Buch lesen: "El increíble robo del informe "Rinconcillo""

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© Julio Muñoz Gijón, 2021

© de esta edición: el paseo editorial, 2021

www.elpaseoeditorial.com

1ª edición: noviembre de 2021

El autor y la editorial quieren manifestar que todos los personajes, lugares y marcas comerciales que aparecen en esta novela, y sus secuelas, son ficticios y/o están mencionados en el marco de una ficción humorística sin ningún parecido con la realidad, con efectos de exageración y con la mejor intención posible y, en ningún caso, mediante contraprestación de ningún tipo.

Diseño y preimpresión: el paseo editorial

Cubiertas y maquetación ePub: Jesús Alés (sputnix.es)

Corrección: Deculturas, S.C.A.

i.s.b.n. epub: 978-84-948984-8-8

código thema: FU

No se permite la reproducción, almacenamiento o transmisión total o parcial de este libro sin la autorización previa y por escrito del editor. Reservados todos los derechos.


A Roberto Leal, Toñi Moreno, Salomón Hachuel, Fran Ronquillo ( « Ver de Faruso » ), Enrique Romero, Sergio Haze, Alberto López (de « Los Compadres ») , Manuel Lombo, Chico Pérez, Modesto Barragán por regalarme sus voces para las notas de audio. Es un privilegio llamaros para cualquier locura y que siempre estéis dispuestos.

Y especialmente a Angelito « el Aguaó », por habernos alegrado con tus mensajes cuando más falta nos hacía, por tu lucha para que las calles se volvieran a llenar de cofrades, y porque Sevilla es una ciudad especial precisamente porque la habitan personas tan puras como tú.

UNO

América Central. El Salvador.

El pasillo central de la cárcel La Esperanza en El Salvador está abarrotado. El calor es húmedo y el olor nauseabundo. A ambos lados del pasillo hay celdas abiertas con reclusos tatuados que miran amenazantes a otro que camina entre ellos sin prestarles atención. Las conversaciones se van acabando a medida que él los va alcanzando. No es muy alto, es delgado y tiene el pelo cortado al dos o al tres. Es el único que va con una camisa limpia y planchada y lleva una toalla en las manos.

Finalizado el pasillo, el hombre abre una puerta y entra en la zona de duchas de la cárcel. Todo está en muy mal estado. Dentro hay otros dos presos tatuados duchándose. El hombre de la camisa comienza a desvestirse. Conforme se quita la camisa deja ver en la espalda el tatuaje de un esqueleto sentado, con la cabeza apoyada en la mano y que parece lamentarse de algo. Al lado lleva una frase, «Mors Mortem superavit», que quiere decir «La muerte venció a la muerte».

En ese momento la puerta de las duchas se abre y entra un recluso con un pañuelo en la cabeza y la cara llena de tatuajes. Los dos hombres que se estaban duchando cierran sus grifos y se esfuman rápidamente. Por el contrario, una treintena de reclusos, con aspecto de ser miembros de una banda, entran y rodean al hombre de la camisa y al del pañuelo. No se oye un alma.

—Pero, ¿qué pensabas tú, culeao, que te ibas a ir de aquí sin despedirte de Gordo Loco? ¿Qué tú pensabas, que en La Esperanza los bravos no pagan?

El hombre del pañuelo se echa a un lado, el corro de personas se abre y un pandillero enorme, de unos doscientos kilos y más de dos metros, entra con un pincho en la mano.

El otro hombre lo mira. Coge con cuidado la camisa que se había quitado y vuelve a abrochársela con delicadeza. El jefe del pañuelo continúa en tono amenazante.

—A un güevón blanquito aquí no se le puede consentir molestar…

—Yo solo he respondido. Lo sabes, Puma.

El hombre grande lo mira con los ojos desorbitados y jadeando. Está quieto junto a Puma.

—Ya, ya… ¿y por qué hiciste eso? ¿Por qué te defendiste? Aquí uno se calla y listo. Es que son las reglas de la mara, chamo. No son mías. Pero si yo soy papá, no puedo dejar que te vayas fresco, ya sabes. —El hombre se señala un tatuaje que tiene en el pecho y en el que se puede leer «Por mi madre vivo, por mi mara mato».

