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LIBRO DE MARGERY KEMPE

LA MUJER QUE SE REINVENTÓ A SÍ MISMA

LIBRO DE MARGERY KEMPE

LA MUJER QUE SE REINVENTÓ A SÍ MISMA

Margery Kempe

Introducción, traducción, notas e índicesSalustiano Moreta Velayos

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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© De esta edición: Publicacions de la Universitat de Valencia, 2012

© De la introducción, traducción, notas e índices: Salustiano Moreta Velayos, 2012

Publicacions de la Universitat de València

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Ilustración de la cubierta: Guyart des Moulins, Biblia historiada de Eduardo IV, Países Bajos, S. (Brujas), 1470 - c. 1479. The British Library Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera Maquetación: JPM Ediciones

ISBN: 978-84-370-8939-3

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

ÍNDICE DE CAPÍTULOS DEL LIBRO DE MARGERY KEMPE

LIBRO DE MARGERY KEMPE

ORIENTACIÓN BIBLIOGRÁFICA

ÍNDICE DE NOMBRES Y LUGARES

INTRODUCCIÓN

1. MARGERY KEMPE (H. 1373-H.1438): ESBOZO BIOGRÁFICO

Mayoritariamente, los estudiosos anglosajones consideran el Libro de Margery Kempe como la primera autobiografía escrita en lengua inglesa y lo incluyen entre los ejemplos más notables del corpus de literatura mística medieval anglosajona.1 Concebido con una finalidad básicamente didáctica, constituye la fuente principal, realmente la única, para pergeñar una biografía de Margery Kempe sobre cuya insólita figura apenas existen más noticias e informaciones que las contenidas en el mismo. En esencia, el Libro es el relato de algunos aspectos parciales de la vida de una mujer burguesa controvertida, visionaria y enraizada en la sociedad y en el mundo de su época: una mujer casada y madre de catorce hijos que vivió una sugerente experiencia espiritual. La conducta de Margery, según aparece en el Libro, se halla en consonancia con la tradición mística y con el sistema religioso dominantes a caballo de los siglos xiv-xv.

Margery habría nacido hacia el año 1373 en Bishop’s Lynn, hoy King’s Lynn, en el condado de Norfolk.2 Una ciudad marítima no excesivamente grande pero muy activa economica y comercialmente. Su padre, John Brunham, fue un rico e influyente burgués, alcalde de Lynn en cinco ocasiones, entre los años 1370 y 1391; seis veces, entre 1364 y 1384, uno de los dos miembros representantes de la ciudad en el parlamento; influyente regidor de la poderosa guilda de la Trinidad; juez de instrucción, juez de paz y chambelán en distintos momentos de su vida.3

Aunque Margery refirió en confesión al vicario de Norwich toda su vida desde su niñez,4 en realidad el Libro no aporta ni un solo dato acerca de la primera etapa de su existencia. En realidad, su biografía comienza, de manera bastante convencional, con su matrimonio.5

Sobre su juventud, antes de que se casara, Margery únicamente refiere unas cuantas generalidades. Habría vivido una juventud disipada y hedo- nista, exhibiéndose en público con vistosos vestidos y tocados. Adoraba el lujo y vestía a la moda con ropas de llamativos colores para atraer la mirada y provocar el deseo de los hombres. La Margery joven se describe a sí misma como una de esas mujeres a las que una historiadora española contemporánea ha calificado de «pecadoras de verano».6

En torno a los veinte años,7 Margery se casó con John Kempe. Él y su familia aparecen en la documentación municipal de Lynn. Se dedicaban a los negocios, principalmente a los relacionados con el curtido de pieles y con el comercio. Pertenecían a la guilda del Corpus Christi, la de los mercaderes de clase media, por lo que su nivel económico y su categoría social serían inferiores a los de la familia de Margery, aunque ella misma consideraba a su esposo como un distinguido burgués.8

Al poco de casarse, hacia 1393, Margery quedó embarazada de su primer hijo.9 Durante la gestación padeció una severa enfermedad la cual, o no se sabe si alguna otra, se agravó a raíz del parto, produciéndole una profunda crisis corporal y espiritual. Por entonces era corriente considerar las enfermedades y los problemas relacionados directamente con el embarazo y el alumbramiento consecuencias directas de la «maldición de Eva» realizada en el Génesis. El bajo nivel de los conocimientos de obstetricia y lo rudimentario del instrumental empleado en los alumbramientos hacían que numerosas mujeres fallecieran en el momento del parto y que no pocas enloquecieran.10 Es probable que Margery sufriera lo que hoy llamaríamos una depresión postparto, habitual en la Edad Media entre las mujeres auto consideradas místicas, la cual se hallaría en el origen de sus visiones y del consiguiente arrepentimiento por la vida que había llevado hasta entonces. De ordinario, la gente de la época la atribuía a la posesión demoníaca.

