Buch lesen: "Afterland"

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LAUREN BEUKES

AFTERLAND

Traducción de Pilar Ramírez Tello


Título original inglés: Afterland.

Autora: Lauren Beukes.

© Lauren Beukes, 2020.

Publicado originalmente por Umuzi,

un sello de Penguin Random House South Africa (Pty) Ltd, en 2020.

Publicado por primera vez en Gran Bretaña

por Michael Joseph, en 2020.

© de la traducción: Pilar Ramírez Tello, 2021.

© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2021.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Diseño de interior y cubierta:

Lookatcia.com.

Primera edición: marzo de 2021.

REF.: ODBO848

ISBN: 978-84-9187-790-5

COMPOSICIÓN DIGITAL • GRAFIME, S.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito

del editor cualquier forma de reproducción, distribución,

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CONTENIDO

1  PRIMERA PARTE Derechos de denominación Punto de fuga Black Hole Sun El primer fin del mundo Cosas malas Periferia El día que murió Devon El rescate del erizo Planta rodadora La última vez que se alejaron de todo No se ha podido enviar el mensaje Ratas de laboratorio Gatas enfadadas Los perros de la filosofía Errores comunes Salidas Correspondencias imposibles Venta por teléfono Reinas de Narnia Búscate un resquicio y desaparece por él Historial de búsqueda Mapaches #VidaEnElBúnker Shotgun Sally Una proposición indecente Cabeza de chorlito Lady Luck Conversas de pega

2  INTERLUDIO HarryElSucio.tv Los últimos niños perdidos Archivos de Confianza

3  SEGUNDA PARTE En tierra extraña Sombras en la pared de la caverna El infierno es rosa Prueba de vida Echarlo todo fuera Luz piloto Glamorama Alijo Estocolmo Inmuebles Mala espina La Madonna del puesto de control Batallas perdidas Un lobo con piel de lobo Derecho de visita Mortificada Volver las tornas Miles en Miami Bebelandia Las responsabilidades morales de las especies en vías de extinción Falsas Patrias Pecados compuestos Honor entre marginadas Las matemáticas de los viajes La persona que debes ser Partida de caza Náufrago Cruel por tu propio bien Señales Pródiga Epílogo: Salir a la superficie

4  Agradecimientos

PRIMERA PARTE

Derechos de denominación

21 de junio de 2023

—Mírame —dice Cole—. Oye.

Comprueba las pupilas de Miles, que siguen enormes; su cuerpo empieza a librarse de la conmoción, el miedo y las drogas. Cole se esfuerza por recordar su formación en primeros auxilios. Utiliza la lista de verificación como salvavidas. Miles puede enfocar la mirada y hablar sin arrastrar las sílabas. En el coche, cuando huían, estaba atontado, pero no tardará en ser capaz de plantearle preguntas difíciles que no está preparada para responder. Sobre las manchas de sangre que tiene en la camisa, por ejemplo.

—Oye —repite, procurando hablar con toda la tranquilidad posible, aunque ella también tiembla por culpa del bajón de adrenalina. Por ver a Billie cargar con el cuerpo de Miles como si fuera un saco de boxeo roto, por pensar que estaba muerto. Pero no lo está. Está vivo. Su hijo está vivo, y ella no puede derrumbarse—. No pasa nada —dice—. Te quiero.

—Yo también te quiero —masculla él.

Es la respuesta automática a la frase, como una invocación en la iglesia. Salvo que la catedral es el baño público de una gasolinera abandonada, donde las hileras de urinarios vacíos boquean como dientes rotos a la luz previa al amanecer; hace tiempo que los vándalos arrancaron los asientos de los inodoros.

