Buch lesen: "La grieta desnuda"
La grieta desnuda
El macrismo y su época
La grieta desnuda
El macrismo y su época
Martín Rodríguez - Pablo Touzon
Índice de contenido
Portadilla
Legales
Prólogo: ¿Por qué sobre la época del macrismo y no sobre el gobierno macrista?
1. Cuatro cuerpos: la precuela del macrismo
2. Macri en la ESMA
3. El hombre algoritmo
4. Las mediciones del nuevo tiempo
5. El realismo macrista
6. ¿Perón vive?
Epílogo: La década perdida de la grieta
Palabras finales
| Rodríguez, Martín La grieta desnuda : el macrismo y su época / Martín Rodríguez ; Pablo Touzón ; dirigido por José Natanson. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Capital Intelectual, 2020.Archivo Digital: descargaISBN 978-987-614-599-21. Política Argentina. I. Touzón, Pablo. II. Natanson, José, dir. III. Título.CDD 320.82 |
© de la presente edición: Capital Intelectual S.A., 2019.
1ra. reimpresión: junio de 2019.
Director: José Natanson
Coordinadora de la colección de libros de Capital Intelectual: Creusa Muñoz
Edición: Silvina Friera
Diseño de tapa: M.
Diagramación: Daniela Coduto
Corrección: José Rondán
Comercialización y producción: Esteban Zabaljauregui
© Martín Rodríguez y Pablo Touzon
© Capital Intelectual, 2019
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Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-614-599-2
A Lucía Inés Gaitán, sin la cual no hubiese sido posible
A Giuliana Mignogna, que cuida las espaldas y el corazón
Y a la memoria de la poeta Juana Bignozzi
PRÓLOGO ¿Por qué sobre la época del macrismo y no sobre el gobierno macrista?
La pregunta de estos años: ¿cómo fueron posibles tantas cosas juntas que sonaban impensables un minuto antes de que ocurrieran? Que el peronismo pierda una elección nacional, que el peronismo pierda la gobernación bonaerense, que un proyecto “liberal” llegue al poder por los votos, y que la misma Cristina Fernández de Kirchner vuelva a perder frente a un tal Esteban Bullrich en la provincia de Buenos Aires. Y, además, que el ensayo de gobernabilidad macrista a cielo abierto acumule tantos chascos juntos en su lectura del mundo, en su expectativa esotérica sobre las inversiones (el gradualismo fracasó y vino el ajuste con el dólar en alza siempre), y que ese fracaso rotundo de su economía los encuentre en la etapa superior de su ensayo: tratando de convencer a los argentinos acerca de todo lo que no se puede. Y a la vez, borrando de un plumazo muchas de las columnas simbólicas que se mostraban poderosas en el relato kirchnerista, sin que haya habido resistencias tan sólidas. Gane o pierda, ésta fue su época. Gane o pierda las elecciones, dejó su huella, su daño, su impronta. Gane o pierda, este libro está escrito indiferente a cualquier suerte electoral.
El macrismo pudo destruir sin construir, derrumbar sin montar su propio edificio. No destruyó todo, porque se replegó también sobre el esqueleto de políticas sociales heredadas que garantizan un “piso mínimo” de gobernanza, pero “lo suyo” nunca llegó. Así, lo que aún promete y cumple es el mandato de hacer “anti kirchnerismo”, oposición de la oposición. Hay que superar la grieta... Pero, mientras tanto, viva la grieta. La grieta desnuda. Como forma de vida. Como política oficial de la indignación. ¿La manta corta de la grieta? Algo que sirve para ganar elecciones pero no para gobernar (bien).
No quisimos sumar otro libro a la saga de explicaciones recurrentes que centraron su objeto exclusivo en Cambiemos; más bien, pretendimos tejer desde distintos puntos de vista la explicación de este presente, lo que para muchos políticos, analistas y militantes fue un crimen de lesa humanidad electoral: la derrota de un peronismo que habían ayudado a fetichizar casi sin límites y que de golpe se enfrentaba a un espejo que no había querido ver… su segmentación.
