Buch lesen: "La primavera de la Iglesia"

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Delgado Galindo, Miguel

La primavera de la Iglesia : movimientos eclesiales, fieles laicos y nueva evangelización . - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : De la Palabra de Dios, 2014.

E-Book.

ISBN 978-950-9473-67-6

1.Espiritualidad Cristiana. 2. Movimientos Eclesiales. I. Título

CDD 248.5

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Diseño de tapa e interior: Cristian Chaives

Coordinación general: Federico Boccacci

© Editorial de la Palabra de Dios

24 de Noviembre 1212 - C1242AAB – Ciudad Autónoma de Buenos Aires

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Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723. Todos los derechos reservados. Editado en Argentina en Junio de 2015.

Prólogo

A partir del Concilio Vaticano II, y aun antes, se puede reconocer en la Iglesia el desarrollo de un nuevo momento asociativo de los fieles: junto al asociacionismo tradicional han nacido los nuevos movimientos eclesiales.

No se pueden ignorar los muchos y variados antecedentes de esta dimensión en el monaquismo, las órdenes mendicantes, las cofradías y terceras órdenes, las fraternidades y pías uniones, las congregaciones e institutos seculares, la acción católica, etcétera. Sin embargo a estos nuevos movimientos se los considera uno de los frutos de la amplia y profunda renovación espiritual promovida por el Concilio.

Juan Pablo II vio esto claramente cuando, en 1998, afirmó que los movimientos son uno de los frutos más significativos de la primavera de la Iglesia pos-conciliar y señaló que ellos son un motivo de esperanza para la comunidad eclesial y para los hombres de nuestro tiempo, una obra del Espíritu Santo. En su mensaje vislumbró esta nueva etapa asociativa caracterizada por diversos carismas comunitarios, que nuclean particularmente a laicos.

Su Santidad expresaba que no hay contraste u oposición entre la dimensión institucional y la carismática en la Iglesia, de la cual los movimientos son una expresión significativa, y que estas dimensiones son co-esenciales en su constitución divina. Ambas dimensiones hacen presente el misterio de Cristo y su obra salvífica en el mundo. Así el carisma de cada movimiento, en cuanto don del Espíritu para la Iglesia, contribuye a la realización de su misión en el mundo1.

Por otra parte, a la luz de las exigencias que plantea la nueva evangelización, las diversas asociaciones eclesiales ofrecen un valioso aporte y tienen un alto relieve en la vida de la Iglesia ante la creciente secularización que, con diversos matices y expresiones, constituye uno de sus mayores desafíos.

La misión universal de la Iglesia exige que el apostolado de los fieles crezca y se profundice en el campo del asociacionismo internacional, ya que el mismo ofrece aportes para la edificación de la comunidad de los pueblos en la paz y fraternidad, así como también en la formación de la responsabilidad y solidaridad universal2.

Sin la colaboración mutua de los fieles, como es el caso de los movimientos, sería difícil desarrollar una acción pastoral que incida socialmente y contribuya a transformar el medio ambiente secularizado según el Evangelio de Jesús.

En relación con esto, el Papa Benedicto XVI ha expresado que existe todavía la tendencia a identificar unilateralmente la Iglesia con la jerarquía, olvidando la responsabilidad común de todos los fieles –laicos y ministros ordenados–, es decir, olvidando la misión común del pueblo de Dios. Entonces, vale la pena preguntarse: ¿en qué medida se reconoce y favorece la responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios, en particular de los laicos? Tal vez es necesario un cambio de mentalidad para que, respetando las vocaciones y las funciones de los ministros ordenados y de los laicos, se promueva la corresponsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios. Esto exigirá pasar de considerar a los fieles laicos colaboradores del clero a reconocerlos realmente como corresponsables del ser y del actuar de la Iglesia, favoreciendo la consolidación de un laicado maduro y comprometido3.

Los movimientos contribuyen a revitalizar esos aspectos de la vida eclesial que parecían haberse opacado o debilitado y revelan de un modo dinámico la eclesiología conciliar. Este hecho es valorado por los pastores de la Iglesia: particularmente el magisterio pontificio –tanto el de Juan Pablo II como el de Benedicto XVI– ha puesto de relieve la importancia de los movimientos en la misión de la Iglesia. Así se ve reflejado en el estudio y reflexión que Monseñor Miguel Delgado Galindo aporta en esta obra.