Miles sigue temblando; se rodea la caja torácica con los flacos brazos, tiene los hombros hundidos, le castañetean los dientes e insiste en dirigir la mirada hacia la puerta, que, a juzgar por los arañazos y las abolladuras en el contrachapado, alguien ha abierto de una patada antes de que llegaran ellos. Cole también espera que alguien eche esa puerta abajo de un momento a otro. Es inevitable que los encuentren y se los lleven otra vez. La detendrán. Le quitarán a Miles. En Estados Unidos les roban los niños a sus padres. Ya era así antes de todo… esto.

Su reflejo es gris en los fragmentos de espejo. Tiene un aspecto horrible. Parece vieja. Peor, parece asustada. No quiere que él lo vea. Puede que eso sea lo que ocultan los superhéroes detrás de sus máscaras: no su identidad secreta, sino que están muertos de miedo.

Los azulejos azules vidriados de la pared del lavabo están rotos en teselas y la tubería está medio arrancada de su anclaje. Sin embargo, cuando abre el grifo, el agua espurrea después de unos cuantos chirridos y gruñidos.

No es pura suerte. Había visto el depósito de agua en el tejado de la gasolinera saqueada antes de conducir hasta la parte de atrás y meterse bajo el toldo hecho jirones. Devon siempre había sido el organizador de la familia, el planificador, pero Cole ha aprendido a vivir treinta segundos por delante de donde se encontraran y a calcular todas las trayectorias posibles. Es agotador. «Vive el momento» era una filosofía para quien podía permitirse ese lujo. Y vete a la mierda por haberte muerto con el resto, Devon, piensa Cole, y haberme dejado sola en esta situación.

Después de dos años, ¿todavía sigues enfadada, cielo?

Sigue oyendo las bromitas de su marido muerto. Es como una especie de posesión de andar por casa. No es poco frecuente estos días.

Tú reza por que tu hermana no se una al coro de fantasmas.

Se echa agua en la cara para quitarse de la cabeza a Billie y el nauseabundo sonido de metal contra hueso. El agua fría es una terapia de choque, pero en el buen sentido. Esclarecedora. Ya tendrá tiempo para sentir toda la culpa del mundo cuando salgan de ahí. Cuando estén a salvo. Se quita la camiseta ensangrentada y la mete en una de las papeleras para compresas. El pobre cubo habrá visto derrames peores.

El espejo no es más que un fragmento de su estado original, y, en su reflejo, la luz que rebota en los azulejos tiñe de beis el rostro de su hijo. Café sin mucha leche. ¿Qué le dio Billie? ¿Benzodiacepina? ¿Somníferos? Ojalá lo supiera. Espera que sea uno de esos medicamentos que provocan amnesia, como borrar un Telesketch.

Le frota la espalda para calentarlo, para calmarlo, porque ambos necesitan contacto humano. Lo conoce muy bien. La marca de la vacuna triple vírica; la cicatriz blanca que le recorre el codo, de cuando se rompió el brazo al caerse de la litera de arriba; el hoyuelo de estrella de cine en la barbilla, herencia de su abuelo (descansa en paz, viejo, piensa en piloto automático, ya que no pudo despedirse). Y, en algún lugar del interior de Miles, los genes errantes a los que el virus no había podido aferrarse.

Uno entre un millón. No, no es eso. Uno del millón que quedaba en Estados Unidos. En el resto del mundo hay más, aunque no muchos. Un índice de supervivencia de menos del uno por ciento. Por eso lo que estaba haciendo era tan peligroso y tan estúpido. Aunque no tenía elección.

«Santa madre de Dios, Batman, ahí van esos niños. Tenemos que atraparlos a todos». Y quedárselos para siempre jamás. Seguridad para el futuro, la Ley de Protección Masculina, por su propio bien, no dejan de decirle. Siempre por su propio bien. Mierda, está bien jodida.

—Vale —dice, intentando parecer alegre, aunque nota que la decisión le pesa como un ladrillo en el estómago—, vamos a ponerte ropa limpia.

