Buch lesen: "Amor entre viñedos - Un brote de esperanza"

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 458 - noviembre 2020

© 2010 Pamela Brooks

Amor entre viñedos

Título original: Red Wine and Her Sexy Ex

© 2008 Pamela Brooks

Un brote de esperanza

Título original: Hotly Bedded, Conveniently Wedded

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014 y 2015

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-936-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Amor entre viñedos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Un brote de esperanza

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Epílogo

Si te ha gustado este libro…


Capítulo Uno

Allegra Beauchamp había vuelto.

Xavier se despidió de su abogado y colgó el teléfono, alterado por la información que acababa de recibir.

Aquello era ridículo. Habían pasado varios años y ya no pensaba en ella. Lo había superado por completo. Entonces, ¿por qué reaccionaba de esa forma? Por ira; ira ante la perspectiva de que volviera e interfiriera en sus asuntos. Xavier había puesto todo su corazón y toda su alma en los viñedos, y no iba a permitir que Allegra apareciera de repente y destrozara una década de trabajo.

No confiaba en ella. Incluso descontando el hecho de que le había partido el corazón, de que lo había abandonado cuando más la necesitaba, era la misma mujer que había dejado en la estacada a su propio tío abuelo, al hombre que le había ofrecido su casa todos los veranos, cuando era una niña.

Allegra ni siquiera se había tomado la molestia de volver a Francia para asistir al entierro de Harry. Se había quedado en Londres, como si no le importara nada. Y ahora se apresuraba a volver para reclamar su herencia: una mansión y quince hectáreas de viñedos de primera calidad.

Su actitud era repugnante.

Pero, en cierto sentido, le facilitaba las cosas. Si a Allegra solo le importaba el dinero, le vendería su parte de la propiedad y se marcharía a pesar de lo que le había dicho a su abogado esa misma tarde. Allegra tenía una idea tan romántica como falsa de lo que significaba dirigir un viñedo, y Xavier estaba seguro de que se aburriría enseguida y volvería a Londres.

Lo mismo que había hecho diez años antes. Con la salvedad de que, esta vez, no se llevaría su corazón con ella. Solo se llevaría su dinero.

Xavier abrió el cajón de la mesa, sacó las llaves del coche y salió del despacho, decidido a hablar con Allegra. Quería solventar el asunto cuanto antes.

Allegra se llevó la taza de café a los labios, pero el amargo y oscuro líquido no la ayudó a despejarse.

Empezaba a pensar que había cometido un error al volver después de tanto tiempo. Debería haber aceptado la sugerencia de su abogado y haber vendido su parte de la propiedad al socio de Harry. Se debería haber contentado con ir de visita al cementerio, dejar unas flores en la tumba de su tío abuelo y volver a Londres. Pero había regresado a la vieja mansión de piedra en la que había pasado tantos veranos, durante su infancia.

Ni siquiera sabía por qué estaba allí. Solo sabía que se había arrepentido de haber tomado esa decisión en cuanto llegó a Ardeche. Al ver la casa, al distinguir el aroma de las hierbas que crecían en los tiestos de la cocina, se sintió profundamente culpable.

Culpable por no haber vuelto antes. Culpable por no haber estado cuando la llamaron por teléfono para decirle que Harry había sufrido un infarto. Culpable por no haberse enterado a tiempo del fallecimiento de su tío abuelo. Culpable por no haber podido estar, ni siquiera, en su entierro.

Además, todos los habitantes del pueblo la miraban mal. Había oído sus murmuraciones al cruzar la plaza; y había notado la frialdad de Hortense Bouvier, el ama de llaves de su difunto tío abuelo. En lugar de recibirla con un abrazo cálido y una buena comida, como había hecho tantas veces en otros tiempos, Hortense la había saludado de un modo brusco, sin molestarse en disimular su desaprobación.

Pero, al menos, no había visto a Xavier. Solo le habría faltado que apareciera de repente en la cocina y se sentara a la mesa, junto a ella, con su sonrisa devastadora y sus intensos ojos, de color verde grisáceo.

Allegra echó un vistazo a la cocina, llena de objetos que le recordaban al pasado, y se dijo que había pocas posibilidades de que Xav se presentara en la casa. Diez años antes, le había dicho que su relación estaba acabada y que se marchaba a París a empezar una vida nueva, una vida sin ella.

Ni siquiera sabía si seguía soltero. Quizás se había casado; hasta era posible que tuviera hijos. En cierta ocasión, Allegra intentó cerrar la brecha que se había abierto entre Harry y ella y los dos llegaron al acuerdo tácito de no hablar de Xavier. Ella no preguntaba porque el orgullo se lo impedía; él, por no crear una situación incómoda.

Agarró la taza de café y pensó que, después tantos años, ya debería haberlo superado. Pero, ¿cómo podía superar un amor que había sobrevivido desde la infancia? Se había enamorado de Xavier Lefevre cuando ella tenía ocho años y él, once. Fue amor a primera vista. Le pareció el chico más guapo del mundo.

Cuando llegó a la adolescencia, lo seguía a todas partes como si fuera una perrita. Siempre estaba perdida en sus ensoñaciones de amor; siempre, preguntándose qué sentiría si alguna vez se llegaran a besar. Incluso había llegado a practicar los besos, jugando con el dorso de la mano, para estar preparada cuando Xavier se diera cuenta de que era algo más que la vecina de al lado.

Todos los veranos perseguía al objeto de sus sueños con la esperanza de que se fijara en ella. Y todos los veranos, él se limitaba a responder con la misma amabilidad y el mismo distanciamiento que dedicaba a todos los demás.

Pero, al final, llegó el momento que tanto esperaba. Xavier dejó de tomarla por una niña irritante que lo seguía constantemente y empezó a verla como una mujer.

Desde entonces, se volvieron inseparables. Fue el mejor verano de la vida de Allegra. Estaba convencida de que su amor era recíproco; de que no importaba que ella tuviera que volver a Londres para continuar con sus estudios y él, marcharse a París para empezar a trabajar. Estarían juntos durante las vacaciones, se verían en Londres los fines de semana y, cuando ella saliera de la universidad, vivirían juntos.

Xavier nunca le había dicho que tuviera intención de pedirle matrimonio, pero Allegra sabía que estaba enamorado de ella y que lo quería tanto como ella a él.

Y entonces, todo se hundió.

Al recordarlo, Allegra tragó saliva y se dijo que no debía pensar en esas cosas. Había dejado de ser una adolescente llena de ilusiones absurdas y se había convertido en una mujer adulta. Además, el socio de Harry no era Xavier sino Jean-Paul Lefevre, su padre. Xavier no estaba allí. Por lo que ella sabía, seguía en París. Y tenía el convencimiento de que no se volverían a ver.

Justo entonces, Hortense entró en la cocina y declaró con frialdad:

–El señor Lefevre ha llamado. Estaba en los viñedos y me ha dicho que le gustaría verte. Llegará en un par de minutos.

Allegra frunció el ceño. Habían quedado para el día siguiente, pero supuso que era una visita de cortesía. Jean-Paul tenía fama de ser un hombre de modales impecables; seguramente, solo quería darle la bienvenida a Les Trois Closes.

Minutos después, la puerta se abrió. Pero el hombre que entró en la cocina no fue Jean-Paul, sino Xavier.

Allegra se llevó tal sorpresa que estuvo a punto de derramar el café. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Por qué había entrado sin llamar? ¿Creía que podía entrar en el domicilio de Harry, en la casa que ahora era suya, cuando le apeteciera?

–¡Xavier! Siéntate, por favor –dijo Hortense, dedicándole todo el cariño que le negaba a ella.

Hortense le dio un beso en la mejilla y, cuando Xavier se sentó, le sirvió una taza de café y se la puso en la mesa.

–Bueno, chéri, te dejaré a solas con la señorita Beauchamp.

Hortense se marchó y Allegra se quedó en silencio, demasiado sorprendida para pronunciar una sola palabra.

A sus treinta y un años, Xavier Lefevre era en un hombre hecho y derecho. Algo más alto de lo que ella recordaba, y de hombros más anchos. Su piel morena hacía que sus ojos, entre verdes y grises, parecieran aún más penetrantes.

