a Mangas, el Jefe del Partido de los Búfalos Pardos.

Mis mentores han sido Doc Jennings, Mark Harris y Douglas Empringham.

Recibí ayuda y consuelo de Barbara Burgower, además de algunas ideas.

Mi fotógrafa oficial es Annie Leibovitz.

Mi hijo, Marco, y su madre, Betty, bebedora empedernida de Pepsi Cola, vivieron parte de esta locura.

Los editores originales que abordaron por primera vez los temas centrales de esta obra de arte son los batos locos de East l.a. que sacaron la revista Con Safos.

Mi esposa, Socorro, esperó mientras yo le contaba al mundo las peripecias de mis amigos y sus múltiples problemas.

Y, por supuesto, nada de toda esta locura se habría publicado de no haber sido por el trabajo y el buen criterio de mi editor, Alan Rinzler.

Óscar Zeta Acosta

Abogado chicano

Ziquitaro, Michoacán

México

Mayo, 1972

Introducción
Hunter S. Thompson

Óscar era un chico salvaje. Irrumpía a zancadas allá donde fuera y mucha gente le temía. Su fecha de nacimiento no consta en ninguna parte y su muerte apenas tuvo repercusión. Pero el hueco que dejó fue enorme y nadie ha intentado rellenarlo. Fue todo un personaje. Era Enorme. Y cuando llegaba bramando a tu casa al caer la noche sabías que te esperaba una buena, quisieras o no.

Nunca me ha gustado escribir sobre él porque me hace pensar demasiado y nunca acierto a encontrar las palabras apropiadas para explicar la terrible alegría que siempre llevaba consigo allá donde fuese. Tenías que estar ahí, supongo, y entender que nunca se encontraba a gusto a no ser que estuviese en compañía de gente aún más loca que él.

Cuando murió escribí un epitafio y no me apetece rehacerlo, así que esto es lo que sentí entonces. Res Ipsa Loquitor1.

***

Lo cierto es que Óscar Zeta Acosta (por mucho que pese a quienes opinan lo contrario) fue un rufián peligroso que vivió cada día de su vida proclamando que un hombre que codicia la Verdad no puede esperar piedad ni concederla…

Cuando llegue la hora de que el Gran Arquitecto se manifieste a propósito de Óscar, una de las primeras y escasas líneas de su Gran Libro Mayor destacará que, por lo general, careció del coraje que manifestó en sus monstruosas convicciones. Había más compasión, locura, dignidad y generosidad en el agotado cuerpo moreno y con sobrepeso de aquella siempre excesiva bala de cañón humana, de lo que la mayoría de nosotros llegaremos a ver en cualquier persona incluso tres veces más corpulenta que Óscar en el curso de nuestras vidas; características que están enflaqueciendo notablemente desde que aquel gordo hispano corrompido desapareció del mapa.

En la época en que lo conocí, en el verano de 1967, hacía ya tiempo que había dejado atrás lo que él llamaba su «idilio de amor juvenil con La Ley». Lo mismo había ocurrido con su temprano celo misionero y, tras el primer año de trabajo para la asistencia social en el «centro legal para la pobreza» de East Oakland, estaba listo para librarse del academicismo de Holmes y Brandeis y asimilar un estilo más Huey Newton y Pantera Negra a la hora de tratar con las leyes y los tribunales de Estados Unidos.

Cuando entraba retumbante en aquel bar llamado Daisy Duck de Aspen y anunciaba que él era la mosca cojonera que todos estábamos aguardando, se hallaba ya inmerso en la política de la confrontación; y en todos los frentes: en los bares, en los tribunales e incluso en las calles si era necesario.