¿Qué pasó con el “pueblo peronista” y su “mitad más uno” de los votos? ¿Y qué pasa con Cambiemos, este primer gobierno democrático que pretende su continuidad y a la vez reniega a reconstruir una “mayoría”? Gobernanza, tacticismo electoral y grieta... ésta es la fórmula a los ponchazos de la transición macrista. Ni siquiera aquel experimento de la Alianza a fines de los años 90 fue tan explícito en esa construcción de “minoría”. Tampoco el kirchnerismo final, que confundió militantes con ciudadanos, minoría intensa con mayoría, pero cuyo traspié se debió más al límite invisible de su imaginario que a su vocación sectaria. El de Cambiemos se trata del primer gobierno que se explica en la desigualdad. Que nace para sostenerla. Democracia de los segmentos, democracia de la desigualdad.
El libro que presentamos se organiza en torno a ideas que orbitan en la época: la pregunta acerca de cómo fue posible y bajo qué presupuestos el acceso de Macri al poder; la relación de Cambiemos con la Historia (que es una indagación sobre la relación de Macri y “los suyos” con la historia de su clase); sus tecnologías políticas (“¿qué hay de nuevo, viejo?”) que implican su praxis; sobre el peronismo y su realidad karmática, además de un fantasma que recorre Argentina: la figura de Francisco, el “Papa peronista” que parece tironeado entre su novedad mundial y el tradicionalismo argentino. Cada capítulo es una zona que reúne obsesiones e intentos por indagar la época, una hoja de ruta deliberadamente subjetiva, pero que al mismo tiempo intenta abarcar lo que aprieta: no hablamos de economía porque creemos que ya tiene muchos mejores intérpretes que nosotros mismos. Pero tenemos un objetivo: entender lo que explica al macrismo que explica al peronismo, lo que explica al peronismo que explica a la sociedad, y así.
Tratamos de evitar el vicio de una época que parece tensada en creencias simultáneas a la hora de la escritura: los números y la crónica. La “verdad estadística” y el exceso de una crónica de época que todo lo hace pasar por una “sociología del Yo”.
Quisimos escribir un libro de ideas. Nuestras ideas. Atadas, siempre, a la pasión por Argentina, ese experimento tan único en el Sur, en el fin del mundo.
CAPÍTULO 1 Cuatro cuerpos: la precuela del macrismo
“Continuar la vida principiada en Mayo no es hacer lo que hacen la Francia y los Estados Unidos, sino lo que nos manda hacer la doble ley de nuestra edad y nuestro suelo: seguir el desarrollo es adquirir una civilización propia, aunque imperfecta, y no copiar las civilizaciones extranjeras, aunque adelantadas. Cada pueblo debe ser él mismo: lo natural, lo normal nunca es reprochable.”
Autobiografía, Juan Bautista Alberdi
“Ya es muy tarde para ser sólo de una provincia…”
Criollo del universo, Francisco Madariaga
El camino al poder
En Nixon, la película biográfica de Oliver Stone (1), Richard Nixon se pregunta sobre su camino al poder. Sabe, con sentido trágico, lo que señaló Walter Benjamin y se citó mil veces, “todo testimonio de cultura es a la vez testimonio de barbarie” (2); y, dicho fácil: que toda biopic de triunfo y realización personal implica a la vez un recuento de cadáveres, de las víctimas simbólicas y reales que fue necesario sacrificar para llegar al objetivo.
Su padre, su hermano, John y Robert Kennedy son los cuatro cuerpos que Nixon contabiliza. Sin las muertes familiares, un joven pobre de una ciudad dormida de California jamás hubiese tenido la posibilidad financiera de acceder a la Universidad y al ascenso social necesario para aspirar a lo máximo; las muertes kennedyanas, la caída de ese “Camelot” (3) y la Guerra de Vietnam rompieron la barrera más fuerte que existía entre quien sería elegido presidente en noviembre del 68 y la Casa Blanca, como si existiese una relación necesaria entre el triunfo de unos y la tragedia de otros.
¿Y cuáles fueron los “cuerpos” de Mauricio Macri? ¿Qué transformaciones fundamentales tuvieron que realizarse en un país plebeyo como Argentina para que, 33 años después del retorno de la democracia, “los ricos” lleguen al poder?
El macrismo se narra a sí mismo en la misma clave de relato épico del emprendedorismo a la Silicon Valley. Un gigante, dicen, nacido en un garaje. Y así como la rebelión del capitalismo digital triunfó con su acné y su Bill Gates sobre los machos alfa de los “capitanes de la industria”, así como los Jedis de George Lucas arrasaron con el Taxi Driver de Martin Scorsese, así fue como el PRO le ganó al peronismo. Una revolución tecnológica y científica contra la política concebida como profesión.
