Buch lesen: "El torque de oro"

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EL TORQUE DE ORO

Exilio en el Plioceno II

Un libro de

Julian May

Colección Incontinencia Suma

Prólogo

Cristian Arenós Rebolledo

Ilustración de cubierta

Carolina Bensler

Correcciones y edición

Cristian Arenós Rebolledo

Santiago García Solans

Copyright © 1982 by Starykon Productions, Inc.

Published by special arrangement with

Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company

ISBN 978-84-123051-5-9

© de la presente edición

La máquina que hace PING!

Plaza Estación, 9 Bajo 12560

Benicasim - Castellón

España

www.lamaquinaquehaceping.com

maquinaping@gmail.com

(+34) 670.386.111


Prólogo

PRÓLOGO

Tienes en tus manos una joya, pero no te voy a engañar por ganar unos euros. Este libro es una segunda parte, la segunda parte de La Saga del Exilio en el Plioceno y, si bien la propia autora se ha encargado de hacer un resumen del primer volumen al inicio de este libro, ese resumen no te va a ser suficiente. Para nada. Léete esta maravilla que tienes entre manos, pero solo después de haber devorado La Tierra Multicolor, primer libro de la saga. No lo dudes, estos personajes y este universo son de los que te llevarás, bien dentro, hasta la tumba. Pero empieza por el principio. No eches a perder una de las pocas cosas de este mundo que aún puede sorprenderte a estos niveles.

;)

Cristian Arenós Rebolledo

Editor de La máquina que hace PING!


Para Bárbara,

enfermera, redactora y acompañante.

Ábrenos la puerta, y veremos los campos,

beberemos su agua fría,

allí donde la luna ha dejado su huella.

El largo camino abrasa, hostil frente a los desconocidos.

Vagamos sin rumbo y no encontramos ningún lugar...

Ante nosotros está la puerta;

¿de qué nos sirve desear?

Mejor démosle la espalda, abandonemos la esperanza.

Nunca entraremos.

Estamos cansados de verla.

La puerta, al abrirse, deja escapar tanto silencio

que ni los campos aparecen, ni ninguna flor;

sólo el inmenso espacio donde el vacío y la luz

están presentes, de repente, en todas partes,

y nos colmó el espíritu, y nos lavó los ojos,

casi ciegos bajo el polvo.

El Umbral (Simone Weil)

Sinopsis del volumen I - La Tierra Multicolor

SINOPSIS DEL VOLUMEN I

LA TIERRA MULTICOLOR

LA GRAN INTERVENCIÓN de 2013 le abrió a la humanidad el camino hacia las estrellas, otorgando a los habitantes de La Tierra un espacio vital ilimitado, suficiencia energética y la pertenencia a una civilización benevolente, El Medio Galáctico. La humanidad se convirtió en la sexta de las Especies Coadunadas, una confederación de colonizadores de planetas que compartían una alta tecnología, además de poseer una serie de habilidades mentales conocidas como metafunciones, que comprendían la telepatía, la psicokinesis y muchos otros poderes que habían permanecido latentes en el acervo genético humano desde tiempos inmemoriales, pero que solo en raras ocasiones se habían manifestado.

Hacia 2110, cuando da comienzo el primer volumen de esta saga, se vivió una especie de edad de oro. Más de 700 planetas nuevos habían sido colonizados por los eufóricos terrícolas. Los humanos con poderes metapsíquicos evidentes aumentaban en número poco a poco; no obstante, para la mayoría de la población, los poderes mentales eran insignificantes tirando a nada, o bien permanecían latentes, es decir, inutilizables debido a barreras psicológicas u otros factores.

Incluso las edades de oro tienen sus inadaptados, y la estructura psicosocial de El Medio Galáctico tuvo su cupo. Un físico francés llamado Theo Guderian, sin saberlo, proporcionó a estos inadaptados una trampilla de escape inigualable cuando descubrió un fenómeno que aparentemente carecía de utilidad: Un portal de un solo sentido, con destino fijado en el Valle del Río Ródano, en Francia, tal y como era durante la época del Plioceno, hace seis millones de años. Convencidos de que en La Tierra Pliocena debía existir un Edén prehistórico, un número creciente de inadaptados acudía a la viuda de Guderian, Angelique, para que les dejara pasar a través del portal del tiempo hacia El Exilio.

