Buch lesen: "En la oscuridad"

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EN LA OSCURIDAD

En la oscuridad

Título original: In the Dark

© 2008 Mark Billingham. Reservados todos los derechos.

© 2020 Jentas A/S. Reservados todos los derechos.

Traducción, Jentas A/S.

ePub: Jentas A/S

ISBN 978-87-428-1010-1

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.

A Katie y Jack

2 DE AGOSTO

LA NOCHE ES SECA, PERO LA CARRETERA TODAVÍA ESTÁ grasienta por el chaparrón de hace unas horas, resbaladiza al ser engullida bajo los faros, y no hay demasiado tráfico sobre los socavones de la que probablemente es una de las grandes arterias peor cuidadas de la ciudad.

Es por la mañana, por supuesto, en sentido estricto, primera hora. Pero para las escasas almas que se dirigen a sus hogares, luchan por llegar al trabajo en la oscuridad o se dedican ya a sus asuntos de uno u otro tipo, se parece mucho a la noche, altas horas de la condenada.

Noche cerrada.

Es una noche cálida, bochornosa. La segunda de lo que se presenta como un agosto bastante decente. Pero esa no es la razón por la que el copiloto del Cavalier azul inclina la cabeza hacia la ventanilla abierta y suda como un cerdo.

—Pareces un sobaniños en un castillo hinchable —dice el conductor—, joder, tío, ¿tú te has visto?

—¿Este chisme no tiene aire acondicionado?

—Nadie más está sudando tanto.

Los tres hombres que van en el asiento trasero se ríen, se apretujan unos contra otros y se asoman entre los dos asientos delanteros para ver el tráfico que viene de frente. Encienden unos cigarrillos, y el conductor estira una mano para pedir uno. Lo encienden y se lo pasan.

El conductor da una profunda calada, luego observa el cigarrillo.

—¿Por qué fumas esta mierda, tío?

—Un amigo me dio unos cartones. Me debía un favor.

—¿Por qué no me pasas unos cuantos?

—Lo estaba pensando, tú fumas esa mierda fuerte. Marlboro, o lo que sea.

—Ya... Lo estabas pensando. —Da un volantazo, esquivando rápidamente una bolsa de basura que ha volado hasta el medio de la calzada—. Mira esa mierda ahí tirada, tío. Esta gente vive como cerdos.

Las tiendas y restaurantes cerrados se deslizan junto a la ventanilla del copiloto; establecimientos turcos o griegos, colmados asiáticos, clubs, una oficina de taxis de una sola habitación con una luz amarilla. Todas las persianas y puertas de seguridad están firmadas: letras rojas, blancas y negras que caen por el metal, indescifrables.

Territorios marcados.

—¿No tenemos música? —Uno de los hombres que va atrás empieza a tamborilear un ritmo en la parte de atrás del reposacabezas.

—No vale la pena, tío. —El conductor se inclina, señala despectivamente los mandos de la radio con una mano—. El equipo de este cacharro va como el culo.

—¿Y la radio?

El conductor chasquea la lengua con un ruido como el de algo pequeño al caer aceite caliente.

—A estas horas no hay más que tíos diciendo chorradas —dice—. La mierda esa del chill-out y viejos éxitos. —Estira el brazo y coloca la mano en la nuca del copiloto—. Además, tenemos que dejar que el chaval se concentre, ¿me entiendes?

Desde atrás alguien dice:

—Tiene que concentrarse en no mearse en los pantalones. Yo diría que está nervioso. Nervioso como un flan.

—Cosa fina...

El copiloto no dice nada, simplemente se gira y los mira, haciendo saber a los tres de atrás que ya tendrán tiempo de hablar luego, cuando hayan terminado. Vuelve a darse la vuelta y mira hacia delante, sintiendo el peso sobre el asiento entre las piernas, la sensación pegajosa que le pega la camiseta al final de la espalda.

El conductor acelera hasta pegarse a un bus nocturno, luego gira bruscamente hacia la derecha, canturreando algo para sí mientras se salta el semáforo justo cuando pasa de ámbar a rojo.

