Buch lesen: "La noche repetida"

manuel peyrou
la noche repetida
Edición al cuidado de Héctor M. Monacci

| Peyrou, ManuelLa noche repetida / Manuel Peyrou. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-655-71. Narrativa Argentina. 2. Cuentos Policiales. I. Título.CDD A863 |
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Desarrollo Urbano, Jefatura de Gabinete de Ministros, Gobierno de
la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
© de dibujo en solapa, Gentileza Sucesión Hermenegildo Sábat
© de diseño de tapa, Osvaldo Gallese
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Impreso en Argentina / Printed in Argentina
Hecho el depósito que marca la ley 11723
Índice
El señor Alcides | 6
Muerte en el Riachuelo | 13
El collar | 19
El busto | 43
La desconocida | 52
El juez | 58
El jardín borrado | 68
La noche repetida | 80
A la memoria de mi madre
El señor Alcides
En la cálida penumbra de la oficina, que agitaba apenas el ventilador silencioso, apareció suavemente, dejó unos papeles en la mesa de mi secretaria y, luego de dos o tres vueltas indecisas, se acercó a mi escritorio. Me deseó los buenos días, hizo una observación ocasional sobre el estado del tiempo, y me pidió permiso para dejar su portafolio en un estante mientras bajaba a tomar no sé qué bebida o alimento. Regresó una hora después, tomó su portafolio y salió.
Desde mi ascenso a director, producido hacía un mes, después de veinte años de trabajos, lo veía todos los días. Entraba por la puerta del archivo, dejaba unas boletas en la mesa de mi secretaria, y se retiraba silenciosamente. Durante todo el mes había mantenido su cartera bajo el brazo; ésa era la primera vez que me solicitaba permiso para dejarla sobre un mueble. Era representante de una persona, o de un grupo de personas, ante una entidad oficial o particular, cuyas actividades o funciones yo ignoraba.
El día siguiente era domingo. Estuve en el campo y el lunes fui de la estación directamente a la oficina. A las diez de la mañana llegó. Después de un mes de mirarlo casi sin verlo, lo seguí con curiosidad en sus evoluciones por la oficina. Dejó unas boletas sobre un escritorio, hojeó distraídamente un diario, y sin pedirme permiso, dejó el portafolio y salió.
Durante un mes más hizo lo mismo, con regularidad, con una permanente expresión bondadosa y frecuentes manifestaciones de simpatía que, muy contenidas y discretas, traslucían, no obstante, algo como un leve deseo de comunicación amistosa. Llamé entonces a la señorita Bafico y al contador. La señorita Bafico era rubia, bien formada, de cutis mate. Parecía una joven culta, pero yo había observado que sus lecturas eran insuficientes o superficiales. Leía el libro de moda, el que conviene conocer para luego tener algo de que hablar en las reuniones de burgueses ricos. A veces, yo hubiera querido hablarle de Félix Greitz, o de Marcel Schwob, o de cualquier otro de mis autores preferidos, pero siempre me había contenido a tiempo. ¿Para qué modificar las costumbres literarias de una mujer de treinta años? Eso se intenta una vez en la vida y generalmente se fracasa. Además, no tenía por qué sorprender o asombrar a nadie. La señorita Bafico creía que yo era un hombre como casi todos los que las mujeres padecen en Buenos Aires. Ignoraba mis gustos: suponía, seguramente, que una insuficiencia mental, o alguna rareza de mi temperamento, eran la causa de que no me conmovieran las hazañas deportivas del chofer de turno, o la rueda interminable del fútbol.
