Buch lesen: "Balada a 22 voces"
Balada a 22 voces
A través de veintidós entrevistas a primeras figuras de la balada romántica argentina, Oscar Iván Londoño Zapata construye una memoria –una perspectiva a través de la cual se mira al pasado– que no solamente caracteriza la industria discográfica de la época sino que interpreta su contexto social, cultural y político. En este sentido, Balada a 22 voces. Memorias de la balada romántica en la Argentina constituye un aporte valioso tanto para los lectores que deseen conocer mejor las trayectorias musicales de algunos de los artistas predilectos de la balada romántica como para los investigadores interesados en un movimiento artístico determinante para el desarrollo de la música popular latinoamericana.
Fueron entrevistados Bárbara Bourse (Bárbara y Dick), Cris Manzano, Daniel Magal, Danny Cabuche, Donald, El Greco, Heleno, Jerónimo, José Miguel Rozan (Los Bribones), Juan Carlos Iseas (Los Prados), Luis Ángel, Luis Conte (Los Linces), Luis Grillo, Luis Roberto Terreno (Trocha Angosta), Marcelo Dupré, Marco, Miguel Ángel Gandolfo (Magia Blanca), Raúl Abramzon, Rubén Mattos, Silvestre, Tormenta y Víctor Kapusta (Abracadabra).

Oscar Iván Londoño Zapata. Licenciado en Lengua Castellana y magíster en Educación por la Universidad del Tolima. Cursa la Maestría en Lingüística de la Universidad Tecnológica de Pereira. Profesor de tiempo completo del Departamento de Estudios Interdisciplinarios del Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima. Recibió el reconocimiento a la Excelencia Académica y fue distinguido con el Grado de Honor por sus estudios de pregrado. En 2014 la Universidad del Tolima le otorgó la Medalla al Mérito Académico. Es autor de Horizontes discursivos. Miradas a los Estudios del Discurso (2011), Los Estudios del Discurso. Miradas latinoamericanas I (2012), Poliedros discursivos. Miradas a los Estudios del Discurso (2012), Discurso en sociedad. Entrevista a Teun A. van Dijk (2013), Acercamientos discursivos latinoamericanos y del Caribe: la subversión de los discursos (2016), Comunicación, discurso y poder (2017) y Tejiendo memorias. La balada romántica en español (2019).
OSCAR IVÁN LONDOÑO ZAPATA
BALADA A 22 VOCES
Memorias de la balada romántica en la Argentina

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Dedicatoria
Panorama de la balada romántica Voces diversas desde la Argentina para América Latina, por Silvia Lamadrid Álvarez Balada a 22 voces: una geografía lírica, por Tanius Karam Cárdenas La compleja vida cultural de la balada romántica, por José Luis Fernández Los intersticios de la balada romántica en la Argentina, por Oscar Iván Londoño Zapata
Entrevistas Bárbara Bourse (Bárbara y Dick): “Ámame… me gusta amanecer en ti” Cris Manzano: “Soy el culpable otra vez” Daniel Magal: “Cara de gitana” Danny Cabuche: “Enfermo de amor” Donald: “Tiritando” El Greco: “Alza tu copa, brindemos por el adiós” Heleno: “La chica de la boutique” Jerónimo: “No te vayas nunca” José Miguel Rozan (Los Bribones): “Llorando me vine, cantando me voy” Juan Carlos Iseas (Los Prados): “Cómo no voy a quererte” Luis Ángel: “Lluvia” Luis Conte (Los Linces): “La canción que ya no escucharás” Luis Grillo: “A él” Luis Roberto Terreno (Trocha Angosta): “Te quiero, pero me arrepiento” Marcelo Dupré: “Juntos y enamorados” Marco: “La historia de un muchacho que te quería” Miguel Ángel Gandolfo (Magia Blanca): “Aprendí a querer tus cosas” Raúl Abramzon: “Chau, chau, adiós” Rubén Mattos: “Salta pequeña langosta” Silvestre: “Ámame con el fuego y la pasión” Tormenta: “Adiós, chico de mi barrio” Víctor Kapusta (Abracadabra): “Yo me voy, tú te vas”
Créditos
A mi madre, Lucy, porque anidó en mis lunas el gusto por la balada romántica.