Ha tomado la A10 en Stamford Hill, dejando atrás las casas más grandes, los Volvos aparcados en la calle y los pulcros jardincitos, y ha puesto rumbo al sur con su BMW.

Se lo toma con calma por Stoke Newington, sabe que hay cámaras listas para hacer una foto a cualquiera lo bastante tonto como para saltarse un semáforo. Controla la velocidad. No hay mucho tráfico, pero siempre hay algún urbano quemado por el trabajo dispuesto a fastidiarle la noche a algún pobre capullo.

Lo último que ella necesita.

Unos minutos más tarde, se adentra lentamente en Hackney. Puede que el sitio no parezca tan malo por la noche, pero ella no se deja engañar. Aunque, por lo menos, los embaucadores de la inmobiliaria local tienen que currárselo para ganarse sus comisiones.

Oh, sí, es una zona bastante emergente. Es cierto que tiene mala prensa, pero hay que ver más allá de todo eso. Aquí se respira una verdadera sensación de comunidad y, por supuesto, todos esos prejuicios implican que los precios de las viviendas son muy competitivos...

O sea, lo pronuncies como lo pronuncies, De Beauvoir Town suena bien, ¿no? Limítate a hablar de Hackney Downs y Regent’s Canal y no te preocupes por minucias como las puñaladas, la esperanza de vida y cosas así. Hasta hay alguna que otra zona verde, por amor de Dios, y uno o dos adosados Victorianos.

Si plantas unos cuantos... ¿cómo se llaman?... cipreses al fondo del jardín, ni siquiera llegas a ver la urbanización

Los pobres capullos bien pueden tener dianas pintadas en sus puertas principales.

Cruza Ball’s Pond Road sin tener que reducir; a un lado, Kingsland, al otro, Dalston esparciéndose como una mancha hacia el este.

Ya no falta mucho.

Tiene las manos pegajosas, así que saca un brazo por la ventanilla, separa los dedos y deja que el aire nocturno pase entre ellos. Cree poder notar lluvia en el aire, apenas una gota o dos. Deja el brazo donde está.

El BMW suena bien: apenas un zumbido grave y un susurro bajo las ruedas. Siente el cuero del asiento del copiloto suave y limpio bajo la mano al tocarlo. Siempre le ha encantado este coche, se sintió cómoda en él desde el momento en que puso los pies dentro.

A alguna gente le pasa eso con las casas. Diga lo que diga el vendedor, a veces todo se reduce a esa sensación o lo que sea al entrar en ellas. Lo mismo le pasó con el coche, lo sintió suyo.

Ve el Cavalier viniendo hacia ella mientras reduce para detenerse en el semáforo. Va mucho más rápido que ella y frena en seco, rebasando las líneas blancas del cruce.

Va sin luces.

Busca a tientas la palanca de detrás del volante y le da dos veces; da luces al Cavalier con los faros de alta gama del BMW. Mejores que las luces de aterrizaje de un 747, recuerda que le dijo el vendedor. Los vendedores de coches dicen aún más gilipolleces que los de las inmobiliarias.

El conductor del Cavalier no hace gesto alguno, simplemente se limita a mirarla.

Luego enciende las luces.

Ella atraviesa el cruce con el BMW y se aleja. Las primeras gotas de lluvia manchan el parabrisas. Comprueba el retrovisor y ve cómo el Cavalier hace un rápido giro de 180° a unos cien metros por detrás de ella, oye el estruendo de un claxon cuando se mete en el carril opuesto y adelanta a un taxi negro, avanzando rápidamente por el carril bus hacia ella.

Siente que algo le da un salto en el estómago.

—¿Por qué esa? —pregunta el hombre del asiento del copiloto.

El conductor mete quinta y se encoge de hombros.

—¿Por qué no?

Los tres del asiento de atrás se inclinan ahora más hacia delante, excitados por la acción, pero sus voces suenan como si tal cosa:

—La muy imbécil se ha seleccionado a sí misma.

