Buch lesen: "Roger de Artús"

Schriftart:

A Lola, por su fe en mí

ÍNDICE

Capítulo 1. Harim

Capítulo 2. Ahmed

Capítulo 3. Abd al-Kadir

Capítulo 4. Habib ibn Hishâm al-Halebi

Capítulo 5. Mauro

Capítulo 6. Haskhalim

Capítulo 7. Amina

Capítulo 8. Los riesgos de la equitación

Capítulo 9. Escaramuza con los cruzados

Capítulo 10. Misión en tierras cristianas

Capítulo 11. La familia Hartcourt

Capítulo 12. Elizabeth de Hartcourt

Capítulo 13. Los proyectos del jeque

Capítulo 14. El visir

Capítulo 15. Con los templarios

Capítulo 16. De nuevo con las armas

Capítulo 17. Kirikhan

Capítulo 18. Marguerite

Capítulo 19. El regreso a Baghrás

Capítulo 20. El gran maestre

Capítulo 21. De nuevo con los Hartcourt

Capítulo 22. Acre

Capítulo 23. Ibrahim Abd al-Karim

Capítulo 24. Jerusalén

Capítulo 25. Amalarico I de Jerusalén

Capítulo 26. Hacia el Nilo

Capítulo 27. Al-Babein

Capítulo 28. Cercados

Capítulo 29. El jeque

Capítulo 30. Con la familia del jeque

Capítulo 31. Abd al-Rahim

Capítulo 32. En Alepo de nuevo

Capítulo 33. El canje

Capítulo 34. El caballero De Quercy

Capítulo 35. El príncipe

Capítulo 36. Bâhir al-Batriq

Capítulo 37. El delator

Capítulo 38. Neferet

Capítulo 39. Las confidencias de Segimón

Capítulo 40. Caballero Roger de Artús

Capítulo 41. En Vilaferma

Capítulo 42. Anna de Garnier

Capítulo 43. Con los monjes

Capítulo 44. Enfrentamiento en el castillo

Capítulo 45. El duelo

Capítulo 46. El duelo concluye

Capítulo 47. El encuentro

Epílogo. Tierra Santa a la vista

CAPÍTULO I

Harim

Agosto de 1164

A pesar de irse acercando al ocaso, un sol abrasador calcinaba lo que a primera hora de la mañana se mostraba como un reseco campo de batalla, donde los ejércitos contendientes se aprestaban a combatir. Se trataba de fijar la soberanía del territorio. Al crepúsculo vespertino y después de una intensa y asfixiante batalla a muerte, la tierra aparecía enrojecida con la sangre de miles de cuerpos de hombres y caballos mutilados y desangrados. La sangre, huesos y despojos en estado de putrefacción bajo un inclemente sol de agosto exhalaban un hedor irrespirable. Los cada vez más escasos gemidos de los moribundos se entremezclaban con el zumbido de nubes de insectos que revoloteaban en torno a sus inmóviles presas y con los graznidos de los buitres que planeaban al acecho, antes de lanzarse sobre sus indefensas víctimas. Estandartes, banderas, insignias y pendones con los símbolos de los cruzados, que al amanecer eran portados enhiestos por orgullosos soldados, yacían ahora por tierra pisoteados y ensangrentados o sirviendo de pasto de llamas de humeantes hogueras, a las cuales se iban arrojando los restos de catapultas, torretas y otros artilugios bélicos.

La batalla de Harim había culminado con una derrota total para el ejército cristiano de los cruzados. Los pocos supervivientes que no habían caído muertos o malheridos huían ante la fuerza avasalladora de las huestes musulmanas acaudilladas por su gran estratega, Nur al-Din; perseguidos y masacrados por un ejército árabe sediento de venganza. En lo que fuera zona de combate, varias patrullas de soldados recogían y daban agua a sus compañeros heridos, al tiempo que remataban a los caídos del bando contrario, quitándoles armas y escudos. No faltaban en este caótico escenario de muerte y desolación varios grupos de desvalijadores de cadáveres, hurgando en las pertenencias de los abatidos, con especial atención a aquellos que por su armadura o vestimenta militar permitían intuir una alcurnia superior, con la esperanza de encontrar algún botín en monedas, medallas y anillos.

