Buch lesen: "El bandolerismo morisco valenciano"

Schriftart:

El bandolerismo morisco valenciano

(1563-1609)

BIBLIOTECA DE ESTUDIOS MORISCOS

11

El bandolerismo morisco valenciano (1563-1609)

Jorge Antonio Catalá Sanz

Sergio Urzainqui Sánchez


UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

UNIVERSIDAD DE GRANADA

UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA

Colección dirigida por:

MANUEL BARRIOS AGUILERA (Universidad de Granada)

RAFAEL BENÍTEZ SÁNCHEZ-BLANCO (Universitat de València)

ALBERTO MONTANER FRUTOS (Universidad de Zaragoza)

© Jorge Antonio Catalá Sanz, Sergio Urzainqui Sánchez, 2016

© De la presente edición: Publicacions de la Universitat de València, 2016

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Editorial Universidad de Granada

http://www.editorialugr.com

edito4@ucartuja.es

Servicio de Publicaciones de la Universidad de Zaragoza

http://wzar.unizar.es/spub

spublica@posta.unizar.es

Diseño de la colección: Vicent Olmos

Ilustración de la cubierta: Dibuix, ARV, Governació, 1.982 (1615)

Maquetación: Inmaculada Mesa

ISBN: 978-84-9134-023-2

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

LA INTERPRETACIÓN TRADICIONAL

UN ENFOQUE ALTERNATIVO

GEOGRAFÍA DEL BANDOLERISMO MORISCO

MOTIVACIONES, ESTRATEGIAS, VÍCTIMAS. PARTE PRIMERA: DISONANCIAS

MOTIVACIONES, ESTRATEGIAS, VÍCTIMAS. PARTE SEGUNDA: TENDENCIAS DOMINANTES

BANDIDOS, INFILTRADOS, CONSPIRADORES Y ENEMIGOS DE ULTRAMAR

DE VERDADES ESQUIVAS, JUEGOS DE ESPEJOS Y OTRAS COSAS CIERTAS QUE PUEDEN DECIRSE DE LOS PROCESOS PENALES

EVOLUCIÓN Y REPRESIÓN DEL BANDOLERISMO MORISCO VALENCIANO

TABLA DE BANDOLEROS MORISCOS VALENCIANOS (1563-1609)

ÍNDICE GENERAL

Introducción

Hace ocho años que empezamos a estudiar el bandolerismo morisco valenciano en profundidad. No era nuestra primera incursión en el tema morisco, ni tampoco en el de la violencia y la criminalidad asociadas a bandos y bandidos, aunque todavía no habíamos hecho de las dos caras una sola moneda. No podíamos imaginar entonces que recorrer el camino que nos ha traído hasta aquí pudiera llevarnos tanto tiempo, pero las dificultades y obligadas estaciones del trayecto y los sucesivos retos de diversa índole que en el ínterin hemos tenido que atender han acabado demorando más de lo previsto la presentación de los resultados de la investigación.