Cole mete la mano en la bolsa de deporte negra que llevaba en el maletero de su coche, junto con agua, una lata de gasolina (los clásicos artículos imprescindibles para fugitivos), y saca una sudadera limpia para ella y, para él, una camiseta de manga larga de color rosa palo con el dibujo de una palmera desteñida tachonada de pedrería falsa, unos vaqueros pitillo con demasiadas cremalleras y un puñado de pasadores relucientes. ¿De qué están hechas las niñas? De unicornios, gatitos y todo lo que tiene brillitos.

—No puedo ponerme eso —dice Miles, que acaba de espabilarse para protestar—. ¡Ni de coña, mamá!

—Colega, va en serio. —Siempre había sido la poli mala de la familia, la que establecía reglas y límites, como si ser madre no fuera el peor juego de improvisación del mundo—. Finge que es truco o trato —añade mientras le engancha los pasadores en los rizos afro. Recuerda el taller al que acudió diligentemente cuando Miles era un bebé: «Madres blancas: Pelo negro».

—Soy demasiado mayor para eso.

¿Lo es? Solo tiene once, no, doce años, se corrige. Casi trece. El mes que viene. ¿De verdad ha pasado tanto tiempo desde el fin del mundo? El tiempo se dilata y diluye.

—Pues finge que actúas. O que somos estafadores.

—Estafadores… Eso mola —cede.

Cole da un paso atrás y contempla su obra. El eslogan resaltado en purpurina rosa encima de la palmera desteñida dice: SIEMPRE REFRESCA y CALIFORNIA. Aunque la sílaba RE se ha borrado, así que se queda en FRESCA, o quizá fuera algo intencionado, a pesar de que la camiseta estaba en la sección de doce a catorce años. Los vaqueros slim fit le hacen las piernas más larguiruchas de lo que ya son de por sí. Ha pegado un estirón y está en esa fase desgarbada en la que son todo extremidades. ¿Cuándo ha pasado?

Mira el reloj de Devon; es demasiado grande para su muñeca y cuesta leer los números entre las constelaciones grabadas en la esfera. Un regalo astronómico de aniversario. Detrás grabó unas palabras: TODO EL TIEMPO DEL UNIVERSO CONTIGO. Aunque resultó ser una mentira cochina.

En fin, habría preferido no sufrir una muerte horrible por culpa de la plaga. No es por nada.

Concéntrate. Los números. Las seis y tres de la mañana. Cuarenta y ocho minutos desde que encontró a Billie cargando el cuerpo inconsciente de Miles en la parte de atrás de su Lada. Cuarenta y ocho minutos desde que cogió la llave de rueda.

No pienses en ello.

Sí, vale, Dev. Nadie tiene tiempo para eso.

El todoterreno estaba justo donde se suponía: en el aparcamiento del centro comercial abandonado de al lado, donde el coche de la huida se mezclaba con los demás vehículos olvidados. Billie y ella habían repasado el plan una y otra vez. Estaba muy impresionada con la previsión de su hermana, con su atención al detalle. Salir de allí, cambiar de coche, conducir hasta San Francisco. Las llaves estaban debajo del tapacubos, el depósito estaba lleno y había provisiones en una caja de seguridad bajo el asiento trasero: agua, mudas de ropa, botiquín de primeros auxilios.

Cole lo hizo todo en piloto automático, tensa y aturdida por el miedo, cubierta de sangre. Salvo que condujo el todoterreno en dirección contraria a la planeada, lejos de la costa y de las benefactoras ricas de Billie que lo habían preparado todo; tierra adentro, hacia el desierto. La ruta menos transitada, menos evidente, la que tenía menos probabilidades de llevarlos a un bloqueo de carretera y a mujeres con metralletas.

Seguía acumulando delitos graves. Le quitarían a Miles, esta vez para siempre; la detendrían y tirarían la llave, o algo peor. ¿Todavía se aplica la pena de muerte con el clima actual y el Acuerdo de Reprohibición para preservar la vida? Puede que poner en peligro de forma imprudente la vida de un ciudadano varón sea el delito más grave de todos. Peor incluso que lo sucedido con Billie. Hace cuarenta y ocho, no, cuarenta y nueve minutos. Estaba tan enfadada, tan asustada…

Nunca me ha gustado esa hermana tuya.