Convencida de que moriría, Margery llamó a su confesor para referirle un gravísimo pecado que hasta entonces había ocultado y cuya naturaleza probablemente nunca se conocerá debido a la impaciencia del sacerdote.11 Pese a que era su profesión, el sacerdote no supo escucharla. El temor que tenía a condenarse y la áspera amonestación que recibió impresionaron tan fuertemente a Margery, que le produjeron un grave desequilibrio mental y una crisis espiritual que se prolongarían durante medio año, ocho semanas y los días impares, según refiere detalladamente en el Libro.12

Alterada su percepción de la realidad, Margery experimentó extraordinarias alucinaciones y delirios. Los demonios y los espíritus malignos la atormentaban de día y de noche, induciéndola a realizar actos irracionales y autodestructivos. Insultaba y hacía tremendos reproches y acusaciones a su marido, a sus amigos y a ella misma. Decía y hacía todo lo que los malos espíritus querían. Numerosas veces pensó en el suicidio. Como prueba, se autolesiono mordiéndose su mano con tal violencia que la cicatriz pudo verse durante el resto de su vida. En aquella época, Margery se arrancaba la piel del pecho y si no la hubieran encadenado a la cama habría hecho algo peor.13

Margery relata cómo sanó de esta locura mediante la que sería su primera visión mística: la primera llamada divina. Un día, mientras yacía angustiada en el lecho, pensando que no sobreviviría, se le apareció por primera vez nuestro Señor Jesucristo en forma de hombre, el más atractivo, el más hermoso, y el más cariñoso que jamás pudo verse con ojos humanos. Un héroe auténtico. Tras conversar con Jesucristo, Margery recuperó su juicio y su razón.14

Pero poco después Margery volvió a las andadas. En los años siguientes no renunció a su orgullo ni a su llamativa forma de vestir,15 ni escuchó a quienes, incluido su marido, le decían que no se comportara de ese modo. No le importaban las críticas ni las habladurías de la gente. Casada y madre de muchos hijos, continuó siendo la mujer más llamativamente vestida, la más admirada, y la que más atraía la mirada de los hombres.

Por pura codicia y para mantener su orgullo, Margery se dedicó a la fabricación de cerveza, convirtiéndose, durante tres o cuatro años, en una de las grandes cerveceras de Lynn hasta que se arruinó debido a la baja calidad de la cerveza que producía. Cerró este negocio, convencida de que había sido castigada por su orgullo y por su pecado. Después intentó poner en marcha un molino de cereales con cuya explotación esperaba conseguir su propio sustento.16 Una vez más fracasó y, también ahora, pensó que se trataba de los azotes de nuestro Señor que la castigaba por su pecado.17

Cumplidos los cuarenta años, después de alumbrar al último de sus catorce hijos, Margery recibió otra visión: la segunda llamada divina. A partir de la misma, sin renunciar ni negar su femineidad, se convirtió en una mujer mística abandonando su papel de esposa y de madre: de ama de casa. Una noche mientras dormía con su esposo escuchó una melodía tan dulce y deliciosa que le hizo creer que había estado en el paraíso.18 Nunca había oído nada tan extraordinario. Desde entonces, si recordaba aquella celestial melodía, quedaba anegada en lágrimas, sollozaba y gemía, sin temor a la vergüenza ni a las críticas de este miserable mundo. A partir de esta segunda visión, las lágrimas, los sollozos y los suspiros, junto con las conversaciones pías y el recuerdo continuo de la bienaventuranza celestial, aparecen de manera recurrente en la mayor parte de los capítulos del Libro y en cada una de las circunstancias y episodios de su autobiografía. Existen capítulos dedicados casi exclusivamente a describir la gestualidad de sus llantos, de sus suspiros y, desde su visita a Tierra Santa, de sus gritos. Manifestaciones de compunción, de compasión, de dolor o de amor, que se repiten con monótona regularidad en el relato. Lágrimas torrenciales, suspiros y gemidos clamorosos, gritos y alaridos escandalosamente estentóreos. Margery integró semejante gestualidad en su religiosidad como expresión elocuente de una devoción afectiva y como señales de su santidad en conformidad con los códigos hagiográficos de los místicos medievales. Un lenguaje ritual nada novedoso ni inventado por Margery pero que, en su caso, escandalizaba muchísimo a quienes la veían llorar o escuchaban sus exclamaciones y sus gritos provocadores. Gestualidad religiosa de una mujer laica que enojaba y atormentaba incluso al mismo Lucifer según le dijo Jesucristo: porque le atormentas más con tu llanto que todo el fuego del infierno; tú le arrebatas muchas almas con tu llanto.19

