Buch lesen: "Marea de fervor"

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manuel peyrou

marea de

fervor

Edición al cuidado de Héctor M. Monacci



Peyrou, ManuelMarea de fervor / Manuel Peyrou. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-653-31. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.CDD A863

© de foto de tapa, Raúl Shakespear

© de dibujo en solapa, Gentileza Sucesión Hermenegildo Sábat

© de diseño de tapa, Osvaldo Gallese

© 2020. Libros del Zorzal

Buenos Aires, Argentina

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Impreso en Argentina / Printed in Argentina

Hecho el depósito que marca la ley 11723

Índice

Uno en dos | 5

El crimen de don Magín Casanovas | 21

La Doradilla | 34

Pudo haberme ocurrido | 51

Locomotoras y vagones | 59

Varidio | 68

La fiesta | 85

Marea de fervor | 94

Uno en dos

–Como el individuo quería matar un hombre, decidió matar dos –dijo mi padrino, don Pablo S. Laborde, observándome con sus ojos pequeños, brillantes de malicia. Era un hombre más bien bajo y muy robusto, de sesenta años en esa época; usaba trajes de un género áspero, peludo, que siempre le quedaban holgados, y que yo imaginaba comprados en el campo, porque la ropa de mis parientes de la ciudad era bien cortada y de tela fina. Su rostro era amplio y tostado por el sol, la frente, despejada; en sus labios finos, entre las dos guías pobladas y amarillentas de un bigote caído, colgaba por lo general un cigarrillo apagado.

–Si alguien quiere matar un hombre no necesita matar dos –objeté–. Le basta matar a su hombre.

–En este caso, no –insistió con su habitual sonrisa burlona–; en este caso para matar uno había necesariamente que matar dos.

Así empezó el cuento aquella tarde en la confitería Récord, en la calle Santa Fe. Yo había llegado bastante orgulloso por mi primer examen en la Facultad de Derecho, pero cuando mi padrino empezó a hablar me olvidé de todo. El cuento empezó con la referencia a los hermanos Ortega, dos mellizos que mucho antes de haber yo nacido habían heredado una farmacia tradicional en el barrio. Eran idénticos y caminaban del mismo modo, con paso de pato; echaban alternada y simultáneamente cada uno de sus brazos hacia atrás, como si quisieran despejar el aire y ayudarse en la marcha. Eran idénticos, pero se los distinguía fácilmente en la calle por la vestimenta. Serafín Ortega era muy cuidadoso en el vestir y gastaba una cantidad de dinero en trajes ingleses y en camisas de seda; Carlos, en cambio, quizá por avaricia, andaba siempre con un traje de confección. Pero había un momento en que era imposible distinguirlos y era cuando estaban en la farmacia, atendiendo el despacho de recetas y específicos. Para esas funciones y por el prestigio del negocio usaban delantales blancos almidonados y nadie sabía si el que le vendía pastillas de goma o sal inglesa era Carlos o Serafín.

Los años pasaban y los dos hermanos mantenían una vida rutinaria. A las siete de la tarde cerraban la farmacia y caminaban con idéntico paso y braceo, con idénticas narices pequeñas en los rostros pálidos y alargados, con idénticos ojillos claros, inexpresivos. Entraban en el antiguo bar y confitería Récord, tomaban un cóctel cada uno y volvían a la farmacia, pues vivían allí mismo, en dos piezas situadas detrás del laboratorio. Dije que eran distintos en la vestimenta, pero también lo eran en otro aspecto. Serafín era un Don Juan, apasionado y audaz; su hermano era tímido, y parecía indiferente a las mujeres. A veces –se decía– se habían producido en la farmacia situaciones curiosas, pues algunas damas pretendidas o conquistadas por Serafín habían confundido a Carlos con aquél.