PANORAMA DE LA BALADA ROMÁNTICA

Voces diversas desde la Argentina para América Latina
Silvia Lamadrid Álvarez
En este libro Oscar Iván Londoño Zapata pone a nuestra disposición un conjunto de valiosos materiales para el estudio de la música popular latinoamericana, especialmente de la balada romántica; este grupo de entrevistas está precedido por una importante reflexión de su autor que, aun siendo una introducción, por su contenido opera como un capítulo más del libro; de tal modo, en “Los intersticios de la balada romántica en la Argentina”, Londoño presenta un minucioso panorama del desarrollo de este género en el país y menciona algunas de las corrientes teóricas que han contribuido a su análisis. Tal como lo indica, la balada romántica es un género poco valorado por la academia debido a su representación comercial, complaciente y apolítica; no obstante, su mismo carácter de producto híbrido y su enorme popularidad en nuestro continente deberían convocarnos a sentir mayor interés por su investigación; en la balada romántica se entretejen variadas influencias musicales que convergen en lo más tradicionalmente latinoamericano, producto de los procesos de hibridación social, cultural y racial.
Estas voces que recuerdan y reflexionan también permiten realizar un estudio de las trayectorias artísticas debido a que los cantantes construyen sus caminos desde puntos iniciales con capitales sociales y culturales que responden a los recursos de sus entornos familiares y barriales, a partir de lo cual ocupan diversas posiciones en el espacio social que no solo les permite mejorar o perder esos capitales sino, además, avanzar, detenerse o involucionar en sus recorridos vitales, así como transformar el espacio social donde se mueven (Bourdieu, 1995).
Precisamente, las voces de los entrevistados nos hablan acerca de la multiplicidad de influencias que recibieron en su formación temprana: desde las enseñanzas de los familiares hasta las canciones que escuchaban en la radio y los discos traídos por conocidos de otras latitudes, que aportaban lo más nuevo que estaba ocurriendo en Europa y Estados Unidos en aquellos años. En este sentido, las canciones de Elvis Presley y The Beatles, así como el rock progresivo, contribuyeron en su comprensión de la música; estos intérpretes, autores y compositores son prueba viviente de la compleja integración de corrientes tan disímiles.
Entre los entrevistados llama la atención la escasa presencia de mujeres. Contra un imaginario de sentido común en el que hombres y mujeres tendrían las mismas posibilidades en este campo –como lo señalan algunos participantes–, nos enfrentamos a la dura realidad de los datos. Bien lo perciben las dos mujeres entrevistadas (Bárbara Bourse y Tormenta) y lo pudimos comprobar en el caso chileno debido a que la presencia de voces femeninas en los rankings juveniles de la década de 1960 no superaba el 25% (Lamadrid y Baeza, 2017). No es, entonces, un sesgo de la selección del autor, es el reflejo del predominio masculino sobre el campo de la música popular, y de lógicas patriarcales que excluyen a las mujeres de los espacios públicos.
Varios de los participantes transitaron de un género musical a otro hasta encontrar en la balada romántica su mejor forma de expresión, tanto por sus propios gustos musicales como por la búsqueda de la aceptación popular y del ingreso al mercado del disco. La balada romántica parece ser una derivación del bolero orientada hacia una versión modernizada y comercial; buena parte de sus protagonistas se iniciaron en la Nueva Ola, un movimiento musical que no solo se desarrolló en la Argentina sino en otros países de América Latina como Chile, Colombia, México, Perú y Puerto Rico. La Nueva Ola surgió como respuesta al desembarco masivo del rock and roll estadounidense y dotó a la juventud de una música que invocaba elementos identitarios generacionales hasta entonces ausentes. Tanto por el peso de la industria local del entretenimiento, que buscó suavizar el rupturismo de esta influencia, como por los propios gustos e intereses de autores, compositores e intérpretes, muchos de ellos se deslizaron hacia la canción melódica internacional.
Paralelamente a la irrupción de The Beatles y del nuevo repunte de un rock que se definió más contestatario, se produjo este renacimiento de la balada romántica cantada en castellano; apoyada también por intérpretes europeos –verdaderos transatlánticos de la música popular como Raphael o Salvatore Adamo–, esta música –que puede ser bailada por la pareja abrazada– permitió además dar un cauce legítimo a las nuevas formas de relaciones románticas públicas entre los adolescentes. La balada se alejó de la carga trágica del bolero para dar cabida a los pequeños dramas de encuentros y desencuentros románticos de una generación que buscaba romper con los lazos tradicionales que limitaban las opciones amorosas de sus protagonistas, condenándolos a amores prohibidos y rupturas definitivas. Si bien la balada romántica conservó la intensidad emocional de los géneros tradicionales, empezó a desdibujar el carácter irreversible de estas historias.