En muchas ocasiones los pontífices han expresado que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades constituyen un don singular del Señor y un recurso inapreciable para la vida de la Iglesia. Invitaron, especialmente a los obispos, a acogerlos con confianza y valorizarlos en sus diversas aportaciones para que sean de utilidad para todos de forma ordenada y fecunda. Ellos señalaron también que el Vaticano II se refiere en diversos documentos al tema de las nuevas comunidades eclesiales. También el Catecismo de la Iglesia Católica subraya el valor y la importancia de los nuevos carismas, cuya autenticidad se garantiza por su disponibilidad al discernimiento de la autoridad eclesiástica.

Precisamente porque hay un florecimiento de nuevos movimientos y comunidades eclesiales, es importante que los pastores ejerzan sobre ellos un discernimiento prudente y sabio. En este sentido Benedicto XVI expresó que hace tiempo se están estudiando modalidades oportunas para darles un reconocimiento pontificio a los nuevos movimientos y comunidades eclesiales, y que no son pocos los que ya lo han recibido. También señaló que los pastores deben tener en cuenta este dato a la hora de discernir oportunamente según su competencia4.

La importancia de este fenómeno se deduce no sólo del número, difusión y crecimiento, sino también de la diversidad de experiencias y las problemáticas conexas de índole pastoral, teológica y también jurídica. Como realidades nuevas en la Iglesia, necesitan que se esclarezca aún más cómo discernir sus carismas, cómo la autoridad debe reconocerlos y aprobarlos como instituciones eclesiales, qué normas rigen su vida, entre otros desafíos.

Por ende, es necesario tratar teológica, pastoral y canónicamente esta nueva realidad eclesial. Así lo deja ver el escrito de Mons. Delgado Galindo, actual subsecretario del Consejo Pontificio para los laicos.

Mons. Delgado Galindo busca dilucidar algunas de esas cuestiones e ilustrar acerca de este tema: los movimientos eclesiales, el ministerio petrino y la apostolicidad de la Iglesia. Asimismo destaca el lugar de los fieles laicos ante la nueva evangelización y completa sus reflexiones con un texto sobre la Santa Sede y las asociaciones internacionales de fieles.

Esta obra, compuesta por tres artículos, dedica la primera parte5 a presentar estas nuevas realidades y su lugar en la Iglesia, y señala que la misión de los movimientos en la edificación del pueblo de Dios depende del carisma propio. Además esclarece que los miembros que pertenecen a ellos, de acuerdo con su estado de vida, mediante su presencia y acción en el mundo, son invitados a ser testigos de la acción del Espíritu y están llamados a realizar su propia vocación también en el ámbito intraeclesial.

El segundo trabajo describe, con la ayuda del rico desarrollo de la enseñanza eclesial, la novedad de la nueva evangelización y el llamado a la misión propia de los laicos. Además expone los desafíos que pueden plantearse en ese contexto y reflexiona sobre la ministerialidad laical.

Por último, la tercera parte versa sobre el reconocimiento de estas nuevas realidades eclesiales y sus estatutos, en las diversas agrupaciones de fieles y según las disposiciones de la Iglesia. Presenta y analiza la configuración jurídica de las asociaciones de fieles, el reconocimiento por parte de los pastores y las relaciones con los mismos. También señala aquellos aspectos relevantes, desde el punto de vista pastoral, que permiten comprender mejor a dichas asociaciones.

Considero que el presente texto busca aportar una mayor comprensión de esta temática de actualidad eclesial y ofrecer una elaboración seria a partir de la ciencia y experiencia de Mons. Delgado Galindo en su servicio desde el Consejo Pontificio para los laicos.

Ciertamente lo presentado ofrece la posibilidad de un tratamiento más exhaustivo pero aquí es loable la claridad y simplicidad del autor, quien pone al alcance de todos su sabiduría jurídico-canónica, sin dejar de lado la impronta pastoral en las temáticas y en la orientación de la reflexión.

Pbro. Lic. Marcelo J. Gil, MPD

1. Cf. Juan Pablo II: Mensaje a los participantes en el congreso mundial de los movimientos eclesiales; disponible en: http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1998/may/documents/hf_jp-ii_spe_19980527_movimenti.html

2. Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II: Decreto sobre el apostolado de los laicos Apostolicam actuositatem, n. 19 y Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo Gaudium et spes, n. 90.

