Buch lesen: "El caminante"

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EL CAMINANTE

Juan Ignacio González Montejano

Primera edición: noviembre de 2021

© Copyright de la obra: Juan Ignacio González Montejano

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-124212-4-8

Código ISBN digital: 978-84-124212-5-5

Depósito legal: B 15014-2021

Ilustración portada: Cristina Lamata

Corrección: Teresa Ponce

Maquetación: Cristina Lamata

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions

www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países.

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A mi madre, Josefa Montejano Moreno

DICHOS DE UN CORAZÓN DE DIAMANTE

¿Qué dedo me corto?, ¿de cuál me separo?, ¿cuál de mis frases sientes como tuya?, ¿cuál de mis dichos más te ha marcado?

Que si la zapatilla me quito y a dormir calentico, de comer hay comida o voy a hacer un recado.

¿Qué dedo me corto?, ¿de cuál me separo?

No hay una perra, como coja camino, no hagas eso que te, que te, mira a ver si tu padre vino.

¿Qué dedo me corto?, ¿de cuál me separo?, mis ocho almas, mis hijos, siempre estaréis a mi lado.

Frita como un chicharrón o porque lo dices tú, que si eres mujer o porque te lo digo yo.

¿Qué dedo me corto?, ¿de cuál me separo?

Prólogo

Y así resulta imposible llegar a resolver el enigma de cuándo se producirá el acontecimiento que lo cambiará todo, que dará inicio a esa chispa, a ese instante que te coloca en la verdadera casilla de salida, con el que se emprenderá un camino de no retorno que acabará tejiendo la historia de tu propia vida, de la vida de cada uno de nosotros.

Porque, al fin y al cabo, ¿qué conforma ese camino si no se trata de la distancia recorrida y que transcurre entre cada nueva experiencia?

Y durante todo ese trayecto, esa senda, ese camino, el tiempo que discurre es cambiante. Días afligidos y tristes se entrelazan con otros dichosos, y, a cada paso dado, amor, desamor, sosiego, dolor, desilusión, alegría, esperanza... Toda una amalgama de sentimientos y sensaciones variopintas que siempre serán parte de la mochila en ese extraordinario y efímero peregrinaje que simple y llanamente comporta la vida misma.

Esa vida que confluye ramificada junto a otros caminos, de ahí que cada decisión tomada o no, cada frase enunciada o callada, cada obra, cada acto omitido o llevado a cabo acabará teniendo repercusión y consecuencias que determinarán la dirección y devenir del resto de caminantes que coinciden a tu lado en algún punto.

De todo eso trata El caminante. De cómo tras la idea primigenia de buscar a alguien pueden llegar a descubrirse las casualidades e imprevistos más inverosímiles, los reencuentros más demenciales, las sorpresas más inusitadas... Todo mezclado en un entramado de mentiras, medias verdades, desgracias personales y superación, junto un final tan mordaz como insospechado.

CAPÍTULO 1

Duele, ¿verdad?

—Una ambulância, Tiago, pegue o telefone e peça ajuda, vamos lá!

—Companheiro, por Deus, volte! Você prometeu, Danilo e seu futuro depende de você, meu amigo!

—¡Vamos, abre los putos ojos! ¡Piensa en Danilo, tío, tienes que luchar!

A pesar del miedo y el agobio, esa poderosa y terrible angustia ―ante la que en mil ocasiones su amigo hizo alarde de afrontar con entereza e incluso indiferencia, llegando a rozar la locuacidad― no estaba siendo procesada con la misma mesura y templanza por parte de Joao, quien observaba aturdido a su vez como su amigo y compañero se desangraba a través de una herida infligida a escasos centímetros del corazón, causada por una bala disparada por parte del malnacido que instantes antes se la había dispensado de forma gratuita e inexplicable, sin mediar palabra alguna.

Hacía tiempo que el hombre que se encontraba postrado en el suelo frío de esa sucia y degradada callejuela había abandonado la idea de portar, como prenda indispensable para llevar a cabo su tarea, el chaleco antibalas que le proporcionaba protección y seguridad, esperando que por fin y de una vez por todas un proyectil o un trozo de metralla hiciese blanco en su cuerpo. Procediese de donde procediese, no haría culpable a nada ni a nadie de su trágico destino, daba igual que surgiera de fuego amigo u oponente. Y al fin parecía que había llegado el momento, ese dulce momento en el cual dejar de lado ese resquicio de monótona vida sin expectativa ni demanda de ilusión alguna para sí mismo, hastiado de ver tanto sufrimiento, decepcionado con la condición humana en su más amplio sentido.