«Estoy muerto y el diablo me lleva al infierno ―alucinaba Roger, tendido en la dura tierra―. Me está clavando sus garras para arrastrarme. Ya no tengo fuerzas para moverme y alejarle de mí. Y ¿qué está pretendiendo ahora? ¡Sacarme los ojos! ¡Fuera de aquí, Belcebú!, aún me quedan energías para ensartarte con mi espada». Cuando Roger volvió a abrir sus obnubilados ojos, pudo sentir un escalofrío de terror al vislumbrar a escasos centímetros la cabezuela de un buitre y su aterrador pico, martirizándole el rostro y acercándose amenazadoramente a sus globos oculares. Quiso incorporarse para echar mano a su espada y ahuyentar a la rapaz, pero solo lo consiguió a medias, resultando un esfuerzo excesivo para sus lastimosas condiciones. El brusco movimiento le provocó de nuevo un profundo sopor, no sin antes haber creído apreciar un revoloteo de alejamiento del ave de presa.

El súbito aletear del buitre atrajo la atención de un grupo de saqueadores de víctimas que merodeaban por las inmediaciones, quienes, acercándose, pudieron apreciar que aún quedaba un soplo de vida en aquel cuerpo ensangrentado, joven y con llamativa vestimenta militar. Si no moría, les podría proporcionar un sustancioso rescate o cuando menos una buena venta como esclavo. Tras desposeerle de sus armas y de una pequeña bolsa de cuero con algunas monedas, le dieron un breve trago de agua, aplicaron a sus profundas heridas unos malolientes ungüentos y le tendieron en un carro tirado por un par de bueyes. Otros cuerpos inertes o mínimamente animados yacían en el rudimentario transporte.

La pequeña caravana, de apenas media docena de carretas, se deslizaba lentamente por los parajes desérticos de la Siria musulmana, cargada de moribundos. Algunos eran desalojados y abandonados en tierra a medida que iban pereciendo en el curso de su último viaje al más allá. Ciertos heridos se agitaban inquietos, doloridos y sedientos reclamando un agua que nadie les daba. Otros recuperaban una vaporosa conciencia, cuestionándose un negro porvenir al conseguir recordar los acontecimientos que les habían conducido a su triste situación. En las breves y esporádicas recuperaciones de conciencia, Roger se iba percatando de la magnitud del desastre y de que todo estaba perdido. De que aquel aguerrido ejército de cruzados del que formaba parte y del que tan orgulloso se sentía había sido barrido por los sarracenos de Nur alDin. ¿Qué había pasado? ¿Qué había fallado? ¿Por qué su estrategia de combate, que les había generado victoriosos resultados en otros enfrentamientos, había fracasado tan estrepitosa y cruentamente? ¿Les había dejado de asistir Dios? ¿Había sido más enérgica y eficaz la protección dispensada por Alá a aquellos infieles? Imposible. Su religión era la verdadera, la única. No, Dios no podía haberles fallado. «Pero qué poco importa la causa de la derrota y de quién sea la culpa. Lo único cierto es que aquí estoy vencido, medio muerto y compartiendo carreta con otros moribundos y más de un cadáver. Si salgo de esta, ¿quién estará dispuesto a pagar un rescate por mí, sin familia ni medios para afrontarlo? Mi único y negro destino será la esclavitud y la muerte prematura, y peor aún si mis lesiones y heridas no me permiten recuperar energías. Me venderán como esclavo y todo habrá acabado para mí. Todas las ilusiones y esperanzas que me animaron a dejar el monasterio de Artús para enrolarme en la cruzada y llegar a ser un hombre de armas respetable y respetado, e incluso alcanzar el sueño de ascender a caballero cruzado, se han esfumado, han muerto. Deberé olvidarme de la anhelada presentación ante mi padre cubierto de honor y gloria. Todo ha concluido. Hubiera sido mil veces mejor morir en la batalla, como un soldado al servicio de la Santa Cruz y como un escudero de su señor, el caballero Arnau de Montesquieu, que no tener que arrostrar la vida miserable que me espera entre infieles, para ser vejado, ofendido, trabajar sin tregua ni descanso y acabar muriendo como un perro viejo y abandonado, cosido a latigazos».