3. Cf. Benedicto XVI: Discurso durante la inauguración de la Asamblea eclesial de la diócesis de Roma; disponible en: http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2009/may/documents/hf_ben-xvi_spe_20090526_convegno-diocesi-rm.html

4. Cf. Benedicto XVI, Identidad católica de movimientos y nuevas comunidades; disponible en http: www.aicaold.com.ar/index.php?module=displaystory&story_id=14423&format=print&edition_id=867.

5. Fue publicada originalmente con el título Movimenti ecclesiali. Ministero petrino e apostolicità della Chiesa, por Edizione Vivere in, en Bari, junio de 2007.

Movimientos eclesiales, ministerio petrino y apostolicidad de la Iglesia

1. En el gran surco de la misión de la Iglesia

Recorriendo los momentos más significativos del pontificado de Juan Pablo II, el prof. Andrea Riccardi, historiador del cristianismo contemporáneo y fundador de la Comunidad de San Egidio, ha puesto de manifiesto el pensamiento del papa Wojtyla1 acerca de la centralidad de la misión. Como prueba de esta consideración recordamos una de las catorce encíclicas que escribió Juan Pablo II, la Redemptoris missio (7-12-1990), dedicada a esa temática2.

Quisiera mencionar, a este propósito, algo que sucedió durante la segunda Jornada Mundial de la Juventud, que se celebró en Buenos Aires en abril de 1987. En aquella ocasión Juan Pablo II fue interpelado por los jóvenes sobre cuál era el problema de la humanidad que más le preocupaba. La respuesta del Papa fue muy clara: “Pensar en los hombres que aún no conocen a Jesucristo, que todavía no han descubierto la gran verdad del amor de Dios. Ver una humanidad que se aleja del Señor, que quiere crecer permaneciendo al margen de Dios o incluso negando su existencia”3.

Durante su pontificado, varias veces y de diversos modos, Juan Pablo II tuvo ocasión de definir a los movimientos eclesiales como dones preciosos ofrecidos generosamente por el Espíritu Santo y motivo de esperanza para la Iglesia y la humanidad entera. Él supo acogerlos y valorarlos, los propuso a los obispos y los invitó a difundirse en las Iglesias particulares con humildad y sentido de comunión. ¿Cuál es la razón profunda de esta actitud? La respuesta se puede encontrar en las palabras del mismo Pontífice dirigidas a los participantes del inolvidable encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, que tuvo lugar en la tarde del sábado 30 de mayo de 1998, Vigilia de Pentecostés, en la Plaza San Pedro: “En nuestro mundo, especialmente dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios, la fe de muchos es puesta a dura prueba y muchas veces, sofocada y apagada. Se advierte, entonces, con urgencia, la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de la propia identidad bautismal, de su propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí aparecen, entonces, los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: ellos son la respuesta suscitada por el Espíritu Santo a este dramático desafío de fin de milenio. Ustedes son esta respuesta providencial”4.

Unido idealmente a aquel evento de Juan Pablo II en 1998, es igualmente memorable el encuentro de Benedicto XVI con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades que se llevó a cabo en la Plaza San Pedro el sábado 3 de junio del 2006 durante la celebración de las primeras vísperas de la solemnidad de Pentecostés. Estas son las directrices que Benedicto XVI presentó a los participantes: “Los movimientos han nacido de la sed de una vida verdadera […]. Los movimientos eclesiales quieren y deben ser escuelas de libertad […]. ¡Forman parte de la edificación del único cuerpo! […]. Ustedes no cesarán de llevar sus dones a la comunidad entera […]. Queridos amigos, les pido que sean, todavía más, mucho más, colaboradores del ministerio apostólico universal del Papa, abriendo las puertas a Cristo”5. Con ocasión del Congreso que precedió dicho encuentro, el Santo Padre dirigió a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades un mensaje en el cual se lee: “Ustedes pertenecen a la estructura viva de la Iglesia”6.

No obstante a que los movimientos eclesiales sean un fenómeno relativamente reciente en la vida de la Iglesia, su bibliografía es actualmente muy abundante7. Justamente por esta razón, en las siguientes páginas querría detenerme sólo en determinados aspectos que se refieren a los movimientos en la Iglesia, afrontando la temática en una perspectiva concreta: aquella que ve unidos por un fuerte vínculo a los movimientos eclesiales, al ministerio petrino del obispo de Roma y al carácter apostólico de la Iglesia8 (uno de sus cuatro atributos junto a la unidad, a la santidad y a la catolicidad9). Sostengo que tal reflexión podría colaborar para alcanzar una adecuada comprensión acerca de la identidad y la misión que estas realidades están llamadas a llevar a cabo en la Iglesia en el momento presente, como también en el futuro.