—Si te metes con la gente, te buscas problemas, es lo que hay.

—Sólo intentaba ayudar.

—Así es como lo hacemos —dice el conductor.

Nota el asiento del copiloto caliente bajo él al girarse, como si todo le pareciese bien. Como si respirase con facilidad y no sintiese que la vejiga le va a explotar.

Puta imbécil. ¿Por qué no puede meterse en sus asuntos?

Abandonan el carril bus y rebasan a una moto. El motorista se gira para mirarles al pasar, lleva casco y visor negros. El hombre del asiento del copiloto le mira a su vez, pero no puede mantener la mirada. Vuelve a dirigir los ojos hacia la calzada.

Hacia el coche de delante.

—No la pierdas —dice alguien con urgencia en el asiento de atrás.

Luego su amigo:

—Sí, dale caña a esta mierda, tío.

El conductor dirige los ojos al retrovisor:

—¿Me estáis mangoneando, vosotros dos?

—No.

—¿Me estáis mangoneando o qué cojones?

Levantan las manos.

—Relájate, tío. Sólo te digo...

Los ojos se desvían otra vez, pisa el acelerador y el Cavalier se acerca rápidamente hasta apenas unos metros del BMW plateado. El conductor se gira hacia el hombre del asiento del copiloto y sonríe. Le dice:

—¿Listo?

La lluvia cae con más fuerza ahora.

Su corazón late más rápido que los chirriantes limpiaparabrisas.

—Vamos a hacerlo —dice el conductor.

—Sí...

El Cavalier se echa a la izquierda, a sólo unos centímetros ahora, obligando al BMW a meterse en el carril bus. Los tres del asiento de atrás silban, sueltan tacos y resoplan.

—Vamos a hacerlo en cualquier momento, joder.

El del asiento del copiloto asiente y su mano sudorosa aprieta con fuerza la culata de la pistola contra la rodilla.

—Levántala, tío, levanta ese chisme bien alto. Enséñale lo que tienes.

Contiene el aliento y aprieta los dientes, luchando contra las ganas de mearse allí mismo, en el coche.

—Lo que le vas a dar.

Al girarse ve que la mujer del BMW ya está bastante asustada. A apenas unos metros. Mueve los ojos como loca, la boca se le retuerce en un gesto de pánico.

Levanta la pistola.

—Hazlo.

Esto era lo que quería, ¿no?

Los del asiento de atrás le mandan besitos para azuzarle.

—Hazlo, tío.

Se echa hacia el lado y dispara.

—Otra vez.

El Cavalier se aleja con el segundo disparo y él se esfuerza para mantener el coche plateado en su campo visual, se asoma más, siente la lluvia en el cuello, ignorando los gritos que le rodean y las gordas manos que le dan palmadas en la espalda.

Se queda mirando mientras el BMW da un bandazo hacia la izquierda, choca y se sube a la acera; ve a la gente de la parada de autobús, los cuerpos volando.

Lo que quería...

A más de treinta metros, puede oír el crujido del capó al abollarse. Y algo más: un golpe sordo, pesado y húmedo, y luego el chillido del metal y el bailoteo del cristal, que se desvanece cuando aceleran y se alejan.

TRES SEMANAS ANTES

Primera parte

MENTIR COMO QUIEN RESPIRA

UNO

HELEN WEEKS ESTABA ACOSTUMBRADA A DESPERTARSE con náuseas, con la sensación de apenas haber dormido y de estar sola, tanto si Paul estaba a su lado como si no.

Se había levantado antes que ella esa mañana, y ya estaba en la ducha cuando ella entró silenciosamente en el cuarto de baño y se agachó para vomitar en el lavabo. No era gran cosa. Apenas unos escupitajos, unos hilitos marrones y amargos.

Se enjuagó la boca y pegó la cara a la mampara de cristal al salir del cuarto de baño para preparar el desayuno:

—Bonito culo —dijo.

Paul sonrió y volvió a girarse hacia el agua.