El recuerdo de la melodía celestial hizo que Margery aborreciera los placeres carnales y que no deseara mantener nunca más relaciones sexuales con su marido. Sólo accedería a los deseos de John por obediencia, jamás por placer. Y, en consecuencia, le dijo a su esposo que le obedecería con mucho llanto y tristeza por no poder vivir castamente .20 Tanto pidió a Dios y a su marido mantenerse alejada de la lujuria que el mismo John Kempe terminaría haciendo voto de castidad. Durante tres años Margery llevó a la práctica una vida de penitencia, de ayunos y de vigilias de oración, confesándose con frecuencia, especialmente de aquel pecado que durante tanto tiempo había ocultado y encubierto, mortificando su cuerpo con un cilicio cuya utilización desconocía su marido.

Fue así cómo Margery contrajo una nueva forma de vanidad. Una vanidad espiritual: creyó que, por practicar grandes penitencias y orar con tanta frecuencia, podría ella sola hacer frente a cualquier tentación del maligno y que incluso amaba más a Dios que él a ella. Estaba tocada por la herida mortal de la vanidad y no era consciente, pues muchas veces deseaba que Cristo soltara sus manos de la cruz y la abrazara en prueba de amor. Y una vez más Jesucristo le dio una lección para que la aprendiera ella y cuantos vinieran después. Durante tres años Dios le envió grandes tentaciones. El Libro sólo recoge una de ellas. Está relacionada con el pecado de la lujuria y con el adulterio.

La víspera de la fiesta de santa Margarita de Antioquía, que se celebraba el día veinte de julio, Margery fue acosada sexualmente por un hombre quien le dijo que se acostaría con ella y disfrutaría de la sensualidad de su cuerpo, y no debería resistirse. Tan persistente fue la tentación que Margery fuevencida, y consintió en su interior, y acudió a ver al hombre para saber si él aceptaría poseerla en ese momento. Dado que se trataba de una prueba de carácter moralizador, el hombre respondió a Margery que antes que acostarse con ella preferiría que le hicieran pedazos.21 A punto estuvo Margery de caer en la desesperación. Pese a confesarse muchas veces y cumplir todas las penitencias impuestas por su confesor las tentaciones lujuriosas y de desesperación no cesaron y se repetirían durante un año hasta que Dios quiso. Tenía visiones de los genitales masculinos, y de otras abominaciones semejantes. Sacerdotes, monjes y otros muchos hombres, cristianos y paganos, le mostraban sus genitales desnudos. Y ella debía prostituirse con todos.22

Cuando Cristo lo quiso, le prometió el final de las relaciones carnales con su marido: él mismo apagaría los deseos sexuales de John. A los cuarenta años, finalmente, Margery había ganado a su marido la batalla de la castidad.23 Desde ese instante pudo consagrarse totalmente a Dios y a las prácticas piadosas. Podría haber optado por abandonar el siglo entrando en religión como hicieron otras santas mujeres antes y después que ella; haberse recluido como eremita en algún edifició anejo a una iglesia o monasterio como su coetánea Julián de Norwich; ingresar en alguna orden tercera o hacerse beguina. Pero Margery optó por vivir en el mundo su propia experiencia espiritual, consagrarse a Dios a de manera personalísima, pública y visiblemente.24 En Lincoln, el obispo de su diócesis la autorizó a vestir completamente de blanco como las mujeres vírgenes. Deseaba que la gente la viera, que el mundo entero supiera que no mantenía relaciones sexuales con su marido, que se había desposado con Dios.25

El Libro constituye un excelente testimonio de cómo Márgery vivió alejada del espacio doméstico, prefiriendo el espacio de las catedrales, de las iglesias, de los monasterios, de las plazas y de las calles. Los principales acontecimientos de su biografía acaecen en lugares públicos, en las ciudades, en los caminos y rutas de peregrinación, incluso en espacios reservados para los hombres.