Allegra se fijó en que llevaba el pelo revuelto y ligeramente largo, con un estilo que le pareció más propio de un músico de rock que de un genio de las finanzas. Además, no se había afeitado. Por su aspecto, cualquiera habría dicho que se acababa de levantar de la cama.

Pero, fuera como fuera, su presencia bastó para que se sintiera como si la temperatura de la cocina hubiera aumentado diez grados de repente. Y también bastó para que recordara lo que se sentía al quedarse dormida entre sus brazos, después de hacer el amor.

Por lo visto, tenía un problema. ¿Cómo mantener el aplomo y pensar con claridad si lo primero que le venía a la cabeza era el sexo y lo segundo, lo mucho que lo deseaba?

Tenía que sacar fuerzas de flaqueza y refrenar su libido.

–Bonjour, mademoiselle Beauchamp –dijo Xavier con una sonrisa enigmática–. He pensado que debía acercarme a la casa y saludar a mi nueva socia.

Allegra lo miró con desconcierto.

–¿Tú eres el socio de Harry?

Xavier asintió.

–En efecto.

–Pero, ¿cómo es posible? Pensaba que seguías en París.

–Pues no.

–No entiendo nada. El señor Robert me dijo que el socio de Harry era monsieur Lefevre –alegó ella.

–Y lo es… –Xavier le dedicó una reverencia burlona–. Permíteme que me presente. Soy Xavier Lefevre, siempre a tu servicio.

–Ya sé quién eres –replicó ella, irritada con su comportamiento–. Pero eso no responde a mi pregunta. Pensaba que mi socio era tu padre.

–Me temo que llegas cinco años tarde.

Ella soltó un grito ahogado.

–¿Es que tu padre ha… ?

–Sí.

–Lo siento. No tenía ni idea. Harry no me dijo nada –se apresuró a decir–. Si hubiera sabido que había fallecido…

–Oh, vamos, no me digas que habrías asistido a su entierro –la interrumpió–. Ni siquiera estuviste en el de Harry.

Allegra alzó la barbilla, orgullosa.

–Tuve mis motivos –se defendió.

El no dijo nada. Allegra pensó que, quizás, estaba esperando una explicación. Pero se dijo que no le debía explicaciones.

–Supongo que mi presencia te resultará molesta. Seguramente piensas que, habiendo sido el socio de Harry, tendría que haberte dejado toda la propiedad a ti.

–Ni mucho menos –declaró él–. Me parece normal que te dejara una parte. A fin de cuentas, eras su familiar más directo… Aunque nadie lo creería, teniendo en cuenta tu comportamiento de estos últimos años.

Allegra frunció el ceño.

–Eso es un golpe bajo.

Xavier se encogió de hombros.

–No es más que la verdad, chérie. ¿Cuándo lo viste por última vez?

–Hablaba con él todas las semanas, por teléfono.

–Hablar por teléfono no es lo mismo.

Ella suspiró.

–Seguramente sabes que Harry y yo discutimos cuando me fui a Londres –dijo ella, sin querer añadir que habían discutido por él–. Al final, nos reconciliamos… pero admito que no venir a verlo fue un error por mi parte.

Allegra tampoco quiso decir que la razón principal por la que no había vuelto era su miedo a encontrarse con él. Si se lo hubiera dicho, Xavier habría sabido que sus antiguos sentimientos no habían muerto; que su deseo había permanecido latente.

Un deseo que, en ese momento, se había despertado.

–Si hubiera sabido que se encontraba tan mal de salud, habría vuelto –continuó–. Pero no sabía nada. No me lo dijo.

–Por supuesto que no. Harry era un hombre orgulloso. Pero, si te hubieras tomado la molestia de pasar a visitarlo de vez en cuando, lo habrías sabido.

Ella guardó silencio.

–Ni siquiera viniste cuando supiste que estaba enfermo –siguió él.

–No vine porque el mensaje me llegó después, cuando ya era demasiado tarde.

–Pero tampoco estuviste en su entierro.

–Tenía intención de asistir, pero estaba en Nueva York, de viaje de negocios.

–Qué inconveniente –ironizó él.

Allegra respiró hondo.

–Bueno, ya ha quedado demostrado que soy una mala persona –dijo con frialdad–. Y como nadie puede cambiar el pasado, será mejor que lo olvidemos.

Él se encogió de hombros.

Ella pensó que era el hombre más irritante del mundo.

–¿Qué haces aquí, Xavier? ¿Qué quieres?

La quería a ella.

Xavier se dio cuenta en ese momento, y se quedó atónito. ¿Cómo era posible? Allegra lo había abandonado y, además, ya no era la dulce, tímida e insegura petite rose anglaise que había sido a los dieciocho años. Ahora era una mujer impecablemente arreglada y dura como el diamante bajo el traje que se había puesto. Y en sus labios no había nada dulce. Estaban tensos. Ya no le recordaban a las primeras rosas del verano.

Aquello era una locura. Se suponía que había ido a la casa para hablar con ella y convencerle de que le vendiera su parte de la propiedad, no para admirar su boca y recordar sus besos, sus caricias, el contacto de su piel cuando hacían el amor y el destello de sus ojos azules cuando estaba leyendo un libro y se daba cuenta de que él la miraba.

Tenía que hacer algo. No debía dejarse llevar por el deseo.

–¿Y bien? Estoy esperando una respuesta –dijo ella.

–No quería nada especial. Estaba dando un paseo por los viñedos y he llamado a Hortensia para saber si estabas aquí, sin más intención que saludarte y darte la bienvenida a Francia. Pero, ya que te pones así, hay un asunto que me preocupa.

–¿De qué se trata?

Xavier no había sido completamente sincero con Allegra. Era cierto que solo pretendía saludarla, pero también que quería aprovechar la ocasión para observar sus reacciones y valorar su actitud sobre las tierras que había heredado.

–Hace años que no vienes a Francia –contestó–. Supongo que los viñedos no te interesan demasiado, así que estoy dispuesto a comprar tu parte de la propiedad. Habla con algún especialista y pídele una valoración. Aceptaré el precio que considere oportuno. Incluso estoy dispuesto a pagar sus honorarios.

–No.

Xavier arqueó una ceja. No esperaba una negativa tan tajante. Pero existía la posibilidad de que solo fuera una estrategia para aumentar el precio, así que preguntó:

–¿Cuánto dinero quieres?

–No te voy a vender mi parte.

Él frunció el ceño.

–¿Es que se la vas a vender a otra persona?

Xavier se empezó a preocupar de verdad. Allegra no sabía nada de viñedos; era capaz de vendérselos a una persona que los descuidara demasiado o que utilizara pesticidas industriales y les hiciera perder el certificado de productos ecológicos.

–No se lo voy a vender a nadie. Harry me dejó la casa y la mitad de los viñedos por una buena razón… Quería que me quedara aquí.

Él hizo un gesto de desdén.

–Creo que te estás dejando llevar por tu sentimiento de culpabilidad, Allegra. Sabes que me deberías vender tu parte. Es lo más lógico.

Ella sacudió la cabeza.

–Me voy a quedar.

Xavier la miró con incredulidad.

–Pero si no sabes nada de viñas…

–Aprenderé. Y, entre tanto, dedicaré mis esfuerzos al marketing. A fin de cuentas, es lo que sé hacer.

Xavier se cruzó de brazos.

–No me importa lo que sepas hacer. No voy a permitir que juegues con mis viñedos. Te aburrirías enseguida y te marcharías al cabo de una semana.

–No me iré. Además, te recuerdo que también son míos –dijo ella con firmeza–. Harry me dejó la mitad y me siento obligada a hacer lo que pueda con ellos.

Xavier clavó la mirada en los ojos de Allegra y supo que estaba diciendo la verdad. Se iba a quedar porque se sentía en deuda con Harry.

Sería mejor que le diera un poco de cuerda y que retomara el asunto al día siguiente. Con un poco de suerte, Allegra lo consultaría con la almohada y entraría en razón.

–Muy bien, como quieras. –Xavier se levantó de la silla–. Supongo que Marc te habrá dicho que mañana tenemos una reunión…

Ella parpadeó.

–¿Marc? ¿Es que estás en contacto con el abogado de Harry?

–También es mi abogado –dijo él, sin querer añadir que Marc era amigo suyo–. Pero no te preocupes por eso. Te aseguro que no me ha dicho nada de ti. Es el hombre más profesional que conozco.

–Pues sí, ya sabía lo de la reunión. Es a la ocho en punto, ¿no?

Xavier asintió.

–Sí, aunque podríamos retrasarla un poco. Has hecho un viaje muy largo y sospecho que estarás cansada.

Ella entrecerró los ojos.

–¿Es que no me crees capaz de levantarme temprano?

–Yo no he dicho eso… Prefiero que retrasemos la reunión hasta las doce. En verano, no se puede estar en los viñedos a mediodía; por el calor –le explicó–. Trabajo en los campos a primera hora y, después, me encargo de los asuntos administrativos. ¿Qué te parece si quedamos al mediodía en mi despacho del château? Te invito a comer.

–De acuerdo. Como tú quieras.

Xavier dudó un momento. Había estado a punto de inclinarse sobre ella y darle un beso en la mejilla por ver si la desequilibraba un poco, pero se lo pensó mejor. Allegra le gustaba demasiado. Si le daba un beso de despedida, era posible que le saliera el tiro por la culata. Así que se limitó a decir:

–A demain, mademoiselle Beauchamp.

Ella inclinó levemente la cabeza.

–A demain, monsieur Lefevre. Nos veremos al mediodía.

Capítulo Dos

A la mañana siguiente, Allegra se conectó a Internet y se dedicó a mirar la página web del viñedo. Quería estudiar la situación para ir a la reunión con algunas ideas y propuestas.

El edificio no había cambiado nada durante su ausencia; seguía tan grandioso e imponente como antes, de piedra pálida salpicada por altos balcones de contraventanas blancas.

Cuando bajó del coche, un aroma a rosas se volvió tan intenso que intentó localizarlas con la mirada; pero no estaban a la vista y supuso que se encontrarían detrás de la casa.

¿De quién habría sido la idea de la rosaleda? ¿De la esposa de Xavier, quizás?

No se lo podía preguntar a Hortense sin dar la impresión de que Xavier le interesaba demasiado. Estaba allí por un simple asunto de negocios.

Miró la hora y vio que eran las doce y dos minutos. No había llegado tan pronto como pretendía, pero había llegado lo suficientemente pronto como para poder jactarse de ser puntual.

Se dirigió a la puerta y llamó. Al cabo de unos instantes, le abrió un joven de cabello rubio, que se quedó asombrado al verla.

–Mon Dieu, c´est Allie Beauchamp! ¿Cuánto tiempo ha pasado…? Bonjour, chérie. ¿Qué tal estás?

El joven sonrió de oreja a oreja y le dio un beso en la mejilla.

–Bonjour, Gay. Han pasado diez años… y estoy muy bien, gracias. –Allegra le devolvió la sonrisa–. Me alegro mucho de verte.

–Y yo de verte a ti. ¿Has venido a pasar las vacaciones?

Ella sacudió la cabeza.

–No exactamente. Soy la nueva socia de tu hermano.

Guy arqueó una ceja.

–Mmm.

–¿Mmm? ¿Qué quieres decir con eso?

–Nada, pero ya conoces a Xav.

–Sí, ya lo conozco.

–Por la hora que es, supongo que estará en su despacho.

–Lo sé. Me está esperando –dijo Allegra–. Pero olvidé preguntar dónde demonios está su despacho.

–Y él olvidó decírtelo, por supuesto…

–Eso me temo.

–Típico de él –dijo Guy–. No te preocupes. Te acompañaré.

–¿Vas a estar en la reunión?

–¿De qué vais a hablar? ¿De los viñedos?

Ella asintió.

–Entonces, no. Los viñedos son asunto de Xav, no mío. Yo me limito a venir los fines de semana, beberme sus vinos e insultarle un poco –declaró con una sonrisa pícara–. Por cierto, lamenté mucho lo de Harry. Era un buen hombre, Allie.

A Allegra se le hizo un nudo en la garganta. Desde su regreso a Francia, Guy era la primera persona que la recibía con afecto y la llamaba por su antiguo diminutivo, Allie. Era el único que no parecía despreciarla por haber cometido el delito de no asistir al entierro de su tío abuelo.

–Sí, yo también lo siento.

Guy la llevó por el lateral de la casa, hasta un patio que daba a una zona de oficinas.

–Gracias por acompañarme –dijo ella.

Él volvió a sonreír.

–De nada… Si te vas a quedar unos días, podrías volver otra vez y cenar con nosotros.

–Será un placer, Guy.

–Entonces, hasta luego.

Tras despedirse de Guy, Allegra entró en el edificio. Como la puerta del despacho de Xavier estaba abierta, ella vio que él estaba dentro y que estaba tomando unas notas en una libreta. Parecía sumido en sus pensamientos. Aquella mañana se había afeitado, pero tenía el pelo revuelto. Se había remangado la camisa y sus fuertes brazos revelaban el vello oscuro que los cubría.

Allegra lo encontró exquisitamente atractivo. Se tuvo que clavar las uñas en las palmas para no hacer algo absurdo como abalanzarse sobre él, ponerle las manos en las mejillas y darle un beso apasionado.

Respiró hondo y se recordó que ya no era su amante, el hombre con el que había soñado vivir.

Xavier miró a Allegra, que llevaba otro de sus trajes de ejecutiva agresiva. Desde su punto de vista, no podía estar más fuera de lugar. En esa época del año, todo el mundo se dedicaba a trabajar en las viñas; y los viñedos no eran el lugar más adecuado para llevar trajes y zapatos de tacón alto. Los trajes se podían desgarrar con las ramas y los tacones se hundían irremediablemente en el terreno.

–Gracias por venir… Pero siéntate, por favor.

Ella se sentó y le dio una cajita cerrada con un lazo dorado.

–Es para ti.

Él miró el objeto con interés.

–Me pareció que sería más apropiado que un ramo de flores o una botella de vino –continuó Allegra.

–Merci.

Xavier quitó el lazo, apartó el envoltorio y se encontró ante una de sus debilidades: una caja de bombones de chocolate negro.

Fue toda una sorpresa. Jamás habría imaginado que se acordara de sus gustos, ni esperaba que se presentara con un regalo.

–Muchas gracias, Allegra –repitió–. ¿Te apetece un café?

–Sí, por favor.

Ella lo siguió hasta la pequeña cocina americana.

–¿Te ayudo? –preguntó.

Xavier pensó que solo lo podía ayudar de una forma: vendiéndole su parte de la propiedad y marchándose de allí antes de que la tumbara sobre la mesa y le hiciera el amor. Pero, naturalmente, no se lo dijo.

–No, no hace falta.

–¿No me vas a preguntar si lo quiero con leche y azúcar?

Él sonrió.

–Siempre te gustó solo.

Sirvió dos tazas de café y las puso en una bandeja. A continuación, alcanzó un bol con tomates, un pedazo de queso, una barra de pan, dos cuchillos y dos platos. Cuando ya los había llevado a la mesa, dijo:

–Sírvete tú misma.

–Gracias.

Como Allegra no se movió, él arqueó una ceja y cortó un pedazo de pan y un poco de queso.

–Discúlpame por no esperar a que te sirvas tú –dijo–. Tengo hambre… He estado en los viñedos desde las seis.

–Bueno, ¿de qué quieres que hablemos? –preguntó ella.

–Podríamos empezar por lo más importante. ¿Cuándo me vas a vender tu parte de los viñedos? –replicó.

–No insistas, Xav; no tengo intención de vender –dijo–. ¿Por qué no me concedes una oportunidad?

A Xavier le pareció increíble que le preguntara eso. ¿Por qué le iba a conceder una oportunidad? Allegra lo había abandonado cuando más la necesitaba, y no se iba a arriesgar a que le hiciera otra vez lo mismo.

Además, empezaba a desconfiar de sí mismo en lo tocante a ella. No había pegado ojo en toda la noche porque no podía creer que Allegra le gustara tanto como a los veintiún años. Era una debilidad que no se podía permitir.

–Tú no perteneces a este sitio –replicó–. Mírate: ropa de diseño, un coche de lujo…

–Llevo un traje normal. Y el coche ni siquiera es mío; es alquilado –puntualizó ella–. Me estás juzgando mal, Xav. Estás siendo injusto.

Xavier arqueó una ceja. En su opinión, era bastante irónico que una persona que lo había dejado en la estacada lo acusara de ser injusto. Tuvo que hacer un esfuerzo para refrenar su irritación. Y fue un esfuerzo parcialmente fracasado.

