Buch lesen: "No creas todo lo que te digo"

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Índice de contenido

¡No creas todo lo que te digo! (Saga "No creas" - Parte I)

Portada

Capítulo 1: Casualidad

Capítulo 2: Máscaras

Capítulo 3: Confiar

Capítulo 4: Furia

Capítulo 5: Vos sos la alegría

Capítulo 6: "El miedo no me tiene"

Capítulo 7: Frenar

Capítulo 8: Cuerpos

Capítulo 9: Confusión

Capítulo 10: "Y yo soy dolor"

Capítulo 11: Puente

Capítulo 12: Mentira

Capítulo 13: "Vacas"

Capítulo 14: Red

Capítulo 15: Tan distinta

Capítulo 16: Vida privada

Capítulo 17: Para siempre

Capítulo 18: Otra mirada

Capítulo 19: Tres o ninguna

Capítulo 20: Las manos en el fuego

Capítulo 21: Una extraña

Capítulo 22: Perdón

Carta de Ámbar a Thiago

Biografías

Legales

Sobre el trabajo editorial

Contratapa

A los habitantes de mi corazón

y a vos, que estás leyendo, que estás conmigo

y me dejás abrazar tu alma.

Capítulo 1


—Contá siempre con todo lo mío, hija; hasta con mi complicidad.

Luego la miró profundamente a los ojos, le dio un tibio beso en la frente, plata para el almuerzo, y quitó el seguro de la puerta para que Ámbar pudiera salir del auto y entrar al colegio. Su papá siempre tenía las palabras precisas para tranquilizarla y hacerla sonreír. A veces sentía que podía leerle, no solo la mente, sino también el corazón. En ese momento no dijo una palabra, solo respondió con una breve sonrisa y un abrazo.

Aquella mañana llovía a cántaros, como si el cielo se hubiese solidarizado con su mal humor. Se tapó la cabeza con la mochila, corrió torpemente esquivando charcos y baldosas rotas y entró a la escuela, sin ganas de nada, ni de hablar. Ese día, soportar el colegio, a los profesores y hasta a sus propios compañeros era más difícil que cualquier otro. En el único momento en que Ámbar pudo frenar sus pesados pensamientos fue cuando Thiago se puso a cantar a los gritos All about that bass, arriba de una silla, con la bufanda de la profesora en la cabeza simulando un sombrero que le quedaba muy gracioso, y un borrador como micrófono, mientras todo el curso estallaba en risas. Thiago sabía hacerla reír y olvidar.

Lola, Vicky y Ceci, su grupo de mejores amigas, estaban en su mundo, bah, en realidad, en el “Mundo Lola”, como siempre. Recién cuando comenzó el recreo se percataron de los ojos hinchados de Ámbar, producto de haber estado llorando durante toda la noche.

—Eu, ¿qué pasa? ¿Estás llorando? –preguntó Ceci mientras le daba un mordisco a un alfajor.

—Sí, te noté la cara hinchada cuando entraste pero no te quise preguntar porque, no sé... –dijo Lola, mientras Ámbar pensaba: ¿Porque qué? A veces necesito que me preguntes. Jamás se lo diría.

—Nada, me repeleé con mi mamá anoche, y me sacó la notebook y el celular por una semana.

—Nooo, bajón –acotó Vicky mirando para otro lado, buscando al chico de quinto que le gustaba–, pero, ¿qué hiciste?

—Mi mamá se levantó para ir al baño como a las cuatro y media de la mañana y como vio luz en mi habitación, entró y yo estaba con la computadora, en Twitter, y se recalentó.

—¡Noo! ¡Qué tarada! ¿No la escuchaste cuando se levantó? –preguntó Lola con tono burlón–. Bue, ya fue, tampoco es tan grave, es una semana no más, de última usás Twitter desde nuestros celus o cuando vamos a la casa de Ceci. ¡Ay boludas, hablando de Twitter, me olvidé de contarles que ayer me faveó Mauri!