El acuerdo de Margery con John Kempe para poner fin a sus relaciones matrimoniales puede fecharse en el mes de junio de 1413. Para autorizarlo, el obispo Philip Repyngdon, siguiendo las disposiciones canónicas, preguntó a John Kempe si quería que su mujer tomara el manto y el anillo y vivir castamente los dos.26 Si John no hubiera consentido de manera explícita, el obispo no habría autorizado el celibato de Margery.

Desde ese momento Margery se relacionaría más con sus confesores y con otros clérigos que con su esposo y con sus hijos; acudiría a la iglesia, a los actos religiosos y a los oficios litúrgicos, con mayor frecuencia; practicaría ayunos cada vez más severos y prolongados; oraría con mayor devoción y durante más tiempo, conversando con Dios Padre, con su hijo nuestro Señor Jesucristo y con la Virgen. Su conducta pública, sus visiones, sus llantos, sus sollozos y suspiros, y el que no mantuviera relaciones sexuales con su marido, hicieron que sus convecinos y algunos de sus amigos murmuraran de ella, acusándola de ser una hipócrita.

Temiendo los señuelos y trampas de sus enemigos espirituales, Margery consultó con doctos clérigos, doctores y bachilleres en teología, con obispos y arzobispos, con monjes y anacoretas, sobre su manera de vivir, sobre sus visiones y conversaciones místicas, preguntándoles si debía seguir o no sus impulsos y las emociones que provocaban los llantos, suspiros y gemidos que tanto sorprendían a la gente y hacían que muchas personas, que ignoraban qué le ocurría, la criticaran, la aborrecieran, la insultaran y la calumniaran. Todos le dijeron que creyera que aquello procedía del Espíritu Santo y los más ilustrados le pidieron que escribiera sus experiencias.27

Confirmada así en sus creencias, cumplidos cuarenta años, emprendió una vida de viajera y de peregrina para la salud espiritual. Como libro de viajes, el relato de de Margery tiene muy escaso interés. Hasta entonces, solo había viajado a Norwich28 cuando nuestro Señor Jesucristo le dijo que no tuviera más hijos y que hablara con el vicario de San Esteban, Richard Caister, el cual fue su confesor siempre que acudía a esa ciudad. También recibió órdenes divinas para que visitara en el convento de los frailes carmelitas de Norwich a William Southfield, quien la fortalecería en su fe.

Por mandato expreso de nuestro Señor, en Norwich visitó a la reclusa y escritora Dame Julian, la única mística ilustre a la que Margery conoció y trató en vida.29 Pasó con Juliana varias jornadas manteniendo con ella edificantes conversaciones, dialogando sobre el amor de nuestro Señor Jesucris to y escuchando sus consejos y aprendiendo de sus enseñanzas.30 Reputada experta en fenómenos místicos parecidos a los experimentados por Margery, Juliana le dio consuelo, esperanza y la guió sobre los diálogos y conversaciones con Jesucristo, y sobre sus incontrolables llantos y suspiros.

Para poder abandonar la casa familiar de Lynn Margery necesitaba el consentimiento de su marido. John se lo concedería creyendo que era la voluntad de Dios. Al comienzo, acompañó a Margery en algunos viajes. El primero, lo realizaron por Yorkshire en 1413. Visitaron la ciudad de York, Bridlington, Canterbury, Lincoln y Londres. Margery se vio con personajes históricamente identificables como Philip Repingdon, obispo de Lincoln, y Thomas Arundel, arzobispo de Canterbury. Ante Philip Repyngdom, obispo de Lincoln, los esposos realizaron el mentado voto de castidad, ordenando el prelado a Margery que escribiera el Libro.31 En Canterbury, mientras se hallaba en la iglesia con los monjes, fue insultada y reprendida, tanto por los monjes y los sacerdotes como por los laicos, por llorar muy abundantemente durante casi todo el día. Fue acusada de falsa lollarda, es decir peligrosa para el orden social establecido, y a punto estuvo de arder en la hoguera quemada por la multitud.32 También en Lambeth, Londres, donde tenía su residencia el arzobispo de Canterbury, fue acusada de lollar- da, peligrando su vida pese a que se defendió con habilidad. El arzobispo Thomas Arundel le dió licencia por escrito para elegir confesor y para que comulgara todos los domingos.33

Margery visitó otros muchos lugares, iglesias, monasterios y centros religiosos de Inglaterra. Acudía dondequiera que se veneraran santas reliquias o alguna imagen sagrada que gozara de popularidad. En compañía de su esposo o sola.