—¿Mamá? —preguntó Miles en voz bajísima, y eso la sacó del recuerdo y evitó que se dejara llevar por el pánico.

—Lo siento, tigre. Me he despistado un momento. —Le sujeta los hombros y admira su reflejo. Intenta sonreír—. Tienes buena pinta.

—¿En serio?

El sarcasmo es sano. Alto funcionamiento. Sin daño cerebral.

—No es necesario que te guste; pero, por ahora, es lo que hay. Eres Mila.

Él bate las tupidas pestañas y frunce los labios frente al espejo. Morritos de desprecio.

—Mila.

Cole piensa, distraída, que debería comprar rímel. Añádelo a la lista. Comida, dinero, gasolina, refugio, probablemente otro coche para seguir cambiándolos y después se acercarán al Sephora local para conseguir todos los productos cosméticos que requiere un niño disfrazado de niña.

—Lávate las manos; no quiero que enfermes.

—Soy inmune, ¿recuerdas?

—Díselo a los demás virus de por aquí. Lávate las manos, tigre.

Cuando entreabre la puerta abollada que da al mundo exterior, no hay ni drones, ni helicópteros, ni sirenas, ni mujeres con chalecos de Kevlar que rodeen el perímetro armadas con semiautomáticas. No los han encontrado (todavía) y el todoterreno sigue aparcado donde lo dejó, bajo el toldo, listo para marchar.

—Despejado.

Lo empuja hacia el vehículo. Perdón, la empuja. Dilo bien. No puede permitirse un error. No puede permitirse más errores.

Miles entra en el coche, obediente. Cole le agradece sobremanera que se esté dejando llevar y que no pregunte nada (todavía) porque, si lo hace, ella se hunde.

—Deberías tumbarte —le dice—. Están buscando a dos personas.

—Pero ¿adónde vamos, mamá?

—A casa. —La idea es absurda. Miles de kilómetros, océanos enteros y, ahora, varios delitos graves los separan de la posibilidad de ver de nuevo Johannesburgo—. Pero, mientras tanto, tenemos que pasar desapercibidos.

Lo dice tanto para ella como para él. Para ella.

—A la fuga. Como forajidos —dice su «hija» para intentar animarla.

—¡Todavía mejor que estafadores! Cole la Vaquera y Mila la Niña.

—¿No es Billie la Niña? ¿No se enfadará mi tía si le robo el nombre?

—Te lo quedas tú hasta que nos alcance. Considéralo una custodia compartida.

—Los nombres no funcionan así.

—Oye, que yo sepa, en el fin del mundo no sirven las reglas normales.

La frivolidad como mecanismo de defensa: causas y ejemplos.

—Mamá, ¿dónde está Billie? No recuerdo lo que pasó.

Mierda.

—Se peleó con una de las guardias cuando nos íbamos. —Demasiado simple. No es capaz de mirarlo. Perdón, mirarla—. Así me ensucié la camiseta. Pero ¡no te preocupes! Está bien. Nos alcanzará después, ¿vale?

—Vale —responde Mila, aunque tiene el ceño fruncido. Y no está bien. En absoluto. Pero es lo que hay.

Se largan de la gasolinera. El cielo sobre Napa es de un azul pastel con pinceladas secas de nubes por encima de viñedos asilvestrados. Campos pálidos de hierba que tiembla, mecida por el viento. Cosas como esas le dan un toque lejano e impropio a un asesinato. La belleza permite la negación verosímil. Puede que esa sea la única función de la belleza en el mundo, piensa Cole: cegarte con ella.