Expliqué al contador y a la señorita Bafico que no me parecía lógico permitir que personas extrañas se familiarizaran con el trabajo de nuestra oficina. Los intereses que se nos confiaban eran valiosos; el conocimiento de nuestras prácticas podía redundar en perjuicio general. Tanto el contador como mi secretaria opinaron que el señor Alcides –así se llamaba– era incapaz de perjudicar a nadie. Contesté que en el mundo hay seguramente numerosas personas incapaces de hacer mal a nadie; que esa cualidad, aunque negativa, debe ser un timbre de honor para ellas y sus parientes, ascendientes, descendientes y colaterales, pero observé que esa virtud es, por decirlo así, de uso interno. No autoriza a reclamar derechos o a ejercer ninguna actividad. Si todas las personas incapaces de hacer mal a nadie –agregué– tuvieran derecho de utilizar nuestras oficinas, la aglomeración consiguiente haría imposible el trabajo. Me contestaron jovialmente que nadie, salvo el señor Alcides, entraba a ellas, y que no había ningún peligro de que el trabajo se entorpeciera. Repuse que ellos parecían acordar un derecho al señor Alcides por el hecho de ser el único extraño que penetraba en las oficinas, y opiné que la falta de entorpecimiento del trabajo no contribuía indudablemente a afianzar esa prerrogativa. Como tenía mucho que hacer, y la discusión se ponía engorrosa, despaché al contador y encargué a la señorita Bafico unas cartas.
Pasaron diez días más durante los cuales el señor Alcides concurrió como de costumbre a la oficina y dejó su portafolio por una hora sobre el estante. Una tarde, con un tono amable, cordial, pero no obsecuente, me pidió permiso para guardar en uno de los cajones de mi escritorio unos papeles que retiraría al día siguiente. Vivamente interesado por el sesgo que tomaba su actitud, accedí al pedido, agregando que me veía obligado a concederlo por unas horas, porque después necesitaría el cajón para guardar unos documentos. Al día siguiente llegó y retiró los papeles. Era un jueves. El viernes visitó la oficina, dejó su portafolio, pero no utilizó el cajón. El sábado, sin consultarme, dejó unos papeles en el cajón, mientras hacía su habitual observación sobre el estado del tiempo. Esperé el lunes con gran interés. El señor Alcides llegó muy temprano y, con un visible apresuramiento, como si se encontrara en falta, retiró los papeles, mientras balbuceaba no sé qué disculpas. El martes volvió a utilizar el cajón para guardar unos papeles y un libro, y el miércoles, al llegar, los retiró, pero antes de salir los guardó nuevamente. Desde ese día utilizó el cajón diariamente, sin ocuparse ya de retirar los documentos que depositaba.
Volví, entonces, a comentar el caso con mi secretaria. Le dije que no sabía cómo encarar el asunto. El señor Alcides me producía una mezcla de irritación y de lástima, y estos dos sentimientos actuaban en mi ánimo en una forma contradictoria. Muchas veces había tomado la decisión de prohibirle la entrada y otras tantas mi voluntad se había quebrado ante su presencia. Parecía tan endeble y vacío que daba la sensación de existir apenas. Dije a mi secretaria que la solución estaba en expedir una orden general prohibiendo el acceso a la oficina de toda persona extraña. Ante mi sorpresa, la señorita Bafico se opuso terminantemente. Quise argumentar en favor de mi decisión y noté que las razones exhibidas anteriormente eran descartadas con indudable desprecio, como si el hecho de tener ya unas semanas de existencia anulara de pleno derecho su eficacia.
“Eso ya lo dijo usted el otro día”, argumentó mi secretaria. Le contesté que muchísimas cosas son dichas y repetidas en el mundo varias veces y a pesar de esa lamentable circunstancia conservan su validez o significan siempre el mismo concepto. Me contestó que no era lo mismo porque el señor Alcides era un hombre muy bueno. A esto repuse rápidamente que eso ya lo había dicho la señorita Bafico la semana pasada, de modo que de acuerdo con su lógica ya no servía. Con sequedad me contestó que no era cuestión de broma y pidió permiso para retirarse.
Al rato llamé al contador y le sometí el asunto. Me pareció que estaba de acuerdo con mi secretaria, pero que no quería defenderla frente al jefe. Optó por buscar un argumento conciliatorio. Me dijo que siempre se había permitido el acceso de personas extrañas a las oficinas.