Probablemente fue en el otoño de 1413 cuando Margery emprendió la peregrinación a Tierra Santa. No quiso abandonar Lynn sin antes saldar todas las deudas pendientes. Para ello pidió a su párroco que desde el púlpito de la iglesia de Santa Margarita anunciara que fueran a verla sus acreedores para llegar a un acuerdo. Luego se despidió de su marido y de un anacoreta que le había dado información sobre las etapas del camino a Jerusalén y de todo lo que le sucedería en el viaje. También se despidió de sus amigos y de su confesor, Robert Spryngolde, pidiéndole su bendición.

Antes de embarcar en el puerto de Yarmouth, Margery realizó una ofrenda en la catedral de la Trinidad de Norwich y otra en honor de una imagen de la Virgen que, probablemente, se encontraba en la iglesia de San Nicolás de Yarmouth. 34 Desde Yarmouth navegó hasta Zierikizee en Holanda, y atravesó luego el continente hasta Constanza.

Durante el viaje no cesó de llorar y de referir sus visiones y sus experiencias místicas a sus compañeros. Mientras se sentaban a la mesa o en cualquier otro lugar. Mas a diferencia de lo que sucedía con su marido, los compañeros peregrinos no soportaban sus llantos, suspiros y gemidos, criticándola e injuriándola con acritud y pidiéndole que se alejara de ellos y viajara como pudiera.

Un día, mientras Margery oraba en la iglesia, nuestro Señor le dijo que no temiera: que todos llegarían seguros a Constanza.35 Allí Margery se confesó con un fraile inglés, legado del papa, al cual contó los problemas que tenía con sus compañeros peregrinos. El legado la trató como si fuera su propia madre. Sin embargo fracasó al mediar para que Margery pudiera continuar el viaje en compañía de sus compatriotas.

Tras ser abandonada por sus compañeros, el legado se ocupó de cuanto Margery necesitaba para proseguir el viaje. Angustiada por carecer de un guía ella acudió a rezar a la iglesia y nuestro Señor le dijo que tendría uno excelente. Y realmente sucedería así, alcanzando la ciudad de Bolonia antes que sus ex compañeros quienes, maravillados, le suplicaron que se uniera otra vez al grupo. Así lo hizó y todos juntos alcanzaron Venecia, permaneciendo en la ciudad durante trece semanas hasta que estuvo listo el barco en el que viajarían a Tierra Santa.36

Cuando se disponía a subir a la nave fletada por sus compañeros, quienes no habían contado con ella al acondicionar el barco para la travesía, nuestro Señor advirtió a Margery interiormente que no viajara en aquel barco, sino en una galera que él le asignó y en la que, finalmente, embarcaron todos ellos. Durante la navegación Margery padeció continuas tribulaciones y molestias de sus mezquinos compañeros, quienes llegaron a encerrar bajo llave la ropa de su cama. Incluso un sacerdote le arrebató una sábana. La navegación concluyó en el puerto de Jaffa desde donde continuaron a Jerusalén.37

Como Jesucristo, Margery hizo su entrada en Jerusalén montada en un asno, conversando en su alma con nuestro Señor. Por la alegría y dulzura que sentía a punto estuvo de caerse del asno si no lo hubieran evitado dos peregrinos alemanes que caminaban a su lado. La primera noche y el día siguiente los pasaron en el templo del Santo Sepulcro. Después, un fraile franciscano guió a los peregrinos por los lugares en los que nuestro Señorhabía padecido sus dolores y su pasión, llevando hombres y mujeres una vela de cera en la mano. Cada vez que Mergery oía hablar de los padecimientos de Cristo en los lugares que visitaban lloraba y sollozaba muy abundantemente. Cuando llegaron al Monte Calvario cayó al suelo pues no podía mantenerse en pie ni arrodillada, retorciendo y moviendo violentamente su cuerpo, agitando los brazos, y gritando con tal fuerza como si su corazón fuera a explotar en pedazos, pues en la ciudad de su alma veía real y claramente cómo nuestro Señor era crucificado.38