Punto de fuga

Se distingue el perfil de la ciudad a lo lejos, a través de la bruma de calor, como un espejismo en el desierto que promete comida basura, una cama e incluso una tele…, si es que todo eso sigue existiendo, piensa Miles. Las carreteras están cubiertas de reluciente arena amarilla y marcadas con al menos un juego de neumáticos, así que alguien debe de haber pasado por allí antes que ellos, de modo que no son las Últimas Personas de la Tierra y no han cometido El Peor Error del Mundo al abandonar la seguridad de Ataraxia, aunque fuera como estar en la cárcel más elegante del mundo. #VidaEnElBúnker. Era mucho mejor que la base militar, eso sí.

—La arena parece polvo de oro, ¿verdad? —dice mamá con su telepatía intermitente—. Podríamos amontonarla, nadar por ella y echárnosla en la cabeza.

—Ajá.

Está cansado de huir y ni siquiera ha pasado un día. Tiene retortijones, aunque puede que sean de hambre. Necesita superar su odio absoluto hacia las pasas y comer las barritas del botiquín que les preparó Billie. Le patina la cabeza cada vez que piensa en el nombre de su tía…

Nota una pesadez mental de la que no logra librarse cuando intenta encajar las piezas de lo sucedido la noche anterior, cómo llegaron hasta ahí. Tiene que abrirse paso por sus pensamientos como Atreyu y Ártax en La historia interminable, y con cada paso que da se hunde más en el pantano. La pelea con Billie. Nunca había visto a mamá tan enfadada. Estaban peleándose por él, por lo que dijo Billie, por su gran idea, y se ruboriza de vergüenza y asco de nuevo. Puaj. Y después: nada. Se quedó dormido en el sofá con los cascos puestos, y de repente mamá conducía como una loca y lloraba, y tenía la camiseta manchada de sangre y una marca oscura en la mejilla, y ahora estaban ahí. Seguramente no será nada. Mamá dijo que todo iba bien. Y le contará todos los detalles cuando esté preparada, le dijo. Cuando estén a salvo. Sigue avanzando por el pantano, piensa Miles. No te ahogues.

Por la ventana ve pasar un campo de cruces caseras, cientos de ellas, pintadas de distintos colores. Más monumentos a los muertos, como el Árbol de la Memoria de la Base Conjunta Lewis-McChord, donde todos podían colgar fotos de sus muertos de VHC: padres, hijos, hermanos, tíos, primos y amigos. Miles odiaba aquel estúpido árbol, igual que le pasaba a su amigo ocasional Jonas, el único niño de su edad que había en la base.

Un cuadrado pálido que se recorta contra el cielo toma forma de valla publicitaria descolorida cuando se acerca, con un tío de pelo canoso y una señora rubia, ambos luciendo polos y contemplando el desierto con devota alegría, como Moisés y la señora Moisés mirando hacia la tierra prometida. Pero alguien ha dibujado garabatos en la cara del hombre, le ha cruzado los ojos con una equis y le ha tachado la boca con unas rayas, como si fuera una calavera o tuviera puntos. Pero ¿por qué suturarle la boca a alguien, a no ser que estés reduciendo cabezas? La imagen lleva impresas unas frases en negrita: EAGLE CREEK: ¡DONDE VIVIR A LO GRANDE ES LO NORMAL! y ¡DESE PRISA! A LA VENTA LA FASE CUATRO. ¡NO LO DEJE ESCAPAR!

—No lo deje escapar —dice Miles para sí, porque así funciona la publicidad, y también se le mete en la cabeza a su madre, puesto que tres kilómetros después, cuando llegan al cartel que dice: EAGLE CREEK: ¡VISÍTENOS!, toma la salida.

—Vamos a echar un vistazo. A refugiarnos el resto del día.

—¡Pero la ciudad está ahí mismo!

—Todavía no estamos listos para la civilización. No sabemos lo que hay ahí fuera. Podría estar en manos de una colonia de moteras caníbales que quieren convertirnos en sabroso beicon humano.

—Cállate, mamá.

—Vale, lo siento. No hay moteras caníbales. Te lo prometo. Necesito descansar un poco y quiero que practiques lo de ser chica.

—Tampoco será tan difícil.

—Oye, a veces ni siquiera yo sé cómo ser una chica.

—Eso es porque eres una mujer.

—Cierto, pero eso tampoco lo sé, ni cómo ser adulta. Todos fingimos, tigre.

—Menudo consuelo.

—Ya. Pero lo intento.

—Con poco éxito, querida.

Era un alivio volver a su antigua rutina de comentarios ocurrentes y respuestas rápidas. Así no tenían que hablar de Lo Demás.

—Hilarante, mon fils.

—Querrás decir fille.

Al menos había aprendido eso en sus seis meses de francés en la escuela de California, aunque se le daba fatal porque, en casa, en Johannesburgo, recibían clases de zulú en la escuela, no de estúpido francés.

—Sí, claro. Gracias por la corrección, capitán Listillo.

El arco sobre la barrera de entrada a Eagle Creek tiene dos águilas de hormigón, posadas una a cada lado con las alas extendidas, listas para alzar el vuelo. Sin embargo, al ave de la izquierda la han decapitado en algún momento, como una advertencia. ¡Cuidado! ¡Retrocede! ¡A la venta la fase cuatro! ¡No lo deje escapar! ¡No pierda la cabeza!

Al otro lado de la barrera han excavado un pozo gigante rodeado de vallas, y hay una excavadora medio encaramada a un montículo de tierra gris con la pala medio llena (o medio vacía) del mismo polvo amarillo, como si el operario que la manejaba se hubiese marchado sin más o hubiera muerto allí mismo, en el asiento, y su esqueleto siguiera sentado en la cabina con la mano en la palanca y el trabajo inacabado para siempre. Y sí, vale, hay casas terminadas, todas iguales, en lo alto de la colina, y otras a medio terminar con lonetas arrancadas que aletean al viento en las hileras de enfrente, pero todo el lugar le produce escalofríos.

—Está abandonado —dice Miles—. No es seguro.

—Mejor abandonado que habitado. Y puede que haya suministros que nadie ha recogido porque han pensado lo mismo que tú.

—Vale, pero ¿y si de verdad hay moteras caníbales?

Intenta que suene a broma, aunque está pensando: «O preparacionistas locas, o enfermos, o gente desesperada, o personas que nos harán daño sin querer porque a veces así es como salen las cosas…, o personas que quieren hacernos daño porque pueden».

—Qué va, no hay marcas de neumáticos. Por tanto, nada de moteras caníbales.

—Pero hace mucho viento. La arena podría haberse acumulado desde ayer.

—Entonces, también borrará nuestras marcas.

Sale del coche sin apagar el motor para levantar la barrera de seguridad.

—¿Me echas una mano? —grita, y él se inclina para apagar el motor porque es una irresponsabilidad dejarlo encendido antes de bajar a ayudarla.

Sin embargo, mientras intentan levantarla, algo silba y chasquea cerca de ellos. Lo primero que piensa él es que se trata de una serpiente de cascabel, lo que sería muy normal en el desierto, y ¿no era de esperar, con la suerte que tienen? Llegar tan lejos para morir de una picadura de serpiente. Pero no son más que los aspersores automáticos, que asoman la cabeza y hacen clic, clic, clic en seco por encima del polvo que ocupa lo que antes era césped.

—Significa que siguen teniendo electricidad. Paneles solares, mira. Supongo que apostaban por una urbanización ecológica con campo de golf. Lo que es imposible, por cierto. Oxímoron.

—Pero no hay agua.

—Llevamos ocho litros en el coche. Vamos bien. Estamos a salvo; tenemos todo lo que necesitamos, sobre todo el uno al otro. ¿Vale?