Al mismo tiempo que las prácticas laborales de la industria musical afirmaban el orden de género, limitando la presencia de mujeres, en las letras de las canciones se reflejaba el cuestionamiento de las relaciones de género y de la generación que estalló en ese período. En el contexto latinoamericano, especialmente en el Cono Sur, el período quedó marcado por la presencia generalizada de regímenes dictatoriales que enfocaban la represión hacia los partidos de izquierda y las organizaciones sindicales y sociales, pero cuya propuesta conservadora abarcaba también el orden cultural. Así, la trayectoria de la mayoría de los entrevistados se vio afectada indirectamente por la represión policial que vivió la sociedad argentina y directamente por la censura de la dictadura contra las expresiones artísticas y culturales que, sin tener un mensaje político, sí lo tenían en términos de relaciones afectivas y sexuales. El nuevo imaginario de mayor libertad que proponían las baladas románticas desafiaba un orden familiar tradicional que también era parte del proyecto reaccionario de la dictadura.
Todos los entrevistados tuvieron importantes hits, aquellas canciones que lograron capturar el gusto del momento y quedaron en la memoria de los jóvenes de entonces, pero fueron diversos, en cada caso, tanto su éxito nacional como su proyección internacional. Esta situación dependió del sello discográfico, las giras, las decisiones familiares, pero también del éxito previo que abría el mercado a cada intérprete. Las trayectorias, aunque tienen puntos en común, recorren un amplio abanico de posibilidades. Como chilena, me llama la atención no conocer a algunos de los entrevistados, en tanto que otros son parte de la memoria musical de mi país. Bárbara y Dick, Heleno, El Greco, Luis Grillo, Donald, Silvestre, Tormenta, entre otros, han tenido larga presencia en los medios chilenos. Lo anterior responde a la capacidad de promoción de los sellos discográficos o de los representantes, pero también sería interesante explorar por qué algunos de estos cantantes o conjuntos argentinos son acogidos en ciertos países y no impactan en otros; qué hebras hacen que los públicos los adopten casi como propios, en tanto otros pasan distraídamente.
Este libro constituye un aporte relevante para la construcción de la historia musical de nuestro tiempo, que puede atraer a quienes busquen reencontrarse con los artistas que nos acompañaron con sus voces; de igual modo, provee imágenes de los años pasados que activan nuestra memoria sentimental; asimismo, el texto es un rico material para todos quienes nos interesamos por la investigación de las formas de expresión artística que van tejiendo nuestra identidad como latinoamericanos.
Referencias bibliográficas
BOURDIEU, Pierre (1995), Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario, Barcelona, Anagrama.
LAMADRID ÁLVAREZ, Silvia y Andrea BAEZA REYES (2017), “La recepción de la música juvenil en Chile en los años 60: ¿americanización de la juventud?”, Revista Musical Chilena, año LXXI, Nº 228, julio-diciembre, pp. 69-94.
Balada a 22 voces: una geografía lírica
Tanius Karam Cárdenas
La música es un territorio propio, un espacio para indagar por algo más que la alusión referencial de las letras; específicamente, la balada romántica conforma una biografía íntima de los grupos sociales donde se produce; por tanto, un libro de esta naturaleza –como bien lo señala su autor, Oscar Iván Londoño Zapata– se convierte en un recorrido hacia el centro expresivo de un modo de ver la realidad, el amor, la gente y las calles mismas.
La música no es solo sonido, ritmo, armonía y melodía, como lo indica Aaron Copland en Cómo escuchar la música, sino que constituye –dentro de la dimensión cultural del lenguaje– un vehículo portador de representaciones e identidades sociales que regula los tiempos de la vida; en este sentido, la música opera como un mecanismo mediador de las relaciones entre seres humanos y dioses; es también instrucción de convivencia, un código para una clase de vínculo y un tipo de consumo particular; algunos analistas subrayan este componente interactivo en el tipo de relaciones que la música provee como una especie de portador secreto que ofrece instrucciones para su uso y degustación.