Precisamente, fue en el Monte Calvario donde Margery gritó y dio alaridos por primera vez mientras meditaba. Hasta entonces se había limitado a llorar, suspirar y gemir con más o menos fuerza. A partir de entonces sus gritos y alaridos se repetirían con frecuencia, especialmente siempre que oía hablar de la Pasión de Cristo, veía un crucifijo, o si delante de ella golpeaban a un niño o a una bestia creyendo que golpeaban o herían al mismo Jesucristo. En ocasiones sus alaridos eran tan inauditos y prolongados que agotada físicamente rodaba por el suelo. Tan reales eran las visiones de Cristo y de su Pasión que creía ver con los ojos de su cara al hijo de Dios colgando ante ella y a su sangre fluyendo abundantemente de cada uno de sus maltrechos miembros. Aunque lo intentara era incapaz de reprimir sus gritos ni sus contracciones y acababa revolcándose por los suelos.39

Semejante manera de gritar la acompañaría el resto de sus días: cuando visitó Roma y cuando volvió a casa en Inglaterra. Y sus gritos jamás se produjeron sin una gran e incomparable dulzura de devoción y alta contemplación. Al escucharla, algunos hombres espirituales la amaban y la apreciaban todavía más. Sin embargo, algunos doctos clérigos decían que nuestra Señora nunca gritó de esa manera. La mayoría de la gente ordinaria afirmaba que estaba enferma, poseída por el maligno o que había bebido demasiado vino. Unos la maldecían y otros deseaban que estuviera en medio del mar en un bote sin fondo.

Margery permaneció en Jerusalén tres semanas aunque el Libro no dice cuánto duró su estancia en Tierra Santa. Considerando que el barco de Venecia realizaba el viaje dos veces al año se puede suponer que permaneció allí unos seis meses.

En 1414 emprendió el viaje de regreso. En Venecia, una vez más sus compañeros la abandonaron. Y entonces se cumplieron las palabras de su confesor, el santo anacoreta, cuando al despedirse de él en Lynn le dijo que un hombre con la columna rota la guiaría hasta Roma. Sería un pobre irlandés, llamado Richard, de unos cincuenta años que realmente tenía fracturada la columna. Tras alcanzar un acuerdo, ambos se unieron a dos franciscanos y a una mujer que volvían de Jerusalén. Pese a que los religiosos no hablaban inglés, durante el viaje se ocuparon de su comida, bebida y alojamiento como si de ellos mismos se tratara.40

Antes de llegar a Roma Margery visitó Asís donde habló con un franciscano inglés el cual le recordó la gran deuda que tenía con Dios por la alta gracia que infundía en su alma. En la capilla de la Portiuncula, el día uno de agosto, festividad de Lammas, recibió la indulgencia plenaria. Más de un siglo antes, había hecho lo mismo la gran visionaria umbra Ángela de Foligno (h. 1248-1309), autora del Memorial, una obra que en numerosos aspectos anticipa el Libro de Margery. Igual que hiciera Ángela de Foligno, también Margery lloró, gritó y conversó con su amado Jesucristo en las iglesias de Asís.

Margery permaneció en Roma alrededor de seis meses: desde finales de 1414 hasta principios de 1415. Lo primero que hizo fue vestirse toda de blanco tal como nuestro Señor le había ordenado años antes. Durante algún tiempo residió en la hospedería de santo Tomás de Canterbury, construida para los peregrinos ingleses y que funcionaba desde 1362. Allí comulgaba todos los domingos, con grandes llantos y agudos gritos, hasta que fue expulsada a causa de las maledicencias de uno de los sacerdotes que la acompañaron a Jerusalén.