–¿Qué esperabas, Allegra?

–Todo el mundo comete errores.

–Sí, claro que sí –dijo él con sarcasmo.

Ella suspiró.

–Ni siquiera me vas a escuchar, ¿verdad?

–¿Para qué? Ayer nos dijimos todo lo que teníamos que decir.

–Te aseguro que esto no es un capricho –insistió Allegra–. Estoy decidida a hacer un buen trabajo.

Justo entonces, Xavier se dio cuenta de que tenía ojeras y comprendió que tampoco ella había dormido bien. Por lo visto, él no había sido el único que había estado pensando en los viejos tiempos. Y debía admitir que, al menos, Allegra había tenido el coraje necesario para volver a un lugar donde sabía que todo el mundo la despreciaba.

–Está bien –dijo a regañadientes–. Escucharé lo que tengas que decir.

–¿Sin interrupciones?

–No te lo puedo prometer, pero te escucharé.

–De acuerdo.

Ella alcanzó el café y echó un trago. No había probado la comida.

–Harry y yo terminamos mal cuando me fui a Londres la primera vez. Terminamos tan mal que me juré que no volvería a Francia. Pero más tarde, cuando salí de la universidad, empecé a ver las cosas de otra manera e hice las paces con él. Desgraciadamente, ya me había asentado en Londres y… –Allegra se mordió el labio–. Bueno, olvídalo. No sé por qué intento explicártelo. No lo entenderías.

–¿Quién está juzgando a quién ahora?

Ella sonrió con timidez.

–Como quieras –dijo–. Tú creciste aquí, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo lleva tu familia en estas tierras? ¿Un par de siglos?

–Algo así.

–Y siempre supiste que pertenecías a este lugar…

Él asintió.

–Sí, siempre.

–Para mí fue diferente. De niña, viajé con mis padres por todo el mundo. Cuando su orquesta no estaba de gira, mi madre daba conciertos como solista y mi padre la acompañaba. Nunca estábamos mucho tiempo en el mismo sitio, y las niñeras no duraban demasiado… Al principio, se alegraban de tener la oportunidad de viajar; pero luego se daban cuenta de que mis padres trabajaban todo el tiempo y de que esperaban que ellas hicieran lo mismo.

Allegra respiró hondo y siguió hablando.

–Cuando no estaban en un escenario, estaban practicando y no se les podía molestar. Mi madre practicaba tanto que a veces le sangraban los dedos. Y cada vez que yo me empezaba a acostumbrar a un lugar, nos íbamos otra vez.

Xavier comprendió lo que le pretendía decir.

–Y cuando te estableciste en Londres, no quisiste volver a Francia. Habías encontrado tu hogar. Habías echado raíces.

Ella asintió.

–Exactamente. Y podía hacer lo que quisiera con mi vida. No tenía a nadie que me presionara y me arrastrara a intereses que no eran los míos, por buenas que fueran sus intenciones –dijo Allegra–. Gracias por comprenderlo.

Xavier suspiró.

–Bueno, aún no lo entiendo del todo… –le confesó–. Siempre pensé que, para ti, la familia era lo primero.

–Y lo era. Pero yo tenía otros motivos para no volver a Francia.

–¿Yo?

–Sí, tú.

Xavier se alegró de que mencionara el asunto. Al menos, ya no tendrían que fingir que no pasaba nada.

–Pero has vuelto ahora…

–Porque pensaba que no estarías aquí.

Él frunció el ceño.

–¿Cómo es posible? He sido el socio de Harry desde la muerte de mi padre. Lo sabías.

Ella sacudió la cabeza.

–No sabía nada. Harry y yo no hablábamos nunca de ti.

Xavier entrecerró los ojos. ¿Estaba insinuando que Harry y ella habían discutido por él y que, tras hacer las paces, habían decidido no hablar de ello?

–¿Qué estás haciendo aquí, Allegra? ¿Por qué has vuelto precisamente ahora?

–Porque se lo debo a Harry. Y no me vuelvas a recordar que no asistí a su entierro –le advirtió–. No fue culpa mía. Además, ya me siento bastante culpable.