Esta narración limpia y auto-transparente esconde sin embargo sus “muertos en el placard”, los profundos cambios políticos y sociales argentinos de los cuales Cambiemos es más consecuencia que causa. Si el discurso motivacional de Steve Jobs frente al alumnado de la Universidad de Stanford (4) no habla de las prácticas laborales de Apple en China, el discurso oficial macrista tampoco se refiere hoy a “las bajas” con las que cimentó su larga marcha hacia el poder. La ilusión del capitalismo limpio y de la política sin víctimas.
¿Cuáles fueron entonces las víctimas, los “muertos” simbólicos sobre los cuales Mauricio Macri activó su acceso al sillón de
Rivadavia? El ejercicio, hecho aún en este presente continuo llamado “el peor momento del gobierno”, amerita un viaje en el tiempo.
Cuerpo 1: La clase política
De existir un sismógrafo político en la Plaza de Mayo quizá podría haber registrado que lo que estaba sucediendo esa tarde soleada del 10 de diciembre de 2015 no era un terremoto, sino una réplica de uno anterior y gigantesco, que todavía reverbera y late, como una herida mal curada. Y de otra plaza igual de soleada, pero bastante más sangrienta, la del diciembre legendario de 14 años atrás: el diciembre de 2001. Esa que transformó a Argentina para siempre y sepultó a una de sus creaciones más notables: la clase política de la democracia.
A fines de 1983 Argentina asistió a un experimento: el de la creación y desarrollo de una clase política moderna, al estilo europeo occidental. Los partidos políticos (con sus cuadros, sus operadores, sus militantes, sus concejales/diputados/senadores, sus comités y sus unidades básicas) emergieron como el cuerpo fundamental. Aparecieron como los soles alrededor de los cuales orbitaría el resto de los planetas.
Con el sueño revolucionario ahogado en sangre, Argentina ingresaba al ideal reparatorio de la democracia liberal recitando el Preámbulo de la Constitución. Con la democracia, decía Alfonsín, se come, se cura, se educa. Y sobre todo: se vive y no se mata. La ceremonia llegaba justo después de la dictadura militar. Y estaba en sintonía con la de otros países. En Italia, el eurocomunismo proponía una vía democrática para resolver los grandes problemas del país; en España nacía la Transición democrática después de la dictadura franquista; en Portugal se asentaba un orden de libertades tras la llamada Revolución de los Claveles. La democracia, en Argentina, tenía algo de aquellos bríos del Viejo Continente. Era lo que permitía transitar el paso de “lo revolucionario” a “lo político”. Y, por lo tanto, del revolucionario al político. Esta utopía era compartida por los reformadores y modernistas de los dos partidos mayoritarios, que deseaban ubicar en el mismo basurero de la Historia tanto a Herminio Iglesias –viejo cacique peronista– como a Ricardo Balbín –viejo cacique radical–. Singularmente, el modernismo de época no se registraba, como en la generación anterior, en clave de edad biológica o de lucha generacional entre padres e hijos. Raúl Alfonsín y Antonio Cafiero no solo eran “viejos”, sino que además poseían sólidas carreras políticas a sus espaldas, cimentadas en mil acuerdos, roscas y compromisos. A priori, un prospecto poco atractivo para un programa de reforma política y social.
Sin embargo, y a la manera de su adorado François Mitterrand –líder del socialismo francés que había llegado al Palacio del Elíseo en 1981–, habían sabido reinventarse en padres de la nueva era, con la voluntad de contener y posibilitar a la vez, con una mezcla de audacia y prudencia, los huracanes de la primavera democrática. Aspirantes a estadistas, hombres de la posguerra sucia argentina, entendían su rol como el de pacificadores y estabilizadores, y con el objetivo fundamental, para el cual ningún compromiso era desechable, de preservar la democracia. Esto implicaba necesariamente la erradicación de la violencia política como método y la elaboración de compromisos implícitos y explícitos entre sí. Los desafíos objetivos y la autovisualización de sí mismos como guardianes de la democracia, auspiciaron la creación de una cultura de clase: radicales y peronistas espalda con espalda contra el remanente del Partido Militar. Clase política que, como todas, tendría su faceta solar en la presencia de Cafiero en el balcón alfonsinista de la Casa Rosada del “Felices Pascuas” de 1987, durante la primera rebelión militar “carapintada”, y una más lunar y oscura en los negocios del joven operador radical, Coti Nosiglia, con el sindicalista gastronómico peronista, Luis Barrionuevo. Eran los partidos del “pacto”, pero no con ese recitado sesgo de La Moncloa (5) (un pacto anterior a la democracia que nacía marcándole sus límites y posibilidades). La nuestra era una La Moncloa ambulante y permanente. Una La Moncloa argentina.
