Buch lesen: "El estruendo de las rosas"

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manuel peyrou

el estruendo de las rosas

Edición al cuidado de Héctor M. Monacci



Peyrou, ManuelEl estruendo de las rosas / Manuel Peyrou. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-657-11. Narrativa Argentina. 2. Novelas Policiales. I. Título.CDD A863

© de foto de tapa, Héctor Monacci Schuster

© de dibujo en solapa, Gentileza Sucesión Hermenegildo Sábat

© de diseño de tapa, Osvaldo Gallese

© 2020. Libros del Zorzal

Buenos Aires, Argentina

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Impreso en Argentina / Printed in Argentina

Hecho el depósito que marca la ley 11723

Índice

capítulo primero:

Recomendación para el infierno | 5

capítulo segundo:

Una vieja canción | 23

capítulo tercero:

La aldeana rubia | 49

capítulo cuarto:

“Para espiarte mejor…” | 67

capítulo quinto:

La resistencia no resiste | 84

capítulo sexto:

Una bala para el doctor | 104

capítulo séptimo:

El tiempo y la muerte | 134

capítulo octavo:

La sombra | 164

capítulo primero:

Recomendación para el infierno

I

Una nube frágil como un velo, un sol que a duras penas atravesaba la nube, un viento helado que se quejaba (de vicio) entre los árboles, y unos árboles de otoño, ni grises ni verdes, no eran elementos suficientes para hacer memorable aquella mañana. Después de mediodía, aquella mañana sería memorable. En realidad, ya lo era (paradójicamente) para un hombre pálido, alto, de pelo negro, vestido de azul, que tenía un ramo de rosas en la mano y estaba parado a la sombra de uno de los frondosos castaños de la plaza, con una seriedad oficial o profesional en su rostro.

Un hombre ve miles y miles de mañanas y sólo una queda en su memoria. Ve días tempestuosos o plácidos, tórridos o helados, con soles y lunas variables, o sin sol ni luna, y de todo ese fárrago de imágenes sólo guarda una confusa noción de frío o de calor, de luz o de sombra. Pero hay otros, obstinados, que se conservan puros en el recuerdo.

Alguien piensa en una mañana cualquiera, la del veintidós de diciembre de 1942, por ejemplo, en una ciudad austral, donde hay una plaza con la estatua de un héroe. Nítidamente ve nubes que no parecen nubes, sino ligeras brumas sedosas; ve un cielo increíblemente puro y azul; ve unos árboles densos, muy oscuros en la primera luz, como si aún guardaran restos de la noche; advierte que los árboles empiezan a iluminarse por la parte más alta de sus copas; advierte, después, que el viento sopla muy despacio y comprende una vez más que el día será caluroso. Por algo que solamente él sabe, el día se mantiene invariable a través de su vida, pero ya no puede resolver cuáles son las imágenes iniciales y cuáles pertenecen a los sucesivos recuerdos.

Eran las once de la mañana del primero de octubre y Félix Greitz, con su ramo de rosas en la mano, estaba en la actitud del hombre que graba en su espíritu los detalles de un día que será inolvidable. (Félix Greitz se equivocaba, por supuesto: en un futuro próximo lo esperaban algunos días que serían infinitamente más dignos de recuerdo que ese primero de octubre).

La nube blanca tenía ahora la forma de un pez y el aire era frío y claro, como de metal. La multitud aumentaba por momentos y Félix estimó necesario acercarse a la terraza. Había previsto todas las contingencias y al no encontrar dificultades sintió como una frustración de la energía inicial. Luego se recomendó a sí mismo tranquilidad y rehizo mentalmente su proyecto.

Estaba libre para actuar. El día anterior había dejado a su mujer en Drieschbad, cerca del aeródromo, con un pasaporte fraguado para Gotemburgo. De allí Clara saldría para Londres, donde esperaría sus noticias.

Faltaban cinco minutos. A las once y diez Cuno Gesenius saldría por la puerta de la terraza y pronunciaría su arenga final para todo el país, anunciada para las once y cuarto. Aunque el acto electoral había comenzado a las ocho, se calculaba que este discurso constituiría un estímulo para los rezagados, y que el tanto por ciento favorable a la anexión del país por la Unión del Norte alcanzaría una cifra nunca superada.

