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JUAN CHABÁS

TESTIGO DE EXCEPCIÓN

CRÍTICA PERIÓDICA SOBRE LITERATURA DE LA VANGUARDIA

Introducción y selección de

Javier Pérez Bazo

COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL


© Fundación Banco Santander, 2011

© de la introducción y de los textos, Javier Pérez Bazo

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

ISBN: 978-84-16950-35-5

En dilatadas horas de marea en retirada y quebrado el hombro por el peso de impúdicas sinrazones, permítame el lector que me dedique a mí mismo el aliento de este libro con una pizca de ternura. Y también a cuantos cuidan mi vigilia. Y a quien, muy obstinada, logre hacer transparentes las aguas removidas de nuestra existencia.

ÍNDICE

1  La crítica de Juan Chabás sobre poesía y prosa de la Vanguardia, por Javier Pérez BazoCriterios de esta ediciónLos textos y sus fuentesBibliografía

2  Aforismos sobre críticaTIEMPOS DE TRANSICIÓNEnrique Díez-CanedoVirtud de la elegancia [Epigramas americanos]José Moreno Villa[José Moreno Villa en el recuerdo][Moreno Villa, poeta y pintor]Mauricio Bacarisse[De vida corta, pero intenso fuego][Mitos][El paraíso desdeñado]Ramón Gómez de la SernaComposición y descomposiciónDomingo [El circo]Greguerías y banquetesEfigiesLa NardoLas terrazasEN LA VANGUARDIA ARTÍSTICA. EL ARTE NUEVOOrientaciones de la post-guerraSensibilidad literariaSensibilidad de nuestro tiempo, ILa nueva sensibilidad literaria [El Arte joven], IIContinúa, IIIEl resto no es literaturaSurrealismoSuperrealismoLiteratura y cine [Francisco Ayala: Indagación del cinema]Negro [Música de hoy]Música y literaturaArquitecturaTendencias populares [de las nuevas artes]LA JOVEN LITERATURAPerfiles de una «generación»La generación Vabum, la generación Majo y los nuevos[Antonio Machado y la joven literatura][Joven poesía]Sobre la joven literaturaAmistadViajes[Misiones culturales]Tricentenario gongorinoGóngora, Mallarmé y nuestros poetas jóvenesCentenariosUna jiraSobre GóngoraSoledades[Antología poética en honor de Góngora][Góngora en la Revista de Filología Española]F. García Lorca [Conferencia Imaginación, inspiración, evasión]ExabruptosCentenario de Góngora«Literatura contra literatura». La prosa del VeintisieteMicroscopia psicológica[Posibilidades de la novela nueva]Novelas de aventurasAcerca de la novelaSobre la novela, IProblema de la novela, IISobre la novela, IIIAforismosHorizonte de novelaREVISTA DE REVISTASLas revistas[Vida más larga de las revistas][Apunte sobre revistas]Revistas juanramonianas[Índice, , Ley]Vida clara [Ley]Revistas de Gerardo Diego[Carmen y Lola]Carmen[Adiós de Carmen y Lola]Revistas del SurLitoral[Desde Málaga, Litoral][Primer número][En el centenario de Góngora]Papel de Aleluyas[Hojillas del calendario de la nueva estética][Papel de Aleluyas, sevillana][Homenaje a Goya][Desaparición de Papel de Aleluyas]Gallo[Desde Andalucía —Sevilla—, Mediodía]Revistas en MurciaVerso y Prosa[Boletín de la joven literatura][Resonancias][Los pintores Garay, Flores y Gaya]La Verdad[Suplemento literario de La Verdad]Revistas castellanasLa Gaceta Literaria[Una gaceta][Aniversario][La Gaceta Literaria…][La Gaceta Literaria y el cinema][Parábola][Meseta][Manantial]Revistas catalanas[Las revistas en Cataluña]La RevistaL’Amic de les ArtsEl Amigo de las Artes [Número extraordinario sobre la cultura occitana][«Grupo de L’Amic de les Arts»][L’Amic de les Arts, índice de las artes plásticas]Antiarte[Helix]Terrazas [Imatges]Mirador[Ya está en la calle Mirador][Rumbo de Mirador]Geografía de revistas[Nueva etapa de Alfar]Alfar[La Rosa de los Vientos]AtlánticoOc [La Revista d’Oc][Muerte de las revistas]Elegía a las revistasEL VERSO DEL VEINTISIETERafael Alberti[De Marinero en tierra al compromiso]Sevilla, capital de España [La amante]Sobre los ángelesCal y cantoVicente AleixandreEncendido poeta de amor y de belleza]ÁmbitoManuel AltolaguirreNoticia de Manuel AltolaguirreMax Aub[Poeta en verso]José Bergamín[Bergamín, ¿poeta?]Un carácterLuis CernudaPerfil del aireErnestina de Champourcin[Ernestina de Champourcin, poetisa]José de Ciria y Escalante[Sólo tenía veinte años]Carmen Conde[Poemillas en prosa]Agustín EspinosaIslasAlejandro GaosSauces imaginariosFederico García Lorca[Sí. Hoy, otra vez, Federico García Lorca][Canciones, 1921-1924]Primer Romancero gitano[Romancero gitano, segunda edición]«Oda al Santo Sacramento»Pedro Garfias[El ala del Sur]Ramón Gaya[Ramón Gaya, poeta pintor]Fernando GonzálezEl reloj sin horasJorge Guillén[Poeta de los sentidos aguzados por la inteligencia]Poesía [Cántico (1919-1928)]Paul Valéry y GuillénMiguel Hernández[Heroica salud revolucionaria]No quedará en la muerteJosé María Hinojosa[La rosa de los vientos][Orillas de la luz]Juan Larrea[Juan Larrea, surrealista]José A. Muñoz RojasVersos de retornoEmilio Prados[Emilio Prados o el canto de plenitud][Vuelta (seguimientos-ausencias)]Juan Rejano[Fidelidad del sueño]Pedro Salinas[Seguro azar]Poesía humana. Fábula y signoJosé María Souvirón[Conjunto]Josefina de la TorreNuevo poeta [Versos y estampas][Josefina de la Torre]PROSISTAS DEL VEINTISIETEDámaso Alonso«Acuario en virgo»Cédula de eternidad [Cédula de identidad]Max AubFábula verdeRosa ChacelEstación, ida y vueltaJosé Díaz FernándezLiteratura y política [El blocao]Juan José DomenchinaHumorismo, otra vez [La túnica de Neso]Benjamín Jarnés[El profesor inútil][El convidado de papel][Paula y Paulita]Viviana y MerlínJosé López RubioRoque SixAntonio RoblesEl muerto, su adulterio y la ironía

JAVIER PÉREZ BAZO

LA CRÍTICA DE JUAN CHABÁS SOBRE POESÍA Y PROSA DE LA VANGUARDIA

…Ojalá que cada día la crítica atienda más al principal derecho del hombre: la razón. Derecho espiritual, noble, que debe ser respetado por todo quien en su mano tome una pluma, que por ella misma, o por el lugar donde escriba, tenga una responsabilidad.

Este derecho a la razón impone muy hondas obligaciones. Ante todo, cultura. No llamemos crítico a quien sólo sea un articulista de periódico. Luego, sensibilidad, gusto. Saber apreciar y discernir un no sé qué, expresión feijoniana de la belleza, que constituye la esencia del Arte.

Y luego, pasión. Pasión serena. Pasión de la mente y del espíritu. La crítica es un arte difícil. Pidamos al crítico virtudes de oscilación y de firmeza, como quería ese joven y pulcro escritor castellano: Antonio Marichalar. Pidamos en él virtudes de palma. Erguido y alto su impulso. Fino, sensible al aire al menor temblor del viento, su espíritu. Doctrina y ángel, para llamar a la gracia con nombre andaluz. Estas son las verdaderas cualidades del crítico. Para tenerlas se necesita gran amor. El amor es verdadera fuente de compensación. El crítico modelo sería aquel que, con todas esas cualidades, pensara como nuestro gran Ortega y Gasset: «a ser juez de las cosas voy prefiriendo ser su amante». Ser amante de la obra leída o contemplada, u oída con amor de la inteligencia y del corazón, es el mejor modo de ser un buen crítico.

J. CHABÁS

«Curso nuevo», Diario de Barcelona, 1 de octubre de 1929

QUIENES CORTEJARON de cerca su afecto escribieron que tenía muy pobladas las cejas, enormes pestañas a lo María Félix y ojos, negros y lucientes, como culata de revólver cruzando indiferentes al pasmo de señoras acomodadas y al de todas las niñeras. Su mirada, escudriñadora, nunca desatenta, agrandaba su atractivo —guapo, según el capricho de las damas—, un don afirmado en la simpatía y en el trato afable de un devoto de la amistad, en la conversación amena y en aquella voz tostada suya, con cierta inclinación al engolamiento de los barítonos, pero sin afectación alguna, desde luego nada petulante, tan imantadamente provechosa cuando había razón de amores. Hablaba apoyando su palabra en los giros de las manos y, acaso, en algún aspaviento sobrevenido por descontento, pero sin contravenir nunca la recta educación y la cortesía. Quienes frecuentaron su juventud le recordaban como un tipo fuerte, de mediana estatura, incluso más bien bajo, muy mediterráneo, con unos aires de labrador valenciano que intentaba suavizar atildadamente cierta postura provinciana, de tez morena en deuda con mediodías y brisas de levante, peinando hacia atrás su cabello negro, alzado sobre su elegancia, sobria, a veces un tanto descuidada en el porte más que en el atuendo: chaqueta cruzada y pantalón de talle alto, raramente fiel al chaleco, casi siempre con un fedora borsalino piamontés de pelo de conejo y corbata o corbatín. Tenía un sugestivo encanto, era un tipo propenso a la bondad, a las mujeres de carácter y a la escritura. Por entonces corrían locos los primeros años veinte.

Hay constancia de que Juan Chabás y Martí urdió una sólida formación —madrileña, francesa y europea—, merced a su empeño y a los cómodos recursos familiares (don Juan Chabás Bordehore, su padre, ejercía de notario). Llegado a Madrid desde la alicantina Denia con la misma edad que el siglo (había nacido el 19 de septiembre de 1900), de inmediato se le fue escapando la adolescencia, primero en las aulas del colegio de la Alianza Francesa de la calle Marqués de la Ensenada y, luego, en las facultades de Letras y de Derecho de la Universidad Central. Fueron tiempos determinantes para su instrucción humanística y para el aprendizaje de escritor. En el viejo caserón de San Bernardo asistió al magisterio de Emilia Pardo Bazán, de los filósofos Manuel García Morente y José Ortega y Gasset, de los filólogos Ramón Menéndez Pidal y Julio Cejador, de los políticos socialistas Andrés Ovejero y Julián Besteiro. Entre sus amigos y compañeros universitarios, Xavier Zubiri, Francisco Bores, Ernesto Giménez Caballero, Gerardo Diego, Dámaso Alonso… En los descansos estudiantiles regresaba a la Marina Alta alicantina para acercarse, por admiración y paisanaje, a su maestro Gabriel Miró y a cultivar en Valencia las afecciones de sus más allegados amigos, del pintor Genaro Lahuerta y del escritor Max Aub, junto a algunos más. Pronto determinó aplicarse al diálogo con la Literatura. Fue lector tempranero de autores renacentistas y barrocos e, infatigable, de páginas decimonónicas y noventayochistas de excelencia; y extremadamente curioso por todo lo nuevo, tanto dentro de las letras españolas como extranjeras, espoleado por un interés de matices europeístas hacia el arte y la cultura y por una preocupación constante por conocer la obra de sus contemporáneos. De tal modo, por una parte, fue compilando conocimientos literarios de vasta amplitud, que dieron fundamento a su formación intelectual y, por otra, convirtiéndose en un espectador laborioso que desde una fila preferente asiste al progreso del periodo histórico-literario sin duda más importante de la contemporaneidad —la acertadamente llamada Vanguardia histórica— para juzgar descriptivamente con ecuanimidad y mesurado espíritu crítico sus contornos y calibres cualitativos, sus valores y miserias o, en sus propias palabras, el mineral digno y la ganga desechable a la cual va adherido; para analizarla, desde una posición de juez y parte, a través de las personalidades que en ella alcanzaron relieve suficiente, cierta notoriedad o el más calificado renombre…, y hacerlo elegantemente, mediante certeras observaciones, sin vanidades, de las que pudo andar sobrado en las primeras juventudes.

Pero antes quiso tentar la suerte a la escritura en verso y prosa artística, aderezándola con los aliños estéticos del momento. Alcanzaría sólo un valor secundario, irrelevante, en lides poéticas; sin embargo, sí supo imprimir a su literatura narrativa un alto grado de eficacia y nobleza estética con intenciones de lograr la propia personalidad y la virtud artísticas que contribuyeran a dignificar la novela de la época, por entonces en plena crisis y decadencia galopante.

CON VERSOS Y PROSAS DE VANGUARDIA

Solía vérsele algunas mañanas en el Ateneo madrileño, los atardeceres en cenáculos, comensal en días de celebraciones y homenajes en Lhardy y en El Oro del Rhin, contertulio en cafés desde los que se vociferaba la última moda literaria (Lyon, cervecería de Correos…), pero sobre todo en los divanes rojos del café Colonial donde Rafael Cansinos-Asséns se rodeaba de jóvenes alientos, o, menos asiduamente, encaramado a las noches de los sábados en la vieja botellería y café de Pombo, «cubículo juvenil y alegre, casi una boîte literaria», que bullía en la calle Carretas y en la que Ramón Gómez de la Serna oficiaba de mentor de aspiraciones vanguardistas y no cesaba de organizar banquetes que consagrados a alguien tenían «un valor de aviso y toque de atención para subrayar una tarea literaria digna» (véase «Greguerías y banquetes»). O se le reconocían sus andares por el paseo del Prado, alfombrado de sol sobre las aceras que trajinaban señores solos, caminando con Rafael Barradas hacia los libros desconsoladamente viejos de los puestos de la verja del Botánico, mientras elogiaba al uruguayo sus decorados para Martínez Sierra y las portadas de la revista Ultra. O le veían yendo hacia Las Ventas en discusión vehemente acerca de las facultades taurinas de sus admirados Ignacio Sánchez Mejías o Marcial Lalanda.

A finales de la segunda década del siglo XX Madrid deseaba sentir propia la gesticulación iconoclasta de la Vanguardia poética europea, pero lo hacía imitando, aprovechando materiales de derribo y acrisolando voluntades estéticas para estatuir un credo, el del Ultra, carente de originalidad, es cierto, y, desde luego, distante a muchas leguas de la sobresaliente singularidad del Creacionismo. Chabás decidió acercarse con oído atento a aquel bullicio maquinista y urbanero del Ultra y logró publicar en 1921, entre tanta orfandad editorial para la poesía del momento, un librito de título Espejos, salido de los talleres de Alejandro Pueyo, pulcro, bello en su sencillez y reducido formato, con una cubierta sobria de color blanco hueso, gemela de la de Poemas puros, poemillas de la ciudad, de Dámaso Alonso, publicado al mismo tiempo con distinto pie de imprenta e igualmente saldado a real, meses después, en las librerías de lance de la Cuesta de Moyano. Algunos de los poemas eran conocidos por los lectores de las revistas literarias de la primera hora vanguardista —entre 1921 y 1923 publicará en España, Horizonte (revista que él mismo fundó con Pedro Garfias y José Rivas Panedas), Índice, Ultra y Tableros—, pero el libro, en su conjunto, difícilmente podía adscribirse a la supuesta ortodoxia ultraísta —Guillermo de Torre se lo recordó con reproche— más allá de determinadas convergencias tropológicas de ascendencia cubista y greguerísticas u otras léxicas al socaire de las novedades en boga. Espejos era un poemario primerizo, heteróclito en su contenido, falto de la audacia tipográfica propia de otras vanguardias, e incapaz de desprenderse, por carecer de una orientación definida, de cierto sentimentalismo romántico-simbolista y del influjo penetrante del purismo juanramoniano; en suma, respondía a ciertas vaguedades líricas de adolescencia y, estéticamente, a un hibridismo sustentado en concepciones de tradición y de vanguardia. Pero el joven Chabás percibió a tiempo que la incapacidad teórica y la práctica ultraístas conducían, cuando menos, a la mediocridad, de ahí que subsumiera el popularismo de sesgo culto y, renegando de excesos vanguardistas y de purismos estéticos, contuviera su verso en los moldes del neotradicionalismo, sujeto a las estructuras clasicistas en consonancia con el giro que iba adoptando la poesía de la época. Entonces aparecen poemas suyos en la coruñesa Alfar, en las murcianas Verso y Prosa y en el suplemento literario de La Verdad, en la vallisoletana Meseta y en la burgalesa Parábola. Poemas breves, de cierta mediocridad, todos presumiblemente destinados a un nuevo poemario, Ondas, que nunca llegó a editarse después de haberse anunciado en la colección lírica de Horizonte. Con todo, quiso emprender Chabás el camino hacia una madurez poética en la que lograse escuchar —en palabras que él mismo reservó para Luis Cernuda (vaya el lector a la crítica de Perfil del aire) su íntima voz, con mayor ahínco, para crear su poesía verdadera, más propia y original, pero que, en verdad, nunca alcanzaría en su caso la excelencia. De ahí que se desinteresara del género y sólo más tarde, ya en tiempos de exilio, volviera a frecuentarlo muy de trecho en trecho. Poco tiempo después de morir, su viuda reunió aquellos poemas en el volumen Árbol de ti nacido (1956).

Había abandonado el verso buscando mejor fortuna literaria por los caminos de la prosa. Lo comenzó con Sin velas, desvelada (1927), ceñido por el corsé de la novela posmodernista, trabando dentro de una frágil trama la descripción subjetiva y el impresionismo sensorial del paisaje de su tierra natal alicantina con el lastre poemático que le proporcionó el esmerado estilo de su maestro y paisano Gabriel Miró. Muy distinto propósito reservó para Puerto de sombra (1928), narración ciertamente mucho más ambiciosa, publicada cuando algunas empresas editoriales apostaban por los «nova novorum» y los «valores actuales» de la novela nueva al dictado de Ortega y Gasset. Ambientada en la Riviera italiana, su sesgo memorialístico de ascendencia proustiana, sustancialmente poético e introspectivo, propiciaba el discurso descriptivo de extrema morosidad y la creación de personajes al trasluz de la psicología imaginaria en detrimento de la acción novelesca. Así fue tejiendo la historia, la imposibilidad del amor de su protagonista, reconstruida mediante los requiebros de la memoria en la villa marinera de Portofino. El resto de la fábula lo conformaban episodios colaterales anclados en ambientes aburguesados y escenarios marcados por la impronta de la modernidad. En definitiva, el autor había llevado a término una de las novelas paradigmáticas del nuevo arte. Dos años después volvía al género con Agor sin fin (1930) completando evolucionadamente su ejercicio novelístico, esta vez desde la perspectiva rehumanizadora del «nuevo romanticismo»: la de la organicidad textual donde la acción predominaba, los personajes aparecían sujetos a su destino y la finalidad estética, antes esencial, pasaría a ser subsidiaria.

La guerra civil truncó cualquier continuidad. Sólo en tiempos posteriores de exilio, en Venezuela o en Cuba, retomará Chabás la escritura de creación con siete cuentos agavillados póstumamente bajo el título Fábula y vida (1955). Su muerte excesivamente madrugadora en La Habana nos privó del escritor en su madurez creativa y redujo a mera voluntad su proyecto de emprender una gran novela, según dejó dicho a sus amigos. Otro escritor valenciano asimismo de retardada celebridad, Max Aub, llevado ciertamente por el afecto, no dudó en señalar a Chabás como el «mejor dotado» de los narradores que mediados los años veinte se impusieron renovar la prosa española, distanciándose de manera distintiva de las estéticas finiseculares y novecentistas precedentes.

DE LA CRÍTICA PERIÓDICA AL ENSAYO

Mediando los años veinte, para la juventud universitaria española llegó la hora de asomarse a Europa con fervor viajero. No se insistirá suficientemente acerca del nuevo caudal de experiencia e intensas ventajas formativas de aquellas giras de aprendizaje de vida europea que unos cuantos jóvenes escritores de entonces emprendieron en su más propicia época de maduración intelectual, toda una generación que, en palabras del propio Chabás, nació literariamente del 18 al 20 (véase el artículo «Viajes», de La Libertad). La oficina cultural de exportación de juventud estudiosa que fue la Junta para Ampliación de Estudios, además del Centro de Estudios Históricos, propició la salida hacia los caminos del mundo a Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Claudio de la Torre, y Ernesto Giménez Caballero, entre otros. Juan Chabás fue becado en Italia para desempeñar en Génova un lectorado adscrito a la cátedra del hispanista Antonio Restori. En una carta con membrete del Hotel de Gênes, sin fecha pero probablemente de octubre de 1924, refirió a Gabriel Miró la buena acogida que le había reservado el claustro universitario de la Università degli Studi di Genova, La Superba, y su excelente impresión de Italia. Tenía unas pocas clases semanales y un tiempo ancho para horas únicamente suyas. Los dos cursos académicos en tierras italianas llegarían a ser muy propicios para el contacto directo con la sociedad, la política y la cultura de un país fascistamente mussoliniano, para su formación europeísta y para su producción literaria. Aquel otoño paseó los vicoli genoveses y la plaza porticada del Caricamento, se acercó a Portofino, a Santa Margherita, a Bellagio, al lago Como, a las avenidas doradas del Pincio romano…, siempre con el andar pausado de los cantantes de ópera, disimulando las razones para estar contraído ante tanta vida nueva.

Según consta en un expediente administrativo, fue expulsado del claustro universitario debido a varios artículos enviados desde Génova al periódico madrileño La Libertad, colaboraciones algunas abiertamente en contra del régimen de Mussolini, desde luego carentes de la mínima diplomacia que debe el extranjero al país que le invita, pero también juzgadas impropiamente más que inoportunas por un Gobierno incómodo a la crítica e inclinado a los métodos expeditivos totalitarios. Pero al joven Chabás estos artículos y otros sobre literatura italiana publicados seguidamente en Revista de Occidente y en La Gaceta Literaria le sirvieron de sustrato para un volumen sobresaliente en su género. La editorial barcelonesa Mentora publicaría tiempo después, en 1928, su documentado volumen Italia fascista. Política y cultura, un trabajo de escritor cauteloso, alejado de cualquier sospecha filofascista aunque a veces sorprendido ante un mundo con todas sus contradicciones y arrastrado con cierto entusiasmo por los últimos flujos de la modernidad futurista de Marinetti. El libro prolongaba relevantemente la tradición de los estudios sobre el fascismo —Camillo Pelizzi, Vicente Clavel, Francesc Cambó…—, centrándose en sus aspectos sociopolíticos y efectuando una revisión histórica a fin de establecer un balance de la cultura fascista italiana, concretamente de la producción literaria de los años veinte.

La breve estancia en tierras italianas fue para el dianense cumplidamente fecunda. Dictó conferencias en la Societá di Studi Romanici, entabló una relación cordial con Arturo Farinelli en Milán, durante unas vacaciones pascuales reconoció a Máximo Gorki en una playa de Capri y con él se entretuvo en charla amena… Logró compaginar su labor periodística con la de traductor del italiano y del francés —que ya había ensayado con obras de Benedetto Croce y Luigi Pirandello en 1924 (Historia de Europa en el siglo XIX y Tercetos, respectivamente) y de Gérard de Nerval (Aurelia y Noches de octubre, ambas en 1923, y Silvia y La mano encantada un año después)—, lo cual le facilitó la subsistencia: el ensayo jurídico Sobre la legítima defensa de Julio Fioretti y Adolfo Zerboglio (1926), Un divorcio (1928) de Paul Bourget y, más tarde, probablemente a partir de la versión francesa, Street scene (1930) de Elmer L. Rice.

De vuelta a España después de su juvenil experiencia italiana, muy pronto se granjeará nombradía y respeto por su habilidad literaria de buen oficio, más por su actividad periodística, especializado en temas literarios, por ensayista y crítico teatral en los diarios y revistas de la época que como el poeta que fue en las primeras horas fracasadamente innovadoras del Ultraísmo y bajo su filiación juanramoniana, antes de recuperar los moldes del popularismo y de la poesía neotradicional. Como colaborador de la prensa diaria y de revistas literarias tuvo también, sin duda alguna, mucho mayor reconocimiento entre las gentes de su propio oficio y los lectores que como autor de aquellas tres novelas sin mayor fortuna, pese al mérito de calidad que le atribuyó la crítica en su día.

Su trayectoria ensayística fue perfilándose y asentándose con firmeza merced a sus frecuentes colaboraciones en Revista de Occidente, Alfar, La Gaceta Literaria, La Libertad y Diario de Barcelona, junto a otras circunstanciales en diarios como Heraldo de Madrid o El Sol.

Fue Chabás un articulista y ensayista laborioso, de muy buen hacer y gran curiosidad intelectual, ágil de pluma y con extrema pulcritud en su escritura, jamás irascible o siervo de la indulgencia inmerecida, orientado por una especial agudeza en sus juicios de valor, capaz de adecuar coherentemente el más exigente paso erudito con el coloquial que requiere el lector apresurado y necesitado de guía crítica, de avisos y gacetillas. Se sirvió de la crónica periodística y de la reseña más por sus fines divulgativos que por intereses de especialista en el objeto de estudio, sin contravenir por ello el rigor científico intrínseco a la labor crítica. Y frecuentó asimismo el artículo de diversa extensión sobre asuntos y sucesos artísticos, de la crítica teatral, del ensayo literario, de la biografía novelada y de la historiografía literaria. Su formación intelectual y el magisterio de Menéndez Pidal le facilitaron los fundamentos necesarios para el trabajo ensayístico dentro de los postulados de la Estilística. Su prosa, rica en matices pero también ligera y apropiada para la narración periodística, alcanza el paradigma del escritor alumbrado por la indagación constante, por la virtud de la objetividad y por el compromiso ante su época. Perteneció por edad al desigual elenco de ensayistas y articulistas que comienza un fecundo ejercicio crítico —los orteguianos Fernando Vela y Antonio Espina; Guillermo de Torre y Melchor Fernández Almagro, teóricos de las manifestaciones de Vanguardia; José Bergamín, Ernesto Giménez Caballero, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Benjamín Jarnés…— al mismo tiempo que adquiere una decisiva notoriedad la llamada por razones distintas a las del rigor periodológico «Generación poética del Veintisiete», relegando la novela y el ensayo a lugares menores. La posición ideológica posterior de Juan Chabás, radicalizada durante la guerra y el exilio, afín al Partido Comunista, le condujo hacia otro tipo de crítica, de orientación marxista. A su muy lograda factura, según veremos, contribuiría decididamente aquella dilatada práctica del autor en el artículo periodístico y en el ensayismo desde edad muy temprana.

En Juan Chabás se diluyen ciertas fronteras entre el ensayismo —en tanto que práctica de un género de dilatada tradición, prestigio y grandes autores— y el artículo de periódico en su modalidad de crónica, de reseña literaria, de reflexión estética. Acude con su nombre y destrezas de buen crítico a las revistas literarias que parecen acaparar cualquier rincón geográfico, que son soporte material para manifiestos, proclamas, programas estéticos o juicios de muy distinto pelaje —el mismo Chabás se suma a este conjunto textual de teoría explícita con «Orientaciones de la posguerra», difundido por la revista Cervantes una vez incorporada a la primera hora vanguardista—, o de reposados análisis en Revista de Occidente y en la gallega Alfar, por ejemplo, y mediante los artículos de mayor vuelo, a modo de ensayo compendiado, redactados para la prensa diaria, especialmente para La Libertad y Diario de Barcelona. Pero en las columnas periodísticas de los diarios frecuentados por Chabás cupieron asimismo la noticia breve o la anotación de circunstancia. Entiéndanse así los abundantes avisos sobre alguna revista literaria, española o extranjera, de reciente aparición o cuyo contenido se le antoja al autor reseñable, o incluso una sucinta información sobre un suceso cultural o una acotación sujeta a la transitoriedad, a la fugacidad. En esto estriba igualmente el carácter testimonial de este periodismo menor, subsidiario del ensayismo en su modalidad de crítica literaria en la prensa. Revistas del Sur: desde Málaga, con «título lleno de luz mediterránea», Litoral; la onubense Papel de Aleluyas; la lorquiana Gallo, «con un cacareo rojo de cresta sana y orgullosa, con vida breve», tan granadina; Mediodía; el Boletín de la joven literatura al que, en Murcia, Jorge Guillén y Juan Guerrero llamaron Verso y Prosa… Revistas castellanas: al frente, La Gaceta Literaria, dirigida por Giménez Caballero con pretensiones de equipararse a la francesa Les Nouvelles Littéraires; desde Burgos, Parábola, a modo de hojas sueltas de literatura; Meseta en Valladolid y Manantial en Segovia… Revistas catalanas: La Revista y su «ágil inquietud para recoger en notas breves el movimiento intelectual de Europa»; L’Amic de les Arts, cuna de surrealismos, Helix… Revistas juanramonianas (Índice, , Ley), siempre limpias, esmeradas. Las revistas Carmen y Lola, creadas por Gerardo Diego, imprescindibles, entre otras, de las que fue dejando constancia en sus columnas (vaya el lector a «Elegía a las revistas», por ejemplo).

En el primer «Resumen literario» de La Libertad, fechado el 5 de noviembre de 1926, Chabás centra su atención en el teatro y el cinematógrafo, columna que le suscitó una encuesta realizada por La Fiera Letteraria acerca del futuro del teatro en prosa. Fue el comienzo de una dilatada colaboración con el diario madrileño. Allí ensayó por vez primera el carácter misceláneo de la sección: al mismo tiempo saludaba la iniciativa de Juan Ramón Jiménez —«que es ciertamente nuestro poeta lírico más puro (a la minoría siempre), es también el más inquieto por hallar el modo de crear una revista pulida y exacta, donde pueden publicar sus trabajos los artistas jóvenes que como él hacen de su arte poesía»—, y lo hace con motivo de la aparición de Índice; o adelanta la bienvenida a la quincenal La Gaceta Literaria y asimismo de la revista Mediodía —creada en Sevilla «por otro grupo juvenil, con buenos propósitos y gran entusiasmo»—; o daba cuenta del estreno en la Comédie des Champs-Elysées de Le dictateur, avalado por la autoría de Jules Romains; u ofrece una concisa y sagaz reseña a El profesor inútil, de Benjamín Jarnés. En este primer «resumen literario», el crítico dejaba ya perfectamente definida la orientación de sus futuras colaboraciones.

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