Oscar Iván Londoño Zapata –profesor de Análisis del Discurso que ahora investiga la música popular latinoamericana– define la balada como “un dispositivo discursivo eficiente para reproducir imaginarios o representaciones sociales sobre el amor”; de modo que “las letras estereotipadas y los arquetipos blandengues de las baladas románticas han contribuido a la estandarización de las maneras de pensar, sentir y expresar el amor y otras emociones” (Melo Velásquez, 2013).
La comunicación musical y su contexto
Dentro de la comunicación musical –noción que hemos abordado en otras disquisiciones sobre música lírica y romántica– nos interpela el principio de creación relacionado tanto con la dimensión biográfica de los intérpretes, autores y compositores, como con las situaciones que hacen factible una determinada realización.
Michel Foucault (1999), entre otros investigadores, cuestionó la noción de autor para las artes; sus planteamientos –heredados de la modernidad– quieren ver, en lugar de una persona, una serie de cruces institucionales que explican el fenómeno de la creación. En el caso de la canción popular, este asunto también ha devenido en espacio de discusión –aunque por razones distintas a las de Foucault–, debido a que frecuentemente el intérprete desplaza al autor de la letra (letrista) y al compositor de la música, cuando no son realizadas por la misma persona, como en el caso del cantante mexicano José José, quien eclipsó con su voz a sus autores y compositores. No obstante, en algunos casos –incluso presentados en este libro– es el propio artista quien produce tanto la letra como la música de sus canciones. Aunque el proceso de creación no es el objeto del presente texto, es relevante mencionarlo debido a que pocas veces es abordado.
En el caso del mensaje musical, quizá lo más identificable –por el uso de la lengua– son las letras, las palabras, las repeticiones, los estribillos, aunque haríamos poco favor al fenómeno musical si ancláramos el misterio de toda comunicación musical únicamente al código lingüístico que porta. De tal modo, el mensaje musical constituye el espacio imaginario donde creador y oyente se encuentran, por lo que no podemos desconocer sus componentes físicos, sonoros, tímbricos, entre otros.
El mensaje musical es clara melodía, una sucesión de sonidos que en golpes de respiración van formando –como en el habla– una serie de frases; cantar no es leer sino interpretar la letra, de modo que en el habla musical encontramos juegos típicos de la melodía. Las letras de las canciones nos dejan ver la cotidianidad, las costumbres, los mitos, la subjetividad y las emociones. A la manera de un cuadro que nos brinda visiones del mundo, la balada es una lente por la que se cuela, desde el matiz del discurso amoroso, una forma de mirar otras aristas de la realidad.
Generalmente, las melodías son de fácil recordación y en el efecto de escucha parece que sonido y palabra se articulan. Junto con la melodía existe una particular densidad dada a la armonía, aquello que generalmente se asocia con el acompañamiento y constituye una espesura propia, un conjunto de sonidos que enriquecen la canción. Sin embargo, no es solamente acompañar sino también redefinir, porque la armonía, aunque no lo parezca, hace parte del mensaje; cuando se goza de alguna formación musical es posible aumentar el placer y la fruición al identificar cómo esos sonidos se entrelazan entre los distintos instrumentos de la orquesta. El timbre también se vincula con estas propiedades que, en el caso de la época abordada, toma cuerpo con los instrumentos eléctricos relevantes para la sonoridad y las cualidades físicas de ese sonido que nos enamora. El ritmo, por su parte, provee la cadencia que incorpora al discurso musical el pulso y el golpe necesarios para identificar la velocidad y también el ataque de los distintos instrumentos; el concepto de ritmo se asocia con cierto tipo de música más percutida o bailable; aunque la canción lírica posee un ritmo por lo general pausado, su intensidad expresiva puede aumentar.
Finalmente, el oyente es el encargado de conferir el significado último: no es lo mismo escuchar una pieza musical solo en una habitación mientras se evoca a una persona o una situación, que hacerlo en un club nocturno, en una tertulia con los amigos o a través del radio del automóvil mientras se abraza a la amada o al amado. El oyente actualiza los sentidos que la canción porta y no solo la vincula a procesos cognitivos, sino que hace algo con ella en su vida cotidiana.