El hombre de la camisa traga saliva.

—Mira, hoy es mi último día aquí…

Puma lo interrumpe.

—Puedes tener claro que es tu último día.

En ese momento el gigante se abalanza hacia él con el cuchillo, pero el tipo de la camisa lo esquiva con un rápido gesto con el que le dobla totalmente el brazo, algo que produce un crujido sobrecogedor. En el siguiente movimiento grita y le impacta con un violento puñetazo en la sien. El recluso gigante se desploma en el suelo de las duchas como un peso muerto. El gesto del hombre de la camisa ha cambiado por completo y ahora parece fuera de sí, levanta al gigante que está casi inconsciente y con la mano derecha le agarra fuerte el cuello, y lo sostiene con la espalda contra una pared. Mientras, el corro de presos alrededor mira la escena sin intervenir.

—¿SABÉIS CÓMO SE LLAMA ESTO EN MI TIERRA?

Todos lo miran en silencio. El hombre de la camisa les aguanta la mirada a todos.

—¡SE LLAMA TRAGANTÁ!

Suelta un instante el cuerpo del gigante inconsciente y le da un violentísimo manotazo en el cuello que hace que se golpee la cabeza contra la pared. El cuerpo vuelve a caer al suelo. Rápidamente, el hombre de la camisa coge el pincho que había caído al lado y se lo pone contra el pecho al hombre en el suelo. En ese momento mira fuera de sí al resto de presos y les grita.

—¿Y SABÉIS CÓMO SE LLAMA ESTO EN MI TIERRA? ¿¿LO SABÉIS, CABRONES??

Tras unos segundos de silencio, todos los presos del corro que rodean a los dos hombres comienzan a corear con acento latinoamericano y cada vez con más fuerza:

Mojá… Mojá… ¡Mojá! ¡MOOOJÁ! ¡MOOOOJÁ!

DOS

Comisaría de la Policía Nacional de Sevilla. Jiménez y Villanueva están en el despacho con un hombre de unos cincuenta años que solloza sobre la mesa. Villanueva apoyado en una esquina. Jiménez, sentado en una silla, le acerca un pañuelo de papel.

—Toma, Rafael, suénate, hombre. Si nosotros te atendemos todas las veces que haga falta, no te pongas así…

Villanueva lo interrumpe.

—Hombre, Jiménez, todas las veces que haga falta…

—Ya, ya, déjeme, Jefe.

Jiménez mira al hombre.

—Pero es que esto no es serio, Rafael, esto no es serio.

El hombre asiente, pero no puede parar de lloriquear.

—Pero… ¿para tanto es? ¿Para traerme aquí como si fuera yo un delincuente?

Villanueva coge un papel y consulta un dato.

—Rafael, ha pulsado usted su alarma de atracos 36 veces en los últimos dos meses. Y cada vez que lo hace hay un dispositivo, un aviso a la central, una unidad con compañeros que se desplaza, un gasto…

El hombre se recompone algo, aunque sigue sollozando.

—Ya, ya, pero es que no me acostumbro a que me entre por la puerta un tío con una navaja de dos palmos en la mano, tan raro no es, ¿no?

Jiménez le responde.

—Hombre, para alguien con una cuchillería, sí es raro, Rafael.

Villanueva parece desesperarse. El hombre comienza de nuevo a lloriquear.

—Si yo tenía que haber montado una mercería como me dijo mi hermana.

Jiménez asiente.

—Mira, eso es muy buena idea, Rafael, sí señor. Hay que hacerle caso a las hermanas y a las madres. Me vas a comparar tú a mí que te entre un gachó por la puerta con una navaja de siete muelles, aunque sea para afilar, a que te entre con un esquijama, o unos bradlys porque le quedan colgones. Es que no hay color.

El hombre sigue llorando.

—Si es que no valgo para nada.

Villanueva se apiada.