Hubo un murmullo y ese aleteo secreto de la multitud, cuando una conmoción instantánea puede tanto mantenerla unida como ponerla en fuga atropelladamente. Esta vez se mantuvo unida porque Cuno Gesenius había aparecido, y con rápidos pasos se encaminaba al micrófono. Una mujer gruesa, con la cara roja por la emoción o el fervor, que presidía una delegación de muchachas vestidas con uniformes celestes, se acercó. Gesenius escuchó, inexpresivo, con la cabeza lustrosa un poco torcida, las palabras de la mujer.

Detrás de ella, dos jóvenes de blanco sostenían grandes ramos de flores. A la derecha de Cuno Gesenius estaba el lugarteniente Werner Kulpe; a su izquierda, Helmuth Boström, el jefe de Propaganda, con su estatura imponente, su pelo blanco y su eterna sonrisa. Félix no reconoció a nadie más, o estaba demasiado nervioso para fijar su atención. La mujer de las rojas mejillas había terminado su discurso. Las dos niñas se adelantaron, depositaron los ramos en la mesa, y se retiraron caminando hacia atrás. El hombre cuya presencia marchitaba las flores sonrió con desgano ante las flores. Félix estiró el brazo con el ramo de rosas y pidió paso; la gente se apartó automáticamente, pensando en un nuevo homenaje. Las rosas brillaron al sol, y también sonaron. Por lo menos, alguien pudo imaginarlo así, en la confusión subsiguiente. Porque mientras Félix las dejaba caer de su mano izquierda, con la derecha empuñó un revólver. Dos estampidos atronaron el ambiente y Cuno Gesenius fue cayendo poco a poco, apoyado en Kulpe, hasta quedar de rodillas. Una mancha creciente repitió en su chaqueta blanca el color de las rosas.

ii

A la una de la tarde Félix Greitz fue conducido a la prisión de Rüdesheim. Allí, ante el investigador Hans Buhle, amplió su declaración, efectuada atropelladamente en el vértigo de los minutos posteriores al suceso. Admitió haber trabajado un año y medio en un plan destinado a asesinar a Gesenius y declaró que no tenía cómplices. Con afabilidad, Buhle escuchó su declaración y le requirió informes sobre su vida. Buhle era un hombre grueso, de escaso pelo rubio desordenado, de ojos claros y vacíos como un mar, y mejillas flojas y abultadas. Caminó hacia la ventana, la abrió y volvió a encarar a Greitz.

–Ya he confesado –dijo Félix, con cansancio–; no veo la necesidad de relatar hechos inútiles.

–Cuando yo mando a alguien a la horca –contestó Buhle, con una sonrisa– lo hago preceder por un buen informe. Es como una recomendación para el Infierno. Cuando usted se instale en el círculo que le corresponde…

–Preferiría el Limbo, con las comodidades indispensables…

–Eso es lo que pretenden sus amigos del movimiento secreto. La rutina legal me obliga a colocarlo más abajo, y en lugar más estrecho. Pero esto es lo de menos. Quiero saber qué hizo en estas últimas veinticuatro horas.

Félix Greitz se levantó, caminó hacia la ventana y se quedó contemplando el paisaje con cierta indefinida tristeza.

–Los tilos de la plaza Gesenius tienen más de cien años –dijo Buhle–. A mí también me gusta mirarlos, sobre todo en días tempestuosos… ¿En qué piensa?

–Rememoro mi último día de libertad –dijo Félix, suavemente–. Ayer pasé por esta plaza, con mi mujer. Ni me acordaba que ahora se llama Gesenius. Siempre la recuerdo con el nombre de Raspail.

–Tenemos los cuarteles Gesenius, los barrios de casas municipales Gesenius, la avenida Gesenius y la plaza Gesenius. Sus dos tiros de esta mañana van a producir un recrudecimiento de bautismos Gesenius.

–Usted se burla de quienes le pagan –dijo Félix, con torpeza, y se arrepintió en seguida de sus palabras.

–No me exija fervor –contestó Buhle, sin molestarse–. Me defiendo con humor de esta desagradable tarea de enviar al patíbulo un patriota cada tres meses.

