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Reportaje al pie de la horca

Julius Fucík



Fucík, Julius Reportaje al pie de la horca / Julius Fucík ; ilustrado por Juan Augusto Girón. - 1a ed . - Ituzaingó : Cienflores , 2020. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-4039-20-0 1. Narrativa Checa. 2. Relatos. I. Girón, Juan Augusto, ilus. II. Título. CDD 891.86

© Julius Fucík

© Editorial Cienflores, 2018.

Todos los derechos reservados.

Lavalle 252 (B1714FXB), Ituzaingó, Provincia de Buenos Aires.

Tel: +54-011-2063-7822 / email: editorialcienflores@gmail.com

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

Director editorial: Maximiliano Thibaut

Ilustración de Tapa: Juan Augusto Girón

Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio electrónico o mecánico, incluyendo fotocopiado, grabación o cualquier otro sistema de archivo y recuperación de información, sin el previo permiso por escrito de los editores.

Índice

Nota del Editor

Aclaración

A Julius Fucík - Pablo Neruda

Introducción

Escrito en la cárcel de la Gestapo, en Pankrác, durante la primavera de 1943

Veinticuatro horas

La agonía

Celda 267

La “400”

Interludio de mayo de 1943

400

Figuras y figurillas I

Los Jelínek

19 de mayo de 1943

22 de mayo de 1943

Los Vysusil

Lída

Mi comisario

Los tiradores – Interludio

Estado de sitio de 1942

27 de mayo de 1943

Figuras y figurillas II - Pankrác

“El Samaritano”

“Polvillo”

Koklar

Rössler

“Eso”

Smetonz

El director de la cárcel

El enfermero de la cárcel

“El gandul”

“Kolín”

“El nuestro”

Papá Skorepa

Un trozo de historia

Julius Fucík. Esbozo para una biografía

Seis cartas de Julius Fucík desde la cárcel

I

II

III

IV

V

VI

Nota del Editor

Julius Fucík fue un periodista y crítico cultural de origen checo, que al calor de las luchas de la clase obrera y de los ecos de la Revolución de Octubre en Rusia, abrazó la lucha por la revolución. Liga su vida a la causa obrera y a la construcción del Partido Comunista de Checoslovaquia desde la década del 20. Impulsa la publicación de diversas revistas culturales y periódicos políticos, entre los que se destaca como director de Rudé právo, periódico central del partido.

Durante la década del 30 realiza dos viajes a la Unión Soviética, donde puede vivir en carne propia la construcción socialista en aquel país.

Cuando Hitler invade su patria (junto a la mayoría de los países de Europa central y del este) se desata la persecución más encarnizada a los miembros del Partido Comunista y de la resistencia nacional. Julius Fucík, por supuesto consciente de los peligros, decide luchar desde la más estricta clandestinidad por la derrota de los ocupantes nazis.

En 1942 cae a manos de la Gestapo. Durante casi un año es torturado en las cárceles de Praga hasta que es condenado a muerte. En 1943 es trasladado a Bautzen y luego al campo de concentración de Plotzensee en Berlín, donde el hacha asesina (y no la horca, como él suponía) acaba con su vida. Durante su cautiverio, y gracias a un guardián que le provee de los medios y saca en secreto de la cárcel sus escritos, escribe las paginas imborrables de Reportaje al pie de la horca. Es el testimonio de un hombre firme e íntegro que no claudica ante el terror físico ni la devastación ideológica que le proponen sus verdugos. Luego su mujer y compañera, sobreviviente del nazismo, recoge los escritos que aquí se presentan. El 8 de septiembre, día de su ejecución, se recuerda como el Día Internacional del Periodista, en honor a su lucha y su testimonio.

Sus palabras ante el tribunal que lo condenó sintetizan el espíritu con que enfrentó las durísimas condiciones a las que fue sometido, y son un manifiesto contra el individualismo: “Sé que seré condenado y que mi vida llega a su fin, pero también sé que hice lo que pude por nuestra victoria. Estoy seguro de que seremos los vencedores. Nosotros morimos, pero otros vendrán a continuar nuestra obra”

Creemos que es imprescindible que nuevas generaciones conozcan el legado de hombres que honraron su condición de tales con mayúscula. No para difundir estereotipos ni ejemplos intachables, sino simplemente para rescatar y buscar en nosotros mismos, lo más humano que nos habita.