—Venga, hombre, no se ponga así, usted monta una mercería y listo, si ya tiene el local, verá como gana calidad de vida y tranquilidad, usted y nosotros, porque un día va a tener un problema de verdad y no lo vamos a creer.

El hombre se asusta.

—¿Usted cree? ¿Con la mercería también voy a tener problemas? ¿Y uno de verdad?

Jiménez se levanta e invita a incorporarse al hombre. Los dos policías lo van acompañando hacia la salida.

—No, hombre, no, con la mercería todo bien, eso no se preocupe usted, que no tiene peligro. Como mucho algún elástico que se estire y le dé, o alguna pasamanería fea, pero nada. Ese es el negocio que tiene que montar, Rafael, pero, eso sí, tijeras, alfileres y eso no venda, por si acaso, que la mente es muy traicionera y va a volver a darle al botoncito.

—Mira, mejor pongo la mercería por Internet y ya me quito de problemas.

Villanueva asiente.

—No se preocupe, estamos para servirle siempre.

El hombre desaparece escaleras abajo y Villanueva y Jiménez lo ven marcharse. Villanueva mira a Jiménez.

—Jiménez, en esta ciudad ocurren cosas que solo pueden pasar aquí.

TRES

Cárcel de El Salvador. El hombre del pelo corto avanza por el pasillo central del centro penitenciario La Esperanza. En esta ocasión, lleva una camisa blanca y una pequeña mochila. Los reclusos que abarrotan el pasillo ahora le hacen un gesto con las manos, el pulgar pisa al meñique, y anular, corazón e índice se quedan delante. Todos se ponen la mano en el pecho y asienten a su paso. Al final del pasillo está Puma. El hombre de la camisa se para junto a él.

—Este es nuestro gesto de respeto. El pulgar sobre el meñique y detrás de los otros tres dedos. Quiere decir: «el fuerte defiende al débil y el grupo los protege».

Puma repite el gesto que han hecho el resto de los reclusos mirándolo a los ojos.

—Respeto. Te lo has ganado indultando al Gordo.

El hombre del pelo corto asiente serio e intenta irse, pero Puma lo para con la mano en el pecho y sonríe. El hombre se detiene y lo mira, sintiendo amenaza.

—Nunca fuiste muy hablador, culeao, siempre ahí tú, con tus libricos, tu ajedrecico y tu gimnasio… no pegas aquí, estuviste años, pero nunca encajaste. Al principio pensé que eras un españolito tontito más, de los que pillan en el aeropuerto bien cargado. Cuando te vi entrar… ¿hace cuánto?

—Dieciséis años.

—Bueno… dieciséis años, eso aquí no es nada, ya lo sabes. Cuando te vi entrar pensé que no durabas… pero eres bien duro, chucho.

El pandillero toca con el índice en la frente del hombre.

—Tienes algo aquí bien, cabrón, no sé qué es, pero es bien, cabrón. ¿Qué vas a hacer? Fuera podemos ofrecerte cosas, tienes potencial, podemos ayudarte, aquí en El Salvador, en Colombia, en los States… dime, podemos mover algo.

—No, gracias.

—¿Seguro? ¿Qué vas a hacer?

—Han sido muchos años en este Salvador, vuelvo al Salvador de mi casa, a una plaza que te gustaría.

—¿Tienes plan allí?

El hombre sonríe.

—Si en dieciséis años no me hubiera dado tiempo a tener un plan, merecería seguir aquí con mierdas como tú.

El pandillero se ríe.

—Tienes razón. Bueno, pues buen viaje. Ah, toma, el pincho de Gordo Loco, dice que te lo has ganado.

El hombre lo mira, es un pincho afilado a mano desde algún cubierto y con un mango de la madera de algún árbol del patio. Lo agradece.

—Me servirá.

—Seguro, culeao. Te veo otra vez en el infierno.

El pandillero le entrega el pincho con disimulo y el hombre avanza hacia el mostrador donde dos funcionarios escuchan una radio. Puma vuelve a llamarlo.

—Por cierto, una última cosa, hueco, ese nombre tuyo… ¿Alúa? ¿Qué significa Alúa? Nunca te dije.

El hombre se vuelve y lo mira a los ojos.

—Las alúas son hormigas a las que después de la tormenta… les crecen las alas.

CUATRO

Tres meses después. Sevilla. Barra del bar El Rinconcillo. Jiménez y Villanueva están cenando con algunos compañeros de la comisaría. Jiménez tiene el móvil en la mano y todos están alrededor escuchando una nota de audio.

«Bastante mejor, bastante mejor, bastante mejor. Estoy bastante bien, ya estoy un poquito mejor. Estoy bien, estoy muy contento.»

Todos sonríen. Jiménez guarda el móvil.

—Es Angelito, yo no lo conozco en persona, pero es que soy admirador a más no poder. Nota de audio que me mandan en cualquier grupo de WhatsApp, nota de audio que oigo sin parar porque no se puede tener más arte. Yo, os lo digo de verdad, me moriría si me hiciera una nota de audio dedicada a mí.

Otro de los compañeros se ríe.

—Coño, pues no es una locura, yo he escuchado una dedicada al Poto porque es muy buen cantante.

Otro compañero interviene.

—Sí, sí, y a Manuel Pombo, y a Pellegrini el del Betis, que me la mandaron a mí.

Otro compañero saca el móvil.

—Y a Lopetegui, es que es para comérselo.


Jiménez se ríe.

—Esa era buenísima. A mí es que sin conocerlo me cae tela de bien el chaval, porque la cantidad de alegría que el nota reparte con las notas de audio… Pero, claro, a mí ¿qué nota de audio me va a hacer? «Jiménez de Sevilla, que lo mismo multas que renuevas un DNI…».

Villanueva lo mira con una sonrisa.

—Jiménez, con usted todo es posible, así que yo no lo descartaría.

El camarero llega en ese momento y pone dos tortillas con jamón en el mostrador. Jiménez corta con el tenedor un trozo y se lo come.

Ojú, qué maravilla, niño. La tortilla está para entrar a vivir.

Todos cogen y Jiménez sigue saboreando.

—Con lo simple que es una tortillita de jamón, que es huevo, jamón y ya, y cómo está la de aquí… qué maravilla.

Villanueva, que también ha comido, levanta la mano para llamar al camarero.

—Medio coronel, por favor.

El camarero le pone un vaso de vino tinto. Jiménez se sorprende.

—Míralo él… qué integrado está ya, pidiendo su medio coronel y todo.

Uno de los compañeros señala:

—Tiene guasa que yo, que soy de Sevilla, no sepa de dónde viene eso del medio coronel y Villanueva, que es madrileño, sí que lo sepa.

Villanueva sonríe.

—Tengo buen maestro.

Y señala a Jiménez.

—Bueno, pues venga, explíquelo, a ver si se acuerda.

—Sí, hombre, esto era el teniente coronel jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Sevilla de… no recuerdo, pero antes de la guerra, años veinte, ¿no?

Jiménez asiente orgulloso.

—Sí, señor.

—Pues eso, que el hombre siempre se bebía un vaso de tinto y cuando lo veían venir, los camareros ya pedían «El vaso del coronel» y de ahí pasó a «un coronel», y, claro, los clientes, de escucharlo, pues cuando querían un vaso de vino pedían «un coronel» y así se ha quedado tantos años después.

El compañero asiente.

—Hombre, desde luego, cuando lo pides dejas claro que turista no eres…

Villanueva asiente.

—Eso es así, y, además, y esto ya es cosecha de Jiménez, hay que pedir «medio coronel» porque lo llenan por encima de la mitad y tiene más cuenta.

Todos se ríen. Jiménez toma la palabra.

—Una historia más de este bar, fíjate, casi cuatro siglos tiene El Rinconcillo, imagínate la de historias que tendrá esto. ¿Sabíais que durante un tiempo le decían el bar de las tres pes?

Todos se miran sorprendidos. El compañero le pregunta.

—No será una rima con premio, ¿no, Jiménez?