Como era habitual, Lola cambió completamente el rumbo de la conversación y terminó hablando de ella. Los tiempos que cada una tenía para compartir sus tristezas y sus alegrías con el grupo eran establecidos por ella, que sin la necesidad de decir nada, con un gesto o una mirada, lograba que todas le hicieran caso. Era indiscutiblemente la líder del grupo. Sus curvas, su gran altura y su personalidad desinhibida la hacían parecer mayor, por eso ella era la que iba al frente en cualquier situación. Lola era una de esas amigas que confunden sinceridad con crueldad, que opinan cuando nadie se los pide, que gritan todo el tiempo para que jamás quede alguien sin oírlas, que necesitan burlar y menospreciar a los demás para sentirse grandes; superficialmente linda y seductora, profundamente fea y sombría. Bastaba con mirarla por unos minutos a sus enormes ojos miel para ver su oscuridad, aunque eso era algo difícil de lograr porque Lola también era una de esas personas incapaces de sostener la mirada por más de un par de segundos. Tenía dos hermanas mellizas más grandes a las que seguía e imitaba en todo. No había mejor plan para un viernes que organizar un pijama party en la casa de Lola una noche en la que sus hermanas y sus amigos hacían previa ahí para después salir a bailar. Las cuatro miraban todo como si se tratara de una película. Cada tanto buscaban excusas para acercarse y formar parte, al menos, por unos minutos, y desfilar frente a los ojos de los chicos más grandes. Escuchaban, observaban y aprendían movimientos, palabras, modos que luego imitaban. A Ámbar era a la que peor le salía porque nunca le había gustado eso de copiar a los demás, creía fuertemente que lo importante era ser uno mismo sin imitar a nadie, pero también sabía que para encajar, ciertas impostaciones eran necesarias. La razón por la que había tenido problemas con su mamá aquella mañana tenía, de algún modo, que ver con eso. Ámbar se había quedado hasta la madrugada hablando por mensaje directo con uno de los amigos de las melli, que ni siquiera le gustaba, pero el solo hecho de sentirse interesante para un chico más grande le generaba una extraña forma de plenitud. Pero Ámbar no llegó a contarle a sus amigas cuál había sido la verdadera razón de la pelea con su madre, Lola ya se había encargado de acomodar el tema en el olvido.

El espeso malhumor que la acompañó aquella mañana se interrumpió en medio de la hora de Matemáticas, cuando los celulares vibraron en los bolsillos de todas, menos Ámbar, al mismo tiempo. Era un mensaje que Vicky se había ingeniado para mandar sin mirar, desde abajo del banco, a “Vacas”, el grupo de WhatsApp que tenían y en el cual compartían fotos, imágenes y todo lo que les pasara durante el día, por más intrascendente que fuera.


Lola leyó el mensaje y sigilosamente se lo mostró a Ámbar. Cada vez que la profesora giraba hacia el pizarrón iban poniéndose histéricas, de a una y en silencio, haciendo extrañas muecas con la boca y los ojos, diciéndose, sin decir palabra: VAMOS.

Julián Rivera era un “popu”, que es como llaman a los chicos y chicas que tienen muchos seguidores en Twitter; él tenía más de tres mil, entre los cuales Ámbar era un número más. Era rubio, de ojos enormes, casi transparentes de tan claros. No era muy alto y aunque eso no se percibía en las fotos, se sabía por los comentarios de quienes alguna vez lo habían visto andando en skate con sus amigos o, algún viernes, en Ruta, la cervecería del centro. Tenía cuerpo de dieta y gimnasio y una sonrisa perfecta de mil dientes blanquísimos. Usaba expansores y tenía tatuajes desparramados por todo el cuerpo que exhibía constantemente en Twitter. Ámbar había comenzado a seguirlo hacía bastante tiempo, cuando Lola le mostró su perfil una noche en casa de Debby, una de sus compañeras de hockey. Desde aquel entonces soñaba con él, con su piel, su olor, su sonrisa, todas sensaciones imaginadas a partir de la película que se hacía viendo sus fotos y videos, tan reales como el hecho de que todo eso no era real. Para todas era un chico inalcanzable que solo se rodeaba de su grupo de amigos y se vinculaba con chicas tan “popus” como él, más grandes y con un estilo totalmente diferente al de ellas. Ámbar no podía evitar caer en la tentación de stalkearlas cada vez que Julián les daba fav o las retuiteaba. Las veía, siempre rubias, aparentemente muy extrovertidas, con mucho maquillaje, push up y minishort. Luego de pasarse horas estudiándolas, se miraba al espejo y se odiaba. Se veía completamente distinta a lo que suponía Julián buscaba en una chica, con su pelo largo y oscuro, sus ojos verdes, chiquitos y su cuerpo curvilíneo que tantos conflictos le generaba, a pesar de ser habitualmente elogiado por los chicos. Ámbar tenía serios problemas de autoestima que se potenciaban cada vez que se le daba por ese maldito hábito de hurgar en los perfiles de esas chicas. Las comparaciones y los imposibles le hacían mucho daño, la hacían sentir fea e insignificante. Solo conseguía olvidar esa sensación de vacío sacándose fotos y editándolas para acercarlas todo lo posible a la perfección, subirlas a Twitter y esperar la reacción virtual de sus seguidores, aunque la más deseada jamás llegaba: nunca había una respuesta de Julián. Muchas veces tenía que desconectarse para dejar de llorar. Entonces, apagaba la notebook con bronca, como reclamándole por aprisionarla, y optaba por la libertad de otro universo, pasando tiempo con su hermano o sus papás, volviendo a sentirse una nena de nuevo: en el mundo de la infancia nunca había dolor. Ámbar se repetía eso a sí misma frecuentemente, porque ese pensamiento era como una salida de emergencia cada vez que las cosas se ponían difíciles: Por más dolor que haya afuera, adentro siempre todo estará bien y será hermoso.

—Chicas, yo no puedo ir así al Mac, estoy destruida, ¡miren mi cara, mis ojos! –dijo Ámbar con tono de angustia y nerviosismo–. Además, hoy tenemos Educación Física, ¿cómo hacemos?

—Bueno, pasemos un toque por lo de Ceci, que vive a la vuelta, te arreglás un poco y vamos ¡pero no nos lo vamos a perder, está Julián Rivera a tres cuadras de acá! –dictaminó Lola–. Y a Educación Física no vamos, ¡mejor!, así no decimos nada, por las dudas de que a alguna no la dejen, a vos, sobre todo, que estás peleada con tu mamá.

Por supuesto, ninguna se opuso al plan de Lola, y en cuanto sonó el timbre que anunciaba el fin de la hora, las cuatro metieron velozmente sus cosas en las mochilas y salieron.

Llegaron a la puerta del Mac entre saltos desprolijos, gritos y risas falsas. Ámbar sentía que lo que había podido hacer para disimular las ojeras y su cara de agotamiento había sido poco, por lo cual, además de nerviosa se sentía fea y cuando eso ocurría, aquello de disfrutar de las cosas y los momentos se le complicaba demasiado.

Las cuatro quedaron petrificadas a metros de la puerta, sin saber si entrar, quedarse ahí o qué.

Veían a Julián a través de los vidrios con muy poco disimulo. Estaba parado en un rincón cerca de la otra puerta, rodeado del séquito de chupamedias obsecuentes con el que siempre andaba. Eran cuatro pibes que lo imitaban hasta en la forma de peinarse y que todas seguían en Twitter solo porque eran sus amigos. En persona casi ninguno era como los imaginaban; las fotos mentían, salvo las de Julián.

—¿Qué hacemos ahora, Lo? ¡Por Dios, mirá lo lindo que es! –a Vicky se le escapó una carcajada demasiado fuerte que llamó la atención de todo el mundo, incluso la de Julián y sus amigos, que miraron por unos segundos hacia donde estaban las cuatro, frenéticas.