Así, la nueva clase política se enfrentó a las siete plagas de Egipto de la naciente democracia. En los años que fueron desde el primer levantamiento carapintada en 1987 hasta la sanción de la Ley de Convertibilidad en 1991, se produjeron tres alzamientos militares, dos hiperinflaciones, un ataque guerrillero a un cuartel, y una interna peronista. Para colmo, también se había producido una caída global algo más impactante: la del Muro de Berlín (noviembre de 1989). Pero el “sistema”, aquello que sus guardianes se habían juramentado proteger y defender, aguantó contra todo pronóstico. Corrían los tiempos heroicos de la democracia argentina, los años que “vivimos en peligro”, y también aquellos años de “enamoramiento” entre la sociedad civil y “los políticos”, en donde aún las fronteras entre ambas dimensiones eran porosas y dinámicas, como prueban la masiva militancia juvenil de los años ochenta y la explosión cultural urbana.
Los años duros dejaron su marca, y la clase que protagonizó el Pacto de Olivos ya no tuvo la legitimidad de antaño, pero sí la fuerza y el volumen político para procesar en conjunto y “por adentro” las ansias reeleccionistas de un Carlos Menem popular por el éxito del plan Cavallo junto con la necesidad de dar un nuevo marco regulatorio al sistema político. El Pacto de 1994 muestra un éxito paradojal: por un lado actualiza, transforma y ordena las reglas del juego político-institucional hasta la actualidad (la Convención Constituyente como el Mundial de la clase política, donde se escenifica su poder) y, por otro lado, es el comienzo lento de su divorcio con la sociedad civil y del nacimiento de ese nuevo animal político anfibio (50% clase política y 50% nuevas figuras mediáticas de la sociedad civil) que sacaría provecho de ella: el Frepaso (Frente País Solidario, integrado por el Frente Grande, el partido País y la Unidad Socialista). La fuerza creada por Carlos “Chacho” Álvarez, un peronista porteño y renovador, de retórica potente, un conversador magistral, fundador de la primera migración peronista del gobierno de Menem (el famoso “Grupo de los 8”), ensalzó como nadie los primeros brotes de una tendencia: la antipolítica. Las pequeñas mutaciones del lenguaje que operaba la voz de Chacho (de “igualdad” a “equidad”, de “pueblo” a “gente”) y una importación de figuras “prestigiosas” salidas del reservorio de la sociedad civil como Aníbal Ibarra (un ex fiscal activo en materia de derechos humanos) y la referente Graciela Fernández Meijide (madre de un desaparecido, miembro de la CONADEP). Álvarez no promovió tanto la antipolítica, sino, más bien, intentó darle cauce dentro de la política. Menem entendió lo mismo. Pero en el estreno de figuras populares clásicas del deporte y el espectáculo (Reutemann, Scioli, Palito Ortega). Ambos líderes, ante la primera percepción de crisis de representación, tuvieron la misma reacción. Pero si uno importaba figuras de la revista Caras, el otro lo hacía de la revista La Maga.