Cuando entró en el salón diez minutos después, Helen ya iba por su tercera tostada. Lo había dispuesto todo en su pequeña mesa de comedor: la cafetera, tazas, fuentes y platos que habían comprado en The Pier cuando se habían mudado; había llevado la mermelada y la mantequilla de cacahuete del frigorífico en una bandeja, pero Paul fue directamente a coger los cereales, como siempre.

Esa era una de las cosas que le encantaban de él: era un niño grande que nunca había perdido el gusto por los Coco Pops.

Le observó mientras se echaba la leche y limpiaba las gotitas que había derramado con un dedo.

—Deja que te planche esa camisa.

—Está bien así.

—No te has planchado las mangas. —Nunca planchaba las mangas.

—No hace falta. Llevaré la chaqueta puesta todo el día.

—Me llevará cinco minutos. Puede que haga calor más tarde.

—Llueve a cántaros.

Comieron en silencio durante un rato. Helen pensó que quizá debía ir a encender la pequeña tele de la esquina, pero supuso que uno de los dos tendría algo que decir en un momento dado. De todas formas, desde el piso de arriba caía un chorro de música. Una caja de ritmos y un bajo.

—¿Qué tienes que hacer hoy?

Paul se encogió de hombros y tragó.

—Sabe Dios. Me enteraré al llegar, supongo. Ya veré lo que me tiene preparado el jefe.

—¿Terminarás sobre las seis?

—Venga, ya lo sabes. Si surge algo, puedo terminar a cualquier hora. Ya te llamaré.

Ella asintió, recordando una época en que lo habría hecho.

—¿Y el fin de semana?

Paul la miró y gruñó un «¿qué?» o un «¿por qué?».

—Deberíamos intentar ver algunas casas —dijo Helen—. Iba a hacer unas llamadas hoy, fijar un par de citas.

Paul la miró con fastidio.

—Ya te lo he dicho, todavía no sé lo que voy a hacer. Lo que surja.

—Nos quedan seis semanas. Seis semanas, como mucho.

Él volvió a encoger los hombros.

Ella se aupó y cruzó la cocina para meter un par de rebanadas más en la tostadora. Tulse Hill no estaba mal, estaba más que bien si querías comprar un kebab o un coche de segunda mano. Brockwell Park y Lido estaban a un paseo y había bastante movimiento a cinco minutos colina abajo, en el centro de Brixton.

El piso en sí era bastante agradable, seguro, un segundo con un ascensor que casi siempre funcionaba. Pero no podían quedarse. Dormitorio y medio (el de matrimonio y en el que no cabía una aguja), una cocina y un salón pequeños, y un pequeño cuarto de baño. Todo empezaría a parecer muchísimo más pequeño en mes y medio, con una silla de bebé en el recibidor y un parque delante de la tele.

—A lo mejor voy a ver a Jenny más tarde.

—Muy bien.

Helen sonrió, asintió, pero sabía que no le parecía bien en absoluto. Paul nunca se había entendido bien con su hermana. Tampoco había ayudado mucho que Jenny se hubiese enterado de lo del niño antes que él.

También se había enterado de unas cuantas cosas más.

Llevó sus tostadas a la mesa.

—¿Has tenido ya ocasión de hablar con el representante de la Federación?

—¿De qué?

—Por Dios, Paul.

—¿Qué?

Helen estuvo a punto de dejar caer el cuchillo al verle la cara.

La Policía Metropolitana concedía trece semanas a las agentes después del parto, pero eran bastante más picajosos cuando se trataba de las bajas de paternidad. Paul había solicitado(se suponía que había solicitado) una ampliación sobre los cinco días de baja remunerada que le habían concedido.

—Dijiste que lo harías. Que querías hacerlo.

Él soltó una carcajada hueca.

—¿Cuándo dije eso?

—Por favor...

Él meneó la cabeza, rebañó los cereales del cuenco con el dorso de la cuchara como si hubiese un juguete de plástico que no había encontrado.

—Tiene cosas más importantes de las que preocuparse.

—Vale.