Óscar no se metía en peleas callejeras, pero era como el infierno sobre ruedas cuando estallaba una pelea en un bar. Cualquier combinación de un mexicano de ciento catorce kilos con lsd-25 constituye una amenaza potencialmente mortífera para todo lo que se ponga a su alcance; pero si resulta que además el susodicho mexicano es un abogado chicano profundamente cabreado que no manifiesta el menor temor ante nada que camine con menos de tres piernas, y con la convicción suicida de facto de que va a morir a los treinta y tres años (como Jesucristo), sabes que tienes entre manos un cóctel explosivo. Sobre todo si el muy bastardo ya hace seis meses que cumplió los treinta y tres, va hasta el culo de ácido Sandoz, luce una Magnum 357 cargada en el cinturón y cuenta en todo momento con un guardaespaldas chicano que maneja un hacha, aparte del hábito desconcertante del vómito-proyectil, verdaderos géiseres de pura sangre roja arrojados contra vuestra puerta cada treinta o cuarenta minutos, o cada vez que su úlcera maligna rechaza la ingesta de más tequila a palo seco.

Este era el Búfalo Pardo en plena flor demente de su apogeo, un hombre, en verdad, que no se perdía una. Y fue de hecho en algún momento, ya cumplidos los treinta y tres, cuando vino a Colorado (con su fiel guardaespaldas Frank) para descansar un tiempo tras su agotadora campaña como candidato para sheriff del condado de Los Ángeles, que perdió por más o menos un millón de votos. Pero en la derrota Óscar se las ingenió para crear una base política para sí mismo en el inmenso barrio chicano de East l.a.; donde hasta los más conservadores «mexicano-americanos» de la vieja guardia, de repente, se estaban denominando a sí mismos «chicanos» y degustando por primera vez el sabor del gas lacrimógeno en las manifestaciones de «La Raza», que Óscar no tardó en aprender a utilizar como foro incendiario para darse a conocer como el principal portavoz de un vertiginoso e incipiente movimiento de «Poder Pardo» que el departamento de policía de Los Ángeles llegaría a considerar más peligroso que el de los Panteras Negras.

Las habladurías que circularon a propósito de las últimas apariciones del Búfalo Pardo fueron muchas, a cada cual más estrambótica. Sería visto, al menos una vez, en Calcuta, comprando niñas de nueve años en las jaulas del Mercado Blanco de Esclavos… y también en Houston, al frente de la barra de un restaurante de carretera de South Main que una vez fue el Blue Fox… o quizá, de nuevo, huyendo a Bimini a medianoche: alzándose, con todo lo largo que era, sobre sus cuartos traseros a bordo de una lancha negra de quince metros con una Uzi plateada en una mano y un kilo de heroína en la otra, a ciento cincuenta kilómetros por hora, sin luces y soltando a voz en grito –lo máximo que le permitían sus pulmones sangrantes– galimatías entresacados del Viejo Testamento…

Hasta podía llegar a presentarse de pronto en mi porche en Woody Creek, una noche sin luna, cuando los pavos reales andaban chillando con lujuria… Podía ocurrir y siempre sería un fantasma bienvenido en mi casa, aunque se presentase hasta el culo de ácido y con una cadena hecha de larvas alrededor del cuello.

Sí, ese es él, amigos; mi colega, mi hermano, mi compinche en tantísimos crímenes. Óscar Zeta Acosta. Prepárate. Ya no está entre nosotros, pero incluso su memoria provoca torbellinos que acaban alzando de la carretera coches bastante pesados. Fue un monstruo, un auténtico hijo de su siglo (más veloz que Bo Jackson y más loco que Neal Cassady)… Cuando el Búfalo Pardo desapareció, todos perdimos una de esas melodías que ya jamás volveremos a escuchar. Óscar fue uno de los prototipos de Dios (una especie de mutante de gran potencia que jamás se consideró para la producción en masa). Fue demasiado raro para vivir y demasiado extraordinario para morir…

Hunter S. Thompson

Marzo 1989

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1Frase latina que significa «los hechos hablan por sí solos». (N. del E.)

Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
10 Juli 2025
Umfang:
311 S. 3 Illustrationen
ISBN:
9788419288042
Verleger:
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Rechteinhaber:
Bookwire
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