La única corporación despenalizada y con licencia para circular era la política, con P mayúscula. Los sindicatos, la Sociedad Rural o la Unión Industrial Argentina eran asimilados de manera indiferenciada, como parte corresponsable de la crisis y guerra civil de la vieja Argentina “pretoriana” de la Nación en Armas: no hacían política, defendían “intereses sectoriales”. Incluso el menemismo operaba con esa convicción: si fue vanguardista, como dijimos, al introducir la variable de los “famosos” en el terreno electoral, como el automovilista Carlos Reutemann, el cantante Ramón “Palito” Ortega o el motonauta Daniel Scioli (lo que equivalía a admitir en la práctica que había un agotamiento de la clase política y que “con la representación tradicional no alcanzaba”), al mismo tiempo siempre preservó el núcleo duro de la decisión política en la delantera de los Bauzá-Corach-Menem. Es decir, en los políticos. Cierta incomprensión de la izquierda de aquella época sostenía que bajo el menemismo “gobernaba el mercado”, confundiendo la orientación de las decisiones con quienes las tomaban. Es decir: el menemismo gobernaba para el Mercado, y en ese gobierno de la economía, a la vez, en simultáneo, construía uno de los poderes políticos más sólidos que conoció nuestra democracia. “Chacho” Álvarez también configuró esta convocatoria de “estrellas” que tuvieran dos rasgos: anticorrupción y derechos humanos. En Ibarra y Meijide se traficaban “valores” de honestidad que iban a popularizarse a través de la política. En Reutemann o Palito se traficaba el “éxito” en el deporte o el espectáculo que iba a contribuir a popularizar la política.
De alguna manera, esa idea un tanto fetichizada de la actividad política y ese concepto cerrado de su práctica generaron su propia Némesis. Cierta parte antisistema del imaginario PRO, presente desde el inicio, responde a esta exclusión: si no puedes unírteles, vénceles. Pero hasta la crisis de 2001, el embrionario macrismo reunido alrededor de su jefe Mauricio en la Presidencia de Boca se veía aún practicando más una suerte de “entrismo” en el nuevo peronismo menemista (que convocaba “empresarios exitosos”) que como un movimiento o partido alternativo. Era, todavía, un emprendimiento político personal, y Macri seguía siendo todavía Franco. La ruptura entre Menem y Cavallo en la madurez de los noventa (1996) cortó conceptualmente la unidad política del modelo con el divorcio de hecho de los “padres de la criatura” y generó, en sus márgenes, algunos electrones libres que, como aquellos cuadros ligados al Grupo Sophia, creían en los fundamentals del modelo pero eran críticos con su evolución histórica. La expresión estrictamente política de este espíritu de época era difusa. Podían encontrarse manifestaciones del mismo tanto dentro del equipo de campaña de Palito Ortega, en el nuevo y recientemente creado cavallismo y hasta dentro del mismo Frepaso. Las diferencias entre izquierdas y derechas, en este punto, estribaban menos sobre la convicción de la necesidad de erradicar la corrupción (punto compartido por todos salvo por el oficialismo menemista) que sobre el énfasis puesto en la orientación de las reformas. Si el progresismo apuntaba a políticas sectoriales que ayudasen a paliar los efectos más letales de las reformas de mercado sobre trabajadores y clases medias empobrecidas (en particular, el desempleo), los reformistas por derecha imaginaban reformas de “tercera generación” para combatir el creciente déficit fiscal y los costos laborales. Pero en el fondo, y tal vez por las vías del “realismo” que condicionaba la época, “cavallistas eran (casi) todos”. La Convertibilidad se iba volviendo “inviolable”, y el subtexto de la época de la oposición política parecía redundar en una pregunta no hecha: ¿se podía hacer el menemismo bien? Es decir: con menos corrupción y con mayor reducción de daños.
El mantenimiento de la Convertibilidad fue otro Pacto de La Moncloa realmente existente que la clase política hizo con la sociedad luego de los estallidos hiperinflacionarios. Un Nunca Más de bolsillo a cualquier tipo de Rodrigazo, que dio origen a uno de los consensos más sostenidos sobre una política pública que registre la historia argentina. Y la clase política argentina se enamoró perdidamente de ella, amor que luego la llevaría a la sepultura. Las razones de esta atracción fatal se cifran en buena medida en el rechazo de esta clase al lenguaje y a las prácticas de la economía: a Alfonsín el capitalismo lo aburría y repelía en partes iguales, el socialcristianismo cafierista repetía generalidades sobre la Doctrina Social de la Iglesia e incluso el mismo Menem “tercerizó” el tema en la magia demente de su ministro de Economía, el “Sarmiento de los 90”, Domingo Felipe Cavallo. La Convertibilidad dejaba réditos electorales, cosechaba aplausos mundiales y permitía “pasar a otro tema”, como aquellas personas no afectas a los números que encargan todos sus asuntos al contador con tal de no mirar jamás una planilla de Excel. Esa suerte de “imaginación al poder”, el salto alucinado del liberalismo argentino que dispuso que un peso equivalía a un dólar –al costo de un remate patrimonial inaudito para el país– angostó la discusión del modelo, a la vez que destruyó una herramienta estructural de cualquier política económica: la monetaria. Después de la inflación, Argentina decidió mutilar su brazo de “emisión” monetaria del modo más demagógico posible.