—Yo tengo cosas más importantes de las que ocuparme.

Paul Hopwood trabajaba como subinspector en un equipo del Departamento de Investigación Criminal cuyas oficinas se encontraban a varios kilómetros al norte, en Kennington. Una unidad de inteligencia. Había oído todos los chistes que se repetían una y otra vez cada vez que surgía el tema en una conversación.

Helen se sintió enrojecer, quería gritar, pero no era capaz.

—Perdona —dijo.

Paul dejó caer la cuchara y apartó el cuenco.

—Simplemente no sé qué podría ser... —Helen no terminó la frase, Paul no la estaba escuchando, o quería dar esa impresión. Había cogido el paquete de cereales y seguía estudiando atentamente el dorso mientras ella echaba la silla hacia atrás.

Cuando Paul se hubo marchado y ella hubo recogido las cosas del desayuno, pasó un rato bajo la ducha, se quedó allí hasta que dejó de llorar y se vistió lentamente. Un sujetador gigante y unas bragas cómodas, sudadera y pantalones de chándal azules. Como si tuviese mucho donde elegir.

Se sentó a ver la GMTV hasta que sintió que el cerebro se le licuaba y se fue al sofá con las páginas inmobiliarias del periódico local.

West Norwood, Gipsy Hill, Streatham. Heme Hill si hacían un esfuerzo, y Thornton Heath si no les quedaba otra opción.

Cosas más importantes...

Hojeó las páginas rodeando unos cuantos sitios que parecían adecuados, todos diez o quince mil libras más caros de lo que habían previsto. Tendría que volver al trabajo mucho antes de lo que había pensado. Jenny había dicho que les echaría una mano con los cuidados del bebé.

—Eres una idiota si cuentas con Paul —le había dicho Jenny—. Por más que tenga tiempo libre.

Su hermana pequeña, siempre tan directa, y tan difícil de contradecir.

—Estará bien cuando llegue el niño.

—¿Y cómo estarás tú?

La música del piso de arriba subía de volumen. Le diría a Paul que tuviese unas palabras cuando pudiese. Fue al dormitorio y se sentó para intentar hacer algo con su pelo. Pensó que los hombres que describían a las mujeres embarazadas como «radiantes» eran un poco raros, como la gente que creía tener derecho a tocarte la barriga cada vez que les viniese en gana. Tragó saliva, sintiendo su amargura mientras le bajaba por garganta, incapaz de recordar la última vez que Paul había querido tocársela.

Hacía tiempo que habían pasado de la fase del beso de despedida en la puerta, por supuesto, pero también hacía tiempo que habían pasado de demasiadas cosas más. Era cierto que no le apetecía demasiado el sexo, pero habría tenido muy poca suerte si le apeteciese. Al principio se moría de ganas, como muchas mujeres cuando estaban de un mes o así, según los libros,pero Paul había perdido el interés bastante rápido. No era infrecuente, eso también lo había leído. Los tíos se sentían distintos una vez que todo el tema de la maternidad entraba en juego. Resulta difícil mirar del mismo modo a tu compañera, desearla, incluso antes de que aparezca la barriga.

Su relación era mucho más complicada, pero tal vez hubiese algo de eso.

—El pobre capullito no quiere que le dé en el ojo —había dicho Paul.

Helen se había burlado y le había dicho:

—Dudo mucho que le llegases al ojo —pero en realidad a ninguno de los dos le había hecho mucha gracia.

Se echó el pelo hacia atrás y se acostó, intentando sentirse mejor al recordar tiempos pasados, cuando las cosas no iban tan mal. Era un truco que le había funcionado una o dos veces, pero últimamente le costaba recordar cómo eran antes. Los tres años que habían pasado juntos antes de que las cosas fuesen mal.

Antes de las peleas estúpidas y el puto lío estúpido.

Difícilmente podía culparle por ello, por creer que había cosas más importantes que ella; que un lugar donde vivir para ellos dos y para un niño que quizá no fuese suyo.