Miles esboza una mueca por la cursilería, pero está pensando en que no debería haber apagado el motor porque ¿y si no pueden volver a arrancarlo? La puerta de la caseta de seguridad está cerrada, lo que es un alivio: tendrán que irse a otra parte. ¿A una ciudad, por ejemplo? O de vuelta a Ataraxia y sus colegas… Bueno, colega. En singular. En Ataraxia, Ella; en la base militar, Jonas.

Podrían regresar y explicarles lo sucedido (¿qué había sucedido?). Está seguro de que la gente del Departamento de Hombres lo entendería. Siempre le están diciendo lo especial que es, lo especiales que son todos ellos, los inmunes. Jonas decía que podían hacer lo que quisieran. Se librarían de un asesinato. Por eso su amigo se portaba como un capullo con los guardias.

No era asesinato, ¿verdad? ¿Habían matado Billie y mamá a una de las guardias? No soporta el no saberlo. Pero no se atreve a preguntar. Es como si una de esas minas marinas antiguas de la Segunda Guerra Mundial estuviera flotando entre ellos, llena de pinchos, a la espera de estallar en cuanto uno de los dos la rozara. No preguntes, piensa.

Mamá ha conseguido abrir la ventana de la caseta y mete el brazo por ella para pulsar el botón que abre la barrera. Regresa al coche, la atraviesa y la vuelve a cerrar. Después borra las huellas del coche con la chaqueta, como si nada.

—Ya está —anuncia, como si esa barrera fuese a protegerlos de quien pasara por allí, como si no pudieran meter la mano por la ventana como acababa de hacer ella. Pero no dice nada porque, a veces, hablar es peor, porque ponerle nombre a algo lo hace real.

El todoterreno sube hasta la cresta que domina la urbanización, más allá del pozo gigante y de la excavadora hacia la que no quiere mirar por si ve la calavera del obrero devolviéndole la mirada, de las estructuras cubiertas por lonetas que el viento sacude cada vez con más fuerza, levantando remolinos de polvo amarillo que se pega al parabrisas, se le mete en la nariz y le pica en los ojos cuando bajan del coche en la segunda hilera de arriba, donde las casas están terminadas y algunas parecen incluso haber sido ocupadas recientemente.

—¿Alguna vez te habló papá de la habitabilidad planetaria?

Siempre hace eso: mete a su padre en la conversación; como si Miles pudiera olvidarlo.

—Ni demasiado cálidos ni demasiado fríos. Lo justo para que los humanos lo habiten.

—Eso es lo que estamos buscando. Un lugar que no hayan saqueado. No debería usar esa palabra. No saqueado, sino requisado. No es saqueo si nadie va a volver a por ello, si uno lo necesita para sobrevivir.

Está hablando sola, lo que significa que está cansada. Él también está cansado. Quiere tumbarse y echarse una siesta, puede que durante un millón de años.

—Esta —dice ella.

La ventana del porche delantero está rota y las cortinas, empujadas por el viento, se meten entre los barrotes de las ventanas. Se sube al porche elevado. Aunque las cortinas están cerradas, se puede ver el enrejado de la puerta de seguridad, una de esas con cierre automático que todo el mundo tiene en Johannesburgo, pero que no ha visto mucho en Estados Unidos, y eso lo pone nervioso porque ¿de qué querían protegerse los propietarios originales? Mamá echa a un lado la tela para poder mirar el interior. Miles ve una botella de vino en la mesa con dos copas, una volcada sobre una mancha que parece sangre y otra medio llena (o vacía, dependiendo de si alguien se había bebido la mitad o solo la había llenado hasta la mitad, lógicamente), como si los habitantes hubieran salido a pasar la tarde fuera, quizá para jugar unos hoyos en el pozo de la excavación. Sin embargo, el reluciente polvo amarillo que cubre las baldosas gris pizarra rompe la ilusión, igual que el marco de fotos bocabajo rodeado de cristales rotos.

—Que tenga barrotes significa que nadie ha entrado.