La crisis de 2001 fue, en este punto, una crisis de representación. Pero una crisis de sobrerrepresentación, de seguidismo ciego a las encuestas de opinión y al sentir popular: nadie quería matar a la criatura del 1 a 1. Si la clase política había sabido pagar costos políticos durante los años de la épica democrática (1987-1991), ya no quería ni podía hacerlo, siendo que de alguna manera para eso precisamente existía, para poder pagar en conjunto los costos políticos inmensos que la transición democrática acarreaba: esa era su justificación histórica. Los noventa habían aletargado sus reflejos, convenciéndola íntimamente que sí, era cierto, el mercado necesitaba lo menos posible de su intervención. Y el miedo pánico que se apoderaba de encuestadores y encuestados frente a la sola mención de la palabra devaluación sellaba La Moncloa argentina, expresada en rima en su última versión delarruesca: “Conmigo un peso, un dólar” decía dos veces en un spot de campaña el candidato radical Fernando de la Rúa, mientras la cámara se le acercaba a la cara.
En realidad, 2001 arrancó en el verano del 99, cuando Brasil devaluó su moneda y decidió decirle adiós a su propia versión del sueño. Se dio vuelta el reloj de arena y solo un puñado de los dirigentes importantes del país dieron cuenta pública y políticamente de lo que sobrevendría. Alfonsín, Duhalde y Moyano, no casualmente, los protagonistas principales del ciclo posterior. El canto de cisne de una clase política.
Los referentes del 2002 tienen ese sino trágico. Alfonsín y Duhalde desempolvaron en ese año bisagra lo aprendido en los años que vivimos en peligro. Sabían que solo les quedaba por hacer aquello que los destruiría para siempre en la consideración popular, pero que era a la vez lo único que podía hacerse. El último sacrificio de espaldas a una sociedad que esperaba otra cosa. Fue el mejor y el peor acto de la clase política argentina, el estadismo no reconocido de unos héroes crepusculares que morían para que Argentina viva. Devaluar. Decir “dream is over”. Matar la gallina de los huevos electorales de oro. Y la mataron. Si Alfonsín envejece salvado por una paternidad política sensible sobre la democracia, tal vez Duhalde merezca un reconocimiento tardío por esa “segunda transición”: la de volver a gobernar la economía e introducir el consenso de la política social. La represión que acabó con el asesinato despiadado de los militantes Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en junio de 2002, en la Estación Avellaneda, cuando tocó límite su tentativa represiva, más allá de las consecuencias judiciales limitadas, también significó un costo que Duhalde pagó: dio certezas sobre el fin de su mandato, el llamado a elecciones, y cargó con un peso que dura hasta hoy.
Repudiada en público, golpeada en bares, destruida en los medios, la clase política viviría en carne propia la ruptura violenta de nuestro La Moncloa nacido para controlar la inflación: ese escalofrío argentino. Como en la escena final de la película Thelma y Louise, habían atado su destino a la Convertibilidad y se suicidarían con ella. Imposibilitada de acusarse a sí misma, la sociedad argentina haría de la clase política su único chivo expiatorio, construyendo un relato que haría historia, y sobre el cual el macrismo construiría luego su Iglesia: el de “la sociedad” versus “los políticos”.
Cuerpo 2: El progresismo como reserva moral
“Macri será el candidato del PJ Porteño”. El título de la nota del 25 de junio de 2003 del diario La Nación sintetiza el espíritu del macrismo de esos primeros años 2000. El Frente Compromiso para el Cambio (CPC), el antecesor con bigotes del PRO, cuyo apoderado y factótum fue el luego multifuncionario devidista y tristemente célebre en la tragedia del ferrocarril Sarmiento en 2012, Juan Pablo Schiavi, representaba en los hechos una versión actualizada del Partido “Acción por la República”, herramienta electoral del ex ministro de Economía menemista, Domingo Cavallo, fenecida políticamente junto con él en las jornadas de diciembre de 2001. Partía en principio del mismo discurso y del mismo electorado, la base de la derecha porteña más clásica, con el añadido de un balbuceante y no del todo estructurado discurso antipolítico poscrisis, más el aporte de “aparato” del siempre en disponibilidad justicialismo porteño, por ese entonces, en custodia del incombustible Miguel Ángel Toma.