Decidió que subiría a hablar de la música ella misma, el estudiante del piso de arriba parecía bastante agradable, pero no logró levantarse de la cama al pensar en la cara de Paul.

Sus miradas furiosas, como si ella no tuviese la menor idea de lo dolido que estaba. Y vacías, como si ni siquiera estuviese allí, sentado a la mesa a apenas unos centímetros, mirando fijamente la estúpida caja de cereales, como si estuviese leyendo algo sobre ese juguete de plástico extraviado.

Mientras conducía, Paul Hopwood intentaba con todas sus fuerzas pensar en el trabajo, cantar al ritmo de la basura que emitían en Capital Gold y pensar en reuniones y subinspectores de mala leche o en cualquier otra cosa salvo el lío que acababa de dejar en casa.

Tostadas y puta amabilidad. Familias felices...

Giró a la derecha y esperó a que el GPS le dijese que se había equivocado, a que la mujer con voz de pija le dijese que tenía que dar la vuelta en cuanto tuviese oportunidad.

Una sonrisa asomó a su cara al pensar en un tipo que conocía en la comisaría de Clapham y le había sugerido que deberían hacer aquellos aparatos con voces diseñadas para hombres con «intereses especiales».

—Sería la leche, Paul. La tía dice, «gire a la izquierda», la ignoras y ella empieza a ponerse estricta: «He dicho que gires a la izquierda, chico malo». Se venderían como churros, tío. Para ex alumnos de internados y todo eso.

Subió el volumen de la radio, cambió el ritmo de los limpiaparabrisas a intermitente.

Familias felices. Cristo con dos pistolas...

Helen llevaba semanas mirándole así, dolida. Como si ya hubiese sufrido bastante, y él tuviese que ser lo bastante hombre como para olvidar lo que había pasado porque ella le necesitaba. Todo eso estaba muy bien, pero estaba claro que no había sido lo bastante hombre cuando había hecho falta, ¿no?

Doña Madera, la chorba del poli.

Aquella mirada, como si ya no le reconociese. Y luego las lágrimas y sus manos acariciándose la barriga, como si el niño fuese a caerse si lloraba demasiado fuerte o algo. Como si todo aquello fuese culpa suya.

Sabía lo que ella pensaba en el fondo. Lo que le contaba cada noche por teléfono a la cursi de su hermana. «Lo superará cuando vea al niño». Sí, claro, todo iría estupendamente cuando llegase el puñetero niño.

El niño lo arreglará todo.

La mujer del GPS le dijo que girase a la izquierda y él la ignoró, dio unas palmadas en el volante al ritmo de la música y se mordió la herida que tenía en la cara interna del labio inferior.

Dios, eso esperaba. Deseaba que todo fuese bien más que nada en el mundo, pero no era capaz de decírselo a Helen. Deseaba tanto mirar al niño y quererlo sin pensar, saber que era suyo... Entonces podrían seguir adelante. Eso era lo que hacía la gente, la gente corriente como ellos, aun cuando parecían no tener la menor oportunidad, ¿no?

Pero aquellas miradas y el estúpido tono suplicante de su voz estaban matando todas sus esperanzas poco a poco.

La voz del GPS le dijo que cogiese la primera salida en la siguiente rotonda. Se mordió la herida con más fuerza y cogió la tercera. El destino programado era Kennington, como siempre. No importaba que se supiese el camino del derecho y del revés, porque no era allí a donde iba.

«Por favor, dé la vuelta en cuanto le sea posible».

Le gustaban aquellos viajes, escuchar las instrucciones de aquella zorra estirada e ignorarlas, hacerle cortes de manga. Le preparaba mentalmente para el lugar al que iba.

«Dé la vuelta, por favor».

Estiró la mano, cogió un paquete de kleenex de la guantera y escupió la sangre de la herida.

Hacía tiempo que no hacía lo que la gente esperaba de él.

€7,49
Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
25 Oktober 2024
Umfang:
390 S. 1 Illustration
ISBN:
9788742810101
Verleger:
Rechteinhaber:
Bookwire
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