Una secretaria de uniforme azul apareció y habló con Buhle en voz baja. El hombre contestó dos o tres palabras con gesto de aburrimiento y se quedó luego silencioso, jugando con un lápiz. Félix Greitz experimentaba una curiosa sensación, como la que puede sentir un imprudente que llega de visita adonde no lo esperan. Buhle lo había tratado con excesiva amabilidad y una ligera ironía. Ahora lo estaba mirando por entre el humo del cigarrillo, con sus ojos claros semicerrados. Como si bruscamente se acordara de algo sacó el reloj, miró la hora, y dijo con una sonrisa:

–Tengo que atender a alguien en la oficina de al lado; ¿me permite? Hoy se me ha presentado una colección de problemas.

Sin esperar la obvia respuesta de Félix, desapareció por una puerta. Félix Greitz se quedó suspenso, mientras crecía en su mente la sensación de irrealidad. En lugar de malos tratos y de furiosas imprecaciones, Félix encontraba una atención amable y displicente. Quizá fuera una trampa para estudiar sus reacciones. La mujer de uniforme volvió a entrar, lo miró con distraída atención y levantó unas carpetas; luego pasó delante de Félix, en camino a la puerta, y éste creyó percibir en su rostro una sonrisa fugaz. Pasaron diez minutos antes de que volviese a entrar Buhle. Al ver a Félix pareció sorprenderse, como si no esperara encontrarlo.

–Tengo entre manos un asunto muy desagradable –dijo, como si el asesinato de Cuno Gesenius hubiera pasado a segundo plano–. Tengo que dejarlo resuelto esta misma noche. Figúrese que el eminente profesor Nicolás Romanoff, del Hospital Rostand, y su ayudante el doctor Saint Martin, han cometido un error lamentable. Sí; muy lamentable. Resulta que una enferma no estaba en condiciones de ser operada y el doctor Saint Martin lo sabía; pero, por no molestar a Romanoff, guardó silencio. Éste, además, descuidó a la enferma y la mujer murió. El asunto se ha divulgado y tengo que evitar que los diarios logren los datos y hagan escándalo. Bueno, ¿en qué estábamos?

–Estábamos conversando –contestó Félix.

–¡Ah, sí!, vamos al grano. Dígame qué hizo durante el día de ayer.

–Ayer por la mañana estuve en mi departamento. Puede comprobarlo con el portero. A la tarde llevé a mi mujer a Drieschbad, en el automóvil, y regresé a las nueve de la noche. A las diez sentí apetito y fui a comer al restaurante de Victorio Blasutich, como de costumbre. A las doce me acosté.

–¿Quiénes estuvieron con usted en el restaurante?

–Tibor Barnay y Peter Gram.

–¿Nadie más?

–También estaban el propietario, su mujer, el mozo Ignacio y el personal de servicio. ¿Es verosímil lo que le digo?

–Completamente –contestó Buhle, con una sonrisa en que se adivinaba una creciente burla–. No dudo de que usted declara la verdad.

–¿Por qué se ríe? –inquirió Félix, con molestia.

–Porque las personas rectas, nobles y torpes son las preferidas de mi simpatía. Usted es simpático y equivocado. Y morirá por error. Es gracioso.

–¿Qué quiere usted decir? –preguntó Félix, con nervioso interés.

–Quiero decir que usted ha cometido un acto inútil, y pagará por él. Usted no mató a nuestro querido líder y führer Cuno Gesenius. Él fue asesinado anoche en sus habitaciones, de un balazo en el corazón. Usted hoy a las once y cuarto de la mañana mató al sosías de Gesenius, colocado allí para evitar la alarma en el país, mientras resolvíamos un plan de acción.

Félix Greitz palideció, caminó hacia una silla y se dejó caer.

–¿Tiene un poco de whisky? –preguntó, con suavidad.

–Sí; beberé con usted.

iii

(informe de hans buhle, destinado a helmuth boström)

De la recopilación de antecedentes de Félix Greitz se desprende que es ante todo un intelectual. Su vida activa en la resistencia empieza en 1940, después de conocer a Hans Grävius y Peter Gram. Pronto se independiza moralmente de éstos, sin embargo. En el registro efectuado en su casa se encontraron cartas de Grävius y de Gram en las que se le reprocha su excesivo individualismo. Es sabido que Grävius y Gram viven fascinados por la técnica del golpe de Estado y son tan sistemáticos que basta conocer su clave para adelantarse a ellos en todas sus decisiones.

Félix era más difícil de vigilar porque daba más cabida en su espíritu a lo sutil e imponderable que a la técnica y al sistema. Sin embargo, lo tenemos perfectamente encasillado.