Esto tenía sentido: los años dorados de Cavallo posmenemismo, transcurrieron entre su salida y la pelea pública con Alfredo Yabrán –1996– y el 20 de diciembre de 2001. El empresario Alfredo Yabrán representaba la imagen vidriosa de un empresariado argentino “insolente”, como él mismo se proclamaba, que quería “su parte” en la distribución de negocios de los años 90. El límite de este aventurero amigo de políticos y custodiado por marinos de la ESMA fue Cavallo. Y fueron los años del intento político-electoral del cavallismo político propiamente dicho, con su fundador a la cabeza. En 1999, y a través de su partido recientemente creado, se postuló a la Presidencia de la República, obtuvo un nada despreciable 10% de los votos y un tercer lugar a nivel nacional, en el marco de la fuerte polarización (que aún no se llamaba así) entre los candidatos de la Alianza y del Partido Justicialista. Su apoyo provincial al entonces candidato bonaerense Carlos Ruckauf fue el hecho decisivo para que éste sea electo en lugar de la candidata frepasista Graciela Fernández Meijide, alterando severamente el juego de equilibrios pensado por la Alianza en el poder. Luego, el ex ministro del “Milagro Argentino” se postularía secundado por Gustavo Béliz a la jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en el año 2000,
compitiendo directamente contra la fórmula de Aníbal Ibarra y Cecilia Felgueras y, finalmente, obtendría un segundo puesto con el 33%. En esa ocasión, como en otras que seguirían, lo derrotó más su carácter que la contienda electoral, con un resultado para nada magro. Un Cavallo desbordado, sudoroso y sacado, que acusaba a Ibarra de “partisano” ante la mirada atónita y de inocultable vergüenza ajena de Gustavo Béliz, empezaba a mostrar seriamente sus propias limitaciones a la hora de la conducción política propia. En esa jornada Cavallo fundaba otra tradición criolla: el economista en política. Ojos claros, ego gigante, ambición desmedida, frenos inhibitorios flojos y timing ansioso: un pionero de la política selfie. Su última apuesta, la de Salvador de la Patria en 2001, fue la más fuerte y también la última.
Sin esta incineración de Cavallo y sin la liberación del caudal electoral que acaudillaba en su propio “territorio” municipal, la inserción exitosa de Mauricio Macri hubiese sido por lo menos más dificultosa. Mauricio fue un beneficiario directo de esa bancarrota. Así pues, era natural que la coalición macrista del 2003 recrease casi directamente aquella cavallista del 2000. Los nombres más prominentes de las listas (Jorge Vanossi, Jorge Argüello, Federico Pinedo, Cristian Ritondo, Jorge Enríquez, Mauricio Mazzón) cristalizaban esta decisión. Lejos estaban todavía de cualquier centralidad los Marcos Peña o María Eugenia Vidal. El primer macrismo se veía a sí mismo siendo parte del “sistema”. Era la continuación del cavallismo.
Ni siquiera participaban de un frente común con la estrella del liberalismo de aquel 2003, Ricardo López Murphy, quien llevó como candidata a Jefa de Gobierno a la actual ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, que obtuvo casi el 10% de los votos. El recelo entre ambos referentes no se debía solamente al histórico rencor del liberalismo político argentino frente a los vulgares y comisionistas “capitanes de la industria” nacionales (y de los cuales Franco Macri era su más acabado emblema), sino también a cierta sospecha de “peronismo friendly” por parte del nuevo macrismo político. Curiosamente, el que terminara siendo 12 años después el mayor challenger (6) del peronismo como especie de la historia democrática argentina, era percibido como la versión liberal, renovadora y aggiornada del peronismo años 90. Y tal vez porque en ese preciso instante es lo que en verdad era. Sí, el macrismo fue un peronismo, al menos, “local”.