Los años pasaron y el negocio entró en un período de decadencia. Además, enfrente de la farmacia de los dos hermanos se instaló otra, moderna, con mucho capital, que rebajó los precios y acaparó en pocos meses casi toda la clientela del barrio. Serafín era hombre decidido y convenció a su hermano que vendieran el local, que valía mucho, repartieran el producto, y se fuera cada uno por su lado. Así lo hicieron y Serafín entró en especulaciones con ventas de casas y terrenos que lo convirtieron en millonario. Carlos, ahorrativo y prudente, colocó su dinero en hipoteca y se dedicó a una vida tranquila. Serafín, pues, se convirtió en potentado y pudo decir que le iba bien en la vida, aunque mi padrino, afecto al estilo paradojal, opinó en cierta ocasión que le iba demasiado bien.

–No creo que a nadie le vaya demasiado bien –repuse con ingenuidad.

–No seas tozudo y tratá de entenderme –dijo mi padrino–. Le fue demasiado bien porque la fortuna desarrolló sus malas condiciones y sus vicios. Se hizo jugador de carreras y no había dinero que le alcanzara. De modo que una vez que entró en la pendiente…

Don Pablo había pasado su juventud en el campo, trabajando en la categoría de capataz y también de administrador de estancia. Había aprendido así la ciencia de los “rastreadores”, que en las vastas extensiones de América saben buscar un animal perdido y encontrarlo. Profetizaba sin equivocarse el estado del tiempo y en las noches oscuras conocía la identidad de los animales por el estilo y el tono de su marcha. Así solía decir, ante un galope lejano y desconocido para los demás: “Ahí viene don Odilón con su cebruno claro. Ese caballito es resistente”; o si no: “Ese es don Andrés, con su tordillo. Se ha demorado tomando unas copas”.

En la época en que empieza este relato vivía en la capital, administrando los bienes de sus parientes. Aquella tarde de invierno el aire estaba, como decía don Pablo, más fino que aguja de bordar, y justo en el instante en que había decidido quedarse en su casa, para evitar un posible resfrío, sonó el timbre de la puerta de calle. Era un sargento de policía, retacón, morocho, que se detuvo en el zaguán con los pies en escuadra; saludó a mi padrino con respeto y le dijo que el comisario Pastor Moreira quería verlo con apuro. “Misterio tenemos”, se dijo don Pablo, porque siempre don Pastor lo consultaba cuando se le presentaba algún caso difícil. Dijo al sargento que iría después del almuerzo. Bien abrigado, salió de su casa a las tres de la tarde y se encaminó a la comisaría. Entró en el despacho del comisario, donde tantas veces, en los últimos veinte años, había estado de visita. La pieza era amplia, con dos ventanas a la calle, por donde entraba el sol. Siempre don Pastor se incorporaba al verlo llegar, y se adelantaba a recibirlo con su eterno olor a peluquería. Su rostro ancho y pálido estaba coronado por un cabello negro brillante, cuidadosamente peinado; un bigote renegrido, fino, de cortas guías ascendentes, inconmovibles gracias al cosmético, decoraba su rostro. Vestía de negro, como siempre, con su impecable chaleco blanco de piqué y un cuello duro de puntas redondas.

–¿Cómo le va, don Pablo? –preguntó el comisario.

–Bien, gracias –repuso mi padrino, mientras don Pastor diligentemente acercaba una silla a su escritorio y se la ofrecía–. ¿Y usted?

–Bien, gracias, pero…

Mi padrino extrajo del bolsillo la bolsita del tabaco y el libro de papel de arroz y empezó a armar un cigarrillo. Cuando logró formar un cilindro perfecto, pegó el papel con saliva y se incorporó a medias para aceptar el fósforo que cortésmente le ofrecía el comisario a través del escritorio.

–Pero anda en problemas… –dijo.

–Por eso lo llamé –repuso el comisario–. Aparte del gusto de verlo.

Eran otros tiempos, cuando la gente era siempre atenta y ceremoniosa. Mi padrino contestó:

–Gracias. El gusto es mío.