La lenta caravana llegó al fin al miserable poblado del que procedía. A pesar de la avanzada hora nocturna, fue recibida en medio de una atmósfera de hostilidad con gritos, imprecaciones, insultos y escupitajos para los vencidos. Sin embargo, no todo eran muestras de desagrado. Una velada satisfacción se dejaba entrever en algunos rostros. Había supervivientes capturados. Había esclavos jóvenes, aguerridos hombres de armas. Habría mercado. Habría beneficios.

CAPÍTULO II

Ahmed

Octubre de 1164

Los restos del lucido uniforme de escudero que aún portaba Roger, su juventud, estatura, complexión ―que se adivinaba ágil y vigorosa― y rostro viril hicieron pensar a sus captores que habían atrapado una buena presa, por la cual, bien como rescate, bien como venta, obtendrían un sustancioso beneficio. Para exhibirlo en condiciones presentables no dudaron en prodigarle las mejores atenciones sanitarias a su alcance, recurriendo incluso al curandero del poblado para mayor efectividad. Afortunadamente, las lesiones y heridas, aunque profundas y con abundante pérdida de sangre, no habían afectado a órganos vitales ni tampoco habían supuesto fracturas de huesos.

Descartada una operación de rescate, ya que, por lo que se pudo averiguar del propio muchacho, nula posibilidad había de que nadie pudiera estar dispuesto a pagar ni media pieza por él, pronto se tuvo claro que la opción más rápida y viable sería su venta. Conscientes sus captores de que carecían de estructura para una subasta pública de su prisionero, dado además el lamentable estado en que se encontraba, optaron por recurrir a un tratante de esclavos muy conocido en el entorno llamado Ahmed. Habían cerrado con él algunas operaciones anteriores y siempre lo encontraban abierto a recibir ofertas de hombres y mujeres jóvenes bien dotados. Aunque de entrada fingía un cierto desinterés y regateaba su precio hasta la extenuación, casi siempre llegaban a lo que ambas partes consideraban su mejor trato. Así ocurrió con Roger. Si bien, y a pesar de las curas, presentaba un aspecto débil, pálido y macilento por fiebres y hemorragias, el mercader pudo apreciar en él un valor potencial que no dudaba le proporcionaría una segura ganancia, por lo que desde el primer momento decidió que había que rematar la operación adquiriéndole.

Una vez que Roger fue conducido a las posesiones de Ahmed, se le trasladó a su presencia. Era un árabe de unos cincuenta años, de barba canosa, piel curtida y quemada por el sol, túnica y turbante blanco no muy limpios, rostro con profundas arrugas en las comisuras de boca y ojos, y ceño permanentemente fruncido. De mirada fija, persistente, siempre examinando, siempre valorando. Permanecía sentado en el porche de la casa, frente a un vaso de un humeante brebaje rojizo y acompañado de un hombre más joven, de pie, con vestimenta similar a la de los esclavos que pululaban por el dominio.

Roger, que aún tenía algunas cicatrices sangrantes y escasas fuerzas para mantenerse erguido, apreció, con disgusto, que su nuevo amo no le invitaba a sentarse. El árabe, dirigiéndose a él y al otro hombre que permanecía a su lado, pronunció unas palabras en su lengua, que este último pasó a traducirle.

―El amo dice que te indique que él es Ahmed, tu dueño, y que yo soy Hubertus, esclavo como tú, a su servicio, que haré de mediador en esta conversación, y quiere hacerte una serie de preguntas y observaciones, que espera por tu bien que contestes sin mentir, y sin pretender engañarle ni ocultarle nada. ¿Entiendes? ―le inquirió Hubertus.

―Entiendo ―asintió Roger, dando a su voz la máxima firmeza y voluntad que sus mermadas condiciones le permitían, consciente de que estaba en juego su destino más inmediato.

Sin esperar la traducción de Hubertus, Ahmed continuó con una larga parrafada, que, acto seguido y no sin cierta dificultad, el cristiano se aprestó a trasladar a Roger.

―Dice Ahmed, en primer lugar, que puedes considerarte afortunado de ser uno de sus esclavos. Que, si bien él se dedica a este comercio, no deja de ser justo con aquellos que pasan a su servicio y se portan como él espera. Que nos da unas enseñanzas y educación durante un tiempo, para que no seamos brazos y manos sin ningún tipo de cualidades y así podamos ser adquiridos por acaudalados propietarios que valoren nuestros conocimientos y habilidades y sobre todo le paguen mucho más de lo que le hemos costado. Que no nos alimenta e instruye por altruismo y caridad, sino para obtener un beneficio de su compra. Y que, cuando se dirija a ti, siempre deberás contestar utilizando la expresión «amo» o «señor». ¿Entendido? ―inquirió Hubertus.