Varias son las preguntas a las que hemos tratado de dar respuesta. En primer lugar, una bien simple, nada original, mas paradójicamente novedosa, quizá por estar abocada sin remisión al fracaso: ¿cuántos bandidos moriscos hubo en Valencia? Acaso la razón de que los historiadores no se la hayan planteado antes, contentándose con los testimonios oficiales de que eran «muchos»: una plaga ubicua y pertinaz, sea haber comprendido que contestarla es una quimera, no solo por la naturaleza dolorosamente fragmentaria e incompleta de las fuentes disponibles, sino también por la ambigua definición jurídica de esta figura delictiva, que daba a las autoridades de la época una muy amplia facultad de decisión acerca de quiénes eran o no bandoleros y debían ser punidos como tales. Considerando estos obstáculos, las cifras que aquí ofrecemos son, como no podía ser de otro modo, meramente aproximativas. A pesar de la insistencia de las más altas magistraturas del reino en reclamar para sí la resolución de los crímenes cometidos en camino real o con armas prohibidas a los nuevos convertidos, es obvio –y a lo largo del texto tendrá ocasión el lector de comprobarlo– que numerosos delitos de este tipo fueron investigados y sancionados por tribunales penales ordinarios, ya de realengo, ya de señorío, de cuyos registros judiciales, lamentablemente, apenas se conservan vestigios. Quiere ello decir que por valiosos e indispensables que sean para nuestros fines –y ciertamente lo son– los fondos documentales de la Real Audiencia, las gobernaciones y otras instituciones forales y por sistemática y minuciosa que haya sido nuestra búsqueda de datos, solo tenemos constancia, en el mejor de los casos, de una parte de las acciones criminales atribuidas a los delincuentes moriscos reputados de salteadores o asimilados a estos en virtud de las circunstancias concurrentes (por ejemplo, las antedichas de perpetrar robos o agresiones en vía real o estar en posesión de armas vedadas). A la inversa, de no pocos reos calificados como bandidos en listas oficiales no hay más información que sus nombres anotados en pregones o pragmáticas, sin que conozcamos los motivos que llevaron a inscribirlos, por lo que no hay certeza de que en verdad lo fuesen. Con todo, el sesgo al alza que pueda introducir este factor es incomparablemente menor que la pérdida del material emanado de los tribunales de justicia locales, de manera que la impresión final es que la imagen de conjunto que con muchos apuros y cautelas hemos logrado componer y reducir a números, porcentajes y tendencias representa porciones, segmentos más o menos significativos, de una realidad mucho más vasta, rica y dramática.

Pero contar bandidos también rinde beneficios. Si, como sostienen los expertos en historia de la criminalidad y de la desviación social, contar es solo un inicio –uno de los posibles– del proceso de estudio, la enumeración e identificación de malhechores nos ha permitido responder con mayor precisión a otras dos cuestiones que sí habían sido ya objeto de investigación: dónde y cuándo. ¿Dónde atacaron las bandas armadas moriscas?, ¿cuáles fueron sus escenarios predilectos?, ¿de dónde procedían?, ¿dónde hallaron refugio? Las distintas respuestas a cada uno de tales interrogantes y las diversas relaciones entre estas nos han llevado a examinar bajo un nuevo prisma un arraigado tópico historiográfico: el de la montaña como cuna y santuario del bandidaje, más aún si cabe del morisco que del veterocristiano, habida cuenta de lo vigente que durante décadas ha estado la idea de que los nuevos convertidos habitaban las zonas agrestes del interior del reino de Valencia y los cristianos viejos las llanuras litorales. Otro tanto puede decirse del «cuándo»: cuándo se convirtió el bandolerismo morisco valenciano en una amenaza tan seria que se hizo necesario adoptar medidas específicas para combatirlo; en qué coyunturas alcanzó sus cimas más alarmantes; cuándo declinó o perdió fuelle –si es que lo hizo–, por efecto de la política represiva de la corona; y si, como afirman los clásicos, empezando por Braudel y Reglà, solo la expulsión puso fin al problema. El resultado combinado de las indagaciones sobre cuántos y cuándo es un ensayo de reconstrucción de la evolución histórica del bandolerismo morisco valenciano desde su eclosión como fenómeno conflictivo relevante, iniciado ya el reinado de Felipe II, hasta 1609, con el que nos proponemos ilustrar y en la medida de lo posible explicar las sucesivas fases de este, así como la incidencia de las diferentes estrategias empleadas para contener las depredaciones de las cuadrillas. Por supuesto, nos habría gustado prolongar nuestro análisis más allá de la expulsión, pero, por desgracia, con excepción de unas pocas noticias sobre la presencia de proscritos en la Muela de Cortes y sus alrededores, la búsqueda de fuentes sobre la permanencia y actividad delictiva de bandidos moriscos en Valencia ha sido infructuosa (y doblemente frustrante, pues consta en los archivos que sí se instaron procesos penales contra estos).

Una de las principales aportaciones de este libro tiene que ver con el estudio del «cómo», terra incognita historiográfica: cómo eran las bandas moriscas valencianas, cuáles sus dimensiones y características, quiénes las integraban, cómo se organizaban, en función de qué criterios elegían sus objetivos y víctimas, cuáles eran sus modos de operar y ejecutar los golpes, cuáles sus mecanismos de supervivencia. ¿Se asemejaban en algo a las grandes cuadrillas de forajidos de otros territorios: a las compañías de bandidos catalanes de los siglos XVI y XVII capaces de controlar comarcas enteras, a las tropas de monfíes que lucharon en la guerra de Granada y pusieron en jaque a los ejércitos reales, a los batallones de facinerosos que azotaron algunos estados italianos? A medida que vayamos dando respuesta a tales preguntas y los perfiles colectivos e individuales de los grupos armados moriscos y de sus componentes afloren con cierta nitidez, otros muchos asuntos cruciales ligados a estas se irán desvelando: ¿gozaban del favor y la protección de sus señores, como tradicionalmente se ha dicho?, ¿podían obrar al margen e incluso en contra de los intereses de las élites locales?, ¿hasta qué punto guardaban conexión sus acciones con las rivalidades y venganzas de sangre entre bandos y parentelas tan habituales en el mundo mediterráneo?, ¿cuál era el peso de los lazos familiares en el seno de las cuadrillas y entre estas y sus favorecedores y receptadores?, ¿respetaban y acataban las solidaridades comunitarias o las desafiaban de continuo? En última instancia, creemos honestamente que las evidencias que hemos conseguido reunir en torno a estos y otros puntos no solo aportan nueva luz sobre las relaciones entre cristianos nuevos y viejos (no siempre caracterizadas por la hostilidad, pese a lo que pueda pensarse), sino también entre los bandidos moriscos y las aljamas a las que pertenecían, a las que se ha prestado mucha menos atención, contribuyendo a penetrar así sus entornos culturales y sociales.

Queda, por fin, la trascendental cuestión de la razón de ser del bandolerismo morisco (valenciano o no), que la historiografía especializada ha pretendido desentrañar desde postulados difícilmente conciliables, cuando no excluyentes: ora subrayando su naturaleza social, en la línea de Hobsbawm, como producto de la miseria creciente en la segunda mitad del siglo XVI, fermento de la lucha contra los abusos feudales y contra otros poderes opresores; ora en cambio (pero también simultáneamente en algunos planteamientos), como instrumento al servicio de las pendencias entre señores, quienes habrían empleado a sus vasallos moriscos como fuerza de choque hasta que los más díscolos y beligerantes de estos se atrevieron a actuar por su cuenta, haciendo caso omiso de cualesquiera vínculos de obediencia y dependencia con sus amos; ora en inextricable comunicación con las pugnas entre facciones por el control del territorio; ora trayendo al primer plano, como hace Braudel en algunos pasajes de su obra o como argumenta Vincent con convicción, el conflicto entre Cristiandad e Islam, a la luz de cuya violenta dialéctica cobran pleno sentido, según su punto de vista, las acciones de los bandoleros moriscos. Por fortuna, las escasas pero preciosas noticias que, como gemas ocultas, contienen los procesos incoados contra estos últimos acerca de las circunstancias y motivaciones por las que se echaron al monte y crearon o se unieron a grupos fuera de la ley permiten, junto con otras informaciones referentes a la naturaleza y modus operandi de estos, validar, matizar o refutar tales premisas o hipótesis y, digámoslo ya, demostrar la irreductible complejidad del problema.