–Bueno. El caso es que esta mañana mataron de dos balazos a Serafín Ortega y…

–¿Qué me dice? –exclamó don Pablo Laborde, con asombro cortés–. ¿Y no hay indicios de quién pueda ser el matador?

–Hay tres sospechosos, que perdieron dinero con las maniobras de Ortega y lo amenazaron de muerte. Usted sabe, Ortega era un genio para engañar a la gente.

–Sí –apoyó don Pablo en tono sentencioso–. Uno de esos hombres capaces de encontrar algo antes de que se pierda.

–Usted lo ha dicho –repuso el comisario sonriendo, y luego con tono malicioso agregó–: Ortega vendía casas con trampa…

A pesar del tono con que el comisario pronunció la palabra “trampa”, mi padrino no pareció interesarse en ella.

–¿Qué le parece si empezamos por el principio? Dígame qué hacía recientemente Serafín Ortega, dónde vivía, y en qué circunstancias lo mataron.

El comisario se resignó al método propuesto por don Pablo, se recostó sobre el respaldo de su silla, y dijo:

–Serafín se ocupaba de la venta de terrenos y casas. Vivía, desde que se separó de su hermano Carlos, en una casa de dos plantas en la calle Santa Fe, a pocos pasos de donde antes tenían la farmacia. Hay una sola puerta, la del negocio, y al fondo, cerca del baño, una escalera lleva a las habitaciones particulares de Ortega. Su empleado de confianza era Ramírez, un viejo que yo conozco. La última maniobra de Ortega consistió en ofrecer la construcción de casas baratas, en un extenso terreno que adquirió por poco dinero, con el cebo de regalar el terreno.

–¿Esa es la trampa de que usted habló?

–Sí, señor. Serafín regalaba el terreno al que se comprometiera a pagar los gastos de construcción. Las casas proyectadas eran cien, pero el cebo fue tan eficaz que se presentaron más de doscientos interesados. Se hizo un sorteo y las obras se iniciaron. Seis meses después los precios aumentaron inesperadamente y los compradores fueron notificados de que debían aumentar las cuotas bimensuales del pago, o en caso contrario perder las que habían pagado, y además el terreno, de acuerdo a una cláusula que Serafín había cuidado hacer intercalar en los contratos.

–Otra trampa…

–Así es –continuó el comisario–. La mayor parte de los adquirentes pudo pagar los aumentos, menos tres. Estos tres, que se creían despojados arteramente por Ortega, dijeron a quien quiso oírlos que el organizador del plan era un bandido y que merecía pagar esa estafa con la vida. Y efectivamente, esta mañana, en momentos en que Ortega había enviado el personal a almorzar, alguien entró y lo mató de dos balazos.

–Bueno –dijo mi padrino, cuando el comisario terminó el relato–. Usted dijo que hay tres sospechosos… ¿Quiénes son?

–Don Godofredo Berthier, ¿se acuerda?, el escribano que se retiró hace unos dos o tres años…

–Cómo no me voy a acordar… Vivía en el barrio y solía frecuentar la confitería Récord. Lo que me extraña es que comprara a Ortega una casa barata. Él debe ser hombre de dinero…

El comisario Moreira se atusó apenas el bigote, como para comprobar si sus hebras seguían erectas y unidas por el cosmético, y repuso:

–Yo pensé lo mismo. Pero Berthier me dijo que él es hombre modesto, que detesta el boato y que una casa pequeña le bastaba; además, me dijo que quería vivir cerca de donde habitó con su mujer, que murió hace unos cinco años.

–Es verdad –apoyó mi padrino–. La mujer murió en el accidente del tren a Rosario, cuando viajaba a casa de sus padres. Parece que él la había echado de la casa porque sospechaba de su fidelidad.

El comisario completó el cuadro.

–Así es. Y la verdad es que don Godofredo nunca se conformó. Decía que él tenía la culpa por haberla obligado a irse.

–Y los otros dos sospechosos ¿quiénes son?