Maximiliano Thibaut

Aclaración

La presente edición de Reportaje al pie de la horca fue tomada directamente de la traducción checoslovaca publicada por Agencia de Prensa Orbis en 1980, Praga; respetando íntegramente la obra, corrigiendo solo algunos términos y giros idiomáticos para hacerla más accesible a nuestro público lector.

La obra, a esta altura un clásico universal, cuyo título original es Reportáz psaná na opratce, fue traducida mundialmente a a más de 50 idiomas. En la mayoría de las ediciones latinoamericanas y españolas lleva el nombre de la versión que aquí presentamos. En algunas ediciones, especialmente en nuestro país, se la tituló Reportaje al pie del patíbulo. Por supuesto, la obra es la misma. Nosotros elegimos, luego de leer y comparar todas ellas, respetar la traducción checa. Pero no hay cambios sustanciales entre todas las existentes.

Tomamos conocimiento que recientemente, en República Checa, se ha publicado la obra con supuestos “pasajes censurados” por el gobierno checo y soviético del momento. Los “pasajes” aparentemente estarían situados hacia el final del relato, y son cortos en extensión. Harían mención a un “juego” diversionista de información que Fucík habría mantenido con sus captores para “ganar” tiempo; pero que para el “modelo de hombre” que se quería imponer desde el gobierno de aquella época resultaba “excesivo y herejético”. Aparentemente estas pruebas estarían apoyadas en los manuscritos encontrados en archivos desclasificados de la ex Checoslovaquia. El estado actual de nuestros conocimientos no nos permite dilucidar científicamente el enigma ni tomar partido con respecto al asunto. Solo nos decidimos a opinar que el conjunto de la obra va en sentido contrario a la mencionada posibilidad, argumento que no es un detalle. Y aunque fuera cierto, tampoco cambiaria en nada nuestra opinión sobre el comportamiento heroico de Julius Fucík en la prisión, que ni siquiera en esa hipótesis está puesto en duda. Por esta razón nos inclinamos a publicar la obra tal como se la conoció a partir de la liberación checoslovaca y desde que su compañera lo presentara públicamente luego de la liberación de su país.

La presente edición está ampliada con algunas de las cartas que Julius envió a su familia desde las prisiones, donde los convoyes nazis lo depositaban, en el largo suplicio que tuvo que vivir hasta su ejecución. Por primera vez, presentamos al lector, junto al texto principal, un “esbozo” de biografía que su compañera Gusta redactó en 1950 y que se publicó por separado, comentando extensamente las actividades y la vida del autor del Reportaje desde pequeño hasta las últimas horas de su corta vida. Tenemos la convicción que esto ayudará a comprender a cabalidad quien era ese hombre tan inmenso y agudo, que aspirando las últimas bocanadas de aire llego a decir “Siempre pensé cuan triste sería ser el último soldado que en el último segundo de la guerra lo alcanzara la última bala en el corazón. Pero alguien tiene que ser el último. Y si supiera que puedo serlo yo, ahora mismo iría.”

A Julius Fucík - Pablo Neruda


A Julius FucíkPor las calles de Praga en invierno, cada día,pasé junto a los muros de la casa de piedraen que fue torturado Julius Fucík.La casa no dice nada: piedra color de invierno,barras de hierro, ventanas sordas.Pero cada día que pasé por allímiré, toqué los muros, busqué el eco,la palabra, la voz, la huella puradel héroe.Y así salió su frenteuna vez, y sus manos otra tarde,y luego todo el hombrefue acompañándomea través de la Plaza Venceslao, como un buen amigo;por el viejo mercado de Havelská,por el jardín de Strahov desde dondePraga se eleva como una rosa gris.Pablo Neruda

Introducción

En el campo de concentración de Ravensbrück supe —me lo dijeron mis compañeros de prisión— que mi marido, Julius Fucík, redactor de Rudé právo y de Tvorba, había sido condenado a muerte el 25 de agosto de 1943 por un tribunal nazi en Berlín.