—¡Tarada, te escuchó! ¡Dios, me muero de vergüenza, yo me voy! –dijo Ámbar girando arrebatadamente hacia atrás, en el mismo momento en que las otras tres la tomaban fuerte del brazo.

—¡Ni loca te vas! Ya estamos rejugadas. Vamos a pedir y nos sentamos en la mesa de allá, que no está ni demasiado cerca ni demasiado lejos.

A Ámbar no le quedó otra alternativa más que seguirlas.

Pidieron el mismo combo de siempre y se sentaron. Ámbar no podía evitar mirar cada dos minutos hacia el sitio en donde estaba Julián, ya sentado con sus amigos, devorando hamburguesas y papas fritas, como si fuese a acabarse el mundo esa misma tarde.

Durante todo el almuerzo Julián estuvo riendo exageradamente con sus amigos, charlando con algunas chicas que se le acercaban tan solo para saludarlo o, en algunos casos, para sacarse una foto con él. No registró, siquiera, la presencia de Ámbar y sus amigas, a quienes evidentemente esa situación no les afectaba en lo más mínimo. Estaban ahí para pasar el rato e intentar llamar la atención sin ningún objetivo especial más que el de hacerse ver. Ella, en cambio, no perdía ni por un segundo la esperanza de que Julián se le acercara para pedirle su número o invitarla a salir.

—Che, voy al baño –dijo Ámbar, mientras Lola, Ceci y Vicky discutían sobre hacerse un tatuaje a escondidas de sus padres.

La mayor parte de las charlas que tenían sus amigas no le interesaban en lo absoluto, por eso casi siempre cumplía un rol de oyente más que de interlocutora. Sin embargo, cuando estaba con cada una, a solas, todo era muy distinto. Por separado lograba conectarse con ellas de un modo mucho más profundo. Coincidía, con Vicky, en la pasión por la música y el canto, pasaban horas tiradas en los sillones del living de la casa de Ámbar escuchando su lista de Spotify, cantando e improvisando coreografías. Compartían el sueño de, alguna vez, estar en un escenario frente a miles de personas. Con Ceci, en cambio, se sentía más cómoda hablando de asuntos íntimos y las charlas siempre tenían un tinte más filosófico. Conversaban sobre amor, miedos y dudas. Hablaban y se escuchaban equilibradamente. Y con Lola, brotaba una ternura que no era usual si había más gente presente. Todo aquello se perdía por completo cuando dejaban de ser dos para ser cuatro. Juntas eran como cualquier otro grupito de amigas, uno más del montón.

Aprovechó para hacer pis y ponerse un poco de delineador. No le gustaba usar mucho maquillaje pero sabía que resaltaba el color de sus ojos y la hacía verse más grande. Cuando estuvo lista salió del baño y mientras caminaba hacia su mesa con la cabeza agachada, tal como su mamá siempre le decía que no debía hacer, unas zapatillas azules, brillantes y enormes le hicieron levantar la cabeza hasta quedar en un mismo nivel de miradas con los ojos más lindos que alguna vez había visto.

Era Julián. Eran ella y Julián en el mismo espacio del mismo estrecho pasillo.

—Hola.

—Hola.

Y los dos siguieron caminando en dirección opuesta, pero alejándose en una sonrisa compartida.

—¡Boludas, me acabo de encontrar con Julián saliendo del baño! ¡Me saludó! ¡No puedo creerlo, es hermoso, Dios mío!

—¡Naaaaaah! ¡Qué suertudaaaa! ¡¡¡Contá, contá, contáaaaa!!! –gritaban sus amigas, fascinadas.

—¡Shhhhh, hablen bajito, que las van a escuchar! Ay, nada, no sé… fue un segundo. Me miró, me saludó y me sonrió. No necesito nada más, puedo morir tranquila mañana.

Ámbar no paraba de hablar, Vicky y Ceci de preguntar, hasta que la envidia de Lola las detuvo abruptamente.

—Bueno, che, ¿vamos? Tengo que estar en mi casa antes de las dos, porque tengo que llevar a Brisa a Inglés.

Las tres la miraron asombradas por la poca atención que demostraba ante una situación que, como amiga, debería, al menos, interesarle o generarle alegría. Ninguna se animó a decir nada. Ámbar pensó, por unos segundos, en pedirles a las chicas que la acompañaran un rato más, en pedirse un helado como excusa, quizás. Una vez que había logrado un mínimo contacto, no quería desperdiciar la oportunidad. Les habló a sus amigas con la mirada y sin necesidad de decir palabra las dos comprendieron el mensaje, pero no supieron qué hacer o decir. Lola las notó raras y sospechó la intención que tenían.

—No se van a quedar acá sin mí, ¿no?

Un silencio incómodo fue la respuesta, no pudieron responder nada. Agarraron sus mochilas y caminaron lentamente hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, Ámbar giró con la vista hacia la mesa de Julián.

Esta vez él también la estaba mirando.

Capítulo 2


Cuando Ámbar llegó a casa, tiró la mochila sobre el sillón y corrió con ansiedad hacia el estudio de su mamá. La habían invadido unas incontrolables ganas de pedirle disculpas. Golpeó la puerta varias veces hasta que recordó que esa tarde le tocaba dar clase en la Universidad, por lo tanto no llegaría antes de las siete. Luego corrió hasta la habitación de Pablo, su hermano, con la intención de preguntarle si quería merendar con ella –se le ocurrió preparar un bizcochuelo de chocolate–, pero tampoco estaba porque los martes tenía clases de guitarra. Su papá siempre llegaba después de las ocho. Estaba sola.

Fue a su cuarto y permaneció recostada varios minutos sobre su cama con la mente en todos lados menos allí donde estaba su cuerpo. Lo dudó muchísimo, pero finalmente cayó en la tentación de entrar a la habitación de Pablo y usarle unos minutos la notebook. Moría de ganas de entrar a Twitter. Tomó la precaución de cerrar la puerta de entrada con llave y con mucho cuidado entró a la habitación y encendió la computadora. Se logueó y entró directamente al perfil de Julián, quien acababa de tuitear una frase que le generó una mezcla de desconcierto, nervios e ilusión.


Se quedó varios minutos hipnotizada frente a la pantalla de la notebook.

—¡Si a este pibe siempre le gustaron las rubias! ¿Por qué justo hoy escribe eso? ¿Será para mí? Qué tarada, ¿cómo va a ser para mí? Pero… ¿y si sí es? –la cabeza de Ámbar no paró hasta que un ruido de llaves la distrajo– ¡Maaaa!, ¿sos vos?

Cerró cuidadosa pero velozmente su cuenta, borró sus huellas virtuales del historial de búsqueda, dejó todo exactamente como estaba y bajó corriendo las escaleras.

—Hija, soy yo.

—¡Hola mamiii! –decía, mientras bajaba las escaleras–. Te extrañé mucho hoy, ma, perdoname por lo de anoche.

Ámbar saltó a los brazos de su mamá, que entre sonrisas de ternura y orgullo la envolvió en un fuerte y largo abrazo.

—Yo también te extrañé y me pone muy contenta que hayas pensado y te disculpes. Vamos a merendar, dale. ¿Cómo fue tu día?

Fueron abrazadas hasta la cocina y prepararon el mate que Ámbar únicamente tomaba con ella y en contextos de “charlas entre madre e hija”. Hablaron de todo, menos de la discusión que habían tenido, ninguna de las dos quiso arruinar el momento. Pasaron por todos los temas: el colegio, el trabajo, la casa, las vacaciones de verano y decena de etcéteras. La mamá de Ámbar era una mujer estricta y algo anticuada, pero muy compañera. Era una mujer criada con valores “de antes”, esos que tan en conflicto entran con los cambios generacionales. Cuando a Ámbar se le daba por observarla como si fuera simplemente otra mujer y no su mamá, para poder verla como una par, se daba cuenta de lo distintas que eran. Eso la atemorizaba un poco por momentos y fue la razón por la cual aquella tarde no hablaron sobre Julián (y tantas otras tardes no hablaron de tantas otras cosas). Sintió ganas de hacerlo, como siempre, pero por temor a que su mamá pudiese molestarse y para evitar que algo fuese relacionado con la pelea que habían tenido pocas horas atrás, Ámbar prefirió callar y disfrutar de ese terapéutico momento de amistad que sabían generar juntas. Cuando Pablo llegó de la clase de guitarra, el clima de intimidad inevitablemente se interrumpió, y antes de abandonar su silla y subir a su habitación, miró a su mamá con gesto de arrepentimiento, haciendo esa muequita que tanto la hacía reír y a la cual nunca podía resistirse.

—Ma, por favor, ¿me devolvés mi notebook, al menos? No por Twitter, la necesito para hacer un trabajo. Te prometo que solo la uso para eso y después cierro la compu y me duermo, es muy imp… –su mamá la interrumpió.

—Está bien, Ámbar, te voy a devolver tus cosas porque confío en vos y sé que entendiste el mensaje. No tiene nada de malo que uses el Twitter, confío en vos absolutamente respecto al uso que le das a eso, porque yo casi ni sé lo que es, lo que no voy a permitir es que estés conectada a cualquier hora un día de semana, porque el descanso es prioritario. La compu está en el escritorio de papá, agarrala; podés usarla después de cenar. Y tomá el celu –le dijo, mientras metía la mano en el cajón del modular– lo apagué ni bien me lo diste.

—¡Gracias ma, sos la mejor!

Ámbar tomó sus cosas y subió al cuarto. Dejó los dispositivos cargándose y aguardó el momento de conectarse con la insoportable ansiedad que transforma los minutos en horas y las horas en años.

Antes de perderse en el universo de Twitter, prefirió entrar a su cuenta de Wattpad: tenía la cabeza repleta de ideas que se atascaban en su cerebro como líquido en el pico de una botella boca abajo. Necesitaba escribir y Wattpad era el sitio en donde lo hacía, era su espacio de verdad. En aquella red social Ámbar compartía, textos literarios con sus seguidores. Casi todos ellos eran desconocidos, gente con la que solo se vinculaba a través de ese intercambio poético, salvo Thiago, su mejor amigo, que también escribía, tenía cuenta en Watt y era uno de sus más fieles lectores. En ese espacio virtual, Ámbar se hacía llamar “Emma”. No quería que nadie se enterara de ese perfil suyo, quería tener su arte alejado de todos, evitar los comentarios, las críticas buenas y malas. Era algo que solo compartía con ella misma, con gente que conocía a “Emma” pero no tenía idea de quién era Ámbar, y con su mejor amigo, que siempre había sido como su espejo y era la persona con la que más confianza tenía en el mundo.

Compartía textos casi todas las noches antes de dormir, cuando el día llegaba a su fin y casi todo estaba bañado de silencio. Generalmente subía a su habitación luego de la cena, con un té con limón y se sentaba en su escritorio, frente a la computadora. Liberaba sus sentimientos, los transformaba en caracteres y los dejaba al alcance de los ojos de sus seguidores. Luego cerraba sesión y volvía a la actitud adolescente. Se llevaba la computadora a la cama y allí se quedaba un buen rato más, en YouTube, en Instagram, Facebook y, sobre todo, en Twitter.

Ámbar no era una chica, era tres. Una era la de todos los días, la de la vida real, la adolescente algo aniñada, de corazón enorme y gran sensibilidad. La que se peleaba, cada noche, apasionadamente con su hermano por el control remoto, pero era capaz de dar la vida por él. La fanática de las frutillas, la que se mataba de risa viendo Los Simpsons, la caprichosa que hacía enojar a sus papás regularmente pero que los hacía estallar de orgullo más seguido aún. Otra Ámbar era “Emma”, la artista, la que escribía como si adentro suyo viviese una chica mucho más grande y madura, con una imaginación inagotable y soberana. La que compartía sus textos llenos de verdad en su cuenta de Wattpad. Y finalmente, estaba la Ámbar artificial, mentirosa, frívola, obsesiva y depresiva. La que se empeñaba por ser igual que las demás. La de las fotos y comentarios bobos; la de Twitter. Era exagerada la diferencia que existía entre cada una de ellas, y solo había una única persona que podía verlo. El único testigo, el que tenía contacto directo con las tres y podía, aun así, adorarlas por igual. Nadie más era capaz de disfrutar la ingenuidad de la real, padecer la estupidez de la tuitera y admirarse con la profundidad de la artista, salvo Thiago.

Esa noche estaba absolutamente inspirada. Aquel encuentro impensado, con Julián, en el Mac, sumado a esas misteriosas indirectas que había leído en su Twitter, le despertaban una esperanza, le hacían creer que quizás existía esa lejana probabilidad de que algún día pasara algo entre ellos. Definitivamente algo había cambiado ese mediodía.


Estabas lindo. Me emociona verte tan lindo y no

poder salir de tu imagen. Tirarte los ojos encima y hacer

un lío de parpadeos y pestañas sobre vos.

Sos lindo cuando sabés convincentemente que lo sos,

y sos mucho más lindo cuando no querés ser lindo y

naturalmente hacés tus cosas, mientras yo te miro

y me voy haciendo linda, de a poco, con vos.

Como si toda tu lindura fuese contagiosa.

Lindo, lindo, lindo, de tanto pronunciarlo la palabra va

desvistiéndose de sentido, hasta quedar completamente

desnuda en el precipicio de la lengua que la pronuncia.

La lengua meticulosa que la pronuncia y la devora.

Tu belleza desafía al lenguaje (y le gana), tu belleza no

debe reflexionarse ¡qué tonta!

Tu belleza es una sustancia fantástica que permanece

en algo que cambia.


Los votos de sus seguidores aparecían uno tras otro, también los inbox que le enviaban. Todos los comentarios eran de aprobación. Se tomó su tiempo para responder uno por uno. El texto de esa noche era distinto, hablaba de ella como ningún otro, había sido inspirado por un hecho y no por un sueño y sentía cientos de mariposas volando confundidas sobre su panza.

Un largo rato después decidió hacer buena letra apagando la computadora, por temor a que a su mamá se le ocurriese entrar a darle otro beso de las buenas noches, pero la tentación de stalkear a Julián antes de dormir fue incontrolable. Era una forma –la única posible– de acercarse hasta él y espiar unos minutos por esa ventana virtual para contemplarlo antes de cerrar los ojos hasta el nuevo día.

Se acomodó en su cama y se juró a sí misma que solo sería un instante. Se logueó desde el celular, que era más fácil de esconder entre las sábanas si algo sucedía, y fue directamente hacia él.


Era el último tuit, los anteriores, de ese mismo día, eran todos del mismo estilo, cada uno podía ser entendido como una indirecta. Ámbar era una sonrisa, con una persona, de oreja a oreja. Sintió ganas de favear, de retuitear y de mandarle un mensaje directo, pero se controló porque no quería arruinarlo todo por actuar de manera infantil. Fue cauta e inteligente y, entre todas las opciones, optó solo por subir una selfie, desde su cama, editada con Pixart para que se viera perfecta, y le sumó la palabra “enamorada” seguida de un corazón. Inmediatamente dejó el celular sobre la mesa de luz, por temor a que su mamá entrara en la habitación. Apagó el velador, tomó su MP3, y se dispuso a dormir con una dulce canción de amor.

Sus ojos se abrieron de golpe y comenzó a sentir que el corazón se aceleraba progresivamente. Su MP3 se quedó sin batería y los auriculares solo reproducían más silencio. No se los quitó, pasó dos o tres minutos así, sin entender por qué, acelerada, expectante y callada, con los ojos abiertos, no podía cerrarlos.

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