–Uno es Manuel Calvetti, que también perdió su inversión y amenazó a Ortega. Además, es ese hombre que disparó un tiro a un prestamista en un banco del Jardín Botánico. El tiro hirió al prestamista y rompió un ejemplar único de no sé qué arbusto de la India.

–Qué lástima el arbolito…

–El tercer sospechoso es José Franklin Andrada, que era rector del Colegio Nacional y perdió su cargo por ciertas irregularidades. Se dio a la bebida y en su casa encontramos un revólver Smith-Wesson calibre 38. Parece que Ortega andaba detrás de una hija de Andrada, mucho menor que aquél, y que eso produjo algunos altercados con el padre.

–¿Qué me dice? –exclamó mi padrino–. Este hombre era incorregible…

–Así es…

Mi padrino comenzó la interminable maniobra de armar un segundo cigarrillo y no habló durante dos o tres minutos. Luego dijo:

–¿Se puede ver a los sospechosos, si es que están detenidos?

–Cómo no, don Pablo. A usted no le niego nada.

–Muchas gracias.

El comisario tocó un timbre y apareció un cabo petiso, moreno, de bigote duro, como hecho de cerda. El comisario le ordenó traer a los detenidos.

Los tres hombres eran completamente distintos entre sí. Godofredo Berthier era alto y delgado, de rostro largo, tostado y enjuto, con ojos francos, aunque tristes, y una larga nariz. Manuel Calvetti, de pie junto a don Godofredo, parecía mucho más bajo de lo que realmente era. De escaso cabello, pero de cejas pobladas y completamente blancas, con aire de modesto empleado de comercio, parecía incapaz de disparar un tiro a nadie. Al otro lado estaba José Franklin Andrada, de regular estatura, más bien fofo, de rostro rojo y congestionado; el alcohol había dejado sus huellas en sus ojos inyectados en sangre.

–Van a estar aquí hasta que venga el juez del crimen –dijo el comisario–. Espero que venga esta tarde, aunque es uno de esos niños de mamá que no se pierden por nada una partida de póker en el Jockey Club.

–A falta de juez, ¿podría hacerles yo una pregunta? –dijo con calma don Pablo.

–Cómo no…

–¿Por qué no se sientan? –preguntó mi padrino, con cortesía.

El cabo, que había permanecido cerca de la puerta, trajo tres sillas y las dispuso en fila.

Mi padrino arrojó el cigarrillo que le estaba quemando los dedos y preguntó:

–¿Dónde estaban ustedes en el momento del crimen?

Los tres hombres se miraron de reojo, como invitándose mutuamente a responder. El que primero lo hizo fue Calvetti. Movió dos o tres veces hacia arriba y hacia abajo sus pobladas y blancas cejas, única decoración de su rostro insípido, y dijo:

–Yo almorcé con mi mujer y mis dos hijos. Salí a las dos y media. Ellos pueden atestiguarlo. Y como el crimen se produjo a las 12 y media, según me han dicho…

–¿Y usted, señor Andrada? –preguntó mi padrino.

–Yo también almorcé en casa. Mi mujer podrá decir lo que comí. Milanesas con una botella entera de vino Priorato.

Mi padrino sonrió y miró significativamente al comisario Moreira, que le devolvió la sonrisa. En efecto, no tenía necesidad José Franklin Andrada de asegurar que, como todos los días, había almorzado con una botella entera de vino.

–¿Y usted, don Godofredo? –preguntó con amabilidad don Pablo.

El hombre alto y delgado repuso:

–Ustedes saben que soy viudo; almorcé solo. La muchacha que me atiende la casa podrá atestiguarlo.

Hubo un largo silencio. Mi padrino preparó un tercer cigarrillo y el comisario Moreira jugó con un lápiz, con la mirada perdida. De pronto, don Pablo dijo con una vaga sonrisa:

–Las tres coartadas son débiles. La hora del almuerzo es elástica. Cualquiera puede haber asesinado a Serafín y almorzado en su casa a la una menos cuarto. –Luego preguntó–: ¿Ustedes creen que Serafín Ortega merecía ser asesinado?