–Esperaba que dijera eso –contesté–; es una de las falacias del mundo moderno. Siempre que se quiere justificar lo injustificable se dice que siempre ha sucedido. Cuando se habla de un ladrón y ya se han disparado en su defensa los últimos cartuchos lógicos, se dice que siempre ha habido ladrones. Es una necia defensa, útil a todos los que combaten la razón, porque no la tienen.
El contador apreció con ligero asombro el ímpetu que yo había puesto en mis palabras y se retiró.
Al rato llegó el señor Alcides y, después de depositar su portafolio en el sitio habitual, abrió el cajón de mi escritorio y sacó unos papeles. Los revisó con detenimiento y luego, observando el diario que había quedado sobre mi escritorio, me dijo que le daría un “vistazo”. Yo sabía que iba a pronunciar esa palabra; yo sabía que no iba a decir: voy a “leer” el diario. El “vistazo” es fugaz, no indica detenimiento ni atención excesiva. Tampoco expresa posesión. El vocablo formaba parte sutil de un juego gradual que el señor Alcides desarrollaba. Otra cosa que comprendí enseguida fue que, iniciada la lectura, el señor Alcides no se preocuparía de cumplir exactamente la implicación de la palabra “vistazo”. Bastaba con haber insinuado con ella la levedad de una acción, el escaso interés en molestar, para luego afirmarse con tranquila persistencia, como un animal o una planta.
Cuando terminó de leer el diario me pidió permiso para hablar por teléfono. Le contesté que por el momento era imposible porque esperaba una comunicación importante. Observé que su reacción era la esperada; su gesto, permanentemente afable, se transformó: palideció y una fugaz irritación apareció en sus ojos. Un segundo después su cara era normal, como si la hubieran lavado. El contraste entre la amabilidad empleada para solicitar algo y la irritación exhibida cuando recibía una negativa fue uno de los elementos más preciosos que tuve para estudiar su personalidad. Muchas veces, en el curso de los días siguientes, me mostré reacio a algunas de sus solicitudes con el único objeto de observar el juego variable de su fisonomía.
Dos o tres días después noté que el señor Alcides había ocupado con documentos y papeles un segundo cajón de mi escritorio. Advertí, también, algunas otras señales muy leves del juego. Una de ellas era colaborar, por decirlo así, con la institución, pero en forma deliberadamente ínfima o casi imperceptible. En realidad, la expresión no es exacta; no colaboraba: hacía una observación, o realizaba un acto mínimo, que no podía crear precedentes o establecer una obligación, pero que, al mismo tiempo, vinculaba sutilmente al señor Alcides con la entidad. Era un acto generalmente inútil, pero despojado de egoísmo; de algún modo, la institución quedaba obligada ante el señor Alcides. Unas veces era apagar una luz excesiva; otras, era una oportuna observación sobre el peligro de trabajar entre corrientes de aire.
Al llegar el invierno el señor Alcides ocupó un tercer cajón de mi escritorio y dos o tres personas empezaron a llamarlo por teléfono con regularidad. En julio me tomé diez días de vacaciones, y al volver sin previo aviso a la oficina lo encontré sentado en mi escritorio. Se levantó rápidamente y explicó que no esperaba mi regreso. Dijo que se retiraría para dejarme trabajar con tranquilidad y salió. Media hora después volvió silenciosamente, sacó unos papeles del escritorio y, de pie, empezó a revisarlos. Al día siguiente también estaba sentado frente a mi mesa cuando llegué. Se levantó enseguida, pero no salió de la pieza. Esta situación se repitió durante un mes. Una mañana, a principios de septiembre, lo encontré, al llegar, instalado en mi escritorio, atendiendo a un grupo de hombres. Estaban sentados alrededor de él, y escuchaban sus consejos sobre no sé qué asunto. Me dijo que enseguida dejaría libre mi despacho, pero siguió hablando con sus clientes con naturalidad. El hecho me produjo una impresión penosa. Salí de la oficina y di varias vueltas por la mesa de entradas y la contaduría, para ganar tiempo. Cuando regresé a mi oficina el señor Alcides y sus clientes habían desaparecido. Estuve un rato cavilando en diversas cosas; no tenía deseos de trabajar y me sentía cansado. Habría pasado una media hora cuando llegó un hombre alto, bien vestido, de aire enérgico. Me preguntó por el señor Alcides. Le repuse que se había retirado y me dejó en forma imperativa un mensaje para él. Contesté, con voz ligeramente quebrada, que el mensaje sería trasmitido.
He llegado al término de mis cavilaciones. Pensaba jubilarme el año que viene, con la máxima mensualidad, pero he cambiado de opinión. Me amparé en la razón y he sido derrotado por los hechos. Prefiero perder una suma cualquiera por mes y retirarme enseguida. Pediré hoy una licencia prolongada y, entretanto, tramitaré mi jubilación. Ya no volveré a esta oficina.
Aunque sea difícil explicarlo, aquí no hay ningún misterio. Sé muy bien quién es el señor Alcides y sé que no quiere perjudicarme. Lejos de aborrecerlo, debo quedarle agradecido de que en la consecución de sus propósitos se haya portado tan gentilmente conmigo; ha sido amable, ha ejercido la menor presión posible, ha esperado todo el tiempo necesario. Si esto fuera una ficción, podría imaginarle un final humorístico. Decir, por ejemplo: “Entré al despacho del señor Alcides por la puerta del archivo, dejé unas boletas en la mesa de su secretaria y, después de dar dos o tres vueltas, me acerqué a su escritorio. Le deseé los buenos días, hice una observación sobre el estado del tiempo y le pedí permiso para dejar mi portafolio sobre un estante…”.
Muerte en el Riachuelo
El cantor –pegado al micrófono– reiteraba un lloroso capítulo de la vida privada del suburbio. Alrededor de cien hombres –de los que se reconocen y confiesan en el tango– se agrupaban frente a las mesas, pendientes de ese melódico resumen de amarguras. Sólo de tanto en tanto, de algún Porteñito, Independencia o Muela cariada, en ejecución moderna, saltaba una chispa de la vieja narrativa del coraje, la jactancia y la zafaduría. Luego volvían la realidad y los temas cotidianos.
Eran las dos de la mañana y el humo y el tango se dividían el espacio y el tiempo; desparramados, florecían algunos diálogos. En una mesa, cuatro hombres ahorraban palabras. Después de un largo intervalo, uno de ellos rompió el silencio:
–¿Tenés un negro?
La llama ardió un instante en sus dedos y luego se achicó, absorbida por la punta del cigarrillo; era el cuarto que encendía en veinte minutos. Echó el cuerpo hacia atrás, levantó con el pulgar el chambergo hacia la nuca, y lanzó con aplomo una espesa bocanada, que subió perezosa, cada vez menos densa, pasando del gris azulado y compacto al más pálido tono de gris, ya disuelto, borroso: era su viril aporte al enrarecimiento del aire. Alto, moreno, con una palidez enfermiza en el rostro, vestía de oscuro y sus manos eran largas y blancas; ostentaba en la derecha un anillo grande, con una piedra oscura.
–¡Qué calor…! –exclamó, por decir algo.
–No es el calor… es la humedad –lo rectificaron, con positiva lógica popular.
Tres hombres rodeaban al Chueco Manfredi. De los tres, uno guardaba silencio; había faltado a una cita y no encontraba palabras para justificarse. Era una cita en la que hubieran dado fin a un antiguo plan, surgido en largas noches de discusiones y de cálculos.
–Vos me dijiste a las ocho y yo pensé que era a las ocho de la mañana –arriesgó por fin.
–¡Las ocho, las ocho! ¿Qué vamos hacer a las ocho de la mañana? Yo te dije a las ocho de la noche… –replicó Manfredi, con leve irritación, mientras encendía un nuevo cigarrillo; su palidez, apenas alterada por la contrariedad que le producían las postergaciones del negocio, hallaba su contraste en el brillo afiebrado de las pupilas y en el fino dibujo de las cejas.
La voz del cantor cortó los diálogos, y los amigos enmudecieron, siguiendo el hilo invisible de la melodía. Rodeaban al Chueco un tal Andrés, Enrique (a) El Pibe de Wilde y Luis Ramírez. De todos, el único hombre de acción, animoso y sustantivo, era el Chueco. Conocido en Devoto, en Las Heras y hasta en el Sur, acometía cualquier aventura con inalterable y fría resolución. Era bajo, delgado, con un rostro duro, gris y sombrío, que matizaban las huellas borrosas de la viruela. El Pibe de Wilde, en cambio, gozaba íntimamente con la idea de vivir al margen del delito, aunque apenas vivía al margen de las buenas costumbres. Delgado, bajo, supersticioso, vestía un corto saco color ladrillo. Andrés era alto, de ojos claros y pelo rojo: lo llamaban el Ruso. Luis Ramírez tenía el físico y la vestimenta de un empleado modesto y había llegado a la encrucijada de su vida. Y la encrucijada ofrecía, de un lado, la permanencia en ese empleo modesto y, del otro, la aventura y el riesgo.
–El asunto tenemos que decidirlo mañana –afirmó el Chueco Manfredi, cuando terminó el canto.
–Mañana podemos hablar –contestó Andrés–; yo no sé si podré estos días; mi hermana consiguió otro conchabo y la tengo que acompañar a la salida, porque es muy lejos.
–Y vos, ¿no podés mañana? –interrogó el Chueco a Luis.
–Y, no sé… los domingos voy a lo de mi cuñado. Van también el gordo Gariboto y los muchachos. Me parece que lo mejor es que hablemos el lunes. El chico del almacén quedó en avisarme la hora en que el viejo cruza el puente.
–¡Pero eso ya lo sabemos hace meses! –replicó el Chueco, ya molesto.
–Sí… claro… pero ahora, con el horario de verano.
–¡Phs…! ¡No hablés más aquí! –cortó el Chueco, receloso, después de lanzar una mirada circular. Acodado a una mesa próxima, un hombre, sobre las ruinas de un café negro, ocupaba sus fascinados minutos en contemplar a los músicos. Pagaron y salieron.
Luis Ramírez comprendió, caminando por la calle Corrientes, que la farsa había llegado a su punto final. Tres meses antes, después de un diálogo deshilvanado en el café, el Chueco Manfredi había lanzado una pregunta candente: “Si a tu tío, el de la barraca, le pasa algo, vos sos el único heredero, ¿no?”. Ramírez pescó la sugestión al vuelo y decidió aprovechar un creciente prestigio que lo señalaba como hombre audaz y decidido. “Mientras no haga testamento, sí… yo soy el heredero; hace tiempo que estoy masticando eso –había contestado–; pero siempre es mejor hacerlo teniendo compañeros decididos”.
Después, en apasionadas noches, fueron planeando el hecho. El tío de Luis, don José, poseía una barraca en Avellaneda, y su fortuna, según ellos la veían desde el fondo de sus estrecheces cotidianas, era considerable. Por lo menos doscientos mil pesos, de los cuales la mitad para Luis y la otra a dividirse entre los cómplices. Manfredi, en un principio, pretendió más, pero aceptó después un arreglo. Don José era un ebrio consuetudinario. Dejaba la barraca a las siete de la tarde, cruzaba el puente del Riachuelo, y luego visitaba cuatro o cinco almacenes. El asunto era fácil. Una noche de niebla lo seguían; esperaban a que en una de sus infinitas evoluciones estuviera cerca del agua; un distraído empujón, y Luis y sus cómplices quedaban dueños de una fortuna.