—Y que nosotros tampoco vamos a entrar, mamá.

—A no ser…

La sigue hasta la parte de atrás, donde hay un garaje doble con una alegre palmera de cerámica montada en la pared. Una estrecha ventana recorre la parte superior de la puerta de aluminio. Ella salta para mirar.

—No hay nadie en casa. No hay coches, aunque sí un kayak. ¿Crees que puedes meterte por ahí si te subo?

—No. Ni de coña. ¿Y si después no puedo salir?

¿Y si se corta y se desangra en una casa vacía con una palmera de cerámica en la pared y las fotos de otra gente, mientras mamá se queda fuera?

—De acuerdo. No pasa nada.

Mamá cede porque se da cuenta de que se ha puesto serio. Pero después golpea con ambas manos el aluminio almenado de la puerta del garaje, que tiembla como un perro metálico gigante al sacudirse.

—¡Mamá!

—Lo siento. ¿Crees que será muy resistente?

—No lo sé. Pero me has asustado. Déjalo ya.

—Voy a reventarla. Ponte allí.

Se mete en el todoterreno, retrocede y luego acelera. Miles prefiere no mirar. El coche da un salto adelante y se estrella contra la puerta. Se oye un estruendo horrible y un chirrido de protesta cuando el aluminio se hunde como si fuera de cartón.

—¡Mamá!

Corre al coche y se la encuentra sentada en el asiento del conductor, apretada contra la gorda medusa blanca del airbag mientras se ríe como una lunática.

—¡Eso es, coño! —exclama, y las lágrimas le caen por la cara entre jadeos y sollozos.

—¡Mamá!

—¿Qué? Estoy bien. Estoy bien. Todo va bien. Deja de preocuparte.

Se limpia los ojos.

—Has roto un faro.

Examina el frontal del vehículo y, vale, está impresionado de que sea lo único que se ha roto. Parece que su madre ha juzgado bien la robustez del coche y el impulso, y que ha frenado en el momento justo para no acabar atravesando la pared del fondo y salir por el otro lado, como el Coyote. Aunque Miles jamás lo reconocerá delante de ella.

Se meten entre los trozos arrugados de la persiana y a través de la puerta que da al resto de la casa, que no está cerrada con llave. Es como meterse en un videojuego de acción en primera persona, así que los dedos se le mueven como si buscara un arma o, en realidad, un controlador, para pulsar la equis, acceder al menú desplegable y hacer clic en los distintos objetos en busca de información, como el valor de curación de las latas tiradas por el suelo de la cocina. En un videojuego, serían cajas de munición, distintas armas, botiquines y puede que un par de piñatas con forma de llama.

Evidentemente, en un videojuego no notaría el olor. Por la habitación flota el tufo oscuro y dulzón de los tarros rotos que han derramado sus fangosas tripas por las baldosas, entre las plumas de un pájaro que logró entrar. Mamá coge latas, comprueba las fechas y amontona las que están bien, y recoge unos cuantos cuchillos, un abrelatas y un sacacorchos de los cajones. Después abre el frigorífico y lo cierra rápidamente.

—Bueno, eso está descartado del todo.

—Voy a echar un vistazo.

—Mmm, vale. No te alejes mucho.

Más plumas en el salón, donde hay una ventana rota y la cortina se hincha y ondea. Acerca uno de los sillones de cuero para anclar la tela e intentar bloquear el viento, que aúlla suavemente por la casa y sacude las ventanas. Recoge el marco de fotos del suelo, quita los cristales y le da la vuelta para reunir pistas. La fotografía es de un abuelo orgulloso en cuclillas, con su pesca en alto y un niño de cinco años al lado, también con botas y gorra de pescador, que mira el pez con cara de «joder-puaj-qué-asco-qué-es-esto».

€9,99

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Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
14 November 2024
Umfang:
461 S. 2 Illustrationen
ISBN:
9788491877905
Verleger:
Rechteinhaber:
Bookwire
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