2. ¿Qué es un Movimiento eclesial?

Es necesario admitir que no resulta una tarea del todo simple definir a un Movimiento eclesial. La gran mayoría de los movimientos eclesiales –me refiero a todas aquellas realidades eclesiales que en nuestros tiempos son identificadas con ese apelativo– han aparecido a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y han tomado un gran impulso a partir del Concilio Vaticano II. Muchos de ellos han nacido durante el pontificado de Juan Pablo II, quien definió a esta realidad que florece como “una nueva época asociativa de los fieles laicos” (CFL 29b).

Si bien el nacimiento de estas realidades asociativas aparece en los últimos tiempos, estamos, sin embargo, en condiciones de individualizar algunos rasgos salientes que los caracterizan.

En general, el término “Movimiento” indica un conjunto de fenómenos de diversa naturaleza caracterizado por la fluidez y el dinamismo propio, teniendo en sí mismos una fuerte carga innovadora. Más concretamente en el ámbito eclesial, la palabra “Movimiento” ha sido muchas veces empleada para designar elementos nuevos que han surcado la historia de la Iglesia (el monaquismo, la reforma cluniacense, las órdenes mendicantes, etcétera)10, como también fenómenos de renovación teológica en continuidad con la Tradición, como por ejemplo el movimiento litúrgico11, el movimiento bíblico12, el movimiento ecuménico13, por nombrar algunos14.

La reflexión eclesiológica realizada con ocasión del Concilio Vaticano II ha llevado un cambio en el significado de la palabra Movimiento. Este término, en efecto, es hoy empleado para designar a determinadas realidades eclesiales que constituyen expresiones del pueblo de Dios, que poseen una subjetividad propia y que han llevado una renovación a la vida de la Iglesia.

En el mensaje dirigido a los participantes al Congreso Mundial de los Movimientos eclesiales, que se llevó a cabo en Roma del 27 al 29 de mayo de 1998, Juan Pablo II escribió: “¿Qué se entiende, hoy, por ‘Movimiento’? El término es a menudo referido a realidades distintas entre sí, a veces, hasta por su configuración canónica. Si bien por una parte, ésta no puede ciertamente agotar ni fijar la riqueza de las formas suscitadas por la creatividad vivificante del Espíritu de Cristo, por otra, indica una realidad eclesial concreta en la que participan principalmente laicos, un itinerario de fe y testimonio cristiano que basa su método pedagógico en un carisma preciso otorgado a la persona del fundador en circunstancias y modos determinados”15.

En estas palabras de Juan Pablo II podemos encontrar los elementos esenciales para la definición de un Movimiento eclesial. En primer lugar, se trata de una realidad concreta en la Iglesia en la que participan principalmente los fieles laicos. Los movimientos eclesiales son, por lo tanto, una realidad eminentemente laical, no obstante puedan pertenecer a ellos también clérigos y miembros de institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica. La gran mayoría de los movimientos eclesiales han sido configurados canónicamente hasta ahora como asociaciones internacionales de fieles y, por lo tanto, a nivel de la Curia Romana, entran en el ámbito de competencia del Consejo Pontificio para los Laicos16.

Por otra parte, los movimientos eclesiales son portadores de una pedagogía propia de la fe que conduce a sus miembros a un encuentro personal con Cristo y, al mismo tiempo, los impulsa al apostolado.

Un Movimiento eclesial se funda sobre un carisma originario recibido por un fundador en circunstancias históricas y modos determinados. Se trata, en efecto, de un carisma vocacional, que incita al cristiano a asumir compromisos de vida que abrazan la existencia entera y lo llevan a una donación personal a Dios.

Intentando ofrecer una definición de Movimiento eclesial, el entonces cardenal Ratzinger afirmaba que “los movimientos nacen en general de una personalidad carismática guía, se configuran en comunidades concretas que por la fuerza de sus orígenes reviven el Evangelio en su totalidad y sin titubeos reconocen en la Iglesia su razón ser, sin la cual no podrían subsistir”17.

A la luz de lo dicho hasta ahora, los movimientos eclesiales se presentan a nuestros ojos como realidades asociativas carismáticas, esencialmente laicales, estructuradas como comunidades de fieles, con un método pedagógico propio de la fe que conlleva para sus miembros un compromiso existencial en vista de la realización de su vocación cristiana, y están dotados de un dinamismo misional.