Los tres hombres levantaron a un tiempo las cabezas, que habían mantenido gachas.

–¡Sí! –repuso con vehemencia Calvetti, el de las cejas blancas y el rostro insípido–. ¡Era un estafador!

–¡Sí! –confirmó Andrada, el del rostro congestionado por el alcohol–. ¡Era un ladrón!

–¡Sí! –agregó casi en seguida don Godofredo–. ¡Era un canalla!

Mi padrino se acarició el bigote y dijo a Moreira:

–Puede decirles que se retiren. –Y agregó, con una risita–: Ya he oído bastante.

Cuando los detenidos se retiraron el comisario preguntó:

–¿Por qué dijo que ya había oído bastante?

–No le dé importancia; son ocurrencias mías. –Luego, antes de incorporarse, agregó–: ¿No le parece un disparate que una persona sea asesinada porque hizo una maniobra comercial perjudicial para algunos? ¿Cuántas personas tendríamos que matar por día con la cantidad de inescrupulosos que hay en este desdichado país?

–Así es… –comentó el comisario.

Don Pablo, de pie, se dispuso a tomar su sombrero, que había dejado sobre una silla, pero de pronto se detuvo.

–Dígame, don Pastor –dijo–, ¿no tendría por aquí un diccionario de la Academia?

El comisario estaba acostumbrado a las rarezas y paradojas de mi padrino, pero no dejó de asombrarse.

–Vea, don Pablo… usted sale con cada cosa… –hizo memoria y agregó–: La verdad es que aquí había un diccionario, que se utilizaba para corregir los partes diarios a la Jefatura, pero creo que se ha perdido… –Luego, cambiando su asombro por una leve sospecha, preguntó–: ¿Es importante el diccionario para resolver este caso?

–No, don Pastor –repuso distraídamente mi padrino–; puedo arreglarme sin él… –Se quedó un instante pensativo y luego preguntó–: ¿Qué han hecho con el cadáver?

El comisario repuso:

–Está en depósito. Esperamos a que llegue Carlos Ortega, que está en Montevideo.

–¿Cuándo se fue? –interrogó don Pablo, bruscamente interesado.

–Se fue la semana pasada y regresa mañana. Le enviamos un telegrama.

–¿Por qué se fue? –insistió mi tío.

–Viaja periódicamente. No sé qué negocito ha instalado allí con un amigo. Seguramente estaba harto de vivir de rentas y de no hacer nada.

Esa misma tarde y al día siguiente por la mañana mi padrino hizo algunas averiguaciones en el barrio, conversó largamente con amigos y al atardecer se encaminó a la comisaría. Don Pastor Moreira, siempre pálido, estaba ahora rosado de excitación.

–¿Qué le pasa? –preguntó mi padrino, sentándose.

–He averiguado una punta de cosas.

–Yo también –repuso calmosamente don Pablo–. Si intercambiamos esa información quizá descubramos al criminal.

–Bien –dijo el comisario–. Serafín Ortega estafó también a su hermano Carlos. Le pidió la mitad de sus ahorros y nunca se los devolvió.

–Pero él no pudo matarlo. Estaba en Montevideo…

En la ancha faz del comisario los ojillos negros rieron con picardía.

–Es la coartada perfecta. Carlos se fue a Montevideo; volvió anteayer en forma clandestina, mató a su hermano y regresó en la misma forma.

Mi padrino permaneció en silencio unos segundos y luego preguntó:

–¿Cómo se sabe que Serafín estafó a Carlos?

–Me lo dijo hoy Ramírez, el empleado de confianza de Serafín Ortega. Resulta que una mañana, cuando los demás empleados ya se habían retirado, llegó Carlos Ortega acompañado del procurador Manuel Molina Terry…

–¿Molina Terry? –interrumpió mi padrino, interesado–. ¿Ese hombre alto y moreno, parecido a don Godofredo, que alguna vez jugó con nosotros al billar en el café del Vasco?

–El mismo –repuso el comisario–. Es un caballero; no como esos que se enojan cuando pierden. Lástima que ande mal del estómago. Ha adelgazado bastante y ya no sale de noche. Bien. Ramírez estaba en el baño y desde allí oyó la conversación. Carlos Ortega acusó a su hermano de ladrón y le dijo que encargaría a Molina Terry que hiciera una acusación ante la justicia. Serafín se rió y dijo que nada ganaría con eso porque no había pruebas. Parece que Carlos se desalentó y no hizo nada.

Don Pablo demostró interés.

–¿De modo que Carlos seguramente cree que el único que conoce su entredicho con Serafín es don Manuel Molina?

–Por supuesto –repuso el comisario–. Ramírez permaneció escondido en el baño y todos en el barrio sabemos que Carlos es muy discreto.

De pronto la faz del comisario se iluminó. Hizo chasquear dos dedos y dijo:

–De modo que si Carlos mató a Serafín, Molina está en peligro. Carlos llega esta noche. Vamos a vigilarlo.

Don Pastor Moreira se incorporó, disponiéndose a la acción, pero mi padrino permaneció sentado.

–Qué apurado está. Todavía no oyó mi información.

El comisario volvió a sentarse.

–Perdóneme, don Pablo. Lo escucho.

Don Pablo Laborde empezó a armar un cigarrillo y mientras vigilaba la operación, dijo:

–Averigüé que uno de los tres sospechosos que indagamos ayer –hizo una pausa–… a propósito: ¿dónde están?

–El juez los interrogó y los puso en libertad bajo fianza.

–Me parece bien. Bueno, le decía que uno de los tres sospechosos no ganó el sorteo de las casas de Serafín sino que compró los derechos a otro que había ganado. Era como andar buscando que lo estafaran.

–¿Quién es?

–Indudablemente un tonto, para meterse en negocios con Serafín. Le diré quién es si consigo algún otro dato.

El comisario lo miró con cierta decepción.

–A usted lo estimo mucho don Pablo, pero a veces no lo entiendo.

–Ya me entenderá en el momento oportuno –repuso mi padrino, y agregó–: ¿qué quiere que hagamos?

–A las nueve de la noche llega en barco Carlos Ortega. Vamos a prevenir a Molina para que se cuide. El de Carlos es el caso típico del hombre que mata a una persona y luego, para evitar denuncias, se ve obligado a matar a otra.

–¿No le parece mejor –dijo mi padrino– que vayamos a la casa de Carlos, para vigilarlo y en todo caso impedir que salga a matar a Molina?

–Vea, don Pablo. Usted siempre me convence. Vamos a ir para vigilarlo y también podemos hacerle un interrogatorio a fondo y por sorpresa. A lo mejor resolvemos el caso.

A las nueve y media de la noche don Pablo S. Laborde y el comisario se encaminaron en un coche de plaza hacia el barrio alejado donde vivía Carlos Ortega. Bajaron dos cuadras antes, para no despertar sospechas, y entraron en una calle de tierra, de casas modestas y grandes árboles en las aceras. Las nubes ocultaban la luna; a su paso algunos pájaros se alzaban rápidamente, con un palmoteo que pronto se apagaba. La casa de Carlos, rodeada por un jardín, era pequeña, rectangular y chata; una verja limitaba el jardín, con una puerta baja de palo. Fácilmente la traspusieron, sin abrirla para evitar chirridos, y avanzaron hacia el interior. Notaron unos macizos de hortensias, junto a los húmedos muros descascarados. Había una ventana a cada lado de la puerta; y en seguida advirtieron que en el muro lateral había otra. Bordearon un cantero con margaritas y junto a la verja vieron un arbusto y, detrás, un banco rústico. Se había levantado una leve brisa y desde alguna parte llegaba el rumor de las casuarinas. Se sentaron y el comisario dijo:

–Acaba de llegar. Hay luz en la ventana.

Trascurrió más de una hora, tiempo durante el cual fumaron cigarrillo tras cigarrillo, y de pronto mi padrino dijo:

–Ya no va a salir. Si es verdad que quiere matar a Molina lo ha dejado para mañana.

–Bueno –repuso el comisario–. Entonces podemos llamar y hacerlo confesar por sorpresa que mató a su hermano…

–¡Silencio! –dijo mi padrino en un susurro–. Vea.

Un hombre delgado y alto, vestido de oscuro, había llegado hasta la verja de palo y la estaba trasponiendo. Caminó luego por la estrecha vereda y se acercó a la puerta; llevaba en la mano algo que a la luz fugaz de la luna, que había salido en ese instante, despedía chispas como estrellas.

–¡Qué idiota! –dijo el comisario–. ¡Es don Manuel Molina! ¡Viene a hacerse matar!

–¡No es Molina y viene a otra cosa! –repuso mi padrino, incorporándose y corriendo por encima de un cantero hacia el hombre, que ya tenía el índice de la mano izquierda en el timbre; con la mano derecha empuñaba un revólver. El comisario corrió también y se adelantó a don Pablo.

–¡Soy el comisario Moreira! ¡Deme ese revólver!

Con una expresión de asombro y tristeza don Godofredo Berthier entregó el revólver, que era un Smith-Wesson calibre 38. En el mismo instante, Carlos abrió la puerta y al ver el revólver su cara pálida se tornó terrosa.

–Permítanos pasar –dijo mi padrino–. Así nos convida con una ginebra, porque estoy helado, y de paso aclaramos algo.

Carlos Ortega, estupefacto, se hizo a un lado. Entraron a una pequeña sala, modestamente arreglada, y siguieron al comedor.

–Sentémonos alrededor de la mesa –dijo el comisario, tomando una silla. Guardó el revólver de Berthier en el cinto y se sentó. Los demás lo imitaron, menos Carlos, que como sonámbulo sacó del aparador cuatro copas y una botella de ginebra. Las dispuso sobre la mesa y se sentó. Mi padrino sirvió cuatro copas, paladeó el licor y dijo:

–Amigo Berthier: usted ha sufrido mucho en su vida. Un día, harto de echarse la culpa a sí mismo, resolvió matar al verdadero culpable de su desdicha e imaginó una maniobra para que si nosotros sospechábamos de usted sin mayores pruebas, luego usted lograra una coartada perfecta. Lo curioso es que esa coartada era, al mismo tiempo, la segunda parte de su venganza. Es decir, el segundo crimen, deseado ardientemente por usted, significaba al mismo tiempo el alejamiento de nuestras sospechas. Usted compró una opción para la construcción de casas porque sabía que Serafín era un bandido y con la esperanza de que lo estafase. Él lo estafó y usted lo mató. Luego, si Carlos aparecía asesinado, nosotros quedábamos despistados porque Carlos no ha estafado a nadie, antes bien, ha sido también estafado por Serafín. Pero usted pensaba matar a Carlos para tener una coartada y para perfeccionar su venganza, porque no sabía si el culpable de su desgracia era Serafín o Carlos, o los dos.

–Si no explica más claro… –dijo el comisario, dejando su copa.

–Ahora lo va a entender. Serafín, que era un Don Juan, sedujo a la esposa de Berthier. La gente sabía que Serafín se veía con sus conquistas en su propia farmacia, donde tenía habitaciones. Pero en la farmacia, con delantal blanco, y en la intimidad, los dos hermanos eran idénticos, de modo que Berthier, si quería estar seguro de matar al seductor de su mujer, debía matar dos.

Don Godofredo, con una profunda tristeza en el rostro delgado y curtido, habló por primera vez.

–El señor Laborde tiene razón. Puede detenerme, comisario.

