Buch lesen: "Como una red"

Schriftart:

COMO UNA RED

SERMONES DE VICENT FERRER

COMO UNA RED

SERMONES DE VICENT FERRER

Edición y traducción al castellano

de

JOSEP-A. YSERN I LAGARDA

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Este trabajo se enmarca en los siguientes proyectos: FFI2013-45931-P, «La cultura literaria medieval y moderna en la tradición manuscrita e impresa (V)»; 2014 SGRC 14 del «CRET-Grup de Recerca Consolidat sobre Estudis de Traducció i Multiculturalitat» (Generalitat de Catalunya); Programa de la Generalitat Valenciana para la Constitución y Acreditación de Institutos Superiores de Investigación Cooperativa, Ref. ISIC/2012/022; Proyecto DIGICOTRACAM [Programa Prometeo de la Generalitat Valenciana para Grupos de investigación en I+D de excelencia, Ref. Prometeo/2009/042, cofinanciado por la UE]. Los dos últimos proyectos citados se desarrollan en el seno del Instituto Superior de Investigación Corporativa IVITRA.

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente,

ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información,

en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico,

por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© De la edición y traducción al castellano:

Josep-A. Ysern i Lagarda, 2015

© De la presente edición:

Universitat de València, 2015

www.uv.es/publicacions

publicacions@uv.es

Coordinación editorial: Vicent Olmos

Imagen de la cubierta: Retablo del Convento de Predicadores de Valencia,

Museo de Bellas Artes de Valencia

Maquetación: Textual IM

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-9883-8

Dedico este trabajo a mi madre.

ÍNDICE DE CONTENIDO

PRÓLOGO

Entre las obras conservadas en el museo de Bellas Artes de Valencia, destaca, tanto por la intensidad de colorido como por su elaborada composición, una bella pintura de Felipe Paolo de San Leocadio (siglo XVI –reproducida en la portada de este trabajo. El espectador, atraído por la efectiva plasticidad del conjunto, se siente inmediatamente interpelado por el lienzo, que centra de inmediato toda su atención. En el primer plano, el de la tierra sobre la que están arrodillados, dos religiosos, un franciscano y un dominico de cabezas aureoladas, oran con las manos juntas y la mirada dirigida al cielo, o segundo plano, que se eleva sobre un fondo nimbado, por encima del lienzo de muralla de una ciudad que se divisa en el horizonte.

Al otro extremo de los dos santos, y separadas por un espacio abierto que marca una clara brecha o división entre los dos grupos y permite extender la mirada en perspectiva hacia una distante puerta almenada, hay dos damas sentadas, totalmente ajenas a la acción de los dos hombres. Una de ellas, la más atractiva, es rubia; lleva un provocador vestido rojo que descubre y resalta la delicadeza de su seno. Con una mano sostiene un espejo, reflejo de su belleza, mientras que con la otra peina, con un peine dorado, el cabello, señuelo y símbolo de su seductora disponibilidad. La segunda mujer, de ropas menos llamativas, que hacen resaltar el rojo detonante del bolsón de dinero que mantiene a la altura del pecho, acaricia o cuenta las monedas desparramadas en su regazo. Detrás de ella asoma la cabeza, tocada a la morisca, de una tercera mujer, más vieja, de pelo hirsuto, con una mejilla llena de verrugas.

No hay duda del carácter religioso de la pintura, ya de antemano confirmado por lo representado en el plano celestial, donde destaca, en el centro, dentro de una bola encendida de fuego, la figura amenazadora de Cristo, empuñando tres dardos en la mano derecha, dirigidos contra la ciudad, en la que tiene fija su mirada. Su cuerpo, desnudo hasta la cintura para evocar los sufrimientos de su humanidad, pasión y muerte redentora, lleva los hombros cubiertos por una capa roja también flameante, que recuerda el poder y la gloria de su triunfante resurrección. Las cabezas aladas de tres querubes marcan la frontera del espacio etéreo, por encima de unas nubes que parecen de algodón en rama. Complementan esta visión tripartita, en el ángulo derecho la figura de María, con las manos juntas y en posición de suplicar a su hijo, acompañada de un séquito de ángeles y, en el ángulo opuesto, más figuras angélicas, en la misma postura orante.