La interpretación tradicional

BRAUDEL, EL BANDOLERISMO MEDITERRÁNEO Y EL PROBLEMA MORISCO

En el origen está Braudel. Con él, dice Hobsbawm, autoridad ineludible en la materia, empieza la «historia seria» del bandolerismo, pues suyo es el descubrimiento de la extraordinaria explosión panmediterránea del fenómeno en las postrimerías del siglo XVI y comienzos del XVII.1 Igualmente encomiástico, Reglà proclama:

la fase científica en el estudio del problema morisco puede considerarse inaugurada por Fernand Braudel en su importantísimo trabajo dedicado al mundo mediterráneo en tiempos de Felipe II.2

Aunque lo cierto es que el binomio apenas aparece unido más que en unos pocos párrafos de su obra, concernientes a los monfíes granadinos, Braudel da forma al sustantivo: bandolerismo, y estampa su sello indeleble en el apelativo: morisco.

En poco más de treinta páginas, sutiles, matizadas, evocadoras –«engañosamente simples» en opinión de Xavier Torres–,3 Braudel arma un modelo interpretativo del bandolerismo que, a pesar de la escasez de investigaciones empíricas y monografías bien documentadas de las que disponía a la sazón (tanto cuando vio la luz su Méditerranée en 1949 como al publicarse la segunda versión, revisada y ampliada, en 1966), ha ejercido una gran influencia, particularmente en la historiografía valenciana. Como anuncia en el título del epígrafe: miseria y bandidaje, Braudel parte de la idea de que el bandolerismo es fruto de la creciente pauperización que azota los países mediterráneos en el transcurso del XVI, resultado, a su vez, de la correlación entre superpoblación y regresión económica. Raíz de la miseria, esta doble carga trae consigo la multiplicación de vagabundos y bandidos, «hermanos en la adversidad, que fácilmente pueden intercambiar puestos». La opresión de los ricos y poderosos agrava la indignidad de la pobreza y es caldo de cultivo de una «interminable guerra social», que, sin embargo, no se revuelve contra los privilegiados, sino contra «el Estado, amigo de los grandes y despiadado recaudador de impuestos, ese Estado que era a la vez una realidad social y un edificio social».4

De ahí que, ante todo –enfatiza el autor–, el bandolerismo sea «revancha contra los Estados organizados, defensores del orden político y, también, del social», y que, por ello, invariablemente, el pueblo esté de su lado. En este punto Braudel trae en su apoyo a Stendhal:

El corazón del pueblo está con ellos y los ojos de las muchachas de la aldea se van de preferencia detrás del mozo que en algún momento de su vida se ha visto obligado dandar alla machia.5

En esta lucha, desigual, pero mortificante para los Estados, los bandoleros, reunidos en grupos que en sí mismos son «minúsculos estados móviles» capaces de cruzar silenciosamente las fronteras, explotan las debilidades de sus formidables adversarios alojándose allí donde las tropas no pueden maniobrar y los gobiernos pierden sus derechos: en las montañas, en los confines. Influido por los geógrafos deterministas franceses, Braudel hace de la montaña el semillero y el refugio del bandolerismo; la montaña nutre a los bandidos, los acoge, les da salida hacia el llano, donde saquean las tierras, y vuelve a abrigarlos al cabo, haciendo inútiles las medidas represivas de los Estados. En las grandes cunas del bandolerismo –sentencia Braudel–, «la tarea es cuento de nunca acabar». Ni la mano dura, ni el dinero, ni las estrategias policiales, ni la tenacidad de las autoridades consiguen liquidar a este enemigo inaprehensible.6

Pero la montaña no es su único aliado. También lo son los señores, que, celosos guardianes de sus jurisdicciones y prerrogativas, acuciados muchos de ellos por las dificultades económicas del periodo, apuntalan –es el verbo que emplea Braudel– las acciones de los bandidos frente al Estado. Y aquí la caracterización braudeliana se complica y enriquece; literalmente, se vuelve paradójica. Si antes ha afirmado que el bandolerismo es considerado como «una especie de venganza contra el señor y su vejatoria justicia»,7 pocas páginas después lo presenta al servicio de ciertos señores o genéricamente vinculado a la nobleza de algunos países, como en el caso catalán, cuando no utilizado como fuerza de choque en las rivalidades feudales.8 Así, el bandolerismo es una «marea social que remueve y agita las aguas más diversas»; es hijo de la miseria, campesino y popular, pero también, a la vez, «aristocrático y popular», expresión de reivindicación política y social (aunque no religiosa, acota entre paréntesis, como ahora hacemos nosotros, y es obvio que al decir esto no repara en la confrontación entre cristianos viejos y nuevos, como sí hará más tarde, cuando examine la rebelión de las Alpujarras). De igual modo, es, por añadidura, «resurgir de viejas tradiciones», algunas de las cuales, como la vendetta, están tan arraigadas en el Mediterráneo que se pierden «en la noche de los tiempos».9 El bandolerismo –concluye– es «múltiple y polivalente».10

Múltiple y diverso es, asimismo, el problema morisco en el planteamiento de Braudel. De su argumentación y variaciones entre la primera y la segunda ediciones de La Meditérranée, así como de sus contradicciones, ha hecho un análisis riguroso Rafael Benítez, al cual remitimos para una crítica por extenso.11 Braudel sostiene desde el arranque que no hay uno, sino varios problemas moriscos, «por lo demás inseparables, que se esclarecen mutuamente al relacionarse los unos con los otros». De todos ellos, los más trascendentales son los que traen origen de las zonas más densamente pobladas por moriscos: Granada y Valencia. Las diferencias entre ambas vienen determinadas por la cronología de la conquista y de la conversión, por el grado de intervención de la corona en este último proceso –crucial en el primer caso, casi inexistente en el segundo, a criterio de Braudel– y por el modo en que los cristianos nuevos de uno y otro reino ocupan el territorio y conviven con sus dominadores. Como resultado de estos factores, siendo coloniales ambas sociedades, la valenciana semeja

un traje desgastado y, a menudo, desgarrado. No hay aristocracia ni minoría selecta musulmana por encima de la gran masa proletaria de los vencidos; no hay, por tanto, resistencia organizada y sabiamente armonizada. Por doquier, en ciudades y campos, el morisco está bajo el poder de la sociedad victoriosa. Los defensores de los fellahs son los propios señores.12

Por el contrario, en Granada son aún reconocibles, décadas después de la conquista, los rasgos de una sociedad islámica:

Sigue siendo poderosa y coherente, con una clase dirigente (que no existía o que había desaparecido en Valencia), la burguesía del Albaicín, esta masa de notables vestidos de seda, ricos, prudentes, misteriosos, que reinan sobre un pueblo de horticultores y de criadores de gusanos de seda, campesinos sabios en el arte de canalizar las corrientes de agua fertilizadora, todos pobres y vestidos de algodón. Esa ciudad, la ciudad de los notables, no brilla por su valentía y es natural que así sea.

Aunque el párrafo se modifica notablemente en la edición de 1966, la tesis de fondo, advierte Benítez, permanece: la clase rectora granadina conserva sus cuadros y tradiciones y, si bien a regañadientes, coordina la resistencia del pueblo explotado. Frente a esta imagen de Granada como una sucesión de vegas feraces, objeto de la avaricia cristiana, donde los conquistados confían todavía en sus élites para frenar el expolio, la Valencia morisca es, a los ojos de Braudel, que aquí mira a través de los de su discípulo Lapeyre, cuya Géograhie de lEspagne morisque se había publicado en 1960, un paisaje de regiones montañosas y tierras de secano, tan pobres como incapaces de oponerse a la dominación colonial son sus habitantes, únicamente amparados por sus señores.13

¿Qué ocurre entonces para que la rebelión estalle en Granada y no lo haga en Valencia? Varias son las razones que explican tan dispar desenlace, algunas de índole estructural: «rapiñas, robos, injusticias, asesinatos en masa: materia bastante para inculpar a la España cristiana»; otras coyunturales. Entre las primeras no tiene en cuenta Braudel el marco jurídico e institucional foral y la tradición pactista del reino de Valencia, fundamentales, como aduce Benítez, para comprender la calma relativa de los moriscos valencianos y la capacidad de negociación y maniobra de sus señores.14 Pero hagamos ahora abstracción de esta y otras lagunas. Entre las segundas, en cambio, sí hace explícita Braudel, y conviene traer aquí a colación, la temprana presión ejercida por la corona a través de la Chancillería de Granada sobre la nobleza feudal en general y sobre los Mendoza en particular, para que, al menos desde 1540, dejen de ofrecer asilo en sus dominios a los forajidos moriscos. Cuando la malthusiana desconexión entre población y recursos económicos haga sentir sus inexorables efectos dos décadas más tarde y los bandidos –los monfíes– ya no puedan refugiarse en las tierras de los señores y se echen al monte, un nuevo elemento de alteración vendrá a agravar las tensiones: la connivencia de las cuadrillas de salteadores con los gandules (miembros de milicias urbanas que, más que velar por la seguridad, parecen coadyuvar al desorden), y con los corsarios berberiscos o turcos que castigan la costa. Braudel, que ahora sigue el ensayo de Julio Caro Baroja sobre los moriscos de Granada, editado en 1957, une así, desde sus primeros pasos, las «incursiones por las llanuras y la caza al hombre» con la guerra colonial, insertando el bandolerismo morisco en la dialéctica, cruel e intransigente, del choque entre civilizaciones.15

REGLÀ, EL BANDOLERISMO CATALÁN Y EL PELIGRO MORISCO EN LA CORONA DE ARAGÓN

Los leitmotivs braudelianos son asuntos recurrentes en la obra de Joan Reglà. El bandolerismo catalán, tema al que dedicó varios de sus trabajos más célebres, es, a su entender, como en toda la cuenca mediterránea, hijo de la pobreza, y, aunque sus orígenes puedan rastrearse hasta la Baja Edad Media, alcanza su máxima dimensión en la segunda mitad del siglo XVI y el primer tercio del XVII, a causa primero de la escasez de recursos productivos para sostener a una población en alza constante y luego del desbarajuste monetario. Estímulo añadido son –y a ello se ha referido también Braudel– las remesas de metales preciosos de América en tránsito hacia Génova a través de Cataluña a partir de 1578, que incitan a los salteadores a tentar a la suerte en los caminos: «Quan els “carros de moneda” sortien de Lleida, les quadrilles de bandolers es preparaven a donar una forta envestida contra l’or i la plata que les “flotas de Indias” havien portat a Espanya».16

La montaña es, por supuesto, el gran telón de fondo de las peripecias de los forajidos: «El Pirineu és […] un aiguabarreig de contrabandistes –especialment de cavalls–, bandolers i hugonots francesos, que ben sovint actuen conjuntament». La inmigración francesa, alimentada por las guerras de religión en el país vecino y por los mejores salarios en Cataluña, aviva el fuego del bandolerismo. La facilidad con que los delincuentes, entre ellos numerosos gascones «inadaptados», pueden cruzar la frontera pirenaica y la falta de colaboración entre las autoridades de ambas vertientes para mancomunar la acción represiva contribuyen a que la criminalidad se derrame por las llanuras: «El bandolerisme és la plenitud demogràfica de la muntanya, que es va desbordant amb violència cap al pla i que avança i retrocedeix com uns rigodons tràgics, segons l’energia de les autoritats en la persecució».17 Las frecuentes correrías de hugonotes en el Principado, auxiliados por los bandidos locales, dotan además al problema de una nueva y alarmante dimensión para la monarquía de Felipe II, que Reglà no duda en comparar con la que en el litoral representa el entendimiento entre los moriscos y los piratas turcos y norteafricanos.18