—Qué va, qué va. Con las tres pes se refería a que era de los pocos bares que estaba casi todas las noches abierto y aquí se juntaban las tres pes: policías, prostitutas y periodistas. Por lo visto, aquí se enteraba uno de todo lo que había pasado durante el día, todos los chismes de la ciudad se conocían aquí. Si hubiera habido micrófonos y cámaras en estas paredes… En fin.

Jiménez apura su medio coronel.

—Oye, que yo me voy, que esto pinta a que os liais y yo mañana tengo cosas importantes que hacer.

Todos los compañeros se quejan de que se vaya. Villanueva se extraña.

—¿Qué tiene mañana, Jiménez? Me sé su agenda y mañana tenemos el día tranquilo…

—No, del trabajo nada, algo más importante, que mañana es el primer día para renovar la caseta de Feria y todos los años lo hago el primer día, que luego vienen las complicaciones.

—Hombre, Jiménez, que le he visto liarse teniendo operativos complicados al día siguiente, no me diga que por eso va a irse usted ya.

—Hombre, entrar en un piso franco de etarras, un atraco a una joyería, una persecución tras un alunizaje… eso es importante, pero renovar la caseta de Feria es otro rollo. Ahí sí que no puede haber fallos.

Villanueva no se cree lo que oye.

—¿Me lo está diciendo en serio? Venga, que le pido otro medio coronel y unas espinacas con garbanzos, que sé que le encantan las de aquí.

—Que no, que no, que tengo mucha gente detrás a la que no puedo fallar. Imagínese que se nos pasa y perdemos la caseta.

Jiménez se abre un poco el cuello de la camisa.

—Madre mía, me ha entrado hasta calor y todo.

—Pero, qué pasa, ¿que en Sevilla no se puede tener una caseta de nuevas?

Todos los compañeros se echan las manos a la cabeza. Uno de ellos se mete.

—Villanueva, todo lo sevillano que parecías pidiendo medio coronel en El Rinconcillo y lo acabas de perder de golpe. La lista de las casetas se mueve menos que el avión de la rotonda de la Motilla. El que no tenga caseta lleva esperando lo más grande y, claro, el que la tiene, pues no se le pasa ni a tiros.

Jiménez asiente.

—Se me olvida antes el nombre de mi madre o cómo se pela un langostino que renovar la caseta, así te lo digo. Yo es el único día al año que madrugo. Me pongo a las seis de la mañana en la puerta del Registro del Ayuntamiento para ser el primero y asegurarme, así tampoco llego tarde a la comisaría por si hay algo, pero, vamos, secundario lo de la comisaría,

la verdad.

Villanueva se ríe.

—Pero eso se podrá hacer por Internet, ¿no?

Todos resoplan. Jiménez le responde.

—Deje, deje. Yo las cosas importantes las hago viendo la carita, mirándole a los ojitos al funcionario o a la funcionaria, de hecho, le suelo hasta hacer una foto por si hay algún problema.

Villanueva está mirando en el móvil algo.

—¡Pero si estoy viendo y el Registro abre a las nueve!

—Pues por eso, hay que asegurar, a ver si un año va a haber recortes y la renovación va a ser por orden de llegada o algo… Así que nada, lo siento, pero me voy. Mañana nos vemos y a ver si hacemos otra quedada pronto. Me voy, y cuidado con lo que habláis, que estas paredes son de las que se enteran, ya sabéis, las tres pes. Aunque, vamos, con lo que habrán escuchado, lo que contemos nosotros será un mojón gordo.

En ese momento le llega una notificación de WhatsApp a uno de los compañeros, que mira el móvil.

—Ojo, nota de audio nueva de Angelito, quédate y la escuchamos.

Jiménez duda.

—No, no, mándamela, haz el favor y la oigo de camino…

Pero Villanueva se divierte.

—De eso nada, si quiere oírla tiene que venir y tomarse el último medio coronel… quiero decir «el penúltimo», claro.