La cámara fotográfica que instantes antes portaba en sus manos y con la cual capturaba todo tipo de detalles de los asentamientos y gentes de la favela Fazenda Coqueiro, una de las más extensas de Río de Janeiro, se encontraba a unos cinco metros de distancia. Arrojada en la vía pública ―el sustantivo de vía quedaba exagerado para dicho camino-senda entre chabolas―, el teleobjetivo se había partido por la mitad debido al brutal golpe al caer. El tiempo parecía haberse detenido, ralentizado, fluía extraño, transcurría de idéntica forma que si lo hiciese entre fotogramas, como si de un sueño a retales por partes se tratase.

—Ñao me foda, ñao me foda, vamos lá, volte agora!

Joao apretaba fuertemente la herida con un trozo roído de su camiseta de tirantes azul. A pesar de haberse visto envuelto involuntariamente en alguna que otra pelea en su Lisboa natal debido a los celos que ofuscaban a los enfurecidos novios de las chicas que se sentían atraídas por él, le violentaba cualquier tipo de circunstancia similar. Había tenido referencia de muertes violentas en las favelas brasileñas a través de algún reportaje dominical que la televisión portuguesa ofertaba en su programación semanal, pero ahora lo estaba viviendo en primera persona, el que ahora yacía en el suelo no era otro que su amigo y Joao era ante todo… hombre de paz.

Joao, hombre de complexión atlética, unos ciento noventa centímetros de fornida presencia, rozando los treinta y uno, bien llevados, muy bien llevados, piel agradecida color caoba, pelo moreno, rizado, labios gruesos y carnosos, ojos de un azul tan profundo que ejercían un influjo inquietante, entre admiración y sorpresa, no era de extrañar que tanto él como su malherido amigo fuesen asediados por parte de mujeres tan variopintas como bellas durante las noches frenéticas que se dispensaba en la zona del barrio Alto de la capital lisboeta y discotecas circundantes bajo el puente del Veinticinco de Abril. Se conocieron por primera vez en un club de ambiente africano con música en directo, un lugar donde se exaltaba el cóctel de mestizaje y fusión de composiciones y danzas de diversos países.

Joao era el hijo único de un prestigioso y acaudalado arquitecto de la capital portuguesa de nombre Adalberto Botelho, quien contrajo nupcias treinta años atrás con una bella y escultural mujer de Cabo Verde, Isla de Fogo, de nombre Cesária. Adalberto Botelho se había granjeado buenas e influyentes amistades entre empresarios y políticos de varios países. Con fama de hombre sosegado y seguro, embaucaba a conocidos y clientes mediando no poca dosis de confianza y buena gestión en cada edificación u obra llevada a término y que oportunamente publicitaba promocionando a su vez nuevas ejecuciones. Por el año 2005, entreviendo el más que factible auge económico de aquellas maravillosas islas icónicas que constituyen el archipiélago de Cabo Verde y habiéndose priorizado en la última década reformas ingentes y privatizaciones en el sector turístico ante la seguridad jurídica que recientemente se estaba instalando en el país, Adalberto aprovechó esta circunstancia haciendo valer su reputada fama para ganar muchísimo dinero a través de la construcción de varias cadenas hoteleras de renombre.

Mientras su padre acrecentaba el patrimonio familiar, Joao se formaba en la Universidad Técnica de Lisboa en Ingeniería Genética y Virología. Cualquiera diría que su propio genoma había sido manipulado sistemáticamente en una probeta mediante alguna metodología que finalmente y como consecuencia de ello aportó a cada una de las partes de su cuerpo su imponente aspecto. Era un poco cómico el ver como las chicas reían clamando que no hacía falta que se inventase que era licenciado en dicha disciplina, ya que con su porte sobraba para sentirse atraídas por él. No obstante, además de la licenciatura y tras años de carrera, había obtenido un doctorado mediante un estudio realizado en un laboratorio de Berlín en base a coincidencias sobre algunas mutaciones víricas, así como la elaboración preliminar y en pruebas de un fármaco susceptible de poder llegar a combatir la resistencia de algunos tipos de virus ―trabajo que nunca vio la luz toda vez que una empresa dedicada al sector de la farmacéutica se otorgó la titularidad de la investigación efectuando el desembolso de grandes emolumentos al laboratorio con la promesa de dar curso a dicho descubrimiento, si bien pasados ya varios años nada se sabía del mencionado fin, pues probablemente su verdadera intención fuera callarlo, ya que lo que siempre ha aportado pingues ingresos e ingentes cantidades de dinero no es otra cosa que la cronificación de las enfermedades―.

Joao no ansiaba dinero, había vivido gracias a su padre prácticamente en la opulencia, no deseaba reconocimiento, condescendencia o gratitud alguna, solo registrar su hallazgo y ponerlo desinteresadamente a disposición de todas las personas, de cada organización y estamento global, de cada empresa, ¿de quién…? Desde los albores de los tiempos la vanidad humana ha prevalecido sobre la caridad y la empatía ante el dolor y sufrimiento ajeno.

Dado que, hiciera lo que hiciera en el campo de la investigación, incluido conseguir una posible solución a varias dolencias, su trabajo sería siempre afanadamente enmudecido ante los oídos de aquejados y enfermos, dejó de transigir con todos y cada uno de los laboratorios por donde fue plasmando a su paso sus inquietudes y conclusiones.

Tiago había telefoneado con un viejo y obsoleto terminal a urgencias médicas, si bien una vez realizada la llamada y puesta en conocimiento la ubicación, zona alta de favela Fazenda Coqueiro, el interlocutor alegó la imposibilidad de mandar ayuda alguna, tenían instrucciones de que debían prestar asistencia siempre en compañía y con protección policial, no encontrándose disponible en ese momento ninguna dotación debido a unos altercados que se estaban ocasionando en la otra parte de la ciudad, a la vez que reyertas y detenciones en otras favelas de la inmensa urbe.

Tiago, resignado ante la adversidad, trasladó a Joao lo que le habían manifestado de forma aséptica, como si de un puto contestador se tratase, sin ápice alguno de interés.

Ese hombre, ese que yacía en la callejuela, expuesto, desvalido, indefenso, que inicialmente añoraba el fin de su existencia y que había ansiado que su muerte fuese precisamente de esta forma, abrió los ojos de repente…

—¡Joder, qué dolor! ¡Mierda! ¡Me cuesta respirar!

La ensoñación de una muerte rápida, dulce e indolora se había desvanecido de forma tan precipitada como igualmente rauda fue la bala en llegar hasta su dolorido cuerpo. Comprobó por sí mismo que dicho deseo no había sido otra cosa que figuraciones en su mente, parecía mentira, después de haber visto morir a tantos hombres, habiendo envidiado su trágico final, ahora él estaba comenzando a cambiar la bucólica opinión de aquel desenlace.

—No vas a hacerme esto, tío, no te voy a dejar hacerme esto. ¡Levanta!

Mediando en él mismo una inusitada fuerza, conminó a Tiago a que le ayudara con su amigo, para levantarlo en volandas del suelo mientras entre ambos obturaban la lesión.

Comenzaron a deambular de forma torpe e inconexa, Joao a la izquierda y Tiago a la derecha del maltrecho desventurado.

Cada escaso tramo recorrido era vigilado por parte de los moradores de cada chozo de favela Fazenda Coqueiro, si bien nadie intervenía, nadie parecía condolerse de aquellos sujetos que requerían auxilio a cada paso dado, amparo que no fue dispensado a pesar de aquellas miradas inertes en su expresión de todo atisbo de empatía.

Cuando parecía que estaba todo perdido y que de ninguna forma llegarían a tiempo a la zona baja del asentamiento, lugar donde podrían solicitar el traslado a algún centro facultativo, un hombre menudo, delgaducho, de pelo moreno a media melena, barba de varios días, pero bien cuidada, tez blanca algo amarillenta, pasados ya los cuarenta, con aspecto doliente y achacoso, se dirigió hasta los foráneos y les instó a que con premura introdujesen a su colega en la parte trasera de una furgoneta azul descolorida y oxidada, tipo pick-up, que bien podría definirse como una especie de tartano deteriorado, confeccionado pieza a pieza con partes de otros vehículos, siendo el rugir de su motor análogo al de una motosierra en apuros.

Subieron torpemente a su amigo a la furgoneta, en el mismo instante que súbitamente volvió a desvanecer…

—Acelere, amigo, ñao há tempo!

Transcurridos quince interminables minutos y tras callejear entre edificios y construcciones erigidas de forma absurda e incoherente en la colina, llegaron hasta la unión de una carretera que daba trayecto a una zona de la ciudad algo más desarrollada y a su vez segura, como si se tratase de la desembocadura de un afluente en su río principal que cursaba sus aguas hasta el mar.

De forma ininteligible, una ambulancia había llegado al mismo tiempo que ellos, como sincronizada, a ese trozo de asfalto esperanzador. Lo que desconocían tanto Joao como Tiago es que el piadoso conductor de ese destartalado vehículo había telefoneado instantes antes a un conocido, quien casualmente le debía el favor de haber encontrado trabajo como chófer de equipo de emergencia metropolitana por medio de su influencia. A su vez, el agraciado había requerido el favor de un enfermero amigo para que le acompañase a la práctica del traslado.

En el instante en el cual procedían a transferir al herido entre vehículos, este entreabrió nuevamente sus ojos. Viendo de forma desdibujada y confusa, extendió sus brazos y, dirigiéndose a quien cooperó de forma desinteresada bajándoles hasta la carretera en su pick-up, balbuceó…

—¡Ron! ¡Ron! ¡Eres tú! ¡Eres tú!

Tras lo cual se fundió nuevamente en una preocupante somnolencia debido a la extremada pérdida de sangre.

Antes de emprender el camino hacia el hospital más próximo, Joao interpeló al altruista individuo por su nombre, a lo que este alegó:

—Marcelo, meu nome é Marcelo.

—Obrigado, Marcelo.

CAPÍTULO 2

Tiempos de transformación

Montepardo de la Duquesa no era un pueblo al uso, emanaba cierto toque bucólico, campestre. En lo alto de un monte de exigua elevación se alzaban las ruinas de lo que en su día fue un enclave fortificado testigo de singulares momentos de la historia de España. Construido a fin de otorgar defensa y bastión ante el avance raudo y frenético de los sarracenos, había sido asediado y sitiado durante varios años hasta su caída final a manos de un general del califato de Córdoba.

Las murallas exteriores, altas y robustas en sus orígenes, debido al inexorable transcurso del tiempo habían dado paso a una especie de dispersos y escasos amontonamientos de piedra.

La parte central del castillo fue restaurado a mediados del siglo xviii por un conde residente en Madrid, que, prendado del paraje, procedió a la recuperación para sí de tan sobrecogedora ruina, conminando a la que era su esposa a realizar un cambio de residencia desde la capital del reino hasta dicha ubicación.

De todo aquel despropósito surgió finalmente la denominación del pueblo: Montepardo de la Duquesa. Las definiciones de monte y de duquesa eran inherentes a la vista y a la historia del lugar, a la vez que el color parduzco le fue otorgado por parte de sus habitantes recurriendo a la tonalidad de las inmediaciones de la loma en la que se asentaba el poblado y su castillo.

A escasos metros de las ruinas, junto a una atalaya de vigilancia igualmente semiderruida, se encontraba una laguna de escasa profundidad, cenagosa, y a la cual se le atribuían ciertas propiedades de mejoría y curación respecto a algunas enfermedades reumatoides.

La vegetación circundante estaba formada por pinos e innumerables carrascas, si bien existía en dicho lugar un árbol al que todo el mundo se refería con el sobrenombre de Máximo, debido a su imponente altura y proporción. Máximo era un cedro procedente del Atlas marroquí cuya edad se había datado en unos trescientos cincuenta años. Casi con toda probabilidad pudiera haber sido plantado por algún nostálgico en rememoración de los tiempos en los cuales aquellas tierras habían formado parte de una cultura musulmana, como reflejo de lo que en su día fue tierra de antepasados.

El pueblo estaba formado por unos mil trescientos vecinos aproximadamente, y entre ellos había un grupo de amigos que destacaban sobre los demás por su locuacidad y simpatía: se hacían llamar los Volaos. Integrantes de aquel grupo tan heterogéneo eran Julio, José, Alberto, Laura y Alicia.

Julio era el hijo del por entonces alcalde de la localidad. Estudiante que acababa de comenzar el Curso de Orientación Universitaria sin tener determinada todavía la rama que más se acercaba a sus expectativas académicas, era alto, esparragado, de pelo moreno y unos ojos verdes que causaban animadversión en todos los otros chicos de los pueblos cercanos y admiración y deseo en las féminas. Hablaba un casi perfecto inglés, toda vez que su padre, Julián el alcalde, debido a ser hombre inquieto y bohemio había estado viajando por toda Europa y residido cinco años en Londres, donde conoció a Erin, la cual quedó locamente enamorada de este e inició un exilio voluntario hacia España para instalarse definitivamente en Montepardo de la Duquesa junto al padre de Julio, estableciéndose como nuevos propietarios de una tienda de comestibles. Si bien inicialmente no habían gozado de buen nombre entre los pobladores por no haber nacido en la localidad, con el paso del tiempo los reticentes vecinos les fueron conociendo y otorgando su plena confianza, fidelizándose como sus nuevos clientes y a la postre eligiendo de alcalde a Julián una década después de su llegada.

La antítesis de guapo era su mejor amigo, José, aunque por su carácter bonachón y el léxico del lugar era llamado por sus colegas con el sobrenombre de Josico. Entrado ya en kilos, de pelo moreno, ojos pardos y nariz achatada, era hijo de María y Manolo, único panadero de la población ―hombre afable y simpático, aunque sus problemas dorsales habían mermado un poco su ángel―. Discutir con Josico era simplemente una quimera, no daba pie a iniciar una disputa. Si él era el aludido por algún desprecio o alguna palabra malsonante o insulto, él mismo zanjaba el asunto con un «será como tú dices», «ea», «no lo pongo en duda», «llevas razón» o un concluyente «no ni ná».

Alberto era un bala perdida. Su padre, José Martínez, al que todos llamaban Pepe, era un empresario dedicado a la manufacturación textil que, a través de una imponente fábrica denominada PM ―haciendo referencia a las siglas de su filiación― y ubicada a las afueras, daba trabajo a buena parte de los habitantes de Montepardo de la Duquesa. La mujer de este, de nombre Arabela, era oriunda del norte de España, algún año menor que él, físicamente bastante llamativa, de muy buena planta, si bien de carácter algo introvertido y distante con el resto de vecinos.

Alberto, físicamente, no así en la personalidad, era el fiel reflejo de su progenitora. Aunque de natural era rubio, rara era la semana que no teñía su cabello de color distinto, unas veces moreno, otras pelirrojo, otras de distintos colores; eso sí, sus cejas siempre seguían siendo rubias, de ahí las risotadas que le dedicaban el resto de jóvenes y chiquillos del lugar. No tenía para nada mala fisionomía, y hacía ya años que, debido a su amaneramiento, sus amigos ya habían intuido cuál iba a ser su orientación sexual. Siempre manifestaba que en un futuro no muy lejano sería un importante modisto del país, y la fábrica de prendas de su padre no hacía otra cosa que facilitarle un lugar donde refugiarse para así poder practicar en momentos fugaces con algunas de sus evocaciones de diseño, con patrones inusualmente atrevidos para la época que por entonces se vivía.

Laura era una chica indescriptiblemente bella para su edad. De pelo castaño, liso y muy largo, en su cara se disponían aquellos ojos redondos y enormes de color azul y se le marcaban unas pequeñas pecas en sus mejillas que no hacían otra cosa que realzar todavía más si cabe su exuberante hermosura. Cuando se encontraba superando la adolescencia ya aparentaba ser una mujer hecha. Su padre había muerto prematuramente debido a una enfermedad coronaria, extremo que en ningún momento le hizo replantearse al buen hombre que debía dejar de fumar para por lo menos menguar la posibilidad de abandonar este mundo de forma tan precipitada. Su madre, Pilar, la cual había enviudado cuando ella tendría apenas cuatro años, era maestra en el colegio y con el paso del tiempo se convirtió en la actual directora. Laura siempre había idealizado la fuerza, tenacidad e imagen de su progenitora, siendo su deseo el comenzar los estudios de magisterio y emular dicho empleo. Estaba locamente enamorada de Julio y este parecía corresponderle.

Por último, estaba Alicia. ¿Qué decir de esta criatura? Alicia era una chica menuda, de pelo moreno siempre recogido en coleta y aspecto normalito, ni fea ni guapa. Vestía de forma poco femenina, sus amigos no recordaban haberla visto jamás portando una falda o vestido, y ante todo era una escritora en potencia, analizaba cada vivencia, cada instante, cada frase, escrutando cuidadosamente cualquier detalle que pudiese aportarle algún argumento para sus obras, las cuales eran publicadas y publicitadas para muy pocas personas en el colegio del municipio mediando la inestimable colaboración de su amiga Laura junto a la madre de esta, la directora del centro educativo. Alicia era la hija de Adelina, una mujer extrovertida y cercana que años atrás se instaló en el pueblo accediendo no sin poca fortuna a la única plaza de auxiliar administrativo que por aquel año se promocionó en el Ayuntamiento de Montepardo de la Duquesa y que se dedicaba a la intendencia y administración de la oficina del Consistorio realizando labores acordes a las de secretaría sin llegar a ostentar el cargo. Madre soltera, madre abnegada, madre de Alicia.

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0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
13 November 2025
Umfang:
441 S. 2 Illustrationen
ISBN:
9788412421255
Redakteur:
Rechteinhaber:
Bookwire
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