―Sí, entendido…, amo ―contestó Roger, consciente cada vez más de su nueva y triste condición de esclavo.

Y, aunque no acababa de fiarse de ningún tipo de justicia de un tratante de esclavos, no podía por menos que deducir que una actitud rebelde y contraria por su parte no haría sino agravar, aún más, su ya más que miserable situación.

Nueva parrafada de Ahmed, que Hubertus pasó a traducir.

―Una cuestión muy importante ―siguió Hubertus―, que desde el principio interesa que quede muy clara, es que Ahmed exige que haya buena voluntad y máxima colaboración. Que, si él no lo ve así, no tardará en vendernos, despachándonos sin más a otros tratantes que se dedican a reclutar esclavos para las obras de construcción de una fortaleza que se está levantando a dos días de aquí, y cuya misión será la de extraer piedras y rocas, partirlas y llevarlas desde la cantera al alcázar. Trabajo pesado y muy duro que provoca un elevado número de muertes por extenuación, insolación y accidentes, sin excluir las picaduras mortales de serpientes y escorpiones. Y, por supuesto, que cualquier intento de huida será castigado con la muerte inmediata. ¿Lo captas?

―Sí, amo.

―Otro punto importante ―siguió Hubertus traduciendo― es el de la lengua. En estos primeros contactos ejerceré yo de traductor, pero te tendrás que ir espabilando y aprendiendo, porque aquí todas las órdenes e instrucciones serán en árabe y, si no lo entiendes, será tu problema. Si se te manda algo y no lo cumples, lo entiendas o no, podrá ser considerado como desobediencia y lo pagarás con latigazos. Así que, por la cuenta que te trae…

―Ya, entiendo.

Roger ponderó que, si Hubertus lo había conseguido, quizá también él pudiera, aunque, por lo que había oído hasta entonces en la lengua del lugar, sin ninguna similitud con las que había conocido o entrado en contacto, calculó que su comprensión le iba a costar unas buenas tandas de latigazos.

―Ahora el amo te hará unas cuantas preguntas sobre quién eres. Contesta claro y sin mentir.

―Veamos ―siguió Ahmed, por boca de Hubertus―, dime qué has hecho, qué trabajos has tenido en tu vida hasta ahora.

―Me crie en un monasterio de monjes hasta los dieciséis años, en que se me permitió enrolarme en la tropa de mi señor, el caballero Arnau de Montesquieu, para, si aprendía y servía, poder venir a combatir con los cruzados ―contestó Roger.

―¿Qué es eso de que te criaste en un monasterio de monjes? ¿Te cedieron tus padres para tu educación? ¿Ibas para religioso, un muchacho fuerte y no mal parecido como tú? ―inquirió Ahmed con un cierto atisbo de sorna en su voz.

―Más que cederme, mi madre, antes de morir desangrada a consecuencia del parto, me dejó de recién nacido a la puerta del convento. En cuanto a mi padre, no sé quién es, nadie lo sabe ―mintió Roger.

―Y ¿a qué te dedicaste durante estos dieciséis años de convento? Supongo que, aparte de rezar, también aprenderías a leer y escribir y a algo más.

―Así es, señor. Me instruían para llegar a ser uno de los suyos. Sé leer y escribir. Y, aparte de la oración y de otras enseñanzas, debía auxiliar al hermano Doménico, que lo sabía todo sobre animales. A él acudía toda la comarca para que atendiera los partos, trastornos y padecimientos de caballos, mulas y asnos sobre todo. Y también me encargaba de las cuadras del convento.

―¿Has visto parir alguna vez una yegua? ―se interesó Ahmed.

―En muchas ocasiones, señor. Cuando se ponían de parto y este se presentaba complicado, los lugareños llamaban al hermano Doménico y allá que acudíamos los dos. Además, como continuamente estaba haciendo estudios y cruces para la mejora de la ganadería, le prestaba mucha atención al tema de los nacimientos y procuraba no perderse ninguno. A veces, y últimamente ya casi siempre, me mandaba a mí solo. Y también ayudaba al herrero cuando había que calzar herraduras.

―Vaya, vaya... ―Ahmed parecía cada vez más interesado―. Así resulta que tenemos un buen mozo, instruido, que sabe leer y escribir, y que además está familiarizado con todo lo relativo a caballos. ¿Y por qué dejaste tu tranquila vida de aprendiz de monje para hacerte hombre de armas? ―siguió Ahmed, sin perder detalle de la gesticulación y expresiones de Roger.

―Porque la vida monacal que se me ofrecía no me atraía demasiado, señor. Quería, necesitaba salir de los muros del convento y del pueblo para ver un poco del mundo que había intuido en los libros. Así que, cuando el padre prior, que me conocía bien y no me veía muy convencido para la vida religiosa, me habló de las cruzadas y de que también podía servir a Dios, nuestro Dios, combatiendo por los Santos Lugares, pensé que eso era lo que yo anhelaba. El propio prior me indicó que el caballero Arnau de Montesquieu buscaba muchachos jóvenes para adiestrarlos en las armas y formar parte de sus huestes para combatir en Tierra Santa. A partir de mi asentimiento, mi vida ha sido la de aprendiz de soldado, soldado y finalmente de escudero de mi señor. Hasta nuestra hecatombe en la batalla de Harim, que supongo ya conocéis.

―De modo que ―continuó Ahmed a través de Hubertus― tenemos un hombre de letras, y un hombre de armas, que además conoce y por lo que dices domina el tema de los caballos. ¿Qué tipo de caballos? ―siguió Ahmed con el sondeo, comenzando a apreciar favorables perspectivas de negocio con la adquisición de Roger.

―De tiro y carga mientras estaba en el monasterio, aparte de algunas mulas para los monjes, y de silla y entrenados para el combate desde que pasé a ejercer de soldado ―contestó Roger.

―De los de silla de raza árabe, supongo que no conocerás gran cosa.

―Directamente no, señor. Pero sí que he podido observar y, si me lo permitís, padecer su rapidez, agilidad, incluso fiereza en combate. Para un admirador de las razas como yo, puedo deciros que me han llamado vivamente la atención.

Notaba el muchacho que, a medida que se desarrollaba el interrogatorio con Ahmed, que más bien iba adquiriendo tintes de conversación, se encontraba menos cohibido con el árabe. Estaban descendiendo a hablar de una materia que siempre le había atraído y de la cual se consideraba un buen conocedor, apreciando en el islamita un interés por encauzar su servicio hacia el campo de los cuadrúpedos.

―Sí, ciertamente es una excelente raza ―concedió Ahmed―, que, bien tratada y con un buen método de mejora de la especie, produce unos resultados muy superiores a los de vuestros caballos, más grandes y aparentemente más poderosos, pero menos versátiles. Aunque a mí lo que me interesa del asunto es que hay árabes ricos y apasionados por sus caballos que no reparan en gastos a la hora de conformar y mantener una buena cuadra para satisfacción propia y envidia de los demás. ―Mientras decía esto a través de Hubertus, Ahmed se atusaba la barba en un gesto pensativo que parecía habitual en él―. Bien, dime cuál es tu nombre.

—Roger, señor. Roger de Artús.

—Bien, Roger, aquí serás solo Roger. ―Para sorpresa de Roger, estas palabras y las que continuaron, las pronunció Ahmed en su propia lengua, en la de los francos, en la de los cristianos―. Por hoy ya es suficiente. Hubertus ―dijo dirigiéndose a este―, acompáñale al alojamiento. Preséntale a Abd al-Kadir para que le dé las primeras instrucciones y, a continuación, le dices que venga a verme. ―De nuevo se dirigió a Roger y le clavó sus inquisitivos ojos―. Y tú no olvides que mi vista y oído están siempre abiertos y vigilantes. No trates de engañarme ni de escapar. Lo pagarías caro.

―Bien, señor.

A una señal de Hubertus, le siguió a través del vasto dominio de Ahmed, apreciando de entrada, lo que no dejó de tranquilizarle, que, si bien se observaba mucha actividad en el personal que veía en el recinto, no parecían esclavos famélicos al borde la extenuación.

€8,49
Altersbeschränkung:
0+
Veröffentlichungsdatum auf Litres:
13 November 2025
Umfang:
601 S. 3 Illustrationen
ISBN:
9788412332834
Redakteur:
Rechteinhaber:
Bookwire
Download-Format: