Buch lesen: "Una madre es un piano triste"

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Nació en Buenos Aires en 1966. Es escritora, periodista y docente.

Es autora de trece libros de poesía: artista del hambre (Ediciones en Danza, 2019), el descenso de jacqueline du pré y otros poemas (Ediciones en Danza, 2018), el desvío y el daño (Buenos Aires Poetry, 2017), el sastre (Ediciones en Danza, 2015), artista del trapecio (Alción, 2014), la música (El suri porfiado, 2013), el orfanato (Alción, 2010), trilogía de la tristeza (Alción, 2009), museo de postales (El suri porfiado, 2008), diálogo con pescadores (Alción, 2007), variaciones en la niebla (Alción, 2005), la carta de vermeer (Alción, 2002) y El accidente (Mascaró, 2001).

Obtuvo por el sastre, la Mención especial del Premio de Literatura Casa de las Américas 2015, de Cuba. Y trilogía de la tristeza resultó finalista del Concurso Olga Orozco 2009 que organizó la Universidad de San Martín, con un jurado integrado por Antonio Gamoneda, Gonzalo Rojas, Juan Gelman y Jorge Boccanera; además fue traducido al francés y editado en 2013 como trilogie de la tristesse (Zinnia Editions), tanto en papel como en formato e-book.

Estuvo a cargo de la edición y estudio preliminar de la poesía de Raúl Gustavo Aguirre en el volumen Obra poética (Ediciones Del dock, 2015) y del ensayo Las poéticas del siglo XX (Audisea, 2016).

Desde 1989 trabajó en diversos medios gráficos. Actualmente escribe para Caras y Caretas.

Como docente dicta, en la escuela de periodismo TEA, la materia Taller de Entrevista. Además, imparte clínicas y talleres de lectura y escritura creativa.

Recibió en 2018 la beca del Fondo Nacional de las Artes para escribir Asamblea permanente. Diálogos para una hermenéutica, un ensayo sobre la obra y vida del poeta argentino Alberto Szpunberg.

Tiene en preparación Nadie sabe qué hacer con los poetas, que reúne sus textos periodísticos publicados, y otros inéditos, dedicados exclusivamente a la poesía.

Entre 1997 y 1998, realizó La otra voz. Poesía por actores, un ciclo de micros televisivos, que funcionaron como separadores entre programa y programa, y se transmitían en algunos canales de lo que fue VCC (Canal de la mujer y Bravo). Durante un año se difundió ampliamente la poesía argentina y latinoamericana. Y participaron innumerables actores de renombre.

Una madre es un piano triste rompe con la idea de género único. Y articula, en una escritura compacta y armoniosa, narración, ensayo y poesía. Varios de los poemas citados pertenecen a otros libros de la autora.



Malusardi, María

Una madre es un piano triste / María Malusardi. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Las Furias, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-47774-7-8

1. Ensayo Literario Argentino. 2. Poesía. 3. Autobiografías. I. Título.

CDD A864


EDICIÓN María Magdalena / Nicolás Cerruti

DISEÑO Romina Luppino

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito de los editores. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Conversión a formato digital: Libresque


Índice

  Cubierta

  Sobre la autora

  Portadilla

  Créditos

  Portada

  Agradecimientos

  Epígrafe

  Una madre es un piano triste

  Acerca de este libro

  Las Furias editora

Quiero agradecer a María Magdalena y a Nicolás Cerruti por estimular y acompañar el proceso de este libro. A ellos va dedicado.

Concierto para piano y orquesta en La Menor Opus 54 de Robert Schumann

Completo

Concierto para piano y orquesta en Sol Mayor de Maurice Ravel

Segundo movimiento

la desazón después el beso

en ese orden aparezco en el mundo

una madre es un piano triste

el primer accidente una madre dentro de otra madre

Puede que escriba este libro como si tocara el piano. No, el piano no. Quiero decir: puede que escriba este libro como si apuntara un diario.

El piano es el instrumento de mi madre. Y la poesía no se explica.

«Allí donde el pensamiento tiene miedo, la música piensa».