La última táctica adoptada por los conspiradores ha sido la de proceder todos en el mismo sentido, pero ocultándose mutuamente las propias acciones. Esto se ha decidido con objeto de evitar que la declaración forzada de un cautivo cualquiera pueda comprometer a los restantes. Todos saben que cualquiera de ellos puede ser el autor del atentado del día anterior, pero no pueden saber quién fue. Esto indica un triunfo de la tendencia de Greitz sobre la de Grävius. Es el desorden como orden. Indudablemente Greitz sabe quiénes, entre veinte o treinta amigos, pudieron matar a Gesenius, pero no puede asegurar quién fue. Su tortura en este caso es inútil. En todo caso habría que ayudarlo a investigar el asunto y luego obligarlo a declarar.

El registro del departamento de Félix Greitz en la Dresslerstrasse no ha sido muy alentador. Se ha encontrado gran cantidad de libros y cartas sin interés, salvo las ya citadas de Gram y Grävius. He ordenado que los primeros sean clasificados según su género. Hay libros de filosofía, de pensadores alemanes, y muchas novelas firmadas por meros franceses, ingleses o norteamericanos. También hay tomos de poesía. Es indudable que éstos eran leídos preferiblemente por Clara Greitz (mujer de Félix, con quien éste se casó en 1936). Los últimos tienen manchas de rouge. Revelan una mujer coqueta, que mantiene su boca pintada durante la lectura previa al sueño. Hay una antología de poesía francesa, muy manchada en la página que se refiere a un escritor llamado Paul Éluard. Los libros leídos por Félix tienen olor a tabaco inglés, de unos cigarrillos que actualmente es imposible conseguir en el mercado. Quizá Félix los consiguiera por medio de amigos que viajan a Londres. Los libros que supongo preferidos por Greitz son casi todos de tema policial y algunos tomos de esas aburridas novelas americanas realistas. Ninguno está marcado ni anotado, salvo uno de Carlyle, titulado Sartor Resartus, que tiene una raya de lápiz a todo lo largo de un pasaje que se refiere a un fantasma y a un doctor Samuel Johnson. Del examen detenido de los libros no se desprende ningún indicio acerca de las convicciones literarias, religiosas o políticas de Félix Greitz. Encontré un solo papel escrito por Félix. Dice: “Ver argumentos de Bayle contra L.”. Esta letra quiere decir Leibnitz. No me explico por qué humilla a nuestro filósofo reduciéndolo a una mera consonante. Me olvidaba citar una edición del Corán, en francés, que tiene subrayadas varias citas en árabe.

Cuando me encontraba entregado a la redacción de este informe, llegó Bilfinger. Su estupidez habitual parece haber sufrido un agradable paréntesis. Sin que yo se lo ordenara, decidió revisar las cuentas bancarias y cajas de seguridad de algunos amigos de Félix Greitz. El resultado es auspicioso. Me complazco, por medio de este mismo informe, en señalar a la superioridad el acierto de Bilfinger y retirar el pedido de suspensión por quince días que presenté el sábado veinticuatro. Como se recordará, Bilfinger cometió el error de arrestar y apalear a Cuno Franz confundiéndolo con Franz Kunz.

Bilfinger encontró en la caja de seguridad que Jeremías Lilienfeld tiene en el Tora Bank documentos y libros de Félix Greitz. Son libros sin importancia, pero eso mismo otorga importancia al hecho; quien guarda libros exclusivamente literarios en una caja fuerte es estúpido, o tiene algo que ocultar. Los tengo ante mi vista. Es un tomo titulado Ortodoxia, de G. K. Chesterton, y un ejemplar en mimeógrafo de un libro de ensayos del propio Félix Greitz.

Se titula Hamlet y el género policial. A riesgo de parecer inútilmente minucioso he revisado estos libros. El primero carece de tapas y tiene en la primera página una anotación que dice así: “En Hanwell encontrarás la clave”. Ahora bien: el único capítulo del libro donde se habla de ese manicomio de Londres es el titulado “El maníaco”. En él se hace una defensa general de la imaginación y de la fantasía. Dice que la fantasía nunca arrastra a la locura; que lo que arrastra a la locura es la razón. Por lo demás, no hay en ese capítulo ninguna frase que de acuerdo a una interpretación lógica pueda suministrar algún indicio.