Desde la muerte de su marido en 2041 y hasta 2106, la rejuvenecida Madame Guderian dirigió un peculiar establecimiento que las autoridades galácticas toleraron a regañadientes. Su posada francesa, l’Auberge du Portail, era una tapadera que trasladaba clientes desde La Vieja Tierra hasta un mundo seis millones de años más joven. Después de sufrir remordimientos de conciencia debido al dudoso destino de los trasladados a través del portal, la propia Madame atravesó la puerta unidireccional hacia El Exilio Plioceno. El Medio Galáctico asumió la administración del portal del tiempo, considerando que era un trastero maravilloso donde colocar a los disidentes.

El 25 de agosto de 2110, las ocho personas que componían el grupo verde de esa semana, fueron trasladadas al Plioceno: Richard Voorhees, capitán de una nave estelar y condenado; Felice Landry, una joven atleta atormentada cuyo temperamento violento junto a sus poderes mentales latentes la habían convertido en una marginada; Claude Majewski, un paleontólogo de 133 años de edad que acababa de perder a su esposa y compañera de trabajo; Sor Amerie Roccaro, médica y monja hastiada que anhelaba convertirse en ermitaña; Bryan Grenfell, un antropólogo en busca de su amante, Mercy Lamballe, que le había precedido a través del portal dos meses antes; Elizabeth Orme, una Gran Maestra metapsíquica operante privada de sus maravillosos poderes mentales por un traumatismo cerebral; Stein Oleson, un perforador de la corteza planetaria inadaptado, que soñaba con llevar la vida de un vikingo en un mundo más simple; y Aiken Drum, un joven y simpático pillo que, al igual que Felice, poseía poderes metapsíquicos latentes.

Estas ocho personas saltaron seis millones de años hacia el pasado de La Tierra, tan solo para descubrir, como otros viajeros del tiempo habían descubierto antes, que la Europa del Plioceno estaba bajo control de un grupo de humanoides disidentes de otra galaxia. Los exóticos también fueron exiliados, expulsados de su hogar debido a su bárbaro y religioso Gran Combate.

La facción exótica dominante, los tanu, eran altos y apuestos. A pesar de llevar mil años en La Tierra, todavía eran menos de 20.000 porque su capacidad de reproducción estaba muy dificultada por las radiaciones solares. Puesto que su plasma era compatible con el de la humanidad, durante casi setenta años utilizaron a las viajeras del tiempo como animales de cría, esclavizando a la humanidad pliocena mediante un sistema de servidumbre benevolente.

Antagonistas de los tanu, y superándolos en número en una proporción de al menos cuatro a uno, estaban sus antiguos enemigos, los firvulag. Estos exóticos eran casi todos de baja estatura, y se reprodujeron bastante bien en La Tierra. Los tanu y los firvulag constituyen en realidad una especie dimórfica. Los altos son metapsíquicamente latentes, los pequeños son poseedores de metafunciones operantes limitadas. Los tanu usan amplificadores de la mente, unos collares llamados torques de oro, con los que consiguen poner en funcionamiento sus poderes. Los firvulag no requieren de torques, y la mayoría de ellos son más débiles que los tanu en cuanto a potencia mental.

Durante la mayor parte de los mil años en que los tanu y firvulag residieron en La Tierra Pliocena (a la que llamaron La Tierra Multicolor), estuvieron bastante igualados en las guerras rituales que libraban como parte de su religión de batalla. La mayor finura y la tecnología más sofisticada de los tanu solían contrarrestar la superioridad numérica de los más toscos firvulag. Pero el advenimiento de la humanidad viajera del tiempo inclinó la balanza a favor de los exóticos altos. No solo los híbridos tanu-humano resultaron tener una fuerza física y mental inusual, sino que los humanos también mejoraron el decadente estado de la ciencia de los tanu mediante la aportación de la experiencia de El Medio Galáctico. Tras setenta años de viajes en el tiempo casi 100.000 humanos habían sido trasladados a la Europa Pliocena; gracias a su integración, los tanu alcanzaron una supremacía casi absoluta sobre sus enemigos firvulag (que nunca se aparearon con la humanidad y que, en general, la despreciaban).

La suerte de la humanidad sometida a los señores tanu no es, en absoluto, sombría; las personas que cooperan son tratadas muy bien. Todo el trabajo duro lo realizan los ramapithecus, pequeños simios que llevan unos torques sencillos que les obligan a obedecer (irónicamente, estos “ramas” son parte de la línea evolutiva directa de los homínidos que culminaron en el Homo sapiens, seis millones de años después). Los seres humanos que ocupan puestos de confianza o que se dedican a oficios vitales para los tanu suelen portar torques grises. Estos torques no amplifican las capacidad mental, pero permiten la comunicación telepática entre humanos y exóticos; estos dispositivos también tienen integrados circuitos de placer-dolor, a través de los cuales los tanu recompensan o castigan a sus sirvientes. Los torques no son fáciles de fabricar, requirieren un componente hecho con bario, que es escaso, por lo que no se utilizan en la mayoría de los seres humanos “normales” (es decir, metapsíquicamente no latentes), a quienes se les obliga a obedecer por otros medios. Si los test que les realizan los tanu indican que un viajero del tiempo recién llegado tiene metafunciones latentes importantes, a esta persona afortunada se le otorga un torque de plata. Se trata de un verdadero amplificador, similar a los collares de oro que llevan los tanu, pero con circuitos de control. Los seres humanos con torques de plata gozan de una posición privilegiada. En alguna ocasión extraordinaria se le concede a algún humano un torque de oro y plena libertad como ciudadano de La Tierra Multicolor.

Los ocho miembros del grupo verde, como todos los recién llegados, fueron llevados a una fortaleza tanu, El Castillo del Portal. Casi al mismo tiempo, el grupo resultó ser de todo menos típico. El capitán de la nave espacial, Richard, tras una breve fuga fallida, tuvo un encuentro aterrador con una esclavista tanu, Épone, que era quien realizaba los tests de metafunciones latentes.

Elizabeth, la antigua profesora metapsíquica de sentido a distancia, se encontró con que el paso a través del portal del tiempo había provocado la recuperación de sus increíbles poderes mentales, que ya temía que se hubieran perdido para siempre. Su revelación fue percibida con emoción por otro tanu, Creyn, quien le prometió a Elizabeth una “vida maravillosa” en La Tierra Multicolor.

Stein Oleson, el enorme perforador, perdió los estribos debido al viaje a través del tiempo. Destrozó la puerta de su celda y solo lo pudieron reducir después de que matara a varios esclavos de torque gris. Para asegurarse la futura docilidad de Stein, se le puso un torque gris. Su portentoso físico lo convirtió en candidato para la guerra ritual tanu-firvulag, El Gran Combate. Aún inconsciente, se le preparó para el viaje hacia el sur, a la capital tanu, Muriah.

También le pusieron un torque, pero de plata, al joven embaucador Aiken Drum. Los examinadores exóticos detectaron fuertes latencias metapsíquicas en él, quien las fue llevando hasta alcanzar un nivel operante según se iba acostumbrando a usar el amplificador.

El antropólogo, Bryan Grenfell, no poseía ninguna latencia mental relevante. Pero su capacitación profesional parecía ser extrañamente valiosa para los tanu, con lo que Bryan pudo pactar. Se ofreció a cooperar a cambio de la ayuda de los tanu para encontrar a Mercy... y de quedar libre de torque.

El viejo buscador de huesos, Claude Majewski, no reveló ningún poder mental oculto. Con cierto desdén, los lacayos de los tanu le informaron que sería enviado al norte, a la ciudad de Finiah, junto con la mayor parte de los viajeros del tiempo de la semana, y puesto a trabajar. Lo encarcelaron en el “corral de gente” de El Castillo del Portal, junto con poco más de treinta personas comunes y corrientes, esperando la partida de la caravana que iba rumbo al norte. En el dormitorio de la prisión yacía en coma Richard, debido al abuso mental de Épone.

Los últimos miembros del grupo verde que fueron testados por la señora esclavista exótica fueron la Hermana Amerie y Felice Landry. La monja no poseía latencias significativas. Enfrentada a la inminente prueba, Felice quedó atenazada por un miedo histérico; su nerviosismo hacía imposible una calibración precisa. Épone renunció testar a la chica, ya que podría ser examinada más tarde, en Finiah. Después, Épone les informó, a las dos por separado, sobre la costumbre tanu de utilizar mujeres humanas como animales de cría, despreciando sus protestas de indignación, insistiendo en que, a la larga, aceptarían ese rol y que incluso serían felices con su nueva vida en Finiah. Cuando la exótica mujer los dejó, la histeria fingida de Felice desapareció. Había logrado ocultarle a Épone sus fuertes metafunciones latentes, librándose de los torques al menos por un tiempo. Tomó la decisión, con fría cólera, de llevarse por delante a toda la especie tanu.

Al anochecer de ese día, dos caravanas salieron de El Castillo del Portal para viajar, junto al río Ródano Plioceno, en direcciones opuestas. En el grupo que iba hacia el norte, rumbo a Finiah, la cual se encontraba junto al Proto-Rin, en un extremo de la Selva Negra, viajaban los medio recuperados Richard, Claude, Amerie, Felice y la mayor parte de los otros prisioneros humanos. Marchaban escoltados por Épone y un pelotón de tropas humanas con torques grises. En la caravana que se dirigía hacia el sur, liderada por Creyn, se encontraban Elizabeth, Bryan, Aiken Drum, el herido Stein y otros dos humanos con torques de plata: una ex-técnico de menores de un satélite colonial, Sukey Davies, y un sombrío guardabosques fino-canadiense, Raimo Hakkinen.

Durante la primera parte del trayecto, el convoy que iba rumbo al norte avanzó en calma. Amerie, sufriendo por tener que cabalgar sobre una enorme montura llamada chaliko, profundizó en su alma y empezó a comprender las tensiones neuróticas que la habían empujado a abandonar su ministerio. Richard, que se recuperaba con la ayuda de Claude, se puso furioso cuando le quedó clara su situación. Cuando Felice propuso un plan para escapar, Richard dudó sobre si apoyarla o no, aunque en el fondo estaba predispuesto a hacerlo.

Dos días después de partir de El Castillo del Portal, el plan de Felice se puso en funcionamiento. Tenía tres armas: una fuerza sobrenatural en un cuerpo engañosamente ligero, la capacidad de controlar la mente de los animales (un aspecto de su latencia meta-psíquica que había utilizado durante su carrera como atleta), y un pequeño cuchillo que los tanu no habían detectado. Felice rompió las cadenas que retenían a sus amigos del grupo verde y a los otros cuatro prisioneros. Entonces Richard, disfrazado con el hábito de monja de Amerie, apuñaló al oficial de la guardia hasta matarlo, mientras Felice coaccionaba mentalmente a los feroces perros-oso que escoltaban la caravana, obligándolos a atacar a los soldados y a Épone. Se desató una pelea salvaje en la que los prisioneros liberados, junto con los perros-oso controlados mentalmente mataron, no solo al resto de los soldados, sino también a la tanu Épone.

Cuando al fin vencieron, Felice quiso apoderarse del torque de oro de Épone, sabiendo que con él lograría liberar las metafunciones latentes que hasta ese momento habían estado aprisionadas en su cerebro. Pero un viajero del tiempo medio loco arrojó el dispositivo a un lago, el cual se hundió en sus profundas aguas. Amerie impidió que Felice lo asesinara administrándole un poderoso sedante de su botiquín, lo que provocó que la pequeña atleta quedara inconsciente.

Desde una cumbre elevada, los otros cuatro miembros del grupo verde vieron unos botes conducidos por portadores de torques grises que buscaban a sus antiguos acompañantes. Esa noche, Amerie se sintió extrañamente atraída por el comportamiento violento de Felice, lo cual reflejaba una sombra oscura en el interior de su espiritualidad.

Al día siguiente, Amerie se cayó cruzando un río y se rompió un brazo. Acamparon y trataron de decidir qué hacer. Felice daba por sentado que todos ellos llevarían una vida de guerrilleros, hostigando a otras caravanas con la esperanza de conseguir un torque de oro. Richard recibió esta idea con desprecio. Lo único sensato, para él, era dirigirse hacia el mar, lejos de las regiones habitadas por los tanu. Claude, pensando que Richard tenía razón, pero preocupado por dejar sola con su idea a la impetuosa chica, se fue a pensar al bosque. Después de enterrar las cenizas de su difunta esposa, se quedó dormido. Despertó al anochecer sorprendido por un pequeño gato del Plioceno que parecía domesticado, y que insistía en acompañarlo en su regreso hacia el campamento. El gato, según Claude, sería una estupenda distracción para Amerie, quien andaba preocupada por Felice de un modo enfermizo.

El hombre y el animal regresaron al campamento y descubrieron que todo rastro de los demás había desaparecido. Con miedo, Claude ascendió siguiendo la orilla del río. A los viajeros del tiempo se les había advertido de los terribles firvulag que habitaban el bosque de los Vosgos. Parecía que Richard, Felice y Amerie habían sido secuestrados por los pequeños exóticos cambiaformas... o que habían sido vueltos a capturar por los sirvientes de los tanu. Escuchó unas voces que le obligaron a mostrarse. Claude se encontró con un grupo de gente que había secuestrado a sus amigos. No eran exóticos, sino seres humanos libres que habían escapado de la esclavitud exótica y que ahora vivían fuera de la ley.

Su líder era una anciana rejuvenecida que portaba un torque de oro: la viuda del inventor del Portal del tiempo, y la responsable última del estado de degradación de la humanidad pliocena... Angelique Guderian.

El último día de agosto, los cuatro miembros del grupo verde, Madame Guderian y su banda, y otros 200 pelagatos (así se denominaban con orgullo los humanos libres) se escondieron en un árbol hueco gigante de las montañas de los Vosgos. El bosque estaba plagado de tanus y secuaces con torque gris, enviados por Lord Velteyn de Finiah, con el fin de encontrar a los asesinos de su hermana Épone. El propio Velteyn, experto en las metafacultades de psicokinesis y creatividad, dirigía personalmente las salidas, a la cabeza de su Caza Voladora, un grupo de espectaculares caballeros tanu con armadura de cristal, que levitaban gracias a los poderes mentales de su señor.

A salvo en su santuario, los pelagatos y el grupo verde se dedicaron a conocerse. Madame les contó a los recién llegados su grandioso plan para liberar a toda la humanidad pliocena de la esclavitud de los tanu, una tarea que había decidido emprender para expiar su sentimiento de culpa. Había forjado una frágil alianza entre los pelagatos y los firvulag para enfrentarse al enemigo común, los tanu; pero la entente había sido muy poco productiva.

Los tanu eran inexplicablemente invulnerables a las armas de vitredur y de bronce usadas habitualmente por las tres razas. Los tanu podían llegar a sufrir lesiones pero, tras un tratamiento de rehabilitación administrado por los redactores, unos sanadores metapsíquicos, hasta las peores heridas quedaban curadas. Madame y su más importante combatiente, un nativo americano llamado Peopeo Moxmox Burke que había sido juez, se mostraron muy interesados en saber cómo el grupo verde había logrado despachar a Épone. Hasta ese momento, ningún pelagatos había sido capaz de matar a ningún tanu. Felice mostró su pequeño cuchillo de acero, y un detalle que Amerie ya había intuido se confirmó: El hierro era venenoso para los tanu, quizá actuaba de alguna manera que destruía el vínculo entre el cerebro del exótico y su torque de oro (Felice miró el torque de oro de Madame dándole vueltas al asunto, pero la intrépida anciana simplemente se punzó a sí misma con el cuchillo para demostrar que los humanos estaban hechos de otra pasta).

Entonces, un personaje llamado Fitharn Patapalo llegó al interior del árbol hueco. Parecía un humano bajito y robusto, pero resultó ser un firvulag capaz de adoptar formas monstruosas, uno de los de la Gente Pequeña que en su día se había hecho amigo de Madame Guderian en el Plioceno. Mientras explicaba su plan para liberar a la humanidad esclavizada, Madame le pidió a Fitharn que recitara una antigua tradición laica de su pueblo. Les contó cómo fue la llegada de los tanu y los firvulag a La Tierra en una gigantesca nave espacial viviente que tenía como esposa a Brede, una mujer de la galaxia exótica. Al haber realizado un extraordinario viaje a través de millones de años luz, La Nave sufrió una enorme tensión. Los tanu, los firvulag y Brede salieron de la vieja nave en pequeñas voladoras y contemplaron como los restos del enorme organismo se estrellaba en la Europa del Plioceno, formando un cráter tan ancho que no se podía ver un extremo desde el otro. Para consagrar La Tumba de La Nave, dos héroes libraron una batalla ritual, Sharn por parte de los firvulag y Lugonn por los tanu. El primero iba armado con un arma fotónica llamada La Espada, y el segundo usaba un arma laser similar llamada La Lanza. Sharn fue derrotado. El vencedor, Lugonn El Resplandeciente, obtuvo el honor de recibir un disparo de su propia Lanza entre los ojos. Lugonn, con su armadura dorada y junto a su Lanza, fue depositado en La Tumba de La Nave para “capitanearla en su último vuelo”.

Después de mil años, la remota ubicación de La Tumba de La Nave se había borrado de la memoria tanto de los tanu como de los firvulag. Pero la leyenda había despertado una esperanza en Madame Guderian. La Espada de Sharn estaba ahora en manos de los tanu, como trofeo que se entregaba al ganador de la guerra religiosa anual de El Gran Combate, pero La Lanza de Lugonn aún debía estar al lado del lago del cráter, junto a las máquinas voladoras propulsadas por gravedad magnética que habían transportado a los exóticos desde su moribunda Nave hasta La Tierra. Si los pelagatos pudieran conseguir el arma fotónica o una máquina voladora, o ambas, obtendrían una ventaja sin precedentes sobre los bárbaros metapsíquicos que conformaban la caballería de los tanu.

Los pelagatos, y los amistosos firvulag, habían buscado en vano La Tumba de La Nave. Pero Claude, conocedor de la geología del futuro, les dijo dónde debía estar. Solo un astroblema en Europa encajaba en la descripción dada: un cráter llamado Ries que se encontraba a unos 300 kilómetros al este, en la orilla norte del río Danubio.

Gritaron de júbilo al oír esta noticia y decidieron montar una expedición de inmediato. Con suerte, los exploradores regresarían antes de fin de mes. Los firvulag se unirían a los humanos pelagatos para atacar Finiah, siempre y cuando la batalla tuviera lugar antes de La Tregua de El Gran Combate, la cual comenzaba en la madrugada del primero de octubre. La expedición estaría integrada por Fitharn, Madame Guderian, el Gran Jefe Burke, una ingeniera de campo dinámico llamada Martha, un antiguo mecánico especializado en gravo-mag llamado Stefanko, y tres miembros del grupo verde. Claude haría de guía. Richard (a pesar de sus protestas) pilotaría una voladora si conseguían ponerla en marcha. Felice insistió en que sería útil, con su talento tan especial, para defender al grupo de las bestias salvajes, así como para cazar comida y otras tareas (tenía que ir como fuese; alrededor del cuello del esqueleto de Lugonn había un torque de oro).

Fitharn propuso que la expedición obtuviera la aprobación oficial del monarca firvulag, Yeochee IV. Antes de abandonar el árbol, Madame dio órdenes secretas a un herrero de los pelagatos, Khalid Khan, para que llevara a un grupo de hombres a un lugar designado por Claude, donde podrían encontrar con facilidad mineral de hierro. Debían fundir la mayor cantidad posible del “metal de la sangre” y llevarlo hasta el principal asentamiento de los pelagatos, Balneario escondido, tan pronto como se replegaran los grupos de rastreo de los tanu. El hierro debía mantenerse en secreto frente a los firvulag, ya que su lealtad estaba fuertemente teñida por la conveniencia, y ningún pelagatos sabía cuánto tiempo podía durar la frágil alianza.

Amerie iría a Balneario escondido, y viviría en la mismísima casa de Madame. Allí su brazo se curaría y podría ocuparse de los humanos proscritos, que habían vivido durante años sin médico ni sacerdote. Mientras tanto, unos mensajeros irían a otros asentamientos pelagatos diseminados por Europa a intentar conseguir voluntarios para el ataque a Finiah, programado provisionalmente para la última semana de septiembre.

En el bastión de los firvulag, Alto Vrazel, la pequeña expedición se reunió con el rey Yeochee, quien se mostró escéptico y les advirtió que las regiones que se encontraban al este de la Selva Negra estaban llenas de aulladores, deformes firvulag con mutaciones que solo estaban bajo su autoridad de forma nominal. Le entregó a Madame una orden real que ordenaba la cooperación de Sugoll, considerado el gobernante de los aulladores en las regiones cercanas al nacimiento del Danubio.

Cinco días después de dejar Alto Vrazel, ubicada en las montañas de los Vosgos, la expedición llegó al Rin y se encontró con una desgracia en forma de cerdo con el tamaño de un buey. Esta criatura les cogió por sorpresa, mató a Stefanko e hirió de gravedad al Gran Jefe Burke. Fitharn les instó a regresar; pero los humanos temían que, si tardaban, los firvulag podrían buscar La Tumba de La Nave ellos solos. La frágil Martha, que como esclava tanu había sido obligada a dar a luz a cuatro hijos seguidos, comenzó a sufrir hemorragias. Sin embargo, se mantuvo firme e insistió en que siguieran adelante, y así lo hicieron cinco de ellos. La valiente Felice llevó a cuestas a Martha hasta que se recuperó lo suficiente como para volver a caminar.

Lentamente, la expedición fue ascendiendo por el gran acantilado de la orilla oriental del Rin, hacia una escalofriante zona que llamaron el Bosque de los Hongos, y que cubría las tierras altas donde se encontraría el moderno Schwarzwald. El 18 de septiembre llegaron a El Feldberg, hogar de El Señor de los aulladores, Sugoll. Este individuo, que lucía un cuerpo ficticio y hermoso para ocultar sus horribles deformidades, jugueteaba con los humanos mientras su horda goblinesca proyectaba odio y miedo hacia los intrusos, exigiendo su muerte.

Claude consiguió la gracia de Sugoll cuando le explicó la causa de las mutaciones de los aulladores: La comunidad se había separado de sus hermanos de occidente cientos de años antes y se había establecido sin saberlo en una región rica en minerales radioactivos que, junto a la sensibilidad exótica a las radiaciones, les había causado las terribles malformaciones congénitas. Quedaba una esperanza para los aulladores, dijo Claude, si abandonaban esta región y usaban sus poderes de cambiaformas para adquirir un aspecto más atractivo y poder volver a aparearse con los firvulag normales. Los Aulladores podrían recibir la ayuda de un ingeniero genético de El Medio Galáctico; pero, por desgracia, un científico tan cualificado seguramente habría sido esclavizado por los tanu en beneficio propio.

En agradecimiento, Sugoll ayudó a la expedición. El nacimiento subterráneo del Danubio estaba cerca. Un solo día de viaje por el rio subterráneo llevaría a los navegantes hasta el río que fluía a cielo abierto, de manera tan rápida y carente de problemas que esperaban llegar al cráter de Ries en solo unos días.

Una vez más, las cinco personas iniciaron una larga caminata. Gracias a las habilidades de navegante de Richard supieron en qué momento alcanzaron la longitud aproximada de La Tumba de La Nave. El 22 de septiembre, llegaron al cráter, alrededor del borde del cual se alzaban cuarenta y tres máquinas voladoras exóticas, cubiertas de polvo y líquenes. Con una inspección superficial, Richard y Martha supieron que las naves exóticas estaban impulsadas por gravedad magnética, de manera muy similar a las máquinas de El Medio Galáctico. Una vez limpias, con los depósitos de combustible rellenos de agua destilada y los controles exóticos descifrados, una de esas aves milenarias podría volver a volar.

Felice encontró a Lugonn, pero el torque de oro no rodeaba el cuello del viejo héroe. Años atrás, un ramapithecus había entrado en la voladora donde descansaba Lugonn y había robado la baratija brillante. Frustrada de nuevo, Felice reaccionó con gran violencia.

Richard y Martha, que se habían convertido en amantes durante el largo trayecto, se dispusieron a reparar una sola voladora y La Lanza, que disparaba fotones y fue encontrada al lado del esqueleto que yacía dentro de su armadura. El tiempo se acababa; pero con atacar un solo día antes de La Tregua del primero de octubre, los firvulag se unirían a los pelagatos en el asalto a la ciudad de Finiah, levantada en la ribera del Rin, donde se encontraba el bario, el elemento imprescindible sin el cual no se podía fabricar ningún tipo de torque.

Richard probó la voladora con éxito el día 26. Pero la vieja dolencia de Marta rebrotó y quedo muy débil por la gran pérdida de sangre. A pesar de ello, ella y Richard hicieron planes para huir juntos inmediatamente después de que él hubiera ayudado en el bombardeo de Finiah. Tres días después, al atardecer del día 29 de septiembre, la voladora aterrizó en Balneario escondido con La Lanza lista para ser usada. Martha estaba completamente en shock debido a la hemorragia, y Amerie solo pudo sacarla corriendo para que recibiera transfusiones, rezando para que sucediera un milagro.

€4,99
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0+
Umfang:
559 S. 16 Illustrationen
ISBN:
9788412305159
Rechteinhaber:
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