Pascal Quignard

Mi madre tiene veintitrés años. Hace girar el taburete y se sienta ante el piano cerrado. No resulta fácil acomodarse. Allí estoy, prolongándome hacia delante como una montaña de arena. Intento verme, sin verme, sino sentirme, dentro de ella, en esa procesión, en ese instante previo al desamparo que luego será la vida. En esa choza de océano sin precedentes, en esa inmensidad de lo pequeño y lo obtuso, nos abrazamos a nosotros mismos sin amor y sin vanidad. Anudamos nuestra especie para no perdernos. Mi madre recorre con su mano abierta la tela que recubre la superficie de la panza. La incomodan los movimientos bruscos que doy por debajo del mundo real. Estoy a punto de salir, ambas lo sabemos, aunque ella se declara a sí misma –y luego me lo repetirá casi como un reproche– que yo no tengo intenciones ni deseos de salir. Retraso mi llegada porque sé que mi llegada es mi hundimiento. Entonces retiene, retengo, retenemos juntas mi madre y yo. Ahora abre el piano, un Gaveau vertical, el mismo desde sus cinco años. Levanta ceremoniosamente sus manos que pesan como abundo yo en su cuerpo. Ante ella un voluminoso libro con partituras. Acaso Mozart. Chopin. Beethoven. Liszt. Brahms. Schubert. Schumann. Scriabin. Ravel. Bach. Todas esas piezas solitarias se abandonarán –y abonarán– en mí, como un barco hundido en la nieve, como una sobredosis de compasión. («¿Por qué la música es capaz de ir al fondo del dolor? Porque es allí donde ella mora». Pascal Quignard). Y compondrán mi lenguaje expresivo y mi distancia del mundo. Mi rechazo, mi marginalidad, mi restitución. No. No seré ni compositora ni intérprete. Aunque buscaré en la música mi salvación. La versión definitiva de mí retenida en la ausencia: me extinguiré persistente, horizontal y en Si menor, como un pez en el poema.

Como un pez en el poema me consterno en el agua y escribo.


cuando iba yo a nacer no nacía cuenta mi madre nadie escuchaba mi ausencia sobre el piano no había entusiasmo por venir ni por estar ni por el no y permanecí pez tendido de espaldas al mundo hubo empujón no caridad la vejez precipitada una rapsodia húngara era el ocre de mi madre un lugar privilegiado en la desdicha

«Después de una madre así, sólo me quedaba una cosa: convertirme en poeta». Marina Tsvietáieva. Lo escribe en otro contexto. Otra clase de madre. Otra época, otra cultura. Otro mundo. Sin embargo. Aquí. En esta aseveración. Se cifran mi idiosincrasia y mi destino.

De ahora en más, mi maternidad es la música. Y la imposibilidad. Y ese terreno plausible y abandonado.

El tono de una extracción se afina bajo el ritmo de un vaciamiento. Metrónomo. Diapasón. Y el cuerpo. Se abre. Se despide. Se cierra. Para siempre.

Histerectomía. Es el término médico. Me lleva muchos años incorporar esta palabra.

Todo lo que te dan. Los hijos. Todo lo que se posterga (postergás). Por los hijos. La compensación es una búsqueda mágica que no tiene cabida en mi sistema de creencias.

La ausencia. Entonces duele. La ausencia de qué. Qué nos está faltando cuando algo nunca estuvo. Cuando esa experiencia que se supone «natural» (¿y fecunda?) en una mujer no sucede.

No hay maternidad sin dolor, sin contrapunto, sin bajo continuo.


los pescadores narran mis partos borrándolos como a las palabras allí palpo un circo vacío el dolor del arpa en la cicatriz

«Esta lengua extranjera, mi lengua materna. Mi lengua materna, la que me permite entender a mis asesinos».

(La lengua exiliada de Imre Kertész)

Buschenwald y Auschwitz: hogares hogueras cadalsos. Kertész tiene quince años. Sobrevive y muchos años después escribe una obra explosiva y tensa. El mundo se vuelve enemigo. No hay útero que geste la anulación de su carácter.

Kaddish por el hijo no nacido, impactante novela, me empuja a escribir sobre mi maternidad no. Después de la histerectomía. Todo sigue igual. Todo salvo. Ese lugar. Vacío y laxo. No cualquier lugar. No una alcantarilla. Sino. El lugar de los corales. Y las ciénagas.