El libro de Greitz es más interesante desde un punto de vista policial. Hay dos capítulos referentes a Hamlet, la intensa tragedia germana utilizada por Shakespeare. El primero, bajo la forma de un estudio comparativo con una novela inglesa contemporánea, es en realidad un análisis de la supuesta estructura policial de Hamlet. Se deduce de él que Hamlet es el relato dramático de una tentativa de crimen perfecto, y, entre otras cosas, se afirma que si en 1940 un crimen perfecto es el que queda en el misterio, en 1600 era el que puede justificarse moralmente. El estilo de Félix Greitz es pretencioso. El capítulo referido corre agregado al informe.

iv

(hamlet y el género policial, por félix greitz)

El género policial crece en extensión y en complejidad, invade zonas de otros géneros y coordina su funcionamiento dentro de un estricto sistema. Los novelistas psicológicos se muestran excesivamente satisfechos con el prestigio que el aburrimiento suele otorgar a sus producciones; los novelistas policiales, más audaces, no vacilan en recurrir a cualquier medio, aun al aburrimiento, para lograr el prestigio que todavía hoy se les regatea. Richard Hull, Nicholas Blake, Anthony Berkeley, Milward Kennedy, Graham Greene, son maestros en el género policial psicológico, que reconoce como precursor a Antón Chéjov. El autor de El tío Vania realizó en 1884 una novela (Un drama en la cacería) en la que se combinan admirablemente la descripción de caracteres y del ambiente social de la época, con un limpio problema policial. Pero Chéjov se propuso innovar en un género ya conocido; queda solamente como precursor de una de sus varias escuelas.

Pero antes de Chéjov, de Collins y de Poe, el género policial estaba en embrión en las páginas de otros géneros, como el caníbal es anterior al misionero que lo descubre y rompe la monotonía de su almuerzo. En Ursula Mirouet (1841), de Balzac, hay un juez de paz que practica una investigación y utiliza métodos policiales para aclarar un misterio. Encontramos, inclusive, un abate que combina accidentalmente el rastreo de las problemáticas huellas divinas con el de las más visibles de un delincuente y que es, aunque debilísimo y remoto, un antecesor del curita rubicundo de Chesterton.

En los Twice-Told Tales, de Hawthorne, se encuentra, asimismo, un relato (la historia de Dominicus Pike) que está pidiendo a gritos el bautismo policial.

En nuestra época el embrión ha crecido en forma gigantesca e invade y asimila las zonas que antes lo contenían. En The Beast Must Die, de Nicholas Blake (La bestia debe morir), hay una utilización de elementos del teatro clásico que concede a la obra una dimensión más, suministra un misterio dentro de otro, o mejor dicho, da un misterio policial y otro literario.

Félix Lane, protagonista de La bestia debe morir, debe matar a un hombre cuya identidad desconoce: el hombre que atropelló con su auto y mató a su hijo. Para encontrarlo recurre a los procedimientos deductivos propios del género; en un momento dado cree, con fundamento lógico, estar en presencia de su hombre.

A partir de ese instante la situación de Félix Lane es, en muchos aspectos, análoga a la de Hamlet. Cree estar en presencia de su víctima, pero sus escrúpulos le exigen que esté absolutamente seguro de su identidad. Ahora bien: Hamlet no efectúa inicialmente ninguna investigación personal. Es informado por el Espectro, solución nada ortodoxa desde el punto de vista policial, pero buena para 1600. Sin embargo, el Príncipe muestra su propensión al libre examen al no creer ciegamente en los chismes del Espectro. Decide investigar por su cuenta, y la analogía apuntada se perfecciona: ambos personajes son los detectives de sus víctimas respectivas. Veamos ahora los procedimientos de Lane y de Hamlet. Félix Lane redacta su diario íntimo, donde registra todos los pormenores de su busca y de sus propósitos, y donde nombra a George Rattery, presunto matador de su hijo y próximo objeto de su venganza. Luego, para obtener la seguridad que requiere su conciencia, se ingenia para que Rattery encuentre el diario y de algún modo se delate.

Como se habrá advertido, este procedimiento no es otro que el de la representación de los actores en el tercer acto de Hamlet, anunciada al final del segundo. Dice allí Hamlet que muchas veces, frente a una comedia puesta en escena con habilidad, el delincuente, herido en su conciencia, ha confesado su crimen. Con este fin hace representar una comedia en la que, como trampa, intercala varios versos; observa la reacción del Rey y procede en consecuencia.