3. Coloquios y congresos internacionales de los movimientos eclesiales

A principios de los años ochenta fueron los mismos movimientos eclesiales los que se hicieron promotores de encuentros de alcance internacional. El primer coloquio de los movimientos eclesiales tuvo lugar en Roma, del 23 al 27 de septiembre de 1981, por iniciativa del sacerdote Franciszek Blachnicki (1921-1987), fundador del Movimiento Luz –Vida, y de monseñor Luigi Giussani (1922-2005), fundador de Comunión y Liberación. Aquellas jornadas fueron una ocasión propicia para encaminarse hacia un conocimiento recíproco, como también para emprender una reflexión común acerca de los fundamentos teológicos y canónicos de estas realidades en la Iglesia18. Fue significativa la conferencia que ofreció el entonces obispo de Lugano, Mons. Eugenio Corecco (1931-1995), que tuvo por título “Perfiles Institucionales de los Movimientos en la Iglesia”.

Rocca di Papa fue sede del segundo coloquio internacional de los movimientos eclesiales, del 28 de febrero al 4 de marzo de 1987. El Congreso fue organizado conjuntamente por el Movimiento Apostólico de Schönstatt, la Renovación Carismática Católica y el Movimiento Comunión y Liberación. Allí se propuso contribuir con reflexiones y experiencias en vistas a la celebración del sínodo de los obispos previsto para octubre de 1987, sobre el tema “Vocación y Misión de los Laicos en la Iglesia y en el Mundo”19.

El tercer coloquio internacional tuvo lugar en Bratislava, del 1 al 4 de abril de 1991. Los movimientos organizadores fueron esta vez la Comunidad del Emmanuel, Comunión y Liberación, el Movimiento de los Focolares y el Movimiento Apostólico de Schönstatt. Esta reunión fue la primera convocada por los movimientos eclesiales después de la caída del muro de Berlín. Por lo tanto, se le dio un espacio privilegiado a la situación que vivía la Iglesia en los países de la Europa centro-oriental20. Julien Ries, profesor emérito de Historia de las religiones en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica), en el transcurso de su intervención, quiso subrayar la necesidad de reconquistar un decisivo impulso evangelizador.

Promovido por el Consejo Pontificio para los Laicos, del 27 al 29 de mayo de 1998 se llevó a cabo en Roma el I Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales, que precedió al encuentro con Juan Pablo II en la Plaza San Pedro. En aquellos días, el cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pronunció la memorable conferencia titulada “Los movimientos eclesiales y su colocación teológica”21.

Del 16 al 18 de junio de 1999, el Consejo Pontificio para los Laicos, en colaboración con la Congregación para los obispos y la Congregación para la Doctrina de la Fe, quiso organizar en Roma un seminario, que contó con la participación de un centenar de obispos diocesanos provenientes de todas partes del mundo, sobre el tema: “Movimientos eclesiales y nuevas comunidades en la solicitud pastoral de los obispos”22.

Rocca di Papa acogió también el II Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales y de las nuevas comunidades, titulado “La belleza de ser cristianos y la alegría de comunicarlo”, inspirado en las palabras pronunciadas por Benedicto XVI en la homilía de la santa misa de inicio de su pontificado, el 24 de abril del 2005: “No hay nada más bello que ser alcanzados, sorprendidos por el Evangelio de Cristo. No hay nada más hermoso que conocerlo y comunicar a los otros la amistad con Él”23.

El Congreso se desarrolló del 31 de mayo al 2 de junio de 2006 y concluyó al día siguiente en una gran reunión de todos los movimientos con Benedicto XVI, en la Plaza San Pedro. Merecen una consideración particular las intervenciones de tres conferencistas en aquel Congreso: los cardenales Christoph Schönborn, O.P., Arzobispo de Viena (“Cristo, el más bello entre los hijos de Adán”), Marc Ouellet, P.S.S., Arzobispo de Quebec (“La belleza de ser cristiano”), Angelo Scola, Patriarca de Venecia (“Movimientos eclesiales y nuevas comunidades en la misión de la Iglesia: prioridades y perspectivas”).

4. Institución y carismas: la Iglesia y los movimientos eclesiales

En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: “Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo” (n. 799). Un carisma, por lo tanto, es una gracia especial (gratia gratis data), distinta a la gracia santificante (gratia gratum faciens), que el Espíritu Santo otorga no solo para la santificación de una comunidad de fieles, sino también para el bien común de toda la comunidad eclesial24.

Es interesante observar que Santo Tomás de Aquino, en sus obras, no emplea el término “carisma”, sino que utiliza la expresión gratia gratis data, que es la gracia mediante la cual un hombre ayuda a otro a volver a Dios. Esta gracia no se concede para la santificación de la persona que la recibe, sino para cooperar en la santificación de los demás25.

El Concilio Vaticano II ha dedicado una atención particular a los carismas y, más en general, a la dimensión pneumatológica de la Iglesia. Los movimientos eclesiales han recibido un gran impulso de la renovación eclesiológica suscitada por el último Concilio ecuménico, de cuyo magisterio se han nutrido y se han hecho, al mismo tiempo, portavoz de sus enseñanzas26. En los diversos documentos del Concilio Vaticano II se pone a la luz la importancia de los carismas en la estructuración de la Iglesia y en su misión (LG nn. 4.7.12.30; AA 3.30; PO 9). Entre los aspectos más significativos destacados por el Concilio Vaticano II se pueden mencionar aquí la profundización de la vocación y misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo (Cf. LG Cap. IV), como también la llamada universal a la santidad (Cf. LG Cap. V). Como consecuencia de todo esto tenemos una nueva mirada a la misión evangelizadora que pertenece a los fieles laicos, tarea que se abre tanto a la realización de iniciativas apostólicas personales como comunitarias.

Resulta evidente que la renovación eclesiológica llevada a cabo por el Concilio Vaticano II ha dado una fuerte contribución al nacimiento y al desarrollo de los movimientos eclesiales. El Prof. Riccardi ha subrayado que hasta el Sínodo Extraordinario de Obispos de 1985, dedicado al modo en que fue acogido el Concilio Vaticano II en la Iglesia, los movimientos eclesiales estaban situados al margen de la “eclesialidad oficial”, como él la denomina27.

Retomando las enseñanzas conciliares, en la exhortación apostólica post-sinodal Christifideles laici, Juan Pablo II escribió que “los carismas han de ser acogidos con gratitud, tanto por parte de quien los recibe como por parte de todos en la Iglesia. Son, en efecto, una singular riqueza de gracia para la vitalidad apostólica y para la santidad de todo el Cuerpo de Cristo, con tal que sean dones que verdaderamente provengan del Espíritu y sean ejercidos en plena conformidad con los auténticos impulsos del Espíritu” (n. 24). Este doble agradecimiento por los carismas, respecto tanto a aquellos que los reciben en un modo más directo como a todos los miembros del Pueblo de Dios, es el punto de partida para la llamada “inserción” en las Iglesias particulares de aquellas realidades que tienen origen en un carisma específico, como son los movimientos eclesiales.

Es ciertamente competencia de la autoridad eclesiástica examinar la autenticidad de los carismas y garantizar su uso ordenado en la Iglesia. Esta tarea, que se llama discernimiento, es confiada a los pastores de la Iglesia que, en cada caso, tienen siempre la responsabilidad de no apagar al Espíritu, sino de examinar todo y quedarse con lo bueno (Cf. 1 Tes 5,19-21) (LG 12).

Después del Concilio Vaticano II, e incluso antes, se ha escrito mucho acerca de la relación existente entre la institución, se puede decir la jerarquía, y los carismas en la Iglesia. Algunos autores han teorizado una presunta incompatibilidad entre la dimensión institucional y la dimensión carismática de la Iglesia, aduciendo que la espontaneidad del Pueblo de Dios prevalece sobre la institución, la cual tiende a oprimir la acción del Espíritu en la Iglesia. La experiencia ha demostrado que la oposición dialéctica de la relación institución-carisma conduce hacia un callejón del cual resulta difícil salir, ya que ambos son constitutivos del misterio eclesiológico. Institución y carisma configuran la estructura y la vida de la Iglesia. Fundada por Cristo, la Iglesia posee la configuración institucional (sacerdocio común y sacerdocio ministerial, jerarquía y fieles, etcétera) que deriva de la voluntad fundacional del Señor. El Espíritu Santo, enviado por Cristo, actúa desde siempre en la Iglesia, recordando las enseñanzas de Cristo y desarrollando, según la necesidad de los tiempos, la vida eclesial.

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
22 Mai 2025
Umfang:
101 S. 2 Illustrationen
ISBN:
9789509473676
Rechteinhaber:
Bookwire
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