La canción también marca situaciones especiales. Los usuarios son capaces de incorporar nuevos significados no previstos por el autor o el compositor, sino que están dados por la tradición. Tuvimos oportunidad de demostrar esta hipótesis a través de un estudio de recepción sobre la canción romántica en la región mexicana de la península de Yucatán (Karam Cárdenas y Echevarría, 2013). Lo anterior no supone una transgresión sino la creatividad propia de la escucha, presente en todas las artes; de manera particular, las teorías de la recepción –por ejemplo, en el fenómeno literario– han explorado la construcción del significado y el sentido en el lector, y nosotros las pensamos aplicables a la experiencia musical de escucha.
Para el análisis de todo proceso comunicativo, o en nuestro caso de una práctica comunicativa particular (la expresión romántica de los baladistas argentinos en las décadas de 1960, 1970 y 1980), es necesario ubicar algunas coordenadas mínimas que permitan entender de qué manera se concebía la canción en esa época, esto es, en un momento particular del desarrollo de la industria musical y las industrias mediáticas. De igual modo, es pertinente identificar la tendencia musical y el tipo de expresión, que ya no están hechos únicamente de cuerdas dentro de un tiempo, sino que se alimentan de la sonoridad electrónica en combinación con la orquesta. La balada romántica no constituye una creación musical íntima, a la manera de la trova con su inseparable dupla guitarra-voz, sino que supone arreglos musicales y puestas en escena a través de programas radiales y televisivos, conciertos, shows, festivales musicales, entre otros dispositivos de difusión, sin los cuales no hubiese sido lo que fue.
De manera particular, cabe destacar la importancia de los festivales musicales nacionales e internacionales para el proceso de circulación de la música; por ejemplo, desde 1972 el Festival OTI de la Canción se proyectó con gran éxito no solo en México, sino en los demás territorios de Latinoamérica debido a que fue un semillero y un espacio televisivo de importante visibilidad para la canción; este festival –no está de más mencionarlo– emulaba el Festival de la Canción de Eurovisión que, a diferencia del iberoamericano, continúa vigente. Si bien ninguno de los entrevistados ganó el Festival OTI de la Canción, sí aparece referido uno de los ganadores argentinos, Daniel Riolobos.
Por otro lado, es pertinente señalar algunos puntos de aquella dura historia que vivió la cultura argentina en la década de 1960 y sobre todo en la siguiente con la llegada de la dictadura militar; el régimen autoritario influyó negativamente en variados planos de las artes, por ejemplo, en el proceso de creación donde la intervención de las letras configuró un recurso eficiente para desplegar la censura, tal como lo cuenta Daniel Magal en su entrevista: las canciones que no eran autorizadas se prohibían, y cuando esta situación ocurría –recuerda Magal– la pérdida de tiempo y dinero era significativa. Podría pensarse que no habría razón política para prohibir una canción de amor, pero la había porque dentro de los temas abordados no se podía hablar de política, o de problemáticas sociales como la pobreza, el sexo o la infidelidad; la censura se imponía –como plantean Magal y Mattos– por “cosas ridículas”.
Cabe señalar que la Argentina es un país particular, cuna de grandes intelectuales y portador de una voz propia dentro de América Latina, con una gran tradición en muchas expresiones. Por tal razón, no es casual que algunos de los grandes íconos de nuestro continente, como Ernesto Guevara, María Eva Duarte de Perón o Jorge Luis Borges, sean argentinos. De tal modo, con su comida, su pampa, sus vinos y sus tangos es un espacio emblemático de producción cultural. Estas características quedan reflejadas en las descripciones del contexto que cantantes como Jerónimo realizan en las entrevistas; este cantautor se vincula con el país en tanto espacio de enunciación particular.
En el contexto de la época que ocupa estas entrevistas, una de las expresiones más difundidas era la música folclórica, que es en realidad una estilización particular que adquirió matices propios en cada país (Los Parra en Chile, Ariel Ramírez en la Argentina o Los Folkloristas en México). Si bien parecía que esos años aciagos de fuerte politización y tensión entre fuerzas sociales serían el lugar dominante de muchos jóvenes, en estas entrevistas vemos los matices de intérpretes que dialogaron de distinta manera con esta expresión, como el caso de Juan Carlos Iseas, quien tuvo en este tipo de música un espacio formativo.