Buch lesen: "La isla misteriosa"
Título original: L’Île mystérieuse
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
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REF.: OBFI246
ISBN: 9788491870241
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Índice
PRIMERA PARTE LOS NÁUFRAGOS DEL AIRE. I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
SEGUNDA PARTE EL ABANDONADO. I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
TERCERA PARTE EL SECRETO DE LA ISLA. I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX

PRIMERA PARTE
LOS NÁUFRAGOS DEL AIRE I
EL HURACÁN DE 1865 — GRITOS EN EL AIRE — UN GLOBO
ARRASTRADO POR UNA TROMBA — SE DESGARRA LA ENVOLTURA — NO SE VE MÁS QUE MAR — CINCO PASAJEROS — LO QUE PASA EN LA
BARQUILLA — UNA COSTA EN EL HORIZONTE — EL DESENLACE
—¿Subimos?
—No, al contrario, bajamos.
—Peor que eso, señor Ciro, caemos.
—¡Vive Dios! Arrojemos lastre.
—Ya se ha tirado el último saco.
—¿Sube el globo?
—No.
—Oigo un ruido como de movimiento de olas.
—Tenemos el mar cerca de la barquilla.
—No debe de estar a quinientos pies de nosotros.
Una voz poderosa rasgó los aires, en los cuales resonaron estas palabras: —Tiremos todo lo que pese, todo, y a la gracia de Dios.
Estas palabras resonaban en el aire por encima del vasto desierto de agua del Pacífico hacia las cuatro de la tarde del día 23 de marzo de 1865.
Nadie ha olvidado sin duda el terrible viento del nordeste que se desencadenó en el equinocio de aquel año, y durante el cual el barómetro bajó a 710 milímetros. Fue un huracán sin intermitencia que duró desde el 18 hasta el 26 de marzo. Los estragos que causó fueron inmensos en América, Europa y Asia, abarcando una zona de 1.800 millas de anchura, que se extendía en dirección oblicua al Ecuador, desde el grado 35 de latitud norte hasta el 40 de latitud sur. Ciudades destruidas, bosques desarraigados, países devastados por montañas de agua que se precipitaban como avalanchas, buques arrojados a la costa, que los registros del Veritas anotaron por centenares, territorios enteros arrasados por trombas que lo destruían todo a su paso, millares de personas aplastadas en tierra o tragadas por el mar; tales fueron los testimonios de su furor que dejó tras sí aquel formidable huracán, el cual fue superior en desastres a los que asolaron tan espantosamente La Habana y la isla Guadalupe, el primero el 25 de octubre de 1820 y el segundo el 26 de julio de 1825.
En el momento en que tantas catástrofes se producían en la tierra y en el mar, un drama no menos conmovedor se representaba en los aires.
En efecto, un globo aerostático llevado como una bola en la cima de una tromba y cogido en su movimiento giratorio por la columna de aire, recorría el espacio con una velocidad de noventa millas por hora, girando sobre sí mismo, como si de él se hubiera apoderado algún malstrom aéreo. Debajo del apéndice inferior de este globo, oscilaba una barquilla que contenía cinco pasajeros, apenas visibles en medio de los espesos vapores mezclados de agua pulverizada, que llegaban hasta la superficie del océano.
¿De dónde venía aquel globo, verdadero juguete de la horrible tempestad? ¿De qué punto del mundo había partido? Evidentemente no había podido levantarse durante el huracán; pero éste duraba ya hacía cinco días, y sus primeros síntomas se habían manifestado el 18. Era, pues, lícito creer que aquel globo procedía de muy lejos, porque no había atravesado menos de dos mil millas en veinticuatro horas.
En todo caso, los pasajeros no habían podido tener a su disposición ningún medio de calcular el camino recorrido desde su partida, porque no tenían punto alguno de referencia. Debió producirse entre ellos el hecho curioso de que, arrastrados por la violencia de la tempestad, no la sentían. Cambiaban de lugar a cada instante y giraban sobre sí mismos sin sentir ni la rotación, ni el movimiento a que estaban sometidos en sentido horizontal. Sus ojos no podían penetrar la espesa niebla que se agitaba bajo la barquilla; alrededor de ellos todo era bruma; y tal era la opacidad de las nubes, que no habrían podido decir si era de día o de noche. Ningún reflejo de luz, ningún ruido de tierra habitada, ningún bramido del océano había podido llegar hasta ellos en aquella inmensidad oscura mientras se habían mantenido en las zonas altas. Sólo su rápido descenso había podido darles idea de los peligros que corrían de ser tragados por las olas.
El globo, liberado de los objetos de peso, como municiones, armas y provisiones, había ascendido otra vez hasta las capas superiores de la atmósfera, a una altura de 4.500 pies. Los pasajeros, después de haber reconocido que el mar se hallaba bajo la barquilla, viendo que el peligro era menor arriba que abajo, no habían vacilado en desprenderse hasta de los objetos más útiles, y trataban de no perder nada de aquel fluido, de aquella alma de su aparato, que les sostenía sobre el abismo.
La noche transcurrió entre inquietudes que habrían sido mortales para almas menos enérgicas. Llegó después el día, y con él el huracán mostró cierta tendencia a amainar. Desde el principio de aquel día, 24 de marzo, hubo algunos síntomas de calma. Al rayar el alba, las nubes habían subido a las alturas del cielo, y en pocas horas la tromba fue disminuyendo hasta deshacerse. El viento pasó del estado de huracán al de gran fresco, es decir, que la velocidad de traslación de las capas atmosféricas disminuyó a la mitad. Era todavía lo que los marinos llaman una brisa de tres brizos, pero la mejoría en el desorden de los elementos no parecía menos considerable.
Hacia las once de la mañana la parte inferior del aire se había limpiado bastante. La atmósfera despedía esa limpidez húmeda que se ve, y aun que se siente, después del paso de los grandes meteoros. No parecía que el huracán hubiese ido más lejos hacia el oeste; al contrario, parecía que se había disipado por sí mismo; tal vez se había desvanecido en corrientes eléctricas después de haberse deshecho la tromba, como sucede algunas veces con los tifones del océano Índico.
Pero también hacia esa hora los pasajeros pudieron volver a observar que el globo descendía lentamente con un movimiento continuo hacia las capas inferiores del aire; y hasta parecía que se deshinchaba poco a poco, y que su cubierta se alargaba, perdiendo tensión, y pasando de la forma esférica a la forma oval.
Hacia las doce de la mañana el globo sólo estaba ya a una altura de 2.000 pies sobre el mar. Su capacidad era de 50.000 pies cúbicos, y gracias a ella, había podido mantenerse largo tiempo en el aire, ya que hubiese seguido una dirección horizontal.
En aquel momento los pasajeros arrojaron los últimos objetos que todavía podían formar peso en la barquilla, los pocos víveres que habían conservado y hasta los utensilios pequeños que llevaban en los bolsillos; y uno de ellos, levantándose sobre el círculo, al cual se reunían las cuerdas de la red, trató de atar sólidamente el apéndice inferior del globo.
Era evidente que los pasajeros no podían ya mantenerle en las zonas elevadas porque les faltaba el gas.
Estaban, pues, perdidos.
En efecto, lo que se extendía debajo de ellos no era ni un continente, ni siquiera una isla. El espacio no ofrecía un solo punto en que poder tomar tierra, ni una superficie sólida en que pudiera morder el ancla.
No había más que un inmenso mar, cuyas olas batían entre sí con incomparable violencia. Era el océano sin límites visibles, aun para ellos que le dominaban desde lo alto, y cuyas miradas se extendían entonces en un radio de cuarenta millas. Era aquella llanura líquida, golpeada sin misericordia, azotada por el huracán que debía parecerles como una multitud inmensa de olas desenfrenadas sobre las cuales se hubiera arrojado una vasta red de crestas blancas... No se alcanzaba a ver por ninguna parte ni un pedazo de tierra, ni un solo buque.
