Buch lesen: "Motoquero 2 - ¿Cómo salimos de esto?"


Índice de contenido
Motoquero 2. ¿Cómo salimos de esto?
Portada
En el capítulo anterior...
Capítulo 1: Redimir los pecados
Capítulo 2: Me hago desear
Capítulo 3: Lo que vos querías
Capítulo 4: Sabés que no estoy con nadie
Capítulo 5: ¿Te la bancás?
Capítulo 6: ¿Le vas al "cicatriz"?
Capítulo 7: Cara de póker
Capítulo 8: Punto final
Capítulo 9: Flashback
Capítulo 10: Todo tiene solución
Capítulo 11: Decime algo lindo
Capítulo 12: Carcomido por los celos
Capítulo 13: Toxicología
Capítulo 14: Nada personal
Capítulo 15: Condiciones en danza
Capítulo 16: ¿Tenés idea de lo que sufro?
Capítulo 17: Asco y vergûenza
Capítulo 18: Un animal desconfiado y hambriento
Capítulo 19: Información inútil
Capítulo 20: Cosas peores
Capítulo 21: El pozo de la muerte
Capítulo 22: Se excitó con la sangre
Capítulo 23: "El cirujano" Costa
Capítulo 24: Hay tantas cosas que no sabés
Capítulo 25: El "negro cabeza"
Capítulo 26: Noche terrible
Capítulo 27: Noche terrible 2
Capítulo 28: Por la fuerza
Capítulo 29: La fuerza de un oso
Capítulo 30: Hacerse una promesa
Capítulo 31: Por el resto de sus días
Capítulo 32: Romper cadenas
Capítulo 33: Se me ha perdido un corazón
Capítulo 34: Calmar a las bestias
Capítulo 35: Todos los demonios del infierno
Capítulo 36: La sangre brotó
Capítulo 37: La plata, la chica y el revólver 2
Epílogo
Biografía
Legales
Sobre el trabajo editorial
Contratapa
EN EL ÚLTIMO CAPÍTULO...
libro 1

Valente cobraba caros sus servicios.
Había dos opciones: o Tomás le pagaba un monto fijo por la gestión de contactarlo con “El caballero de la noche”, independientemente del resultado de la entrevista laboral (por así decirle), o le daba el 50 por ciento de su sueldo durante los primeros seis meses.
Cualquiera de las posibilidades era un abuso. Sin embargo, a Toto le pareció peor la alternativa de abonar por el contacto no garantizado. Darle la mitad de sus ingresos, durante medio año, no le hacía ninguna gracia, pero al menos había una contraprestación. Solo le entregaba el dinero si obtenía el trabajo.
Trató de negociar un porcentaje menor. Al menos un 40 por ciento. Imposible. Valente era un hueso duro de roer. Y además era insoportable, así que –con tal de dejar de escucharlo– Tomás le dijo que sí y cerraron el trato con un apretón de manos asqueroso. Más que transpirar, la mano de Valente chorreaba. Toto se secó la palma y los dedos en la pierna de su pantalón de jean y se prometió prenderlo fuego, aunque después cayó en la cuenta de que no estaba para tirar ropa.
La entrevista con “Batman” fue más extraña aun que el encuentro con Valente.
El tipo lo citó en un gimnasio de boxeo y artes marciales mixtas en Constitución, pasadas las 23 horas. La lógica indicaba que el lugar ya tendría que estar cerrando. Por el contrario, era un hervidero de forzudos que hacían fierros, saltaban la soga, le pegaban a la bolsa de arena o a la pera loca, gritaban mientras descargaban una masa sobre una rueda de tractor y practicaban en el ring o dentro de la jaula. Las piñas, las patadas y los rodillazos sonaban muy fuertes. Si ese era el entrenamiento, Tomás no quería saber cómo eran los combates reales.
Preguntando llegó hasta un hombre que tendría unos 50 años. Era delgado, pura fibra. Estaba colgado cabeza abajo. Subía y bajaba. Subía y bajaba. Hacía abdominales sin parar. Parecía que lo hacía sin esfuerzo. Su panza era una plancha de ravioles, todas almohaditas bien marcadas que sobresalían.
—¿Buscás a Batman? –quiso saber el gimnasta.
—Sí –contestó Tomás.
—¿Quién te manda?
—Valente.
—Soy yo.
—Un gusto. Tomás –se presentó.
—¿Vos no entrenás, Tomás?
—No mucho –dijo el visitante; la verdad es que nunca hacía actividad física.
—Se nota. Tenés que ponerte en forma. Hacerte fuerte, duro.
—¿El trabajo nocturno es tan peligroso?
—Trabajar de noche o de día es lo mismo. El mayor peligro es darte el palo. Clavarte el manubrio en el pecho. Parece un lugar común, pero es así: en la moto, la carrocería sos vos.
—Eso dicen.
—Si estás entrenado, absorbés mejor el golpe. Lo asimilás. Mirá. Tocá. Tocá esta panza.
—No, está bien.
—Tocá, te digo. Sentí. Es una piedra. Una viga de acero. ¡Tocá!
A Toto no le quedó otra que apoyar un dedo sobre los músculos del estómago de “Batman”.
—¿Y? ¿Cómo se siente? Impresionante, ¿no?
—Es lo que iba a decir.
“Batman” hablaba sin dejar de hacer sus abdominales. Toto se preguntó cuántas repeticiones era capaz de llevar a cabo. ¿Doscientas? ¿Trescientas? Se quedaba corto.
—Vamos a probar, a ver cómo andás –anunció “El caballero de la noche”.
—Gracias.
—Todavía no me agradezcas nada. Si veo que no sos bueno para el laburo nocturno, no corrés más.
—Lo que me gustaría saber es la clase de clientela…
—Clientela común. Gente que paga para que le lleven y le traigan cosas.
—¿Es todo… digamos…?
—¿Me estás preguntando si es todo legal?
—Quiero decir… No se ofenda…
—¡Más vale!
—Perdón que pregunte… Pero ya tuve un problema.
—Lo sé. Imaginá la cantidad de situaciones que la gente tiene que resolver sí o sí de noche: cruzar la ciudad hasta una farmacia de guardia para comprar un medicamento urgente; ir a buscar unas llaves que alguien dejó olvidadas; llevar documentación que tiene que estar a primera hora de la mañana en una casa de sepelios de La Plata; llevar correspondencia interna de las líneas aéreas a Ezeiza o Aeroparque.
—Entiendo –dijo Tomás.
Pero “Batman” se había entusiasmado y siguió explicando:
—Todas esas cosas no pueden esperar, porque el avión sale a las cinco de la mañana, al difunto lo tienen que enterrar, adentro de la casa hay un chico que quedó encerrado, el remedio es de vida o muerte, y así. Para resolver esos problemas estamos nosotros. La única mensajería que trabaja de noche.

Semanas después, superado el período de prueba, Tomás comprendió que “Batman” solo había mencionado una parte de los viajes. El verdadero negocio, el real motivo que generaba la mayor cantidad de tráfico, eran las ventas de “llame ya”.
¿Los programas de televenta iban a altas horas de la noche porque era la franja más barata para comprar el espacio en los canales de cable? ¿O elegían deliberadamente salir de madrugada porque entonces se concentraba la clientela más débil, la que llenaba con consumo el vacío de su existencia?
Trasladando cajas y paquetes de noche, Tomás aprendió que personas solitarias, deprimidas o con trastornos mentales gastaban su dinero en comprar ese juego de sartenes antiadherentes, la faja reductora que usarían una sola vez, la súper exprimidora para preparar los más sabrosos y nutritivos jugos de fruta, el curso para aprender idiomas mediante ondas magnéticas, las plantillas para parecer más alto y un sinfín de cosas inútiles, y pagaban más caro el costo de envío para recibirlo de inmediato, esa misma noche, porque “necesitaban tenerlas ya”.
Durante los primeros seis meses que trabajó para “Batman”, Toto no tuvo ningún reparo en ser parte de la maquinaria que se aprovechaba de estas personas. Tenía la deuda con Valente. Era imposible escapar sin saldarla. Dejar de trabajar para “El caballero de la noche” no borraba los pagarés, así que ni se le cruzaba por la cabeza la alternativa de renunciar. Se encontraba bajo un régimen semiesclavo. Tenía que vivir con el 50 por ciento del salario. Lo estaban desalojando, debía buscar otro lugar urgente, comía mal porque no le quedaba dinero para el supermercado. Para colmo se enfermó y los medicamentos le salieron un ojo de la cara. Fue una gripe atroz. Una semana de agonía durante la cual, de todos modos, siguió trabajando. En fin, tenía suficientes problemas como para pensar en dilemas morales.
Pero luego, cuando terminó de pagarle a Valente, empezó a ver lo que antes no veía. Advirtió que esas personas que recibían sus compras a las dos, tres, cuatro de la madrugada, y encima le daban generosas propinas, no parecían muy sanas. Se veían desequilibradas. Decían incoherencias. Estaban bajo los efectos de alguna droga o del alcohol. A veces alcanzaba a ver que el interior de sus casas o departamentos estaban sucios, abarrotados de cosas. O convivían con veinte mascotas.
El trabajo comenzó a molestarle. Sentía que él también se estaba abusando de los solitarios de la noche. En eso pensaba una madrugada, ya de día, cuando vio de lejos el taxi del cual bajaba una chica hermosa, y adivinó las intenciones de otro motoquero, e intentó frenar el robo.
Y así fue como conoció a Lula.

Capítulo 1

Hacía años que Tomás no entraba al Parque Patricios.
Vivía en el barrio, pero no pisaba la plaza. Hasta evitaba caminar por sus veredas. A nadie le gusta volver al lugar donde sucedieron hechos dolorosos, que dejaron cicatrices.
Pero últimamente hacía una excepción. Se permitía poner pie en el borde para recorrer los cuatro o cinco puestos de libros y revistas usados, sobre la calle Monteagudo, casi esquina Caseros.
Cada vez que pasaba, Toto encontraba alguna publicación sobre motos. El tema lo apasionaba. Le gustaba leer sobre su funcionamiento, su diseño, su historia. Cuando entraban esas revistas, los puesteros se las guardaban para que Tomás seleccionara primero que nadie.
A veces se quedaba hablando con los vendedores. De a poco, el escozor que le causaba hallarse en la plaza fue cediendo, y un día se desafió a sí mismo entrando por un sendero en diagonal, con la intención de salir por el otro extremo. Era un recorrido de cincuenta o sesenta metros. No más. Pero cuando hubo andado los primeros diez o quince pasos tuvo que volver para atrás y, casi corriendo, salir de la zona maldita. Del lugar donde parte de su alma había quedado enterrada a los cinco años.
Una tarde ocurrió lo impensado, y fue que Toto, compenetrado en la lectura de una revista importada sobre su ídolo del Moto GP, el italiano Valentino Rossi, sin darse cuenta entró en el parque y de pronto se detuvo frente al monumento al soldado de Patricios.
Fue como entrar en otra dimensión. El ruido del tránsito quedó lejos. También cesó el griterío de los chicos que jugaban. Hasta se apagaron los cantos de los pájaros. De repente, como en una película, el espacio en cincuenta metros a la redonda quedó vacío. Las personas se fueron. Desaparecieron. Solo quedaron Tomás y una mujer anciana.
Toto enrolló la revista y, por puro instinto, quiso alejarse, salir de esa zona de incomodidad. ¿Qué pasaba? ¿Por qué se habían ido todos?
Ajenos al deseo consciente, sus pies lo llevaron al lado de la mujer, y entonces la observó mejor y vio que no era anciana. Tendría 50 años, más o menos, pero no lucía como la mayoría de las personas de esa edad. Estaba muy desmejorada.
—Hijo –dijo la mujer.
—¿Mamá?
—Tomás.
—No puede ser.
Otra vez, Toto quiso huir, pero una parálisis repentina atacó sus piernas y no hubo forma de eludir el encuentro.
—Perdón –imploró ella.
—…
—Tal vez me odies. Fui una mala madre. La peor del mundo.
—…
—Toda mi vida fue una sucesión de malas elecciones. Me casé con el hombre equivocado y después no tuve el coraje de llevarte conmigo.
—…
—Me dejé engañar por falsas creencias. Con tal de redimir mis pecados, me entregué a un pastor… En realidad, solo tenía que venir a buscarte. Cuando lo hice, ya era tarde.
—…
—Solo vine a pedirte perdón. No queda tiempo para otra cosa. Cuando me perdones, yo seré libre. Y vos serás libre para amar sin miedo.
Petrificado, con el corazón a punto de estallarle y las tripas hechas un nudo de serpientes, Tomás no alcanzó a responder.
Su mamá se desvaneció en el aire y, cuando Toto volvió a la realidad, tenía entre los dedos una estampita con la imagen de una virgen.
En el dorso de la estampita estaba el nombre y el apellido de ella, de su madre.
La letra manuscrita aportaba una dirección.
Una dirección extraña.
Con número de sección, de parcela, de hilera y, por último, de tumba.
Capítulo 2

El primer impulso le ordenó deshacerse de la estampita. Se frenó por un sentimiento de respeto hacia lo religioso.
Necesitaba guardar una prueba física del encuentro, que había sido etéreo y fantasmal. ¿Cómo calificar, si no, el hecho de toparse con la madre muerta? Si era que efectivamente estaba muerta. Porque no tenía forma de confirmarlo. Algo escrito en un pedazo de papel no tenía validez en el mundo real. ¿O sí?
No quería pensar ni hacerse tantas preguntas. Ya demasiado había sufrido. ¿Para qué remover las cosas? ¿Acaso no podía “clavarle el visto” al episodio y seguir su vida como si nada?
Claro que podía, se dijo. E hizo lo que siempre hacía cuando un asunto le resultaba molesto. Lo metió en un cajón. Lo enterró bajo un montón de papeles, objetos, ideas y problemas que había enterrado antes.
En este caso, guardó la estampita en el último cajón de la cocina. El más inútil. Ese al que van a parar las velas para cuando se corta la luz, bolsas y envoltorios usados, algún corcho, hilo, un poco de cinta adhesiva, menúes de comida con precios irrisorios, viejos, dejados alguna vez por el delivery, etcétera. Tomás, en definitiva, se hizo el tonto. Simuló que no le preocupaba el destino de su madre.
Buscó cualquier excusa para salir a dar una vuelta en moto. Le sacó el candado. Abrió la puerta de alambre que separaba el mínimo patio de la vereda. Le quitó el pie de apoyo y la llevó a pulso hasta la calle, a la vez que pasaba el tren que iba a provincia y hacía vibrar todo. Levantó una pierna, la pasó por encima del asiento y se sentó. Todo iba normal, sin contratiempos, hasta que quiso introducir la llave en el contacto. Ahí el mundo se le dio vuelta. Los mareos rodaron por su mente y cayeron como una ficha que encendía la maquinaria del aturdimiento. Del martirio que lo había marcado a fuego como si tuviera, grabada en la frente, una A de abandonado.
Se fue al piso. Tuvo que esforzarse para salvar la moto. Cualquier pavada, cualquier rotura, le saldría un dineral.
Dificultosamente, volvió a guardarla y encadenarla. Después, cuando se tranquilizó, le mandó un mensaje a Lourdes.
“Me vas a matar, pero este fin de semana no puedo trabajar. Estoy con fiebre”, se justificó.
No pasó ni un minuto. El celular de Toto comenzó a sonar. Era Lula.
—¿Qué pasó?
—Nada, estoy muy resfriado –contestó Tomás, cambiando la voz para sonar convincente.
—¿Te mando un médico?
—No, ya me hice ver –siguió él con la mentira–. Lo que me da bronca es dejarte en banda. Justo este finde…
—Justo este finde tenía tres “presencias” y una se cayó. Así que cancelo las otras dos y listo.
—¡No, Lula! ¿Cómo vas a perder esa plata? Dame un par de minutos y contacto al Viejo Oscar.
—No quiero gente desconocida.
—Es de confianza. Puede llevarte a cualquier lado sin mirar un mapa.
—Prefiero cancelar.
—Me hacés sentir culpable.
—Culpable, nada. Sos mi excusa. Ya que no laburás, yo descanso. Con los shows tengo suficiente. De paso, me hago desear.
—Pero mirá que el Viejo… –volvió a la carga Tomás.
—Toto, ¿no entendés que no quiero andar con nadie más?
—…
—No me interesa otro que no seas vos.
—…
—Sonó fuerte eso, ¿no? –dijo Lula para remarcar la idea.
—Sin embargo, vos…
—Estoy muy bien con Darío.
—¿Entonces?
—A veces digo cosas que ni yo me entiendo.
—…
—Mejor lo dejamos ahí, ¿sí? –pidió Lula.
—Está bien.
—¡Me das la razón como a los locos!
—Sí, querida –se mofó Tomás.
—Te mando un besito, cuidate –se despidió Lourdes con la mejor onda.
—Otro, gracias.
Toto cortó la comunicación preocupado. Tenía un tema grave que resolver. ¿Cómo volver a la normalidad? ¿Cómo dejar atrás los mareos? El equilibrio en la moto era de vida o muerte.
Su respuesta fue que iba a hacerlo “a lo bestia”. Como lo había hecho siempre. Probando. Cayendo y levantándose. Dándose el cuerpo y el alma contra el piso. Y si en el medio rompía su herramienta de trabajo, mala suerte. Ya la arreglaría. Lo importante era regresar al trabajo. A Lula.
Ella, por su parte, ni pensó en cuestiones laborales. La cabeza se le llenó de interrogantes sobre su vida amorosa. Sobre lo que sentía. ¿Por qué siempre había elegido relaciones sin compromiso? ¿Por qué se había puesto en riesgo? ¿Por qué había tenido un touch and go con un desconocido? Y ahora ¿por qué estaba con Darío? Le gustaba, pero hasta ahí, y además el éxito lo había cambiado y convertido en un tonto. ¿Lo había buscado solo por una cuestión de poder, de arrebatarle el chico a Corina, de plantarse así ante el mundo y usar esa relación para crecer mediáticamente? Si esa era la verdad, su actitud resultaba horrible. ¿Y Tomás? Era el pibe que menos le convenía, pero el que más ocupaba sus pensamientos. Una eventual relación con él no tenía ninguna perspectiva de futuro, pero… ¿importaba el futuro? Por lo pronto mandaba el presente, y el presente de Lula en relación a Toto tenía un cartelón rojo que decía “no”, “prohibido”, “ni lo pienses”, “arderás en el infierno”.
Así se consumieron las horas de Lourdes luego de la charla con Tomás, tratando de desenmarañar el caos de sus sentimientos, a la vez que miraba una serie en la computadora y, al mismo tiempo, paveaba en las redes sociales, lo cual aumentaba su confusión. Acaso era deliberado. Prestar atención en simultáneo a varias cosas (interiores y exteriores) era como no pensar, como eludir decisiones y responsabilidades.
En eso estaba cuando, de pronto, le entró un mensaje de número desconocido.
Uno más.
Se llenó de miedo cuando leyó: “¿Así que Tomás no puede llevarte? ¿No querés volver a pasear conmigo?”.
Lo peor, lo que la hizo entrar en pánico, fue que el mensaje por primera vez llevaba una firma.
Lo firmaba, en efecto, Juan.
Capítulo 3

Tomó una decisión que tenía que haber tomado antes, cuando empezaron los mensajes.
Cambió el teléfono.
Aparato nuevo, línea nueva, empresa nueva.
Se lo informó únicamente a sus padres, a Darío, a Corina y a Tomás.
Mantuvo, de cualquier forma, el celu viejo. Solo para chequear si le llegaba alguna comunicación importante; en especial, propuestas para hacer “presencias” y “vidrieras”.
Por costumbre, incluso, siguió llevando el teléfono anterior en la cartera, pero apagado o en silencio. Era por un tiempo, se dijo.
Como le daba bronca modificar su vida por un estúpido, intentó rastrear el origen de las intimidaciones, para ver si podía hacer algo contra Juan.
Buscó en la web tutoriales que prometían revelar trucos para identificar los números desconocidos o “privados”. Vio infinidad de videos y probó sus consejos. Seguramente funcionaban en otros países, pero en Argentina parecía ser que la única forma de conocer el titular de la línea era hacer una denuncia judicial, y Lourdes no quería embarcarse en eso, a menos que la cuestión se pusiera más turbia. “Por ahora la puedo manejar”, se convenció.
Estas averiguaciones a través de Google la derivaron a otros tutoriales sobre temas vinculados, y Lula adquirió muy rápido mejores herramientas para rastrear una persona a través de fotografías. De pronto, podía llevar a cabo aquello con lo que había alardeado cuando acorraló a Corina y le pegó para que confesara. Y con unos pocos clicks llegó a la conclusión de que la chica que le había quitado el antifaz se llamaba Milagros y vivía en Caballito.
Le mandó un mensaje. Y luego otro. Y otro más. En cinco minutos se desahogó con ella, llenándola de insultos y maldiciones a través de una catarata de privados en sus redes sociales. La cargaba de odio que sus textos figuraran como vistos y Milagros no emitiera respuesta. Entonces se enojaba más y volvía a decirle barbaridades.
Al final, Milagros contestó diciendo que no podía creer que Lula, su ídola, estuviera escribiéndole, que entendía su enojo pero que por favor la perdonara, que lo había hecho por su bien, por el bien de la banda, y que tan mal no habían salido las cosas, porque ahora ella salía con Darío, que era un bombonazo.
Esa fue la palabra que usó. Bombonazo. A Lula la puso más furiosa, no porque piropearan a su chico (ya estaba inmunizada, lo escuchaba todos los fines de semana desde el escenario), sino porque era una expresión que aborrecía. Le daba arcadas. Le daba ganas de vomitar y que el líquido verde, al estilo de El Exorcista, impactara sobre la tal Milagros, a distancia, a través del teléfono. Puaj.
A pesar de estas imágenes repulsivas, Lourdes mantuvo cierta compostura y llegó a la conclusión de que podía sacar un beneficio de la charla. Entonces citó a Milagros para esa misma tarde en un bar de Palermo.
Era un bar que Lula usaba para tener reuniones de negocios en forma reservada. Con un simple llamado avisaba que iba a necesitar “la habitación del fondo” y el encargado le acondicionaba un reservado que se empleaba para cenas o eventos íntimos.
Lourdes llegó unos minutos antes cubierta con anteojos oscuros y con el pelo recogido en una cola de caballo. Saludó con un gesto en la barra y se dirigió resueltamente a la “habitación del fondo”.
Cuando llegó Milagros y preguntó por “la señora de Tomás” (esa era, mitad en broma, mitad en serio, la clave que le había indicado Lula), un empleado la condujo a ese sector y, en la puerta, extendiendo una mano como quien pide propina, le hizo saber que no estaba permitido entrar ahí con teléfonos ni con otros dispositivos electrónicos
Milagros entregó el celular, pero el camarero debió insistir para que se desprendiera también de la cámara de fotos.
—Es que quiero llevarme un recuerdo –se justificó la chica.
—Eso tiene que hablarlo con la señora –fue la inflexible respuesta.
Por fin, Milagros ingresó al cuarto revestido en madera sin la posibilidad de registrar el encuentro.
—Decime todo lo que sabés –dijo Lula.
Como bienvenida, era bastante fría.
—¡Ay, Lula, te amo, te adoro, sos lo más!
—Quedate ahí o llamo a seguridad –la frenó su artista favorita.
—Es que… Perdón…
—…
—¿Me podés firmar la remera, al menos?
—No vine acá para perder tiempo. Vine para saber quién te ordenó sacarme la máscara. Fue Corina, ¿verdad?
—Sí y no.
—¿Sí o no?
—Yo la contacté a Corina porque quería organizar un club de fans. Ella al principio no me dio bolilla, pero insistí y me pidió muy apurada que tuviéramos una reunión, cosa que me sorprendió.
—¿Se juntaron?
—Igual que vos, desconfiaba de mí. Ordenó que le sacara la batería al celular delante de ella. ¿Qué tienen con los teléfonos?
—No pedí tu opinión. ¿Qué te dijo?
—Ay, Lula, por favor no me trates así. Sos muy distinta de cuando estás arriba del escenario –Milagros empezó a hacer pucheritos; faltaba poco para que llorara.
Lula dio vuelta los ojos en gesto de fastidio y solucionó todo con una promesa:
—Okey, después te firmo la remera.
—¡Gracias, te amo!
—Primero contame qué te dijo Corina.
—Me dijo que iba a hacer arreglos para que yo subiera al escenario en un “descuido” de la seguridad del boliche.
—¿Cuál es la duda, entonces? Está clarísimo. Fue su culpa.
—Yo no quería. Pensaba que había algo malo. Corina no me gustaba. Siempre me pareció un poco yegua.
—¿Un poco? –preguntó Lourdes; le salió del alma.
—Veo que es muy yegua –interpretó Milagros.
—Seguí.
—Me olía mal. Dijo que era un efecto publicitario y que vos estabas de acuerdo. “¿Por qué no me lo pide Lula en persona?”, me pregunté.
—Al grano. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?
—Darío.
—¿Darío?
—Corina me dijo que todos en la banda estaban al tanto, solo que vos estabas muy ocupaba firmando contratos, cambiando tu imagen, haciendo producciones de fotos y cosas así, y además no querías dar la cara frente a una fan.
—…
—Entonces Corina me organizó un nuevo encuentro, esta vez con Darío, y acá se repitieron las medidas de seguridad, la locura que tienen con los celulares.
—Concretamente, ¿qué te dijo Darío? –urgió una definición Lula; no se aguantaba más, quería llegar a la verdad.
—Concretamente... me pidió que te quitara el antifaz.