CINCO

Alúa y un joven están en una habitación minúscula. Tienen dos sacos de dormir en el suelo. El joven está tumbado sobre uno de ellos. Tiene una gorra, dos pendientes de aro y está escuchando música con unos auriculares y un reproductor de MP3. Parece rapear en voz baja, como si improvisara. Alúa tiene una venda en los ojos y está jugando al ajedrez contra él mismo en un pequeño tablero magnético de esos que se doblan y sirven de caja para las fichas. El joven se quita los auriculares y lo mira.

—Alúa, eres tela de raro, quillo. Ya jugar al ajedrez es de rarito, jugar al ajedrez contra ti mismo más todavía, pero jugar al ajedrez contra ti mismo y con los ojos vendados… compadre, eso es más raro que un pescado con hombros.

Alúa sigue jugando, pero le contesta.

—Todo el mundo quiere ser original, pero ninguno está dispuesto a ser raro.

El joven de la gorra lo mira con asombro y se acerca.

—Pero es que es la polla, o sea, es que te acuerdas, chorla, de donde está cada pieza, las tuyas y las… bueno, y las tuyas.

—Las blancas y las negras.

—Eso, sí, porque tuyas son todas.

—El ajedrez mejora la creatividad, te ayuda a anticipar problemas y multiplica tu capacidad para buscar soluciones.

—Yo le meto al Fortnite fuerte, bueno, y a las rimas, que ten­go unos colegas con los que hago batallas de gallos en el barrio.

Alúa sigue haciendo movimientos con los ojos vendados.

—El ajedrez a ciegas, además de todo lo que aporta el juego, potencia la memoria operativa, la que nos sirve para recordar información durante periodos cortos de tiempo, no durante meses o años, sino la rápida.

—¿Y eso para qué vale?

—La memoria siempre sirve, Yasuni, la memoria es lo que somos, y la razón de que hagamos lo que hacemos.

El joven de la gorra, Yasuni, no deja de mirar al hombre jugando.

—¿Por ejemplo lo de mañana? ¿Eso también lo haces por algo de tu memoria?

—Sobre todo lo de mañana.

Alúa sigue moviendo fichas del ajedrez.

—Es mejor que descanses, mañana será un día importante.

—Yo lo que quiero es acabar, que me des mi pasta y listo.

—Si no te sales del plan, todo saldrá bien y tendrás tu dinero. ¿Lo tienes todo?

—Sí, sí, las escopetas, las máscaras… todo.

—¿El Diario de Sevilla también?

—Sí, ya lo tengo puesto en el sitio en el que acordamos. Tranqui, que el Yasuni lo tiene todo controlado.

Alúa mueve un alfil que ataca al rey, piensa unos segundos y habla.

—Jaque mate.

Se quita la venda, mira el tablero y comienza a guardar las piezas. Yasuni lo mira.

—Alúa, a mí me llaman Yasuni porque cuando mis colegas querían empepinar las motos para dar palitos con escapes guapos se los ponía yo. Al tiempo me di cuenta de que ganaba más pegando palos que poniendo escapes, sobre todo trepando hasta las ventanas, que se me da bien, pero ya se me quedó el mote.

Se queda en silencio, como dudando si preguntar algo, pero lo hace.

—Y tú… ¿por qué te llamas Alúa? Esos son los bichos que se ponen en las trampas para pajarillos, ¿no? En las costillas…

Alúa limpia con un trapo el pequeño tablero de ajedrez y lo guarda en una mochila.

—Es un apodo de mi familia, no sé de dónde viene. Limpia todas las huellas y vamos a descansar. El plan es perfecto, si lo hacemos como te he dicho y no te sales en ningún momento del guion, todo estará controlado.

Yasuni escucha a su compañero con lo que parece una mezcla de fascinación y miedo.

—Vale, de acuerdo. Por cierto… ¿has ganado o has perdido la partida?

Alúa lo mira y le responde pensativo.

—Cuando pierdes, aunque sea mucho, también ganas. Limpia y descansemos. Mañana es mi día.

Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
23 Januar 2025
Umfang:
179 S. 16 Illustrationen
ISBN:
9788494898488
Rechteinhaber:
Bookwire
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