Luis había tomado el asunto como una de las tantas jactancias de café; las postergaciones, la falta de asistencia a tal o cual cita, le habían hecho sospechar que Andrés y el Pibe trataban, como él, de ganar tiempo, con la esperanza de que el proyecto quedara en nada. Pero el Chueco Manfredi no era hombre de perder un negocio y ahora lo veía sobre él, amenazador, listo a exigir el cumplimiento del convenio. La confusión dominaba su espíritu. Cruzó la calle, agitado, y se acercó a un mostrador: “¡Café y una caña grande!”.
En una semana, era el tercer día que no iba a trabajar; imaginaba el sermonear de su tío al día siguiente. “También, viejo roñoso –pensaba–, pagar trescientos pesos a un hombre de treinta años”. Instintivamente se miró en el espejo y se arregló la corbata. Se sentía un poco en poder de Manfredi. El sombrío ex presidiario nunca mostraba vacilaciones y seguramente guardaba sus cartas para más adelante. Era muy posible que aumentara sus exigencias una vez cometido el hecho, amenazando con la delación. Y es que, en realidad, era el único de todos ellos que había tomado el asunto en serio. “Es un canalla”, pensó Ramírez, con íntima sorpresa.
Era cerca de medianoche. Pegada a los muros, bajo el verde, el azul y el rojo exasperado de los letreros, temblaba una leve llovizna, como una telaraña de agua. Compró un diario y entró en un café. Media hora después, nervioso, salió a la vereda. Una niebla fina, que llegaba del este, había reemplazado a la lluvia.
En el intermedio indeciso del otoño al invierno, la humedad, que brillaba en el asfalto, parecía regir los impulsos y los deseos. Era una de esas noches enervantes de Buenos Aires en que todo puede ocurrir, por desesperación o por agotamiento. La niebla se desgarraba en partes y en lo alto se perdía en el cielo. Ramírez caminó unas cuadras y se detuvo. Vio su rostro, duplicado en una vidriera, inverosímil y ceniciento bajo un reflejo de neón. Por primera vez en mucho tiempo le pareció que la oscuridad y la noche eran conmovedoras. La resolución se concretó: esa misma noche hablaría a sus amigos del abandono del plan. No sabía qué decir, pero algo iba a inventar. Y experimentó un profundo alivio al notar que desde tiempo atrás ese viraje estaba resuelto en su espíritu. Caminó por Corrientes hacia el este. Los avisos eléctricos chorreaban una luz humedecida y desfalleciente. Otra vez la llovizna flotaba en el aire pesado.
Cuando llegó al café, los canillitas voceaban los primeros diarios de la mañana. Hendió los grupos compactos y silenciosos y se acercó a la mesa. Desde lejos vio que los tres amigos lo esperaban con inusitada expresión de gravedad.
–Estuvo bien… –dijo Manfredi, con una aprobación condescendiente, que resultaba casi un insulto.
–¿Qué es lo que estuvo bien? –interrogó Luis, con sorpresa. Los amigos se miraron entre sí y le tendieron un diario. Con asombrados ojos, Ramírez leyó: “Anoche a las nueve, en las proximidades del Puente Pueyrredón, un hombre como de sesenta años, que después resultó ser José Bongiorno, viudo, comerciante, cayó en las aguas del Riachuelo, resultando inútiles los esfuerzos realizados para salvarlo. Se efectúan averiguaciones para establecer las causas del suceso”.
En un silencio tirante Ramírez escuchó los latidos de su corazón.
“A pedido, el bonito tango de Amaro Lenzi…”.
Pero no escuchaba la voz del cantor. Contuvo su perplejidad un instante y después, escrutando las caras de los amigos, dijo:
–No he sido yo; no lo veía desde anteayer. Pero esto es mejor. Ya estaba harto de postergaciones y si no pasa esto yo mismo lo hubiera liquidado mañana o pasado… Claro que ahora el asunto es diferente…
Después, ya tranquilo, sacó un paquete y convidó cigarrillos.
Pero no debió tranquilizarse, porque Manfredi era incapaz de creer en el arrepentimiento. Y tampoco creyó en esa débil metáfora de la impaciencia, inventada para cubrir un prestigio.