¿Debería doler la fuga del útero cuando no es más que una tortuga amedrentada? Acabo de cumplir cuarenta y uno. Acopio algunos intentos frustrados de embarazo. La vida se me planta y me dice: si antes había dudas, ambigüedades, rulos, ramificaciones, ficus, periplos, deltas y manglares, pues ahora ya no queda opción. No hay lugar para la duda. Hay un lugar que no es cualquier lugar y que se llena de especulaciones dóciles, cintas de mazapán y anzuelos oxidados que el mar abandona en las orillas.

Meses después. Una depresión soterrada o una tristeza sin forma. (¿Tiene /¿adquiere?/ formas la tristeza?). Kaddish por el hijo no nacido. De Imre Kertész. «Gracias al dolor vivo en una suerte de verdad y que, si no viviera en ella, la verdad, quién sabe, me dejaría frío: así, sin embargo, la imagen del dolor se entrelaza dentro de mí, de forma íntima y permanente, con el rostro de la vida, con el rostro –de eso estoy seguro– más real de la vida».

Gratitud hacia el dolor. Pereza para su transformación. Una armadura. Un armario. Un arma.

Las formas de la tristeza. Que avanza mientras arrastra. Calcina y entumece. Busca un molde. Para descansar. Busca, como lava, donde aquietarse, enfriarse, perpetuar y morir. La intimidad que mora en la piedra. El intersticio del alba. Sus venas. La tristeza ha perdido la forma. O ha adquirido la tonalidad arrogante de un relámpago. En la lengua.

Y si la lengua hiere al relámpago, el mundo se apaga entre mis dedos. La caída es lenta, acintada, prolija.

Auschwitz gesta hacia atrás. Gesta muertos ahoga muertos. Hay gestaciones que liquidan. Hay gestaciones del morir, del hambre. Gestar amplifica el espectro de la vitalidad informe. Una palabra amplia. Se gesta hacia adelante y hacia atrás. Se gesta vida y se gesta muerte. Se gesta inoportunamente, se gesta sin gestar.

A veces se dice: la publicación de un hijo es como un libro. No. El nacimiento de un libro es como un hijo. No. El nacimiento de un hijo es como un libro. He publicado libros. No he publicado hijos.

trilogía de la tristeza es un libro. Y también un hijo muerto.


el que de mí no ha nacido piensa en mí apenas duerme cada noche: sostiene mis mentiras cuando caigo

he tenido un hijo: imre kertész: ha escrito en auschwitz novelas indecibles: han llagado mi poesía sus dedos sus desórdenes supo de mí cuando de mí nadie sabía ni siquiera yo el infierno que me amaba supo encontrarme y recitarme un kaddish para enfermos de ausencias

La poesía no ocupa el lugar de un hijo. La poesía no ocupa. La poesía no es un lugar. Ni un renglón en el paraíso. Ni la ocupación del sentido. Ni la pena ocupando el sentido. La poesía no es ella misma. Es otra cosa. La poesía anida su propia desintegración y expande su luz como una estrella antiquísima y ciega. De esas que caen sobre nosotros e iluminan desde su desacierto. Millones de años. Han pasado. Y llega la luz viva de una estrella muerta. La poesía recorre ese haz sin tiempo. Deja caer estrellas en su recorrido. Deja caer estrellas en mi boca.

«Para mí, la poesía era el sitio donde vivía sin ser la madre de nadie, donde existía como yo misma».

(Nacemos de mujer de Adrienne Rich)

Concierto para violonchelo y orquesta en Si Menor, Opus 104, de Antonin Dvořák. Interpretado por la violonchelista inglesa Jacqueline Du Pré.

Toda escala menor empatiza con la tristeza. Aunque. En ocasiones. Esa misma cadencia que enturbia la mirada logra un levantamiento que ansía un instante de euforia. La música ofrece esa oportunidad atípica. Y épica. Cierto estado de felicidad en medio del derrumbe.


será la omisión de su belleza lo que asusta? la zona ruin de sus altibajos? recorro la cicatriz zona imperfecta entre pubis y ombligo: no crecerá nadie? ni vocalise de ensueño rachmaninof su seda? quién comprende del cuerpo el desalojo?

galopan hijos hacia mí y no me alcanzan: campos de cenizas donde florecer es llorar

Altersbeschränkung:
0+
Umfang:
77 S. 12 Illustrationen
ISBN:
9789874777478
Rechteinhaber:
Bookwire
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