Mis intentos de averiguar algo más sobre su suerte posterior se estrellaron contra los altos muros del campo.

Después de la derrota de la Alemania hitleriana, en mayo de 1945, los prisioneros que los fascistas no habían tenido tiempo de asesinar fueron liberados de cárceles y campos de concentración. Yo tuve la fortuna de hallarme entre ellos.

Al volver a mi patria liberada, busqué y rebusqué las huellas de mi marido. Hice lo que hicieron millares y millares de personas que también buscaron —y muchas aún siguen buscando— a sus maridos, a sus mujeres, a sus hijos, a sus padres y madres deportados por los ocupantes alemanes y arrastrados a alguna de sus innumerables cámaras de tortura.

Me enteré de que Julius Fucík había sido ejecutado en Berlín el 8 de septiembre de 1943, quince días después de su condena.

También supe que Julius Fucík había escrito algo mientras estuvo en la cárcel de Pankrác. Fue el guardián A. Kolínsky quien le procuró los medios para hacerlo, llevándole a la celda papel y lápiz y sacando clandestinamente de la cárcel las hojas manuscritas.

He tenido una entrevista con el guardián. Y poco a poco he podido ir recogiendo el material escrito por Julius Fucík en la cárcel de Pankrác. Reuní las hojas numeradas, escondidas por varias personas en diferentes lugares, y se las presento hoy al lector. Es la última obra de Julius Fucík.

Gusta Fucíková

PRAGA, septiembre de 1945

Escrito en la cárcel de la Gestapo, en Pankrác, durante la primavera de 1943

Estar sentado en posición de firme, con el cuerpo rígido, las manos pegadas a las rodillas, los ojos clavados hasta enceguecer en la amarillenta pared de la “cárcel nacional” en el Palacio Petschek1 no es en verdad, la postura más adecuada para reflexionar. Pero, ¿quién puede forzar al pensamiento a permanecer sentado en posición de firme?

Alguien, un día —quizá nunca sepamos quién ni cuándo—llamó a este cuarto del Palacio Petschek “sala de cine”. ¡Qué idea tan genial! Una amplia sala, seis largos bancos, uno tras otro, ocupados por los cuerpos rígidos de los detenidos, y ante ellos un muro liso, como una pantalla cinematográfica. Todas las casas productoras del mundo no han llegado a hacer la cantidad de películas que sobre esta pared han proyectado los ojos de los prisioneros en espera de un nuevo interrogatorio, de la tortura, de la muerte. Películas de vidas enteras o de los más pequeños fragmentos de vida; películas de la madre, de la esposa, de los hijos, del hogar destruido, del porvenir destrozado; películas de camaradas valerosos y de la traición; películas del hombre a quien entregué aquella octavilla, de la sangre que correrá otra vez, del fuerte apretón de mano, del compromiso de honor; películas repletas de terror y de decisión, de odio y de amor, de angustia y de esperanza. De espaldas a la vida, cada uno contempla aquí su propia muerte. Y no todos resucitan.

Cien veces he sido aquí espectador de mi propia película, mil veces he seguido sus detalles. Ahora trataré de explicarla. Y si el nudo corredizo de la horca aprieta mi cuello antes de terminar, quedarán todavía millones de hombres para completarla con un happy end.

1 Cuartel General de la Gestapo en Praga.

Capítulo I

Veinticuatro horas

Dentro de cinco minutos el reloj marcará las diez. Es una hermosa y cálida noche de primavera, la noche del 24 de abril de 1942.

Me doy prisa. Tanto como me lo permite mi papel de hombre viejo que cojea. Me doy prisa a fin de llegar al hogar de los Jelínek antes de que cierren la puerta de la casa. Allí me espera mi “colaborador” Mirek. Sé que esta vez no me comunicará nada importante. Tampoco yo tengo nada que decirle. Pero faltar a la cita convenida podría sembrar el pánico. Y, sobre todo, quisiera evitar preocupaciones infundadas a las dos buenas almas que nos acogen.

Me reciben con una taza de té. Mirek me está esperando. Y, con él, el matrimonio Fried. Una imprudencia más. Me alegra verlos camaradas, pero no así, de esta manera, todos juntos. Es el mejor camino para ir a la cárcel y a la muerte. O respetan las reglas de la conspiración o dejan de trabajar, porque así se exponen y ponen en peligro a los demás. ¿Comprendido?

—Comprendido.

—¿Qué me han traído?

—El número de mayo de Rudé Právo.2

—Muy bien. Y tú Mirek, ¿cómo vas?

—Bien. Nada nuevo. El trabajo marcha bien…

—Bueno. Nos veremos después del Primero de Mayo. Les avisaré. Hasta la vista.

—¿Otra taza de té, jefe?

—No, no, señora Jelínek. Aquí somos demasiados.

—Por lo menos tome una tacita. Se lo ruego.

Del té, recién servido, se alza una nubecilla de vapor.

Alguien llama a la puerta. ¿Ahora, de noche? ¿Quién podrá ser?

Los visitantes muestran su impaciencia. Golpes en la puerta.

—¡Abran! ¡La policía!

Rápido, a las ventanas. ¡Huyan! Tengo pistolas, les cubriré la retirada.

¡Demasiado tarde! Debajo de las ventanas se hallan los hombres de la Gestapo, apuntándonos con sus pistolas. Después de forzar la puerta y de cruzar el corredor, los agentes de la policía secreta se abalanzan atropelladamente en la cocina y luego en la habitación. Uno, dos, tres, nueve hombres. No me ven porque estoy a sus espaldas, detrás de la puerta que han abierto. Podría tirar con relativa facilidad, pero sus nueve pistolas encañonan a dos mujeres y a tres hombres indefensos. Si disparo, mis compañeros caerán antes que yo. Y si yo me pegara un tiro se iniciaría un tiroteo del cual ellos serían las víctimas. Si no tiro, los encerrarán seis meses, quizás un año, y la revolución los libertará. Mirek y yo somos los únicos sin salvación posible. Nos torturarán. A mí no me sacarán nada, pero ¿qué hará Mirek? Él, que combatió en España; él, que permaneció dos años en un campo de concentración en Francia para volver desde allí ilegalmente a Praga en plena guerra; no, estoy seguro que no traicionará. Tengo dos segundos para reflexionar. ¿O quizá tres?

Si tiro nada salvaré. Tan sólo me libraré de las torturas, pero sacrificaré inútilmente la vida de cuatro camaradas. ¿Es así? Sí.

Decidido.

Salgo de mi escondite.

—¡Ah! Uno más.

El primer golpe en el rostro. Bastante fuerte como para dejarme sin sentido.

—¡Hände auf!3

Segundo, tercer golpe.

Tal y como me lo había imaginado.

El piso, donde antes reinaba un orden ejemplar, se convierte en un montón de muebles destrozados y de vajilla rota.

Más puñetazos y patadas.

—¡Marsch!4

Me introducen en un auto, siempre encañonado por las pistolas. Durante el viaje comienza el interrogatorio.

—¿Quién eres?

—El profesor Horák.

—¡Mientes!

Me encojo de hombros.

—Estate quieto o disparo.

—Dispare.

En lugar de una bala, un puñetazo.

Pasamos junto a un tranvía. Me da la impresión de estar coronado de flores blancas. ¿Cómo? ¿Un tranvía de bodas a estas horas, en plena noche? Será la fiebre que comienza.

El Palacio Petschek. Nunca creí entrar vivo en él. Al galope hasta el cuarto piso. ¡Ah! La famosa sección II-AI, de investigación anticomunista. Me parece que hasta siento curiosidad.

El comisario alto y flaco que dirigía el pelotón de asalto coloca su pistola en el bolsillo y me lleva con él a su despacho. Me enciende un cigarrillo.

—¿Quién eres?

—El profesor Horák.

—Mientes.

Su reloj de pulsera marca las once.

—Regístrenlo.

Empieza el registro. Me quitan la ropa.

—Tiene identificación.

—¿A nombre de quién?

—Del profesor Horák.

—Verifíquenlo.

Telefonean.

—Como era de esperar. Su nombre no consta en los registros. La identificación es falsa.

—¿Quién te los dio?

—La Jefatura de Policía.

Primer bastonazo. Segundo. Tercero. ¿Debo contarlos? No, muchacho, esta estadística ya no la revelarás nunca.

—¿Tu nombre? ¡Habla! ¿Tu domicilio? ¡Habla! ¿Qué contactos tenías? ¡Habla! ¿Direcciones? ¡Habla! ¡Habla! ¡Habla! Si no, te mataremos a palos.

¿Cuántos golpes puede aguantar un hombre sano?

La radio anuncia la medianoche. Cierran los cafés y los últimos parroquianos retornan a sus casas. Ante las puertas, los enamorados golpean levemente el suelo con sus pies, incapaces de llegar a despedirse.

El comisario alto y flaco entra en la sala con una sonrisa de satisfacción.

—Todo en orden. ¿Qué tal, señor redactor?

¿Quién se lo habrá dicho? ¿Los Jelínek? ¿Los Fried? Pero si éstos ni siquiera saben mi nombre.

—Ya lo ves, lo sabemos todo. ¡Habla! Sé razonable.

¡Qué forma de hablar más extraña! Ser razonable equivale a traicionar.

No soy razonable.

—¡Átenlo! ¡Y péguenle fuerte!

Es la una. Los últimos tranvías se retiran. Las calles están desiertas y la radio se despide de sus más fieles oyentes deseándoles buenas noches.

—¿Quiénes son los miembros del Comité Central? ¿Dónde están las radioemisoras? ¿Dónde están las imprentas? ¡Habla! ¡Habla! ¡Habla!

Ahora ya puedo contar con más tranquilidad los golpes. El único dolor que siento es el de mis mordidos labios.

—Quítenle los zapatos.

Es verdad. Las plantas de los pies no han perdido aún la sensibilidad. Lo siento. Cinco, seis, siete, y ahora parece como si los golpes me penetraran en el cerebro.

Son las dos. Praga duerme. Y quizás en alguno de sus lechos un niño solloza entre sueños y un hombre acaricia la cadera de su mujer.

—¡Habla! ¡Habla!

Paso la lengua sobre mis encías e intento contar los dientes rotos. No puedo. ¿Doce, quince, diecisiete? No. Ése es el número de los comisarios que me “interrogan” ahora. Algunos están visiblemente fatigados.Y la muerte tarda en venir.

Son las tres. Desde los suburbios llega la madrugada; los verduleros afluyen al mercado; los barrenderos aparecen en las calles.

Quizá viva todavía lo suficiente para ver el amanecer.

Traen a mi mujer.

—¿Lo conoce usted?

Me trago la sangre para que no la vea… Y es inútil, porque brota de todos los poros de mi rostro y de las yemas de mis dedos.

—No. No lo conozco.

Lo dijo sin que sus miradas dejaran traslucir un ápice de su horror. ¡Es de oro! Ha cumplido la promesa de no confesar nunca que me conoce, aun cuando ya es inútil. ¿Quién, entonces, les ha dado mi nombre?

Se la llevaron. Me despido de ella con la mirada más alegre de que soy capaz. Quizá no fue tan alegre. No lo sé.

Son las cuatro. ¿Amanece? ¿No amanece? Las ventanas cubiertas no me dan respuesta. Y la muerte todavía no llega. ¿Debo ir a su encuentro? Pero, ¿cómo?

He golpeado a alguien y caí al suelo.

Me dan patadas. Me pisotean. Sí, ahora el fin vendrá rápidamente. El comisario vestido de negro me levanta por la barba, riéndose con satisfacción mientras me muestra sus manos llenas de los pelos arrancados de mi barba. Es realmente cómico. Ya no siento ningún dolor.

Las cinco, las seis, las siete, las diez. Mediodía. Los obreros van y vienen del trabajo; los niños van y vienen de la escuela, en los comercios se vende, en las casas se cocina. Acaso, en este momento, mi madre se acuerde de mí. Quizá ya los camaradas sepan de mi detención y tomen medidas de seguridad.

Y si yo hablara… No, no teman, no lo haré, confíen en mi. Después de todo, mi fin ya no puede estar lejano. Esto ahora es sólo un sueño, una pesadilla febril: los golpes llueven, los esbirros me refrescan con agua. Y nuevos golpes. Y otra vez: “¡habla! ¡habla! ¡habla!” y aún no consigo morir. Mamá, papá: ¿por qué me han hecho tan fuerte?

Las cinco de la tarde. Todo el mundo está ya fatigado. Los golpes ahora sólo caen de tanto en tanto; esto ya es sólo por inercia. Y de súbito oigo desde lejos, desde muy lejos, una voz suave, dulce, tierna como una caricia:

—Er hat schon genug5

Más tarde me hallo sentado ante una mesa que aparece y desaparece de mi vista. Alguien me da de beber. Alguien me ofrece un cigarrillo que no puedo sostener y alguien intenta ponerme los zapatos y dice que es imposible. Después, medio que me cargan escaleras abajo, hasta un automóvil. Arrancamos. Durante el viaje me encañonan de nuevo con las pistolas: es como para reír. Pasamos junto a un tranvía adornado con flores blancas. Un tranvía de bodas. Pero quizá sólo sea una pesadilla o acaso la fiebre o tal vez la agonía o la propia muerte. Siempre pensé que la agonía era una cosa difícil; pero esto no tiene nada de difícil: es algo vago y sin forma, ligero como la pluma. Basta un soplo para que todo termine.

¿Todo? No, todavía no. Porque de nuevo estoy de pie. Verdaderamente, estoy de pie; yo solo, sin el apoyo de nadie. Ante mí se alza una pared de un amarillo sucio, salpicada de… ¿de qué? Parece sangre… Sí, es sangre. Levanto un dedo e intento extenderla…Lo consigo…Sí, está fresca. Es mi sangre…

Por detrás, alguien me golpea en la cabeza y me ordena levantar las manos y hacer genuflexiones. A la tercera caigo…

Un alto SS se inclina sobre mí y me da de patadas para que me levante. Es inútil. Alguien ne lava otra vez y de nuevo estoy sentado. Una mujer me da una medicina y me pregunta dónde me duele. Y entonces parece como si todo el dolor se concentrase en mi corazón.

—Tú no tienes corazón —me dice el alto SS.

—Sí, lo tengo —le respondo. Y de golpe me siento orgulloso porque he sido lo suficientemente fuerte para salir en defensa de mi corazón.

Después, todo desaparece ante mis ojos: el muro, la mujer con el medicamento, el alto SS…

Ante mí se abre la puerta de una celda. Un SS gordo me arrastra a su interior, arranca los girones de mi camisa, me tiende sobre el jergón, palpa mi cuerpo hinchado y ordena que me apliquen compresas.

—Mira —le dice al otro moviendo la cabeza—, mira lo que saben hacer.

Y una vez más desde lejos, desde muy lejos, oigo una voz suave y dulce, tierna como una caricia:

—No aguantará hasta mañana.

Dentro de cinco minutos, el reloj marcará las diez. Es una hermosa y cálida noche de primavera, la del 25 de abril de 1942.

2 Derecho Rojo, órgano del Partido Comunista de Checoslovaquia

3 “Manos en alto”. En alemán en el original.

4 “En marcha”. En alemán en el original.

5 “Ya tiene lo suyo”. En alemán en el original.

Altersbeschränkung:
0+
Umfang:
161 S. 2 Illustrationen
ISBN:
9789874039200
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