Al día siguiente llovió. Cerca de las nueve de la noche, los parroquianos del almacén de Robino escucharon tres disparos, muy próximos. Corrieron y encontraron a Luis Ramírez, de espaldas bajo el cordón de la vereda, con un borbotón de sangre en la boca. Mientras lo examinaban, incrédulos, un brusco chaparrón sonó con fuerza sobre su traje azul marino y le lavó la cara.
El collar
–A fines del siglo XVII –dijo el escritor Félix Durand, con su modo retórico, lleno de simetrías y comparaciones–, en una casa de Cannon Row, en el barrio de Westminster, John Locke opinó que el entendimiento de los individuos era como un cuarto vacío, que recibía las impresiones de las ideas; dos siglos más tarde, Gaston Leroux, en su escritorio de la redacción de Le Matin, frente al rumoroso boulevard, pensó que un crimen en una habitación cerrada podía impresionar el entendimiento de los individuos y escribió El misterio del cuarto amarillo. Había algunas diferencias: para Locke, la única realidad estaba en el recipiente estático, en tanto que para Leroux allí sólo estaba la apariencia; para Locke algo había entrado, mientras que para Leroux algo había salido, lo que, por alguna razón misteriosa de nuestras preferencias sentimentales, es más estimulante y dinámico. Porque lo que había entrado podía ser un racimo de malas ideas, en tanto que lo que había salido no lo sabríamos hasta el final de la historia, circunstancia que contribuye a su mayor interés. Finalmente, Locke quería explicar el entendimiento, mientras Leroux quería hacerlo trabajar. Éste es el único paralelismo –puramente caprichoso por lo demás– que puede trazarse entre ambos, salvo que la habitación de Locke fue hace tiempo desalojada y clausurada –pues, como dice Whitehead, la realidad es un proceso y “el proceso es en sí mismo un acto y no requiere ningún cuarto estático antecedente”– y el cuarto de Leroux aún inquieta la imaginación de miles de personas…
Se detuvo para tomar aliento. Era el momento propicio. Y todos, por un instante, se interrumpieron entre sí, en su afán de interrumpirlo. Y a todos se adelantó ella, no tanto por su rapidez, sino porque Durand, después de mirar fugazmente las caras, la prefirió y la escuchó, como quien prefiere en el dial una onda a otra onda. Un rostro bronceado, los ojos claros y el cabello de un rubio ceniciento. La llamaban señora de Echagüe, y visitaba el club de golf por primera vez, integrando un equipo rival. La tormenta había inmovilizado a los jugadores en un hall de amplias ventanas, contra las cuales se obstinaba la lluvia; varios temas habían languidecido hasta que Durand impuso el suyo.
–Usted había prometido –dijo ella– contarnos el asunto de la desaparición del collar.
–Sí; pero relátenos los hechos –logró colaborar el doctor Argüello Soria. Exageraba su entusiasmo por los “hechos” porque quería demostrar su seriedad. La seriedad era la llave de su éxito, junto con los anteojos y el sombrero orión.
–Les hablé de Gaston Leroux –continuó Félix Durand, lanzando una mirada pétrea al doctor Argüello Soria–, porque el collar de Florencia Domselaar desapareció de un cuarto cerrado, vigilado por mi amigo el inspector Agostini y custodiado por numerosos pesquisantes. Es, más o menos, sustituyendo crimen por robo, la situación planteada por Leroux en El misterio del cuarto amarillo. Allí el delito se comete antes de la hora que el lector imagina. Considerando el factor tiempo, la otra solución a un misterio en un cuarto cerrado fue dada por Zangwill: el delito se comete después de la hora que el lector imagina.
El señor Arquímedes Olaguer, fabricante de tejidos, que jugaba al golf para adelgazar, y su esposa, que jugaba para impedir que su marido adelgazara con otras mujeres, acercaron sus sillas.
–Ese asunto siempre me interesó –dijo el fabricante de tejidos–. Se dijo que en la desaparición del collar hubo algo de sobrenatural.
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