El problema de conciencia sobre la culpabilidad irrefutable de Rattery no es expuesto por Lane en su diario. Hacerlo invalidaría la trampa que constituye el mismo diario, del mismo modo que el Rey no revelaría su culpa si conociera el objeto de la representación. El problema de Lane es expuesto al final por el investigador Strangeways, como uno de los hilos que conducen al esclarecimiento.

En determinado momento, Nicholas Blake compara la indecisión de Félix Lane con la de Hamlet. Dice así el diario de Lane: “¿No explica esto, además, la larga ‘indecisión’ de Hamlet? No sé si algún erudito habrá sugerido que ella se debe al deseo de prolongar la anticipación de la venganza, de apurar gota a gota el dulce, peligroso y jamás empalagoso néctar del odio. Sería una ironía de mi parte escribir un ensayo sobre Hamlet, donde propusiera esta teoría, luego de terminar con George. ¡Por Dios que no me faltan ganas de hacerlo! Hamlet no era un mentiroso vacilante, tímido o indeciso. Era un hombre de un talento especial para el odio, capaz de convertirlo en un arte. Mientras lo creíamos vacilando, absorbía hasta la última gota del cuerpo de su enemigo; la muerte final del Rey no fue más que el acto de arrojar a un lado una piel vacía, la piel de un fruto consumido y seco”.

Ya sabemos que esta teoría es falsa para explicar la “indecisión” de Lane; es unilateral, en cambio, como análisis o explicación de la conducta de Hamlet. Es que Nicholas Blake no pretende seriamente intervenir en la infinita disputa sobre el carácter del personaje de Shakespeare, ni agregar una teoría más a las de Wedler, Schlegel, Coleridge, Santayana y otros. Su objeto, como Félix Lane, es perfeccionar el engaño de Rattery antes de desenmascararlo y matarlo; su objeto suplementario, como Nicholas Blake, es el de suministrar a los lectores una pista sobre el origen de su inspiración. Es decir, un juego brillante y astuto en dos planos a la vez. Para lo último, sin embargo, creo que era suficiente con el paralelismo que surge de los siguientes hechos: propósitos de vengar la muerte de un pariente, postergación infinita del cumplimiento de la venganza, utilización de análogo recurso para obtener la prueba de culpabilidad, utilización de veneno y, finalmente, muerte del vengador. No está de más agregar que ambos personajes se proponen el crimen perfecto. La diferencia está en que para Hamlet y su tiempo la perfección consiste en matar justamente, y entre nosotros, en no dejar rastros. A medida que disminuyen los motivos justos para matar a alguien, aumentan la complejidad y la genialidad de concepción que requiere un crimen perfecto. Hoy en día un buen asesinato ya no está al alcance del hombre común.

El género policial, pues, se enriquece por medio de estos avances y conquistas dentro de la novela psicológica o del teatro clásico. En compensación sería plausible que los novelistas psicológicos o realistas se dedicaran a la novela policial. Muchos de ellos probarían, sin duda, su dominio de las difíciles leyes que rigen la intriga, el engaño, el suspenso y el desenlace lógico. Esperaríamos con un interés indudablemente insólito un relato policial de André Maurois, o un crimen perfecto de Ernest Hemingway.

v

El segundo capítulo del libro de Greitz consta de un ensayo sobre el carácter de Hamlet. Analiza las teorías emitidas sobre el particular y formula la suya. Dice que hasta ahora no se ha estudiado suficientemente la influencia de la Reina en la indecisión de Hamlet. Luego del asesinato de su padre, la conciencia lo incita a la venganza y el subconsciente lo contiene, por el temor de que el crimen pueda afectar a la madre. El hecho de que la Reina muera por accidente –que no es una concesión cinematográfica a los gustos del público, dice Greitz– prueba que Shakespeare, identificado con su personaje, no quería que la venganza alcanzara a la madre.

Los restantes capítulos carecen más aún de interés policíaco y no aportan nuevas pruebas sobre las inquietudes intelectuales o políticas de Félix Greitz.