Era, pues, necesario a toda costa contener el movimiento de descenso para impedir que el globo se hundiese entre las olas; y a esta urgente operación se dedicaron los pasajeros de la barquilla. Pero, a pesar de sus esfuerzos el globo continuaba descendiendo, al mismo tiempo que se movía con extrema velocidad, siguiendo la dirección del viento, es decir, de nordeste a sudoeste. ¡Situación terrible la de aquellos desgraciados!
Evidentemente habían perdido todo control sobre el globo que les llevaba; sus tentativas no producían el resultado apetecido; el globo se deshinchaba cada vez más; el fluido se escapaba sin que fuera posible contenerlo; el descenso se aceleraba visiblemente, y a la una de la tarde la barquilla estaba suspendida a sólo 600 pies sobre el océano.
En efecto, era imposible impedir la fuga del gas, que se escapaba libremente por un desgarrón del globo.
Aligerando la barquilla de todos los objetos que contenía habían podido los pasajeros prolongar durante algunas horas su suspensión en el aire. Pero con esto sólo habían conseguido retrasar la inevitable catástrofe, y si antes de la noche no encontraban tierra, pasajeros, barquilla y globo, desaparecerían inexorablemente bajo las olas.
La única maniobra que faltaba por hacer fue ejecutada en aquel momento. Los pasajeros del globo aerostático eran evidentemente personas enérgicas y que sabían mirar la muerte cara a cara. Ni un solo murmullo se escapó de sus labios; estaban decididos a luchar hasta el último segundo haciendo todo lo posible por retardar su caída. La barquilla era una especie de caja de mimbres inadecuada para flotar, y no era posible mantenerla en la superficie del mar si caía.
A las dos de la tarde el globo estaba apenas a 400 pies sobre las olas. En aquel momento, una voz varonil, la voz de un hombre cuyo corazón era insensible al temor, resonó en los aires y a ella respondieron voces no menos enérgicas.
—¿Se ha arrojado todo?
—No, quedan todavía 10.000 francos en oro.
Un pesado saco fue entonces arrojado al mar.
—¿Sube el globo?
—Un poco, pero no tardará en volver a bajar.
—¿Qué queda por arrojar todavía?
—Nada.
—Sí... la barquilla.
—Acomodémonos en la red, y al mar la barquilla.
Era, en efecto, el último y único medio de aligerar el peso del globo. Cortáronse las cuerdas que sostenían la barquilla unida al círculo inferior y el globo subió entonces 2.000 pies.
Los cinco pasajeros se habían metido en la red por encima del círculo y se sostenían entre las mallas mirando el abismo.
Sabido es que los globos aerostáticos están dotados de una gran sensibilidad estática. Basta arrojar el objeto más ligero para producir un movimiento del globo en sentido vertical ascendente. Flotando en el aire, el aparato actúa como una balanza de precisión. Se comprende, pues, que, aligerado de un peso relativamente grande, su movimiento sea importante y brusco. Esto es lo que sucedió en aquella ocasión.
Pero después de haberse equilibrado un instante en las zonas superiores, comenzó de nuevo a descender. El gas se escapaba por el desgarro que era imposible reparar.
Los pasajeros habían hecho todo lo que habían podido hacer. Ningún medio humano podía ya salvarles, ni tenían que contar en adelante más que con la ayuda de Dios.
A las cuatro de la tarde el globo estaba ya a 500 pies de la superficie de las aguas.
En aquel momento se oyó un sonoro ladrido. Un perro acompañaba a los pasajeros y estaba tendido cerca de su amo entre las mallas de la red. —Top ha visto algo —exclamó uno de los pasajeros.
Poco tiempo después se oyó una voz fuerte que decía:
—¡Tierra, tierra!
El globo, arrastrado incesantemente por el viento hacia el sudoeste, había atravesado aquel día una distancia considerable, que podía calcularse en centenares de millas, y en efecto, en aquella dirección acababa de presentarse una tierra bastante elevada.
Pero la tierra se encontraba aún a treinta millas a sotavento, necesitándose por lo menos una hora larga para llegar a ella, y eso a condición de seguir una línea recta sin desviarse de ella. ¡Una hora! ¿Podría resistir el globo una hora todavía sin vaciarse de todo su gas?
Tal era la terrible cuestión. Los pasajeros veían distintamente aquel punto sólido al cual era preciso llegar a toda costa. Ignoraban si era isla o conti-

El globo cayó en la arena de la orilla, fuera del alcance de las olas.
nente, porque apenas sabían hacia qué parte del mundo les había llevado el huracán. Pero, de todos modos, era necesario llegar allí, estuviese aquella tierra habitada o no, fuese o no hospitalaria.
A las cuatro de la tarde era ya visible que el globo no podía sostenerse por más tiempo. Se deslizaba rozando la superficie del mar; la cresta de las enormes olas había lamido ya varias veces la parte inferior de la red, haciéndola más pesada, y el globo no se levantaba sino a medias, como un ave que tiene plomo en las alas.
Media hora después, la tierra se veía a una milla tan sólo de distancia; pero el globo, ya flácido, deshinchado, arrugado en gruesos pliegues, sólo conservaba gas en su parte superior. Los pasajeros asidos a la red pesaban ya demasiado para el aparato, y en breve, medio sumergidos en el mar, sufrieron el golpeteo de las furiosas olas. La cubierta del globo se hinchó entonces, e introduciéndose en ella el viento lo empujó como un buque que camina viento en popa. De este modo parecía que al fin iba a llegar a la costa. Pero cuando estaban a dos cables de distancia resonaron gritos terribles que escaparon de cuatro pechos a la vez. El globo, que parecía que no iba a levantarse ya, acababa de dar un salto inesperado después de haber sufrido un formidable golpe de mar. Como si hubiera sido aligerado súbitamente de una nueva parte de su lastre, ascendió a una altura de 500 pies y allí encontró una especie de remolino de viento, que en lugar de llevarlo directamente a la costa le hizo seguir una dirección casi paralela a ella. Por fin, dos minutos después se acercó a tierra oblicuamente y cayó por último en la arena de la orilla fuera del alcance de las olas.
Los pasajeros, ayudándose unos a otros, lograron desprenderse de las mallas de la red. El globo, libre de aquel peso, fue recogido por el viento y, como un ave herida que recobra un instante su vida, desapareció en el espacio.
La barquilla había contenido cinco pasajeros y un perro; pero el globo sólo arrojó cuatro sobre la orilla.
Sin duda alguna el pasajero que faltaba había sido arrebatado por el golpe de mar que había sufrido el globo, y este alivio de peso era sin duda el que había permitido al aparato subir por última vez y llegar pocos instantes después a tierra.
Apenas los cuatro náufragos, pues bien puede dárseles este nombre, pusieron el pie en tierra cuando todos, pensando en el ausente, exclamaron: —Quizá trate de alcanzar la tierra a nado. ¡Salvémosle, salvémosle!
II
UN EPISODIO DE LA GUERRA DE SECESIÓN — EL INGENIERO CIRO
SMITH — GEDEON SPILETT — EL NEGRO NAB — EL MARINO
PENCROFF — EL JOVEN HARBERT — UNA PROPOSICIÓN INESPERADA — CITA A LAS DIEZ DE LA NOCHE — PARTIDA DURANTE LA TEMPESTAD
No eran ni aeronautas de profesión, ni aficionados a expediciones aéreas, los hombres a quienes el huracán acababa de arrojar sobre aquella costa. Eran prisioneros de guerra a quienes su audacia había impulsado a fugarse en circunstancias extraordinarias. Cien veces habían estado a punto de perecer; cien veces su globo roto les había precipitado en el abismo. Pero el cielo les reservaba un extraño destino, y el 20 de marzo, después de haberse evadido de Richmond, sitiada por las tropas del general Ulysses Grant, se hallaban a 7.000 millas de la capital de Virginia, principal baluarte de los secesionistas, durante la terrible Guerra de Secesión. Su navegación aérea había durado cinco días.
He aquí las curiosas circunstancias en que había tenido lugar la evasión de los prisioneros, evasión que debía terminar con la catástrofe referida en el capítulo anterior.
En el mes de febrero de 1865, el general Grant había intentado, aunque inútilmente, uno de sus golpes de mano para apoderarse de Richmond, y en este combate varios oficiales cayeron en poder del enemigo, y fueron internados en la ciudad. Uno de los más distinguidos entre ellos pertenecía al Estado Mayor federal y se llamaba Ciro Smith, natural de Massachusetts, era ingeniero, un científico de primer orden, a quien el gobierno de la Unión había confiado durante la guerra la dirección de los ferrocarriles, que desempeñaban un papel estratégico tan considerable. Verdadero americano del Norte, flaco, huesudo, esbelto, de edad de cuarenta y cinco años, poco más o menos, tenía el cabello corto y canoso, llevaba la barba afeitada y sólo conservaba un espeso bigote igualmente gris. Poseía una de esas hermosas cabezas numismáticas que parecen hechas para ser modeladas en medallas: tenía los ojos ardientes, la boca grave, la fisonomía de un sabio de la escuela militar. Era uno de esos ingenieros que han querido comenzar por manejar el martillo y el pico como los generales que comienzan por ser soldados rasos. Así, al mismo tiempo que la agudeza de ingenio, poseía la suprema habilidad del obrero. Sus músculos presentaban síntomas notables de tenacidad, verdadero hombre de acción al mismo tiempo que de pensamiento; todo lo ejecutaba sin esfuerzo, bajo la influencia de una gran expansión vital, con esa perseverancia viva que desafía todos los obstáculos. Muy instruido, muy práctico, muy campechano, para usar esta expresión vulgar, era de un temperamento magnífico, porque, conservándose siempre dueño de sí mismo, cualesquiera que fuesen las circunstancias, cumplía en el más alto grado las tres condiciones cuyo conjunto determinaba la energía humana: actividad de ánimo y de cuerpo, impetuosidad de deseos y fuerza de voluntad; su divisa habría podido ser la de Guillermo de Orange en el siglo XVII: «no necesito esperar para acometer una empresa, ni triunfar para perseverar».

Gedeon Spilett.
Al mismo tiempo, Ciro Smith era el valor personificado; había asistido a todas las batallas de aquella guerra. Después de haber comenzado a servir a las órdenes de Ulysses Grant, entre los voluntarios del Illinois, había combatido en Paducah, en Belmont, en Pittsburg-Landing, en el sitio de Corinto, en Port-Gibson, en Río Negro. En Chattanoga, en Wilderness a orillas del Potomak, en todas partes y valerosamente, como soldado digno del general que respondía: «yo nunca cuento mis muertos». Cien veces Ciro Smith había estado a punto de hallarse entre el número de éstos que no contaba el terrible Grant; pero en aquellos combates, a pesar de lo mucho que se exponía, la suerte le favoreció siempre hasta el momento en que fue herido y hecho prisionero en el campo de batalla de Richmond.
Al mismo tiempo que Ciro Smith, y en el mismo día, otro personaje importante caía en poder de las tropas del Sur. Era nada menos que el ilustre Gedeon Spilett, corresponsal del New York Herald y encargado de seguir las peripecias de la guerra en los ejércitos del Norte.
Gedeon Spilett era de la raza de esos admirables cronistas ingleses o norteamericanos, de la raza de los Stanley que no retroceden ante ningún obstáculo para obtener una noticia exacta y transmitirla a su periódico sin pérdida de tiempo. Los diarios de la Unión, como el New York Herald, son verdaderas potencias, y sus corresponsales son representantes con quienes se cuenta. Gedeon Spilett era de los más eminentes entre estos corresponsales. Hombre de gran mérito, enérgico, pronto y dispuesto para todo, lleno de ideas, había corrido todo el mundo, soldado y artista, agitador en el consejo, resuelto en la acción, despreciador del cansancio, la fatiga y el peligro cuando se trataba de saberlo todo, en su provecho, en primer lugar, y después, en provecho del periódico, verdadero héroe de la curiosidad, de lo imposible, era uno de los intrépidos observadores que escriben bajo el fuego enemigo, que hacen sus entrevistas entre las balas de cañón y para quienes todos los peligros son un pasatiempo agradable.
También él había estado en primera fila en todas las batallas, con el revólver en una mano y el cuaderno de notas en la otra, sin que la metralla hubiera hecho temblar su lápiz. No fatigaba los hilos del telégrafo con telegramas incesantes como los que hablan cuando nada tienen que decir; pero cada una de sus notas, breves y claras, arrojaba viva luz sobre algún punto importante. Por otra parte, no le faltaba chispa. Él fue quien después de la acción de Río Negro, queriendo a toda costa conservar su sitio junto a la ventanilla de la oficina de telégrafos, después de anunciar a su periódico el resultado de la batalla, telegrafió durante dos horas los primeros capítulos de la Biblia. Esto costó al New York Herald dos mil dólares, pero el New York Herald, fue el primero que recibió pormenores de la acción.
Gedeon Spilett era de alta estatura y de edad de cuarenta años a lo más; sus patillas, rubias tirando a rojo, formaban marco a su semblante, y su mirada era tranquila, viva y rápida cuando cambiaba de objeto, como la de hombre que tiene costumbre de comprender al primer golpe de vista todos los pormenores de un horizonte. De miembros robustos, estaba hecho a todos los climas, como una barra de acero sumergida en agua fría.
Hacía diez años que era corresponsal oficial del New York Herald, enriqueciéndolo con sus crónicas y sus dibujos, porque manejaba lo mismo el lápiz que la pluma. Cuando cayó prisionero, estaba haciendo la descripción y el croquis de la batalla. Las últimas palabras escritas en su cuaderno fueron éstas: «un sudista me apunta con su carabina en este momento...». Y el tiro no salió y Gedeon Spilett, según su invariable costumbre, salió de aquel peligro sin un arañazo.
Ciro Smith y Gedeon Spilett, que no se conocían más que por la fama, fueron trasladados a Richmond. El ingeniero se curó rápidamente de su herida y durante la convalecencia fue cuando trabó conocimiento con el corresponsal. Agradáronse mutuamente y aprendieron a apreciarse; en breve su vida fue común y no tuvo más que un objeto: evadirse, volver al ejército de Grant y combatir de nuevo en sus filas por la unidad federal.
Estaban, pues, decididos a aprovechar todas las ocasiones que se presentaran; pero aunque les habían dejado libres de andar por la ciudad de Richmond, estaba ésta tan severamente vigilada que cualquier evasión podía considerarse como imposible.
En estas circunstancias vino a hacer compañía a Ciro Smith su criado, que le era adicto en vida y muerte. Aquel intrépido servidor era un negro que había nacido en las tierras del ingeniero, de padre y madre esclavos; pero desde hacía tiempo había sido emancipado por Ciro Smith, abolicionista de inteligencia y de corazón. El esclavo liberto no había querido abandonar a su amo, a quien amaba hasta el punto de morir por él. Era un muchacho de treinta años, vigoroso, hábil, diestro, inteligente, pacífico y tranquilo, a veces candoroso, siempre risueño, servicial y bueno. Se llamaba Nabucodonosor, pero sólo respondía al nombre abreviado y familiar de Nab.
Cuando Nab supo que su amo había caído prisionero, abandonó Massachusetts sin vacilar, llegó a las cercanías de Richmond y a fuerza de astucia y destreza, no sin arriesgar veinte veces su vida, logró penetrar en la ciudad sitiada. Imposible explicar el júbilo que experimentó Ciro Smith al volver a ver a su criado y la alegría de Nab al encontrar de nuevo a su señor.
Pero si Nab había podido penetrar en Richmond, era mucho más difícil salir de aquella ciudad, porque los prisioneros federales estaban vigilados muy de cerca. Se necesitaba una ocasión extraordinaria para intentar la fuga con alguna probabilidad de éxito y esta ocasión no solamente no se presentaba sino que no podía provocarse sin excitar sospechas.
Entretanto Grant continuaba con energía sus operaciones. La victoria de Pittsburgh le había sido muy disputada. Sus fuerzas, reunidas con las de Butler, no habían obtenido todavía ningún resultado eficaz delante de Richmond y nada hacía presagiar que estuviese próxima la libertad de los prisioneros. El corresponsal, a quien su fastidioso cautiverio no proporcionaba ya un pormenor interesante que anotar, no podía resistir más tiempo, siendo su idea fija salir de Richmond a toda costa. Muchas veces había intentado la aventura y sido detenido por obstáculos insuperables.
El sitio continuaba, entretanto, y si los prisioneros tenían muchos deseos de evadirse para volver al ejército de Grant, había sitiados que no los tenían menores de salir de allí a fin de unirse al ejército separatista, y entre ellos un tal Jonathan Forster, furibundo sudista. En efecto, si los prisioneros federales no podían salir de la ciudad, tampoco podían hacerlo los confederados, porque el ejército del Norte les cercaba por todas partes. Ya hacía mucho tiempo que el gobernador de Richmond no podía comunicarse con el general Lee y era urgentísimo que este general supiese la situación de la ciudad para que apresurase la marcha del ejército que debía socorrerla. Jonathan Forster tuvo entonces la idea de salir en un globo atravesando la línea de los sitiadores para llegar así al campo de los secesionistas.
El gobernador autorizó la tentativa. Construyóse un globo aerostático que fue puesto a disposición de Jonathan Forster, a quien debían seguir por los aires cinco compañeros, provistos de armas para el caso de que se prolongara su viaje aéreo.
La partida del globo se fijó para el 18 de marzo debiendo efectuarse durante la noche y con viento noroeste de mediana fuerza, mediante el cual los aeronautas contaban llegar en pocas horas al cuartel general de Lee.
Pero aquel viento noroeste no fue una simple brisa, y desde el 18 pudo verse que se convertía en huracán. Pronto la borrasca fue tal que hubo que aplazar la partida de Forster porque era imposible arriesgar de tal modo la vida de los que debían ir en aquel globo en medio del desorden de los elementos.
El globo hinchado en la Plaza Mayor de Richmond estaba, pues, listo para partir tan pronto como calmase un poco el viento, y en la ciudad la impaciencia era grande viendo que el estado de la atmósfera no se modificaba. El 18 y el 19 de marzo transcurrieron sin que se apreciase ninguna modificación en la borrasca, y hasta hubo grandes dificultades para conservar el globo atado a tierra, al cual batían y derribaban al suelo continuas ráfagas de viento.
Transcurrió también la noche del 19 al 20, y por la mañana el huracán se desarrolló todavía con más ímpetu. La salida era, por consiguiente, imposible.
Pasando aquel día el ingeniero Ciro Smith por una calle de Richmond, se le acercó un hombre a quien no conocía. Era un marino llamado Pencroff, de edad de 35 a 40 años, vigorosamente constituido, de rostro atezado, ojos vivos que se guiñaban a cada momento, pero de aspecto agradable. Este Pencroff era un americano del Norte que había corrido todos los mares del globo y al cual en materia de aventuras había sucedido todo lo que puede ocurrir de extraordinario a un bípedo sin plumas. Huelga decir que era emprendedor, capaz de atreverse a todo, e incapaz de admirarse de nada. A principios de aquel año había ido a Richmond para asuntos particulares con un joven de quince años llamado Harbert Brown de Nueva Jersey, hijo de su capitán, huérfano a quien amaba como si fuera su propio hijo. No habiendo podido salir de la ciudad antes de empezar las operaciones del sitio, se encontró bloqueado con gran disgusto suyo y no tenía tampoco más que una idea: la de evadirse de Richmond por todos los medios posibles. Conocía la reputación del ingeniero Ciro Smith y sabía con qué impaciencia tascaba el freno. Aquel día no vaciló, por consiguiente, en llegarse a él diciéndole sin más preámbulos:

—Señor Smith, ¿quiere usted escapar?
—Señor Smith ¿está usted cansado de Richmond?
El ingeniero le miró fijamente.
Pencroff añadió en voz baja:
—Señor Smith, ¿quiere usted escapar?
—¿Cuándo? —respondió con viveza el ingeniero; y puede afirmarse que esta contestación se le escapó involuntariamente, porque todavía no había examinado al desconocido que le dirigía la palabra.