El comisario tosió discretamente y preguntó:

–¿Cómo se dio cuenta de esto, don Pablo?

Mi padrino repuso, con tono modesto:

–Sospechas, no más… y una consulta al diccionario de la Academia… Estuve seguro cuando Calvetti dijo que Ortega era un estafador, Andrada, que era un ladrón, y don Godofredo, que era un canalla. Es decir, no lo había matado por delincuente, sino por canalla y seductor, que no es lo mismo.

Unos minutos después, el comisario Pastor Moreira, Godofredo Berthier y mi padrino caminaban en la noche hacia donde había quedado el coche de plaza. Desde alguna casa vecina llegó en el aire frío el sonido de una guitarra y la voz cálida, profunda, de una mujer:

Yo soy la morocha,

la más agraciada

la más renombrada

de esta población.

Subieron al coche y el canto se perdió. Don Godofredo dijo:

–Las morochas agraciadas… cuánto nos hacen sufrir…

–Las morochas… o las rubias –corrigió mi padrino–. A mí también me hicieron sufrir, pero nunca las desprecié.

Luego trató de armar un cigarrillo, pero el movimiento del coche le dispersó el tabaco.

Cuando don Pablo terminó su relato, pensé un instante en el desenlace y le dije:

–Así que el rostro de Carlos se volvió terroso y andaba como sonámbulo mientras buscaba la botella y las copas… ¿Se habría asustado realmente al ver el revólver?

–Eso es lo que pensó el comisario –repuso mi padrino–. Pero yo creo que se asustó al reconocer al hombre cuya mujer había seducido…

Y don Pablo S. Laborde empezó con aire distraído la larga tarea de armar un nuevo cigarrillo.

El crimen de don Magín Casanovas

En los años de su apacible vejez, mi padrino Pablo S. Laborde se había retirado a una casita de la calle Beruti, antes de llegar a Coronel Díaz. Demasiado pequeña para merecer el nombre de museo, podía, sin embargo, admitir el de templo privado, pues contenía los recuerdos y las reliquias de un hombre de vida larga y azarosa. El zaguán conducía a un vestíbulo separado del patiecito contiguo por una mampara de vidrios de colores; en el patiecito se veían una maceta grande con patas y, como distribuidas al azar, tres o cuatro más chicas. En la maceta grande, de cemento de Portland, gris, con una suerte de filigranas color ladrillo, florecía un malvón de flores rojas; en las pequeñas, de barro y pintadas de verde, había pensamientos y una plantita de menta, cuyas hojas daban de cuando en cuando sabor al mate de don Pablo. En el lado oeste –el frente de la casita miraba al norte– había una pieza, el baño y la cocina. En el otro lado, el escritorio, lindante con el zaguán.

En aquél instaló un gran mueble de cortina, en cuya parte baja una chapita de bronce indicaba la procedencia (Cincinatti, Ohio, U.S.A.), y que había pertenecido a su padre. También colocó un sofá de terciopelo y dos sillones y, sobre una mesa chica y muy alta, una pequeña caja fuerte, en la que guardaba más cartas, mapas y documentos privados que dinero.

Poseía una poderosa memoria, pero nunca citaba fechas. Como si buscara siempre algo así como una perspectiva histórica, se limitaba a relacionar los sucesos más disímiles de una misma época, suponiendo que de tal modo su interlocutor quedaba informado del año del suceso o quizá del mes. Así decía, por ejemplo, que “al Pelado Rosingana lo mató en defensa propia el comisario Pastor Moreira justo el día en que llegó la noticia de la aventura de Gaby Deslys con Manuel de Portugal”, o que “el papa aprobó la Furlana, como baile destinado a mortificar y reemplazar al tango, en la época en que los Beriguistain se mudaron a la casa nueva”.

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€5,99
Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
26 März 2025
Umfang:
111 S. 3 Illustrationen
ISBN:
9789875996533
Rechteinhaber:
Bookwire
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