El primero, que ha sido transcripto, me sugiere lo siguiente: Félix Lane, el protagonista de la obra citada por Greitz, redacta un diario íntimo que deja leer por su presunta víctima, para lograr de ella reacciones que prueben su culpabilidad y la justicia de su muerte a manos de Lane; Hamlet organiza una representación teatral para convencerse de la culpabilidad del Rey; Félix Greitz deja dos libros en una caja de seguridad para que alguien los lea, o para que nadie los lea.

Veo en todo esto una analogía, pero no sé si es importante o trivial. ¿Quién es el lector presunto de los libros? ¿Por qué los entrega Greitz a Lilienfeld una hora antes de cometer su asesinato del sosías de Gesenius? En esta carrera por el crimen perfecto, ¿por qué llega tarde Félix Greitz, y quién se le adelanta y triunfa? Son interrogantes que por el momento no puedo contestar.

vi

Los interrogantes de Hans Buhle recibieron una respuesta simple, que no estuvo de acuerdo con su enfático planteo. Apenas fue interrogado, Félix Greitz declaró que había dejado su libro de ensayos a Lilienfeld para que lo entregara a Clara Greitz, si ella lo reclamaba. Su intención era que fueran publicados en el extranjero. El de Chesterton también fue entregado a Lilienfeld porque era el que Greitz estaba leyendo en momentos en que esperaba a su amigo, y no tenía tiempo de volver a su casa para guardarlo. La frase sobre Hanwell se refería simplemente a una interpretación de las paradojas del autor.

El asesinato de Cuno Gesenius no influyó mayormente en el plebiscito para la aprobación de la nueva política de colaboración con la Unión del Norte. El asesinato de Gesenius, el líder, fue mantenido en secreto y el de Schumacher, el sosías, fue rodeado de cierta aparatosidad. El público fue informado de que su líder había muerto el primero de octubre mientras se disponía a hablar al país, y que había luchado valientemente con su agresor. Helmuth Boström se hizo cargo del gobierno y nombró lugartenientes a Kulpe y a Dressler.

Boström conservó en sus manos la dirección de la Propaganda y la Policía y ordenó una reorganización de esta última.

El martes siete de octubre, cuatro días después de asumir el mando, se presentó en Rüdesheim, acompañado de Kulpe, Buhle y sus asesores. Estaba dispuesto a terminar con los movimientos clandestinos, que, según dijo, retardaban el progreso del país y conspiraban contra la buena convivencia con los vecinos del Norte. Instaló su despacho en una sala relativamente pequeña, al lado del escritorio de Hans Buhle. Ambos daban a la Gesenius Platz. El despacho de Boström, tapizado de rojo con muebles oscuros, era severo y sencillo.

Aquella mañana el sol de octubre, pálido, caía sobre los tilos y marcaba un vacilante rectángulo en la alfombra negra y roja. Para iniciar su trabajo el gigantesco y rubicundo Boström tenía el informe de Buhle y el de los empleados que habían interrogado a Félix Greitz, por su orden, después que Buhle lo dejó en la prisión. Este segundo interrogatorio había sido, según las apariencias, mucho más enérgico que el primero. Cuando Greitz llegó a presencia de Boström apenas podía tenerse en pie. Estaba pálido y sus manos temblaban. Con los ojos fijos en la ventana parecía no interesarse por nada de lo que sucedía a su alrededor. Boström lo invitó a sentarse, pero él no lo oyó; un empleado acercó una silla y lo ayudó a ocuparla.

Como si se tratara del acto inicial de una comedia, Boström repentinamente exhibió una amplia sonrisa, elogió con breves frases el buen estado del tiempo y sacó una botella de aquavit y dos vasos. Buhle se adelantó a servir, pero Boström lo interrumpió.

–Positivamente –dijo, mientras acercaba un vaso a Félix–, usted no sabe quién pudo matar a Gesenius. Lamento que se haya llegado a este extremo –continuó, al ver que Félix no podía sostener el vaso–; mis órdenes siempre se cumplen exageradamente o no se cumplen. Esta vez se han propasado. Haré una investigación.

Félix, ayudado por Buhle, tomó dos tragos y pareció reaccionar.

–Prefiero un médico –dijo, con voz opaca.

–Burmeister lo verá luego, y si es preciso irá a un sanatorio. Necesito que se reponga. Acepte mis excusas.

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
24 März 2025
Umfang:
201 S. 3 Illustrationen
ISBN:
9789875996571
Rechteinhaber:
Bookwire
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