Necesitaba un confesor y, dado que en Roma no conocía a ninguno que pudiera confesarla en inglés, acudió a la iglesia de Santa Catalina que estaba enfrente de la hospedería inglesa. El párroco, con quien había hablado antes Richard para informarle quién era ella y qué deseaba, no sabía inglés. Se limitó a decir a Margery que recitara el Confiteor y que luego le daría la comunión. Entonces nuestro Señor envió a san Juan Evangelista para que escuchara su confesión.41

Un culto sacerdote alemán llamado Wenslawe, muy apreciado por los ciudadanos de Roma donde había alcanzado los cargos más altos que un clérigo extranjero podía conseguir y que oficiaba en la iglesia de San Juan de Letrán, pese a no hablar tampoco inglés, se convirtió en el confesor de Margery y en su más firme defensor contra las murmuraciones y ataques de la gente durante la mayor parte del tiempo que ella vivió en Roma. Al principio, se valieron de un intérprete para hablar entre ellos. Pero poco después, gracias a las plegarias realizadas durante tres días por el sacerdote, por Margery y por otras buenas gentes, el clérigo alemán entendía lo que ella le decía en inglés, y ella comprendía lo que él le decía. Sin embargo,y para asombro de todos, el clérigo alemán seguía sin comprender el inglés que hablaban otras personas.

Igual que sucedió en Tierra Santa, también en Roma, Margery lloraba, suspiraba y gritaba con tal fuerza y tan horripilantemente que con frecuencia la gente tenía miedo. Y por eso muchas personas la difamaban, sin creer que fuera obra de Dios, sino más bien de algún espíritu maligno, o una enfermedad repentina, o quizás algún fraude e hipocresía, algo inventado por ella para engañarse a sí misma. Sin embargo el sacerdote alemán estaba convencido de que sus sentimientos eran verdaderos, defendiéndola siempre, debido a lo cual tuvo que soportar muchas murmuraciones y mucha tribulación, aunque en ningún momento pensó en renunciar a su cargo. Desde él defendería mejor a Margery a quien protegía y ayudaba como si de su hermana o su madre se tratara.

En Roma, sus compatriotas compañeros de peregrinación y, especialmente, un sacerdote que la criticaba con acritud por vestir de blanco fueron los peores enemigos de Margery. Su confesor la convenció para que no vistiera de blanco. Sin embargo tuvo que soportar después mucho desprecio de las mujeres de Roma.

Por mandato de su confesor y como penitencia, Margery sirvió durante seis semanas a una pobre anciana enferma como si se hubiera tratado de nuestra Señora. Siguiendo el ejemplo de santa Brígida de Suecia, no vaciló en mendigar de casa en casa pidiendo para ambas, acarrear agua y leña sobre sus hombros para esta mujer, o dormir sobre el suelo sin mantas hasta terminar llena de parásitos.42

El día de la fiesta de san Juan de Letrán de 1414, probablemente el nueve de noviembre, se produjo el que sin duda fue el episodio culminante de la trayectoria y del devenir espiritual de Margery. En la iglesia de los Santos Apóstoles de Roma recibió la más extraordinaria de todas sus visiones; ese día supo por primera vez lo que significaba la unión mística con Dios. El mismísimo Padre del Cielo se presentó ante ella y le dijo que viviría eternamente con él, pues la desposaría con su divinidad. Hasta entonces ella tenía puestos todo su amor y afecto en la humanidad de Cristo. Margery quedó muy sorprendida cuando el Padre del cielo la tomó de la mano, en presencia del Hijo, del Espíritu Santo, de la Virgen y de los Apóstoles, de santa Catalina, de santa Margarita y de otros muchos santos y vírgenes, y le dijo: Margery, te tomo por mi esposa, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, siempre que seas humilde y sumisa para cumplir lo que te ordene que hagas.43

Para que estuviera segura de que era Dios quien le hablaba y que eraél quien la protegía, el Señor le envió tres señales seguras. Primera, unas motas blancas revolotearían a su alrededor: eran los muchos ángeles que la acompañaban, protegiéndola de día y de noche para que ni los demonios ni las malas personas pudieran hacerle daño. Segunda, durante dieciséis años y cada día con mayor intensidad, sentiría en su pecho y en su corazón una llama de fuego de amor, maravillosamente cálida y deleitable y muy confortable. El día que la sintió por primera vez tuvo miedo, pero Nuestro Señor le dijo que no temiera, que era calor del Espíritu Santo. Y por último, una especie de ruido como si un fuelle soplara en su oreja, que duraría casi veinte años antes de escribirse el Libro. Era el sonido del Espíritu Santo que de manera muy rápida nuestro Señor lo convertía en ruido de paloma o en el canto de un petirrojo que, con frecuencia, cantaba muy alegre en su oído derecho.

€13,99
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Umfang:
430 S. 1 Illustration
ISBN:
9788437089393
Rechteinhaber:
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