Al germen social o socioeconómico del bandidaje suma Reglà un componente político que lo acrecienta y que hace imposible su extinción: la jurisdicción señorial. No es solo –dice– que resulte utópico acabar con los crímenes inspirados por los barones o los «cavallers de la muntanya», sobre todo aquellos más duramente golpeados por la crisis, sino que la corona ha de resignarse a soportar que los malhechores atraviesen impunes las lindes entre las tierras de realengo y las de señorío cada vez que se ven arrinconados, al igual que traspasan las de Aragón y Valencia, no solo las de Francia, cuando las circunstancias lo requieren. Desde este punto de vista, y habida cuenta de la importancia del mosaico jurisdiccional y de la querencia señorial por dirimir sus discordias mediante las armas en el desarrollo del problema, Reglà plantea la hipótesis (enlazando las ideas de Braudel con las de Trevor-Roper sobre el papel de la gentry en la revolución inglesa de 1640 y de Elliott sobre la revuelta catalana) de que la «crianza» de bandoleros por la nobleza catalana fuese expresión de su revancha contra un Estado incapaz de satisfacer sus anhelos de promoción social y política, de ofrecerle, en suma, una salida viable mediante el servicio al rey.19

En relación con el espíritu vindicativo nobiliario, que no es sino manifestación de la «exacerbación pasional» característica de la psicología colectiva de la Cataluña del Barroco, de la que ya había hablado su maestro Vicens Vives,20 Reglà recuerda que el bandolerismo hunde sus raíces en las luchas de bandos medievales:

El bandolejar dels nobles, és a dir, les lluites entre ells, així com els «privilegis de bandolejar», equivalents a les marques o represàlies […] constitueixen les arrels del posterior desenrotllament del bandolerisme dels humils, fill de la misèria.

A medida que aumenta la necesidad de los señores de reclutar a partidarios armados y estos últimos comienzan a actuar por su cuenta, el bandolerismo popular, condicionado por la crisis económica de mediados del siglo XIV, va adquiriendo identidad propia y desgajándose del tronco aristocrático. La pragmática firmada por Carlos V en 1539 para combatir esta lacra corrobora que para entonces el bandolerismo «nuevo» ha superado ya en magnitud a las viejas banderías nobiliarias.21 He aquí, pues, entremezclados con sus aportaciones más personales: la francofilia de los caballeros pirenaicos, la colaboración entre bandidos y hugonotes, el tránsito del oro y la plata de América por Cataluña, el desbordamiento de la lucha faccional (nyerros y cadells) hasta implicar a casi todo el Principado, la incidencia de todo ello en el «viraje filipino»,22 los conocidos motivos braudelianos: la multiplicidad y polivalencia del bandidaje, su naturaleza mixta, aristocrática y popular, su carácter de desquite contra los Estados organizados, el peso de tradiciones inveteradas, como la venganza de sangre, en su génesis y desarrollo, etc.

Si la inmigración francesa y la connivencia entre los bandidos catalanes y los hugonotes del Midi suponen para Felipe II un peligro cierto de contagio, que obliga a reforzar las medidas de control y vigilancia en la frontera pirenaica, la presión otomana, la piratería africana y la cooperación morisca con el Islam representan, según Reglà, la otra gran amenaza exterior, proveniente del mar.23 Muy pronto, en un artículo publicado en 1953, el mismo año en el que se imprime la traducción al castellano de La Meditérranée, Reglà hace suya la tesis de Braudel de que los nuevos convertidos son «enemigos domésticos» de los que la monarquía de Felipe II tiene razones para recelar. Los moriscos –afirma– son una «minoría nacional perfectamente diferenciada», que plantea graves problemas de índole interior y exterior:

Disidentes en materia religiosa y, por tanto, en tipo de civilización, los moriscos españoles constituyeron siempre la «quinta columna» en potencia –en algunas ocasiones, incluso en acto–, vinculada a cualquier eventualidad de la lucha mediterránea entre los imperios hispánico y otomano.24

La idea, por supuesto, no es nueva. Podemos hallar precedentes en las «inteligencias secretas» entre moriscos y corsarios norteafricanos a las que alude Modesto Lafuente en su Historia General de España, así como en las conspiraciones entre turcos, berberiscos y nuevos convertidos que, desde diferentes ópticas, dan por ciertas en sus respectivas obras Danvila, Boronat y Lea.25 En realidad, ya en las crónicas de Mármol, Hurtado de Mendoza, Pérez de Hita o Cabrera de Córdoba que utiliza Caro Baroja con abundancia en su ensayo de 1957 se hace mención de los conciertos de los moriscos granadinos –y en especial los monfíes– con los enemigos de ultramar.26

Pero, con independencia de la genealogía de esta tesis, interesa destacar ahora dos puntos de la argumentación de Reglà que tendrán gran eco en la investigación posterior: por un lado, el hecho de considerar a la minoría morisca en su conjunto como una «quinta columna» que opera «siempre», no en vano se trata de un choque de civilizaciones, en favor del contrario, y, por ende, enteramente desleal, al menos «en potencia», a su rey; por otro, y una vez sentada la primera premisa, el énfasis puesto en la conexión de este enemigo interno con «cualquier eventualidad» en la pugna entre los imperios hispánico y otomano por la hegemonía en el Mediterráneo, de donde se infiere la conveniencia de examinar la posible vinculación de cada lance en el mar o en la costa con la conducta de los moriscos dentro del territorio. El propio Reglà marca el camino al poner en relación la toma de Ciutadella en Menorca por la flota turca en 1558 con los rumores de sublevación morisca en Valencia y el valle del Ebro ese mismo año y el siguiente; la frustrada tentativa otomana de apoderarse de Malta en 1564 con las expectativas de alzamiento en Granada un año después, a las que se suman las sospechosas comunicaciones entre los moriscos aragoneses y Francia; o, por abreviar, y dejando al margen la guerra de Granada y sus múltiples consecuencias, las alertas ante una inminente revuelta morisca en Aragón y Valencia luego de la conquista turca de Túnez y La Goleta en 1574.27

SEBASTIÁN GARCÍA MARTÍNEZ Y LA INVESTIGACIÓN DEL BANDOLERISMO MORISCO VALENCIANO

Dado el magisterio –generoso y fecundo– de Reglà en Valencia, es lógico que los temas de su predilección, entre ellos el bandolerismo y los moriscos, fueran también cultivados por sus discípulos. Leída en 1971, la tesis doctoral de Sebastián García Martínez, Valencia bajo Carlos II. Bandolerismo, reivindicaciones agrarias y servicios a la monarquía, iba a reunir de manera un tanto imprevista ambos asuntos bajo un mismo prisma. Aunque su intención inicial era estudiar el bandolerismo valenciano durante «su mayor edad», en el curso de la investigación García Martínez se percató de la conveniencia de enlazar la etapa de desintegración con la de plenitud, alcanzada a partir de la expulsión de los moriscos, y, a su vez, de retrotraerse hasta principios del reinado de Felipe II, cuando, de acuerdo con los materiales recopilados, el bandolerismo había comenzado a adquirir en el reino de Valencia, como en todo el Mediterráneo, una dimensión preocupante. Un año después, en 1972, el capítulo sobre el bandolerismo en tiempos de Felipe II se publicó en el primer número de la revista Estudis. Su autor daría a la imprenta una versión revisada y ampliada en 1977, que se tradujo al catalán en 1980 con el título de Bandolers, corsaris i moriscos,28 en homenaje al Bandolers, pirates i hugonots de su maestro.