Como suele pasar muy a menudo, la clave o sentido de esta pintura ahora quizá enigmática para el hombre del siglo XXI, nos la brinda la leyenda. La leyenda, que es en el fondo la vía por la que el pueblo sencillo ha trascendido y trasciende, siempre de manera intuitiva, los hechos más complejos para asimilar lo medular de la historia, dejó plasmada en esta supuesta visión una valoración positiva del decisivo papel de las órdenes mendicantes de franciscanos y dominicos en la reforma de una Iglesia medieval, corrupta y en descomposición, abocada al desastre de una degradación moral, conminadora de un inminente juicio divino.

En las inverosímiles pero entrañables viñetas, dignas de ser reescritas en quaderna vía, que nos legó el dominico Jacobo de Vorágine en la Leyenda Dorada, obra en la que sintetizó el espíritu de toda la Edad Media, narra el buen fraile la supuesta visión de un franciscano, que contempló en Roma cómo María, gracias a la actuación taumatúrgica y pastoral compartida de los duo viri –o santos varones y compañeros: Domingo y Francisco–, salvaba el mundo de la terrible destrucción provocada por los dardos del hambre, la peste y la guerra, activados por el enojo divino ante los vicios de la humanidad corrompida, en especial la lujuria, la avaricia y la soberbia, tan bien representados en las tres mujeres alegóricas del cuadro. Poeta del hermano sol, la hermana agua y la hermana muerte corporal, el santo de Asís, idealista enamorado de la naturaleza y predicador de la fraternidad universal, revolucionó, con su alegre banda de hippies avant la lettre, seguidores de la pobreza voluntaria, el sistema de valores de la burguesía medieval. Por otra parte, Domingo de Osma, castellano de pura cepa, supo crear una disciplinada y eficacísima hueste de hombres sabios, dedicados por antonomasia a combatir la herejía y la ignorancia religiosa, con las armas del estudio y de la predicación. Abocadas a un curioso proceso osmótico-mimético de competición mutua y de adaptación al medio ambiente, ambas órdenes perdieron pronto su original pulso renovador, para acabar siendo asimiladas por el marasmo general de la sociedad de su tiempo.

La pintura hagiográfica de Felipe Paolo, seguramente hecha por encargo, no esconde o disimula la triste realidad de una historia destinada a repetirse en sus inevitables «corsi e ricorsi», de manera que aquella amenazadora situación límite, tan plásticamente descrita, y felizmente superada, en vez de resultar anacrónica en pleno siglo XIV, no dejaba de mantener su cíclica relevancia. La tuvo, todavía más, si cabe, en la compleja encrucijada histórica que va del siglo XIV al XV.

Entre las personalidades que contribuyeron a forjar, de palabra y de obra, la estructura mental y social de Valencia durante esta etapa crucial, destaca la figura de dos frailes mendicantes: Francesc Eiximenis y Vicent Ferrer. Franciscano el primero, y perteneciente a la orden de santo Domingo el segundo, la tradición popular presenta como contrapuestas estas dos figuras eminentes, en el fondo también complementarias en su denodado esfuerzo por conseguir un retorno a las esencias del Evangelio y la regeneración de una sociedad desintegrada por problemas como la peste negra, el cisma y la profunda relajación de costumbres que éstos conllevaron. Entre otras muchas cosas, ambos religiosos compartían una fijación: la de la inminencia del fin del mundo.

Como prueba, una famosa carta dirigida por Vicent Ferrer al papa Benedicto XIII, donde, en cierta manera, recicla y hace suya la famosa visión descrita por el de Vorágine. Esa idea, en el fondo siempre latente a lo largo de los siglos, e invocada de manera constante por conventículos proféticos espiritualistas de signo diverso, fue asumida con absoluta convicción, de manera personal y directa, a partir de 1412, y predicada con un extraordinario y eficaz dinamismo por Vicent Ferrer.

Por paradójico, pues, que pueda parecer, el mismo año en que en el famoso Compromiso de Caspe, la implacable y sesuda Realpolitik de fray Vicent, le convertía de hecho en hacedor de reyes y árbitro decisivo de la política castellano-aragonesa, como le convertiría poco más tarde en factor determinante de la deposición de su amigo y protector el papa Luna, Ferrer abrigaba la respetable pero absurda certeza de que su predicación, como «legado del costado de Cristo», representaba una última y definitiva prolongación de la ya famosa prórroga otorgada por Cristo a Francisco y Domingo, por intercesión de María. Esta incansable dedicación exclusiva, para la que no hay duda que estaba plenamente dotado, le convirtió en el predicador europeo más famoso de su tiempo. Sus sermones cobraban el carácter de postrera oportunidad, o última tabla de salvación, otorgada in extremis por Cristo, mientras durase la vida, ya achacosa, del religioso.

La regla franciscana establecía que la predicación de los seguidores de Francisco de Asís debía centrarse en Vitia et virtutes, es decir: en los vicios y las virtudes. Domingo había especificado también que la orden de Predicadores había sido creada especialmente para la predicación y salvación de las almas, y su preocupación básica debía ir ardientemente encaminada a un fin: aprender para enseñar. Esta intencionalidad básica y las circunstancias específicas de la vida de Vicent Ferrer y del momento histórico que le tocó vivir, determinan que los sermones vicentinos, que confrontan los principios morales de la utopía cristiana, con una realidad social plagada de vicios, aparte de su valor literario y retórico intrínsecos, sean un verdadero documento socio-histórico.

El problema radica en la volatilidad de ese documento. Porque la palabra vuela; lo escrito perdura. Mientras que, por ejemplo, múltiples códices conservan el legado de la predicación escrita o tratados morales de fray Francesc Eiximenis, los sermones de fray Vicent son una especie de entelequia, difícil de definir y todavía más difícil de fijar. Cada sermón es, por definición, una performance o acto de habla único, porque únicas y mutantes fueron las circunstancias en que se pronunció: tiempo, lugar o escenario, público, estado de ánimo, tono de voz, etc. En caso de que se escriba, la unicidad específica del texto genera en cada contexto una riquísima variedad de modulaciones de temas, motivos y formulaciones, repetidos y circunstancialmente cambiantes.

De nuevo topamos con la paradoja. Circulan numerosísimas ediciones de sermones vicentinos en latín y no faltan algunas muy interesantes de sermones en castellano y valenciano-catalán, como los de la cuaresma predicada en Valencia, pero ninguna de ellas, puede brindarnos de manera definitiva la palabra viva del santo. Sólo puede proporcionarnos el eco de su resonancia, que recogieron, cada cual a su manera, los miembros de su famosa compañía.

Las implicaciones, desde el punto de vista filológico son obvias: mientras que, por laborioso que resulte, cabe colacionar veinte o más manuscritos que reproducen con ligeras variantes textuales una obra de Eiximenis, recuperando así de manera harto aproximada el testimonio prístino del original, resulta prácticamente imposible aplicar el mismo método a la polifacética gama de voces, a menudo conceptualmente acordes, pero muy diversas en las formas de expresión, que pretenden transmitir la voz auténtica de Vicent Ferrer, diseminada y esparcida en numerosos resúmenes casi taquigráficos, necesariamente incompletos o muy fragmentarios.

De ahí la complejidad y enorme dificultad de la tarea del editor de la presente selección, en su loable empeño de ofrecer una buena versión castellana, representativa de algunas de las mejores reportaciones conservadas en la lengua nativa del santo predicador, que ayude a asimilar los conceptos, al tiempo que nos aproxime al complejo sistema de la predicación medieval, y nos introduzca con discernimiento en el contorno histórico personal del santo y de su época.

Conozco pocas personas más autorizadas que el Dr. Josep-Antoni Ysern para desarrollar esta difícil tarea. Su magnífica edición crítica de la versión catalana del Alphabetum Narrationum, uno de los manuales de exempla más conocidos y apreciados de la predicación medieval, da testimonio de su extraordinaria competencia, fruto de muchos años de una intensa y sentida dedicación personal. Y las abundantes notas, índices y prolegómenos con que ha enriquecido el texto de la presente traducción, elaborada desde una meditada comprensión de la difícil misión del traductor, dan prueba de que su interés por acercarse al lector moderno proviene de una profunda vocación de experto y reconocido medievalista, que da a la filología un enfoque culturalista, atento no sólo al sentido de las palabras, sino al hecho religioso y al devenir histórico.

La leyenda popular ha transformado al valenciano san Vicent Ferrer, que, dedo en alto, nos recuerda el temor de Dios y la inminencia de su juicio, en una especie de Deus ex machina, apenas superado por la Virgen María como fautor de portentos, a cuál más inverosímil. O sea: en un verdadero mito. El presente volumen, preparado con las máximas garantías técnicas, ofrece tanto al estudioso como al lector curioso, la oportunidad de tratar de saber cómo era en realidad este famoso personaje. De penetrar en la profunda entraña de su inteligente humanidad, y, de paso, en la del mundo al que pretendió redimir de los terribles rayos de la justicia divina, con el convencido testimonio de su vida y de su palabra.

ALBERT G. HAUF VALLS

Universitat de València, IEC, AVL

INTRODUCCIÓN

EL DOMINGO DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA, quien pasee por el centro de la ciudad de Valencia encontrará, en algunos puntos, unos sencillos escenarios que, a modo de altar, presididos por una figura de san Vicent Ferrer, se destinan a la representación de unas breves obras teatrales protagonizadas por niños: los miracles –milacres, en la forma popular tradicional– o milagros de san Vicent. No es ninguna exageración decir que, en el hit-parade de la taumaturgia medieval, fray Vicent ocupa una posición avasalladora: su curriculum miraculístico en vida y post mortem es impresionante. Por ello tampoco es de extrañar que ésa sea la faceta que haya arraigado más hondo en la tradición popular: la del santo protector, siempre próximo y dispuesto a echar una mano.1

Parece ser que la tradición arranca de la segunda mitad del siglo XV, ya después de su canonización, a raíz de la iniciativa que Joan Garrigues tomó de colocar un retablo cerca de su casa, en la calle del Mar, para conmemorar la intervención con que Ferrer –con tan sólo nueve años (!)– había sanado a Antoni Garrigues, su padre, cuando era también niño. Al parecer, a partir de ahí, se fue extendiendo la costumbre de instalar este tipo de retablos alusivos a tales portentos, protagonizados por Ferrer –con absoluta naturalidad– desde su más tierna infancia. A partir de los siglos XVI y XVII aparecen ya imágenes y niños que recitan algunos textos, pero sin que conste el tipo de éstos. De hecho, en realidad, la producción de miracles se desarrolla, sobre todo, durante los siglos XIX y XVII aparecen ya imágenes y niños que recitan algunos textos, pero sin que conste el tipo de éstos. De hecho, en realidad, la producción de miracles se desarrolla, sobre todo, durante los siglos XIX y XX.2

Ahora bien, la gran impronta dejada por Ferrer no nos dice nada acerca del conocimiento real de su obra: nos estamos moviendo casi continuamente en el resbaladizo terreno del mito. El omnipresente personaje creado por la cultura popular ha anulado, superado o sustituido al predicador real. Sus sermones –y algunas otras obras– circulan casi sólo entre especialistas y, sin embargo, es un hecho que constituyen una magnífica vía de entrada para el estudio de la sociedad en que se desarrollaron, siempre que no olvidemos que san Vicent es un moralista y, como tal, tiende a subrayar la zozobra y la crisis de su mundo. Poco a poco vamos recuperando a nuestros clásicos, a los clásicos de la literatura catalana medieval, y fray Vicent debe tener un espacio reservado entre ellos porque, junto con ellos, forma parte de lo mejor que esa literatura nos ofrece. Los especialistas lo han asumido; pero la mayor parte del público, acérrimamente afecto al Ferrer-mito, probablemente, no, como bien pone en evidencia Toldrà (2000: 13-14) en la irónica y divertida introducción de su estudio sobre el más allá en los sermones vicentinos.

De hecho, ¿quién fue realmente san Vicent Ferrer? Fue un teólogo dominico, cierto; pero también un intelectual que dedicó sus primeros esfuerzos a la filosofía, un polemista, un hombre público y un exitosísimo predicador de masas, de peso decisivo en la política de su época. Sin embargo, las adherencias míticas que se han ido añadidendo sobre ese núcleo son tantas y tan variadas, que no siempre han salido sanas y salvas las biografías que de nuestro autor se han intentado. Aún ahora andamos huérfanos de una que realmente se pueda considerar prudentemente definitiva. Ya lo indicaba hace cincuenta años el padre Garganta casi en la primera página de la obra que escribe junto con el padre Forcada (Garganta y Forcada 1956) y que continúa siendo, quizás, la mejor visión de conjunto, la más completa y objetiva hasta la fecha, entre las actualmente accesibles.3 Y no es que en sesenta años no se haya trabajado en absoluto sobre fray Vicent: al contrario, hay aportaciones e iniciativas muy dignas, pero que no suelen dedicarse a su decurso vital.4

Ahora bien, a las puertas de una selección de sus sermones como la presente, es necesario empezar por un breve bosquejo de lo esencial de su vida y de su época. A partir de ahí, nos acercaremos al género al que pertenecen las piezas que aquí seleccionamos y traducimos al castellano. Finalmente, intentaremos esbozar los contenidos esenciales de los sermones seleccionados y reflexionaremos brevemente sobre la aventura de la traducción. Con todo esto, lo único que pretendemos es intentar facilitar la comprensión de lo más importante de estas páginas: los sermones de fray Vicent Ferrer.

I. UNA ÉPOCA Y UN PREDICADOR

En algún momento de su predicación, Vicent Ferrer (1350-1419) nos describe un cuerpo lleno de graves enfermedades, prácticamente moribundo. Ninguna de sus partes –alegóricamente asociadas a los diversos estamentos sociales– parece que se pueda salvar. Y el orador, a la vez que lo describe, lo relaciona con el mundo en que le ha tocado vivir:5 “Axí és ara d’aquest món, que ja és tot malalt. E los membres de aquest món són los estaments de christiandat. Lo cap són los senyors, e ja és tot malalt, per ço que no fan justícia […]. Les orelles són los confessors qui hoen de confessions; mas ja són molts qui no confessen sinó per haver diners, e no curen de la honor de Déu ne de la salvació de les ànimes. […]”. Efectivamente, la adopción de la alegoría paulina del cuerpo místico (1 Co 12-31) facilita ese juego expresivo, que aprovecha con machacona insistencia, paseando su imaginación por cada detalle de ese cuerpo. Si primero se ha referido a la cabeza [“cap”]/señores y a las orejas u oídos [“orelles”]/confesores, ahora tocará el turno a los eclesiásticos –a los que acusa de simonía–, a los sacerdotes –acusados de ser tahúres, puteros [“bagassors”], jugadores…–, a los caballeros –vulgares maleantes y ladrones, asesinos y asaltadores de iglesias–: “Si voleu anar als ecclesiàstichs, tots son symoniatichs […]. Si vos anau als capellans, son jugadors de daus, taffurs, bagassors, juradors, bevedors per tavernes, ajustadors de diners. Si parlam de cavallers, que deuen fer sostenir la cosa pública, vídues, etc., e ara ¿què fan? Cremen esglésies e roben e desfan comunitats, matar hòmens” (Chabás 1995: 318-319).

En suma, fray Vicent nos describe un mundo sumido en la más absoluta descomposición. Si bien es cierto que, para los moralistas más radicales, el mundo está a punto de perecer, más o menos, desde el día siguiente al de la Creación, no lo es menos que las palabras de fray Vicent son también un signo de la época en que vive. En el caso que nos ocupa, las hemos de tomar con precaución, en tanto que no son una reproducción fotográfica de aquel mundo –si concedemos a la fotografía un carácter teóricamente objetivo y neutro, que ya es mucho conceder–, pero no tenemos por qué dudar de su sinceridad: la inquietud, la angustia que rezuman, la zozobra que comunican, eran expresión, tan tópica como se quiera, de los sentimientos que despertaba en el predicador el mundo que lo rodeaba.

No olvidemos que el siglo XIV es el siglo en el que las crisis agrarias, la carestía, las grandes hambrunas favorecen y acentúan los brutales efectos de la peste negra que asuela Europa en 1348. Por otra parte, también es el del hundimiento del sistema feudal por su base –que es, precisamente, la economía agraria (Romano y Tenenti 1989: 20-23)–, a la vez que va surgiendo un nuevo mundo en el que la industria y el comercio van ganando peso, actividades ligadas a una nueva clase social –la burguesía– que lucha por ganar un papel cada vez más importante en la sociedad. Paralelamente, en el siglo XIV las pretensiones hegemónicas del papado sufren el duro golpe del Cisma de Occidente (1378-1417), crisis que, de hecho, deja entrever el proceso de formación de la Europa moderna, puesto que, en cierta medida, resulta del choque de intereses entre el poder laico, en su marcha hacia el absolutismo, y el papado, que todavía intenta mantener su dominio, pretendidamente omnipotente, sobre el mundo. A la crisis política y religiosa, hay que añadir la intelectual. En el contexto de la literatura catalana, por ejemplo, el dominico Antoni Canals (1352-1419), al prologar su traducción del De providència senequiano, ya alude a las peligrosas cuestiones que, en materia de fe, ponen “alguns hòmens mals” [“algunos malos hombres”] que causan “tribulacions als bons” [tribulaciones a los buenos], cuestiones tanto más peligrosas “entre hòmens de paratge, per ço com ligen molt” [“entre hombres de abolengo, porque leen mucho”]. Con todo el peligro que implican las simplificaciones, la contraposición entre un humanista como Bernat Metge (1340/46-1413) y un intelectual escolástico como Vicent Ferrer puede resultar eficaz para marcar los extremos entre los que se mueve buena parte de la literatura catalana de los siglos XIV y XV.6

He aquí las pinceladas básicas con las que podemos esbozar la época en que Vicent Ferrer nace, en la ciudad de Valencia, el año 1350, hijo del notario Guillem Ferrer y de Constança Miquel, ambos de ascendencia gerundense. Inicia su formación intelectual al entrar en el convento de los Dominicos de su ciudad en 1367.7 Un año después, estudia Lógica en Valencia y Barcelona y, en 1369, Filosofía en Lérida, donde, de 1370 a 1371, enseñó Lógica. Los años 1372-1373 estudió Teología en Barcelona, materia que continuó en 1376 en Toulouse. Parece ser que, en 1389, en el capítulo general que celebra su orden en la Seu d’Urgell –donde lo nombran predicador general–, ya tiene el grado de Maestro en Teología, quizás obtenido de manos del papa Clemente VII a instancias del cardenal Pero de Luna, probablemente en agradecimiento por su compromiso con la causa de Aviñón (Garganta y Forcada 1956: 22-23 y 36).

En la universidad de Toulouse, probablemente, permaneció dos años y volvió a Valencia como experto tomista y exegeta de las Escrituras, y con un buen conocimiento de la lengua hebrea. Ya en su ciudad natal, fray Vicent se reintegra al convento de los Dominicos, se dedica a la enseñanza –lector de Teología en la catedral entre 1385 i 1390– y comienza, poco a poco, a implicarse en la vida pública. En esta primera época de estudioso y hombre público escribe tres opúsculos propios de su formación escolástica: De unitate universalis, De suppositionibus terminorum, De moderno Ecclesiae schismate.8

La última de las obras citadas nos pone delante de un fray Vicent profundamente comprometido con la resolución del problema planteado por el Cisma, que surge con la muerte del papa Gregorio XI, en 1378. Los cardenales reunidos en Roma eligen como sucesor a Urbano VI, pero cuatro meses más tarde, parte de los electores, alegando que habían recibido durante el cónclave gravísimas presiones para elegir a un papa romano o, al menos, italiano, deciden destituirlo y nombrar a otro que, con el nombre de Clemente VII, se establecerá en Aviñón. Así lo explica san Vicent mismo y subraya cómo “el pueblo cristiano se halla dividido en tres partes: Unos obedecen al primer elegido; otros, al segundo; y los terceros a ninguno de los dos determinadamente, esperando mayor claridad en un asunto tan trascendente” (TCisma, p. 206).9

Al tercer grupo pertenece el rey de Aragón, Pedro el Ceremonioso, que había declarado su indiferencia al respecto del problema y había prohibido que se predicara a favor de una u otra opción. A él, precisamente, dirige Ferrer su tratado, al que da una estructura de discurso escolástico, dividida en tres partes. En la primera se plantea “qué fe o creencia acerca del verdadero papa nos es necesaria para la salvación, mientras dura este grave cisma o estado dudoso” (TCisma, p. 206), cuestión a la que dedica cinco capítulos (TCisma, pp. 207-222): 1) Si es lícito creer que ambos electos puedan ser papas. 2) Si es lícito creer que ninguno de ellos sea papa. 3) Si es peligroso para el alma adherirse, por ignorancia, al papa que no lo es. 4) Si se puede creer en el verdadero papa sólo condicionalmente. 5) Si es necesario determinar cuál es el verdadero papa para poderse salvar. En la segunda parte del tratado entra en harina definitivamente y opta por defender al segundo candidato elegido, opción que justifica también mediante cinco capítulos más (TCisma, pp. 222-257): 1’) Si la elección del papa Urbano es nula. 2’) Si la primera elección se puede considerar, desde algún punto de vista, canónica y libre. 3’) Si hay que creer las afirmaciones que, sobre el papado, realizan actualmente los cardenales. 4’) Si a las afirmaciones de los cardenales se les puede objetar algo serio. 5’) Si hay que juzgar el papado según ciertas profecías, visiones y milagros del momento. Cada uno de estos apartados es desarrollado ampliamente, aunque se extiende particularmente en los dos primeros, detallando todas las presiones y amenazas que sufrieron los cardenales, asediados por el pueblo romano, que llegó a irrumpir en el propio cónclave con gritos amenazadores (TCisma, pp. 224-226). Finalmente, en la tercera parte, reflexiona sobre la manera como tiene que promulgarse y ser predicada la verdad del problema planteado al pueblo cristiano, lo que también es dirimido a lo largo de cinco capítulos más (TCisma, pp. 257-272): 1’’) Si es necesario, para la salvación, que todos “informen en favor de Clemente”. 2’’) Si la legitimiad de Clemente tiene que ser defendida necesariamente por todos los cristianos. 3’’) Si hay que hacer caso a la decisión de algunos príncipes de no apoyar a ninguno de los candidatos. 4’’) Si la Iglesia universal “está regida por el Espíritu Santo, durante este cisma tan grave”. 5’’) Si el Cisma ha sido prefigurado en la sagrada Escritura.

El punto 3’’ es, obviamente, muy importante, porque Ferrer afirma taxativamente que “aunque medie prohibición, amenaza o promesa de los príncipes o de otro cualquiera, de ningún modo hay que omitir la defensa de la verdad” (TCisma, p. 264). Esta defensa a ultranza de su opción le resultó, en un primer momento, difícil precisamente por la neutralidad del monarca. Ferrer intentó convencer a las autoridades –a los jurats de Valencia– de que defendieran la causa de Clemente y éstos, conocedores de la voluntad del rey, lo enteraron de la actitud del entonces ya abad de los dominicos. En el conflicto incluso llegó a mediar, a favor del fraile, el heredero de la Corona, Juan, duque de Girona, quien se dirige al gobernador del Reino de Valencia haciéndole saber que la postura mantenida por fray Vicent lo ha llevado ya a ser “fortment per alscuns vituperat e mal tractat” y le recuerda que Dios ha dado a todos “franca libertat de haver aquella conexença e voler que’s vulla, especialment, en fet de consciència e maiorment, de aytal fet [=del problema del Cisma]”, por lo que le manda y ordena “que lo dit frare Vicent haiats per recomenat e aquéll mantengats e deffenats, mantanir e deffendre façats en totes aquelles maneres e guisas que fer porets, de guisa que’l dit frare Vicenç mal ne dan en persona, ne vituperació alguna reebre no puxa” (Martínez y Solsona 1955: 25).10 Aun así, el Ceremonioso lo desautoriza, y ello lo induce a dimitir como prior de los Predicadores de Valencia (Garganta y Forcada 1956: 32; Robles en Ferrer 1996: 199).

En cualquier caso, desde este momento hasta 1417 asistiremos a casi cuatro décadas de una crisis que, por las implicaciones mutuas, en el contexto medieval, entre el poder civil y el religioso, sacudirá la sociedad desde sus cimientos. De ahora en adelante, cada papa actuará sobre el conjunto de la Iglesia como si fuera el único legítimo, por lo que los choques serán constantes: dos papas, dos colegios cardenalicios, doble nombramiento para los diferentes cargos, divisiones en el seno de cada reino, diócesis o, incluso, conventos, etc. Por otra parte, los diferentes reinos se alinean a favor de uno u otro pontífice en función de los más diversos intereses geopolíticos y, al margen de la opción oficial, de puertas adentro, el malestar y las grietas en el conjunto de la sociedad medieval se evidencian.

€9,99

Genres und Tags

Altersbeschränkung:
0+
Umfang:
522 S. 5 Illustrationen
ISBN:
9788437098838
Rechteinhaber:
Bookwire
Download-Format: